lunes, 13 de julio de 2015

De Domingo a Domingo…


El de ayer fue un día extraño que vino a culminar una semana en la que han aflorado demasiados sentimientos juntos, todos mezclados sin orden ni mesura. Un estallido brutal de sensaciones y de recuerdos. Un cóctel, agitado en exceso, que me ha obligado, a la quieta, a dejar un peldaño más atrás y enfrentar el siguiente con toda energía y positividad posibles.

Y así, como un caracol, arrastrándome por este sendero al que llamamos vida, he empezado el día de hoy.

Sin embargo, ayer, fue un día lleno de música, como hacía tiempo que no tenía. La mañana transcurrió, ya desde tempranas horas, al son de “Lucia di Lamermoor”, que disfruté, a pesar del pedacito escuchado, breve y demasiado escueto, al máximo. ¡Y cómo no!.

Pasada la euforia del fragmento, y no podía ser de otra manera esta semana, quise disfrutar una vez más del acontecimiento que fue, en su momento, la primera unión del triunvirato Carreras, Domingo y Pavarotti. Sin más tarjeta de presentación: los Tres Tenores.

Gozar de nuevo sus voces frescas y jóvenes y con el concierto original con dos popurrís pero sin el “Nessun dorma” que en su día no televisaron y que sí se incluyó en la edición comercial que todos conocemos y hemos escuchado hasta la saciedad.

Y saco a colación dicho detalle, que me sirve de preámbulo para hablar del concierto de ayer que Plácido Domingo ofreció en el Teatro Real de Madrid, y La 2 tuvo la gentileza de retransmitir.

 
 

Cuándo una mira atrás, y contempla que desde aquel encuentro han pasado 25 años, me vienen muchas cosas a mi mente: buenas cosas y cosas no tan buenas. Buenos recuerdos, pero también de malos. Gestos, palabras, olores, sensaciones… la película de los 25 últimos años de mi vida desfilaron en 2 horas por mi frente. Una tras otra y a compás de la batuta de Zubin Metha.

Y en estas dos horas volví a emocionarme con cada una de sus interpretaciones: la sutilidad de un Carreras con su “Core´ngrato”… un arrollador “Nessun dorma” de Pavarotti y su refrescante “Torna a Surriento”, o toda la fuerza en la garganta de un “Oh Paradis” de Domingo, una especialísima “No puede ser”, o la dulce “Dein ist mein ganzes herz” en la voz también del madrileño que, 25 años después, hacen aún levantarme de la silla como en otrora hice.

Y mientras mi mente proyectaba imágenes de cuándo era pequeña, inevitablemente, como siempre, vino a la mente la figura de mí abuelo, lugar en el que siempre está presente y más aún cuando me dedico a mi actividad preferida: la Música.

Fue gracias a él, a mi querido y añorado abuelo, lo que hace que ahora yo esté aquí escribiendo estas palabras, pues solo con sus indicaciones, su sensibilidad y su buen gusto y con su amor por la música hizo posible que me acercara a ella, y el legado musical que me ha dejado lo guardo celosamente en mí haber. Gràcies, avi!!! Moltes gràcies!!!

Las lágrimas de emoción por la voz de Domingo entonando la alemana “Dein ist mein ganzes herz” brotaron en mis ojos, y temblando en ellos, al final se deslizaron mejilla abajo. Inevitable poder contener el llanto y la emoción en ese momento.

Carne de gallina… cómo estaba cantando Domingo…y el frescor del llanto hizo un pobre intento de refrescarme la cara, sin éxito. La temperatura corporal alcanzada, mezclada con el calor que estamos sufriendo y la emoción que sentía, impidieron este efecto reflejo y reconstituyente.

Iba avanzando el magno evento, y aunque lo he visto y oído hasta la saciedad, siempre sigue llegándome al corazón. De ahí arrancan mis recuerdos musicales más conscientes, punto de partida de una vida llena de música.

De ahí arranca quizás el tercer recuerdo más claro que tengo de Plácido Domingo. Del Domingo en plenitud de facultades. De aquella voz que arrasaba en los teatros. De ese hombre que, con su sola presencia, hacía temblar a los coliseos operísticos. De ese Maestro, y en mayúsculas, que nos ha arrastrado por el mundo permitiéndonos peregrinar hasta los grandes templos de la ópera con la finalidad de disfrutar de su voz, de su arte, regalándonos emoción, sensaciones y felicidad.

Veinticinco años ha de todo esto…

 
Pero si hay algo que no puedo hacer, o no debería hacer, es cometer el error de disfrutar de Domingo con 49 años y luego pretender (a conciencia de que no lo haría) hacer lo mismo, por la noche, y veinticinco años después, cuando el tenor (lo siento, me resisto a etiquetarlo como barítono) cuenta con 74 años.

No puedo volver al pasado. No. Pero me alimento de él, pues no me queda otra con Plácido en estos momentos.

Todos estos recuerdos, todas esas emociones que sentí a tan temprana edad deberían estar en su correspondiente cajón. Abrir la cajonera con cuidado, verlos, sentirlos y cerrarlo. Allí están. Allí permanecen. Allí deben permanecer. En su lugar.

Pero todo esto es muy fácil de decir y muy difícil de hacer y más tal como se planteó mí día de ayer.

Bien es cierto que, la sola y abrumadora presencia de Plácido Domingo, sin que ni siquiera abra la boca es sinónimo de emoción por mí parte. Un grande entre los más grandes. Un Zeus en su Olimpo, pero como todo mortal, Plácido, a todos nos llega la hora en que debemos reflexionar. A todos nos llega la hora de madurar. Todos, todos sin excepción, tenemos que ser conscientes de que los años no pasan en balde y que, con el tiempo, el esplendor de años ha pierde quirates y acaba brillando la leyenda, un nombre, un personaje querido por el público que, una vez más, se resiste a aceptar lo más temible e inaceptable en la vida de un artista. La palabra que ningún artista quiere pronunciar.

Estos días, Domingo, debía interpretar en el Teatro Real la obra de Puccini “Gianni Schicchi”, que debido al reciente fallecimiento de su hermana María José, prefirió cancelar.

Sin embargo, el tenor, para estar con su público de Madrid se avino a cantar un mini-concierto con dos arias y un dueto, como deferencia a ese público que sigue, aún, peregrinando y adorando por dónde pisa. Y sigue haciéndolo ciegamente. Lo entiendo perfectamente.



 

Y allí apareció Plácido con su pelo y barba blancas hirientes a los ojos. Vestido de gala para la ocasión.

Y ese Domingo que veía yo ayer por la noche, ¿realmente era el Domingo que había visto por la tarde y que resplandecía bajo el cielo romano  y que estaba flanqueado por las milenarias Termas romanas de Caracalla?

Pues aunque es la misma persona, el mismo nombre, el artista es ahora un pálido reflejo de aquél ciclón inagotable lleno de vida, de fuerza y de voz que en su momento fue, pero, aun así, bastan dos frases para que, aquellos como yo que le tenemos gran estima, nos emocionemos con dos o tres notas suyas, a pesar de que somos conscientes de su decadente e irremediable y evidente declive.

Como decía, Plácido impone. Impone mucho. Él manda aún. Sí. Pero ¿a qué precio?

Me emociona por todo lo vivido con él, porque ha sido, y en cierta medida, continúa siendo parte de mí cotidiano día a día, y que aún tenga el poderío suficiente como para hacerme poner la carne de gallina es por algo. Y lo es porque aunque la voz esté en una galaxia sin dimensión, en una realidad incalificable, tres notas, tres palabras, o una frase del madrileño bastan para recordarte que “quien tuvo… retuvo”. Pero nada más que esto. Y yo, qué le voy a hacer, revivo emociones.

Lágrimas de nuevo en mis ojos que brotaron espontáneamente al escucharle su “Nemico della patria” mientras mi cabeza decía “pobre Plácido, no puede”. El aria es preciosa, y a pesar de su empeño, no consigue hacerle justicia. No Plácido. No ahora.

Sobre su “Pietà, rispetto, amore” del “Macbeth”, quizás estuviera mejor que en la anterior, pero dónde le encontré más cómodo, más relajado fue en el dueto de “La Traviata” que interpretó junto a la joven soprano, MAITE ALBEROLA.
 
 
 
Creo, quizás equivocada que, aunque más largo, es la pieza que para su estado vocal actual, es menos exigente. Es un dúo en el que prima por encima de todo el saber cantar, el saber frasear, el saber emocionar, y en esto Plácido, es un auténtico maestro. No hay notas muy comprometidas, quizás a excepción de un par que no pudo salvar a pesar de su empeño, pero, en conjunto fue para mí la más aceptable de las tres intervenciones, a pesar de que en algún momento iba demasiado rápido y de algún pequeño desliz con la letra, que a estas alturas de su dilatada carrera, se queda como mera anécdota.

 
Mención especial para la soprano Maite Alberola, una voz que he escuchado muchas veces en Sabadell, en el Teatre de la Faràndula, y con la cual me quedé realmente sorprendida de la grata y buena evolución que ha hecho su carrera, pero también su voz, la cual hacía un cierto tiempo que no escuchaba.

Maite cantó con sentimiento, con emoción y sensibilidad dominando a la perfección un instrumento de por sí excelente, en un cometido nada fácil por el peso del personaje y por la emoción y por lo especial que es el cantar al lado de la voz más grande que ha dado el mundo de la ópera. Pero no le tembló la voz y dejó bien alto el pabellón. Sin duda una gran oportunidad para ella. Un impulso más a esta difícil carrera que es el canto operístico.

Mis sinceras felicitaciones para ella. Y desearle lo mejor.


Y volviendo a Plácido…

Aunque se resista y quiera aferrarse desesperadamente al escenario, porque lo necesita tanto como el aire que respira, a Plácido le ha llegado su hora. Hace tiempo que le llegó. Y esto, Plácido, y por primera vez en mí vida te tuteo, tienes que entenderlo.
 
 

 

martes, 7 de julio de 2015

Sucedió una noche de verano…

Cálida.
 
El perfume de humedad entraba por las ventanas abiertas de las casas que, en medio de esas altas temperaturas, buscaban sosiego al caer la noche española.
 
A quilómetros de distancia, el manto azul y estrellado del cielo romano, a las puertas de una final de mundial de fútbol, cubría las milenarias ruinas de las Termas de Caracalla dando cobijo a las tres mejores voces de tenor del momento.
 
 
 
 
¡Cómo han pasado los años…y no en balde! 
 
Veinticinco años, nada más y nada menos, y las Termas siguen en pie, lo mismo que el recital ofrecido por ellos tres que, a pesar del paso del tiempo, sigue conservando toda su frescura y espontaneidad.
 
Las voces de Carreras, Domingo y Pavarotti, rebautizados ya “in eternum” como “Los Tres tenores” revolucionaron el mundo de la ópera. En jamás de los jamases se había visto y escuchado algo tan sumamente original.
 
Ellos, los Tres Tenores, marcaron un antes y un después en el mundo de la ópera y en la forma de vivirla y entenderla.
 
Ellos, los Tres Tenores, asistieron al parto de una nueva generación de aficionados a la ópera convirtiéndose en padres de miles de personas que hicieron de ella algo cotidiano en sus vidas.
 
Ellos, los Tres Tenores, Carreras, Domingo y Pavarotti marcaron territorio y pusieron, con sus voces y carisma, el mundo de la ópera patas arriba.
Tuvieron y siguen teniendo sus detractores. Hubo, y sigue habiendo veinticinco años después, entusiastas defensores de su arte, de sus voces y de su contribución a la difusión del género.
 
Por eso, hoy que se cumplen las bodas de plata de este magno acontecimiento, es justo y necesario volver a ellos una vez más y recordarlos.
Volver a las tres voces que, personalmente, dieron el pistoletazo de salida a mí amor por la ópera.
Volver a las tres voces que cambiaron la etiqueta de “elitismo” por la de “accesible” y por la de “popular”. La ópera, con ellos, dejó de ser algo inalcanzable. Dejó de ser un manjar de Dioses para convertirse en un plato combinado al abasto de todos los paladares, aunque no, de todos los bolsillos. Esto último continua siendo, hoy en día, una batalla un tanto perdida a pesar de la difusión de la misma por muchos medios y de “packs” especiales con ofertas.
 
Ha llovido desde entonces. Y mucho. Mucho desde aquel día en que las tres voces aún estaban en plenitud de facultades.
 
 



Pavarotti, absolutamente un regalo para los oídos, nos dejó en 2007, pero su carisma, su espontaneidad y desenfado, así como su legado operístico, que es lo suficientemente extenso como para revivirlo en cualquier momento, hacen de él un inmortal de la ópera.
 
 
 
 

Carreras. La recuperación de la leucemia sufrida fue la razón por la cual se montó ese concierto. Su bienvenida oficial al mundo de la ópera.
Apoyado del brazo de dos de sus colegas y más cercanos rivales, el tenor barcelonés daba el do de pecho entre dos de las voces que abarrotaban a ambas partes del Atlántico los coliseos operísticos y los estadios de fútbol.
Ahora, años después, continúa vinculado al mundo de la lírica, quizás en menor grado, pero sigue manteniendo el apoyo y cariño incondicional del público. De su público.
 

 

 
Y finalmente Domingo. ¿Qué tarjeta de presentación puede sacarse a una voz como la suya, que, veinticinco años ha, estaba en el punto más álgido de una carrera que parece, en la actualidad, no tener fecha de caducidad?
Todo su caudal, un río desbordante de agua que desemboca en el mar dando en cada nota, en cada palabra, lo mejor de sí mismo.
 
Hoy Domingo, al igual que su colega Carreras, sigue quizás en mayor escala que este último, asentado y bien acomodado en el mundo de la ópera, dilatando una larga ya trayectoria, con una voz que ha regresado a sus orígenes baritonales.  Pues, como es sabido por todo amante de la música, Domingo, el Domingo actual, sombra opaca de lo que en un tiempo fue, se ha puesto las vestiduras de barítono, dejando su traje de tenor colgado en el armario.
 
 
Y así están las cosas veinticinco años después…con esta perspectiva…
 
Pero hoy tenemos que festejar el acontecimiento que me lleva a escribir estas cuatro líneas. Y gozarlo, recordándolo con cariño y una pizca de nostalgia, pues no hay voces así hoy en día que arrastren al público de la manera que ellos tres lo hicieron.
 
Dice el viejo tango que “veinte años no es nada”… hoy, haciendo casi un plagio de su letra, digo… “veinticinco años no es nada”, son los primeros veinticinco, una fecha bonita y redonda para no olvidar. Y hoy, como es mandado, toca desempolvar el viejo VHS si es que aún se mantiene en pie. No es mi caso, porque está completamente rayado de tanto usarlo, pero, haciendo piña con la tecnología, sacaré el DVD.
 
Y haciendo este gesto saludaré de nuevo a las Termas romanas de Caracalla, volveré a ver ese cielo romano, recordaré la voz del tristemente desaparecido Luciano Pavarotti, disfrutaré de nuevo de la preciosa voz de Carreras y me emocionaré de nuevo con el “No puede ser” de Domingo.
 
“No puede ser”… sí, sí que puede ser… y esos tres “supermanes” enfundados en sus fracs me harán viajar de nuevo, una vez más, y otra, y otra hasta América, Italia, México, a Francia, Argentina, Alemania, España…a través de un inmortal popurrí de canciones, opereta, musical y napolitanas que harán de nuevo, al cabo de tanto tiempo, las delicias en mis oídos.
 
¡¡¡Felicidades Caracalla!!!
 
Gracias Luciano, gracias José, y especialmente, muchas gracias Plácido.
 
Para ellos también, muchas, muchas felicidades.
 

sábado, 2 de mayo de 2015

El Liceu rendido a los pies de Plácido

Tiempo hacía ya que no escuchábamos la voz de Plácido Domingo en nuestros lares, la voz del incombustible, del carismático, del entrañable y hechizante Plácido Domingo. Del irrepetible y del único tenor de su generación que sigue pisando los escenarios más importantes del mundo.

Simplemente increíble y sin más adjetivos que vengan a rebozar una carrera y una vida dedicada completamente a la música. Simplemente lo dejamos en Plácido Domingo, el músico, el artista, el hombre.

Entradas agotadas para escuchar, y disfrutar de este gran artista que a sus 74 años aún emociona y sigue tocando la fibra del espectador. Lejos está, evidentemente, la voz de aquel fenómeno de la naturaleza humana, de ese gran río lleno de caudal que rebosaba por ambos lados y que desembocaba, desbordado, al mar. Cierto es que el de antaño se fue, es ley de vida, pero Plácido, sabio y ducho en su oficio, y aún con certera inteligencia, supo llevarse el gato al agua, y el estallido delirante del público fue el producto de una noche llena de emoción y de nostalgia, y de sorpresa, pues aunque aquejado, y medio recuperándose de una bronquitis, Domingo, una vez más Domingo, dio, cómo no, la talla.

Ese fue el susto de la noche, cuando Christina Schepelmann, micro en mano, salió al escenario y dijo que tenía 2 noticias. Tranquilizó al público. Plácido cantaría, pero no al 100%. Quizás esto sea el común denominador de Domingo en estos últimos tiempos, quizás sean unas disculpas por adelantado cuando el artista no puede dar aquello que quiere o espera el público -su público- y quizás sea ponerse una tirita antes de haberse cortado…sí, quizás sí, pero a Plácido se le perdona, a estas alturas, todo.

Un Liceu rebosante, lleno hasta la bandera y con ganas de escuchar esta versión en concierto de la sexta ópera de Giuseppe Verdi, “I due Foscari”, o mejor dicho, con ganas de escuchar a Domingo como barítono en el Liceu, porque él era su protagonista indiscutible. Mírese sino el programa de mano que ha distribuido el teatro, para muestra, un botón.

Un barítono que lo he dicho en muchas ocasiones, y en esto público y crítica estamos todos de acuerdo, que suena a tenor pues los ecos y color de su timbre tenoril continúan allí presentes, y no me molestan. Que Plácido Domingo no es barítono, lo sabemos todos y lo sabe él también mejor que nadie, pero es Plácido Domingo, el cantante más grande de la historia de la ópera y eso hace años, muchos años que lo tiene ganado a pulso, haga lo que haga, diga lo que diga.

Tres largos años después de su última actuación en el coliseo de las Ramblas, poco a poco, paulatinamente, lentamente, se iba acercando la hora, y el nerviosismo y el entusiasmo se notaba en el ambiente. Timbres de rigor, móviles en silencio, nada artificial que pudiera romper la magia de las 2 horas y media que teníamos por delante, pues encima del escenario había un legendario mago que se bastaba él solito para hechizar, incluso antes de actuar, a un público ávido de su arte.

Ni un desafortunado ataque de tos. Ni un refriego de pañuelo. No se desenvolvió ningún caramelo y ningún crujido de unas no muy cómodas butacas se oyeron la noche del jueves. Magia de nuevo.  Solo el dulce estruendo de los aplausos y bravos desbocados del público fueron capaces de romper el silencio de la sala. Impresionante.

Con todos estos elementos es imposible no entregarse a una función. Es imposible no entregarse a la sabiduría de Plácido Domingo. Es imposible no entregarse a su leyenda. Que pudo más la emoción que la actuación, pues en cierto modo, sí, pero de lo que no hay dudas es que su presencia predispone a disfrutar a quien sea, incluso al más insensible de los mortales.

 
 

Sin abrir la boca

Otro milagro del “efecto Plácido”.

Ovación de gala recibiendo al tenor y al resto del elenco que le acompañó esa noche. Con ella ya se adivinaba la predisposición del público. ¡Y cómo no!… porque a Domingo no se le puede disfrutar de un año para otro en Barcelona, y la calidez y estima del público liceísta para con el artista es tal que, cada una de sus actuaciones en el Liceu se convierten en las más especiales y en las mejores que, a nivel personal, haya podido vivir, porque además en el Liceu juega en casa. En nuestra casa. Y ya se sabe que como en casa…nada.

Dos funciones previstas de este “I due Foscari” es el regalo a los amantes de la ópera que nos deja esta temporada Domingo. En versión concierto, sí, pero dado el estado vocal del artista es preferible. Menos cansancio, menos compromiso y mayor resultado, pues toda su concentración y esfuerzo pudo dedicarlo a la parte vocal sin tener que preocuparse por el movimiento escénico a pesar de ser el único que ponía cara de circunstancia acorde con su personaje y situación.

Para la ocasión la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu al mando del director MASSIMO ZANETTI se dispuso encima del escenario.

Excelente idea, ello significaba que se avanzaba la escena cubriendo el fosado de la orquesta, lo que traducido en emoción significaba que, los artistas estarían más cerca del público, a una distancia lo suficientemente corta casi como para tocarles.
 
 

A ambos lados de las tablas, tres atriles, aunque Domingo cantó toda la primera parte al lado contrario de mis localidades, en fin… todo no se puede tener.

La orquesta y coro sonó equilibrada sin caer en la tentación de ir siempre en forte y supo acompañar y secundar siempre a los intérpretes principales.

 

¿I due Foscari?

Si bien así se titula la obra, el jueves por la noche debería haberse titulado “Foscari padre y nuera”, porque allí sólo había uno de Foscari, el otro, Foscari hijo al que ponía voz un muy discreto y no demasiado acertado AQUILES MACHADO pasó completamente desapercibido.
 
 
 

No es una voz de timbre bello, cumplió en cierto modo con su cometido pero sin expresión, sin pasión, sin sentimiento, amén de varios y repetidos desajustes vocales en la primera parte así como también en la segunda. ¡Y eso a pesar que Machado no adolecía de bronquitis, cantaba, al 100%! Le noté tenso en algún momento y faltado de “feeling” vocal con la explosiva Lucrecia que tenía a su lado.

Voz imponente la de la soprano ucraniana LIUDMYLA MONSTYRSKA. Dotada de un impresionante volumen que, en ocasiones le cuesta de contener cuando quiere lograr un efecto más delicado, más lírico. La suya es una voz de gran teatro, potente y electrizante en la zona aguda, segura y bien asentada, a pesar de que alguna vez pueda sonar (sonarme) estridente. Pero allí hay madera de soprano dramática de coloratura, una coloratura que, le vino un poco grande en algún momento pero que solventó sin dificultad y sin titubeo, tanto en sus pasajes individuales, como en los respectivos duetos con Foscari padre – mejor con el padre- como con Foscari hijo, así como también en los concertantes.
 
 
 

Respecto al resto del elenco destacar el Loredano de RAYMOND ACETO, y los cumplidores JOSEP FADÓ y MARIA MIRO, como Barbarigo y Pisana, respectivamente.

 

Emocionante Domingo

¿Qué puedo decir a estas alturas que no se haya dicho ya de la voz del gran Plácido Domingo? ¿Qué?

¿Qué palabras bonitas, elogios, piropos pueden decírsele a un artista y un músico como él? ¿Cuáles?

Me sería muy fácil encontrarlas, pero no voy a entrar en ello porque sería repetir lo que durante años el mundo entero viene diciendo, y quiero intentar no caer en ese tópico.

A Plácido se le tiene que vivir en directo y solo entonces comprendes – y te convences- como a sus 74 años sigue arrastrando al público al teatro. Cualquier similitud que quiera hacerse con cualquiera de los vídeos que podemos ver en las noticias, cualquiera de ellas mata con alevosía su arte y su directo.

Quizás a uno en televisión pueda parecerle decepcionante, patético, caducado, mayor y con un pie (o ambos) fuera del escenario. Quizás más de uno rece por una ya inminente retirada al escuchar el eco de lo que años ha fue este artista, pero, todo aquel que sienta esto, que se pase por el Liceu o por algún teatro en directo apreciándole con cariño y la respuesta será sin duda, “qué grande es Domingo”.

74 años suma y sigue emocionando. ¡¡¡Y cómo!!!
 
 
 

Es verdad que detrás de esta emoción que provoca hay, valga la redundancia, mucha carga emocional, muchas cosas, muchas situaciones y sensaciones vividas a lo largo de muchos años, pero, con todo esto a parte para con mi persona, la respuesta del respetable barcelonés fue unánime: “standing ovation” para Domingo. El Liceu en pleno de pie, desde platea hasta el quinto piso aplaudiendo y braveando. Tres veces le he escuchado en el Liceu, tres versiones concierto – “Die Walküre” en 2008; “Tamerlano” en 2011 y “Foscari” antes de ayer- y en las tres la reacción ha sido la misma. Y estas experiencias tienen que vivirse allí, en directo, respirando con el artista y compartiendo con él esa emoción.

Señores… qué Plácido tiene 74 años… ¿Qué otro artista es capaz de conseguir esto? ¿Me lo presenta alguien?

Desde el lado opuesto de dónde cantó en la primera parte, escuché la voz que me ha acompañado tanto tiempo como reflejo de lo que ha sido y sintiendo cierta nostalgia, cierta melancolía.

Cuando en la segunda parte disfruté de su presencia y de su voz justo delante mío, sin ningún obstáculo entre ambos, escuché lo que continúa siendo Plácido Domingo para la ópera. Escuché y sentí lo que Plácido Domingo continúa siendo para mí.

No tiene precio que su mejor momento, toda la concentración dramática de Foscari casi al borde la muerte, toda su fuerza, toda su emoción, toda su voz y su arte lo cantara frente a mí. Eso no lo olvidaré en la vida, como tampoco la ovación de 4 minutos en mano que le regalamos y la humildad de Domingo ante semejante delirio.
 
 
 

Así es la ópera. Así es el directo. Así es Plácido Domingo.

Y quiero acabar con una frase que he leído hoy en Facebook y que es un excelente colofón a esa noche del 30 de abril y que es el reflejo de lo que he venido siempre diciendo de los cantantes:

“Músico no es el que canta. Músico es el que a través de una canción toca el alma y el corazón de la gente”.

 
Plácido es de estos. De los segundos.

 

lunes, 27 de abril de 2015

"Turandot" en Sabadell: "Crollasse il mondo…"

Aunque haciendo el símil de que el mundo hubiera sido como una manzana partida en dos trozos, y que éstos hubieran ido dando tumbos a diestro y siniestro, nada ni nadie hubiera impedido a l´Associació dels Amics de l´Òpera de Sabadell presentar en nuestra ciudad, por primera vez, la monumental ópera póstuma del gran Giacomo Puccini, “Turandot”.
Si hay algo de lo que va sobrada els A.A.O.S es en empeño, en entusiasmo y en ilusión, todas ellas virtudes secundadas por un magnífico trabajo en equipo que se ha ido consolidando y afianzando a lo largo de 33 años. Y cuando mayor es el reto, mejor es el resultado, como hemos podido comprobar temporada tras temporada.

Ayer por la tarde tuvo lugar la tercera función de las 12 programadas y que despegaron el pasado miércoles en nuestra ciudad y que a partir de este momento podrá también disfrutarse en Reus, Lleida, Viladecans, Girona, Manresa, Tarragona, Granollers, Sant Cugat del Vallès i Vic. Y es así, con gran éxito de crítica y público como concluye la presente temporada de ópera en Sabadell.

 
Presentar una obra del calibre de “Turandot” es un enorme desafío para los grandes teatros, los teatros llamados de primera categoría a los que todos puedan venirnos en mente, teatros no faltos de recursos económicos ni escénicos, pero, como todas las grandes expectativas, cuando mayores son, cuando más resultado esperas, cuando más alta es la cima más decepcionante es en ocasiones el producto ofrecido y mayor y más dolorosa es la caída y el resultado.
Sin embargo en Sabadell, aunque es un buen referente en el circuito operístico catalán, se afronta todas y cada una de las funciones desde la modestia, desde la falta de recursos sustituidos por la inteligencia del equipo que está detrás de cada una de las representaciones.
Expectativas altas que se alcanzan trabajando con ganas, con ilusión y con empeño desde la más absoluta modestia. Esto es lo que ocurre en Sabadell, gran trabajo, duro porque sí, con resultados más que notorios y que una vez más pudimos comprobar los asistentes a la  función de ayer.

Destacar que la producción era clásica, una “Turandot” en Pekín, con vestuario, más o menos con ecos orientales que viajan desde la pureza de Turandot, con vestido blanco en el segundo acto, hasta el rojo pasión del tercero, pasión y sangre que ha encendido Calaf con la resolución del tercer enigma.

Todo ello, aunado por una buena caracterización en maquillaje de NANI BELLMUNT y peluquería de GISELA MIRET, y como siempre, genial juego de luces “marca de la casa” de NANI VALLS que recrearon el sabor de la brisa nocturna de ya bien entrada la madrugada al inicio del tercer acto.

 

Refuerzos musicales

Y en Sabadell no nos tiembla el pulso para afrontar estas óperas, como tampoco tiembla cuando de pedir colaboración se trata.

El Cor dels Amics de l´Òpera estuvo ayer secundado por la Polifònica de Puig-Reig y la Coral de l´Agrupació Pedagògica de Sant Nicolau, y aquello fue realmente espectacular, sin duda alguna fue una de los grandes ases que l´A.A.O.S se guardaba en la manga. Un auténtico lujo.

Difícil tarea pues para el maestro DANIEL GIL DE TEJADA que supo lidiar con las tres agrupaciones, por un lado, y batuta en mano, por otro, con la Orquestra Simfònica del Vallès. Atento y concentrado durante toda la obra respirando con los cantantes pero especialmente con las entradas corales.

La Simfònica sonó fuerte, pero Puccini debe sonar fuerte y en algún momento pasó un poco de factura sobretodo en la escena de los enigmas y subsiguiente escena de Turandot, aunque en esta ocasión, no como otras, fue algo puntual, pues si de algo adolece la Simfònica del Vallès es que siempre suena demasiado fuerte, pero recordemos que el fosado de la Faràndula tampoco es el idóneo para tal cometido.

 

De princesas, de príncipes y de esclavas

Pues de esto va este fantasioso cuento chino. Las princesas y los príncipes se casan, las esclavas mueren de amor.

 
MARIBEL ORTEGA, protagonista indiscutible de estas funciones sabadellenses, afrontó lo inafrontable, pues la entrada “In questa reggia” es un poco como hacer el triple salto mortal sin red.
Una aria altísima que requiere un gran volumen, lo tiene, pero también requiere, y no todas las sopranos que se han enfrentado a este role lo han conseguido, y es el hecho de cantar sin gritar. Ardua tarea, pero Maribel lo logró. Su voz se elevó más allá de las notas que marca la partitura, aquellas que están por encima del pentagrama flotando en el ambiente, que Puccini dejó por ahí pululando porque de altas que son no supo dónde colocarlas.
Dejando aparte esta concesión humorística, si se me permite, Maribel Ortega reunió la voz, la interpretación y la frialdad de la princesa china. Sus agudos claros, sin trampa ni engaños, sin excesivos “portamenti”, directos, bien colocados y seguros.
Sólo quedó un poco abrumada en algún momento puntual de su escena posterior al “In questa reggia” por el sonido atronador de la Simfònica. Brava Maribel!
 
El príncipe desconocido fue ANDRÉS VERAMENDI, tenor peruano, desconocido, valga la redundancia, también para mí.
Veramendi tiene voz y volumen suficiente pero la tensión le jugó alguna mala pasada. Su canto no fue relajado. Los músculos de la cara estaban tensos aunque su concentración era máxima.
Cuando afloraban los nervios la voz tendía a irse hacia la zona de la nariz afeando el sonido con claros y molestos sones nasales en detrimento también de una dicción que quedaba nula, como nula también quedaba cuando buscaba el agudo y las notas más comprometidas.
Debe ganar confianza en sí mismo, y sobre todo relajación.
Aún así, rascando casi un accidente en la resolución del tercer enigma en el segundo acto, afrontó un difícil papel sorteando, con algún apuro menos evidente, el  momento más popular y esperado de la ópera, el famoso “Nessun dorma”.
 
La dulce Liù fue en esta ocasión EUGÈNIA MONTENEGRO que cantó con seguridad, con volumen mucho más que suficiente. Tenía interés en escucharle un role de esta envergadura, y lo cierto es que, tiene un buen material.
Liù es un personaje rico en matices, y ella tendió bastante a cantarlo todo un poco demasiado forte e igual sin hacer mucha distinción de los pasajes más líricos y de los más intimistas en cuanto a la regulación del volumen se refiere.
Pero puliendo esto y con más rodaje puede hacer cosas muy bonitas, pues el elemento principal está.
 
Trío de máscaras
Uno de los mayores logros de la función fue la buena coordinación vocal y artística de los tres ministros de Turandot, el trío Ping, Pang, Pong.
Irreconocibles Carles Daza y Marc Sala, asiduos de la casa, como también el tercero en discordia Bartomeu Guiscafré al que no tenía el gusto de haber escuchado nunca.
 
Evidentemente el que tiene más papel es Ping, o lo que es lo mismo el barítono CARLOS DAZA, pintado de verde para la ocasión. He seguido y sigo la carrera de este cantante desde que debutó como profesional con su Silvio de Pagliacci en 2005 también en Sabadell. Ya por aquellos entonces dije que era una voz emergente, buena. Dotado de una excelente dicción, en cualquiera de los idiomas que lo haya escuchado, Daza, mandó por encima de Pang y Pong. Vocalmente impecable, su voz ha ganado cuerpo al igual que artísticamente. Se nota ya su rodaje y bagaje profesional. ¡Bravo Carles! Como siempre, uno de los mejores, no me defraudó en absoluto.
 
Pero la gracia de Ping, no sería tal sin la intervención de sus compañeros, Pang y Pong, o lo que es lo mismo, de MARC SALA que posee una bonita voz de tenor, bien timbrada, y de BARTOMEU GUISCAFRÉ que también estuvo francamente bien.
 
Sin duda alguna el entendimiento entre los tres artistas es indispensable para no hacer cansina una escena (la del inicio del segundo acto) que musicalmente es preciosa, pero que, mal presentada, acaba abrumando al más ferviente amante de la música pucciniana.
 
Secundarios de lujo
Claro está el emperador de DALMAU GONZÁLEZ, así como el mandarino de JUAN CARLOS ESTEVE y el Timur de ELIA TODISCO que venían a completar un reparto de unos doscientos profesionales entre solistas, coros y orquesta.
Evidentemente la reacción del público no podía ser otra que arrancarse en aplausos y más aplausos, griterío general, entusiasmo, e ilusión.
 
Una ilusión hecha realidad gracias al trabajo bien hecho de estos profesionales que cada día nos ofrecen mejores y mayores expectativas, como la que ya han generado con el anuncio, pendiente de confirmación de las voces, de la temporada siguiente, pues si este año el reto ha sido “Turandot”, el que viene va a ser el “Otello”.
Un “Otello” en Sabadell, en mi ciudad, mí ópera preferida. Eso no me lo voy a perder yo aunque como decía al principio el mundo se parta en dos y ruede como ruede.
Bravi tutti, y por favor, seguid ilusionándonos.