domingo, 25 de octubre de 2009

Domingo+Simon+Berlín = "Simonazo" Domingo en Berlín

Es lo que se puede deducir a tenor de las crónicas publicadas. Domingo triunfó una vez más y con un personaje especial para él.

Aquí os dejo la reseña escrita por Rubén Amon. Para los admiradores del tenor y, también para sus detractores, para todos aquellos que dicen que su carrera está acabada.
¿Acabada? Ya les gustaría a muchos de treinta años cantar como canta el Maestro Domingo a sus 68.

De haber querido el maestro, a Plácido Domingo lo hubieran sacado esta noche por la Puerta de Brandembugo. No dista muchos metros de la sede de la Staatsoper berlinesa ni le faltaban ganas, músculos ni energía a los espectadores.

Han permanecido 25 minutos aplaudiendo al tenor. O al barítono, toda vez que la proeza consistía en cambiar de registro. Igual que si un boxeador elegante de los pesos medios decidiera pegarse en el ring con un despiadado peso pesado.

Se trataba de Simon Boccanegra, obra maestra y anómala del repertorio verdiano que tanto asusta y acongoja a los barítonos profesionales. No es que a Domingo le haya cambiado la voz de un día para otro. Ni que se haya reciclado en un escalafón distinto.

Más bien sucede que el tenorísimo había soñado un día despedirse con el ambiguo y sombrío corsario. Ha cumplido el deseo a medias. Dio cuerpo, alma, vida y muerte a Simon Boccanegra... pero no piensa retirarse ni hay razones para hacerlo. La prueba está en el jaleo que vivimos en la opera berlinesa. Transcurrían los minutos y los espectadores encorsetados se quedaban afónicos a fuerza de gritar bravo, y maestro, y viva la madre que te parió, suponemos, ya que alemán no hablamos.

Una noche de gloria

Domingo parecía un coloso en escena. Le arropaba un manto púrpura de terciopelo y agradecía los clamores con la sonrisa de un debutante. Tiene 68 años, pero la frescura de la voz y la fortaleza escénica desmienten cualquier atisbo de decadencia.

"Es una noche muy especial", confesaba a elmundo.es después de la función. "Hemos hecho un gran esfuerzo y creo que los espectadores han sabido apreciarlo. Me emociona que todavía puedan suscitarse tantas sensaciones. Es una de esas veladas que nunca voy a poder olvidar. Un nuevo empujón a mi carrera".

La devoción de los espectadores se concedió un conato de ovación en cuanto Plácido Domingo apareció en la tarima. No había abierto la boca y la orquesta deslizaba los primeros pasajes del operón verdiano, pero algunos aficionados batieron las palmas y muchos otros participaron del 'run-run' que antecede a las noches de gloria.

Domingo tuteaba a Simon Boccanegra. No como un barítono al uso, sino como un tenor con los medios para desenvolverse en el registro grave y con la personalidad para construir al personaje desde las aristas, las sombras y los matices.

Era Plácido un sacerdote verdiano. Respetaba el claroscuro. Conmovía en los pasajes sensibles y se descaraba en los pasajes concertantes. Ya había advertido que no iba a emular a un barítono, pero supo 'pelear' con el boxeador de los pesados merced a la afinidad estilística, a la credibilidad, a la superioridad artística.

Tuvo la fortuna de aliarse con Daniel Barenboim. Se le reprocha al maestro sus límites en el repertorio de Verdi. Incluso le han abucheado en la Scala a propósito de su última versión de 'Aida'. Puede que tengan razón los filológicos desde el punto de vista de la asepsia y de la academia, pero les hubiera impresionado esta noche la paleta orquestal con que fue dando forma y profundidad al fresco de Simon Boccanegra.

Barenboim es un músico superdotado y un clarividente. Ambas razones y la sabiduría teatral le permitieron oficiar el acontecimiento en el foso y poner al público de pie cuando compareció a saludar junto a sus músicos en el desenlace de la ópera.

Escuchamos a Verdi tanto como percibimos el aliento wagneriano y la complejidad armónica. Barenboim situaba 'Boccanegra' en el contexto histórico. Pero además dirigía con una cierta conciencia patrimonial. Sabe cómo era la música de entonces y la que vino después, de manera que las atmósferas musicales, de las más sutiles a las más boyantes, vertebraban la lectura hasta convertirla en un viaje iniciático.

Fue un acierto que se subieran al tren la imponente soprano Anja Harteros y el refinado bajo coreano Kwangchul Youn, escuderos de un acontecimiento que hizo aguas únicamente en el planteamiento escénico de Federico Tezzi. Los abucheos del público condenaron la convencionalidad y la obviedad. No sólo por la vulgaridad de la iconografía el oro, el blanco, el azul-. También por la literalidad de la dramaturgia y por la previsibilidad con que aborda el fenómeno de la fatalidad.

La única ventaja es que Plácido Domingo deambula a su antojo, se disfraza de Boris Godunov y agoniza como héroe shakespereano. Al cierre de esta crónica, y puede que mañana, y pasado mañana, los espectadores de la Staatsoper continúen aplaudiendo al maestro y se ofrezcan voluntarios para llevarlo como costaleros hasta el umbral de la Puerta de Brandemburgo.

3 comentarios:

Tosca dijo...

¡Casí nada! ¡ Ménuda crónica !
25 minutos de aplausos, el público enloquecido, Plácido fantástico, uff, que subidón!!!

!!!!!TENGO QUE VER ESTO!!!!!!

Zerlina dijo...

¿Sabemos si hay audio disponible?

brunilda dijo...

Sí, lo hay. Si te interesa, me das un toque!