sábado, 11 de abril de 2015

El pack “Cav / Pag” de Jonas Kaufmann en Salzburg

El binomio más famoso del mundo de la ópera. Un “tanto monta…monta tal…”
 
No se entiende ni se concibe la “Cavalleria Rusticana” si detrás no va seguida de “Pagliacci”. Así nos hemos acostumbrado a ellas, y, aunque por regla general se presente siempre en primer lugar la de Mascagni, he de confesar que por costumbre, y porque así lo vi por primera vez, prefiero delante la ópera de Leoncavallo. Pero, todo es cuestión de gustos, y el orden de factores no altera en este caso el producto.
Y es que en estos días se ha representado este tándem en el Festival de Pascua de Salzburg, ciudad austríaca en la cual supura y se respira la música por todos y cada uno de sus recónditos rincones y que es frecuentada con asiduidad por Jonas Kaufmann, sobre quien recaía, como siempre, el mayor interés de estas funciones por ser la primera vez que el tenor bávaro se enfrentaba a estas dos obras.
 
 
 
 
Y con incongruencias empezamos
Como acostumbra a ser ya desde hace años, pero aun así, nos sigue sorprendiendo el mismo disco rayado.
Ahora le ha tocado el turno a la “Cavalleria”, una obra muy arraigada a la pasión y a las costumbres pueblerinas, y atada excesivamente al concepto de familia, en la cual, un giro en su argumento, desmonta toda la obra. Y esto es lo que pasa en esta representación.
El “nuevo” argumento no pega ni con pegamento. Choca y desmonta la historia original. Como muestra, por qué le pide Turiddu a su madre, cuando este se encuentra a las puertas de la muerte, que cuide de Santuzza y le haga de madre, si en realidad el director de escena, PHILIPP STÖLZ, ya nos enseña en la primera escena que Turiddu vive con Santuzza y además tienen un hijo. ¿No será pues de cajón que Mamma Luccia, aquí ya convertida en “Ava Luccia” cuidará de su nuera y de su nieto en falta de su hijo?
Otra: si tenemos en cuenta que Turiddu y Lola viven un amor clandestino, un amor correspondido, pero imposible, ¿cómo se le ocurre a Turiddu, que ya va pasadito de copas, marcarse un baile a lo payaso en medio de la plaza del pueblo, delante de sus vecinos, y encima zarandear a la mujer de otro y cogerla en brazos? Pero si se supone que nadie tiene que saberlo…
Y cómo estas más… Alfio convertido en un “capo” mafioso y lo de Mamma Luccia, no tiene nombre…o el “Intermezzo” ejecutado viendo los tejados de la ciudad un poco al estilo “Chim Chimney”… de “Mary Poppins”…
 
 
 
Sí que es cierto que la idea de mostrar la escena a varios niveles es un recurso socorrido e inteligente, que a veces cuadra y a veces no. La obra se ve desde todos los puntos de vista, por un lado el del pueblo, siempre desde el nivel inferior, mientras que los protagonistas muestran sus verdaderas caras, pasiones y sentimientos en el nivel superior. Esto ayuda a conocer quizás la vertiente íntima del personaje, su introspección más profunda, pero poco aporta en una obra como “Cavalleria” de por sí incisiva, directa, pasional y temperamental donde lo íntimo se intenta ocultar por apariencias que no son tales sino que son verdades.
Mejor para mí la escena en “Paglliacci”. El espacio íntimo y real de los protagonistas se convierte en público y consecuentemente en farsa cuando atraviesan el escenario para actuar. La pena, los celos, las pasiones refrenadas y también las no refrenadas dan paso a la pantomima. “Show must go on”, el espectáculo debe continuar, pase lo que pase, estando contentos, estando tristes, estando buenos o estando malos. Pero en esta ópera la farsa quiere, pero no puede rebozar la realidad y no lo logra ni con pintura en la cara que esconda la tristeza, ni con vestidos aparatosos que protegen cuerpos destrozados por el dolor que sienten. Acaba y debe acabar aflorando la visceralidad de los personajes, y la supuesta comedia es engullida por la realidad latente de sus corazones heridos y agrietados por las vicisitudes de la vida.
Por este motivo aplaudo la idea de que el “Intermezzo” presente a Canio pintándose, reflexionando, con la vista absorta, con el corazón en un puño y hecho trizas, con movimientos instintivos de cabeza que sugieren incredulidad de lo que acaba de ver. Canio ha dado. Y ha dado mucho, pero no recibe nada.
 
 
 
Quizás a nivel escénico fue una de las mejores aportaciones de la obra.
 
Al son de Mascagni y de Leoncavallo
O de intentar ir a estos sones, pues el director de orquesta CRHISTIAN THIELEMMANN opta, sobretodo y más marcado en la “Cavalleria”, por tiempos lentos que en nada ayudan al desarrollo de una acción que debe ir un poco más rápida y punzante. Alarga innecesariamente y hace que el drama pierda pulsación.
Más adecuado en “Pagliacci” con una música que se presta más a ejecutar con algo más de brío, pero pecó de lo mismo ya comentado, en general.
La Orquesta de la Staatskapelle de Dresden presenta un buen sonido, mientras que el coro no estuvo especialmente brillante.
 
Santuzza, Alfio, Lola y Mamma Luccia
El primer de los roles fue encarnado por LIUDMILA MONARSTYSKA, a quien le faltan graves y contrastes en la voz para afrontar un role como el de Santuzza. Su personaje no es pasional, es frío y distante, la mediterraneidad y el temperamento brillan por su ausencia, pero esto es algo a nivel general en todo el reparto, y carece además, respecto a sus intervenciones con Kaufmann de la chispa y química que tiene que haber para estos dos roles.
 
 
 
Tres cuartos de lo mismo sucede con AMBROGIO MAESTRI, que para el “nuevo papel” que le otorga el director de escena está bien pero vocalmente es otra historia dado que en algún momento su prestación vocal tendía a rozar bastante el grito.
Correcta la Lola de ANNALISA STROPPA y también correcta la Mamma Luccia de STEFANIA TOCZYSCA.
 
El primer Turiddu de Kaufamnn
Como todo lo que hace el tenor muniqués, genera expectación. Pero como viene sucediéndome desde hace un tiempo con él, todo lo que le he visto en el último medio año me ha decepcionado – a excepción de su disco de canciones berlinesas.
Espero más de un cantante que tiene facultades y voz para afrontar estos roles, que tiene ricos matices y sentido de la interpretación, pero que carece de algo fundamental para afrontarlos y es la sangre. O la pasión. O el temperamento. Y también, dicho sea de paso, la dulzura en la voz que es lo que en definitiva acaba enamorando al oído del espectador y oyente.
Sí. Llámesele como quiera, pero, carece de ello para encararse en primer lugar con un Turiddu.
No puedo decir, claro está, que Kaufmann no tenga las notas y la voz para hacerlo y hacerlo bien, pero Turiddu necesita temperamento y parece que esto no acaba de entenderlo. El carácter de su Turiddu continúa siendo germánico, frío, de acero. Sí, lo intenta, quiere y no puede, pero no consigue las pulsaciones que necesita este peculiar siciliano.
Puedo entender, en la versión cuadriculada de Stölz que cante una siciliana suave, cuando en realidad, allí te esperas ya la primera explosión de la noche, un Turiddu lleno de pasión, ávido de amor por Lola, y que viene de pasar una noche con ella y está tan feliz, contento y satisfecho que de su garganta emerge y saca toda la pasión y fuego habido y por haber. Y la siciliana suave se justifica cuando ves que la está cantando en su casa, en la que convive con Santuzza y su hijo, por lo tanto, lo hace en voz baja para no despertarlos, para no levantar sospechas, acción incomprensible sin embargo cuando al final de la obra se dedica a zarandear en público a la mujer de Alfio.
Quitando esto, Kaufmann no es Turiddu. El dueto con Santuzza le pesa, su canto es arrastrado e inconmensurablemente rígido en exceso – quizás por la dirección lenta en este momento- y quede sus cuerdas vocales sale como atropellado.
Más correcto y centrado en su despedida a Mamma Lucia, con las notas bien colocadas pero que no emocionan, y respecto al brindis… lo dejo en anécdota… hace tanto el payaso con Lola que soy incapaz de valorar qué cantó.
No, no me convence, y si a esto añadimos la falta de química con Santuzza, una mira para un lado y Kaufmann todo el rato con la vista absorta, como aquel que mira pero no mira nada en concreto, con los ojos en el vacío, hacen que, una obra tan sublime como es “Cavalleria rusticana”, acabe convirtiéndose en algo tortuoso con la gran ventaja que sólo dura una hora y poco.
Acaba. Apagas y vámonos. A otra cosa.
 
Pagliacci, a otro nivel
Curioso siempre que, en la mayoría de ocasiones, cuando se representan estas dos obras juntas, acaba saliendo siempre mejor ésta. El por qué… pues no sabría decirlo, porque la de Leoncavallo es tanto o más exigente que la de Mascagni, pero es así. Quizás la obra, el argumento, el colorido, la farsa…se presta más a ejecuciones más concentradas y trabajadas.
Evidentemente, y comparándola con la “Cavalleria” ya comentada, si tengo que escoger entre una y otra representación, me quedo en general con este “Pagliacci” que sin ser una versión que pase a los anales de la ópera, está mucho más equilibrada, por voces, por escena y por congruencia respecto a su argumento original, que no cambia.
 
 
 
Cambia el vestuario, cambia el decorado, cambia el maquillaje, cambian las voces, pero la esencia genuina de esta ópera se mantiene intacta, con algún punto negro, sí, como el hecho de que Tonio nos presente la obra con el coro detrás, y no solo en el escenario dirigiéndose al público real, al de la sala. Pero quitando este grano, el resto del engranaje funciona bien.
 
MARIA AGRESTA encarna una buena Nedda a nivel vocal, aunque carece también de fuego y de pasión sobretodo en el dueto con Silvio.
Más carencias: aunque no al nivel de la Santuzza de Monastyrska, no alcanza tampoco la química deseada ni con Kaufmann ni con Alessio Arduini, cantando todo el rato dirigiéndose a Thielemann, en lugar de a sus colegas.
¿Es que tanto cuesta meterse en la piel del personaje y hacerlo un poco más natural?
 
Me gustó el Tonio de DIMITRI PLATANIAS. Su voz no es para nada desagradable y ejecutó un “Prologo” correcto, quizás eché en falta algún que otro matiz expresivo, pero en general, y teniendo en cuenta que se comió el agudo el “Incomminciate”, le apruebo con buena nota.
 
No así me pasó con el Silvio de ALESSIO ARDUINI. Siento debilidad por el personaje de Silvio, al igual que me sucede con el de Canio. Personajes completamente opuestos, el primero lleno de pasión y lirismo, de romanticismo; el segundo lleno de temperamento y resignación, un personaje que roza a Otello, que tanto me subyuga.
Silvio es un bombón para un barítono con una bella voz, y Arduini tenía mucho tipo pero la voz, para mí, áspera y sin matiz, sin intención ni gusto.
 
En cambio me gustó el Beppe de TANSEL AKZEYBEK. Una voz bien timbrada que cumplió más que correctamente con sus breves intervenciones.
 
Canio kaufmaniano
Introspectivo. Falto de brutalidad. Echo en falta en Kaufmann todos los elementos interpretativos necesarios para encarnar un personaje como Canio.
Su Canio es más cerebral como nos apunta al son del “Intermezzo”. Su pantomima, es realmente una pantomima en el sentido estricto de la palabra. No te lo crees como personaje, porque no es en ningún momento el personaje.
Se acaba de enterar que Nedda le pone los cuernos y ni una gota de sudor recorre su frente. Sus movimientos corporales son ensayados, marcados. Nunca se pasa de la raya, y no deja nunca dar rienda suelta a la pasión porque la razón le domina en todo momento. No ha lugar a la improvisación porque está todo calculado y ajustado al milímetro.
Kaufmann es un Canio que en la escena final no da miedo, ni artísticamente ni vocalmente. No aterroriza a nadie, ni siquiera cuando cuchillo en mano se abalanza sobre Nedda y se lo clava en el vientre. Su actuar, de nuevo comedido, quizás más centrado en lo vocal que en lo artístico, le pasa factura y quita drama al drama que se avecina.
 
 
 
Debo decir, sin embargo, que a nivel vocal estuvo más acertado en “Cavalleria”, es más Canio que Turiddu, pero Canio requiere algo más que la voz. Canio necesita genio, brutalidad. Bondad al principio de la obra e inspiración un tanto más lírica en su “Sperai tanto il delirio accecato m´avvea….” para regresar del viaje sentimental a la realidad, ya de por si triste, del pobre payaso.
Agudos seguros, firmes, descarados y bien ejecutados, Kaufmann no tiene problema a nivel vocal dado que arremete el personaje con seguridad, pero… siempre me queda el pero de falta de temperamento, de sangre, de visceralidad, porque Canio es un personaje visceral, actúa a impulsos, a calentones, y sin embargo a Kaufmman estos calentones los pasa por alto.
Este es el regusto amargo que me queda de su interpretación, que una cosa es grabar las arias y los fragmentos en disco, y la otra bien diferente es encarar estos roles encima de un escenario, con una escena que despista más que guía y con un resto de elenco que parecen salidos todos del Polo Norte bien lejos, y nunca mejor dicho, del clima solar de nuestro mediterráneo.
Señores, se trata de verismo, de sangre, de pasión, de celos, de impulsos, de pulsaciones, de irracionalidad de conductas, de explosión de sentimientos y no de actuaciones de frío mármol sin ton ni son que acercan al oyente a una realidad que para nada tiene que ver con la idea original.
 
No pasarán estas funciones a la historia de la ópera. No. Se han cantado e interpretado demasiado bien y eso, pasa factura en los oídos de los amantes duchos en este tipo de repertorio. Se requiere la realidad encima del escenario que retrata, propiamente, la realidad de la vida misma.
¿Y cuál es esta realidad?
Pues que Canio al sentir que lleva cuernos le coge un ataque de celos y arremete contra quien sea, como sea y donde sea. Deberá el buen Jonas mejorar sus versiones y entender, como decíamos, lo que es la pasión y el impulso. Ponerle carácter. Mientras se empeñe en hacer estos personajes de esta manera, a lo Kaufmann, Kaufmann, valga la redundancia, no me va a convencer en ellos.
Veremos qué pasará cuando el bávaro afronte el Otello… pero esto…ya será otro cantar.
 
 

sábado, 7 de febrero de 2015

Un Chénier sin poeta ni poesía

Aparentemente, la “Andrea Chénier” que se presenta estos días en el Covent Garden de Londres tiene todos los atractivos para que una esté predispuesta a pasar una espectacular tarde de música, de intensidad, de pasión y de verismo que tanto me gusta.
Aparentemente. Sí, puesto que en realidad, una vez vista, decepciona un poco. Cierto es que la escenografía, clásica – que se agradece-, vestuario y disposición arropan junto a la inspiración del maestro PAPPANO al frente de la orquesta, un espectáculo interesante y tentador. Pero, una cosa es la tentación, y otra la satisfacción.
Ver, en nuestros días, un montaje clásico es cosa rara, porque estamos acostumbrándonos a la transgresión en el mundo de la ópera, y con un DAVID McVICAR en medio, una a veces le asalta el miedo.
En esta ocasión sin embargo no. Una puesta en escena totalmente clásica, recargada en justa medida, con colores brillantes y dorados, que no deja en ningún momento de ser lo que es. Y ello ayuda a ambientar y entender mejor la obra, y lo más importante, no distraer la atención del público, permitiendo que se concentre en la música, o al menos, creo que esta debe ser la intención.
Sin duda alguna,  volviendo a la orquesta,  a manos de Pappano, exprime lo mejor de lo mejor. Un sonido brillante, intenso, incisivo, pero también contenido y mesurado sin llegar nunca a ahogar las voces en el escenario. Es todo un lujo, en estos tiempos, contar en el foso orquestal con alguien como Pappano, que siempre saca el mejor partido de los músicos. Un director con sensibilidad, con pasión y dotado de una inteligencia tal que convierte en mayúsculo todo lo que su mano acaricia.
 
¿Qué es Andrea Chénier?
“Andrea Chénier” es verismo, sí. Pero también debe haber momentos de poesía, de inspirada poesía, de brillante poesía. Y la poesía, el romanticismo, la intensidad, la pasión, el amor, la chispa, la compenetración, y más que podría enumerar, brillaron por su ausencia.
No se puede afrontar una ópera de esta envergadura sin sentimiento ni pasión, e insisto en el tema de la pasión. Y ello, desgraciadamente es de lo que adolecen las tres voces de los protagonistas principales.
 
 
EVA- MARIA WESTBROEK no me convence en su rol de Maddalena di Coigny. Adolece la voz de muchos problemas sobre todo en el registro agudo. Un canto sin intención ni matiz, siempre igual en todas las escenas, y donde se hace más patente es en su aria “La mamma morta” y también en el dueto final del cuarto acto, donde las dificultades son extremas y le cuesta de sortearlas.
Es que no se puede afrontar un role así sin ponerle un ápice de sangre. No se puede cantar Maddalena como se canta Sieglinde, repertorio más afín a su vocalidad y donde la soprano holandesa se siente mucho más cómoda.
A nivel escénico, no hizo para mí creíble su personaje. Pero a ver… ¿dónde dejamos la pasión de mujer enamorada?
Y este olvido va también evidentemente para Kaufmann, del que voy a hablar seguidamente.
 
JONAS KAUFMANN, su nombre anunciado en un cartel operístico es sinónimo de interés, y de lleno total en cualquier teatro del mundo.
Tenía interés en su Chénier como en tantas obras y personajes que haya cantado o pueda cantar, pero… hay un pero.
Kaufmann afronta, al igual que su colega femenina, un poeta sin poesía ni pasión y no consigue transmitirme con su voz la fuerza del poeta que planta cara a la nobleza en el primer acto o del hombre que se está declarando a Maddalena en el segundo, o la defensa de sí mismo en el tercero.
Para mí, su mejor momento, fue en “Come un bel di di maggio”, que si bien no fue para tirar cohetes, rocé un poco – y tan poco- aquello que yo llamaría la sensibilidad o la dulzura de las palabras que Chénier, con su habilidad, convierte en poesía.
Su actuación escénica no era espontánea. Era comedida, artificial, estudiada y cerebral, y en ningún momento se deja llevar por un arrebato pasional. No. Kaufmann canta a lo Kaufmann y actúa a lo Kaufmann también. No vi al poeta. Le vi a él empeñado en hacer esos movimientos y gestos tan característicos suyos presentando, en el segundo acto, un Chénier “chispado”… vaya, esto es lo último…
No, no me gustó su creación del personaje envuelto en ropaje maravilloso que le sienta como un guante y destaca, evidentemente por elegancia, tipo y figura. Pero Chénier es algo más que una buena figura o una cara fotogénica. Chénier es la pasión, la explosividad de sentimientos, y para lograr esto tenía a sus pies una orquesta en estado de gracia, pero en esta ocasión, como en tantas otras, no lo consigue como siempre que se empeña en cantar este tipo de repertorio.
Le falta la dulzura y la brillantez en la voz en los momentos más románticos como en ese precioso “Ora soave, sublime ora d´amore” que te tiene que levantar de la silla. Ello, unido al hecho de la poca química entre soprano y tenor, que se están declarando a Pappano, hace que, tenga que hacer una introspección profunda a su Chénier e intentar sacar todo aquellos matices que, por otro lado posee, y que en esta ocasión dejó a la puerta de su camerino.
Intenta sin embargo, acercarse un poco en el dueto del cuarto acto, pero… por Dios… otra vez lo mismo… los personajes no se miran ni a los ojos… ¿Realmente van a morir juntos, o bien van a morir con Pappano, objetivo de sus miradas durante toda la obra?
 
 
ŽELJKO LUČIĆV que daba vida a Carlo Gerard, otro gran personaje, es el tercero en discordia aunque para mí fue el más regular de la representación. No es una voz espectacular ni muy bella, pero cumple su cometido en el papel. Alejado, al igual que sus colegas, de lo que es el matiz, la intención y la pasión, hizo una buena caracterización del personaje, aunque no brilla en elegancia y presentó un Gerard despeinado y un tanto destartalado.
 
En definitiva, muy mejorable todo. Un caramelo envuelto en un papel muy atractivo, pero el caramelo es tan pequeño que no he podido saborearlo como me hubiera gustado.

sábado, 31 de enero de 2015

Dos diamantes españoles entre unos diamantes portugueses

Con “Los Diamantes de la Corona” descubrí, valga la redundancia, un diamante que brilla con luz y mérito propios dentro de este maravilloso mundo musical que es nuestra zarzuela.

Un Barbieri para mi totalmente desconocido del que, sin embargo, me enamoré desde la primera vez que lo escuché.

Siempre he pensado, y sigo haciéndolo, que una obra o la adoras a primera vista o aprendes a amarla poco a poco, pero, si de entrada en la misma no hay nada que provoque o que logre entusiasmarte, muy difícilmente, por mucho empeño que pongas en ello, acabará – seguro- apartada en un rincón remoto de una estantería. Sumará, sí, a la colección que todos los amantes de la música tenemos en nuestros haberes. Ocupará su espacio, pero, dentro de 50 años estará tan intacta como el mismo día en que se tomó la decisión de colocarla en el sitio escogido de antemano para su reposo eterno.

Esta sensacional obra, desgraciadamente, y corroboro lo de sensacional -no por ello llevo desde el mes de septiembre admirando esta partitura-, no solo había sido hasta ese momento ignota para mí sino que también lo es, en nuestros días, para muchos aficionados al género, pues la falta y escasos registros sonoros existentes contribuyen a que la pieza  haya quedado durante muchos años e injustamente, por calidad y belleza, en el olvido.

Ello, junto con la injustificada, aberrante e incomprensible fobia que algunos tienen a la zarzuela, género que algunos consideran falto de calidad y de categoría, hacen que músicas inspiradas como las que escribió en esta ocasión el maestro Barbieri, queden relegadas a funciones esporádicas que impiden enriquecer y dar a conocer al público trabajos que subyugan ya desde la primera nota.

El maestro madrileño, en “Los Diamantes de la Corona”, crea números musicales de gran belleza, categoría y empaque muy en la línea del belcanto italiano, roto también por algunos momentos muy españoles.  Como ejemplo, los que su pluma deja en el famoso bolero “Niñas que a vender flores…”, uno de los números, por no decir el más conocido de la obra y que, forma parte del repertorio de grandes voces de soprano.

Insto pues, rotundamente, a quien tenga una pizca de curiosidad y un suspiro de sensibilidad, a que intente bucear en esta obra de dificultad extrema. Hallará en ella melodías que envuelven, que flotan en el ambiente, con numerosos momentos corales, concertantes, quintetos y tercetos, sensacionales duetos y romanzas de los dos protagonistas principales que no dejarán indiferente a aquel que siga mi consejo e intente acercarse a ella.

 
 
 

Diamantes portugueses

Como ya indiqué en mi anterior post, “Los Diamantes de la Corona” sitúa su acción en Portugal, y hasta Lisboa ha viajado la producción que JOSÉ CARLOS PLAZA ideara para el Teatro de la Zarzuela en el año 2010, y que se rescató hace escasamente dos meses, también en Madrid y en el mismo teatro y que, hace 15 días aterrizó en suelo luso.

Plaza concibe la obra como un cuento, de hecho, el argumento, simplón pero efectivo, no deja de narrar la historia de una reina buena que quiere a su pueblo y que se sacrifica por el mismo, y quien por el camino, encuentra a su príncipe azul, en la zarzuela convertido en marqués, con el que acabará casándose. La obra acaba, como no podía ser de otra manera, bien, una vez resueltos todos los enredos que desfilan por el escenario durante las tres horas, entreacto incluido, que dura este espectáculo. Todos felices y comiendo perdices como popularmente diríamos.

Para reforzar esta idea de cuento, nos encontramos ante unos efectistas y bellísimos decorados de papel, a la antigua usanza, y con un vestuario que ha sido pintado, uno a uno, a mano, mérito sin duda de PEDRO MORENO. Éste, junto al talento indiscutible de José Carlos Plaza, dan como resultado un espectáculo colorido y atractivo a la vista que, los amantes de decorados y vestuario clásico, agradecemos con creces, cansados ya de ver montajes con escenarios despojados de elementos de decoración y con ropas actuales.

Concebida pues la idea de presentarlo como cuento, solo cuando visualmente se disfruta de la escena te das cuenta de que así es. Personajes que en alguna ocasión reflexionan en solitario dirigiéndose al público mientras los otros permanecen inmóviles y más a oscuras. Se refuerza así también su protagonismo gracias al fantástico efecto de iluminación de FRANCISCO LEAL, que centra al público completamente en su historia, en sus desaciertos y en sus enredos, e invita a la par, a hacerle disfrutar de un espectáculo mágico.

Si antes hacía referencia a la parte musical, quiero también detenerme en que, con “Los Diamantes de la Corona” se recupera el teatro del s. XIX, pues los diálogos son todos en verso con uso reiterado de la redondilla, el cual añade aún más dificultad a la ya de por sí dificilísima parte vocal, pues recordemos que la mayoría de cantantes no están acostumbrados a tener grandes bloques hablados de texto dentro de una obra. Texto que se tiene que memorizar y que es, por otro lado, difícil con intervenciones habladas largas.

Realmente los versos escogidos para la ocasión, dado que no se presenta el libreto entero, son divertidos, acertados y con el justo acento de humor que hacen que, cuando los escuchas, esboces inevitablemente, una sonrisa en los labios.

Por eso quiero también destacar el trabajo que ha realizado José Carlos Plaza desde esta perspectiva con los actores - cantantes, resultado que se cuaja con un notabilísimo éxito.

La facilidad y entonación en el recitado ha sido algo que a mí, particularmente que soy una amante de la voz, me ha sorprendido mucho, y todo ello sin dejar de lado ni ignorar las extremas exigencias y dificultades belcantistas que se encierran en la música vocal de Barbieri, que son enormes ya desde el primer minuto de la obra.



 

“Cada bache dice a voces que estamos en Portugal”

Cierto es que no es lo mismo escuchar una zarzuela en España que fuera de nuestras fronteras. Se puede rozar el estilo o alcanzarlo totalmente, pero sin lugar a dudas la esencia de nuestro género, solo puede apreciarse realmente cuando se tienen todos los ingredientes necesarios para elaborar bien la receta.

Si intentas hacer crema pastelera, y te olvidas de comprar los huevos… vamos a ir muy mal, porque, con qué ingrediente al abasto de nuestras manos se podrían sustituir a los mismos. Difícil. A no ser que se tenga mucha invención, imaginación e ingenio, y que el paladar que finalmente deguste la crema no tenga mucha sensibilidad y trague todo lo que le pongan en un plato sin pararse a saborearlo.

Y esto es un poco lo que ha pasado en estas funciones lisboetas. Falta del ingrediente principal, que es el estilo afín al género. Falta de ingenio y de inteligencia.

Un espectáculo sin embargo que, haciendo el símil con la receta culinaria, degustó un público poco diestro y no muy exigente, de oídos poco entrenados a escuchar las mil y una maravillas de nuestro género lírico.

Sí, quizás en el momento en que escribo esto lo haga un poco influenciada por comentarios y apreciaciones hechas y que no vienen al caso sacar a relucir aquí, pero que sin embargo no me impidieron gozar de las voces. Atención y digo de las voces y apostillo, voces de los protagonistas, el coro y la orquesta son dos mundos completamente a parte.

Primer bache. “Aquí un tumbo me desquicia…”

Estaba al frente de la ORQUESTA SINFÓNICA PORTUGUESA el maestro RUI PINHEIRO, quien hizo sonarla de forma atronadora, pesada, sin matiz y todo “forte”, y con un “tempo” inadecuado para las voces.

Cierto es que había momentos, sobre todo en las romanzas de los protagonistas, que estaban bastante ralentizadas. Para muestra la entrada del tenor con su “Que estalle el rayo” o la primera ejecución de la soprano “En noche callada…”.

No tengo tampoco el suficiente conocimiento técnico como para sentenciar si el resto de la parte musical fue de una obvia lentitud, pero, sí que puedo afirmar que esa forma de tocar comiéndose dinámicas y matices, no contribuyen para nada en una obra a la que un director con mayor conocimiento del género, o con una mayor profesionalidad, sensibilidad o interés, o quizás con una mente más dispuesta al diálogo con los artistas, hubiera podido sacar petróleo de la misma, porque en definitiva, la partitura es genial.

Es sin duda una verdadera pena ver cómo se puede tratar – quizás más adecuado sería decir, maltratar- a nuestro género lírico.

Pinheiro no entendió nada de esa música endiablada…

Segundo bache. “Allí la vida en un tris…”

Tampoco estuvo para nada acertado el CORO DO TEATRO NACIONAL SAN CARLOS al mando de su director titular GIOVANNI ANDREOLI, quien pecó, al igual que su colega Pinheiro, de matar matices, sutilidades, cambios de volumen aunado con un completo desconocimiento del estilo.

Como curiosidad se me hizo raro escuchar cantar, ya desde la primera intervención, un español mal pronunciado, asimilando al sonido de la “s” las consonantes “c” y “z”… ¿Por qué es el español un idioma tan maltratado?

 

“Gloria a la reina de Portugal”

Esa fue SONIA DE MUNCK, la misma voz que dos meses ha, la representó también en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
 
Lo primero que quiero destacar, y que para mí es muy importante, es la dicción clara y entendedora de la soprano madrileña, de fraseo intuitivo y con una más que suficiente sensibilidad vocal.

La suya es una voz de timbre atractivo, quizás no muy grande o extensa, pero que sabe reconducir y proyectar con la suficiente inteligencia y contención para evitar notas agudas que suenen estridentes.

Sus duetos, tan bien conjuntados con la bella voz de Cosías, fueron quizás sus mejores momentos. Y eché en falta quizás un poco más de intensidad en su aria final “De qué me sirve…”, no obstante, bien planteada y cantada.

A nivel escénico supo, para mí gusto, desenvolverse como pez en el agua, y mejor, en el segundo acto, con miradas, con gestos y dejando que saliera a relucir una esbelta figura que ya se adivinó en el primer acto, resaltada, en esta ocasión aún más por un ropaje y peinado más femeninos y favorecedores.

Sin embargo, a pesar de estar todo enfocado como un cuento, Catalina, que en realidad es la reina María de Portugal, es una reina y, aunque la comicidad de la obra invita a lo contrario, me hubiera gustado un poquitín más solemnidad y aplomo de la reina sobretodo en el último acto. Pero es simplemente una apreciación personal mía.

El uso del verso fue cuidado y exquisito, quizás en algún momento hubiera precisado un tinte más de intención, pero agradecí también que no optara por utilizar una voz en registro muy agudo, sino que sabiamente escogió una impostación más natural.

 

“(…) Tiene una hija de hermosura, según dicen, soberana”. “La cual se llama Diana”

Es una voz importante y tímbricamente muy rica y de volumen generoso la de CRISTINA FAUS, que al igual que De Munck, venía de interpretarla también en el Teatro de la Zarzuela, pero en el primer reparto.
 
 
 

Destacar evidentemente, y rasgo aplicable para todo el resto del reparto, su perfecta dicción a nivel vocal, que combinó a la perfección en su momento más popular, el bolero “Niñas que a vender flores…” primero con Cosías, y luego con De Munck.

Con una seguridad y autoridad aplastante, su voz se impuso en todos los números habidos y por haber, mientras que su trabajo escénico, fue cuidado y desenfadado, divertido y adecuado, haciendo gala de un vestuario muy acorde al personaje y supo desenvolverse con coquetería unas veces, y con un buen sentido teatral de la interpretación en otras.

 
“Rebolledo, tu vida quiero salvar: ¿me puedes falsificar este diamante?”

Rebolledo, industrial de profesión en la obra, fue encarnado por FRANCISCO SANTIAGO, el cual cumplió su cometido a nivel vocal, en las escasas partes que tiene cantadas, sin embargo, para mí, a nivel interpretativo eché en falta en sus versos muchos y múltiples matices desde el principio de la obra.

Y lo mismo sucedió en la escena de la lectura de la memoria que dirige a la reina María, desconociendo aún que realmente la está dirigiendo a la que él conoce como Catalina.

 
“Con otro golpe como este, me eternizo en el poder”

Así lo afirma y declara el Conde de Campomayor, padre de Diana, tío del marqués de Sandoval y regente de la monarquía portuguesa mientras la menor edad de la reina María.

Es el personaje de Campomayor para un tenor, que si bien tiene alguna parte comprometida, acostumbran a cantarlo voces ya de avanzada edad. Es un role de gran encanto que, como sucede con Rebolledo, tiene más parte hablada que cantada, y si se le sabe encontrar el punto justo, Campomayor puede resultar ser uno de los puntales en que se sostiene la acción cómica de la obra.

Y aquí, sinceramente, RICARDO MUÑIZ, crea un personaje correcto pero no me convence en el papel de regente, quizás porque su predecesor, Antonio Ordóñez, en las funciones que se representaron en 2010 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid consiguió construir un gran personaje, muy bien matizado en el texto, con una gran intención, lleno de inflexiones y matices interpretativos sin igual que hizo, que en ningún momento escuchando a Muñiz pudiera olvidarme de su predecesor.

Cuando escuchas solamente la parte cantada de Campomayor, a mi gusto, nada atractiva, el personaje puede resultarte un poco antipático, pero, escuchar sus versos, su texto estupendamente construido, hace que acabes adorando a este enredón ministro de la regencia portuguesa que no duda en traicionar a todo el mundo con tal de ir bien él.

“Ves visiones,  Sebastián: burla el deseo vuestra razón”

El enamorado realmente de Diana, puesto que Sandoval, a pesar de tener con ella un casamiento en proyecto, realmente de quien se ha enamorado es de Catalina.

GERARDO BULLÓN estuvo magnífico y convincente en su personaje, vocalmente y también en cuanto a la parte de su verso.

 
Y finalmente…

 
“Llegó tu vez, Sandoval…”

¿Qué es lo que tengo de contar de la voz que daba vida, cuerpo y alma a este pícaro noble luso?

Pues lo diré sin rebozo: en cualquier otra ocasión, quedarme tranquilamente en casa, me hubiera llenado de gozo, pero cuando la voz que lo interpreta responde al nombre de CARLES COSÍAS, no dudé ni por una fracción de segundo en irme a Lisboa a ver esta función.
 
Dueño de una bella y timbrada voz de tenor lírico, Cosías posee la sensibilidad suficiente para afrontar un papel que borda a la perfección. Evidentemente en la parte vocal, no tenía la menor duda de ello, pues… ¿cuántas veces habré escuchado su Sandoval? ¿Cuántas veces habré soñado con ese adorable y galante marqués?

Pues tantas, ambas, como para poder hablar extensiva y detenidamente de cada una de sus intervenciones y dar a conocer todos los matices que emplea y en los que siempre encuentra el equilibrio y punto justos. Y estoy segura que, en el intento, me van a quedar muchos en el tintero y muchos de silenciados.

Carles un cantante inteligente y con gusto, éste último, indispensable para mí. Gusto, más que suficiente para que resuene lisonjera su voz en mis oídos. Algo que, aparentemente, parece sencillo y que sin embargo es dificilísimo de hallar en un cantante. Pero Cosías lo posee, lo tiene, y creo que en este punto todo aquel que le haya escuchado, en lo que sea, estará de acuerdo conmigo.

Su gusto, unido a su pasión por su oficio, y un excelente trabajo escénico, hacen que nos hallemos ante un cantante completo que merece muchas más oportunidades  y  reconocimientos de los que tiene. Y eso, lo oso afirmar.

Pero antes de pasar a la parte vocal, me gustaría hacer hincapié en dos puntos meramente artísticos en el sentido estricto de la palabra.

Por un lado, el cuidado uso del texto. Un verso bien matizado y pronunciado, con intencionalidad, con numerosos cambios de inflexión en su voz, con una entonación excelente y para nada llana, que supo imponerse en las escenas en que su personaje ejerce de seductor intentando conquistar a Catalina, o en las que saca a relucir un poco su estatus de noble portugués que mira un poco por encima del hombro al falsificador Rebolledo.

Gran trabajo del tenor en este aspecto si lo comparo con el realizado en el Teatro Zarzuela en el año 2010. Aquí me gustó mucho más porque se nota la evolución del personaje y la madurez alcanzada del artista.

En segundo lugar, es de justicia destacar su sentido de la teatralidad y del humor con el cual nos encandiló en esta función, faceta hasta este día, para mí desconocida.

No quiero, bajo ningún concepto, desmerecer al resto del elenco, pero su personaje, Sandoval, es quien más interactúa a lo largo de la zarzuela. Siempre está en medio de los enredos, cantando, o simplemente actuando, moviéndose o hablando con la mirada. Y…¡cuánto decían sus ojos y gestualidad sin necesidad de abrir la boca!-. En definitiva, no para quieto en todo el rato, sea de una forma o bien de otra, y es un gran placer disfrutar de su actuación desenfadada.

Para lograr esta naturalidad en la escena, evidentemente, hay muchas horas de estudio y ensayo detrás, ello, unido a la gran concentración con la que actuó hicieron que, fuera, y merecidamente, el más aplaudido. Y en esta ocasión, el público portugués, con oídos no duchos a escuchar zarzuela, supo al menos entender y recompensar la actuación y la valía del artista.

A nivel vocal, su primera intervención, “Que estalle el rayo” fue sensacional. Sí, ralentizada un poco – o un poco bastante debiera decir y con conocimiento de causa- pero no por ello le impidió hacer unos estupendos matices en su fraseo que ponen de manifiesto, como decía, su inteligencia, su gusto y sensibilidad. Y es que Cosías “sabe” cantar. No se limita a las notas. Acaricia notas y texto, lo pronuncia bien y sabe lo que está diciendo, y además se hace son el personaje. Con “su” personaje, que dicho sea de paso, me encantó y adoré durante tres horas.

Cuando la voz se mueve en la zona más alta, es cuando se puede apreciar aún más de que estamos ante una voz limpia, bella, rica en matiz y que no se come coloraturas, pues puedes contar todas las que ejecuta. Su voz brilla y se mueve con facilidad y mesura. Para ello, basta escuchar sus duetos con Catalina, tanto el del primer acto “No es tu prima” como el del segundo “Por qué me martirizas”, para mí gusto, el momento mejor de los duetos entre los dos protagonistas.

Y allí Cosías volvió a envenenarnos con su pasión.

Sí, porque también es un cantante que pone pasión cuando canta. Fue un momento tan, tan especial escuchar este dueto esperando su “Mátame… mátame” tan bien cantado, tan sentido, justamente contenido y, conteniendo, en cuatro notas ejecutadas y bien transmitidas toda la pasión de un amante que espera ser correspondido y que pide solo un beso. Fue algo tan bien matizado que mata, literalmente como dice su personaje. Sí, mata con el fuego que le puso y abrasaría el alma de cualquier persona que le escuchara, como hizo con la mía.

Contrastó extraordinariamente su voz con la de Cristina Faus en el inmediato dueto que sigue al que acabo de comentar, donde una vez más, se pudo observar la vis cómica del tenor que, arropada por un ramillete de diferentes y bellas melodías de la que destacaría su ensoñador “Si a dividir no aciertas las tiernas ansias mías…”, tienen como resultado algo realmente sensacional.

Francamente no soy capaz de hallar en toda la obra ningún fragmento, en conjunto o en solitaro, en el que Cosías no me haya gustado, sea vocalmente o bien verseando.

En esta última faceta, es de derecho destacar el siguiente momento:

“Pues bien, prima, yo la adoro,
Y para mí no hay tesoro
Que valga mis ilusiones.
Tengo riquezas, poder,
Nobleza, rango y valía…
Pues todo eso lo daría
Por esa sola mujer.
Préstame, pues, tu favor,
Y harás la dicha de un hombre,
Que te da riqueza y nombre
Para cumplir con su amor”.

 

No lo osaría afirmar que a todo el mundo pueda entusiasmarle de la misma manera que lo hizo conmigo, pues cada persona tiene unas necesidades, gustos, sensibilidades y preferencias diferentes y dispares, pero, de lo que sí estoy segura es que nadie quedaría indiferente ante semejante declaración tan bien dicha y con la intención adecuada.

Su última intervención vocal, en el quinteto del tercer acto junto a Diana, Campomayor, Sebastián y Rebolledo sacó de nuevo a relucir su alto nivel de concentración y gusto, con una voz en su línea justa flirteando en la zona alta con un estilo belcantista de manual avanzado, no para dummies,  tal como para levantarse de la silla.

En definitiva, una gran noche de música en la que se dieron cita el humor, la comicidad, el amor, los enredos, la astucia, los versos, las voces, nuestra predisposición, nuestras ganas de disfrutar, los nervios, y finalmente, la satisfacción de la que en ningún momento dudé que hallaría en tierra un tanto hostil.

Por tanto, quien pueda hacerse con unos “Diamantes” que la coja con cariño.

Si tiene la oportunidad de verla representada que no le duela desplazarse y pagar entrada por ello, pues el resultado es tan excelente que querrá repetir.

Y si tiene la suerte de que en el reparto esté este señor que se llama Carles Cosías, sinceramente, que no se lo piense dos veces porque no se va a arrepentir.

Cosías, un verdadero diamante que brilla, igualmente con luz propia, entre tantos diamantes, sean falsos o bien verdaderos.