sábado, 8 de junio de 2013

Conociendo a Jessica Pratt


Introducción: Australia y Jessica Pratt


No cabe la menor duda de que Australia es un gran país. Allí todo es grande: grandes espacios, grandes mares, amplia tierra que está dotada de diversas rarezas geológicas…

Quizás no sea un país con gran tradición operística ni de melómanos enfervecidos, pero de esas lejanas tierras han surgido, curiosamente, grandes voces de soprano. ¿Quién no recuerda a la gran Joan Sutherland?, quizás uno de los exponentes más importantes del fenómeno operístico australiano y tristemente desaparecida el pasado 10 de octubre de 2010.

Todo el mundo lloró a esa gran dama del escenario, una extraordinaria soprano de coloratura que hacía fáciles las difíles notas que encierran las partituras belcantistas y ello sin esfuerzo aparente, contribuyendo, con su arte, al renacimiento del belcanto alrededor del mundo.

Pero ha habido muchas otras voces que han abanderado a los australianos, algunas de ellas, responden a los nombres de Florence Austral, Marjorie Lawrende, Nelly Melba o Lisa Gasteen. En todo caso, Australia puede sentirse orgullosa de ellas, como ahora puede estarlo de la voz de Jessica Pratt que ha cogido el relevo de todas ellas, pisando con fuerza los escenarios internacionales inmersa en el repertorio belcantista y rossiniano, flirteando también, de vez en cuando y puntualmente, con la ópera mozartiana.
 

 
 
Inicios y estudios musicales. Maestros.

Jessica nació en Bristol el año 1979 pero se crió en Australia. Su padre, es tenor y fue con él con quien inició sus estudios musicales siempre haciendo caso de los consejos y lecciones que le brindaba.

La soprano pues, pertenece a una família con tradición musical, asímismo su hermano y hermana también cantan y escriben música además de haber estudiado con instrumentos de viento durante su niñez. Ella misma estudió tromba, y ello le ayudó a desarrollar su técnica respiratoria y dominio del fiato.

Un marco así de musical propició que Jessica no tuviera que plantearse en ningún momento a qué se dedicaría: siempre había cantado, desde su niñez, y por lo tanto, inmiscuirse profesionalmente en el mundo de la ópera no era una opción a valorar, sino que era, y fue, un hecho. Nunca se planteó si tenía o no una voz, porque el instrumento ya lo había encontrado siendo aún una niña.

Siguió estudiando con grandes nombres, tales como Joan Sutherland o Renata Scotto, pero es en la técnica, la base de toda una carrera musical, en la que siempre ha encontrado apoyo junto con las enseñanzas paternales.

Con esta última, con Scotto, tuvo la oportunidad de realizar un curso de perfeccionamiento en la Academia Nacional de Santa Cecilia, pero antes, había ganado una bolsa de estudios, en 2005 que le permitió estudiar con Gianluigi Gelemetti en el Teatro de la Ópera de Roma.

Jessica Pratt recuerda con cariño su experiencia con la soprano italiana, porque la considera una verdadera maestra, cuyos puntos de vista respeta y comparte. Cantar – dice Jessica Pratt-  es cuestión de hacer a diario ejercicios vocales, tiene que entrenarse la musculatura para poder hacer simples las dificultades que se esconden en las partituras. Si ésta no se ejercita cada día, no se puede cantar las incantables coloraturas y, para que el canto suene natural, solo se consigue con estudio constante y diario.

 
Concursos. Debut profesional.

Jessica Pratt ganó en el año 2003 el “Australian Singing Competition” y fue asimismo galardonada en 2007 en el curso del “Opera Foundation Australia Vienna State Opera Award”.
 
 
 

A partir de allí empezó a despegar su carrera debutando en 2007, con el role de Lucia di Lamermoor de la ópera homónima de Donizetti, a los que fue añadiendo papeles propios del belcanto como “I Puritani” en la ópera de Toulon pasando a un estilo completamente diferente al afrontar una de las “muchachas flor” del “Parsifal” wagneriano en la Wienner Staatsoper, para después debutar la Desdemona del “Otello” de Rossini en el Wiedbad Rossini Festival en 2009 y hacer lo propio en 2010 en el Covent Garden londinense con la Reina de la noche de “Die Zauberflöte” de Mozart.

Grandes teatros. Poco a poco Jessica Pratt ha ido escalando y cantando en teatros de primera categoría, el citado Covent Garden es un ejemplo de ellos, pero en su curriculum figuran coliseos de la talla de la Ópera de Viena, la Scala de Milán, el Festival Rossini de Pesaro o la Deustche Oper de Berlín, entre otros y ha sido dirigida por maestros de la talla de Nello Santi, Kent Nagano, el recientemente desaparecido Collin Davis o Christian Thieleman.

 
Rigoletto en su vida

A pesar de los estilos en los que ha trabajado Jessica Pratt, la Gilda del Rigoletto ha sido y es uno de los roles que más satisfacción le ha dado en los últimos años. Así pues, debutó este papel en el Festival de Como en 2009, y repitió en 2010 en las Termas de Caracalla, pero quizás unas de sus más aplaudidas interpretaciones como hija del bufón del Duque de Mantua tuvo lugar el 2012  en el Teatro Regio di Parma al lado de uno de los más laureados y aplaudidos Rigolettos, el barítono italiano Leo Nucci, una voz que a sus años, continua dominando el papel y sigue transmitiendo emoción en cada una de sus notas emitidas.

Cuando pregunté a Jessica Pratt lo que sintió o aprendió al trabajar con alguien de la categoría de Leo Nucci, su respuesta fue la siguiente:

“Fue una experiencia maravillosa trabajar con Leo Nucci en Parma. El público se entusiamó tanto que en cada una de las representaciones solicitaron, noche tras noche, que se bisara la “Vendetta”. Siento realmente admiración hacia Leo Nucci, tal como Gilda la siente por su padre. Además cantar con él es muy natural porque siento que realmente es Rigoletto y es fácil para mí, en estas condiciones, ponerme en la piel de Gilda. Es también un brillante actor lo que te permite reaccionar siempre de manera diferente a las palabras y a sus gestos, porque no hace ninguna representación igual y eso las convierte en especiales.”

Jessica Pratt ya demostró en su “Rigoletto” parmesano que tiene capacidad de comunicar además de poseer una técnica trabajada y una buena línea de canto, todo ello la hace idónea para afrontar el más variado repertorio belcantista, tal y como ha hecho desde su debut profesional con Lucia.

 
 

Valoraciones: la expresión en el canto y el fenómeno de brillantes y fugaces carreras.

Como aficionada a la ópera que soy siempre me ha preocupado la expresión del cantante, el saber transmitir sentimientos con la voz y que ellos sean a la recíproca. No puedo emocionarme con algo si la voz en cuestión no lo hace.

Una de las cosas más difíciles de conseguir es que el cantante, cuando canta, se olvide de que en realidad lo está haciendo. Pero gracias a Dios hay voces que lo logran.

Pregunté a Jessica Pratt si en pro de la expresión ella sacrificaría alguna nota, y la soprano contestó lo siguiente:

“La expresión es la razón por la cual cantamos y actuamos. Las notas no necesitan ser sacrificadas en pro de la expresión, la expresión viene, se consigue con el fraseo y con el color adecuado en cada una de las palabras. El uso y el control de la respiración así como la técnica, proporciona al cantante la total libertad de movimiento y de expresión cuando está encima del escenario.

Si nos centramos en el belcanto, he podido encontrar que cuando una nota está fuera de lugar o se sacrifica, no crea expresión. En el belcanto la emoción se desarrolla de forma lenta, es más de reflexión pero para mí es mucho más fuerte.”


Jessica Pratt goza de una buena voz, además de un físico extraordinario, una figura esbelta y unos bellos rasgos, por ello, quise preguntarle qué valoración hace, o qué opina, acerca de fulgurantes carreras que se hacen en un plazo de 4 o 5 años secundadas por grandes campañas publicitarias y en base a intérpretes que poseen una belleza fuera de serie, más propia de los artistas de Hollywood que de escenarios operísticos. Creo que a todos nos viene en mente la injusticia que se hizo en el Covent Garden con la soprano Deborah Voigt y con tantos otros, cantantes no tan conocidos, que sufren a diario no medir lo suficiente o tener algún kilo de más.


“No podemos y no debemos intentar competir con Hollywood. Tenemos diferentes maneras para conmover al público y eso es la música. La gente no se acerca a la ópera para ver lo que cada día puede ver en el salón de su casa a través de la televisión, sino que vienen a la ópera para ver algo especial que los conmueva, con la música, la poesía y el arte.
Sobre el fenómeno de las carreras cortas es a menudo una fatal coincidencia entre la codícia y la ignorancia de los agentes y cantantes, un síntoma de nuestra sociedad que lo quiere todo fácilmente en un instante y tiene poca voluntad de trabajar durante muchos años hacia un objetivo sólido.”
 
Su debut en España e hitos futuros.
 
El próximo 20 de junio, Jessica Pratt debuta en España, y lo hará nuevamente afrontado el role de Gilda al lado del Rigoletto de Leo Nucci y del Duque de Mantua de Celso Albelo, una oportunidad para ver a la soprano australiana en nuestro país.
La cita será en Sevilla, en el Teatro de la Maestranza, y se prolongarán las respresentaciones, con un doble reparto, hasta el día 29 de junio, y en las que Jessica Pratt intervendrá en las funciones de los días 20, 23, 26 y 29 y en las que estoy segura, conseguirá, un gran éxito.
La producción proviene del Teatro Regio di Parma con dirección escénica de Stefano Vizioli, todos bajo la batuta del maestro Cristobal Halftter.
 
 





Entre sus proyectos a corto plazo tiene previsto en septiembre una “Sonambula” en Bari y su debut en el papel de Ines de la ópera “La Africana” de Meyeerber durante los meses de noviembre-diciembre en el Teatro de la Fenice en Venecia.

Deseamos a Jessica Pratt lo mejor en todos estos difíciles cometidos.

 

jueves, 6 de junio de 2013

¿Qué está pasando con los tenores?

Precisamente esta era la frase que el pasado jueves por la tarde se hacía, en voz alta, una persona a la que quiero y aprecio muchísimo, y a la que, estoy segura, no le importará que haga mías sus palabras y las utilice como título de entrada de este post.
Siempre se ha dicho que los tenores son una especie en extinción: sí, surgen voces nuevas cada día, pero entre ellas, muy pocas llegan a grandes niveles de excelsitud.
Cada generación emite el mismo juicio: “cómo este no va salir ninguno más”, pero el tiempo, acaba desmintiendo dichas sentencias. Sólo el tiempo.
Si actualmente tuviera que destacar voces tenoriles, creo que hay dos que merecen ser nombradas, y los voy a enumerar por orden de edad: Roberto Alagna y Jonas Kaufmann.
Creo que los dos, con permiso de un señor que se llama Plácido Domingo, son los máximos exponentes de la lírica actual, cuyas voces son disputadas por los teatros más importates del mundo, los que más seguidores tienen y porque – es la triste realidad - no hay otros en activo que puedan afrontar, con cierta garantía, sus respectivos repertorios.
 
 
 
Expuesto esto, pero, me gustaría hacer una reflexión que siempre he hecho como aficionada, y la cual me gustaría que, ellos como artistas, como cantantes, como personas que tienen el don de hacer emocionar a las gentes con la fuerza de sus voces se hicieran solo de vez en cuando.
Cuando un cantante firma un contrato, a tres, cuatro e incluso a cinco años vista, quedan comprometidos con un teatro y con una ciudad, pero cuando se hace eco de este acuerdo y llega al oído del aficionado, y éste, en la mayoría de los casos, haciendo esfuerzos sobrehumanos, decide desplazarse a un determinado punto del mundo para disfrutar de ese espectáculo, el artista no solamente tiene compromiso con el teatro que le ha contratado, sino también con el público. Con su público, que en definitiva es quien le llena el teatro y quien le da de comer.
La relación con el teatro no pasa más allá de lo meramente profesional, sin embargo, con el aficionado se crea un lazo o un vínculo moral o sentimental. Desde el momento en que el público adquiere una entrada, detrás hay mucho más que una noche en la ópera: hay un viaje, hay una ilusión, hay una expectativa tan grande que, de ser conscientes de ello, los cantantes se lo pensarían dos veces antes de retirarse, cancelar un concierto o bien posponerlo.
¿Pueden ellos ser capaces de imaginar el daño moral y la desilusión, el desengaño que ellos mismos propician cuando un artista decide cancelar un espectáculo? Supongo que sí, algo deben sospechar, pero no sé hasta qué punto.
Esto es precisamente lo que me pasó a mí este fin de semana, cuando después de haber preparado con una gran ilusión un viaje a Milán – ciudad a la que quiero de forma especial por un hecho relacionado con la ópera y que ahora no viene a caso – y hacerme a la idea de que por fin podría disfrutar de la Scala en una representación, cuando después de escuchar una vez y otra, y otra, y otra el repertorio que escucharía este sábado, fue cuando el jueves por la tarde, la web de la Scala anunciaba que el tenor germano Jonas Kaufmann, debido a una repentina enfermedad, debía retirarse del recital que estaba previsto y posponía su actuación hasta el 21 de octubre.
No es la primera vez que Kaufmann cancela un recital, o una representación operística, ni más ni menos recientemente hizo lo propio en Viena, cancelando un par de Parsifales, y yo misma ya había vivido esta situación cuando en 2010 canceló una “Bella molinera” en el Liceu.
Cuando has puesto tanta ilusión y tantos nervios, cuando has esperado medio año para escuchar al artista, y cuando te has pasado una semana oyendo lo que vas a ecuchar en directo, el batacazo es tan grande… genera tanta impotencia que a una se le pasan las ganas de repetir, de esperar y de desplazarse.
¿Y por qué hacerlo, si tarde o temprano se va a subir en internet o se va a sacar la filmación en DVD?
Cierto es que el directo es insustituible, su magia es inalcanzable desde el sofá de casa, pero llega un punto que, cuando has invertido tu tiempo, tu dinero, y sobretodo la ilusión, y ésta se derrumba cual castillo de naipes, hace que una se replantee muchas cosas. Porque aquí, seamos sinceros, el dinero duele perderlo pero, la ilusión no hay dinero en el mundo que la restituya.
Sí, me da miedo ya cogerme entradas para próximas actuaciones de Jonas Kaufmann. Durante los tres años que hace que sigo su carrera, ya es la segunda cancelación que sufro. Dos de cuatro intentos que he hecho de escucharle. Balanza equilibradada, pues que diría alguien.
Tengo entradas para su “Winterreise” en Barcelona. No quiero hacerme ilusiones de que venga a cantarlo. Prefiero pensar que no y así no me llevaré otro disgusto. Y si al final, resulta que sí, que “ninguna enfermedad sobrevenida” le impide cumplir con su compromiso con el público del Liceu, nos llevaremos una sorpresa. Confiamos y esperamos que así sea, todos somos humanos, todos enfermamos. Lo comprendo perfectamente.
Cuando se compran las entradas con tanto tiempo de antelación sólo se puede proceder de esta manera cuando quien cante sea Plácido Domingo, que a sus 72 años, con una operación de cáncer de colon a sus espaldas, y con una reputación artística con la que no tiene que demostrar ya nada a estas alturas de su carrera, les da a los jóvenes una lección de profesionalidad cada día. Y cuando Plácido cancela es que se está muriendo, si se me permite expresarlo así.
 

domingo, 26 de mayo de 2013

Disfrutar cantando

Que Plácido Domingo lleva en sus genes la música, nadie tiene la menor duda, así como tampoco nadie pone en entredicho que nadie trabaja por amor al arte. Ni aquellos a los que se vanaglorian de que su hobbie es su oficio.
 
Plácido Domingo ama la ópera y es, incluso hoy en día, una de las voces que más cachet tienen dentro del mundo operístico, pero, a pesar de ello, Plácido disfruta cantando, se lo pasa bien, y ello se nota en cualquier género que el madrileño haya abordado.
 
Me di cuenta ya de ello, tempranamente, en el concierto celebrado en las Termas romanas de Caracalla junto a Carreras y Pavarotti. Domingo cantó un sensacional "Dein ist mein ganzes Herz", disfrutado al máximo, en voz y en su expresión facial y corporal:
 
 
¿Puede disfrutarse más, cantando?
 
 
Otro claro ejemplo de la pasión que Plácido Domingo siente por la música:
 
 
Compartir estas piezas es compartir con él su disfrute. Seguro que al escucharle, y al verle, aparecerá en nuestras bocas una sonrisa, la misma que nos roba a cada una de sus interpretaciones.

domingo, 19 de mayo de 2013

Marcel Gorgori estrena web

Cuando en tiempos ya inmemoriales alguna cadena de televisión pública se dignaba a retransmitir ópera, los afortunados que podíamos seguirlas nos quejábamos por la poca oferta que teníamos.
 
Cuando una gira la vista atrás y piensa en aquellos años, y contempla el panorama actual piensa que, aunque pocas, éramos afortunados porque de vez en cuando caía alguna. Ahora la televisión pública parece haberse olvidado de ella y tenemos que recurrir a cadenas de pago o bien a internet, ese singular mundo en que todo se comparte y aunque no sea en tiempo real tienes la oportunidad de acabar disfrutando de aquella función o concierto al que no has podido asistir.
 
Si la “2” de Televisión Española fue durante años el canal mediante el cual accedíamos a las óperas que se representaban en el Teatro de la Zarzuela, en el Gran Teatre del Liceu, y más tarde alguna del Teatro Real, en Televisión de Catalunya, siempre se apostó en su segundo canal, el “Canal 33”, por este género, primero solo con retransmisiones y luego con programas más específicos, marcándose como objetivo no perder de vista el ámbito y oferta cultural en Cataluña.
 
Debo pues remontarme a la “Temporada d´Òpera” del Canal 33 cuando, los sábados por la noche, a horas más o menos aceptables, Roger Alier nos introducía cada semana una ópera, de forma breve, pero con todos sus elementos.
Recuerdo que la primera fue una “Manon Lescaut” que me pilló por sorpresa. Afortunadamente siempre me ha gustado tener una cinta en casa preparada para grabar en caso de que por sorpresa se retransmitiera algo interesante.
En aquella etapa pudimos gozar de obras como la citada, además de otras com “Aida”, “Ernani”, “Los Cuentos de Hoffmann”, “Tosca”, “Madame Butterfly”, “Il Trovatore” y muchas otras que no recuerdo.
Pero terminó, como todo en esta vida.
 
Seguíamos quejándonos por falta de ópera en la televisión, aunque la esperanza fue grande cuando se reinauguró el Teatro Real de Madrid, pues se empezó de nuevo a televisar óperas, algunas en directo otras en diferido, pero alguna siempre caía.
 
Pero con el tiempo, la Televisión Pública a nivel estatal iba reduciendo cada vez la oferta de la ópera, en cambio,la Pública catalana tuvo el gran acierto de apostar por ella en un programa monográfico que precedía a la retransmisión operística y que, marcó un antes y un después en mí vida y en mí manera de ver y analizar la ópera.
 
 
Ópera y didáctica
 
No es necesario saber la terminología operística ni conocer sus obras profundamente para gozar del género.
Solo es cuestión de sensibilidad, primero de todo, y de curiosidad y ganas de aprender y disfrutar de algo que en primera instancia puede inducirnos erróneamente a la complejidad.
Para ello es esencial saber comunicar y trasladar, de forma sencilla, algo tan difícil como es la lírica, y esto es lo que, a lo largo de tres temporadas, hizo un señor hasta en aquel momento para mí desconocido, que respondía y responde al nombre de MARCEL GORGORI, secundado siempre por ROGER ALIER.
 

 
 
Antes de empezar a hablar de su trabajo quiero comentar que una de las grandes virtudes que posee Marcel Gorgori es la capacidad de trasladar de una forma sencilla y entendedora las cosas más complejas, y ello lo consigue a base de enseñar imágenes musicales difíciles de definir o sacando pizarras y relacionando temas. Y ello no solamente en el terreno operístico sino también en otros.
Y es que a alguien que se dedica a la comunicación tiene que marcarse como objetivo precisamente esto, llegar al público, a toda clase de público, a los que nos gusta la ópera y más o menos llevamos tiempos en ella, a aquellos que la desconocen por completo o a los que están indecisos en si poner o no un pie en este fascinante mundo.
De lo que no cabe duda es que, sea como sea y en el terreno que sea, lo consigue y logra que nos interesemos por su trabajo, al menos yo, y estoy segura que como yo, muchísimos.
 
 
Marcel Gorgori
 
 
 
 
Periodista y también escritor nacido en Barcelona en 1968 y Licenciado en Ciencias de la Información por la Universitat Autònoma de Barcelona, empezó su carrera en la radio para, paulatinamente, dar el salto en televisión al lado de grandes, también comunicadores, como Joaquim Mª Puyal o Julia Otero.
Ha participado en programas de toda índole tras las cámaras y en todos los géneros, pero es cuando llega la “Nit d´Arts” en 1998 cuando Marcel Gorgori entra directamente en los hogares de todos los catalanes amantes y sedientos de ópera a través del Canal 33.
 
La televisión autonómica rescata óperas y viernes tras viernes, Marcel Gorgori acompañado de Roger Alier, se enfrentan al reto de desgranar una ópera, presentándola, analizando su argumento e introduciendo en cada una de sus ediciones alguna terminología operística que, aún siendo amante de la ópera y conociéndola, quizás no se tenga muy claro a qué se refiere.
Quizás una de las más recordadas será la definición de “cabaletta” que nos dejó a todos con la boca abierta cuando asoció la parte final de la “scena” al galope de un caballo.
De entrada puede parecer un disparate, pero funciona en la mayoría de los casos.
 
Y es que así es Marcel Gorgori y así imprime el sello que le caracteriza y que hace interesarte por todo aquello que hace porque sabes de entrada que está hecho, con pasión y ganas y ello se nota, pero siempre siendo fiel a su estilo y a su objetivo, comunicación directa (a través de cuaquier medio, ondas o televisión) con el público.
 
Actualmente podemos disfrutar de él en la radio a través del programa que emite Catalunya Música los miércoles a las 23h y los sábados a las 19h bajo el título de “Històries de l´Òpera: Bicentenari Verdi y Wagner”, donde una vez más, cuenta con el respaldo de Roger Alier.
 
 
 
 
Los que lo seguimos ya venimos disfrutando de ellos hace tiempo, pero aquellos que no conozcan la tarea divulgativa de Marcel Gorgori les recomiendo su acercamiento, quedarán sorprendidos y seguro que repetirán.
 
 
 
El éxito de la “Nit d´Arts”
 
 
 
Creo que radicó, precisamente, en su presentador y en la manera de enfocar y conducir el programa.
El final de los compases de la obertura del “Faust” de Gounod servían de cabecera de entrada cada semana.
La fórmula era muy sencilla, porque Marcel Gorgori se hacía acompañar cada semana de un aficionado al género, gentes conocidas en diferentes disciplinas, arte, teatro, política, cantantes de ópera en activo, directores de escena, e incluso el mismo apuntador del Liceu, Jaume Tribó, fueron unos de los que a lo largo de tres temporadas desfilaron por un plató que simulaba ser el Liceu.
 
Quien siempre respaldó el proyecto desde el primer momento fue Roger Alier, que daba vida al “experto” en la materia.
Y es que incluso el vestuario y el trato entre ellos dos estaba perfectamente definido, Marcel Gorgori en su papel de aficionado vestía traje sin corbata, y Roger Alier, como sabio en la materia, se enfundaba en un traje con corbata, y al que Marcel se dirigía de Vd. para recalcar aún más ese papel de experto.
 
He de reconocer que estaba muy bien planteado. Horas de mucho trabajo detrás, me imagino, pero el resultado fue más que satisfactorio. De estos programas salió la brillante idea de escribir un libro en forma de conversación fruto de los encuentros de ellos dos durante las calurosas tardes del verano barcelonés. “Cinc cèntims d´òpera”, este sería el primero de los tres, dedicados a la ópera, que Marcel Gorgori publicó, con la inestimable ayuda de Roger Alier.
Afortunadamente, de este primero existe una versión traducida al castellano bajo el título “Va de ópera”, muy recomendable, aunque es más interesante leerlo en catalán, puesto que leerlo es como estar viendo a los dos en la televisión, puedes incluso “escuchar” sus voces cuando los lees.
 
Sin duda alguna, una de las secciones más esperadas de la “Nit d´Arts” era el espacio titulado “Contraveus”, en la que semana tras semana, Marcel Gorgori hacía cantar a dos cantantes, la misma pieza, una estrofa uno y una estrofa el otro con la finalidad de que el invitado y aficionado pudiera escoger quién de los dos intérpretes le gustaba más.
En casa también escogíamos.
 
 

 
Se le echa de menos
 
Creo que el separador lo dice todo. Sí se le echa de menos en la televisión y todos aquellos que somos seguidores de su trabajo concluiríamos lo mismo.
Por ello grande ha sido la sopresa cuando, la semana pasada, buscando información en internet no de Gorgori, si no de un cantante en concreto, fui redireccionada a esta estupenda web, de nueva creación, en la que Marcel Gorgori repasa visualmente todo su trayectoria profesional y en la que he podido reencontrarme con mí querida “Nit d´Arts”, aunque sea tan solo a modo de pequeña degustación.
 
 
Y es tanta las ganas de remomorar y rocordar estos momentos que explorar su web con detenimiento me está llevando tiempo, pero no me importa porque es algo que hago gustosamente.
Marcel Gorgori siempre me ha parecido una persona cercana y afable, su manera de comunicar y hacer televisión hace que llegue a esta conclusión, y su flamente web no hace sino que confirmármelo, porque es gracias a ella que podemos acercanos a él felicitándolo por su trabajo sin que nuestras palabras o acercamiento a él se queden en eso, en palabras, porque como buen comunicador Marcel Gorgori es receptivo y agradece todas esas muestras de cordialidad y cariño hacia su trabajo.
 
Él mismo nos indica en su web que está trabajando en un nuevo programa televisivo, espero que la idea cuaje y podamos disfrutarlo en breve.
 
 
 
La web de Marcel Gorgori
 
Si todo lo anterior que he dicho acerca de la figura y trabajo de Marcel Gorgori os ha interesado, o a aquellos que como yo, le interesa todo lo que hace, os recomiendo un paseo por la web de Marcel.
Es un rincón a la nostalgia, a los inicios de un joven comunicador que se abre paso en este difícil mundo, un curriculum vitae gráfico que repasa sus intervenciones radiofónicas y televisivas, un archivo (reducido, - qué lástima-) de su trabajo, de sus escritos, de sus libros.
 
Pero una de las cosas que más me llaman la atención de ellas es la comunicación buscada intencionadamente entre el comunicador y su receptor, como si le tuviéramos al otro lado del ordenador o del teléfono y le explicáramos nuestras impresiones y él nos hablara de sus proyectos. He de reconocer que es una iniciativa que me gusta y que me entusiama y que agradezca que la gente anónima de la calle se interese por su trabajo.
Trabajo bien hecho a lo largo de estos años claro está, sino esta web no tendría sentido.
 
 
“Bona nit, i bona òpera”
 
Esta es la frase con la cual, semana tras semana Marcel Gorgori despedía su “Nit d´Arts” y nos invitaba a escuchar la ópera que le seguía.
Ahora, Gorgori, nos invita a descubrir su página. Yo también secundo esta invitación porque vale mucho la pena.
 
Torna Marcel, i torna amb moltes ganes, si-us-plau.

sábado, 18 de mayo de 2013

Plácido Domingo interpreta "Nabucco" en el Covent Garden de Londres


Nabucco. Así se llama la última incorporación al vastísimo repertorio de Plácido Domingo en este año en el que se celebra doblemente, el bicentenario del nacimiento de Giuseppe Verdi y de Richard Wagner.

Y aún le quedan dos: “Giovanna d´Arco” que interpretará junto a Anna Netrebko en el Festival de Salzburg este verano, y “Il Trovatore” en la que Domingo se pondrá en la piel del malvado Conde de Luna en Berlín, a finales de año.

 

Pero es que Plácido Domingo viene de cantar el pasado mes de marzo el Germont padre en el MET de Nueva York. Suma y sigue. ¿Cuál será la próxima soprresa con la que nos deparará? Tendremos que estar ojo avizor.

 

“Nabucco” no es una ópera que conozca profundamente, por tanto mi opinión acerca de ella o de los matices que los cantantes puedan hacer o dejar de hacer es un tema que se me escapa, pero aún así, sí puedo dar mí opinión de las voces y de la puesta en escena.

 

Empezaré por la puesta en escena de DANIELE ABBADO, de la que no acabo de ver en qué época situa el Jerusalén y la Babilionia del 587 a. C, la verdad.

Grandes bloques que me recodaron al monumento que hay en Berlín dedicado a los judíos exterminados en Alemania y un vestuario gris y triste que me aleja de los lujosos, vistosos y sedosos trajes a los que todos, gracias a la magia de Hollywood, imaginaríamos para una ópera como “Nabucco”.

Una más de todas las producciones que se hacen hoy en día que no pasarán a la historia y en las que preferiría que Plácido Domingo no participara.

 

Bien es cierto el dicho “renovarse o morir”, pero francamente donde ha llegado Plácido y a estas alturas de su carrera, puede permitirse el lujo de decir “no” a proyectos semejantes, porque ¿qué necesidad tiene de involucrarse en uno así? Creo que ninguna.

 

No es la primera vez que lo hace y supongo que no será la última, pero me cuesta mucho ver cómo el tenor se apunta al carro de la modernidad, y más cuando tengo tan presente en mí retina todas sus grandes actuaciones de los años 80 con vestuario y decorados acordes con lo que narra la ópera. Francamente este tipo de aventuras e incisiones no le hacen para nada favor. Plácido no cuadra en ellas.

 

Pero antes de pasar a hablar musicalmente de Domingo, prefiero empezar por el coro y resto del elenco.

 

El coro de la Royal Operqa House me gustó por el buen calibraje de voces, aunque su “Va pensiero” no acabó de entusiasmarme por lo marcado que hacían algunas frases que interrumpían este bello y esperado momento de la ópera. Quizás la pieza más patriota de todas las óperas de Verdi.

 

El vertiginoso y difícil papel de Abigaile recayó en LIUDMYLA MONASTIRSKA la cual no posee, para mí, ni una bella voz ni unos agudos que hagan estremecerte en su difícil aria del segundo acto.

 

El resto del reparto bastante justo. Un Zaccaria interpretado por VITALIJ KOWALJOV que no me aportó nada, así como un poco elegante Ismaelle de ANDREA CARÈ, o una discreta Fenena de MARIANA PIZZOLATTO, que junto a un caducado ROBERT LLOYD como Gran Sacerdote, culminaban un pobre acompañamiento.
 
 
 

Pero PLÁCIDO DOMINGO es otra cosa, y después de escuchar su Germont neoyorquino, lo encontré muy bien de voz.

Que Domingo no es barítono estoy de acuerdo. Cuando canta se aprecia, indiscutiblemente su timbre tenoril. Y ello me gusta aún siendo consciente de todas sus faltas actuales.

 
Sí, un tenor ahora más faltado de fiato y que se fatiga al cantar. ¿Y quién no se fatigaría con 72 años?.

Realmente Domingo es un fenómeno vocal. Y cuando canta sigue apreciándose esa expresión y arrebato en sus frases que siempre le han caracterizado y que mantiene aún intactas.

Me gustó su Nabucco y me gustó su voz, aunque por desconocimiento de la obra no puedo entrar a matizar detalles como hice con su Germont. De lo que sí estoy segura es que de haberlo podido gozar en directo, mi entusiamo por su interpretación sería mayor al escuchar su voz inundando el Covent Garden londinense, pero almenos, gracias a la generosidad del autor del blog “In Fernem Land” pude gozar de su interpretación, a nivel visual y sonora haciéndome la idea de unas funciones en que se colgó el letrero de “No hay entradas” en todas la representaciones que protagonizó Plácido Domingo y a las cuales me hubiera gustado asistir.

 

miércoles, 3 de abril de 2013

La Traviata en el MET, 30-3-13: Y los sueños, sueños son. Pero también se cumplen.


Calderón de la Barca dijo que “la vida es sueño y los sueños, sueños son”, pero lo que no acertó a especificar es que los sueños también se cumplen.

 


 
Hasta que no sentí el tacto de las entradas en mis manos no pude creerme realmente que casi había hecho realidad uno de mis sueños operísticos, que era ni más ni menos que escuchar a Plácido Domingo en el MET.
 
Y digo casi porque con tres días por delante y a pesar de estar ya en Nueva York podía aún pasar de todo. Pero no, una vez más el destino fue bueno y todo funcionó a la perfección, sin imprevistos y mejor de lo que hubiera soñado.
 
Es muy difícil de describir con palabras lo que sentí cuando me encontré ante la impresionante fachada del MET decorada con gigantescos posters de la producción del nuevo Anillo de Wagner.

 
 
 
Ver aquella imponente plaza en la cual se erige ese teatro flanqueado de edificios es algo que jamás voy a olvidar en la vida. Mis ojos se llenaron de lágrimas: estaba en Nueva York ante el teatro de mis sueños, aquel teatro con el que de niña había soñado en asistir, aquel teatro desde el cual había escuchado mí primera retransmisión operística por la radio, aquel teatro con el cual había suspirado noche tras noche y de repente, como en el mejor de los cuentos, allí estaba. Faltaban tres días para el gran día, el día en que escuchara en él a la voz con la que he crecido, la voz que me ha alimentado de música a lo largo de casi 23 años, la voz, cuyo poder ha hecho que cruzara el Atlántico en un viaje maratoniano.
 
¿Si ha valido la pena? Sobraría la pregunta. Haría gustosa otra vez el viaje para poder vivir lo que viví y sentí el sábado por la tarde cuando después de un acto y una pausa de unos 20 minutos, pude por fin escuchar retumbando en la sala del MET la voz de tenor que tanto quiero, la voz bellísima de Plácido Domingo y su expresión en estado puro.

Escuchar a Plácido Domingo en el MET es realmente una maravilla. En realidad lo es en cualquier ocasión, pero ello aumenta cuando más especial es para una la función.
 
¿Y quién ha dicho qué debería retirarse?

No sé como se pudo apreciar por la retransmisión radiofónica pero en directo y en vivo no creo que tenga nada que ver, porque el poderío de su voz inundó la sala. Pero prefiero reservar mis comentarios para cuando hable de la parte musical.

 
Nervios

Mi cuerpo temblaba y aún faltaban dos horas para la función. Los pendientes y el maquillaje se me caían de las manos sin atinar a lo que estaba haciendo. ¿Cómo podía saber lo que hacía a tan solo dos horas de cumplir mi sueño?
 
Cuando lentamente nos acercábamos al teatro, los nervios iban creciendo. Ya faltaba menos para el momento. Todo fue taquicárdico. Tic-tac, tic-tac, tic-tac… el reloj, mi reloj de pulsera no corría, los minutos se hacían eternos.
 
Cuando por fin pisé de nuevo la plaza en la que se ubica el MET me di cuenta de lo poco que faltaba para el gran momento. Cruzamos las arcadas y nos adentramos en el vestíbulo repleto de gente que había acudido con el mismo objetivo que yo, aunque dudo mucho que ninguna de ellas sintiera lo que yo en aquel día.
Aún tuvimos que esperar unos minutos más para penetrar en la sala. Con dos localidades de ensueño, lo único en lo que podía pensar – o intentar pensar – en aquellos momentos era en Plácido Domingo y en cómo le vería y escucharía desde mi sitio. ¿Tendría que adivinar su cara o bien podría apreciarla bien?
 
Pues la respuesta es que pude apreciarlo, no bien, muy bien. Por suerte, debido a la producción que se representaba el escenario estaba bastante avanzado, lo que permitió ver bien la cara de los intérpretes.
 
A los cinco minutos de aguardar en el vestíbulo nos dieron acceso a la sala.
 
 
 
 

 

El escenario casi desnudo, sin el telón tirado. Sólo el inmenso reloj y el personaje del Dr. Grenvil, inmóvil a su lado, desvelaban parte de la escenografía del primer acto que ya conocía.
 
Paso a paso. Con mis entradas en la mano, mi tesoro más preciado en aquellos momentos, avanzamos recto y por fin, entramos en la platea del MET. Sus butacas de terciopelo rojo iban llenándose lentamente. Las luces y arañas iluminaban la espectacular sala.
 
Y cada vez el reloj andaba más despacio. Un minuto, dos minutos, tres minutos… y aún faltaba más de un cuarto de hora para empezar, así que teníamos que matar el tiempo y el nerviosismo con algo.
Saqué la cámara de fotos y empecé a retratar la sala, los pisos, el escenario… quizás probablemente jamás volveré a estar en él, y no quería perder ningún detalle del MET, cada minuto, cada segundo que pasaba era consciente de que jamás lo volvería a vivir de aquella manera como se viven por primera vez las cosas.
Y qué curioso… cuando empezó la obra todo fue tan veloz que sin darme cuenta estaba ya poniéndome el abrigo. Todo había acabado.
 
 
La producción de Willy Decker

 
Por todo el mundo conocida, porque de ello se encargaron Anna Netrebko y Rolando Villazón en el Festival de Salzburg en 2005, la producción de Decker había enterrado hace tres temporadas la pomposa y cargada escenografía de Franco Zeffirelli.
 
Los que me conocen saben que soy de producciones clásicas, de vestuario acorde con la época y de óperas de las cuales no necesito que vengan a explicarme qué es lo que el director de escena ha entendido (si es que ha entendido algo) porque de entrada ya sé cuál es la trama y si, caso que no lo sepa, ya me he preocupado de preparármela antes.
 
No estoy en contra de la modernización y de las nuevas ideas siempre y cuando tengan sentido común. Es más, en estas ocasiones me gusta descubrir la simbología que encierra el montaje, sin que ello llegue al punto de que todo acabe distrayéndome la música. Eso es algo que realizo en una reflexión posterior.
 
¡Qué le vamos a hacer!. Se agradecen nuevos detalles, fuego nuevo en la escena, pero respetando siempre al compositor, al libretista, a los intérpretes, y por supuesto al público que no tiene nada de tonto.
 
Cuando supe que la puesta en escena para esta Traviata era “la del reloj”, francamente se me cayó el alma al suelo.
Siempre había soñado que mí primer MET con Plácido sería con una producción clásica. Pero no pudo ser.
 
Ya había visto el montaje salzburgués y no me había gustado nada, aunque reconozco que hay detalles escenográficos y sobretodo simbólicos que son absolutamente geniales y dicen mucho más que una puesta en escena clásica que se limita a recrear la época en la que trascurre la acción.
 
El acecho de la muerte a Violeta por parte del personaje del Dr. Grenvil, el reloj cubierto con tela de flores, el vestido rojo de Violeta en el perchero y la simbología de los colores rojo, negro y blanco me parecen geniales tal y como me lo parecieron cuando vi la producción en casa en DVD.
 
Pero de aquí a que me guste lo que vi hay mucha distancia. Debo, pero, hacer una confesión y es que en directo, al estar más concentrada que en casa vi la escena de una forma diferente y no me pareció ni tan horrorosa ni tan escandalosa.
No recordaba gran parte del montaje y también se me habían escapado algunos detalles simbólicos que recuperé el sábado.
 
Al final, sin ser ni de lejos una Traviata por la cual suspiraría escenográficamente hablando, el sábado no me pareció tan despreciable, porque me concentré en la voz de Plácido, y su timbre todo lo dulcificó. Escenografía incluida.
 
Poco más puedo decir de un montaje que todo el mundo conoce y al que muchos aman y al que otros detestamos, pero sí me gustaría hacer hincapié en dos detalles: el primero, cuando Violeta estalla de rabia siempre lo hace contra el reloj y contra el Dr. Grenvil que no hace sino que recordarle que la muerte la acecha y que el tiempo se le acaba.
Por otro lado, cuando la muerte – Dr. Grenvil – se apodera de ella y la circunda sin que haya marcha atrás. El Dr. Grenvil obliga a retroceder con una fuerza espantosa a los invitados a la fiesta de Flora.
Todo ha acabado. Ha llegado la hora de Violeta. La hora que desde el principio del primer acto, y desde antes de que empiecen los primeros acordes de la música, ya domina por completo la escena. Antes de empezar la historia ya sabemos como acabará: la guadaña vencerá una vez más a la voluntad y pasión humanas. Y eso Willy Decker nos lo dice ya sencillamente en el momento de entrar en la sala.
 
 
Musicalmente hablando
 
La dirección de YANNICK NÉZET-SEGUIN no pasará a la historia por conducir la mejor versión de “La Traviata” que haya escuchado en mí vida, sin embargo su entrega y pasión fueron notorias a lo largo de toda la ópera, respirando con los cantantes y señalando siempre todas y cada una de las entradas.
 
Muy acertado el preludio inicial, de hecho oír en el MET los primeros compases de esta ópera es tan impresionante que me hizo poner la carne de gallina. Me invadió una sensación especial que jamás olvidaré. Lo mismo que me ocurrió cuando asistí por primera vez al Liceu.
La orquesta tuvo un buen balance sonoro ya que en ningún momento el volumen de la misma ahogó a los intérpretes, en un teatro donde la acústica es asombrosa, debido a la cual se escucha incluso el más mínimo suspiro de los que están en el escenario.
No había escuchado nunca en directo a la soprano alemana DIANA DAMRAU pero sí, ocasionalmente en la radio.
Su voz no me gustó entonces, y no me gustó tampoco en directo y menos para el papel de Violeta, en la que pensaba que al menos, en el primer acto, las coloraturas serían mucho más ágiles.
No me dio esa impresión.
 
Un timbre metálico para nada atractivo, que creo que ha ganado en cuerpo y espesor en los últimos años, no le pegan para nada al personaje de Verdi. Sin embargo salva el papel sobretodo por las partes más dramáticas que tienen lugar en el tercer acto de la obra, donde puede desplegar sus medios más expresivos.
Tiene que rodar aún mucho el personaje aunque y quizás así, algún día pueda verla como una gran Violeta.
 
Si a nivel vocal no me convenció, artísticamente encarnó una buena y ágil Violeta que sin embargo no consiguió encender la chispa entre ella y el tenor. Una representación, en este sentido, bastante fría.
 
 
 

 
SAIMIR PIRGU encarnó a Alfredo Germont, el tenor. Uno de los tenores de la tarde.
Cantaba el papel en el que escuché por primera vez a Plácido Domingo y esperar encontrar en su voz la voz de Domingo era una empresa nada fácil y de entrada realmente injusta por mi parte al exigir tanta excelsitud.
 
La voz de Domingo ha sido y es única, y sé que las comparaciones son odiosas, pero era casi inevitable no pensar en su voz cada vez que Pirgu salía al escenario.
 
Gustos a parte, Pirgu no me gustó cantando el Alfredo. Una voz impersonal y no siempre con la afinación adecuada, intentaba rozar un punto de dramatismo que le sobra a Germont hijo. Su voz siempre quedó por debajo de Damrau y de Domingo.
 
A nivel artístico ocurrió tres cuartos de lo mismo que con Damrau. Se movió, actuó, pero nunca se alcanzó un grado elevado de química entre los dos protagonistas.
 
 
El más esperado de la tarde: Plácido Domingo cantando Germont padre
 
Había dos tenores en el escenario, pero tan solo uno de ellos sobresalía. No hace falta que diga cómo se llama ese intérprete.



 

Y sí, hablo de tenor porque Plácido Domingo conserva su timbre de tenor aunque cante roles baritonales. Creo que él mismo tiene lo tiene claro, y yo también. Su voz en el centro continúa presentando ese color chocolate que tanto me gusta, quizás desgastado por el paso de los años, pero continúa estando allí y alzando al público de los teatros que aplauden a una leyenda viva de la ópera.
 
Desde que Domingo empezó a incorporar roles de barítono en su repertorio y desde que decidió dejarse el pelo y la barba blancas, yo siempre había dicho que algún día tendría que cantar el papel del Germont padre, porque evidentemente daría a la perfección el físico de padre, pero también porque es un gran papel de barítono con pasajes bellísimos en los cuales, más que compromiso vocal o notas extremadamente difíciles se tiene que saber cantar y expresar. Y en la expresión Plácido Domingo es un maestro. Y así lo ha demostrado durante todos estos años y así lo hizo patente el sábado en el MET una vez más.
Repito que no sé como pudo apreciarse su voz a través de la retransmisión radiofónica, pero en directo fue apabullante. ¡Cómo sonaba su voz!.
 
Tuvo que trascurrir tres cuartos de hora desde el inicio de la función para presenciar la entrada de Domingo, pero el miedo me invadió cuando el señor Peter Gelb salió al escenario, micrófono en mano.
En aquel momento sólo pudo salir de mí garganta un “ai Déu meu que no cantarà” y sentí, en fracciones de segundo que todo mi sueño se desmoronaba a mí alrededor.
 
Pero no, Plácido cantaría, aunque estaba aquejado de una alergia. Se nos había advertido para que lo tuviéramos en cuenta ante cualquier cosa que pudiera ocurrir encima del escenario.
 
¿Alergia? ¿Quién dijo alergia?
 
Plácido entró con autoridad y en el mismo momento de pisar el escenario, el público del MET no escatimó en unos cariñosos y arrebatadores aplausos. Domingo aún no había cantado pero el publico neoyorquino ya le rendía tributo, tal y como ha ido sucediendo en los últimos años en que ha aparecido sobre estas tablas y tal y como se ha hecho siempre con los intérpretes predilectos de la casa.
 
Qué emoción sentí en aquel momento aplaudiendo a mí ídolo, a la voz que me hizo descubrir y amar la ópera. Sentí de nuevo en ese momento mí cariño hacia él, cariño que compartía con más de 4.000 personas más. Los primeros bravos de la tarde, las primeras lágrimas de la tarde que me costaron de contener y los primeros sentimientos afloraron a lo largo de esos segundos.
 
Como decía su entrada fue con autoridad y firmeza. Me encontré con un Plácido Domingo en un estado vocal muy bueno como hacía tiempo no había escuchado. La voz denota el paso de los años y si bien ella ha perdido aquel brillo de antaño, la expresión, explotada al máximo y llevada con una gran inteligencia se ha convertido en estos últimos años en su aliado principal.
 
En su interpretación no aprecié ni rasgo de la alergia anunciada, es más, comparativamente con la función de estreno, se presentó ante nuestros oídos, ante “mis oídos”, un Plácido realmente impresionante. Con genio, con poderío, con una voz bien asentada. Un Plácido Domingo de 72 años cantando con la ilusión, maestría y corazón de 50.
 
Su personaje evoluciona psicológicamente también a lo largo de la representación, y esto lo marca muy bien en la primera parte del dueto del segundo acto con Violeta, en el final del mismo, y en su “Di Provenza” y posterior cabaletta con el tenor.

 
 
 
 

Domingo empieza casi desafiante con Violeta, con una voz recia que imprime un carácter autoritario sin pizca de respeto por ella, avasallando y con un volumen alto, muy alto, al dirigirse a la joven.
 
Continua así hasta que descubre que Violeta ama de verdad, al igual que Alfredo, y a pesar de que no baja la guardia en ningún momento, cuando se da cuenta de la situación, sin dejar de lado su carácter, siente aprecio por ella, y empieza a cantar de una forma más suave, como si estuviera dirigiéndose a su propia hija, a aquella por la cual se encuentra frente a Violeta para asegurar su porvenir y felicidad.
 
Este cambio de carácter se hace aún más notorio cuando intenta hacer razonar a su hijo Alfredo, porque Plácido ha entendido que tiene 72 años. Él también es padre y sabe que no puede enfocar su Germont como un padre de 40 años lleno de fuerza y ardor, sino que debe convencer a su hijo con buenas palabras, haciéndolo razonar, abriéndole los ojos y poniendo todas las cartas encima de la mesa.
 
Domingo también ha entendido que un hombre cansado, un hombre mayor que va en busca de un hijo ciego de amor no puede o no debe imponer, sino pedir. Y ello se nota cuando canta su “Di Provenza”.
 
La autoridad paterna se suaviza, aunque no por ello deja de ser efectiva y dura. Las palabras tienen más poder que los gestos, a pesar de que Alfredo se lleve un buen bofetón (que me sobra en la versión y me distorsiona el enfoque que creo que Domingo quiere dar al personaje).
 
Y es precisamente en la forma de cantar su “Di Provenza”, pausada y sin prisa, tomando aire cuando lo necesita (¿y qué?), cuando consigue su nivel máximo de expresión.
Siempre me ha gustado más, personalmente, la cabaletta que el aria, aunque desde hace unos años he descubierto los matices que un cantante que sepa expresar, y expresar bien, puede desplegar en el momento del “Di Provenza”.
 
Esta aria era sin duda la más esperada y gracias a la generosidad de la gente que comparte las grabaciones en Youtube pude apreciar, antes de la función, cómo Plácido enfocaba el aria y la cabaletta. Y me gusta porque su “Di Provenza” y sobretodo su cabaletta son diferentes de otras versiones.
 
Leí una vez unas palabras que suscribía Teresa Berganza en las que decía que el silencio también era música. Cuanta razón tenía la mezzosoprano, porque la pausa que hace Plácido Domingo antes de atacar “Un padre ed una suora” es para quitarse el sombrero a nivel expresivo.
 
Bravo Plácido.
 
Se aplaudió fervorosamente la primera mitad de su dúo con Violeta así como el final del mismo, y se braveó su “Di Provenza”y su cabaletta.
 
Decía antes que la acústica del MET es extraordinaria, y así lo comprobé cuando Plácido susurra unos “ferma” a su hijo cuando este descubre que Violeta lo ha abandonado para asistir a la fiesta de Flora con el barón.
 
El segundo acto y el tercero se ofrecieron sin entreacto y ayudó a no romper el dramatismo de la ópera, pero también contribuyó a hacerla más corta.
 
Reloj no marques las horas
 
Así dice el viejo bolero… pero el tiempo implacable no se detuvo y pasaron los minutos y las horas como si se tratara de un abrir y cerrar de ojos.
Sin darme cuenta ya estábamos en el concertante del tercer acto en el cual la voz de Plácido Domingo volvió a sobresalir por encima de todas. Su voz de tenor ahora disfrazada de tonos baritonales llegaba nítida a mis oídos.
 
A contrareloj la muerte acechaba a Violeta y se abalanzaba sobre nosotros el triste final, casi tres horas después desde que el maestro Nezet-Seguin alzara la batuta se escucharon los últimos compases de la obra.
 
Alguna gente de la platea del MET se había levantado ya para aplaudir y yo hice lo propio cuando el gran Plácido Domingo apareció en el escenario. Mis bravos fueron fuertes y altos (quizás por esto ahora mismo tenga la garganta como la tengo) pero da igual, la actuación de Plácido Domingo bien se lo valía.
 
Una y otra vez aplaudiendo aunque no vi en el teatro el entusiasmo con el que yo, personalmente, había vivido esa representación.
 
Un par o tres de avanzadas en el escenario y cayó el telón, inexorable. No volvió a alzarse y aquello significaba que todo había pasado. Volvíamos a la realidad y quizás nunca más tendría la oportunidad de vivir una tarde como aquella, al menos no con Plácido.
 
¿Y qué espero?
 
Pues que Dios de mucha salud a Plácido Domingo para que podamos disfrutarlo aún unos años más, mientras él se sienta con fuerzas para seguir.
 
Ante la pregunta de si debería retirarse… pues sus detractores hace años que lo retiraron cuando se aventuró en cantar el “Otello” verdiano. Hace más de 20 años que llevo oyendo que debería retirarse.
Cuando fue sometido a la operación de cáncer de colon en 2010 ya lo retiraron de nuevo, pero Plácido demostró que no, que él aún sigue allí siendo el terror de todos los tenores en activo.
 
Su voz actual es verdad que es una sombra de la que fue. Sí, estoy de acuerdo con ello y desde aquí lo afirmo sin tapujos y con pena. Cuando escuchas grabaciones de noches en la que estuvo en estado vocal de gracia te das cuenta de ello, pero yo sigo admirando y queriendo su voz, aquella voz que hace ponerme la carne de gallina cuando abre la boca. Cantando de tenor o de barítono. ¡Qué más me da si yo disfruto con ella…!
No voy a entrar en detalles técnico, puesto que no sé de ellos, pero mientras su voz siga provocando en mí esta reacción tengo suficiente. Plácido me llegaba ayer, y sigue llegándome hoy.
 
Plácido además es un artista inteligente y tiene muchas tablas y horas de escenario. Siempre se lleva el gato al agua. Siempre gana porque de una manera u otra su entrega y pasión no decepciona a aquellos que, como yo, le admiramos. Es un milagro su estado de voz como milagrosa es su vocalidad y que, después de cantar lo incantable, siga en tan buen estado.
 
Gracias Maestro. Gracias por su arte.
 
Y así, fue como en un espacio tan reducido de tiempo el tenor dejó de ser Germont padre para convertirse de nuevo en Plácido Domingo. En nuestros oídos quedaba aún el eco de su voz. En nuestra retina su interpretación. Y en nuestros corazones todo el cariño al artista.
 
Bye-Bye, MET. Adiós Maestro. Hasta otra ocasión… Esperamos.