domingo, 4 de septiembre de 2016

Un casi impecable Kaufmann...




Decir Puccini es sinónimo de sentimiento, de emociones, y a la par, de éxito asegurado. Muchos somos los melómanos que adoramos al compositor de Lucca, por su música y por todas las sensaciones que con ella nos hace vivir.


Algo parecido sucede hoy en día en los teatros de ópera cuando se pronuncia el nombre de JONAS KAUFMANN. Decir su nombre es algo equivalente a un “sold out”, buenas expectativas y ganas de pasar una estupenda velada. Pero ojo, esto lleva con sí un poco de trampa y duda, porque no debemos olvidar que el divo muniqués hace sufrir a su público hasta el último momento. La sombra de la cancelación siempre envuelve su figura, y hasta que no le ves aparecer encima del escenario no puedes soltar el aire, respirar tranquilamente y decir “sí, esta noche va a ser inolvidable”. Es algo similar a lo que en catalán diríamos “el blat no pots dir que és blat fins que no és al sac i ben lligat, i tot així, encara s´escapa”.



Un comprometido programa

Puccini + Kaufmann. Esta es la propuesta que nos trae este DVD titulado “Jonas Kaufmann. An evening with Puccini” un concierto realizado en el Teatro alla Scala de Milan el 14 de junio de 2015.

Comprometido decía porque el tenor bávaro introduce en concierto arias difíciles de escuchar en las salas de los coliseos más grandes por los cuales se pasea, merecidamente, con un desafiante descaro– en el mejor sentido de la palabra.

Así pues a Jonas Kaufmann no le tiembla el pulso ni la voz a la hora de medirse cara a cara con el público milanés, y su desfile empieza con una tremenda aria, preciosa donde las haya e injustamente desechada en el fondo de un cajón “Ecco la casa, dio che orrenda notte” de “Le Villi”. Es aquí donde ya empieza a mostrarnos una vez más lo asentado que está su registro agudo. Las notas altas salen y brillan con luz propia dejando atrás ese color broncíneo oscuro de su voz.

Su discurso fluye quizás con un tempo para mí demasiado lento, pero ello nos permite poder gozar del fraseo impecable e inteligente de este artista que tiene el don – gracias a Dios- de entender que la música y las palabras tienen que ir unidas. Kaufmann sabe darles el sentido que necesitan y merecen para que lleguen al público y produzca en ellos el efecto mágico que todo cantante, creo, desea: que al oyente se le ponga el vello de punta. Y Jonas Kaufmann lo consigue en más de una ocasión a lo largo de este concierto.

Siempre he dicho, hasta ahora, que Kaufmann y Puccini eran un poco como el aceite y el agua. Siempre he sentido un poco de reticencia por los puccinis kaufmanianos porque en nada de lo que le había escuchado le había encontrado de lleno en el estilo que la música del gran Giacomo Puccini requiere: dulzura, cuando se necesita; vísceras cuando vas a morir desesperado; cariño y admiración ante el primer estallido sexual de un estudiante de 20 años; o el empuje y arrogancia de un hombre que se  ve ya vencedor de una prueba que le dará como medalla a una princesa a la que debe fundir con su sangre hirviente de fervor.

No.

Jamás había escuchado a Kaufmann hacer esto hasta este concierto en Milán. Es aquí donde encuentro en su actuación todo esto: brillo, estilo, pulcro fraseo, sus medias voces – que no obstante ya conocemos- pero que aquí llenan de sentido su interpretación. Y sobre todo, algo que también ya sabemos, el dominio del texto aunque aquí esto quede mucho más remarcado. Un claro ejemplo de todo ello, su “E lucevan le stelle” de la “Tosca”.

Bravo. Bravo Kaufmann.



Impecable

Así podría definir sus dos grandes arias de “Manon Lescaut”, en primer lugar su “Donna non vidi mai” para después cambiar de rango y pasar de la dulzura del enamoramiento al ruego más desesperado del hombre que ama con su “Guardate, pazzo son”. Agudos asentadísimos, no hace falta que repita elogios porque van todos en la misma línea, minuciosos detalles en su fraseo e uso inteligente de nuevo de las medias voces.

Y algo parejo sucede también con otra que resulta ser también impecable, su “Or son sei mesi” de “La fanciulla del west”. De nuevo aquí Kaufmann pone sobre las tablas todos sus medios y recursos de los que dispone para que su canto llegue al corazón igual que el dardo que da en el centro de la diana. Kaufmann es así. Sorprendente pero previsible. Sabes que lo hará, pero lo mágico está en que nunca sabes cómo lo hará. Y ahí es donde sale el gran artista que Kaufmann es. Puede gustar más o menos su voz, su forma de cantar, su estilo o sus maneras pero Kaufmann es sin duda uno de los dos grandes tenores del momento, con el permiso aún del Decano de todos ellos.

El concierto, dirigido por JOCHEN RIEDER que debutaba en la Scala de Milán al frente de su orquesta titular, termina con uno de los grandes hits del mundo operístico, y no es ni más ni menos que un muy raído, pero siempre bello y agradecido, “Nessun dorma” que Kaufmann sortea sin dificultad, con estilo indiscutible y con los agudos que le corresponden, a pesar de que esta pieza, esta gran aria para siempre jamás irá asociada a la voz del muy añorado Luciano Pavarotti. No tenemos ahora al divo de Módena, pero Kaufmann es un digno candidato para hacer que este “Nessun dorma” continue siendo inmortal.

El concierto finaliza precisamente, como decía, al son de “Vincerò” pero, y es algo ya connatural en todos los conciertos que después del oficial que figura en programa, vengan los bises, y en eso Kaufmann es uno de los más generosos.

Cinco ni más ni menos ofreció el alemán, empezando como no, por “Recondita armonía” de la “Tosca” y allí de nuevo Kaufmann vuelve a emocionar con voz y sobre todo por haber mejorado – para mí- el estilo y la forma de afrontar esta delicada aria que se canta, no lo olvidemos, dentro de una iglesia. Su discurso un tanto lento – quizás como decía al principio del escrito- es lo que puedo reprocharle al muniqués, pero, la lentitud tiene – como decía también- su parte positiva permitiéndole envolver y dotar de sentido latente a las palabras pronunciadas. Su “Sei tu” final dirigido a Tosca disminuyendo volumen dota a la pieza de una originalidad curiosa. Sí, Kaufmann es un gran cantante señoras y señores.

Su “Ch´ella mi creda”, segundo de los bises, no es tan emocionante como su hermana mayor antes ya comentada “Or son sei mesi” y cierra el capítulo de la sutilidad con su ya famosa “Ombra di nube” etiqueta que distingue a Jonas Kaufmann. Es de aquellas piezas que en sus conciertos o recitales jamás, jamás fallan.

Y el ambiente, ya más relajado, nos lleva a la preciosa “Non ti scordar di me” donde el tempo lento vuelve a jugar, tal como es consabido, a favor del tenor alemán. Él lo sabe y lo explota al máximo.



Y cuando uno se despajarita…

Pues cuando uno se despajarita, está en los bises, es agasajado con ramos de flores espontáneos de las féminas que llenaban la Scala, cuando uno percibe cajas de regalos en pleno escenario, vítores y bravos sin parar, entiendo que suba la temperatura, del teatro y del propio tenor.

Así es que, Kaufmann ni corto ni perezoso, con la ayuda del maestro Rieder, en un acto – para mí- de poco respeto al público que llenaba la Scala, se desabrocha un botón de la camisa y se saca la pajarita negra del esmoquin.

Y, como decía, cuando uno se despajarita, sucede lo que sucede, se desconcentra, se lía con la letra aunque sin perder el compás, y coloca la segunda estrofa del “Nessun dorma” en la primera, en un gesto espontáneo del propio tenor que payasea ante su propia patinada. Él se lo toma riendo, salva la pieza e impresiona con su agudo final. La fiesta termina y todo son risas y alegrías.

Me alegro por él aunque a mí me quede un regusto agridulce ante semejante escena.

Aunque todos somos humanos y todos nos equivocamos, cosas así – aunque restará como una mera anécdota simpaticona- no hacen ningún favor ni bien a un artista de la talla y categoría de Jonas Kaufmann. Una lástima.

Impecable, Kaufmann… casi impecable.

 

domingo, 21 de agosto de 2016

Y la música “voló” en Castell Jalpí…

Los Tres Tenores, Carreras, Domin... Stop. Rebobino. Otra vez Stop, y le doy al Play de nuevo.


Los Tres Tenores, Albert Casals, Carles Cosías y Albert Deprius – ahora sí- junto al pianista Ricard Estrada fueron los encargados ayer noche de poner punto y final al “XVIII Festival de Música Clàssica de Santa Florentina”, este año, teniendo como telón de fondo el incomparable Castell Jalpí, en la localidad de Arenys de Munt.




El perfume a humedad dominaba una noche que estuvo envuelta por un estallido de naturaleza. En este marco, el color verde y su olor a limpio se erigió dando un guiño al azul y salado del mediterráneo. La brisa, para nada suave, soplaba intermitentemente, pero con ganas. Chaquetas multicolor, entre las que se destacaba el clásico y nunca perecedero blanco, llenaban la platea ubicada en el patio del Castell Jalpí, un espacio que, desde hace tiempo, también se utiliza para celebrar bodas.

Y frío. Sí. En pleno agosto, pero frío. Suave. Pero al fin y al cabo, frío. Y fue este invitado sorpresa – a quien nadie había llamado ni por asombro- el que hizo temblar a más de una valiente que había creído que la noche sería bochornosa y que, desafiando al clima, optó por vestidos finos de tirantes y por los elegantes palabra de honor.

Sólo las tres voces, y las diestras manos del pianista, conseguían aumentar la temperatura ambiente, sobre todo a medida que el concierto iba avanzando. Y es que la estación estival invita a disfrutar de este tipo de eventos en que los diversos géneros musicales se mezclan en un cubilete, se remueven un poco, y al arrojarlos dan como resultado veladas desenfadadas donde el arte, talento y música se ponen al servicio de los melómanos que disfrutan o no de sus vacaciones y que agradecen que se de aliento y aire a este tipo de acontecimientos.



Y de aire…

De aire va la cosa, puesto que este invitado de última hora no fue para nada cómplice de los intérpretes. Partituras que volaban y caían al suelo y que tuvieron que ser recogidas en más de dos, de tres y de cuatro ocasiones. El cabello de los artistas ondeaba al viento cual vela lo hace en el mar, mientras que el del público hacía lo mismo y en los mismos intervalos de tiempo. Aquí sí hubo complicidad.

Si bien el espacio escogido este año para clausurar el “XVIII Festival de Música Clàssica de Santa Florentina” no fuera el más adecuado en cuanto acústica se refiere lo cierto es que el público aplaudió y bastante pero sin llegar jamás a un entusiasmo y delirio en general a pesar que, al final, algunas personas del respetable decidieran ovacionar al cuarteto de pie. Típico y tópico. Un clásico que jamás pasa de moda tampoco.

Si ello se sucedió así, me pregunto… Tres Tenores, una perfecta combinación para el deleite del público. Si ellos levantaban estadios…entonces, ¿cuál ha sido la fórmula de su éxito? Me temo que ésta –al igual que la de la Coca-Cola – a día de hoy continua siendo uno de los secretos más celosamente y mejor guardados. Pero un concierto así no es para nada desaprovechable y siempre resulta interesante, a la par que atractivo, gozar de un espectáculo como el de anoche. Gozar, en definitiva, de la voz del tenor en tres estilos, voces y timbres completamente diferentes. Y para aquellos que somos de tenores, es una motivación extra.



Calcetín del revés

Sorprendió el programa por su orden, no pues por contenido, típico y previsible. La mezcla de ópera, napolitanas y zarzuela fueron sus notas principales, pero se sucedieron, en esta ocasión, al revés. Cuando se está esperando un aria de ópera para iniciar la velada con un compás formal es en su lugar una napolitana la que encabeza el concierto, y dónde no extrañaría una romanza de zarzuela u otra napolitana, la ópera es la que se pasea con insultante descaro por el escenario.

Un orden diferente. Un concierto distinto en el que se da un cierto toque de originalidad. Un intento quizás de relajar al público “calentándolo” con notas ardientes y pasionales que nos hablan de Nápoles, de su sol ardiente, del mar, del amor, de los celos y también, del desamor, para concentrarlo estratégicamente con arias de ópera conocidas y raídas que siempre apetecen escuchar una y otra vez. Aquellas que, cual banda sonora, forman parte de nuestra cotidianidad, de nuestras rutinarias jornadas de trabajo, pero también de las de descanso y ocio.

En el programa entregado no figuraba quién interpretaba qué, por tanto, podíamos jugar en el público a hacer quinielas: esta para uno, esta para otro –intentando encajarlas según estilo y voz, pero también por preferencias personales, que todos tenemos, claro está.



Otro calcetín que también vino del revés fue, ni más ni menos que el inicio del concierto. Leoncavallo y su “Matinatta” en la voz de LOS TRES TENORES cuando todos esperábamos que se atacara de forma individual. Fue entonces cuando se adivinó de qué forma se sucedería el concierto: 1 de Tres Tenores, 3 de individuales. Y así se hizo. Así se cumplió.

El pistoletazo de salida a una sola voz fue con “Non t´amo più” del gran Tosti. Una bella y pasional napolitana que puede dar y ofrecer mucho juego al intérprete si se sabe frasear bien y hacer uso de los matices adecuados. Sonó bien en la voz del tenor catalán ALBERT CASALS, quizás con un tempo – opinión personal – demasiado ralentizado en una pieza que, por narración, admitiría un discurso más suelto, al igual que sucedió con la suave “Non ti scordar di me” de Ernesto de Curtis que cantó el también tenor ALBERT DEPRIUS cuyas notas y compás son perfectamente portables a compás de vals y éste, como rey de los bailes, hubiera agradecido una interpretación más ligada con un tempo diferente.

Otras directrices, otro aire fue el que marcó durante todo el concierto, en todas y cada una de las interpretaciones en las que intervino el otro tenor, el tercero en este primer bloque individual, y que responde al nombre de CARLES COSÍAS. Su “Dicitencello vuie” resultó impecable. Su tempo más suelto y su canto mucho más ligado. Supo sacar el temperamento a lo largo de la repetición en la segunda estrofa diferenciando de este modo el discurso de la primera sin caer en el recurrente error de dramatizar o lloriquear aquello que no lo requiere.



Y antes de centrarme en el segundo bloque conjunto que dio paso al segundo individual, hago mención a una curiosidad y es que, en un concierto donde dominó insultantemente la napolitana, se echó en falta el uso de la vocal neutra, que los tres tenores catalanes tienen, pero que no exhibieron. Si que alguna “neutrecilla” se le escapó para deleite mío a Carles Cosías, pero esto fue la excepción que rompió la regla cuando lo recurrente debía haber sido, con este género, lo excepcional.

Y sin neutra se cantó también a trío una de mis piezas preferidas y que realmente tocan mi alma, que no es ni más ni menos que “Musica proibita” de Gastaldon. Y cada vez me daba más ganas de ponerme a cantar con los Tres Tenores, tal como hago con los otros Tres Tenores. Debo decir, pero, que el reparto de las estrofas, de los más bellos momentos de estas piezas que los tres, dentro del terceto cantaban a nivel individual, no fue para nada equitativo en lo que a lucirse se refiere. Hecha aquí dicha manifestación continúo con cada uno de los intérpretes.


Al regreso de este clásico, siguió otra de las clásicas, valga casi la redundancia. La voz de CARLES COSÍAS volvía a deleitar con su “Una furtiva lagrima” una romanza que por estilo se adecúa mucho a su timbradísima voz. Matizando y alardeando de esos pianos “marca de la casa”, Cosías arrancó los primeros bravos de la noche de un público que, poco a poco, iba despertando después de sortear, con gusto, el grupo de las napolitanas. Solo el estrepitoso teléfono móvil de la señora que tenía al lado- y que no había manera de silenciar- estuvo a punto de deshacer el hechizo que el mago del escenario había conjurado y lanzado desde que, el maestro RICARD ESTRADA, hiciera sonar las inconfundibles notas que encabezan una de la arias de ópera más universales. Parece mentida que a estas alturas haya gente a la que se le olvide aún parar el teléfono.


Y el dichoso teléfono volvió a sonar en la siguiente pieza. Esta vez, el perjudicado, ALBERT CASALS que interpretó, pero con trampa, el aria “Quando le sere al placido”. De hecho es cierto que en el programa solo anuncia el aria (sin incluir el recitativo “Ah fede negar potesse”, si, cierto) pero para mí esta aria lleva indisolublemente la necesidad de interpretar antes este acertadísimo recitativo que, como tantos otros que salieran de la pluma del maestro de Busetto, me encanta. Una lástima no poder gozar del mismo. Quizás en otra edición. Voz correcta y adecuada para afrontar un aria dulzona y melodiosa, que tiende siempre también a ser ejecutada de manera demasiado lenta.


Y llegó, por fin la zarzuela con “No puede ser”, otro clásico de clásicos en cualquier concierto que se precie, y fue en esta ocasión ALBERT DEPRIUS el responsable de afrontarla. La voz es robusta y suficiente, el fraseo quizás no tan matizado, pero salió más que victorioso escuchando un aluvión de bravos, que como un tsunami, venían rápidamente desde lo más fondo de la platea hasta la primera fila.


Pero, si hubo alguien que se llevó ayer noche el gato al agua y sin necesidad de hacer exhibiciones de dramatismo innecesario para causar fervor al público con ecos veristas y arrancar de él ensordecidos bravos, este fue sin duda el tenor CARLES COSÍAS. Con todas sus piezas, sí, pero especialmente en este “Bella enamorada” – que borda y que ayer bordó excepcionalmente- de la zarzuela “El último romántico” de Soutullo y Vert. Por fraseo, por uso inteligente de recursos musicales, por sus pianos, por su gusto extremo a la hora de cantar, por sus matices, por su timbre y por su bella voz – que es de justicia decirlo y repetirlo y nunca me cansaré de hacerlo y difundirlo. Fue precisamente él con todo su arte quién emocionó a todos los allí presentes.

Es verdad que la romanza es bella, pero ¿qué sería de ella sino se ejecutara con una voz y estilo como los descritos? Cada uno de los presentes en el concierto, bien seguro tendrá una opinión completamente distinta.


Y finalmente, cerró la primera parte la popular “Granada”, con el trío de nuevo encima del escenario, en la cual se permitieron hacer más que merecida mención, entre broma y broma buscando crear un ambiente distendido, al maestro RICARD ESTRADA, también, de justicia. Sus manos deslizadas por las teclas blancas y negras del piano hacían las delicias del oyente mientras los intérpretes respiraban. Vaya piano… ¡Qué manos…!



Y siguieron volando las partituras…

“Qual piuma al vento”… Pues lo mismo.

En la segunda mitad del concierto, junto con el aire, se convirtieron en protagonistas. Ondeaban en el atril y la música ahí escrita volaba hasta aterrizar al suelo. Allí se quedaban hasta que Cosías – siempre le tocaba a él- las recogía. Trabajo extra añadido para él, si cabe.

Al son del inevitable “O, sole mio” los TRES TENORES abrieron la segunda parte prácticamente dedicada por entero a la ópera. Trinos de rigor ineludibles – a ver quién la hace más gorda y mejor y con cuánta duración- dieron paso a una de las arias más hermosas que se hayan escrito nunca.

Puccini, “Tosca” y su “E lucevan le stelle”. Combinación perfecta. Los dedos del maestro ESTRADA en el teclado reproducían la atmósfera necesaria. La noche, la luna, las estrellas… Y esta aria, con todos estos elementos, si se escucha al aire libre con el relente de la noche y su frescor, hace que nos transportemos. En ese momento, sólo existe la música. Evocar la noche cuando es de noche. Sentir la noche cuando es de noche y hacerlo al aire libre se convierte en algo mágico y muy especial. Es cuestión de vivirlo y sentirlo, así de fácil y esta aria es la mejor y más propicia embajadora para tal cometido.

Fue en esta ocasión ALBERT DEPRIUS quien personificó a Cavaradossi, el pintor enamorado de Tosca. La voz es adecuada para el papel, y el fiato exhibido, más que suficiente. Sin embargo, con ella y con sus otras dos intervenciones posteriores adolecieron de un dramatismo, que en la cantidad adecuada se agradece, pero que pasándose de su justa mesura, como hizo en algún momento para ir en busca del efecto y posterior arrebato del público, afea la interpretación, a pesar de estar bien cantadas.


Y siguió ALBERT CASALS con “Ah! Lève-toi soleil” del “Romeo et Juliette” de Gounod invocando el sol en medio de la noche. Su francés mucho más que correcto y natural, y la voz, adecuada para una pieza que domina por estilo. Su canto flotaba en el ambiente. Fue uno de sus grandes momentos del concierto, y su canto había adquirido ya un tempo mucho más equilibrado que en la primera parte.


Gounod dio la alternativa a Massenet, otro genio de crear ambientes simplemente con la descripción de su música y sin necesidad de que a la misma se le añada letra. Llegó el turno de CARLES COSÍAS con una interpretación estupenda del “Pourquoi me réveiller” del “Werther”, aria difícil y comprometida y que de nuevo, hizo las delicias del público. Agudos bien asentados en una pieza en que el fraseo y el matiz van unidos. Y de esto Cosías es buen sabedor y lo lleva a la práctica sin duda. Lanza y mastica bien las palabras, y su dicción impoluta ayuda a la excelsitud del intérprete.


Otra dosis de dramatismo en exceso que busca el efecto -pero muy bien ejecutado- fue lo que nos sirvió ALBERT DEPRIUS con su “Lamento de Federico”, otra de las grandes piezas que da mucho juego a la voz de tenor. Un aria donde las palabras son extremadamente importantes. Cada una de ellas debe lanzarse correctamente, y Deprius lo hizo, lo matizó bien, dando sentido a cada una de ellas. Voz que resultó interesante, adecuada así como su timbre.


Seguidamente, momento más de relax, y de nuevo los TRES TENORES se cantaron un maravilloso “Core´ngrato” de Salvatore Cardillo que precedió al primer hit de hits de la ópera. Y es que… ¿quién no ha escuchado jamás “La donna è mobile? Que levante la mano aquél que en alguna ocasión no la haya cantado bajo el chorro del agua caliente de la ducha.

ALBERT CASALS fue el Duque de Mantua. Su interpretación buena. Su voz adecuada aunque quizás un poco extremo el “pensier” final.


Y de Verdi a Verdi, y tiro porque me toca. Del “Rigoletto” a “I lombardi alla prima crociata” en la voz de CARLES COSÍAS, una pieza breve, quizás la menos difundida y menos cantada de un programa bien equilibrado. Cosías sacó a relucir de nuevo su gusto, su capacidad de adornar con la belleza de su voz una parte corta y poco agradecida.


Tocó la fibra ALBERT CASALS, con el que junto a su “Romeo” fue una de sus mejores intervenciones de la noche. “Rosó”, la bella “Rosó” con un dominio absoluto de la música y del fraseo, con un catalán impoluto y que no todo aquel que habla en catalán lo pronuncia adecuadamente. Casals, sí. Y aunque parezca fácil cantar en tu propio idioma, está más que demostrado que con una fonética inadecuada, con sones hablados inadecuados al hablar, cuando se traslada al cantado, el fraseo se resiente y adolece de la mala pronuncia.

Su discurso, excelente. Su voz, bien equilibrada. Su delicadeza, cuidada. Los aplausos, pues, cantados y merecidos. Bravo!!!


De catalán iba la cosa ahora. Entonces fue cuando ALBERT DEPRIUS nos ofreció su versión del “Pirineu” de la zarzuela “Cançó d´amor i de guerra” de Martínez-Valls. Al igual que su compañero Casals, destacar su neta dicción en catalán, la verdad es que un auténtico lujo escuchar así el catalán cantado. Una pieza que se le nota rodada, que no es la primera vez que la canta, vaya. Acometida con seguridad aplastante a pesar de que buscó de nuevo el efecto alargando quizás notas que – opinión personal- de forma innecesaria, pero, cada intérprete sabe lo que busca, lo que hace, lo que da y lo que ofrece. Ejecución mucho más que correcta y válida.


El concierto, valga a decir, oficial, se cerró con la divertida “Funiculì, funiculà” con las tres voces al unísono, pero nadie se creía que aquello finalizara allí. El público aplaudía, algunos de ellos de pie. No se escucharon muchas peticiones de bises porque parece que los mismos sean ahora de un obligado ineludible, como un apéndice más que se incluye o se exige ya en el concierto e incluido de salida ya en el precio de la entrada. Una cuestión más o menos como compartir unos minutos con el artista, pues hay público que cree o piensa que esto, también va incluido en la entrada.



El “otro” concierto

Seguían ondeando y volando partituras y el público allí agolpado no se iba y seguía también aplaudiendo.

Los bises no se hicieron de rogar y el primero, dedicado a Carlos Harttmann, organizador del Festival como regalo de cumpleaños, fue el “Nessun dorma”, el segundo gran hit del concierto.

Y de la China imperial, de nuevo a Italia, a Sorriento, con la bella “Torna a Surriento” con sus dos estrofas, y con los tenores relajados, sonrientes y con ganas de más, aunque lo que buscaban era el ruego del público.

Me llevé las manos a la cabeza en un gesto inevitable de incredulidad cuando escuché el piano del maestro Estrada las primeras notas del “Júrame” una canción que donde las haya destaca por belleza, por melodía, por lo que explica, por sentimental. Y por sentimental me tocaron la fibra de nuevo, puesto que esta canción era una de las preferidas de mí abuelo que, aunque esté en el cielo, ayer noche inevitablemente, como siempre, estuvo presente en el concierto. A mi lado. A nuestro lado. En la silla vacía de mi izquierda que separaba mi localidad de la de la señora del móvil. Para él la guardaban.

Un concierto de Tres Tenores. Un concierto especial por lo que significa para mí. Para nosotros. Para él. Por lo tanto, quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón al artífice de la elección de esta pieza, sea quien sea, eso no importa, y también a los tres intérpretes que seguro que hicieron con sus voces esbozar una sonrisa en los labios de mi abuelo. Gràcies, nois!!!

Pero no quiero concluir este bloque sin hacer mención a la ejecución del cuarto intérprete, que es el piano del maestro ESTRADA que mientras en el “Júrame” los artistas tomaban aire, el maestro nos puso el vello de punta con las notas en solitario que preceden de nuevo las voces de los intérpretes.


Y entre tantas partituras que tenían encima del atril… Tantas que habían volado… Tantas que se habían recogido… Tantas… Tantas, que acabaron con otra versión del “O´sole mio”, trinos de nuevo, broma incluida. Un guiño a la complicidad con una pieza final que arrancó en esta ocasión una carcajada a un público que gozó de más de dos horas de música con tres voces estupendas acompañados por un pianista de auténtico lujo.



¿Y no os preguntáis…?

¿Dónde acabó el móvil en la segunda parte?...

Curiosamente dentro de un tiesto gigante para que no molestara. No sé si llegó a sonar o no. La cuestión es que no molestó más. Ignoro si se quedó allí o la señora lo recogió. Eso… jamás lo sabremos.


domingo, 7 de agosto de 2016

“Papá Germont" gana de nuevo la partida…



¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya de una ópera – de una gran ópera- como lo es “La Traviata?
Sobran las explicaciones y las aclaraciones. Una obra maestra mundialmente reconocida y archirepresentada de punta a punta del mundo. No hay temporada en que en algún teatro, por pequeño que sea, que no se represente esta singular y querida ópera, sin duda, una de las preferidas del público.
Y de nuevo Verdi volvió a sonar en el antiguo teatro romano de Orange. Un marco que se ha convertido, al igual que hace años lleva haciéndolo la Arena de Verona, en un referente estival dedicado a la ópera. Y para la ocasión, encabezaba el reparto – al menos era uno de los reclamos principales- nuestro tenor, ahora reconvertido en barítono, Plácido Domingo.

Intento de elegancia
Es difícil en nuestros tiempos, y cada vez más desde hace años ya, que lo recurrente se convierta ahora en excepcional, y ello se traduce en ver una ópera con vestuario y escena adecuados a la época en la que transcurre el libreto.
Si bien en esta ocasión el encargado de vestuario DIEGO MENDEZ CASARIEGO evoca ecos pasados, lo cierto es que el vestuario acaba siendo monótono, de líneas sencillas pero efectivas, donde el rojo y el negro, dominan completamente la escena. Solo un toque de la pureza del blanco salpica la escena: las camelias blancas, combinadas con el rojo pasión del vestido que Violeta luce en el primer acto, así como también con el negro de rigor – sinónimo de elegancia- que viste la protagonista en la segunda escena del segundo acto.
Para ellos, indiscutiblemente el frac. ¿Más símbolo de elegancia? Imposible. Como también, elegante es el vestuario que se enfunda Germont padre. Todo ello, parece una mezcla de épocas. Tallaje moderno que sin embargo se amalgama correctamente con un ambiente de clase social alta propia de hace siglo y medio. Sin duda, un poco de desequilibrio entre lo masculino y femenino, pero, se acepta.
¿La nota discordante?
Sí, la hay. El quimono de Violeta para el segundo acto. Una pseudo-gheisha japonesa para una verdadera cortesana parisina.

La dirección del maestro DANIELE RUSTIONI está a caballo entre lo tradicional y lo moderno, y combina tempi rápidos contrastando con algunos más lentos, sobretodo en las arias de los protagonistas. Claro ejemplo el “È strano…” de Violeta y el “Lunge da lei” de Alfredo, así como en el “Di Provenza” ejecutado un poco a la medida de su intérprete, haciendo de la misma, el gran hit de la representación del día 3 de agosto.
Volumen justo, quizás falto un poco más de pulsaciones y emotividad, supo secundar correctamente a los cantantes sin erigirse en protagonista.

Violeta y Alfredo
De entrada, y para un primer acto donde la música escrita para la soprano es mucho más ligera y menos dramática, la voz de la soprano ERMONELA JAHO no me pareció para nada adecuada. Un timbre quizás demasiado oscuro (o que ella oscurecía hasta sonar engolado) y pesado, que hacía temer, en un momento inicial, el ataque adecuado de todas las coloraturas que debe salvar en su cierre triunfal del primer acto. Sin embargo, las mismas fueron sorteadas con habilidad pero sin sensibilidad. Intentaba el cambio de narración tentando cambios en su fraseo, pero sin llegar a ofrecer un diálogo lo suficientemente emotivo.
Mejoró, incluso el color, a partir del segundo acto, donde creo, estaba más cómoda y donde la voz no oscurecía tanto. Es un instrumento con medios y los tiene y luce para ser Violeta, pero Violeta es algo más que una voz, y que en ningún momento requiere de una interpretación, quizás a ratos, un poco exagerada y con unas notas al extremo de la estridencia.
Poca química artística con su Alfredo de turno y vista siempre al infinito, construyó bajo la apariencia de calidez una Violeta fría y distante.



FRANCESCO MELI no es que sea una gran voz. No. Intenta sutilezas y medias voces, de las que sale, en cierto modo, victorioso. La voz es agradable a pesar de que algunas notas son atacadas con un poco de rudeza, y aun así, sigue sonando bastante bien. No emocionó en ningún momento. Alfredo requiere de dulzura – que posee en cantidades comedidas-, también pasión –que le pone sin llegar a cotas altas-, y cómo no, emotividad y sensibilidad – quedándose un poco a medio camino- y a la sombra sobre todo en las escenas conjuntas, donde coros y Violeta junto a Germont padre, cual tsunami, ahogan su voz.
De todos modos su Alfredo vocalmente es digno a pesar de que a nivel artístico la caracterización del personaje brille por su ausencia.

Il tempo avrà fugate…
Ha podido pasar el tiempo. Sí. La voz puede haber perdido el brillo fulgurante de antaño. El color ha cambiado intentando oscurecer una voz de tenor – aún presente- para abocar todas las energías a una tesitura de barítono.
Sí. “Il tempo avrà fugate…” pero la figura del grande, del grandísimo PLÁCIDO DOMINGO  sigue levantando pasiones – y también ampollas a sus detractores que los hay, y desgraciadamente muchos, muy a mí pesar.
Pero sin lugar a dudas quien volvió a acaparar la atención de la obra fue sin duda el madrileño, cuyo estado vocal es realmente sorprendente, si se compara, así por encima, de un año para aquí.



Sonó una voz firme, bien asentada, con un fraseo excepcional – marca de la casa y de la que siempre ha hecho gala- bella donde las haya, y segura. Como seguro y relajado se notaba al intérprete ya desde su entrada triunfal con su particular “Madamigella Valery”. Sorprendida, emocionada y contenta de escucharle en tan buena forma, pues parecía cantar cómodamente y sin esfuerzo aparente. Sólo quizás en su cabaletta  “Non udrai rimproveri” rozó un poco el cansancio de una pieza que requiere un pellizco de rapidez y control brutal de respiración, pero que ejecutó con aires de perfección.
Su voz sigue imperando ya en el momento en que sube al escenario y continua manteniendo volumen y timbre que, aunado con su parte escénica, hacen que Domingo componga de Germont uno de sus actuales caballos de batalla. El personaje le va estilísticamente hablando y también físicamente, siempre elegante y de porte aristocrático.
Se puede decir lo que se quiera de este gran artista. Para gustos, los colores. Pero Plácido Domingo sigue emocionando, sigue arrastrando al público a los teatros, y lo más sorprendente de todo es que su estado vocal es, para su edad, es sumamente impresionante.
¿Retirada?
¿Para qué? Si cada vez que lo escucho le encuentro mejor… Realmente el pacto hecho con el diablo está dando y con creces, su fruto. Disfrutemos de lo que nos da ahora. Poder gozar de sus coletazos, para nada finales, es un regalo que nos da este excepcional artista.



sábado, 9 de julio de 2016

La bohème a la fresca


La de ayer en el Liceu era la segunda de las dos representaciones de “La bohème” de las que he podido escuchar este año, la primera de forma presencial en Antibes y la segunda, gracias a Dios, a través de la televisión.

Irrisorio que para gozar de estos espectáculos tengamos que esperar de un año a otro. Es en julio, cuando el calorcito del incipiente verano que acaba de instalarse en nuestras casas empuja a sacar la ópera a la calle para que todo el mundo, para duchos en la materia, para los que están entrando y para aquellos que jamás han visto una ópera puedan disfrutar o descubrir este arte inmenso y tan grandioso junto a aquellos que la amamos tan generosamente y por el cual hace años que nos dejamos seducir: por sus melodías, por las más bellas obras y por las voces de artistas de primera línea que nos visitan en nuestras respectivas ciudades y teatros.

Con “La bohème a la fresca” – bajo este ideal título- el Gran Teatre del Liceu saca cada año la ópera a la calle y en esta ocasión ha aumentado y de forma considerable el número de ciudades y municipios catalanes que se han sumado a tan acertada iniciativa. Hasta 121, incluyendo territorios de Catalunya y también en Menorca. Sin duda alguna, cualquier ocasión es buena para compartir durante dos horas una música como la que dejó escrita el maestro de Lucca. Y una ópera que, a pesar de las altas temperaturas de la noche barcelonense, abriga -si una ya puede inmiscuirse desde el minuto uno en la historia- un ambiente frío, nevado, con rachas de viento y olores típicos y propios de la noche previa al día de navidad. No dejas por ello, claro, de tener menos calor, pero ver nieve aunque sea de mentira en pleno mes de julio alivia o nos ayuda a aliviar un poco el bochorno que estamos sufriendo estos días.





Bohème en los años 30

La dirección de escena de JONATHAN MILLER nos traslada la historia al París de los años 30.

Soy defensora de las puestas en escena clásicas, siempre lo he sido, y me temo que siempre lo seré. No obstante, también me gusta reconocer cuando la modernidad se pone al servicio de lo clásico y, con un lavado de cara, no se desvirtúa la música ni distrae para nada al oyente, pues cuando ocurre lo contrario, apaga y vámonos.

Cuando se entra en el juego de que el director de escena quiere explicar… pues por ahí como que no. Las óperas hace más de 200 años que están escritas y explicadas. “Ya me sé el argumento Sr. Director de escena de turno, por favor, no se moleste a hacer interpretaciones y a pensar por mí. Gracias.”

Sin embargo ayer la puesta en escena que propone Miller me gustó, claro que una Bohème tiene que estar muy mal concebida para que las cosas no cuadren. Me gustaron los decorados, me gustó el vestuario, la escenificación, el juego de luces y el aprovechamiento de espacios que iban cambiando a medida que iba transcurriendo los diferentes actos. Un simple giro, y la historia seguía su propia narración. Con continuidad.

Cuando las cosas se hacen con estilo, y con sentido, me quito el sombrero. La historia de la vela que se enciende y se apaga se resuelve con un apagón de la luz eléctrica y la buhardilla bohemia queda en la penumbra de la noche iluminada por los rayos de la luna. El café Momus aunque pequeño recrea el espacio idóneo. Un poco más de nieve quizás para el tercer acto hubiera venido bien y justa y adecuada la amarillenta luz de la primavera que se cuela por los acristalados ventanales de la buhardilla.

Por tanto, esta Bohème liceísta tenía, a priori, todos los ingredientes necesarios para arrastrar a los aficionados al teatro y a los diferentes espacios en los que se proyectaba la ópera en pantalla gigante. Y también a aquellos que seguimos la función por la televisión.

Vestuario correcto y bonito, patrones elegantes de los años treinta así como también los peinados, y sobretodo, debe comentarse que todos, todos, cuadraban con los personajes: la juventud se adueñaba de los cuatro bohemios protagonistas. Sus movimientos eran flexibles, espontáneos. Actuaban. Daban el tipo, como coloquialmente se dice.



No del todo Puccini

Es mucho lo que se espera, a nivel musical, de una ópera como “La bohème”. Brillo, pasión, sentimiento, lirismo, y cómo no, temperamento, carácter, dulzura y dureza.

Poco de lo aquí definido, a mi parecer, encontramos en la dirección orquestal de MARC PIOLLET, aceptable aunque sin tan siguiera rozar la barrera que separa lo cotidiano de lo extraordinario, quedando un poco a segundo plano. Una lástima para una partitura que encierra mil y un detalles y posibilidades de expresión.





Me sorprendió el Rodolfo de SAIMIR PIRGU que junto al Marcelo de Gabriel Bermúdez y de la soprano ucraniana Olga Kulchynska destacaron en la función de ayer noche.

La voz del tenor albanés es agradable y firme, e intenta sutilezas y medias voces que funcionan cuando, las hace, distinguiendo al artista que tiene la voluntad de sortear y dejar de lado un canto demasiado plano para Rodolfo. Su voz llega a los agudos aunque me falta expresividad y una pizca de dramatismo que compensa con una actuación escénica creíble al lado de una Mimí con la cual jamás tuvo un ápice de química. Él lo intentaba, la miraba, actuaba pero la faz de la soprano italiana siempre estaba en dirección contraria.





ELEONORA BURRATO, o lo que es lo mismo, ayer noche Mimì, está dotada de una voz interesante, por timbre y por buenos centros, con agudos seguros y bien proyectados, pero... Pero no logró transmitirme nada a lo largo de toda la función, y esto en un papel como el interpretado cuesta de digerir y si a eso añadimos, como decía, la falta de química con Pirgu… Quizás en otra función, con otro tenor, en otras circunstancias, logre convencerme más porque el material es bueno. Lo espero firmemente.





Me gustó ya desde su primera intervención el barítono madrileño GABRIEL BERMÚDEZ,  una voz robusta, bien timbrada con la que dotó de apabullante dignidad un personaje para nada fácil que, aunque segundón de Rodolfo, tiene muchos grandes momentos de protagonismo en la ópera. Su interpretación artística me gustó y con Musetta había mucha más compenetración. Aquella que no supe saborear en la pareja protagonista.




OLGA KULCHYNSKA puso voz a la coqueta y pizpireta Musetta, un personaje por el cual no siento especial predilección a pesar de que canta una de las arias de ópera más bellas jamás escrita. Voz interesante y musical que no flirteó en ningún momento con el grito que muchas otras suelen visitar y desgraciadamente con mucha frecuencia cuando afrontan este role.

Amén de una figura extraordinaria, la soprano ucraniana logró hacerme disfrutar en su genial escena del segundo acto, pero sin embargo estuvo un tanto apagada en el tercero y cuarto.

Del resto de Bohemios, todos cumplieron con corrección y acordes a las indicaciones musicales y de escena.

Sin ser “La bohème” más maravillosa de mi vida, una “Bohème” es siempre una “Bohème” y Puccini es siempre Puccini. Hacerle ascos, sería un gran dislate. Hacérselos a la digna representación de ayer, también lo sería, cuando a nivel general se disfrutó de una mucho más que digna versión.


miércoles, 6 de julio de 2016

¡Qué lujo de temporada 2016-2017 en Sabadell!


Contrariamente. Contra todo pronóstico. Este año los sabadellenses estamos de enhorabuena pues hemos conocido a principios de julio los distintos repartos de las óperas que se representarán la próxima temporada 2016-2017 en nuestro Teatre de La Faràndula. Desvelado el suspense que para mí supone cada año tener que esperar hasta septiembre para saberlo, ahora, con esta estupenda perspectiva, se me hará largo tener que aguardar las fechas de estreno de cada una de ellas, pues en definitiva todas son interesantes por un motivo o por otro.

La temporada 2016-2017, se puede definir como equilibrada y bien escogida, a la par que inteligente. Mozart, Puccini – como no, nuestro querido Puccini que no nos falte nunca- y Bizet. Y en el mes de noviembre las “Goyescas” de Granados, en la que intervendrán el barítono CARLES DAZA, y junto a él, las voces de MARTA MATHÉU, ALBERT CASALS y LAURA VILA, bajo la dirección del maestro RUBÉN GIMENO.

Aunque atractivas todas ellas, continuo haciendo una vez más una reivindicación a la ASSOCIACIÓ D´AMICS DE L´ÒPERA DE SABADELL y que apunta, como siempre, hacia nuestro género propio que, desgraciadamente, otro curso más, vuelve a no tener cabida en Sabadell. Me estoy refiriendo, claro está, a la zarzuela.

La zarzuela gusta y llena el teatro. Entonces me pregunto yo, ¿por qué ese empeño en no programarla? ¿Por costes? Quizás sí, y su motivos – que desconozco- tengan desde la A.A.O.S pero siempre se puede recurrir a versiones en concierto, que también funcionan y además bien, o en su caso, a conciertos en los cuales se repasen las mejores páginas del repertorio zarzuelístico, innovando, que hay mucha y muy bonita música para que el público conozca y sin la necesidad de tener que recurrir a las mil y una veces ya interpretadas piezas. Solo falta el empeño, las ganas, la ilusión. Si se quiere, se puede.

Como ya vengo haciendo cada temporada, aquí queda mi petición. Un voto para nuestra zarzuela, por favor, que es querida a lo largo y ancho del planeta.





Y para empezar… un Mozart

Casi hecho con pícara alevosía, y en fechas más que idóneas y propicias, regresa al escenario vallesano -después de unos cuantos años de ausencia- el mito de “Don Juan Tenorio” que se estrenará a finales de octubre y se mantendrá en cartel por diversos teatros catalanes hasta mediados del mes de noviembre.

“Don Giovanni”, quizás la obra maestra del compositor salzburgués contará en esta ocasión para su papel protagonista con una de las mejores voces que han salido de la cantera sabadellense, el barítono CARLES DAZA que debuta este papel en nuestro teatro después de haberlo ya interpretado en una plaza como el Teatro Campoamor de Oviedo y con notable éxito.

Un papel exigente, largo y comprometido al que el barítono catalán imprimirá su sello y características propias, y quien desde hace ya mucho tiempo, la A.A.O.S confía roles que suponen, más que una consolidación del artista una confirmación de sus facultades vocales que han ido mejorando y ampliándose a lo largo de todos estos años. Sin duda, nadie debería perderse esta gran oportunidad que se nos está brindando la A.A.O.S para con este intérprete.

A su lado, TONI MARSOL pondrá vida a Leporello y Donna Anna será intepretada por NÚRIA VILÀ. En esta ocasión, a diferencia de la edición anterior, el papel de Don Ottavio se ha confiado al tenor DAVID ALEGRET, mientras que será EUGÈNIA MONTENEGRO  la encargada de afrontar a Donna Elvira, y la joven SARA BLANCH encarnará a la pizpireta Zerlina. El Masetto de JUAN CARLES ESTEVE y el Comendador de SINHO KIM completan el reparto. Todos ellos bajo la batuta del maestro DANIEL GIL DE TEJADA  con la puesta en escena de PAU MONTERDE.

Este inicio de temporada supone una gran ilusión y un preludio del lujo y brillo que tiene este año.





“Sei splendida e lucente…M'esalto! E n'ho il perché!

Y efectivamente espléndida, luciente y perfecta es la segunda de las grandes óperas que se verán esta temporada. Así reza en el libreto cuando Lescaut se refiere a su hermana en el segundo acto, cuando la ve envuelta de riqueza y lujo. Así lo parafraseo yo para introducir una de las mejores y más excelentes óperas que salieron de la pluma del compositor de Lucca. Pero además, es que aquí, en esta frase, se encierra quizás uno de los momentos más bellos que, para esta ópera, Puccini escribió para el barítono.

Su primer gran éxito, “Manon Lescaut”, es una ópera que nunca se ha representado en nuestra ciudad y a nivel personal, constituye para mí, el bombón de este año. Sus funciones se iniciarán durante el mes de febrero, y que, al igual que “Don Giovanni” también desfilarán por varios teatros de Catalunya.

En cuanto al reparto, pues de nuevo de lujo. Nos visitan otra vez la pareja formada por MARIBEL ORTEGA y ENRIQUE FERRER quienes el año pasado ya nos impresionaron con su Desdemona y Otello respectivamente, por tanto, el éxito está asegurado. La musicalidad de Maribel Ortega al servicio de la pasión y arrebato de Enrique Ferrer.

Pero… es que tiene más peros esta “Manon Lescaut” – y advierto de nuevo aunque sea muy redundante- nadie, absolutamente nadie, debe perderse. ¿Motivos? Pues muchos. Podría ahora hacer alardes de sus inspiradas melodías, de la pasión que se encierra en el entrallado del pentagrama, sus músicas que tan bien retratan y definen los ambientes, personajes excelsamente perfilados, verismo al servicio del goce de los más viscerales oyentes. Y continuaría con su descriptivo y brillante intermezzo, y un cuarto acto que te levanta de la silla y… No acabaría…

Pero como decía, hay otro elemento de esta “Manon Lescaut” que me motiva especialmente y es el lujazo de poder escuchar a CARLES DAZA – por tercera vez en esta temporada- en un papel que creo que a un cantante como él le va como anillo al dedo. No es un personaje, Lescaut, que sea largo o que cante mucho, se limita a ser un espectador de lujo de los acontecimientos aunque también tiene su corazoncito, pero la verdad es que este gran momento suyo – que servía como separador para introducir esta “Manon Lescaut” – es el instante en que se puede lucir y mucho. Y Carles aquí auguro que lo va a hacer así. No me cabe la menor duda.

El “Sei splendida e lucente” viene precedido de un momento en que la música describe a la perfección el mundo volátil y frívolo de palacios fríos y dorados para dar paso a esta aria del barítono que se encadena con la no menos bellísima “In quelle trine morbide” de la soprano y que muere en un apasionado dueto lírico que nos retorna la frialdad del resplandeciente oro del cual es víctima Manon, por ambición desenfrenada.

Siempre he dicho que me encantaría escucharle este fragmento porque es una voz bonita y fresca, que además frasea bien dando siempre la intención adecuada. Ahora por fin podré escuchársela, pero para ello, tendré que esperar hasta el mes de febrero. Carles Daza, un artista que he visto nacer profesionalmente en Sabadell y al quien vengo siguiendo su carrera desde aquél entonces. Me convenció en su día con su Silvio, cuando corría el año 2005. Ahora, 11 años después, con la voz más madura, no tengo la menor duda de que lo mismo hará con este personaje.

Junto al triunvirato ORTEGA-FERRER-DAZA, a su lado, el Edmondo será interpretado por el tenor CARLES CREMADES, mientras que el recaudador Geronte di Ravoir se ha encomendado a JUAN CARLES ESTEVE y el maestro de baile a otro gran conocidísimo de la casa, CARLES ORTIZ.

Con ellos, batuta en mano del maestro DANIEL GIL DE TEJADA, mientras que la producción y dirección de escena está al cargo del tándem JORDI GALOBART – CARLES ORTIZ.

Auguro éxito para esta “Manon Lescaut”… contando los días ya para que llegue el mes de febrero.





Y la más popular

Este honor se le concede esta temporada a la archiconocida y muy representada “Carmen” de Bizet, en la que de nuevo repiten JORDI GALOBART - CARLES ORTIZ en la escenografía, aunque será el maestro SANTIAGO SERRATE quien esté al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS.

Y entre las repeticiones anda el juego esta temporada, porque ENRIQUE FERRER colgará en el perchero las vestiduras de Des Grieux para enfundarse el uniforme de los Dragones de Alcalá y poner vida y voz a Don José, personaje que, lo mismo que sucede con su Des Grieux, tengo muchas ganas de escucharle. Y ya puestos a pedir… el año pasado fue “Otello”, este “Des Grieux” y “Don José”… Y para el que viene… ¿Por qué no cerrar el círculo con Cavaradossi, otro de los personajes por el que tengo especial estima? Al igual que hacía con la zarzuela al principio de este artículo, aquí dejo por escrito el deseo. Lo más difícil, que se cumpla.

Interesante, y mucho, será también la incursión de LAURA VILA con la Carmen. La mezzosoprano regresa al teatro de la Faràndula de Sabadell con un gran personaje al que puede dotar de múltiples matices y expresividad. La voz es musical y el fraseo excelente. Tengo ganas de saber cómo enfoca y afronta este gran, gran papel.

Al lado de ambos, la musicalidad de la soprano MAITE ALBEROLA que será nuestra Micaela en esta ocasión y de nuevo TONI MARSOL en el corto, pero comprometido papel-bombón que es ni más ni menos el role de Escamillo.

Completan el reparto CARLOS PACHÓN, BEATRIZ JIMÉNEZ, ASSUMPTA CUMI, JORDI CASANOVA, JOAN CARLES ESTEVE y JOAN GARCIA GOMÀ.

Estas funciones darán comienzo en el mes de mayo, y al igual que las dos anteriores, también se podrán disfrutar en otras ciudades de la geografía catalana.



En resumen una temporada completa y con gustos para todos, para aquellos que adoran las melodías de Mozart y para los que amamos el verismo. Obras populares con repartos de auténtico lujo que harán de esta estación un año memorable para la A.A.O.S y para Sabadell.