domingo, 21 de septiembre de 2014

Un bombón, Kaufmann, un bombón


 
 
En cualquiera de sus múltiples y diversas variedades, “You mean the world to me” es un delicioso bombón.

¿De los que engordan?

¿Y quién ha dicho que los bombones engordan? “No, todos son de dieta” como diría una compañera mía del trabajo.

De un cabaret de los bajos antros de Berlín hasta los dorados salones de la Viena imperial es por donde se pasea, descaradamente, la voz de Jonas Kaufmann en su último trabajo para la discográfica SONY.

Escuchar estas canciones es retroceder en el tiempo, a los felices y alocados años 30 en la capital alemana. Se cuajaba desenfreno y lujuria en todos estos tugurios, donde litros y litros de alcohol eran consumidos noche tras noche sin imaginar, claro está, lo que algunos años más tarde se desataría y que cambiaría la mentalidad y las leyes humanas sin precedente alguno.

Pero Kaufmann no ofrece simplemente canciones de cabaret barato, también las hay de más elegantes, de clase media - alta, melodías sin duda cantadas y bailadas por aquellos que, en breve, aterrorizarían a media Europa con sus nuevas y descabelladas ideas políticas.

Columnas de incesante humo de los cigarrillos fumados por oficiales de las S.S, mujeres vestidas con ropajes llenos de lentejuelas acordes a la época. Una fina línea de cejas, a la moderna, con peinados cortos, rubios y ondulados, que les permitía entrar en estos locales de lujo apoyadas del brazo de poderosos militares que, a su vez, habían dejado en casa a su mujer e hijos pequeños. ¡Y sin rechiste alguno, faltaría más!

Y champán. Espumeante, cristalino y chispeante, y tan preciado, que llenaba de calor los cuerpos y ánimos de todas estas gentes y no hacía sino que intentar combatir las frías temperaturas de las calles berlinesas llenas de nieve.

 
 
 

Del blanco y negro al color

Este disco es interesante y altamente recomendable no solo para los seguidores de Kaufmann, sino también para aquellos a los que nos gusta rememorar la nostalgia y los tiempos vividos por nuestros abuelos, para aquellos que no hemos respirado los años 30 y 40 y nos gustaría saber cómo fueron sus noches y sus formas; para aquellos que, como yo, somos amantes de la historia y con un alto grado de imaginación a nuestra disposición.

Pero me sucede algo curioso cuando empiezo a bucear entre estas melodías. Todos aquellos que me conocen saben que soy de fácil asociación de imágenes a la música que escucho, y en esta ocasión Kaufmann me sirve en bandeja toda clase de facilidades para que, pueda ver mientras él canta, la imagen de lo que está cantando.

Sí, es difícil de explicar. Y complicado es entender cómo puedo asociar, con total espontaneidad, una imagen a la música. Lo sé y soy plenamente consciente de ello, pero siguiendo las ideas que emanan de mi cabeza y siendo fiel a estas imágenes, afirmo rotundamente que la mayoría de ellas están, como no podía ser de otra manera, en blanco y negro.

E inclusive, para mayor gancho, y acorde con todo ello, la portada hubiera sido más resultona y eficaz en blanco y negro, pues en esta ocasión no hay  otros colores posibles para estas melodías ni para sus ritmos, ni para ilustrar el ambiente nocturno y festivo de esos primeros años del siglo XX.

Siguiendo esta misma línea, el blanco y negro inicial va difuminándoseme poco a poco y tomando color cuando Kaufmann entra directamente en la opereta, donde su voz ya divisa los elegantes y dorados salones de la capital de Austria, donde el rey de los bailes, el vals, inunda cada uno de los rincones de los grandes palacios que hay repartidos a ambos lados del Danubio.

 
 
 

Fuera de lugar

Si bien todo el trabajo se mueve en torno a un ambiente de nocturnidad altamente festiva, quizás hay entre ellas algunas piezas que, para mi gusto personal, están fuera de lugar o que no me acaban de cuadrar con el espíritu del disco y me estoy refiriendo a “Das Lied vom leben des Schrenk” y el dueto de la canción del laúd de “Die Tote Stadt”, las dos de carácter altamente operístico.

En la primera, Kaufmann se aparta del estilo con el cual empieza el disco, y sale ya más un Siegmund relatando a Hunding cómo ha perdido sus armas en medio del combate. Su voz se torna más recia y distrae hacia otros caminos el sendero por el que camina durante este regreso a los años 30.

En “La ciudad muerta” de Korngold pasa tres cuartos de lo mismo, los alegres ritmos y compases fáciles de llevar se desvanecen en una melodía, bellísima cabe decir, pero que se encuentra completamente desubicada en medio de todas estas canciones.

De todos modos, estos resbalones no empañan para nada el resto del disco, pues siempre tenemos el poder en nuestras manos de saltarnos aquellas que no nos convencen o no nos sugieren nada ya desde un buen principio. Gracias a la tecnología que nos permite escoger aquello con lo cual nuestro oído se recrea y se emociona.

 
 
 
El lado más desconocido de Kaufmann

Quien tenga la convicción de que Jonas Kaufmann, con su particular tono, color y timbre de voz es únicamente válido para la ópera, está muy equivocado, porque aquí le encontramos, y se lo agradezco, en un registro completamente diferente.

Siempre he dicho que si algo le falta al bávaro en su manera de cantar o de enfocar los personajes es, a mi parecer, la dulzura, pues en muchas de sus interpretaciones, y quizás por la oscuridad de su voz en el registro central, me quedan a mitad del camino esas notas que, en voces más brillantes, me suenan a gloria.

En este trabajo Kaufmann demuestra que no. Sabe ser dulce en todas las piezas que nos propone, sabe matizar y utiliza con inteligencia el texto para llegar al corazón del oyente.

Y no solamente esto, en “You mean the world to me”, versión traducida al inglés de la tan conocida “Du bist die Welt für mich”, Kaufmann nos abre la puerta a su lado más… cómo decir… “picante” quizás no sería la palabra adecuada, pero sí podría muy bien serlo divertida o desinhibida, pues el alemán se “suelta” y consigue con su voz romper la rigidez austera con la que a veces nos presenta sus trabajo y que es, tópicamente característica del carácter alemán como sinónimo de seriedad y frialdad.

Kaufmann nos enseña que no. Se puede ser solemne como en la ópera, y serio como en el Lied y ello sin perder un ápice de matiz, pero cuando uno se adentra a ritmos que sin intención premeditada hacen llevar el compás con el pie o invitan a mover el cuerpo, el resultado es que el cantante, implicado plenamente en ello, saca su lado más cómodo e informal y nos deleita con toda una serie de recursos, matices y medias voces, bien e inteligentemente utilizados, para trasladarnos dónde él quiere.

Sale su lado más apasionado sin creer que está cantando verismo. Matiza como susurros del amante a la oreja de su amada. Si alguien no veía a Kaufmann capaz de ello, que lo compruebe, pues llega a puntos inimaginables y me hace poner la carne de gallina al escucharlo en esas bellas melodías, muchas de ellas, desconocidas para mí.

Y… ¿cómo no puede dispararse la imaginación y venirle a una imágenes a la cabeza cuando se le escucha en estas canciones?… es muy difícil mantener y dejar la mente en blanco cuando tenemos un escenario tan propicio que nos invita a todo lo contrario.

 
 

Canciones que enganchan, melodías pegadizas

Y aquí es donde más peligro cobra para mí un trabajo como el que nos propone Jonas Kaufmann, pues estoy segura que a medida que vaya escuchando una y otra vez el disco, estas canciones pasarán ya a formar parte de mí mundano día a día. Me levantaré con ellas y me acostaré igualmente con ellas, y así hasta que la pueda cantar entera. Irremediablemente.

Y esto que me pasa Kaufmann lo describe perfectamente en la canción “My song goes round the world” donde en una de sus estrofas dice:

 

“I sing a song the whole day long, just a song that´s in my mind”.

 

 

sábado, 16 de agosto de 2014

Un “Trovatore” en el museo

Desde hace ya bastantes años el Festival de verano de Salzburg apuesta por montajes transgresores, novedosos, quizás herencia del finado Gerard Mortier, quien confió y creyó por puestas en escena que rayaban siempre lo moderno, sin descuidar jamás que, las voces invitadas, eran de primera.
De hecho, el Festival de Salzburg, junto con el de Bayreuth son dos de los más importantes y seguidos en Europa, amén de los españoles, cuyo Festival de Peralada se ha erigido, desde hace años, en uno de los más importantes referentes de la ópera y otras artes escénicas del territorio nacional.
Los que como yo, disfrutamos el verano y su oferta cultural desde casa, agradecemos el esfuerzo que se está haciendo, gracias a las nuevas tecnologías, para acercar la actualidad operística del momento. Con un simple click en el ordenador, una página web nos abre una ventana a Salzburg, teniendo la inmensa suerte de que, algunos de los acontecimientos musicales de esta ciudad austríaca, se transmiten en directo y gratuitos. ¿Se puede pedir más?
Sí, quizás estar allí en directo, pero, cierto es que, quien no se conforma, es porque verdaderamente no quiere.
 
 
 
Puesta en escena
Había visto alguna fotografía del montaje, e inclusive un pequeño vídeo de 2 minutos de duración. Nada más. Preferí, en esta ocasión, y como vengo haciendo desde hace un tiempo, no leer ni escuchar nada antes de ver la ópera entera precisamente para no prejuzgar de antemano una representación. Quise ir, si se me permite, virgen de opinión, para así poder intentar ser lo más objetiva posible con lo que se me estaba presentando ante mis ojos.
2013 y 2014 está siendo un año repleto de “Trovatore”, parece ser que ahora los teatros han apostado con gran fervor por esta ópera de Verdi. No me desagrada, aunque no es de mis preferidas, pero ello no me impide gozar de una buena función, si es que la función, realmente, se puede calificar como buena.
Soy de producciones clásicas. Siempre lo he dicho y siempre defenderé que la época de la ópera cuadre con los decorados y el vestuario, que no me hagan pensar que un gato realmente es una vaca. Y si ello se produce, y tiene sentido, es algo que haré una vez he disfrutado de la música. El análisis psicológico será, claro está, post-representación.
Por ello, tenía mi reticencia, escénica, con este “Trovatore” salzburgués.
 
 
 
El director de escena, ALVIS HERMANIS, sitúa la acción de esta ópera en un museo. Irrisorio de entrada, sí, pero, sinceramente la idea no es para nada descabellada. Sí que distrae tanto movimiento con los cuadros, pero creo que la intención es buena.
Claro que cuando una ve las fotografías, y ve a los cantantes con los vestuarios de los cuadros que ellos mismos se encargan de cuidar, le viene a la mente la película “Noche en el museo”. Sí.
Quizás esta no fuera lo que Hermanis tenía en mente, pero sin duda esta película y la puesta en escena de este “Trovatore” van bastante cogidas de las manos. No diría que película y escenografía sean hermanas gemelas, o simplemente hermanas, pero primas hermanas sí, aunque hay algunas cosas que en la ópera, y de la manera que se nos presenta, flaquean por si solas por desconcierto del público.
Creo que el mensaje es que los trabajadores del museo quieren tanto a esos cuadros que ellos mismos, todos sin excepción, acaban siendo parte viva de la historia que, ellos mismos, Ferrando y Azucena, y Leonora con Inés, explican a los turistas y a su compañera de ronda, respectivamente.
Me pareció genial, escénicamente, el primer cuadro del primer acto en el “racconto” de Fernando. Ya si en escenografías clásicas éste explica la historia del Conde de Luna y Azucena junto con la desdicha del trovador, creo que en esta ocasión, es una buena idea presentar a Ferrando como guía turístico que narra, nunca mejor dicho esta historia, porque cuadra perfectamente. Igual que también tiene sentido el “Stride la vampa” que Azucena-guía explica a un grupo de visitantes, dado que la propia pieza en sí, no deja de ser otro “racconto”.
Tres cuartos de lo mismo, sucede con Leonora / Inés, mientras la primera se “confiesa” para después salir, en la siguiente escena, como salida del cuadro. Y es precisamente Leonora la que da ese vuelco a la historia. Ella es el primer personaje que “sale del cuadro”, el primer cuadro que cobra vida.
Porque en este “Trovatore” los personajes cobran vida. Todos, como decía, forman parte de la historia.
Por tanto, aunque prefiero puestas en escena como Dios manda, ésta, puedo pasarla. Sin embargo, hay momentos en que no me encajan ciertas cosas,  como por ejemplo, los personajes cobran vida delante de los visitantes del museo, que admiran, embobados la escena de Manrico y Leonora cuando el primero declara su amor a la dama “Ah si ben mio…” para desaparecer en la escena de la pira. ¿Ello es así por qué los turistas están tan ensimismados con la historia que los guías les cuentan, tan buenas ellas, que consiguen que los visitantes “vean” la historia?, ¿O lo es por qué al director de escena se le ha acabado la inspiración y no sabe muy bien como reconducir la situación?
Tampoco entiendo el final con Leonora vestida de uniforme del trabajo y suplica al Conde de Luna salido del cuadro, no al vigilante. Pensaba que al final, todos aparecerían de nuevo con los vestuarios modernos. Eso lo deja en el aire una puesta en escena interpretada, con sentido común, pero que al final, por detalles insignificantes, acaba por no acabar de cuajar.
Esperaba esto u otro tipo de resolución, pero aplaudo que el protagonista, el Trovador, Manrico, lleve siempre las vestiduras del cuadro, pues entorno a él gira esta historia, la historia que, los trabajadores del museo, de tanto explicarla, de tanto vivirla, la sienten como propia. Lo único irreal de la obra es él. Es el único personaje que no está vivo. No tiene alma. En torno suyo se monta toda la fantasía que el director de escena nos presenta.
Y los empleados están tan fascinados con él que, en cierto sentido, viajan al pasado para respirar el aire del Trovador, aquél personaje que les fascina y que, valga la redundancia, fascina a los visitantes del museo.
Por lo tanto, la idea dramática concebida por Hermanis la encuentro acertada, presente y pasado conviven a lo largo de las 2 horas y media que dura la ópera, una obra que está montada y explicada a base de relatos que dan título a los cuatro actos que forman la ópera: “El duelo”, “La gitana”, “El hijo de la gitana” y “El castigo”, para los actos primero, segundo, tercero y cuarto, respectivamente.
 
Orquestación e intérpretes
Me gustó la Filarmónica de Viena al mando del director DANIELLE GATTI. Bien en volumen y sobretodo respetando las intervenciones de los cantantes, respirando con ellos, aunque ralentizó el tempo en alguna ocasión.
 
 
 
Respecto a las voces, evidentemente y aunque ANNA NETREBKO jamás has sido santo de mi devoción, debo reconocer que en la representación de ayer fue la más regular de todos cuantos estaban en el escenario.
Sin duda, la soprano rusa tiene la voz para cantar Leonora. Volumen más que suficiente, quedó demostrado, y agudos seguros, lacerantes, que no tiemblan y quedan bien asentados, aunque tiene una particular forma de emitir las notas y a veces me da la sensación de que la voz se queda en la garganta. Ello no obstante no me impide aplaudir su trabajo, pues además de voz posee un gran sentido dramático y poder de convicción en lo que canta. Quizás psicológicamente el personaje puede trabajarse más, pero lleva consigo el sentido del drama y, ella, sabedora de esto, lo explota al máximo.
Una verdadera pena su actuación escénica cuando está con Manrico, pues no existe ni un ápice de química artística entre ambos. No hay chispa ni explosividad entre ellos dos. Una lástima no poder ver la compenetración, tan necesaria a la par, entre soprano y tenor.
Netrebko cantó sin reservas durante toda la obra. Su cabaletta del primer acto “Di tale amor…” no acabó de gustarme, pero sí que lo hizo en su “Amor sull´ali rose”. Los agudos fueron bien encajados y nunca sonaron estridentes, aunque en algún momento hubo alguna nota dudosa, pero aun así, fue la gran triunfadora de la tarde.
 
 
 
 
 
FRANCESCO MELI, en el difícil papel que da título a esta obra. Manrico requiere un canto lírico, pero con alguna pincelada de heroicidad como en el “Un momento può involarmi” e inevitablemente en “la pira” o en su “A questo infame l´amor venduto”. Pero también necesita momentos de lirismo, suaves, que envuelvan la escena como “Ah si ben mio”, y Meli, se queda a medio camino entre ambos requerimientos.
Tiene una voz que, quizás tímbricamente, no sea de las más bellas que se puedan escuchar, pero tampoco suena opaca ni oscura. Es un tenor lírico y la voz suena como tal, pero no es regular. Tiene buenos momentos, y otros que, va justo, expresivamente y también en volumen.
Se hizo patente, como decía, la notoria falta de química con la Netrebko, y ello le resta fuerza al drama, al igual que sucede con el personaje de Azucena, del que hablaré a continuación.
 
 
 
Y es que el personaje de Azucena, para mí, ya lo destrozan al principio de la ópera al convertirla en guía. Ya he dicho que la idea me gusta, pero… un “Stride la vampa” actuado como lo hizo MARIE - NICOLE LEMIEUX hace perder el punto de siniestro del personaje. El contraste entre Azucena-guía y Azucena-gitana es tan abismal que, en mi opinión, no consigue hacerse con el personaje ni escénica ni vocalmente.
Su voz está faltada de graves, aquellas notas más cavernosas que tanto se adecúan a la gitana, aquellas notas que hacen que se remuevan las entrañas. Aquellos viajes que van desde la parte alta de la tesitura para apearse a la más profunda, aquellos matices que configuran a Azucena como un personaje malo pero que en el fondo te cae bien, todo esto no estaba ayer en el escenario.
Psicológicamente tampoco la vi muy puesta en el papel, sin embargo, en el cuarto acto fue donde salió un poco la vena dramática de la gitana. Tarde. Ya era tarde para ello.
 
Me gustó RICCARDO ZANELLATO en el papel de Ferrando, una voz tímbricamente interesante, y también me agradó la Inés de DIANA HALLER.
 
 
 
 
El “otro” Trovador: años ha…
Años ha, en los que PLÁCIDO DOMINGO se enfundaba las vestimentas de Manrico. Años ha…
Como también hace años en los que el madrileño se sentía cómodo encima del escenario. Años ha, sin duda…
Ya lo estoy diciendo… años ha. Y creo que sería suficiente con estas tres líneas para no tener que entrar en un comentario exhaustivo sobre su actuación de ayer, porque para el buen entendedor, pocas palabras le bastan. Pero, entraré.
No había escuchado su Conde berlinés del año pasado, por esto, iba libre de prejuicios y opinión acerca de esta nueva aventura dominguista. Sí que había oído, en su cd dedicado a Verdi, su aria “Il balen del suo sorriso”.
Antes de empezar la función de ayer se anunció por megafonía que Domingo estaba resfriado, pero, que haciendo de tripas corazón cantaría, teniendo en cuenta el esfuerzo que ello le iba a suponer.
Vamos a ver, resfriado o no, a Plácido le es, actualmente, un esfuerzo, un gran esfuerzo, encarar una representación operística. No está en su mejor momento, eso lo sabemos, recordemos que tiene 73 años y es un milagro que aún esté cantando. Pero no a este precio.
No para mí, almenos.
Plácido ha llegado a su límite y no le hace ningún favor artístico, ni tampoco a su salud, el hacer este tipo de estragos a su edad.
Plácido, no.
Siempre he dado la vuelta a todas sus representaciones, siempre he estado a su favor, a su lado, pero ahora no puedo. Lo siento, pero no puedo apoyarle en esto.
Plácido Domingo ha sido para mí la ÓPERA, la he querido y la quiero por él, a través de él, gracias a su voz. Me he emocionado, he llorado, he sufrido con él cuando él sufría con sus personajes. He hecho míos sus sentimientos encima del escenario.
Ayer sufrí, de forma diferente. Porque no sufrí con el personaje de turno, sino con el artista, con el hombre.
Bien es cierto que una cosa es el directo, donde la voz de Domingo sigue y seguirá llenando auditorios, cómo no. Cierto es que solo con emitir una nota, esa nota retumba en el teatro porque se impone por autoridad, por maestría, por experiencia y porque “el diablo sabe más por viejo que por diablo”.
Plácido sigue conquistando corazones, y sigue conquistándome el corazón, por su empatía, por su carisma, por su energía, por esas ganas de mantenerse aferrado al escenario, para él tan necesarias como el aire que respira y, que ayer, le tanto le faltaba. Pero todo ello se queda en deseos, ahora para él ya son quimeras, porque estoy segura que él es consciente de sus limitaciones actuales.
Tiene aún agenda para tres años más… no sé si llegará o no… no lo sé… quizás sí porque “superman” (y utilizo por primera vez ese adjetivo que se le ha puesto en alguna ocasión, y que tanto me disgusta) aunque ya ha divisado ya la criptonita (de lejos, parece ser) sigue creyendo que  aún no la tiene suficientemente cerca como para que, este singular hombre de acero, quede debilitado hasta un punto extremo.
Sólo espero, y deseo, y lo deseo con fuerza, que Domingo tenga el suficiente sentido común para no hacerse daño.
 
 
“Ah l´amor, l´amor è un dardo”…
Debo pero, confesar, que a pesar de todo lo antepuesto, Domingo fue el único intérprete capaz de hacerme poner el vello de punta.
Y la frase que sirve como separador a este apunte sobre su interpretación no está cogida al azar. No.
Es verdad que el amor es como un dardo. Sí, un dardo que hiere, que duele, que envenena lentamente, pero es un veneno que tomamos con gusto.
Domingo, por internet, resfriado, falto de fiato me emocionó en el primer acto, en el terceto con Leonora y Manrico.
¿Por qué?
¿Por qué el amor es un dardo...? quizás algo haya de ello, ese amor tan fuerte que siento por el artista, por sus interpretaciones y por su voz. Pero me emocionó porque su voz, a pesar de los años y del trote que lleva encima, aún, y repito y remarco, aún suena bella y no ha perdido volumen, pues su voz se oye siempre, y de qué manera, en las escenas de conjunto.
También se reconoce aún aquel timbre tan bonito, ese color chocolate con leche que me encanta, esos ecos tímbricos que, a pesar de los años, se mantienen intactos. Y ello se produce cuando la voz suena a tenor, porque Domingo no es barítono ni nunca lo será. Le faltan graves para serlo. Lo sabe él y lo sabemos todos. Pero es un maestro que sabe reconducir su voz y su interpretación y llevarse, como siempre ha hecho, el gato al agua.
Plácido empezó ayer mal, frases que acababan sin fiato, sufriendo y haciendo sufrir, sin embargo, a pesar de mantener este timbre que aún lo identifica, conserva el dominio del fraseo que no se ha visto mermado a pesar del detrimento vocal del artista. Así pues, Plácido firmó un primer “Ah l´amor, l´amor è un dardo” bellísimo, sentido y enamorado, ensoñador, su mejor frase de la tarde. Espero sinceramente que salga pronto el vídeo para revivir, no solo este instante, sino también el dueto final, para el cual, se estuvo reservando vocalmente durante toda la representación.
 
 
 
 
Magia…
Y llegó este instante, uno de mis momentos preferidos de esta obra. Y allí sí, allí es donde salió la chispa que eché en falta cuando Netrebko cantaba con Meli. Esta falta de compenetración con el tenor, Netrebko la encontró al lado de Domingo, ¡cómo no!, pues fueron los dos únicos intérpretes sobre el escenario que le pusieron sangre y pasión a la función.
Netrebko miraba a los ojos a Domingo y él hacía lo propio. Una Anna suplicante, desesperada que apela la clemencia de Plácido, y éste consiente. Brutal fue ese encuentro entre las dos voces.
No sé de dónde sacó la voz Plácido, pero la sacó. El vello de punta nuevamente… con quién sino con Plácido… Hay cosas que no cambiarán nunca para mí aunque pasen los años.
Con más o menos fortuna, una de cal y otra de arena, esto es lo que Plácido nos puede, más o menos, dignamente ofrecer en la actualidad. Y… o lo tomas… o lo dejas…

martes, 12 de agosto de 2014

“Della gloria d´Otello è questo il fin”: Roberto Alagna en "Otello"

Desde que Domingo colgó las vestiduras y los mantos de “Otello” no ha salido ningún intérprete que, aunque nunca jamás a su altura, pueda ser un modesto o digno sucesor de este personaje tan fascinante.
Si exceptuamos que hoy en día, y muy faltado de todo lo que Domingo tenía y ofrecía en el escenario, el único “Otello” más o menos creíble o potable que podamos encontrar actualmente en el escenario es José Cura,  una puede constatar cómo está el mundo de la ópera. Sin embargo debo decir a favor de Cura que el argentino ha hecho bastante suyo su papel sin caer en el error de querer copiar al gran y mejor moro de Venecia que haya dado la historia de la ópera y es, quizás, el Otello más creíble que se pueda ver en el escenario.
 
¿Por qué el “Otello”?
“Otello”, la penúltima ópera del maestro Verdi. La obra que todos los tenores aspiran y sueñan con cantar algún día, pero cuidado, se tiene que tener primero de todo la voz para poder afrontarlo.
¿Qué tiene esta ópera que envenena las mentes y las gargantas tenoriles? Sin duda es una de las más grandes óperas compuestas jamás, y la adaptación del libreto hecha por Boito unido a la estupenda música del genio de Busetto, hacen que ella sea, incluso aún mejor, que la propia obra escrita por Shakespeare.
De entrada, pues, es una obra que tiene todos los elementos para seducir al público, pero también al intérprete que la afronta, pero como decía, sin tener la voz adecuada para hacerlo, esta ópera no puede funcionar.
Ramón Vinay, Jon Vickers, Mario del Monaco, Vladimir Atlantov, Johan Botha, José Cura son algunas de las voces del pasado y del presente que han flirteado con esta ópera, e indiscutiblemente y para mí, sin lugar a dudas, el gran Plácido Domingo, que ha cantado e interpretado como nadie esta ópera y este personaje.
Todo es cuestión de gustos, pero Plácido Domingo ha sido quien mejor ha representado al Moro de Venecia: por voz, por expresión, por comprender el alma de este personaje atormentado, lleno de celos y que sufre de un complejo de inferioridad tan brutal que le llevan a una autodestrucción sin posibilidad alguna de cura. Y porque ha sido el único con la suficiente capacidad física y mental para poderlo hacer a lo largo de más de 25 años.
 
 
 
Lanzarse a una piscina sin agua
Precisamente esto es lo que ha hecho, o está haciendo estos días el tenor francés ROBERTO ALAGNA.
Me confieso “Alagnista” de pro, me encanta su voz y la forma de interpretar sus personajes. Y aquí está el matiz “sus personajes”, porque el “Otello” no es suyo, nunca podrá estar en su largo haber de roles, precisamente porque no se adecúa a su voz ni a su temperamento.
Roberto Alagna está dotado de una bella voz mediterránea y a la vez de un gusto exquisito y sentido de la expresión difícil de encontrar y un elegante fraseo. Una voz que enamora a la primera escucha y cuyo canto es capaz de subyugar incluso al más insensible de este mundo.
Por eso sus “Bohème”, sus “Faust”, sus “Manon” o sus “Romeo” o “Nemorino” me gustan tanto. Por eso los tengo destacados en un lugar especial, pero, tener la osadía de atreverse con un “Otello” es por un lado, un acto de valentía y por otro, un arrebato de inconsciencia bárbara que puede, perjudicarle a la larga, si es que no lo ha hecho ya, tal como le pasó al abordar personajes como Manrico, Canio e incluso Turiddu, o Rodrigue de “Le Cid”.
Otello es un personaje que necesita una voz un tanto oscura, y la de Alagna no lo es. Su voz solar, mediterránea llena de luz, es insuficiente para el héroe vencedor de los musulmanes.
Y no solamente le falta esta oscuridad, no, le falta la agresividad, le falta autoridad, le falta expresión, concentración.
Su interpretación no es libre. Tiene que estar tan pendiente de su canto, un canto que le va grande y no puede con él que todo ello va en detrimento para que el francés pueda “interpretar” al Moro.
Su Otello no da miedo. No es brutal. Puedes mirarle a los ojos y Alagna no despierta en Desdémona el más mínimo ápice de pavor. ¿Dónde están sus celos? ¿Dónde está su rabia? ¿Dónde está esa explosión, esos berrinches, esos gritos de Otello cuando Yago le pone por delante la mentira que acaba de urdir?
Simplemente no está. Parece que tanto le da. Su personaje no es, ya desde el principio, creíble, y ello, le condiciona el resto de la obra.
Es quizás en el último acto, cuando ya ha superado el grueso más difícil de esta enrevesada partitura donde Alagna “intenta” ponerse acorde con la ópera, al menos, lo prueba queriendo rozar esta tan importante credibilidad que no ha encontrado desde el minuto 1 de la ópera.
Falta volumen, falta sangre, falta pasión, falta brutalidad, pero también falta diferenciar y contrastar con la voz los momentos íntimos con Desdémona de los ataques furibundos de celos del guerrero que lleva dentro. Un Otello completamente pasivo y una partitura que para Alagna es una cuesta más difícil y dura de afrontar que si estuviera encima de una bicicleta a punto para subir el Tourmalet.
Por tanto, podría definir con una frase bien escueta lo que le falta a Roberto Alagna para ser un buen Otello: le falta TODO.
Esperemos, pero, que esto sea simplemente un resbalón en su carrera, una simple aventura de verano, y que tenga el suficiente sentido común para no regresar de nuevo al Moro de Venecia.
 
Los otros intérpretes
Tampoco estuvieron a la altura para firmar un “Otello” en condiciones, más o menos, salvados quizás por una suficiente ejecución de la Orquesta Philarmonique de Radio France con el maestro MYUN WHUN CHUNG, que ya dirigiera, años ha, el último “Otello” que grabara Plácido Domingo para la Deustche Grammophon.
 
INVA MULA enfundada en su traje blanco de Desdémona, cuenta con una única baza: hace gala de unos pianísimos sutiles y bien encarados, aunque la voz pierde interés en los pasajes donde debe haber “forte”, pues su tendencia es ir a rozar el grito y la voz pierde harmónicos.
La química con Alagna no era precisamente muy explosiva que digamos, pues Alagna no tenía tampoco la cabeza para centrarse en el trabajo actoral del personaje.
 
SENG-HYON KUO en el papel de Yago tampoco estuvo a la altura de este “Otello”, que como he dicho, de altura está muy faltado.
Yago es un personaje casi tan protagonista como el propio Otello. Es un personaje maléfico, lo sabe el público, pero Otello no, por tanto, maldad y aparente nobleza son dos de las cosas que debe reflejar su canto, y que evidentemente, no reflejo este barítono, supongo que coreano.
Una voz justa, tímbricamente sin interés y de un trabajo actoral deficiente.
 
No dedico más al resto del elenco de una representación que no puede alcanzar la calidad que se espera cuando encima del escenario hay intérpretes de la talla y la categoría de un Roberto Alagna.
Otro “Otello” en la colección que restará, sin lugar a dudas, como una mera anécdota.

martes, 5 de agosto de 2014

Jonas Kaufmann en Peralada o cuando en una fría noche verano una voz la hace cálida.

Un verano completamente de locos. A estas alturas deberíamos estar abrasándonos, y sin embargo, parece ser que las altas temperaturas se han quedado en el camino. Aquellos que disfrutan con el calor, están pasándolo mal. Para los que nos gusta el frío, nos sentimos como peces en el agua y firmamos, donde sea y ante quien sea, que agosto sea llevadero como hasta ahora. Raro es un verano así.  Pero es lo que hay.
 
Lo que no es tan raro es que Jonas Kaufmann cancele alguna función o concierto. Raro sería que no lo hiciera a lo largo de una misma temporada, si se me permite hacer este comentario con todo el cariño del mundo.
 
 
 
 
 
Con el corazón en un puño: ¿cantará Kaufmann?
 
Cuando el jueves por la tarde me enteré que había cancelado la última función de “La forza del destino” en Múnich, empezaron mis nervios. Esto era un jueves y el concierto en Peralada estaba a la vuelta de la esquina, y, prácticamente el tiempo de recuperación era justo. Ya podíamos empezar a temblar.
Y es que con Kaufmann no se tiene nunca la certeza de si cantará o no, siempre me tiene con el corazón en un puño, y no ha habido ni una, ni una sola función a las que he asistido para escuchar al tenor bávaro a la cual haya ido tranquila y completamente convencida de que no vaya a cancelar, porque de seis veces, he sufrido dos cancelaciones.
 
Pero esta vez, en Peralada fue aún peor la cosa, dado que, a la inseguridad de si se llevaría a cabo la función se sumó, y de ahí un poco relacionado con la introducción, las inclemencias del tiempo.
Todos somos conscientes del verano que está haciendo, y cuando un espectáculo es al aire libre siempre se tiene un poco de reticencia al respecto.
Así pues, con la angustia de la cancelación en Múnich, y controlando el tiempo en Peralada, transcurrieron tres días.
La previsión meteorológica era que no lloviera. Pero llovió.
Cuando a las 4 de la tarde Peralada se empapó de una suave lluvia, crecieron los nervios. No, no podía ser que, después de saber que el tenor ya estaba en Peralada, que no cancelaría, por cuatro gotitas de nada, pudiera volver a ponerme el corazón en la garganta y temer lo peor.
Afortunadamente, la llovizna de verano se quedó en esto. Cuatro gotas, más bochorno por un momento  y un buen susto que bien hubiera podido truncar la magia de la noche que nos esperaba.
 
 
Jonas en Peralada
 
Era la segunda visita del tenor a Peralada. La anterior fue hace dos años y la experiencia debió agradarle, con un público rendido a sus pies y un Kaufmann en estado de gracia. Siendo la primera vez un gran éxito, ¿por qué no regresar?, debería pensar él. Y sí, regresó.
Las expectativas eran, quizás más grandes, pues los que vivimos el primer concierto sabíamos que, si en 2012 Peralada ardió con su interpretación, la segunda vez tendría que ser, por lo menos igual.
Las entradas salieron anticipadamente a la venta durante el mes de diciembre. Hicimos los deberes diligentemente, aunque siempre pensando en el riesgo de cancelación, con Kaufmann es algo natural de pensar, y una vez obtenidas, pues a tachar días en el calendario.
Kaufmann conquistó de nuevo al público que acudió al Festival. Esperemos que ello sea el prinicipio de una gran amistad entre el tenor y el Festival, inicio forjado dos años antes, y que esperemos, tenga una continuidad, pues hay muy pocas ocasiones para ver al tenor alemán en nuestro país.
 
 
 
 
El programa: sesión de Verdi y Wagner
 
Dejamos ya atrás los faustos del Año Verdi y del año Wagner, pero Kaufmann apostó por estos dos compositores.
 
Cuando desde el “Festival de Peralada” anunciaron el programa definitivo, un par de días antes del concierto, pensé que de entrada lo más interesante, al menos para mí, recaía en la segunda parte, en las piezas de Wagner, donde precisamente Kaufmann se encuentra más cómodo.
De los Verdi escogidos, podía resultarme expectante su “Don Carlo”, personaje de esos enfermizos, en los que Kaufmann, al igual que con su Werther, le va calcado y no tanto su Trovatore o mucho menos su “Forza del destino”. Pero… teníamos que coger sí, o sí, lo que nos ofrecía.
 
He dicho muchas veces, y vuelvo a repetir que el muniqués no me convence demasiado en la ópera italiana, a pesar de que su disco dedicado a Verdi me entusiasmó, quizás por ser un producto de estudio y no en un directo, pero me gustó mucho.
Sinceramente creo que está mucho mejor, y sobretodo mucho más cómodo en el repertorio francés. Pero la mía no deja de ser una mera opinión personal.
 
En cuanto al planteamiento del programa ya se sabe que, cuando un cantante viene solo la orquesta cobra un gran protagonismo. Y aquí, al igual que en la ocasión anterior, lo tuvo. Claro que, los que somos más amantes de la voz que de las oberturas nos disgusta que el cantante cante tan poco y la orquesta toque tanto, pero, en los festivales de verano esta suele ser la tónica o el protocolo a seguir. ¡Qué le vamos a hacer!
 
De nuevo, para tan especial ocasión, Kaufmann fue secundado por la Orquestra Simfònica de Cadaqués, repitiendo dirección el maestro JOCHEN RIEDER.
 
El maestro Rieder empezó ejecutando la obertura de “Le Cid” de Massenet, cuyos primeros compases, e inclusive casi al final de la misma me recordaron mucho a una bella napolitana que se titula, “Mamma mia, che vo’ sape’”.
Esta obertura es poco interpretada, hecho que de entrada se agradece, pero, en este tipo de eventos estas músicas, geniales todas ellas, quizás no sean las apropiadas para levantar a un auditorio entero.
 
 
Bucle sin retorno: tres Verdi…para olvidar
 
No sé el criterio que tiene Kaufmann a la hora de escoger si cantar aquello o cantar lo otro. Quizás vaya un poco acorde con lo que el tenor esté promocionando en esos momentos.
Antes de entrar al concierto se pudieron ver unos estantes con el disco de Verdi, e inclusive el DVD de “Don Carlo”, que como aquel que dice, acaba de salir del horno.
Siendo así, supongo, tiene que hacer contento a las discográficas encauzando al público para que, a la salida, se decida a comprar algo. Sin duda, los tiros deben ir por allí.
 
Pero si alguien a la salida del concierto compró el disco de Verdi,  sería porque alguien se lo recomendara o por lo atractiva que es la portada, no porque Kaufmann pudiera haber inducido a nadie a hincar el diente a este producto después de escuchar sus tres nefastos Verdi.
 
Cuando salió al escenario lo encontré tenso, nervioso. Y en su cara y en sus movimientos corporales, se notaba. No estaba para nada relajado, bien es cierto que nadie puede relajarse cuando se va a cantar un aria como la del “Don Carlo”, pero me preocupó, pues esa angustia duró a lo largo de las tres primeras intervenciones, y eso para mí, fue un motivo de alarma.
Quizás arrastrase aún restos de su cancelación anterior por enfermedad, pero Jonas no pudo hacer nada para disimular su inquietud.
 
Cuando empezó con su “L´ho perduta” del “Don Carlo” su voz me sonó rara, diferente. De pronto tuve que pensar, ¿pero en realidad es Jonas Kaufmann? Tardé un poco en identificar su timbre, su particular sonoridad. Raro, me sonó raro.
Se la he escuchado en mejores condiciones, y la interpretación del domingo no hace justicia a una de las principales voces de tenor del momento. Hubo instantes en que me hizo sufrir.
 
Siguió a la misma con la primera parte del ballet de “Il Trovatore”, que no había escuchado nunca tampoco, pero en la que se identificaban, claramente, todos los motivos que los amantes de la ópera hemos tarareado en más de una ocasión.
Y sin movernos de esta ópera, un Kaufmann aún nervioso, entonó su “Ah sin ben mio”, lento, lento, con el que tampoco me emocionó ni me aportó nada en absoluto, y que sin embargo en el disco, me encantó, a pesar de que arrancaron con ella, los primeros bravos de la tarde.
 
Y después llegó lo que tenía que llegar, lo que estaba ya tardando demasiado. Me estoy refiriendo claro está a la obertura de “La forza del destino”, que como se toca tan poco, se agradece cuando lo hacen y que los intérpretes se acuerden de ella para que no caiga en el olvido.
Y, cuando después de tan magna obertura, Kaufmann salió para cantar “La vita è inferno a l´infelice”, de la misma obra…me pregunto yo si era necesario tocar la larga introducción del aria. ¿No había ya suficiente con tanta orquesta?
Ello obligó a tenerlo encima del escenario sin hacer nada: ahora miro al suelo, ahora levanto la vista, ahora… en fin…no es que moleste su presencia en el escenario, al contrario, pero, hubieran podido prescindir de la introducción, porque el público tenía ganas, muchas ganas de escuchar la voz.
 
La citada aria, para mí, fue lo peor de la noche. Lenta, lenta, lentísima hasta el hastío, con un Jonas desencajado en el papel, intranquilo, nervioso, tenso, con tos antes de empezar. Una abrumadora aria, para mi gusto, rayando lo insoportable.
Fue inteligente y sus “O tu che in seno…” fueron ejecutados en piano, porque de hacerlos a plena voz, que es como más me gusta, creo le hubieran resultado dificultosas, tal como estaba y dado algunos desajustes que se pudieron apreciar durante la ejecución.
 
Creo que Kaufmann es un cantante lo suficientemente inteligente como para saber, primero, que no estaba al 100% cuando salió a cantar, lo sabía él, y lo sabíamos nosotros cuando empezó a emitir las primeras notas, y también lo es para adivinar que Verdi no es lo suyo, que le supera, porque su voz no suena limpia cantando estas obras, suena empañada.
Que tenía que cantar Verdi por temas de promoción de discos, quizás sí, pero siendo quien es, creo que tiene suficiente poder como para dar la vuelta al programa e interpretar lo que realmente, por estilo, le va. Y no al revés, cantar lo que sea porque económicamente, interesa.
 
Decepción. Gran decepción para mí en estas tres piezas. E iban ya tres en las que, a pesar de los entusiastas bravos del auditorio, yo aún no le había lanzado ninguno, porque sinceramente, su interpretación no lo merecía. Al menos hasta este momento. Y eso, ya me preocupaba. ¿Dónde estaba Kaufmann? ¿Dónde estaba el Kaufmann al que yo estoy acostumbrada?
 
 
 
 
 
Una de cal, y otra de arena.
 
Magnífico fue el anunciado “Preludio” del acto tercero de “Carmen” con un fantástico solo del primer violín con la música del aria de Micaëla, “Je dis que rien ne m´epouvvante”.
Esta interpretación, para mi fue la mejor de lo que habíamos escuchado hasta el momento, aunque al leer el programa no tenía precisamente en mente esta música, sino la que todos conocemos como preludio del tercer acto, pero, escuchado lo escuchado, lo agradecí muchísimo, ya que sin ser esta aria una de mis preferidas, encierra una bella melodía.
 
Llegó seguidamente el aria que cerraba la primera parte del concierto, la archifamosa y también cantada hasta la saciedad “Ô souverain, ô juge, ô père” de “Le Cid” de Massenet. Y tenía su interés por que no se la había escuchado nunca.
 
Después de casi 40 minutos de música, quizá un poquito más, Kaufmann aterrizó en Peralada. Allí estaba. Allí estaba el tenor que había estado esperando durante la fresca noche que vivimos en el auditorio.
En una tesitura más central, Kaufmann se puso en el papel del héroe español, sacando sus mejores galas y sus mejores recursos vocales. Más relajado, su voz sonaba suelta y fácil.
 
Evidentemente, y así lo demostró de nuevo, que el repertorio francés se adecúa mejor a su vocalidad. Una muy buena dicción y un canto cuidado afeado quizás por alguna nasalidad, pero en comparación a lo que habíamos escuchado hasta el momento, su “Cid” me supo a gloria. Reprochable quizás alguna nota alta un poco corta, pero que solventó en la segunda estrofa que culminó con un final “ô père” bien mantenido y completo, diciendo “pè -re” en dos tiempos, y no “pèr….” como a veces se acostumbra a hacer.
 
Y fue en este momento, cuando los últimos acordes de la orquesta se apagaron, en el que salieron los primeros bravos de mí garganta, suficientemente gritados como para levantarme sin voz al día siguiente.
Aquello estaba dando la vuelta, Kaufmann se había centrado ya, se había relajado, y auguraba una segunda parte que tenía que ir, inevitable e indiscutiblemente, sobre ruedas, aunque es una verdadera pena que con un cantante de la categoría de Kaufmann, tengamos que esperar a su cuarta interpretación de la noche para escucharle bien, libre de tensiones e incomodidades vocales.
 
Con buen pie
 
Después de la obertura de “El holandés errante” Kaufmann se puso en la piel del welsungo Siegmund interpretando uno de los pasajes más duros de “Die Walküre” de Wagner con esos “Wälse, Wälse” largos y sostenidos durante varios segundos cada uno de ellos, y a pesar del esfuerzo evidente que los mismos suponen, el tenor los sorteó de forma excepcional.
Ahora sí, en “Ein Schwert verhiess mir der Vater” su voz sonaba como estamos acostumbrados, suelta y fácil, libre de nervios. Él estaba en su terreno y él es consciente de ello. Un lujazo escucharle en esta pieza, que en concierto poco se canta, siempre en pro de la más explotada “Winterstürme” que ya cantó en su anterior visita al Festival.
 
Fue entonces, al finalizar la pieza cuando se produzco el momento más mágico de la noche. Silenciados los últimos compases, el público estaba aguantando casi la respiración, transcurrieron cinco segundos de silencio sepulcral, momento en que todos regresamos al auditorio provenientes de la cabaña de Hunding, y entonces, al volver de nuevo a la tierra, Peralada estalló con un aluvión de bravos desde todas las zonas. De platea, de pisos, de todos los sitios. Situaciones que sólo se producen de tanto en cuanto en la ópera. Y aquella fue una de esas. El silencio cortante fue ahogado por miles de gargantas que al unísono gritamos “bravo”, una y otra vez, una y otra vez. Mi garganta ya estaba hecha polvo.
A pesar del frío que hacía al aire libre esa noche, solo podías olvidarlo un poco cuando Kaufmann empezaba a cantar. No importaba el frío. No lo notabas. Sólo al regresar al mundo de los mortales.
 
Y lo mejor, estaba aún por venir…
 
Después de un soso preludio del acto tercero de “Los maestros cantores de Nuremberg”, Kaufmann nos regaló dos fantásticos “lieder” del ciclo “Wesendonnck Lieder” también del maestro de Leipzig, Richard Wagner.
 
“Schmerzen” (“Penas”) mi preferido con aquel estallido orquestal que sigue a un radiante “Sonne” con todo el oleaje de una orquesta que brilla al lado de su voz, con una melodía que envuelve al cantante, y que en esta ocasión, cuando el cantante lo hace tan bien y tan sentido, la comunicación con el público llega por vía directa. Y tal fue el entusiasmo generado que alguien se arrancó a aplaudir entre “lieder” y “lieder”, a lo que Kaufmann respondió con un simpático gesto que decía “calma, calma, esperad a que cante el otro”.
Y este otro era “Träume” (“Sueños”), musicalmente no tan bello como su “hermano mayor” pero igual de interesante, porque en realidad, todo este ciclo del “Wesendonck Lieder” es realmente una joya, quizás no de los más cantados pero que vale la pena conocer, y escuchar una y otra vez, de forma repetida, con cariño y mimo. Y acabas amándolo como lo amo yo.
 
 
 
 
 
Peralada empieza a calentarse
 
Indiscutiblemente, uno de los puntos álgidos del concierto fue, cuando después de que la Orquestra de Cadaqués interpretara el Preludio del acto tercero del “Parsifal”, Jonas Kaufmann nos ofreciera su espectacular “Amfortas! Die wunde!”.
 
Vamos a situarnos. Vamos a recordar la imagen.
 
La orquesta entona los primeros compases y Kaufmann no está aún en el escenario. Toda la genial música de Wagner sonando al aire libre, en una noche fría del mes de agosto, marco difícil de imaginar, pero así era, porque el domingo por la noche se pasó frío en Peralada.
Al cabo de unos instantes, Kaufmann, enfundado en su elegante frac entró en el escenario, y con toda la música a su disposición, toda ella al servicio del tenor, sirvió para que el alemán nos dejara boquiabiertos con un atronador “Amfortas”. Atronador de verdad. Toda su voz resonando en el auditorio, con autoridad. Allí estaba Kaufmann. Allí estaba la voz que habíamos estado esperando durante toda la noche. Allí no mandaba nadie más que él.
Aunque la orquesta no estuvo, para mí gusto, durante el concierto, a la altura del artista, supo acompañar muy bien en esta intervención al cantante.
Escuchar esta escena del “Parsifal” en la voz de Kaufmann fue magnífico, único, y escuchar por debajo de su voz el tema del beso, una experiencia inolvidable.
 
Hacía frío en Peralada, lo he dicho muchas veces a lo largo de este escrito. Sí, hacía. Pero me acordé una vez finalizó la pieza. Fue luego cuando empezó de nuevo la tiritera, el escalofrío. Kaufmann hizo subir la temperatura ambiente y de qué manera. Algo así, lograr esto, solo está al alcance de muy pocos. Kaufmann es, actualmente uno de ellos. Sin duda.
 
Y de nuevo al finalizar la pieza regresó la magia. De nuevo la sensación que se había vivido con “Die Walküre”. Fueron menos segundos, pero se hizo el silencio de nuevo. Todos regresamos de nuevo al auditorio, y estallaron los aplausos, los bravos, el delirio. Griterío en todos los idiomas: catalán, castellano, inglés, francés, italiano, y cómo no en alemán desbordaron al artista.
 
Al igual que hace dos años, Kaufmann levantó al público de sus asientos. Pasaba de las doce y media de la noche, pero allí no había ganas de moverse en absoluto, y ello lo reafirmaba todo el pataleo del público.
Aplausos, aplausos y más aplausos. Gritos. Aquello era todo un festival. El público lo sabía y Kaufmann, también, así es que el artista, generoso, se metió de lleno en el capítulo de las propinas.
 
 
El momento más bello
 
El primer y ansiado Puccini de la noche llegó en la tanda de los bises. Ni se me pasó por la mente que Kaufmann nos cantaría algo de la obra que hace mes y medio estaba interpretando en el Covent Garden, “Manon Lescaut”, unas funciones que no disfruté nada en absoluto.
Llegados a aquel momento del concierto, con un Kaufmann comodísimo, con una voz caliente,bien trabajada, libre y suelta, entonó una de las melodías más bellas de esta ópera del compositor de Lucca que tanto quiero. “Donna non vidi mai” fue la escogida.
 
Por primera vez en la trayectoria de Kaufmann, y en todo lo que le llevo escuchado, por primera vez voy a permitirme la licencia de utilizar el siguiente adjetivo: belleza. Sí, la voz de Jonas sonó bellísima, fácil, brillante, para nada empañada y por una vez en la vida le vi cantar con un temperamento más propio de un cantante latino que de un germano. ¡Qué momento!. ¡Qué momentazo! Y nosotros pudimos disfrutarlo porque le puso sangre, le puso pasión, le puso ganas.
Tanto que me disgustó su versión londinense, y en cambio el domingo, allí, en Peralada, al aire libre, allí, en aquel momento,en directo, a aquella hora de la noche, a no sé qué temperatura, me encantó. Allí. Bravísimo Kaufmann.
 
De nuevo explosión del público, y Jonas salió una y otra vez a saludar. El público pedía y el concedió.
 
El siguiente bis fue “È la solita storia del pastore” de “L´Arlesiana” de Cilea, donde pudo hacer gala de su línea de canto, de su dominio de los pianos, aunque alguno me hubiera gustado un poco más matizado. Agudos descarados y fáciles, Kaufmann estaba tan relajado que creo hubiera podido cantar toda la noche olvidando ese traspiés de la primera parte debido, a mi modo de entender, por haber escogido tres piezas de Verdi de forma errónea.
 
Y de nuevo se repitió la misma escena.
 
El público de pie pidiendo más y más y de nuevo Kaufmann concedió. La pregunta era ¿hasta cuándo?.
Sólo los primeros acordes del “Paganini” de Lèhar y su “Gern hab ich die Fraun geküsst” (Las mujeres fueron hechas para amar y besar) fueron suficientes para que parte de las féminas del público se alteraran ya nada más escuchar la frase… de verdad… ver para creer… o en esta ocasión, mejor decir, oír para creer.
 
Y Kaufmann estaba tan, tan cómodo que hasta se permitía poner cara a lo que estaba cantando, movimientos corporales e inclusive un guiño de ojo. La felicidad en persona y en la garganta del tenor. El Jonas más dicharachero que haya visto yo encima del escenario.
 
 
 
 
 
El momento más emotivo de la noche
 
Este fue el instante en que Kaufmann me arrancó lágrimas, literalmente. Llegaron en el bis final, en el tan bonito “Dein ist mein ganzes herz”. Cuando escuché el arranque de la orquesta me vino a la cabeza un montón de recuerdos, de sentimientos, de cosas vividas durante todos los años que llevo escuchando ópera.
 
Cuando el domingo por la tarde empezó a llover sólo había una opción buena y válida, y esta era, claro está, ponerme a rezar. Pero no rezar a cualquiera. No. No rezar una oración cualquiera, no. Yo recé a mí abuelo para que, desde el cielo, me ayudara. Como siempre hizo en vida, y como está haciendo ahora que ha emprendido este viaje sin retorno.
Sólo él podía concederme ese deseo. Y se produjo. Mi abuelo me ayudó, y así lo creo encarecidamente.
 
Quizás como ya me pasó en el Liceu con el ciclo del “Winterreise” en la que el único momento en que Kaufmann levantara la vista al público y mirara a la sala, a los ojos de un espectador cualquiera, fuera con mí adorada “Die Krähe” y afortunada fui al cruzar mi mirada con la de Kaufmann.
 
Pues como en aquel momento probablemente en un ataque de telepatía por parte del tenor pasó algo similar en Peralada.
Soy consciente de que seguro que la tenía ensayada, seguro que sí, pero, cerrar ese concierto que parecía estar gafado de entrada precedido de su cancelación en Múnich y amenazado de lluvia durante todo el día, es sin duda sinónimo de que la energía positiva de mí abuelo acarició la sensibilidad de Jonas Kaufmann. Y lo notó. Como yo noté la presencia de mí abuelo en aquél momento tan, tan emotivo para mí.
 
Difícil me sería decir cómo lo cantó. Muy bien, evidentemente, pero en aquel instante sólo podía pensar en lo mucho que hubiera disfrutado mí abuelo al escucharla. Él me la dio a conocer, él me la presentó e hizo que yo amara esa melodía.
Sé que desde el cielo le está agradecido a “Jonás”, como él le decía, por este bonito broche final, aunque Kaufmann, evidentemente, jamás será consciente de ello y nunca se lo podré decir. Queda pues dicho a través de estas palabras. Ahora mi abuelo sonríe de nuevo, primero porque me vio sonreír a mí porque Kaufmann no canceló y segundo porque cantó una pieza que para nosotros dos es muy especial.
 
“Dein ist mein schönstes Lied,
weil es allein aus der Liebe erblüht”
 
“Tuya es mi más bella canción, porque florece sólo debido al amor”.
 
Aún en tiempos de crisis los milagros se producen y los deseos se cumplen. Basta con desearlos con fuerza y con convicción. Como en este caso, y para muestra, un botón.