domingo, 5 de marzo de 2017

Eterno Plácido. Eterno recuerdo de una intensa noche.







Qué difícil debió haber sido no sucumbir en la ciudad de Alejandría, tiempos ha, a la voluptuosidad y a los encantos de la cortesana Thaïs. Otros tiempos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

Y, valga la redundancia y, apuntando hacia otra dirección, digo, qué difícil es no rendirse a la voz y arte del gran PLÁCIDO DOMINGO. Una vez más el Maestro Domingo imprimió su sello y personalidad ayer noche en el Gran Teatre del Liceu que, lleno hasta la bandera, rebosaba de magnetismo y magia para acabar claudicando una vez más a los pies del más grande.

La noche tenía y presentaba cierto regusto oriental y olían, mezcladas, el sabor de la lujuria en contraposición al misticismo. En el ambiente, por otro lado, se palpaba expectación e ilusión, no en vano pues, el reclamo principal de estas funciones ofrecidas en versión concierto tenían como gancho al tenor Plácido Domingo.

Casi un año hacía que el madrileño no pisaba el escenario del Liceu. Su última visita fue el año pasado con el “Simon Boccanegra”, funciones en las que además se congratulaba los 50 años de debut en el Teatro de las Ramblas. En aquella ocasión, Domingo lo hacía con una ópera representada, pero ayer, colgó en el perchero vestiduras y mantos lucidos en la temporada anterior para ofrecernos en versión concierto una sensacional versión de la ópera de Massenet, “Thaïs”, cuya última función en el Liceu fue en el año 2007, ni más ni menos que con Reneé Fleming en el papel de la protagonista.



El encanto de la música de Massenet

El francés era uno de los más exquisitos compositores de su época. Basta escuchar algunas de las inmortales óperas que forman parte de su catálogo. “Werther”, “Manon”…como para darse cuenta del poder descriptivo que tiene su música.

“Thaïs”, evidentemente, no es una excepción. Quizás el músico jamás estuviera en Alejandría, pero la recreación del recogimiento religioso, el sabor del placer carnal y la embriaguez de la belleza que hace rebosar todos los sentidos, el misticismo y la intensidad están presentes en su obra. Como también lo está la brisa ligera que perfuma de mirra la noche y hace ondear al viento los velos que penden de la mansión de la cortesana que da título a la ópera.

Pero también está presente la pasión y desenfreno personificados por Thaïs y sus amigos en contra de la absurda cabezonería de Athanaël que atormenta su mente. Y esto se nota perfectamente en el leitmotive que le acompaña cada vez que el monje cenobita aparece en escena.

Por tanto, dispone de todos y cada uno de los elementos para trasladar nuestras mentes, ayer noche vírgenes de decorados, hasta tierras orientales, hasta vestuarios lujosos y vistosos que brillan en templadas noches dentro de suntuosos palacios que esconden tras sus paredes toda clase de sentimientos, de abusos, de vino vertido en copas doradas, y desenfrenos y disfrute de la vida.

En contraposición, es el lamento inicial de los cenobitas y la clarividencia de la comunidad albina los que tratan de encontrar el equilibrio entre las tumultuosas vidas en la ciudad de Alejandría. En la terrible ciudad de Alejandría, tal como reza al principio Athanaël.



PATRICK FOURNILLIER, al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA I COR DEL GRAN TEATRE DEL LICEU firma una sensacional lectura de esta obra tan poco – por desgracia- representada. Atento siempre a los cantantes y al coro, exprime al máximo una música que embriaga por lo exótica y por su tremenda belleza. La orquesta situada en el fosado – como es habitual – y no encima del escenario, hace que la música flote en el ambiente, como banda sonora de una película. Esto es lo habitual, aunque en las versiones concierto en ocasiones se tiende a colocar la orquesta detrás de los cantantes solistas. Ayer noche, no fue así, puesto que su lugar era ocupado por el coro, y, lo agradecí.

Escuchar la célebre “Meditación” sin imagen que desconcentre, no tiene precio. Y así hubiera sido si no hubiera estado mermada por la impertinente tos de algunos miembros del público que son especialistas en romper aquello tan especial que solo se consigue cuando acudes a una ópera en directo.

El murmullo del arpa, cual fuente por la que emana una agua pura y cristalina, y el lamento y dolor del solo del violín acariciado ayer noche por el concertino KAI GLEUSTEEN, apaciguan el desenfreno de Thaïs y lleva la tormenta – nacida instantes antes- a la mente de Athanaël.





La belle Thaïs

No es la primera vez que la soprano NINO MACHAIDZE se pone en la piel de esta bella cortesana. Ya la había interpretado con Plácido Domingo en diversos teatros con considerable éxito.

Su voz, interesante, cálida y bien timbrada aunque un tanto oscura para un papel para mí más luminoso, corrió bien por la sala del Liceu, y aunque estuvo a la altura de la representación, su voz no tiene ni el cuerpo ni el matiz, ni la suavidad que su antecesora Reneé Fleming que, como ya hemos hecho mención, nos deleitó con su Thaïs llena de cromatismo y expresión.

Quizás su gesto, un tanto exagerado y repetitivo en el uso de alzar tanto los brazos, no empañó para nada la actuación de ayer noche. Su aria, su célebre aria del segundo acto, cuando se mira al espejo cual madrasta de la Blancanieves, fue aplaudida aunque no con mucho entusiasmo general, en un momento en que debería haber desplegado mucha más seducción en su discurso, no obstante, a nivel general, irreprochable su actuación.

Apostó para seducir al gran Plácido con un vestuario acorde y bien escogido. Thaïs la cortesana enfundada en un precioso vestido blanco realzando figura, mientras que, para el momento de la reconversión y recogimiento final, su vestidura de color negro, la acercaban a la austeridad de la vida religiosa.



Sorpresa me llevé con la voz del canario CELSO ALBELO, un auténtico lujo. Voz solar, bien timbrada y de fraseo elegante para un papel demasiado corto, que nos dejó un buen sabor y ganas de escucharle en un papel quizás más largo en el que pueda hacer gala de esa cálida voz que posee.



En cuanto al resto de roles secundarios, destacar las voces y buena avenencia vocal de quienes daban vida a Crobyle y Myrtale, la soprano SARA BLANCH, que debutaba en el Liceu, y la mezzosoprano MARIFÉ NOGALES. Dos voces interesantes e impecables al igual que la pequeña intervención de MERCEDES ARCURI como encantadora, MARIA JOSÉ SUAREZ como Albine, o MARC PUJOL como sirviente.





 

Dis-moi que je suis belle et que je serai belle éternellement! éternellement!

Sí, esta aria pertenece a la soprano, pero, quizás cambiando un poco el discurso se podría aplicar a quien ayer noche fue el alma de la fiesta, como popularmente, diríamos en otro lugar y en otra situación.

No estoy hablando de belleza. Ni mucho menos porque esta sí que es pasajera y dura lo que dura, sino que mi guiño a la frase que pronuncia Thaïs en el segundo acto es para esa palabra maravillosa: eternamente.

Eterno. Plácido eterno.

PLACIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo, incombustible e infinito. Sin duda alguna merece un apartado especial porque esta fuerza de la naturaleza humana ha roto ya, y sigue rompiendo – y las que le faltan aún- todas las reglas y previsiones en el mundo de la ópera.

¿Quién sino Plácido Domingo es capaz de levantar teatros enteros por allí donde pasa como si fuera un ciclón?

A sus 76 años, suma y sigue, sin que su pensamiento se vea ensombrecido por la oscura nube del retiro. Claro está que, mientras el cuerpo aguante, seguirá encima del escenario para hacer aún las delicias de aquellos que, como yo, aceptamos contentos todo lo que aún puede ofrecernos.  Este es el secreto para seguir disfrutándole. Así de sencillo.

Nos hemos nutrido de él como tenor, pero, el hambre nunca cesa en el corazón del aficionado, y ahora, nos alimentamos de ese arte, de esa experiencia, de ese saber estar, de ese fraseo que aún luce bonito, de ese centro tan maravilloso de color chocolate que endulza, sin engordar, nuestras ávidas almas.

Plácido Domingo es un grande entre los grandes. Se le pueden achacar mil y un defectos propios de la edad, el cansancio o la lucha contra –ahora- un fiato más escaso que antaño, pero, lo que no se le puede reprochar, ni un ápice, es su entrega, su pasión, su amor por lo que hace y esa maestría de la que hace gala y envuelve todos y cada uno de nuestros sentidos.

Y ayer Domingo estaba bien de voz. Resplandecía de elegancia con su traje negro coronado por ese precioso pelo blanco.



Con una sola frase Domingo es capaz de llevarse el gato al agua, y su centro, luce aún aunque no rutila, obviamente, como hace treinta años. Somos conscientes, lo sabemos, pero… Siempre hay ese pero que hace declinarte y apostar por aquel gigante que fue y del que ahora queda la sombra. Pero, quien ha sido gigante, nunca deja de serlo.

Disfrutar de la intensidad de su canto es un lujo, como lo fue ayer noche. Plácido Domingo puso todo su corazón a disposición del público que llenaba la sala del Gran Teatre del Liceu. Su expresión corporal, su faz, su gesto, su fuerza se notó en todas sus intervenciones, para, culminar con un sensacional final de la ópera que levantó al público. Hacía ya muchos minutos que el madrileño había hecho subir la temperatura, pero, el coup de grâce que me remató, fue en esos 10 minutos finales llenos de intensidad y dramatismo indescriptible que te hacen estallar de emoción.

Su desgarrado discurso cada vez que pronunciaba – en cada ocasión de diferente manera- el nombre de Thaïs, y la autoridad de la que aún hace gala, dejaron en nuestro corazón el sabor de la eternidad y de un recuerdo de esa mágica noche que perdurará para siempre. Hasta que se enfríen las estrellas.

Plácido… qué grande es.





Noche de ausentes. Noche de presentes.

¿Qué sería de todo aquello que sentimos durante una función si no se pudiera compartir con aquella persona que, complaciente, nos acompaña a las funciones? Seguramente, retendríamos el recuerdo pero la experiencia y lo vivido no sería lo mismo.

Ayer noche, mientras el gran Plácido salía y entraba del escenario, o cuando me emocionaba con una frase, con un acento, con un gesto suyo, tuve siempre al alcance aquella mano cómplice que aprieta y alienta y ayuda, en cierta medida, a hacer más llevadero un intenso día.

Gracias mamá, una vez más por toda tu paciencia y aguante. No tiene precio y sí mucho mérito.

Como tampoco lo tiene evocar a aquellos que no están y que, por afinidad y sensibilidad con la ópera, aparecen siempre a mi lado porque, entre otras cosas, nunca han dejado de estar allí.

Por especial se hizo muy presente en el fragmento de la “Meditación”. Allí apareció mi abuelo, aquel que siempre susurra a mí oído “¿Te has fijado en este trozo? ¿Has visto que nota más bonita?...” Sé que también se hubiera levantado del asiento en el momento final cuando todos los sentimientos, místicos y carnales, los primeros de Thaïs y los segundos del monje, que se invierten en el segundo acto, desfilaron por el escenario. A él, a mi abuelo que está en el cielo le debo todo esto y más. Gràcies, avi!!!



Palabras que calan

Y parafraseando algo que me dijo un buen amigo, algo que me caló hasta lo más profundo y con seguridad una de las palabras más bonitas que he escuchado en boca de alguien para definir mi pasión por la música, reproduzco su siguiente sentencia porque que define fielmente la situación: “Si tienes un romance con la ópera, creo que tu abuelo es la llama y Plácido Domingo el aire que la aviva”.  

Así es, cual llama que se aviva, jamás se apaga, como tampoco se extingue el arte del Maestro Domingo a quien encarecidamente le doy las gracias una vez más por hacerme disfrutar y emocionar, por hacerme llorar y por hacerme sentir.

El poder la voz humana. Tan simple y complicado a la misma vez.


lunes, 27 de febrero de 2017

Sabadell dignifica una interesante “Manon Lescaut”







Por tercer año consecutivo. Una vez más. Objetivo cumplido y con creces. La ASSOCIACIÓ DELS AMICS DE L´ÒPERA DE SABADELL en su afán de crecimiento incesante lo ha vuelto a lograr.

Ayer tarde, el Teatre de la Faràndula de Sabadell acogía la última de las tres funciones que se han representado en nuestra ciudad. La ópera escogida para esta ocasión, “Manon Lescaut” de Puccini.

Tras el enorme éxito de las presentadas en temporadas anteriores, las antecesoras a la de ayer – Turandot y Otello- afirman y reafirman una vez más que, no importan lo limitados que sean los recursos y las condiciones de trabajo cuando detrás de todo ello hay un gran trabajo y mucho recurso a falta de los mismo. Ideas, creatividad, inteligencia y sobretodo, pasión por lo que se está haciendo. Y tras todo esto, es justo y necesario destacar, una vez más, una figura que hace muchos años que tiene un importante peso en la casa, y me estoy refiriendo, claro está a CARLES ORTIZ que, junto a JORDI GALOBART, en el diseño de la escenografía, ponen encima del escenario, una versión de corte clásico en la que, prácticamente todo encaja. Prácticamente.

Desconozco cuál será el reto que asumirá la A.A.O.S para la próxima temporada, pero la ascensión al pico de la gloria ha empezado con fuerza, y nada hace prever que no continúe siendo así.



Una Manon que es Manon

Y claro está me estoy refiriendo en primer lugar a la propuesta del tándem ORTIZ-GALOBART. Quizás podría reprocharse que el vestuario es una pizca más moderno que el de la época, que quizás el maquillaje era un tanto exagerado, sobre todo para Manon en el segundo acto, pero, aun así, la cosa funciona.

Bien recreada la posada de Amiens del primer acto. Falta de recargo decorativo en el segundo así como del oro que deslumbra la vista a Manon, optando por una estancia elegante y espaciosa que no hace más que recordarnos el vacío interior del que adolece su protagonista.

Buen juego de luces en el tercer acto recreando el puerto de Le Havre donde en el fondo del decorado se adivinaba la silueta del barco que llevará al exilio a Manon y Des Grieux.

Hasta aquí, todo interesante y coherente, sin embargo, en el cuarto acto se rompe la harmonía. Lo que debe ser el desierto de Lousiana es nada más y nada menos que los decorados girados, con una serie de bultos en la parte central del escenario cubiertos con una sábana.

Es difícil crear ambiente con una apuesta tan fría y tan gris alejada totalmente de la calidez abrasante del desierto. Ni un indicio de rayo solar posándose sobre la piel de los protagonistas. Su vestuario, casi impecable, no casa para nada para ambientar dos fugitivos que hace días que vagan por una tierra inhóspita, desolada, sin agua y sin comida.

Lástima porque el nivel estaba siendo de campanillas.



Un Puccini que sonó a Puccini

Es quizás la de ayer, “Manon Lescaut” una de las mejores interpretaciones que le he escuchado al maestro DANIEL MARTÍNEZ GIL DE TEJADA. Concentrado, con matices, atento siempre a los cantantes, especialmente al coro, logró que la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS sacara lo mejor de sí, excepto en momentos puntuales, donde el volumen de los profesores pasaba por encima de las voces cual tsunami arrasando una playa entera. Ello sobretodo en el concertante del tercer acto, donde las voces de los protagonistas principales – Manon, Des Grieux y Lescaut- deben luchar con las respectivas voces de sus colegas, además del coro, y con la de la orquesta, en un fosado, el de la Faràndula, para nada idóneo para controlar la potencia de decibelios que exhibió ayer por la tarde.

Buena ejecución del precioso y siempre agradecido “Intermezzo”, al que si bien en algún momento le faltó un poco de pulso y luz, pero que se solventó con una lectura clásica de buen gusto.



De menos a más

Así es como definiría, en términos generales, la parte vocal de esta “Manon Lescaut”, dado que el primer acto fue el más decepcionante de cuantos se representaron. Se respiró el chispeante ambiente de la juventud agolpada en la posada, pero algo no acabó de cuajar. Desajustes vocales, prudencia y reservas, todo ello para dar paso a los tres actos siguientes en los cuales, se pudo escuchar una Manon que supera la expectativa con bastante buena nota, aunque todos los cantantes principales, sin excepción, pasaron más de un apurillo técnico en todos los actos.



El papel de la protagonista, que tenía que cantar la soprano jerezana Maribel Ortega, recayó en la voz de la española de origen búlgaro SVETLA KRATEVA que fue la voz más regular de la función. De principio a fin. Voz interesante que sabe matizar y regular bien en cuanto a volumen se refiere, aunque en la zona más alta algún agudo pudiera sonar un tanto al extremo.

Aplaudida con ganas por el respetable sabadellense fue su preciosa aria del segundo acto “In quelle trine morbide” al igual que su “Sola, perduta, abbandonata” en el cuarto, dignificó un personaje, difícil y complicado de por sí, con mucho peso y de extrema dificultad.

Des Grieux fue interpretado por el tenor madrileño ENRIQUE FERRER, al que ya tuvimos el placer de disfrutar el año pasado con su “Otello”. Ferrer posee una voz con medios que luce mucho más en las partes más dramáticas y no tanto en las más suaves y románticas. Por esto, empezó a brillar a partir del segundo acto en el dueto con Manon manteniendo el nivel en el resto de actos. Pasó apuros. Muchos. Pero supo sortearlos con inteligencia con la ayuda de un canto temperamental lleno de fuerza y de una interpretación escénica más que creíble, aunque durante el primer acto, nada hacía prever que así sería. Sí, resultó que había química entre los dos protagonistas y esto en una ópera como “Manon Lescaut” se agradece con creces.



ENRIC MARTINEZ-CASTIGNANI presentó un estupendo Lescaut, un papel en que su única aria –“Sei esplendida e lucente”- que precede a la de Manon “In quelle trine morbide” dejó lucir una voz bien timbrada de barítono, con un volumen interesante y más que suficiente para este breve papel.



Mención especial para el Geronte de JOAN CARLOS ESTEVE, tanto a nivel artístico como vocal. Es un intérprete joven, y después de escuchar a Gerontes que no pueden casi con su alma, se agradece la savia nueva de una voz en una buena expansión, con una figura ágil y estilizada que – aunque para nada cuadra con la imagen del baboso, rechoncho y pervertido viejo- se agradece, en esta ocasión, por frescura. Es un Geronte que, artísticamente no da asco ni cae antipático, pero en lo vocal imprime su sello personal.



El tenor CARLOS CREMADES fue quien puso voz al desenfadado Edmondo, amigo y compañero de Des Grieux, amante del enredo y del madrigal. “Giovinezza è il nostre nome…” con este clamo, inicia uno de los momentos más bellos de su intervención, un tanto deslucida ayer tarde, ¿quizás debido a un proceso catarral? Su breve papel dejó entrever, tras alguna nasalidad, que el timbre que hay tras ella es interesante.



En cuanto al resto del reparto, todos sin excepción supieron estar a la altura de una ópera, para nada fácil, llena de pasión y sentimiento por la cual, la A.A.O.S ha apostado y fuerte. En definitiva, recomendable.

Finalizadas las tres funciones en Sabadell, Manon se va de viaje a Reus, Girona, Sant Cugat, Manresa, Tarragona, Granollers y finalmente a Lleida. Finalizado el periplo por Catalunya, colgarán los elegantes vestidos y pelucas y se empezará a preparar la “Carmen” para el próximo mes de  mayo, con la que concluirá la temporada trigésimo quinta de ópera en nuestra ciudad, Sabadell.


sábado, 11 de febrero de 2017

El arte de escuchar. El arte de saber escribir




Roberto Herrscher, cronista musical argentino, nos propone en su libro “El arte de escuchar” un viaje musical que se sustenta en tres pilares, los mismos en los que se divide esta recopilación de reseñas y reportajes, escritas a lo largo de dos décadas y publicadas en dominicales y revistas especializadas.

Herrscher empieza fuerte y apuesta en el primer apeo de esta ruta por los personajes. En este primer bloque desfilan ante nuestros ojos personajes como Calixto Bieito. El capítulo es interesante por su planteamiento más allá de la polémica que despierta el director de escena en cuestión. Tres óperas diferentes: “Don Giovanni”, “Macbeth” y “Un ballo in maschera”. Primero nos deleitamos y nos situamos en la escena tal cual reza en el libreto, para pasar en un abrir y cerrar de ojos a la propuesta de Bieito. El contraste y la diferencia es absolutamente abismal.

Emotivo el capítulo dedicado al apuntador del Liceu, nuestro querido Jaume Tribó, una de los personajes más queridos del mundo de la ópera y uno de los que saben más, de ópera y de historia del teatro al que está tan vinculado y al que tanto quiere, su (nuestro) Gran Teatre de Liceu.

Se repasa también las facetas del director Lorin Maazel y de la familia Savall, pero donde marca diferencia – y mucha- es cuando habla de su compatriota Astor Piazzolla. Lógico y comprensible. Este capítulo adquiere una emotividad diferente, más personal, más visceral y que, sin dejar de ser algo ya publicado, se erige en un alarde y demostración de cariño a la patria, a sus gentes y a su música.

Lo que es incomprensible e inconcebible, sin embargo, es el capítulo dedicado al tenor Plácido Domingo, con el que empieza esta recopilación. En él se dedica a explicar las idas y venidas y los entresijos de la gala homenaje que se hizo al gran artista madrileño en el Teatro Real de Madrid cuando cumplió los 70 años. No explica nada que no supiera ya, aunque siempre es un placer revivir y releer jornadas tan especiales para este gran tenor y también para los que nos contamos entre sus aficionados, pero, lo que es imperdonable es el baile de fechas de las que adolece esta crónica. Erradas están las fechas de debut como Alfredo Germont en Monterrey, también la de la primera actuación en Viena, así como sus primeras andanzas en el Metropolitan de Nueva York (aquella famosa “Adriana Lecouvreur al lado de la gran Renata Tebaldi), sus “Luisas” en Madrid, e incluso la fecha de su boda. ¿Dónde queda el contraste de datos? ¿Dónde queda la profesionalidad del cronista, del periodista?

Sorprendre. Y sorprendre mucho en épocas en que… en caso de dudas, solo tenemos que acudir a internet y corroborar. Con un clic. Así de fácil.



El segundo pilar de este libro se cimienta en los viajes de Herrscher. Barcelona, Bayreuth, Sevilla, Madrid, Cuenca…un largo recorrido por festivales y templos operísticos, especiales para el autor, que si bien le permiten pisar por los sitios más venerados del aficionado, poco aporta a la obra y al lector. Solo genera aquella sana envidia del que quiere y no puede.

Y finalmente, el grueso postrero del libro se concentra en las experiencias personales del propio cronista, vividas en solitario o al lado de su hijo, y al igual que las anteriores, todas ellas ya publicadas anteriormente.

La obra recopilada por tanto, no innova, no motiva, no añade ningún toque de originalidad para quien lo lee, aunque aporta conocimiento musical en géneros que no están vinculados estrictamente a la ópera y que, de no haber sido recogidos en la obra, hubiera seguido sin conocer. Y por ello, sólo por ello, es interesante darle una lectura.

El libro concluye informando acerca de la actualidad de las vidas de los personajes que Herrscher nos presenta, y lo hace dejando los artículos tal cual escribió en su momento y los retoma, a todos ellos, hasta el 1 de noviembre de 2015.

Una obra amena para el amante del reportaje y de la escritura meramente periodística que nutre al lector de las experiencias de las que se ha nutrido, previa y personalmente, el propio autor.



Si hoy estoy escribiendo esto…

Dejando más allá lo más o menos interesante que puede resultar la lectura de todas estas crónicas vestidas en forma de libro, lo cierto es que, como reza este separador es – y valga la redundancia- que si hoy estoy escribiendo esto es gracias a la generosidad de un buen amigo que un buen día decidió regalarme este ejemplar.

Gracias al musicógrafo catalán Albert Ferrer Flamarich, he conocido más de Jordi Savall, he revivido de nuevo el incendio del Gran Teatre del Liceu, he conocido la realidad de un centro de educación secundaria del Raval de Barcelona y he vuelto a recordar el triste accidente de Germanwings.

Recomiendo leer a este joven licenciado en Historia del Arte por el dominio de las palabras y conocimiento que imprime en sus crónicas, por su – a veces acidez- y también por su mordacidad. Un estilo que cala y seduce, porque es diferente y alejado de la típica crónica musical que todos tenemos en mente. Savia joven. Savia nueva. Inteligencia y agudeza visten sus trabajos y a pesar de su juventud entre los años 2004 y 2006 coordinó la publicación especializada en zarzuela y ópera española “Sarsuela 2000 Zarzuela”, además de presentar diferentes programas radiofónicos para emisoras locales, faceta con la que ahora, también continúa.

En la actualidad podemos leerlo en las publicaciones de “Audio Clásica”, "Codalario", y también en el “Diari de Sabadell”, nuestro periódico local con el que participa desde el año 2010 y que nos permite a los sabadellenses de disfrutar de crónicas firmadas por alguien que sabe de lo que está hablando y que lo explica bajo el ojo crítico de alguien que es un perfecto conocedor de nuestra lengua (su catalán es exquisito y provoca adicción) y del estilo y género sobre el cual escribe.

Talento de sobras que desperdician publicaciones especializadas o periódicos de mucha más tirada en favor de crónicas más estándar, cuyos autores se limitan a explicar por encima las funciones a las cuales asisten sin aportar un ápice de interés o de curiosidad a quien lo está leyendo.

Para quien no conozca su trabajo, les invito a conocerlo. No se arrepentirán. Es de los que escriben y hacen pensar. Pocos musicólogos lo consiguen.


sábado, 21 de enero de 2017

¡Gracias por existir!




Hoy día 21 de enero, todos los amantes de la ópera, pero sobretodo los que lo somos del arte de Plácido Domingo, congratulamos su 76 aniversario.

La pretensión de esta entrada es intentar ser breve y concisa, difícil empresa cuando se trata de hablar de la voz de este inconmensurable artista. Me uno, evidentemente a las felicitaciones que el Maestro Domingo ha recibido y recibe en este día, y las que aún le quedan por recibir. Por tanto, desde lo más profundo de mi corazón, Maestro, le deseo un feliz cumpleaños y mucha salud.

Pero en semejante día, y después de las ya raídas felicitaciones, siempre las mismas palabras y los mismos deseos, en esta ocasión quiero ir un poco más allá, y darle las gracias.

Las GRACIAS en mayúscula porque con su edad, Plácido Domingo aún nos emociona, aún nos enamora y aún conserva el poder y la magia en su voz, en su mirada y en su expresión para hacernos sumergir una y otra vez en este mundo que él adora y del que alimentamos nuestros días monótonos y repetitivos.

Y hoy, rememorando su cumpleaños, me viene a la mente una canción del italiano Eros Ramazzotti.

¿Y sí, se puede pensar qué tiene que ver Eros con Plácido? Musicalmente, poco. Estilos diferentes. Voces, completamente distintas. Pero, las letras, sean de canciones populares, o bien sean grandes palabras de ilustres poetas y libretistas, unen. Hoy, en el día del cumpleaños del Maestro Domingo, del más grande, me permito hacer un guiño a Ramazzotti y a su canción “La cosa más bella”… Escojo el fragmento para mí más sobrecogedor y revelador, aquél que hace retroceder el tiempo hasta mis infantiles 10 años:


Recuerdas el día que te canté
fue un súbito escalofrío
por si no lo sabes te lo diré
yo nunca dejé de sentirlo.
Contigo hace falta pasión
no debe faltar jamás
también maestría pues yo
trabajo con el corazón .


“¿Cómo empezamos? Yo no lo sé…”- reza la canción en su inicio para finalizar con un “Gracias por existir”.

Yo sí sé cómo empezó todo, cómo empezó aquella historia que no tiene fin. Y agradezco al cielo su existencia. Lo que está claro es que, si Plácido Domingo no existiera, el mundo de la ópera, y el mundo entero, tendría que inventarlo.
¡Feliz cumpleaños, Maestro!

sábado, 7 de enero de 2017

“Malèna”, gioa mia





Siempre es un auténtico lujo escuchar la dulce y bella voz de un tenor. Es un placer que todo el mundo debería disfrutar, guste o no el género lírico, al menos una vez en la vida.

Verdaderamente – y reafirmo reiterando mi frase inicial – es un auténtico lujo gozar de la voz cálida y luminosa de ROBERTO ALAGNA en su último trabajo “Malèna”. En éste nos propone un recorrido por el caluroso y temperamental sur de Italia dando un brinco también hasta la interesante, fascinante e inquietante, así como divertida y desenfadada Sicilia, a ritmo de tarantelas y lamentos lejanos, envueltos de fuego y ardorosas pasiones y sones acompañados de mandolinas salpicados del agua de nuestro inmenso y bello mar Mediterráneo.




Robertissimo está en la plena madurez de su carrera, y, a estas alturas, el divo francés de origen siciliano puede permitirse hacer y cantar lo que le venga en gana y le apetezca. Por méritos y por trayectoria. Porque él lo vale. Es así de sencillo y entendedor.

No es su primera incursión en el género. Hace algunos años ya guiñó el ojo a Sicilia con su “Sicilien”, y ahora, regresa con su “Malèna” y en un momento en el que parece que Alagna aviva de nuevo la plena juventud que ya ha dejado en su camino.

El disco nació en un momento personal muy dulce: nueva paternidad a los cincuenta, pero saboreando al mismo instante y por primera vez las mieles de ser abuelo. Ornella, su primera hija, ha sido madre recientemente. Por tanto el cóctel de sentimientos que se mezclan en este trabajo toca lo más profundo del alma de este sensacional intérprete y hacen de “Malèna” un tesoro especial en el haber del tenor. Cocido a fuego lento y cuyo resultado es sencillamente genial.





Paso del tiempo

Ni el transcurso de los años ha podido con él pues, Roberto Alagna sigue brindándonos para nuestro placer esa voz que enamoraba ya en la primera escucha a principios de los años 90 junto con ese depurado fraseo, gusto innato al cantar y esa sonrisa en la voz que lo hacen único.

Oír ahora a Alagna con 53 años continúa siendo un lujo. Y en este repertorio – como en los otros – más. Su voz, mediterránea, encaja en este género como las bien recortadas piezas de un enorme rompecabezas. Toda la luminosidad del sol italiano, toda la sangre, toda la pasión y sentimiento supura  por sus poros y, cuando quien lo recibe, ama como amo yo este género y la voz de este gran tenor, el disfrute lógicamente, se triplica, o más.




El reloj pues, ha respetado al tenor pero, esta clase de discos serían impensables sin la colaboración – afortunado tándem, vive Dios- del director YVAN CASSAR, cuya inteligencia y buen gusto contribuyen a que este trabajo sea una joya, no tanto quizás por la dirección sino por la aportación arreglista que ha realizado que se traduce en un resultado refrescante, original e interesante.

A destacar el impoluto y justo, a la vez que insultante y descarado para bien del uso – como no podía ser de otra manera- de la vocal neutra en las piezas napolitanas, y, la generosa y espectacular dicción en dialecto siciliano. Alagna se siente cómodo, se nota, y se divierte, y su disfrute, a la par, es nuestro disfrute.

Realmente todo un acierto. Bien equilibrado y combinado, con ritmo y sones especiales cuando se requiere, sobre todo en las sicilianas que evocan sonidos volcánicos, fuego, tardes calurosas de verano y de brisas suaves de atardeceres frente al esplendoroso mar azul mediterráneo.





Como un soplo de aire fresco

Alagna se deja llevar y aconsejar por el talento y fantasía de Cassar, sucumbiendo a su acertada inspiración. Y ello le lleva al triunfo. Robertissimo rejuvenece y hace rejuvenecer esas piezas de siempre, ahora revisadas, que ofrecen una lectura más ligera alejándose a veces de la obra original, como ocurre con la raída y explotadísima “’O sole mio”, casi irreconocible.

Sin embargo, lucen acertadas las versiones de un “Torna a Surriento” espectacular perfilado con mucha inteligencia y gusto, con tones sorprendentes que hacen de la pieza una delicia, así como o unas medias voces y susurros en la agradecida “Core’ngrato”. Prescindible quizás “Etna” que no aporta nada al disco más que la evocación en la mente de imágenes volcánicas y de fuego y estallido, simulando el volcán siciliano en plena erupción.

Exquisita la siempre bella “I’ te vurria vasà” y una “Marecchiare” con algún tinte diferente de su original que empieza con un efecto de viejo gramófono, como si en lugar de cantar Alagna lo estuviera haciendo Enrico Caruso y en más moderno, otro de los grandes del género, el querido y añorado Mario Lanza, sobre todo cuando Alagna se conciencia y compenetra tanto con el uso de esas neutras que adoro y eses sonoras de las que Lanza, hacía siempre gala acercándose al napolitano.

Pero, la joya de la corona, después de ese “Torna a Surriento” que me entusiasmó, es para la pieza que abre el disco, y que precisamente, da nombre al trabajo “Malèna”, un homenaje a su pequeña Malèna que es quien ha rejuvenecido y ha vuelto a entusiasmar a este gran tenor. Uno de los grandes de nuestros tiempos. Uno de los mejores que desfilan por los escenarios internacionales. No hay duda de ello.

Alagna acaba esta sentida pieza diciendo “Malèna gioia mia”. No encuentro otro calificativo para resumir mejor este disco. Una pequeña gran joya altamente recomendable.