miércoles, 1 de noviembre de 2017

Don Carlos con "dream team" en París (entre lo perdurable y lo efímero).




Segunda valiosísima aportación de Mónica Menconi, que desde el otro lado del Atlántico ayuda a complementar este rincón dedicado a la ópera. Como siempre de forma exquisita, con pasión y realidad, repasando hasta el último detalle y comentando siempre con toda gama de matices una ópera que adora.
Conocedora y ducha en la materia, Mónica nos traslada hoy hasta París haciendo un extenso repaso al esperado "Don Carlos" que interpreta Jonas Kaufmann en la capital francesa.

Gracias Mónica.





Una vez más, y sin ánimo alguno de competir siquiera con las autorizadas palabras de valiosos y admirados críticos musicales, he aquí mi impresión sensorial y emotiva de esta versión en francés del Don Carlos de Giuseppe Verdi de casi 4 horas según consta en youtube.



El registro es de excelente calidad HD con subtítulos en francés.



Era ésta, junto al Otello del pasado julio en Londres, la segunda ópera más esperada de la presente temporada. El cast no podía ser mejor: cinco grandes estrellas de la lírica actual, un gran director de orquesta y una nueva puesta. Esos lujos se los pueden dar pocas casas de ópera. En este caso la Opera de París.



Mi primer pensamiento, cuando me entero de la programación de este Don Carlos, fue hacia 1996…Le Chatelet: José Van Dam, Roberto Alagna, Thomas Hampson, Karita Mattila, Waltraud Meier, todos bajo la batuta de nada menos que Antonio Pappano y la puesta de un atrevidamente moderado y austero Luc Bondy. Inmediatamente me pregunté cómo se podría “empardar” un acontecimiento tal. Pues aquel Don Carlos, aún hoy a 21 años de su estreno, tiene tal magnetismo, tal poder que traspasa la pantalla.



También recordé aquellos cantados en italiano pero con puestas no tradicionales y también austeras: Munich 2012 con Kaufmann, Harteros, Pape (maravillosos los tres) con puesta de Jurgen Rose y dirección de Asher Fisch.  Salzburgo 2013 con Kaufmann, Harteros, Hampson y Salminen, batuta de Pappano y puesta de Peter Stein. Londres 2008 con Villazon, Poplavskaya, Keenlyside, Furlanetto, Lloyd, Halfvarson y otra vez Pappano.



Nada menor se podía esperar de Jonas Kaufmann, Sonya Yoncheva, Ildar Abdrazakov, Elina Garanca y Ludovic Tezier, dirigidos por el gran Philippe Jordan, puesta de Krzysztof Warlikowski y dramaturgia de Christian Longchamp. Todos ellos casi los mejores en su cuerda y menester (menos uno, ya se verá).

Quizás me traicionaron mis ganas, la ansiedad, los nombres más que rutilantes. Pero no, este Don Carlos no tiene “aquella aura”. No hago comparación alguna, solo marco una cualidad. Bien es cierto que no es exactamente el mismo, este dura casi 20 minutos más, pues es la versión original que incluye segmentos musicales y cantados que no estaban en la primera señalada.



Y voy a ir a lo peor primero: la puesta en escena. Horrible. Es como decirles que David McVicar hará un Trovatore que habita en una favela de Rio de Janeiro y lucha contra el capo narco…..o una Boheme que tiene lugar en una nave espacial del 2085. Porque si es cuestión de ser originales…..vamos, no nos quedemos atrás. Este señor no va tan lejos, se queda por aquí cerca, 1950/60, con un bello vestuario eso sí, pero con una mesa que bien hubiera estado en la corte, un busto del gran Carlos V, un caballo blanco que todavía me pregunto qué hace allí desde la obertura y todo el primer acto. Claro que a Don Carlos lo viste con pantalón amplio, sweter de tenis (blanco con vivos azul petroleo) pero descalzo (y después se quejan que el pobre se enferma y cancela…) y pareciera estar en alguna “casa de descanso”. El joven tiene las muñecas vendadas y manchadas de sangre (no me digan que se quiso suicidar???), sufre movimientos espasmódicos tan poco naturales (pobre Kaufmann…). Oh si claro, debía yo recordar que el verdadero Don Carlos era un hombre feo, semi deforme, carente de inteligencia y que murió muy joven. Mala mía!



Nuestra querida Isabel de Valois entra en escena ya vestida de novia, con velo y todo aunque en un momento se lo quitan para luego volvérselo a poner. Descansa sus pesares apoyada amablemente en su caballo blanco frío e inmóvil. Todo esto sucede como si fuera la mala proyección de una película en blanco y negro; el escenario tiembla levemente, hay manchas negras como en los viejos films y el rostro de Don Carlos (ya con saco y camisa) con mirada triste y perdida ocupa todo el fondo de la escena.



Mientras el coro (todos vestidos de calle) canta cercado por un vallado como el que se usa en el MET o en cines para ordenar la cola de ingreso; un joven siervo vestido de época (de época como tal digo…) se acerca a la futura reina para entregarle un presente, Don Carlos se sienta en la mesa y con una tijera recorta notas de los protagonistas que serán puestas en un panel como recordatorio. Perdón, olvidé decir que todo transcurre como en una gran caja (está muy de moda….). Semi recostado en una cama/sillon de época (de época como tal digo….) -cama que se quedará como sillón para la reina en el tercer acto, cama donde pondrán el cuerpo inerte del Marques de Posa en el cuarto-  recuerda nostalgioso el bosque de Fontainebleau. Y como por arte de magia de pronto alli están ambos, en aquellos bosques. Bueno así se traduce de la proyección del film pues semejan árboles mientras, inquieta, la dama de compañía (Thibault) de la futura reina se acerca rápida y espléndida en su outfit blanco de pantalón y chaqueta y zapatos negros de tacón.



Stop aquí.



Si, porque este Don Carlos es muy largo. Solo voy a señalar algunas otras “cositas descolgadas” que me hicieron mucho ruido durante el transcurso de esta bellísima ópera.



La corte de la reina está integrada por esgrimistas de blanco níveo menos Eboli que está de negro y tiene un approach lésbico con una de las damas, y fuma

El rey Felipe toma…y bastante, viste trajes muy caros pero su capa en el auto de fé es original de época (de época como tal digo….). Canta su “Elle ne m’aime pas” mientras Eboli descansa en un sillón contiguo y sin zapatos y con su falda abierta, y a juzgar por el estado de la camisa del rey han hecho el amor. Qué lindo que la gente se quiera!!

La reina cambia varias veces su lujoso vestuario al igual que Eboli, aunque los vestidos sí corresponden a los 50/60.

El Marques de Posa viste muy bien y también bebe, aunque menos que el rey y sin duda es el más inteligente y ubicado de todos.

El Gran Inquisidor no es ciego, lleva lentes de sol (también la reina en varias ocasiones) y fuma.

Don Carlos por momentos es aniñado, infantil, y por momentos muy decidido y sufre, sufre mucho. Yo diría que es bipolar y regresa a sus movimientos cuasi epilépticos.



Stop segundo.



Hasta aquí todo pareciera ser un “esperpento” no? Pues no es tan asi, en verdad. Qué es lo que hace que yo no diga que ni se les ocurra ver este Don Carlos? Qué pasa que a pesar de una puesta semi desquiciada yo no haya podido dejarla hasta el final? Porqué a medida que avanzaba el desarrollo de la misma “algo” me tenía tan prendida a una historia harto conocida? Y en definitiva, porque la gente pagó carísimos tickets, llenó la Bastilla y gritó y braveó con fervor?

Yo creo que es la magia intrínseca de la ópera, de la ópera como género. Y las voces (ya iremos a ellas una por una). Y las interpretaciones. Y la música. Y la dirección de Jordan (en general criticada y en lo que no coincido). Y la música…..Y la música…Verdi…Verdi!








Voces



Don Carlos es una ópera en la que el CORO tiene un rol importantísimo, es fundamental. Y vaya si lo fue. No se podía pedir nada mejor. El nivel fue superlativo, tanto coral como actoralmente. Qué delicia fue escucharlo. Una paleta de matices de altísimo nivel. Asi fue también el reconocimiento del público y del Mtro. Jordan en su abrazo fraterno a su director el Mtro. José Luis Basso (y…argentino tenía que ser!) en los saludos finales.



JONAS KAUFMANN nunca pudo, para mí, conectar de forma honesta con su personaje. Simplemente lo actuó, pero no lo sintió. Tuvo momentos espléndidos y en el final, donde se dejo fluir, lució todos sus recursos pero ya más relajado porque no quedaba mucho por delante. Vale decir, cuida  su voz, la dosifica para llegar entero. Y esto es lo que viene sucediendo con él después de su largo parate de más de 4 meses. Ha perdido brillo pero no potencia ni matices. Sigue siendo un placer escucharlo pero no es ese “actor” comprometido como en la Carmen de la ROH o el Werther de París o el MET. Hay que ser honesto y decir que no es todo su responsabilidad, aquí ha habido una dramaturgia muy marcada lo que ha resultado en cierta frialdad. El dúo con Posa fue muy correcto pero casi sin contacto físico.



SONYA YONCHEVA fue de menos a mas. Hubieron tres momentos de zozobra notables (uno de ellos ni bien comienza a cantar) pero tiene mucho oficio y es una gran actriz. Isabel de Valois tiene una tesitura muy aguda y algunos de esos momentos tuvieron una emisión metálica y muy al límite sin embargo llevó dignamente su rol. En el final, la extensa aria “Toi qui sus le néant” (Tu che la vanitá), fue un tour de force magnífico.



ELINA GARANCA….qué voz, qué interpretación, qué soltura escénica más allá de la marcación. Seduce desde que aparece. Si bien su registro es de mezzo llega a ser casi una soprano. No noté problemas en los graves (que sí marcaron algunos críticos y que suele tenerlos), todo lo contrario. Quizás con el correr de las funciones pudieron equilibrar más con el foso. No tuvo fisuras y su aria “O don fatal” fue una clase magistral, decididamente. Y así también fue la respuesta de la audiencia: una ovación que no cesaba aún sin ella en escena y ya con Posa sobornando al guardia de Don Carlos en la prisión (se repitió en el saludo final y fue, por lejos, la más aplaudida, el público la amó). Impresionante momento.



ILDAR ABDRAZAKOV tiene la voz y el porte pero le falta edad, madurez. Tiene 41 años y Jonas 48 que es su hijo. Bien, no hilemos tan fino, de acuerdo. Pero pesa. Aún y asi es un grandísimo intérprete que fue quien mejor juzgó su rol (después de Elina) fuera de la marcación. Gran rango de voz que hace correr con facilidad. Su presencia es notable, no solo por su altura, si no porque la impone desde su propia personalidad. Es un alcohólico, culposo….(bueno, así lo decidió el regista) pero debo decir que la famosa aria “Elle ne m’aime pas” fue una clase de canto, con dos momentos en donde hizo gala de un fiato absolutamente increíble.



LUDOVIC TEZIER, finalmente el local. Admiro profundamente a este hombre. Tiene una dignidad escénica como pocos he visto. Se mueve como en su casa, con naturalidad pasmosa. Él es el Marques de Posa, él sí! Lo siente y no lo actúa, lo vive. Su voz se proyecta todo el tiempo con una fluidez abrumadora. Cada matiz de su voz es perfecto, no hay un vibrato que interfiera ni moleste. Su emisión es perfecta. Está en un momento de total plenitud. La escena final con Don Carlos es helada porque no hay contacto físico alguno (bueno….nuevamente el regista), es desgarrador porque todo el sentimiento está en la voz. Cuando muere la ovación es atronadora. Bravo!



DMITRY BELOSSELSKIY fue un Inquisidor correcto, simplemente correcto. No imprimió temor, ese horrible temor de un ser nefasto y manipulador. Es un rol de gran peso en esta ópera y su voz no tuvo la profundidad ni la autoridad suficientes.

Philippe Jordan y orquesta estuvieron muy a la altura. Impresionante rendición del foso y gran batuta. Repito lo dicho, encontré mucho equilibrio entre escenario y director. Quizá en dos momentos fue demasiado apabullante y tapó un poco a los cantantes pero eso no empaña para nada el gran profesionalismo y el nivel que tienen.





Entre lo perdurable y lo efímero



Y aquí vale que regrese a mi subtítulo. Porque este Don Carlos será efímero, no es una versión que recorrerá otras casas de ópera ni la recordaremos 21 años después. Creo en la urgente necesidad de revalorizar el arte de “poner” una ópera, o de ser reggiseur, o regista, o set designer o como quieran hoy llamar a estos “illuminati”. Lo que “ilumina” es la música, ese don maravilloso que han tenido algunos genios de combinar notas en un pentagrama y regalarnos óperas como esta. Eso perdura. Verdi perdura y perdurará más allá de las voces que la inmediatez del mundo de hoy quiera imponer.

miércoles, 5 de julio de 2017

José Cura, el otro Otello de nuestros días






Quizás no sea el mejor Otello. No quizás no. Pero es más que un digno Otello. Quizás no sea la voz que tenga en mente para el Otello. No, quizás no. Pero cumple más que con creces. Quizás no sea lo que esperas de Otello. No. Quizás no. Pero el enfoque me ha gustado.

Este reciente “Otello” de la Ópera de Wallonie interpretado por el tenor argentino JOSÉ CURA es en mi opinión, una más que interesante alternativa al “Otello” que estos días está representando el alemán JONAS KAUFMANN en la R.O.H de Londres.

No entraré en comparar personajes y voces. Ambos son dos grandes cantantes. E inteligentes, y, en el gusto personal de cada uno de nosotros está el apostar por uno o por otro. Y para gustos, como decimos, los colores. Los dos tienen sus cosas buenas y también detalles a corregir, pero, si hoy llevo aquí esta versión grabada en la ópera de Wallonie es precisamente para alardear y poner sobre la mesa el trabajo de un cantante como José Cura que ha sabido reinventarse a sí mismo y con un role tan complejo y difícil como el Otello verdiano. Es simplemente una cuestión de justicia y de profundo reconocimiento a este artista.





Un “Otello” que es “Otello”

Producción a mi estilo. Clásica y con vestuario acorde, gracias a Dios, que ambienta, no distrae y que entra por los ojos proporcionando al oyente una sensación de satisfacción por adelantado antes de que empiece a transcurrir la música y la acción.

Aquí el director de escena STEFANO MAZZONIS DI PRALAFERA no juega con el simbolismo a cada momento, y se agradece. Deja que el discurso siga por si solo apoyado en el trabajo escénico de los cantantes. Pero sí que quiero destacar un detalle que me gustó, y es cuando en plena tempestad, cuando Otello lucha para amarrar su nave al puerto, Yago, que está jugando con un barco de juguete lo hunde en una pecera. Sabemos que Yago es malo. De entrada. Pero nos lo confirma y corrobora su gesto. Para que no queden dudas.

Por otro lado también hubo detalles que no me convencieron porque, ¿a santo de qué Otello apuñala a Desdémona?

En medio de tanto equilibrio, siempre tiene que haber el elemento discordante que da la nota aunque, a pesar de ello, no empaña para nada una más que digna función.



Orquesta y coro

Y aunque al principio decía que no haría comparaciones – de voces- aquí me es inevitable. Y lo es porque, en menos de una semana, dos “Otellos” escuchados. Dos orquestas diferentes y dos directores musicales completamente opuestos.

No hay ni punto de comparación en cuanto a orquesta. Aquí, los profesores de la ORQUESTA DE LA OPERA ROYAL DE WALLONIE, inclusive los coros, pierden la partida frente a la brillante y electrizante orquesta de la ROH. Y los coros, igual. Hay menos voces y no lucen tanto en una ópera donde tan importantes son,  sobre todo en el primer acto cuando empieza con la tempestad.

El director musical PAOLO ARRIBAVENI también queda relegado a segundo plano, cuando su opositor en el podio responde al nombre de Antonio Pappano. No añado nada más al respecto. Ya se sabe que… a buen entendedor…



Cumpliendo

La Desdemona de la soprano CINZI FORTE no es una gran voz. Ni atractiva al oído ni extremandamente llena de matices, pero, cumple con su papel de Desdemona al que no dota de carácter inclinándose por una psicología clásica del personaje. Como de toda la vida.



PIERRE-YVES PROUVOT asume el papel de Yago. Es una voz que no destaca ni por buena ni por mala, pero le permite afrontar todas las dificultades del personaje. Quizás en algún momento hubiera tenido que imprimir un poco más de malicia, no digo que no, pero estuvo en todo momento en su papel y muy bien compenetrado con José Cura, el gran pilar y atractivo de esta versión que hoy comento.





Sorprendente Cura

Y merece por ello un apartado especial en solitario con un análisis vocal y artístico-psicológico del personaje.

Si tuviera que calificar, con un solo adjetivo la voz de JOSÉ CURA es que la voz suena sorprendentemente sana. No hay ni rastro de aquellas oscuridades que años ha había asociado a la voz del tenor argentino. Sí, francamente, me sorprendió que con unos cuantos “Otello” en sus espaldas y con la friolera de 54 años la voz suene tan limpia. Tan sana. Y se me perdone que me repita pero es que sana es como me llegó a mí.

Sí que es verdad que ello no quita que tenga sus momentos en los cuales reconoces al impetuoso José Cura y el estilo de canto al que fue acercándose y que hizo que yo me alejara precisamente de él por apostar por una línea canora demasiado brusca faltada de elegancia. Cierto es que la voz no sufre con los estragos de una endiablada y tremenda partitura, y su voz le da para cantar, de sobra, este arduo personaje. Y en esta función lo demuestra una vez más.

Ayer, sin embargo, me encontré con alguien inteligente que ha sabido reeducarse a sí mismo. Recuerdo sus tonos brunitos de sus primeras incursiones operísticas y también su aproximación primeriza al personaje de Otello. La voz ha cambiado. Él ha cambiado. Y la interpretación también.

Cierto es que a todos nos viene en mente cuando hablamos de Otello al guerrero desquiciado, al que sufre complejo de inferioridad, aquel hombre que ruge de ira tan o más fuerte que el León alado de Venecia, el amante despechado y celoso que no razona sino que actúa, y el marido que – sabiéndose cornudo- actúa y trata a su esposa con fatal brutalidad.




Cura ha reinterpretado el personaje. Su Otello no tiene 40 años. Ha traspasado la línea de los cincuenta, sus sienes se han plateado y ha alcanzado la madurez, y dota al personaje de reflexión dando pleno sentido a su genial razonamiento del segundo acto “pria del dubbio l´indagine, dopo il dubbio, la prova, doppo la prova, Otello ha sue leggi supreme”.

Con ello, consigue diferenciar claramente en el primer acto al Otello maduro que llega vencedor de la batalla, con el ímpetu justo del hombre acostumbrado a luchar en más de cien batallas y lleno de honores. La dulzura con la que aborda el dueto del final del primer acto muestra al amante reposado, no al impetuoso cuya sangre arde en las venas al ver la figura de su esposa.

Pero es que en el segundo acto, a pesar de que Yago ya le ha lanzado el dardo que envenena su mente, Otello continua tratando a Desdemona con una sorprendente prudencia y precaución: desde la reflexión, desde la duda, con un respeto que otros Otellos ya han perdido al oír simplemente el eco de las emponzoñadas palabras de Yago. Y no es hasta que jura vengarse de ella que Otello-Cura da el cambio. A raíz de ello, el tono de voz con el que se dirige a Desdemona aumenta y se vuelve más altanero a medida que va perdiendo el respeto hacia su persona y su trato, se torna brutal e implacable, y ello, sin recurrir a tópicos tan típicos como el exceso de gritos, el exceso de ademanes para mostrar la locura y la rabia interior de un ser que se ha convertido en la marioneta de Yago.

Llega pues a un cuarto y último acto donde borda su escena final y aun sabiendo de la injusticia que acaba de cometer, el león no es tan fiero como lo pintan: “Ecco è il leon” y se saca de la manga un sensacional “E tu, come sei pallida, e stanca, e muta…” con dos “Desdemona” brutalmente diferenciados: dulce, amoroso y lleno de pasión contenida para dar paso a un segundo desgarrador y fuera de sí, completamente desquiciado.




Realmente la visión del personaje que imprimió José Cura, más que aceptable y coherente me encantó.

No es lo mismo tener en nuestro haber personal 30 años, 40 o 50. La vida enseña. Las experiencias nos hacen crecer y mejorar en muchos casos. La edad nos ayuda a reflexionar, a acercarnos al sosiego en contrapartida a la impetuosidad e impulso del cuerpo y cerebro joven que actúa, en muchas ocasiones, sin pensar.

Cura da un giro a Otello. Y me gusta. Por ello aplaudo esta introspección y este trabajo de buceo en el alma de Otello intentando sacar la luz a un personaje que de entrada ya tachamos de oscuro porque comete un brutal e injusto asesinato. ¿Es realmente tan malo Otello?

Otello no es nada más que un hombre. En el fondo,  Otello, no es nada más que un pobre hombre.

viernes, 30 de junio de 2017

Un Otello en fase de construcción




Y no canceló.

Esta vez sí que no lo hizo a pesar de que todos mis temores apuntaban en una única dirección, que era el tener que enfrentarme una vez más a un nuevo plantón del tenor germano. Por el resto, todo sobre lo previsto. Sin sorpresas.
Este “Otello” era uno de los grandes acontecimientos de la temporada operística a nivel internacional y tuvo lugar el pasado miércoles en el Covent Garden de Londres, una semana después de que JONAS KAUFFANN cantara por primera vez el difícil y extenuante papel de Otello. La expectación era máxima, la curiosidad extrema.
“Otello” es una de aquellas óperas que todo tenor quiere cantar, pero para la cual no todos reúnen las capacidades vocales y artísticas para hacerlo, porque en esta ópera de Verdi, ambas deben ir unidas indisolublemente de la mano. Cuando está la primera y la segunda no, la cosa no funciona. Pero tampoco cuando la segunda es extraordinaria, pero falta la primera. Y para huir corriendo cuando no se da ninguna de las dos, que a veces también ocurre.
Este pasado miércoles la ROH lucía todas sus galas. Un teatro lleno a rebosar. La sala ansiosa. No en balde pues, Jonas Kaufmann despierta pasiones por allí donde camina, y cada paso suyo, por pequeño que sea retumba tan fuerte que se convierte en un acontecimiento mediático de alto voltaje.
Gracias a la iniciativa de la “Ópera en el cine” esta vez sí pudimos gozar en los cines de Sabadell de la retransmisión en directo. Así es que, en un abrir y cerrar de ojos, a las 8 y media de la tarde-norche viajamos virtualmente a Londres con ganas de respirar con los intérpretes y público real cada nota, cada instante, cada momento dramático de la obra maestra de Verdi.


Caja negra, pensamientos oscuros
La puesta en escena de KEITH WARNER no aporta pizca de singularidad. La idea de mostrar una caja negra sin elementos decorativos hastía pero no molesta ni distrae al oyente y le permite y deja que se centre en la música y en el cantante. Algo es algo. Y este algo, es para mí, mucho. Quizás en la retransmisión en las salas se hubiera agradecido más primeros planos en los momentos cruciales de la ópera, pues la negrura que domina casi toda la obra solapa el trabajo escénico del cantante-intérprete, por otro lado, quizás no suficientemente definido en cuanto a los personajes principales se refiere.
Los momentos de luz los aportan las intervenciones de Desdemona con su halo de inocencia y candidez veladas con interesantes y suntuosas celosías que ofrecían un soplo de aire fresco en un ambiente enrarecido por la ambición, la envidia y el engaño.
Tampoco es nada del otro mundo el vestuario, que si bien logra un equilibrio en Otello -Desdémona – Yago, desfallece con el de Emilia, con una peluca salida de no se sabe dónde y con el de los embajadores venecianos, de riguroso blanco como diciendo al público que ellos son los buenos. Quizás así sea a los ojos del público y de los habitantes chipriotas que colman la isla de alegría, borracheras y fuego. El blanco como sinónimo del bien. Pero creo que, la interpretación en la mente desquiciada de Otello quizás no sea así.  ¿Será por esto que se les viste de blanco como símil o guiño a Star Wars, para hacer reflexionar al público que no todo lo blanco y luminoso es bueno y que no todo lo negro y oscuro es malo? ¿No será que el director de escena pretende que nos pongamos en la mente del personaje principal y empaticemos más con él y con sus injustificables actos? Creo que la combinación de los colores puede tener numerosas lecturas.
Detalles escénicos para olvidar, pues el paseo del león alado de Venecia cuando los venecianos entran en escena y que no aporta más que un estruendoso ridículo o la gran – e innecesaria- hemorragia de Otello en el acto final cuando, habiendo descubierto la maquiavélica telaraña tejida por Yago, se suicida con un puñal… “Oh gloria… Otello, fu…”.

El gran triunfador
Una vez más. Como siempre que este gran músico aparece en el podio.
ANTONIO PAPPANO ese sabio y conocedor del lenguaje musical, conductor de orquestas y cantantes que es el líder indiscutible de la ROH sin el cual, este “Otello” no hubiera sido lo que fue. Y es que podría haber resultado algo más que lo se escuchó el miércoles, si atendemos la solera de la ROH y de los cantantes, cuyo reparto encabezaba una de las voces que, a día de hoy, críticos, músicos, revistas musicales especializadas, prensa y público en general la considera como una de las mejores en la cuerda de tenor. Pero en esto, no tuvo la culpa Pappano.
Empezó con un gran momento describiendo la tormenta con la que se abre la ópera con una orquesta sonando a toda potencia secundando unos brillantes coros. Pero después de la furia inicial recrea espectacularmente la escena de calma del final del primer acto creando una atmósfera serena y nocturna antes de volver a las negras tribulaciones que ofuscan la mente de Otello y que Yago va carcomiendo desde el inicio de la ópera.
Pero sí que destaco la inteligencia con la que afronta la gran – y cansina- escena de Desdemona y su inacabable versión de la “canzon del salice”, un momento en el que Verdi perdió su inspiración pero que Pappano recondujo con un tempo correcto y con una buena lectura de la soprano que si bien, no evita la pesadez del aria, ayuda a sobrellevar esos 7 u 8 minutos que dura. Quizás un poco menos..., pero minutos que simulan ser una hora entera.

Desdemona y Yago
Dos de personajes que forman la “tripleta central” que componen la magistral obra del maestro de Busetto.


MARIA AGRESTA está suficientemente cómoda en un papel que, por voz, le encaja perfectamente. De un lirismo puro, su discurso es limpio e imprime el justo carácter para dotar a Desdemona de esa dulzura que requiere el personaje, sin dejar de mostrar por otro lado, el carácter que la hace “compañera” y no tanto sumisa del hombre con quien se ha desposado. Del moro con el que ha contraído matrimonio.
Lo cierto es que la soprano, al igual que le sucedió a Jonas Kauffmann, fue de menos a más a lo largo de la noche, logrando su punto más álgido en el dueto del tercer acto sin adolecer de exceso de patetismo ni de debilidad.



Quien crea que el barítono MARCO VRATOGNA es Yago o puede cantar un Yago, está completamente equivocado. Bien es cierto que su dicción es extremadamente impoluta e intentaba poner intención en su texto, pero el problema radica en que abusó de un exceso de recitado, más hablado que no cantado. Este es un recurso al cual podría haber acudido en algún momento puntual de la obra, pero no abusar de él en todo el segundo acto cuando su perversa mente envenena el débil y ofuscado cerebro del moro.
Quien crea que Yago se puede interpretar con una voz como la de Vratogna, continua estando errado. En su voz falta robustez, consistencia, lirismo cuando lo requiere, y malicia, intención y cuerpo. Prueba de ello, su “Credo” pasó un tanto más que desapercibido, y solamente en las escenas con Otello alcanzaba quizás credibilidad su personaje y voz, quizás debido a que Otello carecía de ella.

¿Jonas Kaufmann, Otello?
Decía al principio de este comentario que me preocupaba más la cancelación del muniqués que la interpretación que hizo en sí, porque conociendo como canta e interpreta JONAS KAUFMANN escuché y vi, lo que esperaba oír y visualizar.
Otello, es un gran personaje, con una mente llena de tormentas y de dudas. Es un moro que sufre de un bestial complejo de inferioridad. Un negro en medio de una sociedad de blancos a la cual mira  con recelo y que desconfía del que no es su semejante. Un hombre que a pesar de ser un reputado guerrero y ganador en mil y una batallas que podían enardecer y elevar su espíritu a la cúspide del orgullo, la verdad resulta ser que su moral camina más abajo del suelo por donde pisa.
Es alguien acostumbrado a la rudeza, al mando, a dar órdenes. Es brutal, salvaje y furioso. Solo la proximidad de Desdemona deja entrever al amante, al hombre rendido ante los placeres carnales. Otello es además la máxima autoridad en Chipre por voluntad del Dux de Venecia. Un personaje acorazado que genera e infunde terror lanzando únicamente una simple mirada, pero en realidad resulta ser un hombre con muchas debilidades ocultas tras sus vestiduras y que solo el maléfico de su alférez Yago ha sabido leerlas en el fondo de su corazón y en lo más alto de su mente y pensamiento.
Así es Otello. Este es Otello.

¿Es pues Jonas Kaufmann el héroe? ¿Es Kaufmann, pues, el guerrero?

“È quel che´egli è”.




Antes de entrar en un detalle más exahustivo y explicar cuál ha sido el “Otello” del alemán, quiero lanzarle mi más grande admiración por el coraje y valentía de afrontar una ópera tan sumamente complicada y exigente como es el “Otello” verdiano quizás en un momento en que su voz, a pesar de su reciente parón, no es lo que era 8 años atrás cuando nos fascinó con sus “Carmen” o con su inolvidable “Werther” en la Bastilla de París.

A Kaufmann le falta autoridad, carácter y brutalidad. Le falta el dramatismo y el impulso de la sangre en las venas que hierven de indignación, de dolor y de ofuscación. Nunca grita. Jamás. Todo lo resuelve de forma completamente llana sin dejar lugar a que el espectador sea capaz de discernir si está contento, si está enfadado, si medita, si maquina o si por el contrario le están devorando los mil demonios que Yago injerta con un solo pinchazo en su cerebro.

Su “Esultate” incial, a la par que apagado y oscuro con el que no consigue levantar a la sala tampoco llega a regocijar al pueblo. Y a él tampoco. Decepcionante, pues. Es como si anunciara una victoria descafeinada, porque Kaufmann no hace creíble el personaje y tampoco se lo cree él. Tres cuartos de lo mismo sucede con su “Abasso le spade” que no atemoriza ni a una mosca. Otello requiere más vísceras, más sangre. Más de todo. Tienes que dejarte la piel encima del escenario. La piel, la voz y el cuerpo entero. Y también el alma. De lo contrario el engranaje no empieza ni a funcionar.

Quizás uno de los inconvenientes que se hicieron más evidentes sobretodo en el transcurso de los dos primeros actos es que Kaufmann estaba excesiva y extremadamente concentrado en la parte vocal. Obvio por un lado, pero esto le impedía dotar de carne y huesos y de sentimientos al moro de Venecia.
Y esto se dio en el primero, pero también y con más motivo en el segundo que es cuando debe plasmarse ese giro del personaje. El giro que le lleva a una infundada locura y ofuscación y a poner en punto muerto su pensamiento reflexivo.

No, Kaufmann ni por asombro es Otello. No ahora, ni en dos o tres años a la vista me atrevería a decir, si dentro de este período, aún tiene fuerza y voz para cantarlo. Necesita mucho, mucho rodaje que no tiene y hacer una introspección en el personaje urgentemente. Esta función, no obstante, era ni más ni menos la tercera que cantaba y podría justificarse simplemente con esto, pero no es lo que se espera de un artista como Jonas Kaufmann que revienta teatros y los llena hasta la bandera.

No obstante, la parte dramática mejoró en el tercer acto. En el dueto con Desdemona me pareció un poco más creíble y más metido en el personaje, para regresar de nuevo a un cuarto bastante decepcionante.




En cuanto a nivel vocal, la voz, pasada por cable y a través del micro y con los altavoces a toda potencia en el cine puede llevarnos al engaño, porque lo escuchado a la distancia no es lo mismo que pudieron apreciar los londinenses congregados en la ROH. Y esto es algo a tener en cuenta. Kaufmann posee volumen, y en el cine la voz respondía… ¿Pero… y en directo, fue así?
Medios tiene, y llega donde tiene que llegar. Tenemos que recordar que estamos ante una partitura extrema y con este personaje la voz siempre está al límite y todos los Otellos, se llamen como se llamen, han luchado y tienen que guerrear con una diabólica música surgida de la genialidad del maestro Giuseppe Verdi y con un volumen orquestal muy grande.

Atacó agudos sin temblar, siempre con extrema concentración, la cual, finalizado su monólogo del tercer acto “Dio, mi potevi…” relajó un tanto y no se manifestó de forma tan obvia. Éste, junto con el dueto del tercer acto con Desdemona, fueron en mi opinión sus mejores aportaciones en la noche estival inglesa.

Decía que la voz no es la que fue, y en las notas más altas, allí donde antaño había un poco más de brillo que contrastaba a la perfección con su timbre oscuro más de barítono que de tenor, ahora no está. La voz siempre suena oscura. En el centro y en las alturas. A pesar de todo ello, Kaufmann firma un correcto “Otello” pero que no es para tirar cohetes en una representación equilibrada donde el entusiasmo brilló por su ausencia, pero del que sale victorioso porque el otro gran personaje, Yago, no está tampoco a la altura de las circunstancias. Y por ello no se come ni ensombrece la aportación del alemán, de haber sido así, el resultado de la función hubiera sido patético y nefasto. Más decepcionante aún.
A pesar de todos estos peros, más que recomendable ver esta primera incursión de Jonas Kaufmann en el “Otello” cuando – si así acaba siendo- la ROH edite la función y la comercialice. Un documento curioso. O que lo será quizás de aquí 30 años cuando hablemos y recordemos el primer “Otello” del bávaro.


jueves, 8 de junio de 2017

Olimpos. Dioses. ¿¿Ocasos??




Con el apunte de hoy, mi blog da un giro. Empieza quizás una nueva etapa salpicada de grandes e interesantes momentos de colaboración con aportaciones valiosísimas de aficionados que, al igual que yo, amamos el arte y la voz de este gran e inconmensurable artista que responde al nombre de Plácido Domingo, el alma que da sentido a este rincón en la red.

Dicen que la música une. Verdad como un templo. La música es internacional y lo más bonito es que todos la sentimos, con mayor o menor intensidad. Y no deja a nadie indiferente. Sí, une -y de qué manera- con lazos, en ocasiones indisolubles.

Plácido Domingo también lo hace con el poderío de su voz, con su pasión, con su sentimiento. Hace ya mucho, mucho tiempo que tengo la suerte de contar con la amistad, con la comprensión, con el apoyo (musical y moral) de mí querida Mónica. Almas semejantes, sentimientos prácticamente iguales. Vidas unidas por un mismo artista que nos conecta al instante aunque estemos muy lejos la una de la otra. A pesar de que “l´immenso ocean ne separi”, siempre la he sentido - y la siento- cerca y a mi lado.

Por esto hoy, rompo mi tanda de escritos e impresiones para hacer públicas las suyas, que perfectamente podrían haber sido las mías. Suscribo todas y cada una de las palabras estampadas sobre el papel.

Gracias Mónica Menconi por esta primera aportación, la primera de muchas otras que, espero, hagas.




Mientras en el Luna Park de Buenos Aires (otrora estadio destinado al box y devenido luego en ámbito para recitales, conciertos, ballets y etc etc etc…) José Carreras se despedía de su “idem”, yo me disponía, en esa noche bien otoñal, a ver el dvd de la Gala que la Opera de Viena ofreciera hace una semana con motivo de los 50 años del debut de PLÁCIDO DOMINGO.



Ya desearía tener un sobrado dominio de la lengua castellana para describir, con la mayor fidelidad posible, lo acontecido esa noche sobre ese venerado escenario. Más como no lo tengo, me limitaré a intentarlo.



Todos lo saben: Plácido Domingo tiene 76 años, comenzó cantando muy, muy joven como barítono para descubrir más pronto que tarde que la suya era una voz de tenor. Y ahora (el destino estaba marcado) ha vuelto a cantar como barítono. Esta situación ha despertado muy encontradas opiniones que, personalmente, me tienen sin cuidado y creo….que a él también.



La tv comienza mostrando con generosidad las bellezas de la Staastsoper y el público ingresando hasta colmar, creo que en exceso, su capacidad (1.700 ubicaciones) en tanto pensaba qué no hubiera dado por estar allí.

Juro que se siente la excitación a través de la pantalla viendo la elegancia de damas y caballeros, escuchando su murmullo mientras buscan sus ubicaciones, hasta que hacen su ingreso los integrantes de la Filarmónica de Viena y el Coro Estable, todos ellos de rigurosa etiqueta. Conduce la solvente batuta del siempre eficaz MARCO ARMILIATO.



Cuesta lograr el silencio hasta que se inicia el concierto con la Obertura de “Nabucco” de Giuseppe Verdi, autor a quien pertenecen los tres actos de las óperas que se representarán, en versión concierto, a continuación.

Notable fue la ejecución de esta obertura, ajustes perfectos de los diversos grupos instrumentales, gran balance sonoro de matices sutilmente buscados y llevados a cabo.







“Un ballo in maschera”



Para dar comienzo al Acto 3ro de “Un Ballo in Maschera” hacen su ingreso el homenajeado y ANA MARÍA MARTÍNEZ, a quienes más adelante seguirán RAMÓN VARGAS, MARÍA NAZAROV, ALEXANDRU MOISIUC y DAN P. DUMITRESCU. La ovación hace vibrar mis parlantes y se sostiene…y se prolonga y Plácido no puede contener la emoción. Trata con mil trucos: se acomoda el níveo moño, se ajusta el cuello, inclina su cabeza una y otra vez para agradecer pero le cuesta…¡y mucho! Pero debe cantar y es un largo acto. Si bien todos tienen la partitura en sus atriles por momentos da la impresión que están actuando, sintiendo el dolor, júbilo o tristeza de cada nota. La entrega emocional, física y vocal de Plácido es absolutamente imposible de describir. Cada palabra tiene su peso específico, nada es banal. Puede haber alguna dificultad en la respiración o las notas bajas pero el oficio, la musicalidad que sólo él posee sortean todos y cada uno de estos escollos que, lógicamente, encuentra porque sigue siendo tenor aunque ya no pueda cantar en esa cuerda.



Exquisita la Amelia de ANA MARÍA MARTÍNEZ, no hay fisuras en su emisión, impecables sus agudos y su interpretación. Me sorprende gratamente su muy estilizada figura, el soberbio “haute couture” en tonos de bronce (color que repetirá en otro modelo para el “Simón Bocanegra” aunque, para mi gusto, sea demasiado monocromático por su color de cabello y piel).



Tenía yo mis dudas pero RAMÓN VARGAS ha estado a la altura de las circunstancias soltando su voz con total serenidad y muy segura emisión.

Me sorprende MARÍA NAZAROV con su voz liviana, ligera y potente.



La orquesta es suntuosa, no hallo otra palabra más adecuada a la música escrita por Verdi.



Finaliza esta primera parte con otra ovación, más estruendosa, más sostenida. Como la emoción….

La televisión utiliza con inteligencia el intervalo para dar espacio a diversas conversaciones con el homenajeado. Afortunadamente son en inglés y lo muestran en diferentes ensayos o relatándonos qué significa para él la música: lo mismo que respirar.

Nada por agregar. Punto.







“La Traviata”



Ya suenan las primeras notas del segundo acto de “La Traviata”. DMITRY KORCHAK ofrece un seguro y aplomado Alfredo, con un agradable timbre y atacando con total soltura el agudo final en “O mio rimorso”.



SONYA YONCHEVA es la Violetta Valery de hoy, sin lugar a dudas. Su voz tiene el color, la proyección y la afinación perfectas. Siente y padece lo que Verdi puso en el pentagrama con total fidelidad. Es un lujo. (No así el vestuario elegido que en nada la favorecía, más bien todo lo contrario; y su peinado contribuyó a arruinar el conjunto).

El lector se preguntará si en algo tiene que ver que destaque los atuendos femeninos en detalle. Respondo que sí y mucho. La ópera, sea representada o en concierto, es un producto musical, vocal, actoral y visual que posee una estética. Todo ello impacta en nuestros sentidos. Quien no lo crea así puede escucharla a través de un cd.



La segunda entrada de PLÁCIDO desata otra ovación. Y a partir de allí Giorgio Germont domina el escenario con voz segura, firme, ordenando que no implorando, sugiriendo, consolando, agradeciendo. Su “Di provenza il mar” es un abanico de emociones. Sortea sus pequeñas “cordilleras” con el oficio de…¿¿¿cuántos años???. Fin de la segunda parte y más ovaciones, fuertes ovaciones.





El nuevo intervalo da paso a relatos de los diversos integrantes de la orquesta y el director del coro que me hablan en alemán. Se percibe todo como muy interesante…..ni falta hace aclarar que no comprendo el idioma, más allá de un danke o bitte.





Simon Boccanegra



Esta noche, esta larga y exquisita noche, va llegando a su fin con el último acto de Simón Bocanegra. A DOMINGO, MARTÍNEZ y VARGAS se unen Kwangchul Youn, MARCO CARIA y CARLOS OSUNA. El dramatismo de este acto es de una hondura vocal y musical maravillosas. Todos se lucen en su cuerda, mucho. A Plácido es a quien más le cuesta quizás debido a lo extenso de la noche, la emoción en exceso y un cansancio en su voz lógico de esperar, pero eso si, jamás claudica. A la hora de hacerse cargo de su parte se juega la vida (como el torero frente a los toros o el enamorado con su amada). El coro y la orquesta suenan a gloria, ¡qué magníficos son! Gracias Mtro. ARMILIATO porque más allá de ser un “todo terreno” como muchos lo mencionan con liviandad, es usted un gran director que saben llevar siempre a buen puerto una ópera. No en vano está usted dirigiendo a estos músicos que han dado brillante atención y respuesta a su batuta.








Más emociones, si aún no fueron suficientes



Todo concluye y, a decir de los críticos neoyorquinos en traducción literal, los vieneses “tiran la casa abajo”. Y entonces la emoción ya no se contiene, ni arriba del escenario ni abajo supongo yo, que hago lo mismo en mi casa: llorar.



Plácido hace todo lo posible por disimular hasta que decide no hacerlo más y llora. Y está muy bien que así lo haga. Se lo merece. Se merece compartir esa emoción, que subía desde la platea y bajaba de lo más alto de la Staatsoper, con todo ese público que despliega un enorme cartel en platea que dice “Plácido te amamos”. Eso sí lo entiendo en alemán.



Se suceden los saludos. Plácido, siempre tan atento, hace subir al escenario a los cantantes que lo acompañaron en los dos actos previos y junto al director agradecen. Plácido también gira y saluda a los músicos que están mas cercanos, y al coro, y a toda la orquesta, aplaudiéndolos. Sabe como nadie que lo que ha sucedido allí es producto de todos los que habitaron por casi tres horas ese escenario, en sabia complicidad con los que vibraron cada nota sentados en sus butacas.



Entra en escena DOMINIQUE MEYER, director de la casa, y rinde tributo al homenajeado con palabras muy celebradas por el público y todos los artistas…que comprenden el idioma claro. De todas maneras hay gestos que son sensiblemente comprendidos: Meyer quita una lágrima del rostro de Plácido con su mano, le obsequia el traje que usara hace 50 años cuando debutó en Viena con la ópera “Don Carlos”, y le entrega un gran corazón de claveles rojos y blancos (los preferidos y “cábala” de Domingo) con el número 50 que el Maestro acaricia y acaricia interminablemente.



Y ahora toma el micrófono Plácido y vaya si le cuesta comenzar a hablar…no logra contener la emoción y sus cuerdas vocales no saben mentir (como “La Tabernera del puerto”. Finalmente se compone y en inglés (thanks God!) desgrana sin pudor sus sentimientos, todos, no se guarda nada. ¡Es tan agradecido! No se olvida de nadie para finalizar nombrando a los miembros de su familia que esa noche, como casi todas las noches, están con él.



Y así se cuenta la historia de este señor que ha cantado en todos los continentes, en los más grandes teatros del mundo, las ciudades más remotas, le han otorgado tantos reconocimientos y honores como sea posible; es amigo de reyes y reinas, ha sido recibido por presidentes, varios Papas, y no duda en cantar una ranchera donde le cuadre, sea un restaurante o en la calle si alguien se lo solicita. Puede quedarse hasta más de una hora, después de pasar 3 o 4 cantando, firmando autógrafos y recibiendo admiradores. Si te acercas y hablas con él siempre será mirándote a los ojos, prestando atención a lo que dices y con una sonrisa sea la hora que sea. Figura en el libro Guinness y seguro no le importe. Lo que sí le importa es cantar porque es el “aire” que necesita su alma.



Mitologías hablan de dioses que habitan reinos jamás visitados por el hombre….hummm…

Plácido Domingo habita el Olimpo de los Dioses de la Opera. Ese Olimpo habilita pequeñas sucursales, son lugares grandes o pequeños, cerrados o no, con asientos o no, adonde los humanos pueden ir a espiarlos. Y cuando eso sucede ya no hay tiempo y espacio, principio o fin. En ese momento, el presente es siempre.