domingo, 4 de diciembre de 2016

Noche de inmortales. Noche de emociones





El pasado viernes tuvo lugar en el Teatro de la Farándula de Sabadell un concierto dedicado a músicas de cine, a algunas de las bandas sonoras que en un momento u otro han formado sin duda parte de nuestras vidas. Nuestras, o de otros. Es muy importante el matiz.

El programa ofrecido por la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS dirigida por RUBÉN GIMENO hizo repaso a un variopinto repertorio, alguno más espectacular y galáctico y otro, propio y adecuado para ser escuchado un viernes por la noche, cuando el cuerpo, después de una larga jornada laboral, pide un poco de fiesta y diversión que ayudan a olvidar los problemas cotidianos.

Sin embargo, la balanza no fue siempre equilibrada. Algunas piezas demasiado largas que, a mi parecer, no acabaron de crear ambiente. Quizás conscientes de ello, y de que las músicas de bandas sonoras durante una película a veces acostumbran a pasar por desapercibidas, introdujeron el recurso de los diálogos hablados. Gran acierto a mi entender, y a ello me referiré más tarde.

Pero lo más especial, lo más bonito de la velada no fue la música, no fue el teatro, no fue el repertorio, sino una vez más la inmejorable compañía que me permitió sentir, y sentir de verdad, por primera vez, el poder y efecto de la música en cuerpo ajeno.



El poder de las voces. El poder de la música.

Dejando de lado las inmortales músicas que fueron desfilando una tras otra a lo largo de la hora y media que duró el espectáculo, para mí, se erigieron en protagonistas las voces de los dos actores, SALVADOR VIDAL y MERCÈ MONTALÀ. Cada uno a lo suyo, las cinéfilas melodías para sus amantes, y para los amantes de las palabras, las voces.

Es verdad que tuvo mucho más protagonismo la de Salvador Vidal que la de Mercè Montalà. Ha prestado su voz a actores como John Travolta, Mel Gibson, Ed Harris, Michael Douglas, Liam Neeson entre otros. Una voz típicamente de doblaje, de aquellas que retienes en la memoria y que cuando se la cambian al actor original te dices… “pero si esta no es la voz, por ejemplo, de Liam Neeson”. Es sorprendente, pero terriblemente cierto.

Y precisamente doblando a este sensacional actor es donde más aplausos obtuvo. Imaginad la escena, la orquesta tocando “La lista de Schindler”. Solo del violín. Todo en blanco y negro y Salvador-Liam en las reflexiones finales de la oscarizada película de Steven Spielberg: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”. Imposible en ese momento, en esos precisos instantes no emocionarse y derramar una lágrima. Las mías se confundieron también con las del propio doblador.

Otro de los grandes momentos, “Copying Beethoven” y de nuevo Salvador Vidal encarnando al maestro. Empieza describiendo la música que tiene en la cabeza y que no es capaz de oír. Entra un determinado instrumento, en una determinada clave, ahora, aumenta el volumen, y todo ello se eleva al cielo. De fondo, la “Oda a la alegría”. Excepcional.



Ritmo

Sensualidad. Sones pegadizos que te hacen llevar, por instinto, el ritmo en las manos y en los pies. Ganas de bailar y de que la noche no acabe. A tal fin contribuyeron las tres piezas (a pesar de que en el programa de mano aparezcan solo dos) de la película “Pulp fiction”, con la que además empezó el concierto, y de qué manera, acelerando y pisando fuerte para dar paso a dos músicas más profundas y serias como las de “La Misión” y “El patriota”.

Después de un estallido beethoveniano, con música dictada e imaginada (una escena que mucho tiene de la película “Amadeus”) la primera parte concluyó con un clásico de John Williams, “Jurassic Park”. Y en este momento, fue como decía, experimenté cómo el poder de la música (sin voz) puede hacer el efecto que a mí me hace la ópera. Sentir como alguien vive la música, cada nota, cada compás de una forma bastante parecida a la mía, pero a la vez, produciendo un efecto completamente distinto. Sentir la música en las manos y en los ojos de otra persona no tiene precio. Una gran experiencia vivida y que jamás podré olvidar.



Otras de inmortales

Humo de cigarrillos que cargan el ambiente de cabarets baratos, juegos de palabras subidas de tono, la cruda realidad vivida en los campos de concentración nazis, y para finalizar, un más que considerable hartazgo de marchas imperiales y de situaciones que se localizan en las estrellas.

Sin lugar a dudas, la “Suite” de la película “Chicago” fue de lo mejor de la noche, no en vano, supuso el segundo bis de la noche, capítulo – el de los bises- no demasiado generoso.

Inquietante el “Instinto básico” que dio paso, para mí, al instante mágico de “La lista de Schinler”. Desolación. Lágrimas. Tristeza. Pavor. Impotencia. Sentimientos, estos y muchos más que son descritos por la extraordinaria música del maestro John Williams y que contrasta con la enlatada, aunque en algún pasaje sutil y maravillosa “Star Wars”, aunque, la “Marcha Imperial o tema de Darth Vader” fue, para mis expectativas, un tanto decepcionante en el uso del metal que tan bien había sonado a lo largo del concierto.



The end

Y como toda película, el concierto llegó a su fin. Todas las imágenes proyectadas durante la ejecución musical a lo largo de todo el programa regresaron de nuevo al celuloide. Pero, antes de apagarse las luces, no podía falta otro clásico entre los clásicos, “Indiana Jones”, popular entre los populares, film de un domingo por la tarde, película para disfrutar y ver en familia. Aventuras, a mares. Diversión, a raudales. Y con diversión, porque siempre acaban bien.

Y así salimos el viernes por la noche de la Faràndula, divertidos y con una sonrisa en la cara. Y cuando vimos los muy originales títulos de crédito, en los que aparecían las fotografías de los miembros de la orquesta y de su director Rubén Gimeno, sabíamos que la cosa, esa vez sí, había llegado a su fin.

Las luces se apagaron. La claqueta, en estado de reposo. Tendremos que aguardar a la próxima instrucción que suene al grito de…. ¡¡¡“acción”!!! y de comienzo de nuevo al espectáculo para que este continúe.

lunes, 31 de octubre de 2016

Don Giovanni seduce en Sabadell





Cuando el calendario señala, implacable, finales de octubre, a todos – creo- nos viene en mente uno de los personajes más universales de nuestra literatura. El mito de Don Juan Tenorio que, entre la oscuridad y rachas de viento de la noche, conquista tras conquista, fechoría tras fechoría, se pasea, embozado, por las calles solitarias al lado de su fiel criado y compañero de corredurías. Sin embargo, todo ello hace que acabe deambulando entre la espesa bruma nocturna del cementerio desafiando al poder de la muerte y al mismo cielo, invocando al infierno, el mismo que, al final de la obra, le engullirá hasta sus abismales profundidades.

Personaje curioso e interesante.

Don Juan el conquistador. Don Juan el rebelde. Don Juan, el que goza de los placeres mundanos con desenfreno, sin control. Don Juan el pérfido que seduce por divertimiento y por hastío. Don Juan el mentiroso y el confabulador. Don Juan el que se burla de todo y de todos sin excepción. Don Juan el despiadado. Don Juan el que a nada ni a nadie teme. Don Juan, evidentemente, de alma libre.

Don Juan Tenorio, tan apasionante. Tan odiado. Pero no obstante tan querido y deseado. ¿Qué tiene Don Juan que nos agrade tanto? El típico chico malo que se contrapone a la bondad y a la nobleza, pero que, sin embargo, nos fascina.

Y qué mejor manera que empezar la Temporada de Ópera en Sabadell que con un “Don Giovanni”. Las fechas lo demandaban, y el público lo pedía a gritos. Buena elección para esta trigésimo quinta temporada.

Ni más ni menos que 35 años hace ya del empeño de nuestra ciudad para con una temporada operística estable, y a la par envidiable. Un trabajo bien hecho de la A.A.O.S que, no hubiera sido posible sin la pasión, empeño, ganas, entusiasmo y buen hacer de su presidenta Mirna Lacambra. A ella se le debe este reconocimiento, y al equipo que la ampara, la apoya y le brinda coraje y ganas para continuar con lo que en su momento fue un proyecto, y que, se ha consolidado – hace ya muchos años- como a una realidad.

Sabadell es una alternativa al Liceu. Una envidiable y atractiva opción con letras mayúsculas y de auténtico lujo. Sin duda, uno de los referentes más asentados musicalmente en toda la geografía catalana. Porque hay trabajo y dedicación detrás. Porque hay compromiso. Porque hay un buen plantel de voces. Pero sobretodo porque hay magia e ilusión. Y esa magia no sale solita de la chistera. Aquí no hay truco que valga. No, no lo hay. Aquí hay trabajo. Trabajo y del bueno. Así es que, mi primera felicitación es para todos aquellos que están tras el telón y que no se ven pero que son imprescindibles para que todo el engranaje funcione a la perfección.


Paleta de colores

La escenografía, reciclada de la anterior edición, es minimalista pero efectiva y tiene el don y la virtud de no molestar, lo que permite una total concentración en los verdaderos protagonistas que, en una ópera, deben ser siempre los cantantes. No lo olvidemos ni perdamos el horizonte. En esta ocasión, las riendas de la producción las sostenía PAU MONTERDE que opta, de forma inteligente, por tres colores principales: el negro, el blanco y el rojo.

El negro que acompaña la tiniebla y misterio de la noche y que personifica la oscuridad de su personaje principal y sus acciones. El blanco, como flor que se abre a la vida en contraste con el tema de la muerte que acecha y amenaza a Don Giovanni ya desde el inicio. Y el rojo de la lujuria, de la pasión, del desenfreno, de la orgía y del infierno.

Sigue también la lógica y el equilibrio el vestuario. Negro, blanco y rojo. Y un desvío hacia el lila del vestido de Doña Elvira en el segundo acto. Más suave que un rojo lujurioso pero que esconde tras él la pasión, la necesidad, la dependencia de este personaje para con Don Giovanni. Y desviados de esta línea, está el traje azul turquesa de Don Ottavio, y el negro-gris chispeante de Donna Anna.

Sin embargo, no quiero dejar de comentar otro color que, a mi parecer, tiene más de principal -como los otros mencionados- aunque en una primera lectura, pueda percibirse como secundario, y es el gris marmóreo de las estatuas que acompañan la escena a lo largo de toda la función. Es verdad que el negro lo asociamos a la muerte. Esto es indiscutible, pero, el gris no hace, sino que recordarnos que es su mismísima antesala. La frialdad de la muerte que ronda ya casi desde la primera escena y desde las primeras notas de la obertura. Oscuras, contundentes, aplastantes.

Interesante también como siempre la iluminación de NANI VALLS que ambienta sabiamente la noche, el día, los exteriores y los interiores. Es de auténtico lujo el contraste de la escena final cuando Don Giovanni se dispone a cenar y, en medio de las risotadas, irrumpe en su casa la estatua del Comendador. En ese momento, la estancia oscurece y arrastra con si el aire espeso, brumoso y enrarecido del cementerio. Es la ronda de la muerte que se avecina sobre la cabeza de Don Giovanni.

Buena lectura de la partitura mozartiana es la que hizo el maestro DANIEL MARTINEZ GIL DE TEJADA. Supo respirar bien con los cantantes y logró que la orquesta sonara a Mozart. Matiz importante, a pesar de que, en alguna ocasión puntual, la SIMFÒNICA DEL VALLÈS sonara demasiado fuerte haciendo inaudible en algún pasaje a los cantantes.


Tríades

Se diferenciaron dos. De forma clara y contundente a lo largo de toda la obra, pero, hubo una mucho más sobresaliente que la otra. Es así. Así fue. Y es de justicia así decirlo.

La primera de ellas, quizás la menos lucida – a pesar de haber buenas voces- fue la formada por Donna Anna, Donna Elvira y Don Ottavio.




Donna Anna, encarnada por NÚRIA VILÀ está dotada de una voz a primera escucha bonita y suficiente para el papel, pero con demasiado son metálico y frialdad que impide percibir los sentimientos del personaje. Zona aguda bien asentada, buena técnica y sorteo notable de coloraturas. Sobriedad en su interpretación, constancia y regularidad.




La otra “Donna”, que no es otra que Donna Elvira, fue encomendada en esta ocasión a EUGÈNIA MONTENEGRO. Tiene un timbre bonito y una voz interesante, sin embargo, empezó un tanto floja y a veces con notas que en la tesitura más central-baja parecían casi inaudibles, como afónicas. Lee bien su personaje y en su faz se trasluce la angustia de la amante traicionada, pero, creo que le encajan mejor los papeles más dulzones y con menos transcendencia en los que puede sacar a relucir mejores bazas, que las tiene. Aplaudida con entusiasmo fue su “Mi tradì” en el que solventó – a pesar de su dificultad- con eficiencia las difíciles coloraturas y canto encadenado que la hicieron, en más de una ocasión, sufrir.



 
Finalmente, DAVID ALEGRET, Don Ottavio, ayer tarde. Elegante en fraseo y adecuado en su discurso, aunque la voz del tenor no me pareció de aquellas que sean especialmente bonitas, en una tesitura muy alta con ciertos ecos nasales. Sorteó con más o menos eficiencia sus dos comprometidas arias, “Dalla sua pace” y “Il mio tesoro”. Escénicamente, lo que cabe esperar de un Don Ottavio, que pasa de forma intempestiva y discreta por la obra.



Inmejorable terceto

La atención sin duda recayó, ayer tarde en Sabadell, a la segunda de estas dos tríades de las que apuntaba en el separador anterior. Ellos tres fueron el principal atractivo y sustento de una ópera de tres horas, larga, con un interminable parangón de recitativos que, por primera vez, me permitieron confirmar que, en Mozart, los “recitativi” no tienen por qué ser apabullantemente aburridos, insulsos o sobrantes cuando – como en esta ocasión- se interpretan con elegancia, con sentido y profundidad, en lugar de pasar por encima hastiando hasta al más mozartiano de los mozartianos.




CARLES DAZA, nuestro Don Giovanni. En él recaían, claro está todas las expectativas de la función, no en balde, su personaje da título a la ópera, pero siempre es interesante cualquier actuación suya, porque nos permite apreciar la excelente evolución vocal, artística y psicológica del intérprete. Todo ello que ya auguré desde la primera vez que le escuché en casa. Han pasado desde aquel entonces 11 años, pero el cantante sigue haciendo gala y manteniendo aquello que le es innato: un lujoso fraseo, una dicción impoluta, nobleza en su canto, matiz e intención, todo ello, además, sazonado con un timbre baritonal de un color precioso que le hacen valedor de un merecido éxito.

Daza estaba cómodo vocalmente en su papel, en una tesitura, creo, que se adecua mucho a su vocalidad y expresividad. Él sabe remarcarlo a lo largo de toda la ópera, y hace que contraste notablemente las dos caras que – en su personal lectura- puso encima del escenario. Se dice, dicen, que Don Giovanni es un crápula, que tiene un lado muy oscuro. Que tiene maldad. No discutiré sobre ello a quienes han hecho esta interpretación y escrito sobre ello, pero, aunque así sea, y seguro que es así, me gustó el enfoque contrario.

Daza juega, y muy bien, al arte de la seducción. Su porte elegante y refinado le ayuda sin lugar a dudas, y aunque en su mirada pilla quizás se adivina un poco al libertino, sabe contenerse muy bien hasta el final. De manera que, jamás, viendo y escuchando su Don Giovanni, y analizando su interpretación escénica, repito, jamás podría odiar a semejante personaje a pesar de ser el chico malo, el burlón, el que nada le importa y el que aplasta a quien se le ponga por delante e intente destruir su filosofía de vida y visión, más que particular, del mundo. De su mundo lleno de libertinaje y fechorías.

Y es, como decía, en su escena final donde finalmente decide sacar el lado más oscuro y desafiante del personaje. Por robustez de voz, por expresión vocal, por interpretación escénica y por absoluta comodidad. Gran, gran escena su “finale”. Quizás con el paso de los años, y cuando madure el personaje nos ofrezca un Don Giovanni distinto. Pero, aunque distinto, estoy segura que será igualmente lleno y rico en matiz. Gran tarde la de Carles Daza.




¿Pero, que sería de Don Giovanni sin un contrapunto como el de Leporello? Cuesta de imaginar al “padrone” sin su “servo fedele”. O lo mismo vale decir, que ayer tarde Daza estuvo espléndido, pero no menos lo estuvo la genial interpretación de TONI MARSOL en un papel que conoce, y que, por características vocales, y a la par histriónicas, le hicieron valedor, también de un gran y predecible éxito.

Una real exhibición en su aria del catálogo, así como a lo largo de toda la función, en donde supo marcar la burla sin freno, pasando por la duda que se hinca en su corazón y que cuestiona sus malas acciones que predominan sobre las buenas, hasta la escena final de auténtico terror ante la faz desafiante de la muerte.

Estupenda compenetración, vocal y artística con Carles Daza, erigiéndose junto a este último, en uno de los más aplaudidos.




Como también lo fue la maravillosa, dulce y pizpireta Zerlina de la joven soprano SARA BLANCH. Mozart, inteligentemente, nos presenta a Zerlina con una música alegre y popular, que sigue a una escena oscura. Una oscuridad que preside casi toda la obra. Y ayer tarde, el genio de Mozart no pudo ir más acorde con la luminosa entrada del personaje. Pero no entró solamente la luz, fruto de un inteligente juego de luces que contrapone el bien y el mal, sino porque a nivel vocal, además, entró la frescura en escena. El contraste, entre una música y otra, mérito atribuible como decíamos al compositor salzburgués. La credibilidad y milagro para tal fusión, se la debemos a su intérprete a Sara Blanch que estuvo deliciosa en todas y cada una de sus intervenciones sin excepción.

Buena línea de canto, fraseo elegante y más que adecuado para el personaje y una voz bonita por naturaleza y sobretodo expresiva tanto en sus arias y duetos, como en los “recitativi” además de su creíble interpretación escénica.


Relegados al plano de la discreción quedaron el Masetto de JOAN CARLES ESTEVE y el Comentdatore de SINHO KIM.


Guiño final

Fue una tarde magnífica a nivel vocal a la altura de las expectativas creadas. Buenas voces, excelentes intérpretes y una obra para gozarla. Pero, lo mejor, lo más maravilloso de la tarde, mi guiño final, aludiendo claro está al título de este último separador, fue sin lugar a dudas, por la inmejorable compañía.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dolce Vita. Amaro Kaufmann




Parece ser que el otoño se ha instalado ya entre nosotros. Las primeras bajas temperaturas se empeñan ya en enfriar las casas que conservan aún ecos cálidos de un verano que, desgraciadamente hace ya días que tocó a su fin.

En estas épocas, pues, mientras escuchas el agua de la lluvia que repica insistente en los cristales de la ventana acabados de limpiar, apetece pues escuchar un disco cuyo telón de fondo tiene como escenario la bella Italia. Un disco de canción italiana y napolitana, repertorio que siempre funciona y conquista por sus preciosas y encantadoras melodías. Pero también porque cuando pensamos en semejante repertorio lo asociamos al verano, al calor, al amor y a la brillante luz del sol que se posa sobre nuestro azul mediterráneo. En definitiva, lo relacionamos con aquella época del año en la que somos más felices, y eso es, cuando estamos de vacaciones y relajados, libres del estrés que nos provoca el día a día.

Un disco, el último trabajo de JONAS KAUFMANN, que tiene, aparentemente todos los elementos para ser una pequeña joya a añadir en nuestra colección de música, y que, valga la redundancia, aparentemente, conquista de entrada por repertorio y por el interés que suscita su intérprete.

Así mismo, el vídeo promocional de la grabación es alentador, interesante e invita a pensar que Kaufmann puede sacar petróleo del mismo, porque en el breve trocito que nos presentan, la voz suena francamente bien. Pero lo cierto es que, volviendo a la apariencia, todo se queda en una falacia. En una ilusión. En una quimera.



Qui dove el mare luccica…

Con estas palabras de la canción “Caruso” comienza el disco. Y empieza potente con esta pieza a la que Kaufmann no le hace justicia. Ni a esta ni al resto de las que acaban completando un disco de una hora de duración que se hace, para mí, eterno, aun siendo una gran admiradora y amante de la canción italiana y napolitana. Y de Kaufmann, también.

Siempre he dicho que Jonas en italiano me cuesta, y me cuesta mucho. Y aquí rubrica mi pensamiento y opinión. El alemán, con su voz oscura, no consigue encontrar el estilo que requiere este tipo de repertorio. Le falta la luz del sol mediterráneo, le falta dulzura, le falta sentimiento y calidez. Y temperamento latino. Allí donde brilla el mar no luce pues su voz…

En alguna pieza se empeña en hacer uso de la media voz, pero nunca se sitúa ni se centra. Por ejemplo en un “Parla più piano” de la película “El padrino” podría haber puesto sobre la mesa toda una paleta de recursos, de estilo, de medias voces, de matiz… pero…hay muchos peros, muchas cosas a pulir y muchas otras a mejorar para rozar, y digo rozar, el estilo que demanda la música italiana.

Me da la sensación, pero, que el disco está cocido con fuego rápido en lugar de a fuego lento, con mimo, y con cariño. El repertorio no acaba de estar del todo equilibrado, y quizás las piezas menos conocidas se escapan de la inspirada música italiana que todos tenemos en la cabeza. Es como si hubieran puesto miles de canciones en una caja y, al azar, hubieran extraído, nada más y nada menos que 18, no todas acertadas en mi opinión, y venga… a grabar y a promocionar, que esto dará dinero.

Y sí, lo dará, pero ¿a costa de qué?... Eso el tiempo, lo dirá.

Y una y otra vez, Kaufmann lo intenta. O procura intentarlo. Pero a cada pieza que pasa, a cada obstáculo que sortea, le salen otros que le van poniendo en un sitio equivocado en el cual el tenor alemán no tiene cabida por mucho que se empeñe. Quizás en las piezas más conocidas y ya escuchadas como un “Non ti scordar di me…” o un “Core ´ngrato”… bueno… la cosa toma otra dimensión. No puedo decir que esté mal cantado, porque no lo está, Kaufmann llega y brilla en sus notas altas, no tanto, curiosamente, en las más graves, pero aún así el binomio Kaufmann-napolitana, no me encaja. Como el agua y el aceite. Una lástima. Decepciona. Mucho. Y más cuando una tiene unas expectativas tan y tan altas.






Neutras con cuenta-gotas…

Si algo espera una cuando escucha canción napolitana es el uso y abuso, a veces, de la vocal neutra que aquí en “Dolce vita” asoma discretamente. Solo en “Passione” Kaufmann hace reiterada gala de ellas.  Se notan trabajadas y se agradece el detalle, pero en el resto, brillan por su ausencia.

Sin embargo sí que debo loar la exquisita dicción en italiano, incluso en las piezas que no conocía, porque es realmente sensacional. Una no pierde palabra con Kaufmann, y lo único reprochable de ello es que no ha corregido ese uso y abuso de la erre que sigue sonando espantosamente fuerte y germánica y que, endurece el discurso en lugar de suavizarlo y ponerlo a tono y a compás de lo que está cantando. Un estilo que requiere de más sutileza y menos rigidez. No está cómodo y esto acaba haciéndose patente.






T´amo, sei tu il mio grande amore, la vita del mio cuore, sei solo tu…

Y estas palabras no van referidas a Kaufmann. Todas ellas, bellas y sentidas emanan de mi corazón, cada día, a cada instante de mi vida, porque mi gran amor, la vida de mi corazón, está en el cielo.

Con él descubrí dos de las canciones que el bávaro interpreta en este disco y que, lo reconozco, me hicieron llorar. Pero no por la interpretación, no por el estilo, no por el matiz, sino por lo que para nosotros significa. ¿Verdad? Desde el cielo, mi abuelo asiente diciendo que sí. Lo siento. Lo veo. Lo noto.

“Ti voglio tanto bene” quizás, remembranzas aparte, es para mí la mejor pieza del disco. Sin embargo, quedé bien decepcionada y chascada con su “Parlami d´amore, Mariù”, por los arreglos, por la forma de cantarlo, con un compás a veces que parece de vals, por la manera de marcar la palabra “tutta” y por falta de tacto y calidez.

Kaufmann jamás me convecerá haciendo esto.



¿Pero… es Kaufmann de verdad?

De la última pieza del disco… “Il libro dell´amore” completamente de más, y porque sabemos que es el quien canta, pero está irreconocible.

No Kaufmann, no… esto realmente no es lo tuyo. Un título sugerente “Dolce Vita” que al escucharlo me viene en mente Marcello Mastroiani y Anita Ekberg en su escena del baño en la Fontana de Trevi.

Y dices… sí, la cosa puede tener gancho comercial. Y lo tiene. Y lo tendrá, claro que sí porque Kaufmann lo vale, pero, quedará como mera anécdota, espero, en su carrera. Mejor escucharlo en Lied, o en ópera francesa o en cancioncillas alemanas de cabaret. Ahí está su lugar. Y que las italianas, las mediterráneas, se las deje a Alagna, hombre.




domingo, 4 de septiembre de 2016

Un casi impecable Kaufmann...




Decir Puccini es sinónimo de sentimiento, de emociones, y a la par, de éxito asegurado. Muchos somos los melómanos que adoramos al compositor de Lucca, por su música y por todas las sensaciones que con ella nos hace vivir.


Algo parecido sucede hoy en día en los teatros de ópera cuando se pronuncia el nombre de JONAS KAUFMANN. Decir su nombre es algo equivalente a un “sold out”, buenas expectativas y ganas de pasar una estupenda velada. Pero ojo, esto lleva con sí un poco de trampa y duda, porque no debemos olvidar que el divo muniqués hace sufrir a su público hasta el último momento. La sombra de la cancelación siempre envuelve su figura, y hasta que no le ves aparecer encima del escenario no puedes soltar el aire, respirar tranquilamente y decir “sí, esta noche va a ser inolvidable”. Es algo similar a lo que en catalán diríamos “el blat no pots dir que és blat fins que no és al sac i ben lligat, i tot així, encara s´escapa”.



Un comprometido programa

Puccini + Kaufmann. Esta es la propuesta que nos trae este DVD titulado “Jonas Kaufmann. An evening with Puccini” un concierto realizado en el Teatro alla Scala de Milan el 14 de junio de 2015.

Comprometido decía porque el tenor bávaro introduce en concierto arias difíciles de escuchar en las salas de los coliseos más grandes por los cuales se pasea, merecidamente, con un desafiante descaro– en el mejor sentido de la palabra.

Así pues a Jonas Kaufmann no le tiembla el pulso ni la voz a la hora de medirse cara a cara con el público milanés, y su desfile empieza con una tremenda aria, preciosa donde las haya e injustamente desechada en el fondo de un cajón “Ecco la casa, dio che orrenda notte” de “Le Villi”. Es aquí donde ya empieza a mostrarnos una vez más lo asentado que está su registro agudo. Las notas altas salen y brillan con luz propia dejando atrás ese color broncíneo oscuro de su voz.

Su discurso fluye quizás con un tempo para mí demasiado lento, pero ello nos permite poder gozar del fraseo impecable e inteligente de este artista que tiene el don – gracias a Dios- de entender que la música y las palabras tienen que ir unidas. Kaufmann sabe darles el sentido que necesitan y merecen para que lleguen al público y produzca en ellos el efecto mágico que todo cantante, creo, desea: que al oyente se le ponga el vello de punta. Y Jonas Kaufmann lo consigue en más de una ocasión a lo largo de este concierto.

Siempre he dicho, hasta ahora, que Kaufmann y Puccini eran un poco como el aceite y el agua. Siempre he sentido un poco de reticencia por los puccinis kaufmanianos porque en nada de lo que le había escuchado le había encontrado de lleno en el estilo que la música del gran Giacomo Puccini requiere: dulzura, cuando se necesita; vísceras cuando vas a morir desesperado; cariño y admiración ante el primer estallido sexual de un estudiante de 20 años; o el empuje y arrogancia de un hombre que se  ve ya vencedor de una prueba que le dará como medalla a una princesa a la que debe fundir con su sangre hirviente de fervor.

No.

Jamás había escuchado a Kaufmann hacer esto hasta este concierto en Milán. Es aquí donde encuentro en su actuación todo esto: brillo, estilo, pulcro fraseo, sus medias voces – que no obstante ya conocemos- pero que aquí llenan de sentido su interpretación. Y sobre todo, algo que también ya sabemos, el dominio del texto aunque aquí esto quede mucho más remarcado. Un claro ejemplo de todo ello, su “E lucevan le stelle” de la “Tosca”.

Bravo. Bravo Kaufmann.



Impecable

Así podría definir sus dos grandes arias de “Manon Lescaut”, en primer lugar su “Donna non vidi mai” para después cambiar de rango y pasar de la dulzura del enamoramiento al ruego más desesperado del hombre que ama con su “Guardate, pazzo son”. Agudos asentadísimos, no hace falta que repita elogios porque van todos en la misma línea, minuciosos detalles en su fraseo e uso inteligente de nuevo de las medias voces.

Y algo parejo sucede también con otra que resulta ser también impecable, su “Or son sei mesi” de “La fanciulla del west”. De nuevo aquí Kaufmann pone sobre las tablas todos sus medios y recursos de los que dispone para que su canto llegue al corazón igual que el dardo que da en el centro de la diana. Kaufmann es así. Sorprendente pero previsible. Sabes que lo hará, pero lo mágico está en que nunca sabes cómo lo hará. Y ahí es donde sale el gran artista que Kaufmann es. Puede gustar más o menos su voz, su forma de cantar, su estilo o sus maneras pero Kaufmann es sin duda uno de los dos grandes tenores del momento, con el permiso aún del Decano de todos ellos.

El concierto, dirigido por JOCHEN RIEDER que debutaba en la Scala de Milán al frente de su orquesta titular, termina con uno de los grandes hits del mundo operístico, y no es ni más ni menos que un muy raído, pero siempre bello y agradecido, “Nessun dorma” que Kaufmann sortea sin dificultad, con estilo indiscutible y con los agudos que le corresponden, a pesar de que esta pieza, esta gran aria para siempre jamás irá asociada a la voz del muy añorado Luciano Pavarotti. No tenemos ahora al divo de Módena, pero Kaufmann es un digno candidato para hacer que este “Nessun dorma” continue siendo inmortal.

El concierto finaliza precisamente, como decía, al son de “Vincerò” pero, y es algo ya connatural en todos los conciertos que después del oficial que figura en programa, vengan los bises, y en eso Kaufmann es uno de los más generosos.

Cinco ni más ni menos ofreció el alemán, empezando como no, por “Recondita armonía” de la “Tosca” y allí de nuevo Kaufmann vuelve a emocionar con voz y sobre todo por haber mejorado – para mí- el estilo y la forma de afrontar esta delicada aria que se canta, no lo olvidemos, dentro de una iglesia. Su discurso un tanto lento – quizás como decía al principio del escrito- es lo que puedo reprocharle al muniqués, pero, la lentitud tiene – como decía también- su parte positiva permitiéndole envolver y dotar de sentido latente a las palabras pronunciadas. Su “Sei tu” final dirigido a Tosca disminuyendo volumen dota a la pieza de una originalidad curiosa. Sí, Kaufmann es un gran cantante señoras y señores.

Su “Ch´ella mi creda”, segundo de los bises, no es tan emocionante como su hermana mayor antes ya comentada “Or son sei mesi” y cierra el capítulo de la sutilidad con su ya famosa “Ombra di nube” etiqueta que distingue a Jonas Kaufmann. Es de aquellas piezas que en sus conciertos o recitales jamás, jamás fallan.

Y el ambiente, ya más relajado, nos lleva a la preciosa “Non ti scordar di me” donde el tempo lento vuelve a jugar, tal como es consabido, a favor del tenor alemán. Él lo sabe y lo explota al máximo.



Y cuando uno se despajarita…

Pues cuando uno se despajarita, está en los bises, es agasajado con ramos de flores espontáneos de las féminas que llenaban la Scala, cuando uno percibe cajas de regalos en pleno escenario, vítores y bravos sin parar, entiendo que suba la temperatura, del teatro y del propio tenor.

Así es que, Kaufmann ni corto ni perezoso, con la ayuda del maestro Rieder, en un acto – para mí- de poco respeto al público que llenaba la Scala, se desabrocha un botón de la camisa y se saca la pajarita negra del esmoquin.

Y, como decía, cuando uno se despajarita, sucede lo que sucede, se desconcentra, se lía con la letra aunque sin perder el compás, y coloca la segunda estrofa del “Nessun dorma” en la primera, en un gesto espontáneo del propio tenor que payasea ante su propia patinada. Él se lo toma riendo, salva la pieza e impresiona con su agudo final. La fiesta termina y todo son risas y alegrías.

Me alegro por él aunque a mí me quede un regusto agridulce ante semejante escena.

Aunque todos somos humanos y todos nos equivocamos, cosas así – aunque restará como una mera anécdota simpaticona- no hacen ningún favor ni bien a un artista de la talla y categoría de Jonas Kaufmann. Una lástima.

Impecable, Kaufmann… casi impecable.

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Y la música “voló” en Castell Jalpí…

Los Tres Tenores, Carreras, Domin... Stop. Rebobino. Otra vez Stop, y le doy al Play de nuevo.


Los Tres Tenores, Albert Casals, Carles Cosías y Albert Deprius – ahora sí- junto al pianista Ricard Estrada fueron los encargados ayer noche de poner punto y final al “XVIII Festival de Música Clàssica de Santa Florentina”, este año, teniendo como telón de fondo el incomparable Castell Jalpí, en la localidad de Arenys de Munt.




El perfume a humedad dominaba una noche que estuvo envuelta por un estallido de naturaleza. En este marco, el color verde y su olor a limpio se erigió dando un guiño al azul y salado del mediterráneo. La brisa, para nada suave, soplaba intermitentemente, pero con ganas. Chaquetas multicolor, entre las que se destacaba el clásico y nunca perecedero blanco, llenaban la platea ubicada en el patio del Castell Jalpí, un espacio que, desde hace tiempo, también se utiliza para celebrar bodas.

Y frío. Sí. En pleno agosto, pero frío. Suave. Pero al fin y al cabo, frío. Y fue este invitado sorpresa – a quien nadie había llamado ni por asombro- el que hizo temblar a más de una valiente que había creído que la noche sería bochornosa y que, desafiando al clima, optó por vestidos finos de tirantes y por los elegantes palabra de honor.

Sólo las tres voces, y las diestras manos del pianista, conseguían aumentar la temperatura ambiente, sobre todo a medida que el concierto iba avanzando. Y es que la estación estival invita a disfrutar de este tipo de eventos en que los diversos géneros musicales se mezclan en un cubilete, se remueven un poco, y al arrojarlos dan como resultado veladas desenfadadas donde el arte, talento y música se ponen al servicio de los melómanos que disfrutan o no de sus vacaciones y que agradecen que se de aliento y aire a este tipo de acontecimientos.



Y de aire…

De aire va la cosa, puesto que este invitado de última hora no fue para nada cómplice de los intérpretes. Partituras que volaban y caían al suelo y que tuvieron que ser recogidas en más de dos, de tres y de cuatro ocasiones. El cabello de los artistas ondeaba al viento cual vela lo hace en el mar, mientras que el del público hacía lo mismo y en los mismos intervalos de tiempo. Aquí sí hubo complicidad.

Si bien el espacio escogido este año para clausurar el “XVIII Festival de Música Clàssica de Santa Florentina” no fuera el más adecuado en cuanto acústica se refiere lo cierto es que el público aplaudió y bastante pero sin llegar jamás a un entusiasmo y delirio en general a pesar que, al final, algunas personas del respetable decidieran ovacionar al cuarteto de pie. Típico y tópico. Un clásico que jamás pasa de moda tampoco.

Si ello se sucedió así, me pregunto… Tres Tenores, una perfecta combinación para el deleite del público. Si ellos levantaban estadios…entonces, ¿cuál ha sido la fórmula de su éxito? Me temo que ésta –al igual que la de la Coca-Cola – a día de hoy continua siendo uno de los secretos más celosamente y mejor guardados. Pero un concierto así no es para nada desaprovechable y siempre resulta interesante, a la par que atractivo, gozar de un espectáculo como el de anoche. Gozar, en definitiva, de la voz del tenor en tres estilos, voces y timbres completamente diferentes. Y para aquellos que somos de tenores, es una motivación extra.



Calcetín del revés

Sorprendió el programa por su orden, no pues por contenido, típico y previsible. La mezcla de ópera, napolitanas y zarzuela fueron sus notas principales, pero se sucedieron, en esta ocasión, al revés. Cuando se está esperando un aria de ópera para iniciar la velada con un compás formal es en su lugar una napolitana la que encabeza el concierto, y dónde no extrañaría una romanza de zarzuela u otra napolitana, la ópera es la que se pasea con insultante descaro por el escenario.

Un orden diferente. Un concierto distinto en el que se da un cierto toque de originalidad. Un intento quizás de relajar al público “calentándolo” con notas ardientes y pasionales que nos hablan de Nápoles, de su sol ardiente, del mar, del amor, de los celos y también, del desamor, para concentrarlo estratégicamente con arias de ópera conocidas y raídas que siempre apetecen escuchar una y otra vez. Aquellas que, cual banda sonora, forman parte de nuestra cotidianidad, de nuestras rutinarias jornadas de trabajo, pero también de las de descanso y ocio.

En el programa entregado no figuraba quién interpretaba qué, por tanto, podíamos jugar en el público a hacer quinielas: esta para uno, esta para otro –intentando encajarlas según estilo y voz, pero también por preferencias personales, que todos tenemos, claro está.



Otro calcetín que también vino del revés fue, ni más ni menos que el inicio del concierto. Leoncavallo y su “Matinatta” en la voz de LOS TRES TENORES cuando todos esperábamos que se atacara de forma individual. Fue entonces cuando se adivinó de qué forma se sucedería el concierto: 1 de Tres Tenores, 3 de individuales. Y así se hizo. Así se cumplió.

El pistoletazo de salida a una sola voz fue con “Non t´amo più” del gran Tosti. Una bella y pasional napolitana que puede dar y ofrecer mucho juego al intérprete si se sabe frasear bien y hacer uso de los matices adecuados. Sonó bien en la voz del tenor catalán ALBERT CASALS, quizás con un tempo – opinión personal – demasiado ralentizado en una pieza que, por narración, admitiría un discurso más suelto, al igual que sucedió con la suave “Non ti scordar di me” de Ernesto de Curtis que cantó el también tenor ALBERT DEPRIUS cuyas notas y compás son perfectamente portables a compás de vals y éste, como rey de los bailes, hubiera agradecido una interpretación más ligada con un tempo diferente.

Otras directrices, otro aire fue el que marcó durante todo el concierto, en todas y cada una de las interpretaciones en las que intervino el otro tenor, el tercero en este primer bloque individual, y que responde al nombre de CARLES COSÍAS. Su “Dicitencello vuie” resultó impecable. Su tempo más suelto y su canto mucho más ligado. Supo sacar el temperamento a lo largo de la repetición en la segunda estrofa diferenciando de este modo el discurso de la primera sin caer en el recurrente error de dramatizar o lloriquear aquello que no lo requiere.



Y antes de centrarme en el segundo bloque conjunto que dio paso al segundo individual, hago mención a una curiosidad y es que, en un concierto donde dominó insultantemente la napolitana, se echó en falta el uso de la vocal neutra, que los tres tenores catalanes tienen, pero que no exhibieron. Si que alguna “neutrecilla” se le escapó para deleite mío a Carles Cosías, pero esto fue la excepción que rompió la regla cuando lo recurrente debía haber sido, con este género, lo excepcional.

Y sin neutra se cantó también a trío una de mis piezas preferidas y que realmente tocan mi alma, que no es ni más ni menos que “Musica proibita” de Gastaldon. Y cada vez me daba más ganas de ponerme a cantar con los Tres Tenores, tal como hago con los otros Tres Tenores. Debo decir, pero, que el reparto de las estrofas, de los más bellos momentos de estas piezas que los tres, dentro del terceto cantaban a nivel individual, no fue para nada equitativo en lo que a lucirse se refiere. Hecha aquí dicha manifestación continúo con cada uno de los intérpretes.


Al regreso de este clásico, siguió otra de las clásicas, valga casi la redundancia. La voz de CARLES COSÍAS volvía a deleitar con su “Una furtiva lagrima” una romanza que por estilo se adecúa mucho a su timbradísima voz. Matizando y alardeando de esos pianos “marca de la casa”, Cosías arrancó los primeros bravos de la noche de un público que, poco a poco, iba despertando después de sortear, con gusto, el grupo de las napolitanas. Solo el estrepitoso teléfono móvil de la señora que tenía al lado- y que no había manera de silenciar- estuvo a punto de deshacer el hechizo que el mago del escenario había conjurado y lanzado desde que, el maestro RICARD ESTRADA, hiciera sonar las inconfundibles notas que encabezan una de la arias de ópera más universales. Parece mentida que a estas alturas haya gente a la que se le olvide aún parar el teléfono.


Y el dichoso teléfono volvió a sonar en la siguiente pieza. Esta vez, el perjudicado, ALBERT CASALS que interpretó, pero con trampa, el aria “Quando le sere al placido”. De hecho es cierto que en el programa solo anuncia el aria (sin incluir el recitativo “Ah fede negar potesse”, si, cierto) pero para mí esta aria lleva indisolublemente la necesidad de interpretar antes este acertadísimo recitativo que, como tantos otros que salieran de la pluma del maestro de Busetto, me encanta. Una lástima no poder gozar del mismo. Quizás en otra edición. Voz correcta y adecuada para afrontar un aria dulzona y melodiosa, que tiende siempre también a ser ejecutada de manera demasiado lenta.


Y llegó, por fin la zarzuela con “No puede ser”, otro clásico de clásicos en cualquier concierto que se precie, y fue en esta ocasión ALBERT DEPRIUS el responsable de afrontarla. La voz es robusta y suficiente, el fraseo quizás no tan matizado, pero salió más que victorioso escuchando un aluvión de bravos, que como un tsunami, venían rápidamente desde lo más fondo de la platea hasta la primera fila.


Pero, si hubo alguien que se llevó ayer noche el gato al agua y sin necesidad de hacer exhibiciones de dramatismo innecesario para causar fervor al público con ecos veristas y arrancar de él ensordecidos bravos, este fue sin duda el tenor CARLES COSÍAS. Con todas sus piezas, sí, pero especialmente en este “Bella enamorada” – que borda y que ayer bordó excepcionalmente- de la zarzuela “El último romántico” de Soutullo y Vert. Por fraseo, por uso inteligente de recursos musicales, por sus pianos, por su gusto extremo a la hora de cantar, por sus matices, por su timbre y por su bella voz – que es de justicia decirlo y repetirlo y nunca me cansaré de hacerlo y difundirlo. Fue precisamente él con todo su arte quién emocionó a todos los allí presentes.

Es verdad que la romanza es bella, pero ¿qué sería de ella sino se ejecutara con una voz y estilo como los descritos? Cada uno de los presentes en el concierto, bien seguro tendrá una opinión completamente distinta.


Y finalmente, cerró la primera parte la popular “Granada”, con el trío de nuevo encima del escenario, en la cual se permitieron hacer más que merecida mención, entre broma y broma buscando crear un ambiente distendido, al maestro RICARD ESTRADA, también, de justicia. Sus manos deslizadas por las teclas blancas y negras del piano hacían las delicias del oyente mientras los intérpretes respiraban. Vaya piano… ¡Qué manos…!



Y siguieron volando las partituras…

“Qual piuma al vento”… Pues lo mismo.

En la segunda mitad del concierto, junto con el aire, se convirtieron en protagonistas. Ondeaban en el atril y la música ahí escrita volaba hasta aterrizar al suelo. Allí se quedaban hasta que Cosías – siempre le tocaba a él- las recogía. Trabajo extra añadido para él, si cabe.

Al son del inevitable “O, sole mio” los TRES TENORES abrieron la segunda parte prácticamente dedicada por entero a la ópera. Trinos de rigor ineludibles – a ver quién la hace más gorda y mejor y con cuánta duración- dieron paso a una de las arias más hermosas que se hayan escrito nunca.

Puccini, “Tosca” y su “E lucevan le stelle”. Combinación perfecta. Los dedos del maestro ESTRADA en el teclado reproducían la atmósfera necesaria. La noche, la luna, las estrellas… Y esta aria, con todos estos elementos, si se escucha al aire libre con el relente de la noche y su frescor, hace que nos transportemos. En ese momento, sólo existe la música. Evocar la noche cuando es de noche. Sentir la noche cuando es de noche y hacerlo al aire libre se convierte en algo mágico y muy especial. Es cuestión de vivirlo y sentirlo, así de fácil y esta aria es la mejor y más propicia embajadora para tal cometido.

Fue en esta ocasión ALBERT DEPRIUS quien personificó a Cavaradossi, el pintor enamorado de Tosca. La voz es adecuada para el papel, y el fiato exhibido, más que suficiente. Sin embargo, con ella y con sus otras dos intervenciones posteriores adolecieron de un dramatismo, que en la cantidad adecuada se agradece, pero que pasándose de su justa mesura, como hizo en algún momento para ir en busca del efecto y posterior arrebato del público, afea la interpretación, a pesar de estar bien cantadas.


Y siguió ALBERT CASALS con “Ah! Lève-toi soleil” del “Romeo et Juliette” de Gounod invocando el sol en medio de la noche. Su francés mucho más que correcto y natural, y la voz, adecuada para una pieza que domina por estilo. Su canto flotaba en el ambiente. Fue uno de sus grandes momentos del concierto, y su canto había adquirido ya un tempo mucho más equilibrado que en la primera parte.


Gounod dio la alternativa a Massenet, otro genio de crear ambientes simplemente con la descripción de su música y sin necesidad de que a la misma se le añada letra. Llegó el turno de CARLES COSÍAS con una interpretación estupenda del “Pourquoi me réveiller” del “Werther”, aria difícil y comprometida y que de nuevo, hizo las delicias del público. Agudos bien asentados en una pieza en que el fraseo y el matiz van unidos. Y de esto Cosías es buen sabedor y lo lleva a la práctica sin duda. Lanza y mastica bien las palabras, y su dicción impoluta ayuda a la excelsitud del intérprete.


Otra dosis de dramatismo en exceso que busca el efecto -pero muy bien ejecutado- fue lo que nos sirvió ALBERT DEPRIUS con su “Lamento de Federico”, otra de las grandes piezas que da mucho juego a la voz de tenor. Un aria donde las palabras son extremadamente importantes. Cada una de ellas debe lanzarse correctamente, y Deprius lo hizo, lo matizó bien, dando sentido a cada una de ellas. Voz que resultó interesante, adecuada así como su timbre.


Seguidamente, momento más de relax, y de nuevo los TRES TENORES se cantaron un maravilloso “Core´ngrato” de Salvatore Cardillo que precedió al primer hit de hits de la ópera. Y es que… ¿quién no ha escuchado jamás “La donna è mobile? Que levante la mano aquél que en alguna ocasión no la haya cantado bajo el chorro del agua caliente de la ducha.

ALBERT CASALS fue el Duque de Mantua. Su interpretación buena. Su voz adecuada aunque quizás un poco extremo el “pensier” final.


Y de Verdi a Verdi, y tiro porque me toca. Del “Rigoletto” a “I lombardi alla prima crociata” en la voz de CARLES COSÍAS, una pieza breve, quizás la menos difundida y menos cantada de un programa bien equilibrado. Cosías sacó a relucir de nuevo su gusto, su capacidad de adornar con la belleza de su voz una parte corta y poco agradecida.


Tocó la fibra ALBERT CASALS, con el que junto a su “Romeo” fue una de sus mejores intervenciones de la noche. “Rosó”, la bella “Rosó” con un dominio absoluto de la música y del fraseo, con un catalán impoluto y que no todo aquel que habla en catalán lo pronuncia adecuadamente. Casals, sí. Y aunque parezca fácil cantar en tu propio idioma, está más que demostrado que con una fonética inadecuada, con sones hablados inadecuados al hablar, cuando se traslada al cantado, el fraseo se resiente y adolece de la mala pronuncia.

Su discurso, excelente. Su voz, bien equilibrada. Su delicadeza, cuidada. Los aplausos, pues, cantados y merecidos. Bravo!!!


De catalán iba la cosa ahora. Entonces fue cuando ALBERT DEPRIUS nos ofreció su versión del “Pirineu” de la zarzuela “Cançó d´amor i de guerra” de Martínez-Valls. Al igual que su compañero Casals, destacar su neta dicción en catalán, la verdad es que un auténtico lujo escuchar así el catalán cantado. Una pieza que se le nota rodada, que no es la primera vez que la canta, vaya. Acometida con seguridad aplastante a pesar de que buscó de nuevo el efecto alargando quizás notas que – opinión personal- de forma innecesaria, pero, cada intérprete sabe lo que busca, lo que hace, lo que da y lo que ofrece. Ejecución mucho más que correcta y válida.


El concierto, valga a decir, oficial, se cerró con la divertida “Funiculì, funiculà” con las tres voces al unísono, pero nadie se creía que aquello finalizara allí. El público aplaudía, algunos de ellos de pie. No se escucharon muchas peticiones de bises porque parece que los mismos sean ahora de un obligado ineludible, como un apéndice más que se incluye o se exige ya en el concierto e incluido de salida ya en el precio de la entrada. Una cuestión más o menos como compartir unos minutos con el artista, pues hay público que cree o piensa que esto, también va incluido en la entrada.



El “otro” concierto

Seguían ondeando y volando partituras y el público allí agolpado no se iba y seguía también aplaudiendo.

Los bises no se hicieron de rogar y el primero, dedicado a Carlos Harttmann, organizador del Festival como regalo de cumpleaños, fue el “Nessun dorma”, el segundo gran hit del concierto.

Y de la China imperial, de nuevo a Italia, a Sorriento, con la bella “Torna a Surriento” con sus dos estrofas, y con los tenores relajados, sonrientes y con ganas de más, aunque lo que buscaban era el ruego del público.

Me llevé las manos a la cabeza en un gesto inevitable de incredulidad cuando escuché el piano del maestro Estrada las primeras notas del “Júrame” una canción que donde las haya destaca por belleza, por melodía, por lo que explica, por sentimental. Y por sentimental me tocaron la fibra de nuevo, puesto que esta canción era una de las preferidas de mí abuelo que, aunque esté en el cielo, ayer noche inevitablemente, como siempre, estuvo presente en el concierto. A mi lado. A nuestro lado. En la silla vacía de mi izquierda que separaba mi localidad de la de la señora del móvil. Para él la guardaban.

Un concierto de Tres Tenores. Un concierto especial por lo que significa para mí. Para nosotros. Para él. Por lo tanto, quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón al artífice de la elección de esta pieza, sea quien sea, eso no importa, y también a los tres intérpretes que seguro que hicieron con sus voces esbozar una sonrisa en los labios de mi abuelo. Gràcies, nois!!!

Pero no quiero concluir este bloque sin hacer mención a la ejecución del cuarto intérprete, que es el piano del maestro ESTRADA que mientras en el “Júrame” los artistas tomaban aire, el maestro nos puso el vello de punta con las notas en solitario que preceden de nuevo las voces de los intérpretes.


Y entre tantas partituras que tenían encima del atril… Tantas que habían volado… Tantas que se habían recogido… Tantas… Tantas, que acabaron con otra versión del “O´sole mio”, trinos de nuevo, broma incluida. Un guiño a la complicidad con una pieza final que arrancó en esta ocasión una carcajada a un público que gozó de más de dos horas de música con tres voces estupendas acompañados por un pianista de auténtico lujo.



¿Y no os preguntáis…?

¿Dónde acabó el móvil en la segunda parte?...

Curiosamente dentro de un tiesto gigante para que no molestara. No sé si llegó a sonar o no. La cuestión es que no molestó más. Ignoro si se quedó allí o la señora lo recogió. Eso… jamás lo sabremos.