lunes, 21 de mayo de 2018

Sí, cuando Dios te echó al mundo... ¡qué faena me hizo!





Enorme trabajo me cuesta a estas alturas encontrar un único calificativo para describir, a consciencia, la maravillosa tarde que ayer vivimos unos miles de afortunados en el Gran Teatre del Liceu.

Podría decir que, impresionante; podría decir que sensacional; podría también decir que excitante; podría decir que especial; y podría decir obviamente que muy sentimental. Podría decir tantas cosas… tantas… que seguramente no acertaría nunca al 100% lo que en un soleado y radiante domingo de mayo, el gran tenor PLÁCIDO DOMINGO nos regaló. Por tanto, creo que el mejor de todos los adjetivos, quizás el más adecuado, sería el de irrepetible, solamentte para ir a la par con el gran artista y cantante que ayer pisaba el escenario de nuestro Liceu.

Plácido Domingo no necesita de presentación alguna. Todo lo que yo pueda decir o escribir, manifestar o sentir cada vez que abre la boca lo he dicho y escrito hasta la saciedad. Cantando ópera, cantando zarzuela, cantando boleros o cantando rancheras. Da igual lo que sea porque Plácido Domingo es de aquellos artistas, de aquellos grandes artistas – único en su género -  con los cuales ya disfrutas, inclusive, antes de que abran la boca.

Su aura, su porte, su sencillez, su pasión y su sensibilidad envuelven el ambiente fuera, y dentro. Es algo que no se puede describir. Simplemente se tiene que vivir, sentir, y sobretodo, disfrutar.



“No importa que el mozo fuerte vuelva viejo”

Reza así una de las romanzas más emblemáticas de nuestra zarzuela y de la que ayer gozamos en la voz de este titán incombustible.

Ambiente de fiesta y gala. Muchos nervios. Muchas sonrisas. Muchas ilusiones. Y al final del todo, demasiado corto. O así me lo pareció a mí.

El gran Plácido Domingo regresaba de nuevo a Barcelona con un género que adora, y que adoro.

La zarzuela ha sido y es muy importante en su vida. La zarzuela, ha sido y es también muy importante en la mía. Plácido referencia a sus padres, ambos cantantes de nuestro género. Yo sin embargo, tengo como punto de mira a mis abuelos. A ambos, pero, sobre todo a mi abuelo que hizo que con su poca voz, pero con un gusto y estilo realmente sobrecogedor, exquisito y extraordinario yo amara –y ame de por vida – la música con la que él creció y disfrutó.

Era de justicia que Plácido se presentara, por fin, en el Liceu con zarzuela. Lo había hecho en el año 1976 dirigiendo una “Doña Francisquita” precisamente cantada por sus padres, pero, en concierto, era la primera vez.

Vive la zarzuela, le gusta, le motiva, la siente, la quiere. Vaya dulce coincidencia con la voz que me acompaña desde que era muy pequeña. A mí, me sucede lo mismo.

Se cumplieron todas mis expectativas. Piel de gallina, emoción, lágrimas…todo un cúmulo de sensaciones que acostumbro a vivir siempre cuando es Plácido Domingo quien está en el escenario, pero aumentan cuando la zarzuela está de por medio.

No importa que regrese y lo haga con 77 años, pues el mozo que lleva dentro está siempre presente en el escenario. Lo que importa es que regresa y no se marcha, que nos brinda aún tardes gloriosas y nos hace gozar minuto a minuto con su voz, con ese timbre maravilloso que arranca sonrisas en la platea y que responde a un color chocolate con leche irresistible que edulcora y embellece todo lo que canta.

Esa vocalidad, a la que tanto partido saca cuando su voz se pasea con descaro por la zona central y que provoca escalofríos a quien le escucha, se mantiene intacta. Su poder de seducción, también. Basta una sola palabra, o una frase, o simplemente un silencio para darse cuenta de que – y no descubro nada- Plácido Domingo es para todos los mortales que le admiramos, un regalo del cielo.

Sorprendió, a todos, el estado vocal de gracia con el que se presentó. El sentimiento de incredulidad ante lo que estamos presenciando era unánime. Muchos comentarios en los pasillos tipo… “De dónde saca la voz…”; “Pero…¿Cuántos años dices qué tiene…?”; “¿77?... Es imposible”; “Cómo estoy disfrutando…”; “Está genial de voz”; “Qué tarde…”

Cualquiera de ellos, menos el que referencia a la edad podría suscribirlo yo misma, pero sin duda yo le añadiría el de que aún provoca en mi cuando le escucho un cúmulo de sensaciones que jamás he dejado de sentir. Grande… muy grande… Embruja con su cantar, con su sabiduría, con su saber estar, con su gesto, con sus tablas, con su sonrisa, con su porte… Con su genialidad.

Y así podría continuar llenando hojas, y hojas…y más hojas…

Plácido Domingo, un jovencito que, hace muchos años, muchos, muchos… cuando empezaba, cuando era aún un mozalbete casi salido del colegio tuvo que escuchar en boca de un crítico mexicano el siguiente dislate: “Plácido Domingo no tiene nada que hacer en un escenario de ópera”.

¡Qué vaticinio! ¡Qué gran visionario! Hay críticos que siempre dan en la diana, ¿verdad?

Medio siglo después de esto, el gran Plácido Domingo sigue levantando teatros. Matizo… sigue “aún” levantando teatros. Increíble, pero cierto. Lo de ayer, es solo una pequeña gran muestra del camino que este artista fuera de serie está aún recorriendo. Sin un alto y a un ritmo completamente frenético. Aún, frenético.

No se entiende, no se puede comprender. Nadie, excepto él, sería capaz de algo tan prodigioso. ¿Quién es pues este señor? ¿Alguien de otra galaxia? ¿Ha hecho un pacto con el diablo? ¿A qué se debe el secreto de su longevidad? Quizás la única respuesta que me viene en mente es la siguiente: No es un extraterrestre, no ha pactado nada de nada. El secreto es que, simplemente, es Plácido Domingo.




El concierto

Cuando en un cartel aparece el nombre de Plácido Domingo, el resto de compañeros que forman parte del elenco tienden a quedar un poco rezagados. No es justo, pero, es así. Sin embargo, tanto ANA MARÍA MARTINEZ, como AIRAM HERNÁNDEZ estuvieron a la  altura del acontecimiento y también de Domingo.

El programa escogido no podía haber sido mejor, aunque demasiadas piezas orquestales, a mi gusto. El director RAMÓN TÉBAR condujo a la ORQUESTRA SIMFÓNICA DEL GRAN TEATRE DEL LICEU, sabiendo acompañar, agilizar y esperar a los intérpretes des del primer minuto en que las notas del famoso “Intermedio” de “Las Bodas de Luis Alonso” del maestro Giménez inundaron la sala con un compás ligero y flotante, que sugería un ambiente festivo. Prueba de ello fue sin duda la conformidad del público con un estruendoso aplauso, que quedó en segundo plano cuando la imponente figura de PLÁCIDO DOMINGO salió de bambalinas, con paso firme, y seguro, y se aproximó al público.

El momento sin duda más esperado de la tarde. El instante que hacía un año que estaba aguardando y allí por fin estaba, enfundado en un frac sin pajarita que luce como nadie y que le daba ese toque de elegancia masculina a la que nos tiene acostumbrados,  y a la vez le dotaba de una informalidad apacible y serena.

“Ya mis horas felices” de “La del soto del parral” de los maestros Soutullo y Vert fue la primera de las piezas escogidas por Domingo. Solo una nota. Una única nota salida de su garganta hacía ya presentir su excelente estado vocal para deleite nuestro y en una romanza que borda. Su discurso con “tempo” justo, su fraseo… extraordinario…Su pasión, desbordante. Su primera intervención, ya arrancó los primeros bravos de la tarde. Intensos y viscerales.



ANA MARÍA MARTÍNEZ, entró haciendo gala de su bonita y extraordinaria voz. Debutaba en el Liceu, y hacerlo al lado de Plácido Domingo, con el que tantas veces ha cantado, sin duda, debió de ser algo especial, como especial fue su brillante “María la O” de la zarzuela homónima del maestro Lecuona. Una romanza de latidos y ritmo cubano, bella donde las haya, y que se ajusta como anillo al dedo a su vocalidad.



Sorpresa la mía con el tenor tinerfeño AIRAM HERNÁNDEZ, buena y bonita voz, pero sobretodo un fraseo con estilo propio e intención. Quizás la menos brillante de sus intervenciones – aunque realmente intachable- fue este “Te quiero morena” de la zarzuela “El trust de los tenorios” y en la que pudo lucir menos todo lo que admiré de él durante el resto del concierto.



Primer dueto de la tarde entre ANA MARÍA MARTINEZ y PLÁCIDO DOMINGO. El bonito y resalado “No cantes más la Africana” de “El dúo de la Africana” del maestro Fernández Caballero.

Escuchar este sensacional dúo y en directo fue indescriptible. La pieza da mucho juego vocal, pero también artístico. La cara de Plácido a cada una de las intervenciones de Ana María era como para ver de cerca. Plácido, ducho siempre en el arte de la interpretación, supo poner el punto justo de picardía en sus ojos y en su cara, y vocalmente, un placer escucharle al igual que a Ana, excelente compañera para Plácido como siempre.



Después del “Intermedio” de la “Goyescas” de Granados, era el turno de otro de los grandes “hits” zarzueleros. Una pieza realmente popular entre los amantes del género, que no era sin duda otra que la romanza de entrada de Juan de “Los Gavilanes” del maestro Jacinto Guerrero: “Mi aldea”. Y de nuevo todo el poderío vocal de PLÁCIDO DOMINGO repitiendo el mismo efecto que con su intervención en solitario precedente. Aquel torrente de voz se imponía ante un Liceu extasiado. Allí mandaba. ¡Y cómo! Este tipo de romanzas son para él. Cuando entonó su “Pensando en ti noche y día, aldea de mis amores, mi esperanza renacía, se aliviaban mis dolores…” hizo gala una vez más de su maravillosa zona central, con un fraseo sin prisas, con una vocalización perfecta, con un entusiasmo sobrecogedor y el público se vino abajo otra vez. Y es que yo misma no podía creerme el milagro que estaba presenciando. Un Plácido Domingo tan cómodo como extraordinario era lo que estábamos disfrutando. Y lo que quedaba… Lo qué quedaba, aún…



Magnífico el “Intermedio” de “La leyenda del beso” de Soutullo y Vert que dio paso al exigente dúo entre Iván y Amapola de la misma zarzuela, en las voces de AIRAM HERNÁNDEZ  y de ANA MARÍA MARTÍNEZ.

En este momento es cuando el tenor hizo gala de un fraseo estudiado pero efectivo. Vocalizando y matizando ciertas consonantes, sobretodo, y con especial énfasis, las “t”. Prueba de ello sus “Te quiero”, sus “Te juro”. Esto para mí dice mucho de alguien que no se limita simplemente a cantar, sino que además, quiere imprimir un sello y estilo propio. La voz es bonita y agradable al oído. De tenor. De tenor lírico por excelencia. Quizás puede pulir algunas cosillas, como el su a veces afán de sacar volumen, pero, el material está. Para Ana María, sin embargo, es un dúo que se escapa de su estilo. No por ello dejó de estar excelentemente cantado, y suple con interpretación y gesto –siempre refinado y elegante- la parte más visceral y desgarradora de este tan poco interpretado dúo.



Y de nuevo el teatro se viste gala para despedir la primera parte con el raído “No puede ser” de PLÁCIDO DOMINGO. ¿Qué sería un concierto de Domingo sin el “No puede ser”? Más baja de tono. Adaptada a su tesitura baritonal, Plácido Domingo deleitó de nuevo al público de Barcelona con una interpretación que llegó a nuestros corazones.




Moreno-Torroba como hilo conductor

Prácticamente toda la segunda parte estuvo dedicada a la obra del gran Federico-Moreno Torroba y quizás con su zarzuela más universal, la maravillosa “Luisa Fernanda”, obra que Plácido Domingo cantó de tenor cuando aún no era nadie, que grabó en disco, en el papel de Javier Moreno cuando ya era popularmente conocido, y que, muchos años después interpretó al labriego extremeño Vidal Hernando, paseando nuestro género por escenarios como la Scala de Milán, la Ópera de los Ángeles, y en España, en Madrid y Valencia.

La “Farruca” de “El sombrero de tres picos” de Manuel de Falla nos llevó a la primera pieza de la “Luisa Fernanda”, el extraordinario dúo entre Luisa Fernanda, en la voz de ANA MARÍA MARTÍNEZ y de Vidal Hernando al que daba vida PLÁCIDO DOMINGO.

Una gran declaración de intenciones envuelta en una música extraordinaria, el “Yo es que la quiero…” al que Plácido-Vidal ponía voz fue extraordinaria, amplia, sentida, abarcando y abrazando a todo el público reunido ayer por la tarde en el coliseo de las Ramblas. Fue un momento impresionante. “Los hombres de mi tierra, cuando quieren, no pierden la esperanza de triunfar...”, qué momento tan inspirado y tan bien interpretado al lado de la dulce y elegante Luisa de Ana María.



Y no nos movemos, de momento, de Madrid. AIRAM HERNÁNDEZ, en su papel de Javier Moreno nos dejó también, quizás, su mejor momento con su “De este apacible rincón de Madrid”, también de la Luisa. Destaco a parte del estilo, los silencios tan bien definidos que daban a la interpretación una expresividad muy emotiva en una romanza que parece simplona, pero que por el contrario, requiere de gran envergadura.



Y de la Luisa a “La marchera” también de Moreno-Torroba. En esta ocasión, ANA MARÍA MARTÍNEZ nos ofreció una de las piezas que en un concierto de zarzuela en el que haya de por medio Plácido y Ana María, nunca falla. Ésta no es otra que la famosa “Petenera” que Ana borda con su sencillez, estilo y gracia.



“Luche la fe por el triunfo”, cerraba en la voz de PLÁCIDO DOMINGO el capítulo dedicado a la “Luisa Fernanda”. Una de las dos grandes romanzas que Moreno-Torroba dejó escritas para el barítono. La otra claro está es la romanza de “Los Vareadores”, que probablemente sea mucho más popular, pero el “Luche…” es más emotiva, serena, permite lucir mucho mejor la voz del intérprete con serenidad del hombre que ama y que teme y duda ser correspondido. “Y el ideal de mí ambición…. Es que la quiero”… Y de nuevo Plácido hizo me hizo poner la piel de gallina. Qué estilo… Qué voz…



Siguió el “Preludio” de “El niño judío” de Pablo de Luna en el que se pudo reconocer en su música una de las romanzas más cantadas y famosas del repertorio, en “De España vengo…” y Luna dio paso al maestro Penella y al archiconocido dueto entre Soleá y Rafael, “Me llamabas Rafaelillo” de la ópera “El gato montés”, y de nuevo con las voces de ANA MARÍA MARTÍNEZ  y AIRAM HERNÁNDEZ.

Cuándo a una le arrebata el “Qué graciosa es mi gitana, qué preciosa, que bonita…” en la voz del más grande de los tenores, es prácticamente imposible no tomarle como referencia, pero Airam Hernández salvó y con nota este exigente dueto, al igual que Ana María, que lo ha cantado tantas y tantas veces al lado del Maestro Domingo.



De Sevilla a Lloret como cierre oficial de la segunda parte, PLÁCIDO DOMINGO y AIRAM HERNÁNDEZ, nos ofrecieron el dúo de la ópera “Marina” de Emilio Arrieta, “Se fue, se fue la ingrata”. Años ha, se lo había escuchado a Plácido den el role de tenor. Ahora le disfrutaba en la parte de barítono, tan o más interesante que la de tenor.

Savia nueva mezclada con savia vieja. Otro de los momentos de la tarde, uno de tantos otros, porque lo mejor, lo más emocionante estaba a la vuelta de la esquina. Lo deseaba, con fuerzas, lo quería con toda mi alma, y… llegó. Gracias a Dios, llegó.





“Dígame usted lo que quiera, porque yo lo escucho todo…”

Todos éramos conscientes de que la fiesta aún no había terminado. Lo sabía Plácido, lo sabía Ana, lo sabía Airam, y el mundo entero.

Plácido siempre generoso en el capítulo de las propinas, un episodio que empezó de la única forma que podía empezar, tocándome lo más fondo de mi corazón. Cuando le escuché decir, “Vamos a cantar un dúo de “La del manojo de rosas”… en aquel instante fue como si el Liceu estuviera congelado porque de mi boca salió un “Déu meu em moriré” (Dios mío me moriré). Plácido, simpático donde los haya miró hacia aquella vocecilla emocionada que, para mitigar el momento estruendoso de la frase, se estaba tapando la boca, y me sonrió. Como también lo hizo una violinista de la orquesta al ver mi reacción.

Ese momento soñaba… Hacía tanto, tanto tiempo que quería escucharle ese dúo, y en directo, que la emoción me invadió, separando solamente unos segundos de tiempo para que aconteciera el milagro. Mi abuelo, desde el cielo, me daba la mano y un dulce beso en la mejilla. Con una mirada, nos entendimos. Eso es lo que habíamos estado esperando, y Plácido y Ana María nos lo regalaron.

El dueto de “Hace tiempo que vengo al taller, y no sé a qué vengo” por fin estaba sonando en el Liceu, y por fin en directo en la voz del más grande. La emoción fue tremenda, los nervios a flor de piel mientras podía observar la picarona cara de Domingo a cada una de las palabras que iba mordiendo. Sus ojos brillantes, su sonrisa encantadora y su voz envolviendo por completo la sala del Liceu.

“Cariño, como el que yo siento, no habido ni habrá en la vida”…qué placer, qué goce escucharlo, qué arte. Qué genialidad…

Fue tan emocionante que no pude contener mi emoción y me levanté a aplaudir, en solitario, el momento, el dúo, para dar las gracias, para trasmitir todo lo que en tres o cuatro escasos minutos, nos acababa de brindar. Que me acababa de brindar.



Siguieron los bises. AIRAM HERNÁNDEZ con la romanza de Rafael “La roca fría del calvario” de la zarzuela “La dolorosa” del maestro Serrano, donde de nuevo salió luciendo un fraseo pulido y personal, aunque se quedó solamente en la primera estrofa. Y aquí, fue mi abuela la que me dio la otra mano y besó mi otra mejilla al escuchar la zarzuela preferida de su padre.

Siguió ANA MARÍA MARTÍNEZ con la entrada de Cecilia de la zarzuela cubana “Cecilia Valdés” del maestro Gonzalo Roig, la única pieza que desconocía de esta gran velada. Como siempre, Ana María desplegó su arte y gracia, y con una voz bonita de origen, dejó al Liceu bien sorprendido.



Faltaba aún otra de las piezas emblemáticas del gran DOMINGO. En la primera parte había sido “La tabernera del puerto”, y “Maravilla” y la romanza “Amor vida de mi vida” de Federico Moreno Torroba reclamaba, a gritos, su ejecución. Sentida, emocionada, llena de recuerdos y a la vez de nuevas sensaciones. El Liceu delirando y de pie. Así finalizaban estas más de dos horas que parecieron poco menos de dos segundos.

Reza esta última romanza… “Adiós, mi bien, adiós”. Adiós, Maestro, adiós, y hasta la próxima. Y, del brazo de una concertina, sin pompa y con sencillez, Plácido Domingo, junto con el resto de intérpretes abandonaban el escenario del Liceu. Un Plácido al que tres horas antes había podido disfrutar para mi sola unos segundos en la entrada de artistas. Escuchar su voz, ver su figura, mirarle directamente a los ojos.

Plácido Domingo, un titán, un grande entre los grandes. Un gran artista. Un gran señor. El más grande. El mejor. Así se lo grité en su último saludo cuando se dirigía ya de nuevo a bambalinas.




martes, 1 de mayo de 2018

Un grande spectacolo...a Sabadell







Finaliza la temporada de ópera en nuestra ciudad. Y lo hace con sumo éxito y con dos óperas populares del repertorio verista, la “Cavalleria Rusticana” del maestro Pietro Mascagni y “Pagliacci” de Ruggero Leoncavallo.

Un binomio que asegura casi un teatro a rebosar y que se traduce en una taquilla generosa, sirviendo al público una tarde de emociones, pasiones, celos desmesurados, amores desesperados y, como no podía ser de otra manera en el verismo, venganzas y muertes.

Dos montajes con una chispa de modernos, sobre todo en lo que se refiere al vestuario, que acerca la acción, sino a los tiempos actuales, a tiempos que todos los que llenábamos el teatro el domingo por la tarde éramos capaces de reconocer. Trajes ellos y vestidos negros en ellas para la Cavalleria. Colores sobrios, austeros y grises que cuadran a la perfección con el retrato de una Sicilia rural y pueblerina, y que sabe alcanzar el toque de seriedad, de respeto y de honor de sus habitantes.

La cosa cambia en Pagliacci. Aparece el color, la alegría y el calor de un 15 de agosto en Calabria. Sol sofocante perfectamente recreado por la genial iluminación de NANI VALLS que se rompe con la oscuridad de los momentos más trágicos de la obra. El vestuario, variopinto y lucido. La disposición escénica del coro, perfectamente cuadrada.

Ambos montajes, son firmados por el tándem MIQUEL GÓRRIZ y PAU MONTERDE, antecesores de Carles Ortiz y Jordi Galobart. Los primeros firman dos producciones con un decorado único y ambivalente para recrear los dos ambientes: con más seriedad la Cavalleria, y con más luminosidad en la segunda. Carteles de estrenos de películas italianas que se han convertido en clásicos, como “Riso amaro” (Arroz amargo, 1949), colgaban de la pared del fondo del escenario en Pagliacci, dejando adivinar a una imponente Silvana Mangano como protagonista principal de este inmortal film.



Dirigir… y algo más

Como siempre, un auténtico lujo y placer ver dirigir al sabadellense SANTIAGO SERRATE. Entrega y pasión, alentando siempre a los intérpretes. No se dejó ninguna de las entradas para los solitas protagonistas, pero tampoco para el Coro, que lució como últimamente nos tiene acostumbrados.

El volumen orquestal justo en Cavalleria y quizás un poco demasiado en Pagliacci, no afean una interpretación, a mi gusto excelente, a la que se puso el pulso justo de apasionamiento en pasajes en los cuales hubiera preferido un poco más, sobretodo en el “Intermezzo” de la Cavalleria. Aún así, me emocioné en este instante y lloré. Mi pensamiento se trasladó a otro momento de mi vida que hace que no pueda escuchar este inspirado fragmento sin que en mis ojos aparezcan lágrimas.

Ver como un director se convierte en la sombra, en el protector, en el amigo y en el cómplice del intérprete es extraordinario. Era uno más en el fosado, pero, también fue uno más en el escenario. Y el público así lo percibió siendo merecedor de un gran aplaudo al finalizar la representación. Las dos representaciones, valga decir.



Mención especial para el CORO dirigido por el maestro DANIEL GIL DE TEJADA, que supo sacar un volumen nítido, aunado, fuerte y seguro. La verdad es que es un gran placer ver la cantidad de gente joven que es integrante de esta entidad. Jóvenes, con ganas, impetuosos, entregados y felices de ser donde estaban y en el momento en que estaban. Sin dejar de ser estáticos – suele ser el mal de todos los coros – se movieron bien, con una distribución bastante simétrica y bien coordinada, que si bien, falta control en cuadrar algunos mutis del escenario, por lo que respecta a la interpretación, no hay nada que objetar.

Fortes bien ejecutados en la plegaria de Cavalleria dieron paso a la jovialidad del Paglacci, y todo ello, con 25 minutos de diferencia entre una y otra para cambiar de chip y adentrarse en un ambiente festivo que ha sido precedido de un terrible asesinato en la primera. Bravo el Coro. Bravisimo.



Santuzza – Turiddu - Alfio

Esta tripleta de personajes son los primeros que nos saludaron en la tarde del domingo. La muchacha deshonrada, el típico macho siciliano, y el marido cornudo que, por venganza y celosía, se entera de que hace tiempo que lleva adorno en la cabeza.





La Santuzza de EUGENIA MONTENEGRO tiene una voz bonita y timbrada, pero a la que falta dramatismo, o pasión, o… algo le falta para abordar un papel de esta envergadura y entidad. Empezó bien, tanto en su “Voi lo sapete, o mamma” y siguió regular en la plegaria junto al coro.

La cosa empezó a declinar en la segunda parte del dúo con Turiddu. La voz estaba un poco resentida, pues la de Montenegro es para afrontar papeles con una pizca más de lirismo y no tanto al extremo verista. La voz pierde corporeidad en las notas más graves, que quedan opacas, casi inaudibles.  

El declive llega en el dúo con Alfio, que salva, pero utilizando un discurso poco trabajado, muy plano, sin matiz, de autómata. Como si le estuviera relatando el engaño por pura gimnástica verbal pero sin sentirlo, sin emocionarse.

Cierto es que su Santuzza no roza la locura o la desesperación de la mujer traicionada de otras Santuzzas, cierto, y su enfoque es inicialmente válido, pero, no suficiente. Quizás, un tanto reservada aquí para afrontar con notable comodidad, el final de la obra que culmina con dos notas dificilísimas, que deben ser casi gritadas a pleno pulmón.



Un gran “tour de force” es lo que le tocó al tenor ENRIQUE FERRER afrontando este pack Turiddu-Canio.

Dos personajes agotadores, escénicamente opuestos, pero que requieren de inteligencia, fuerza y cambio de mentalidad.

Interpretar a lo largo de 2 horas, 2 horas y media un personaje que tiene un arco de principio a fin de la obra es extenuante, pero, interpretar a dos y, además, distintos, es para quitarse el sombrero. Del típico siciliano, joven, chulo y macho al desesperado, viejo y abatido Canio, va realmente un abismo, y Enrique Ferrer llegó y bien.

Sí que es cierto que en cuanto a vocalidad se refiere, estuvo mucho más cómodo en “Pagliacci” que en “Cavalleria rusticana”, pero, en conjunto, firmó un más que digno Turiddu. Seguro y entregado aunque el enfoque del personaje se aleja de su esencia, y aunque se ha cansado de Santuzza, sus gestos, sus miradas, denotan compasión por la campesina, escondiendo y no mostrando su gran desprecio y, a la par, asco, para aquella con la que ha medio apagado el incendio de pasión por otra mujer que aún quema en su corazón.

Su “Mamma, quel vino…” fue atacada con una pizca de dramatismo, quizás aquí una siempre espera más, pero, con las notas asentadas y bien colocadas.





Caso a parte es el Alfio de TONI MARSOL, que aunque defiende el personaje, vocalmente se le escapa y no deja salir la robustez que luego manifestó en su Tonio, para mí, mucho mejor ejecutado y con mucha más comodidad.

Su “Il cavallo scalpita” queda un poco a medio camino, aunque, ducho en su oficio, sabe sacarle partido, artísticamente, para que no haya nada que objetarle. Y en su escena final con Turiddu cumple con las expectativas.



En cuanto al resto del elenco correctos todos en su cometido.





Avanti, avanti, avanti, avaaaaaaanti….

Después de la obligada pausa, 25 minutos, llegó el momento de abandonar Sicilia, y de poner los pies en Calabria.

Mezz´agosto.

Sobre el ambiente cae un calor infernal. La tarde avanza, lenta, sofocante. El ambiente se torna pesado. Asfixiante. Saltos y brincos. Vestidos de flores, de tirantes, gente arreglada y otros que simplemente van cómodos. Se avecina ya nuestro verano. O es que tenemos ganas de verano, quizás sea esto y por ello quizás la predisposición sea otra.

Nada. Nada de lo que vemos en el escenario delata que allí va a pasar algo muy gordo. Violencia doméstica. Un nuevo crimen. Traiciones, celos. Cuchilladas.



“Pagliacci” de Leoncavallo. Su obra maestra. Una de las grandes joyas del verismo, fue la que pondría colofón a la tarde del domingo y a la presente temporada.

De nuevo, el mismo decorado que habíamos apreciado en la Cavalleria y con el cual ya estábamos familiarizados. Solo una hilera o dos de bombillas incandescentes, los pósters de cine, y un toldo descorrido encima de unas mesas y sillas en la parte izquierda del escenario marcaban territorio.


El maestro SERRATE daba inicio a la ópera con unas pulsaciones seguras y marcadas seguidas de una imitación de carcajada de los instrumentos de viento que, dieron paso a uno de los “hits” de esta ópera: el “Prólogo”.



Un haz de luz recorre el escenario. Sabemos que está a punto de salir Tonio y hacer una manifestación de todo lo que vamos a ver y a vivir a continuación, matizando que nada de lo que vamos a ver es mentira. Al contrario. Simplemente vamos a ser testimonio de un pedacito de vida de personas humanas, no de personajes. Veremos amar, tal y como se aman lo seres humanos y como el fruto del odio engendra maldad y crimen.



Todo esto y más, es lo que bordó el barítono TONI MARSOL, muy puesto – y mucho más cómodo- como Tonio, el payaso desgarbado, lascivo y vengativo que desea a la mujer de su jefe.

Ya desde su primera nota, desde su “Si può?” se adivina que su Tonio va a ser lo que se espera de un Tonio. Con él sabe fusionar, a la perfección la parte vocal con la artística. Sí que es cierto que quizás el timbre de voz no sea especialmente bello, pero, su fraseo, su gesto y su entrega pasan por encima de este detalle cual tsunami que arrasa una playa. También es cierto que no apostó por ninguna de las notas agudas del Prólogo. Fue a lo seguro y dónde quizás se sentía más cómodo. Esta es la única espinita que me queda de su Prólogo.

Choca ya de entrada su caracterización: ojos negros muy profundos sobre una cara blanca rematada por una sonrisa roja casi de oreja a oreja. Vamos, que, solo le faltaba la peluca verde y otra clase de vestuario, pero estoy segura que todos reconocimos en el Tonio de Toni Marsol a uno de los personajes más psicóticos del cine moderno. Claro está, me estoy refiriendo al Joker que interpretó el tristemente fallecido Heath Ledger al lado de Christian Bale en “El caballero oscuro” (2008).

Con esta perspectiva podíamos ya esperar cómo sería su Tonio. Acorrala a Nedda, pero lo justo. Toda la maldad la manifiesta con gestos y sonrisas, con los ojos, con ironía. Y claro está con la voz.

Firmó un excelente prólogo como decía pero también un gran dueto con Nedda “So ben che difforme…” uno de los momentos más bellos de la ópera.

“Bravo!!!. Bravo il mio Tonio”, si se me permite parafrasear el personaje de Nedda, aunque yo, en esta ocasión lo haga en sentido positivo.



La soprano SVETLA KRASTEVA dio vida a Nedda, personaje que combinaba con la también soprano Montserrat Martí. Descubrí a esta cantante el año pasado con su interpretación de Manon Lescaut. Me gustó ya entonces y me gustó, obviamente, el domingo por la tarde.

Fraseo limpio y agudos bien atacados en todas y cada una de sus intervenciones: con Tonio, con Silvio y con Canio. Sacó carácter y valentía con el último; el más puro lirismo en el dueto de amor con Silvio, y el asco y desprecio con Tonio.

Aunque su personaje se mueve un poco en arenas movedizas, se apasiona pero tiene que esconderlo, tiene miedo pero tiene que vencerlo, encontré un punto, solo un punto de frialdad que le va bien al personaje, tanto a Nedda, como a Colombina en la pantomima que cierra la obra.

En definitiva una buena, buenísima apuesta por esta soprano de la que esperamos gozar mucho más en Sabadell.





“Tu sei Pagliaccio”. Si, ENRIQUE FERRER fue Pagliaccio. Y Canio. Dos personajes, quizás no tan distintos, y si un tanto iguales. ¿La diferencia? La que cree Canio que es: una, solamente una y la conocemos en los labios del propio Canio: “Il teatro è la vita non son la stessa cosa…” Esto es lo que cree el feriante. Y lo cree firmemente, aunque el público, ya desde un principio sabe que no es así porque así, ya nos lo ha explicado Tonio en su prólogo.

Canio se da cuenta de ello tarde. La vida y el escenario es lo mismo. Canio es a Pagliaccio, lo que Pagliaccio es a Canio. Y Enrique Ferrer, convencido de lo contrario aunque acaba claudicando, así sabe reflejarlo en su personaje.

Vocalmente, y ya desde su entrada en escena está más cómodo, en una tesitura que se amolda mucho mejor a sus posibilidades vocales. Una voz que ha hecho desfilar por el escenario vallesano con Otello, Manon Lescaut, Carmen, y ahora con este binomio de óperas cortas, pero, de una exigencia suprema.

Debutaba a Canio el día del estreno, por tanto, el del domingo era su tercera representación.  Cuando tenga el personaje mucho más rodado, cuando se sienta seguro del todo en su piel y también musicalmente, puede hacer de él una gran interpretación a la que faltó un poco de dramatismo en el instante justo anterior a su “Vesti la giubba”.

El aria por antonomasia de esta ópera – junto con el Prólogo de Tonio – fue afrontada más desde el hondo dolor del hombre traicionado que no desde el histrionismo patético y llorón que, al largo de muchas décadas, ha quedado incrustado e indisoluble en manos de muchos de los Canios que haya podido escuchar en mi vida (aunque, sinceramente, prefiero esta visión).

Hace una introspección al personaje, y no solloza. Su canto liga porque no imita el llanto ni la falta de respiración del que entra en cólera y no sabe dominarse, y que tanta veracidad sugiere cuando todo el cuerpo y todo el cerebro se encuentra en fase o estado de catarsis.

Esto, condiciona también la brutalidad con la que podía afrontar la pantomima final, pero, Enrique Ferrer equilibra bien al personaje y no se le va de las manos. Sigue la senda trazada y aunque furioso, intenta dominar al personaje.

Su vocalidad se adecua y sale victorioso con creces de un cometido, para nada fácil, brindando, no solo un buen Canio (apostando por todas las notas altas ya desde el principio en la suicida “Ricordatevi…. A venti tre ore…”) sino también un magnífico Pagliaccio con su dificil “Meretrice abbietta”.

Ahora por ahora, ENRIQUE FERRER es nuestra mejor opción para afrontar en el teatro de nuestra ciudad este tipo de repertorio, que tanto disfruto y que tan buena tarde de domingo me hizo pasar.



Sí que llegados a este punto quiero hacer dos menciones especiales: la primera para el Silvio de JOAN GARCIA GOMÀ, un cantante al cual he visto nacer desde que cantaba en el Cor de la Sarsuela de Maria Teresa Boix cuando aún era un chavalín, y que ahora, me ha sorprendido corrigiendo aquella pizca de nasalidad de la que adolecía su voz.

También destacar la bonita y limpia voz de CÉSAR CORTÉS en su breve papel de Beppe y Arlecchino. Hay buen material aquí.







“Il concetto vi dissi, or ascoltate com´egli è svolto….”

Cual dice Tonio en el final de su prólogo. Parafraseo de nuevo.

Yo solo he explicado una parte. Si queréis saber cómo todo esto se materializa, se vive y se siente, no dejéis pasar la oportunidad de asistir a cualquiera de las representaciones que podrán verse a lo largo de la geografía catalana.

El espectáculo es mucho más que recomendable. Qué digo recomendable…. Es imprescindible verlo.




lunes, 16 de abril de 2018

Luisa Miller en HD desde el MET (14-4-18)


Algunos la disfrutaron en vivo. Otros afortunados la siguieron en el cine. Otros, ni tan siquiera la pudimos disfrutar.
Pero siempre nos queda el soñar con que el MET la edite en DVD. Mientras esto ocurre, si es que llega a materializarse, gracias a mi ya colaboradora habitual, mi querida amiga MÓNICA MENCONI, hoy podemos tener una impresión en primera persona de lo que el sábado por la tarde ocurrió en el MET.
Desde el cine, en pantalla gigante, aquí tenemos qué es lo que dio de sí esta tan poco programada ópera y qué le hizo sentir a Mónica nuestro tan querido y apreciado Plácido Domingo.
Pura pasión es lo que supura en sus palabras.

Como siempre, agradecerle el esfuerzo dedicado a escribir estas cuatro líneas después de una intensa función.

¡¡Gracias Mónica!!










Había una vez o cuenta la leyenda……



Todos fuimos pequeños y hemos oído mil y una vez estas tres palabras, o las otras tres, al inicio de un cuento. A partir de ellas todo podía suceder. Historias mágicas y maravillosas hacían volar nuestra imaginación.

Crecimos. Fuimos viviendo la vida y perdiendo de vista ese mundo de los cuentos. Pero la vida…la vida se encarga de darte tantas posibilidades como sorpresas. Y un día uno descubre los deportes, el cine, el teatro y las artes en todas sus manifestaciones.

A mi la vida me puso todo eso por delante, y más. Y como soy devoradora y profundamente apasionada me incliné por aquello que más me fascinaba: el ballet, la música clásica y la ópera. Vi todo y a todos los que pude en mi país y fuera de él. Hasta que me hice “adicta” a ese arte que para mi reunía todo: una historia (verídica a veces, o no), la escenografía, la actuación, el vestuario, la iluminación, la coreografía, la música,  y por sobre todas las cosas la voz humana expresada a través del canto. Y con ese descubrimiento creo que recuperé todo lo mágico que había ido perdiendo en el camino.



Pero no es que reseñaría Luisa Miller de G. Verdi? En eso estoy, créanme.

No les voy a contar lo que ya saben, porque los que leen este blog saben de qué va la cosa. Al final, verán que todo tiene una explicación. O no.





La ópera



Luisa Miller es una ópera poco representada, estrenada en 1849 y fruto del primer período productivo del compositor que venía a ser nexo entre el bel canto y el verismo.

El argumento doy por sentado que lo conocen. Si así no fuera, Wikipedia ayuda mucho. Digamos que muchacha del pueblo (plebeya claro) enamórase, siendo correspondida, por un joven noble, condición ésta que oculta a su enamorada. Padre de la muchacha: ex militar, honorable y respetado. Padre del joven: conde de origen sospechoso y enemigo del anterior. El padre de ella sospecha del joven, quien finalmente le confiesa a su amada su verdadero origen.  Todo parece encausarse pero este amor estará sujeto a los juegos maléficos del conde y su mayordomo (a la sazon enamorado de Luisa), amenazas y malos entendidos que desencadenan una verdadera tragedia. Ambos padres ven morir a sus hijos, y el conde además a su mayordomo.

Se le adjudica quizá escaso valor musical aunque yo no lo creo así. Dícese que la historia es remanida y cae en lugares comunes, como si nunca se hubiese hablado de amores no correspondidos o intrigas, traiciones y engaños en otras óperas.

Luisa Miller es posterior a Macbeth y musicalmente es bella y gentil en su inicio para ir tomando caminos tensos que derivan en drámáticos y fatales. Sus personajes demuestran ser profundamente humanos en sus sentimientos y hasta “políticamente incorrectos”. Esto se manifiesta claramente cuando Miller padre declara que su hija se casará con quien ella ame, que el derecho a elegir marido es sagrado. Y era el siglo XIX!!!





El elenco

Convocados a esta performance estuvieron Sonya Yoncheva (Luisa), Piotr Beczala (Rodolfo, que otrora encarnara Domingo tenor), Plácido Domingo (Miller padre), Alexander Vinogradov (Conde Walter, padre de Rodolfo), Dmitry Belosselskiy (Wurm, mayordomo del Conde y enamorado de Luisa), Olesya Petrova (Federica, Duquesa enamorada de Rodolfo) y Rihab Chaieb (Laura, aldeana amiga de Luisa).

El elenco no podía ser mejor. Beczala (tenor) encaraba su primer Rodolfo (que otrora cantara Domingo), Yoncheva (soprano) su primera Luisa y tercer rol de la temporada en el MET y Plácido Domingo (hoy barítono) estrenaba su rol n° 149 (según se propia cuenta) como Miller padre. Los rusos Belosselskiy (debut) y Vinogradov, ambos bajos.






YONCHEVA demuestra una ductilidad asombrosa al encarar su tercer rol en una misma temporada. Y creo que esta Luisa le va muy bien a su voz. No tiene la exigencia de una Elizabeth de Valois, pero sí tiene momentos belcantistas que ella sortea con gran solvencia y arias y dúos de notoria exigencia expresados todos con gran sentimiento, compromiso y veracidad. Su voz siempre bien proyectada aunque en la zona baja tenga una cierta tendencia al engolamiento. Su Luisa está muy enamorada y lo manifiesta, también se angustia ante el posible engaño y se muestra estoica cuando decide no ingerir alimento alguno. Los dúos finales, primero con su padre y luego su enamorado son de enorme entrega y magníficamente cantados.

(Aquí me detengo en dos pequeños detalles:



a) un gesto vulgar me llamó la atención, cuando le dicen que su enamorado es noble, hijo del Conde Walter el enemigo de su padre, ella manifiesta su incredulidad juntando la yema de los dedos y moviendo la mano hacia arriba y abajo;



b) debe dejar de mirar tanto los monitores laterales, consideremos que es la quinta función y va al mundo en HD).








PIOTR BECZALA se consagra a su Rodolfo y con su Rodolfo. Asi se lo demostró el público con su ovación al término de la famosa aria “Quando le sere al placido” y en el saludo final. Fue de menos a más pero siempre entregado, la voz abierta, nítida, muy prolija dicción, agudos emitidos con absoluta limpieza para irrumpir en el tercer acto con una determinación, potencia e interpretación notables. Gran tarde para él!





Notable el bajo ruso VINOGRADOV. Su Conde Walter fue malo, falso e indiferente según fue desarrollando su rol hasta sufrir el castigo final viendo morir a su hijo. Posee una voz importante que proyecta muy adecuadamente y se desenvuelve con soltura. Fue muy bien recibido por el público.





DMITRY BELOSSELSKIY resultó una sorpresa por su gran desenvoltura, la potencia de su voz e importante presencia escénica. No dudó en acomodar la carta y la pluma que Luisa había desechado por los aires, ni descuidó detalles de cómo sentarse y cruzar las piernas frente al Conde cuando éste le revela su plan. Muy aplaudido. Para tenerlo muy en cuenta.





OLESYA PETROVA dotó a su Federica de los aires propios de una noble enamorada y caprichosa dispuesta a todo para desposar a Rodolfo. Muy buena mezzo.





Un papel agradecido aunque pequeño es el Laura, la aldeana amiga de Luisa. RIHAB CHAIEB lo cantó con mucha ternura, su voz es dulce y ligera sin dificultades para llegar a los agudos. Joven y bonita. También ella para tener en cuenta….

El coro tuvo un desempeño correctísimo si bien no tiene tanta presencia durante la obra. Excelentes los niños de la aldea, como si jugaran y corrieran en la suya propia.





La puesta



ELIJAH MOSHINSKY se caracteriza por su rigor, su extremo cuidado, su exquisitez en lo sencillo. Impecable puesta.

La escenografía y vestuario fueron responsabilidad de Santo Loquasto. Debería agregar algo más a su nombre? No lo creo….

Un excelente diseño de luces estuvo a cargo de Gregory Keller. Nada fue descuidado en este aspecto.





Dirección y orquesta



Es notable cómo un gran director puede extraer de una partitura su esencia, transmitírsela a sus músicos y a los cantantes logrando que cada momento tenga la tensión necesaria. Un gran desempeño de BERTAND DE BILLY, su autoridad al servicio de la música de Verdi hizo de esta Luisa Miller un verdadero disfrute.



Lo que creen que me olvido, no lo olvido: merece párrafo aparte









PLÁCIDO DOMINGO



Este señor de 77 años irrumpe en la escena con tal vigor que de entrada ya te tira para atrás en tu butaca. Uno esperaría que comenzara tranquilo para de a poco ir creciendo y no cansar demasiado su voz. De ningún modo! Canta y parece que ya estuvo calentando hace horas. Su papá Miller posee toda la dulzura por una hija única que sospecha ha sido enamorada por un hombre de poco serias intenciones. La ama pero no le impone su autoridad sino que le da libertad. Sufre por ella, enfrenta con fiereza a Rodolfo y a su padre que es su enemigo, pero cede cuando comprende que el amor de Rodolfo es verdadero. Qué prodigio vocal es Domingo! Qué actor consumado! Su entrega en la escena no tiene límites, sinceramente no los tiene. Ese dúo final con su hija transmite tan profunda emoción que es imposible contener las lágrimas. Y no he sido solo yo, hubo varios en la platea en las mismas condiciones.



Al principio les hablé de las historia mágicas que nacían con “había una vez” o “cuenta la leyenda” y de cómo la ópera me ayudo a recuperarla. Fue algo más que la ópera…fue el señor Plácido Domingo cantando ópera.



Siempre digo dos cosas:

1) si Plácido subiera a un escenario y cantara “Mambrú se fue a la guerra” seguramente todos lloraríamos por Mambrú debido a la credibilidad de su interpretación.

2) Los que pasamos los 50, y más, no tuvimos la posibilidad de ver y gozar de una María Callas; en compensación Dios nos permitió ser contemporáneos de este señor. Del señor Plácido Domingo.



Cuando las generaciones que nos sucedan busquen, quieran saber o simplemente investiguen en los libros (si para ese entonces existen claro), en Wikipedia, Google o lo que fuera que haya, encontrarán que todo se inicia con: “Había una vez…un tenor” o “Cuenta la leyenda que un tenor…..”.



Gracias a Dios es real, tan real que lo disfruté en vivo varias veces, muchas veces. Hablé con él hasta por celular. Le di abrazos y besos. Era tan real….en serio….pero claro…..se lo juro!!!!

miércoles, 11 de abril de 2018

Piano. Cóctel. Ópera y Zarzuela.






Sabadell, años 195... Una docena de mesas. El triple de sillas. Ambiente de cóctel. Espacio distinguido. Piano y solistas amenizando una tarde-noche de domingo.

Sabadell, 8 de abril de 2018… Una docena de mesas. El triple de sillas. Ambiente de cóctel. Espacio distinguido. Piano y solitas amenizando la tarde-noche del domingo.

Entre estas dos situaciones, lo único que habría podido diferenciar estas dos veladas, hubiera sido las molestas columnas de humo que se hubieran elevado hacia el techo de las Cavas Urpí allá por los años 50. Por lo que hace referencia al resto, bien hubiéramos podido retroceder en el tiempo y nada habría cambiado. Buena música y buenas voces. Y para dar aún un toque más de elegancia, posibilidad de disfrutar de una copa de cava o un refresco mientras las voces de la soprano LAURA OBRADORS  y del barítono CARLOS DAZA afrontaban obras de Mozart, Verdi, Bellini y de compositores españoles, en una segunda parte dedicada a la zarzuela.



Caves Urpí

Era la primera vez que asistía a este recóndito espacio de nuestra ciudad. Y me gustó. Disfruté, de manera diferente, de aquella música que viene acompañándome desde que era muy pequeña.

El reducido recinto me permitió poder apreciar – casi tocar- a los cantantes a distancias muy cortas. Caras relajadas, y una buena compenetración que descubre quizás una bonita amistad fuera del escenario y evidenciaba una complicidad encima del mismo.

La iniciativa, a tenor de lo que dispone el programa de mano, vino de la mano de LAURA OBRADORS, y se le agradece encarecidamente. CARLES DAZA apoyaba también la idea, con ganas y entusiasmo. Ambos, estuvieron arropados por el pianista VICTOR GALIANO.

Una tarde de ilusión y de retos para Laura Obradors, sin duda alguna. Tampoco hay duda de que las voces están en caminos muy diferentes y encauzadas de diferente manera.




CARLES DAZA, a quién vi nacer profesionalmente con un – para mí – muy recordado Silvio de “I pagliacci” en el año 2005 en la Faràndula, llevaba la batuta. Ni rastro hay de aquel chaval que no alcanzaba aún los treinta años y que, con un sólido y buen material de origen, intentaba abrirse paso en este mundo tan difícil.

Han pasado los años. Y no en balde.

La voz se ha ensanchado. Ha crecido. Ha ganado volumen. La impoluta dicción y su expresividad, innatas, se mantienen intactas y, además, ahora, “es” más el personaje. Su cara, su movimiento corporal, sin ser exagerado, es adecuado y suficiente. Noble.

Aunque tuvo algún que otro pequeño desliz durante el concierto, para nada empañó una interpretación que hizo despertar sonoros y variopintos bravos.





LAURA OBRADORS, se enfrentó a piezas especialmente complicadas y difíciles como el “Quante volte” de “I puritiani” de Bellini o el “Deh vieni non tardar” que quizás requieran un mejor dominio de la coloratura en la primera y mejor control de fiato, en ambas.

Al lado de Carles, en sus dúos, y quizás sintiendo el apoyo de quien estaba pendiente de ella, de quien confiaba en ella, de quien le daba aliento y felicitaba al finalizar cada intervención, es cuando sacó lo mejor de sí misma.

Se la veía feliz y contenta, a la par que emocionada.



Los mejores momentos

Como no podía ser de otra forma, la interpretación de Carles en la “Cançó de l´avi Castellet” de la zarzuela catalana “Cançó d´amor i de guerra”. Pausada, sentida. Y qué gozo escuchar nuestra lengua, el catalán, tan bien cantada y pronunciada.

En ambos, la dicción en catalán era perfecta. Sin mácula alguna.

Pero si hubiera de quedarme con un solo momento, con un solo instante, esta vez sería el fantástico dúo de “El Caserío” de Guridi “Con alegría inmensa”. Dúo que apenas se canta de una zarzuela que ni se interpreta. De aquellas que quedan olvidadas en un cajón y van acumulando polvo, pero cuando con un suspiro ese polvo revolotea por el aire, descubrimos pasajes tan bellos y emotivos como el que nos ofrecieron Laura y Carles.

El dueto evoca ecos de la romanza, también cantada por el barítono, “Sasibil”, un momento de exultante y emotiva inspiración de Guridi al recordar un amor de juventud guardado en lo más profundo del corazón de un hombre y que nunca fue revelado.

Simplemente, sensacional. Gracias a los intérpretes por hacerlo posible y por emocionarme tanto en cinco minutos de música.



Capítulo de propinas

Dos, solamente.

“Otro” Mozart. No había bastante en el programa. Tres piezas de “Le nozze di Figaro” y una de “Don Giovanni” y su celebérrimo “La ci darem la mano”.

En esta ocasión, el turno fue para el simpático y divertido dueto de “La flauta mágica” entre Papageno y Papagena… para acabar con una especial versión del dúo de “La viuda Alegre” (Lippen schweigen) cantada en catalán y traducido como “Calla el llavi”.

Aplausos. Bravos. Reconocimientos.

Todo esto en casi dos horas que supieron a poco.