martes, 8 de abril de 2014

El Werther de Jonas Kaufmann en el MET. ¿Una alternativa al Werther de la Bastilla?

Qué curioso... y cómo me sorprende después de ver en los escenarios montajes modernos a mares, encontrar una puesta en escena clásica en la que el vestuario y la escena van acorde con el libreto, o al menos se le acerca.
Porque clásica es la reciente producción del massenetiano “Werther” que hace escasamente un mes se ha estado representando en el MET. Una escenografía en la que la naturaleza, aparece por primera vez como una de las protagonistas y que tan de la mano va en esta obra imprescindible de la literatura universal, pero también de la ópera.
 
Curioso decía porque desgraciadamente hoy en día estamos sujetos a un continuo bombardeo de decorados en los que “A” resulta ser “B”, en los que “2+2” no son 4 sino 5, y en los que se transgrede completamente y de forma continuada el espíritu de la obra perdiendo absolutamente el respecto por el libretista, y de pasada al compositor, que con tanto ir y venir de ideas sin sentido y mal resueltas, acaban por hastiar y distraer a un público que intenta concentrarse en la música y experimentar un cúmulo de emociones en las 2 horas y media, más o menos, que dura un representación operística.
 
Siempre he creído que a la ópera se va a sentir emociones, no a pensar lo que me quieren decir los directores de escena, para luego entender la obra. En la ópera lo que importa es la música, las voces, y si ellas van acompañadas de un decorado ideal, bienvenido sea.
 
 
 
Aparentemente este Werther neoyorquino tenía de entrada todos los ingredientes para que así fuera, escena clásica, un enorme escenario que permite lucir la escenografía, y sobre todo, una pareja protagonista de ensueño como lo son para esta óperas las voces de Sophie Koch y Jonas Kaufmann.
Pero entraré en ellas más tarde, y voy a continuar desgranando la puesta en escena antes de entrar en la parte musical.
 
 
De más a menos
 
La idea y el concepto de RICHARD EYRE son buenos, y la belleza visual es evidente, pero ésta va disminuyendo a medida que avanza la obra. Funciona en los dos primeros actos, pero en el tercero se entra en una narración vacía.
 
Si lo que la escenografía quiere mostrar es un remanso de paz en el primer acto, lo consigue. Los elementos están, los niños, el inteligente juego de luces, el idílico puente que a veces molesta y a veces no saben bien qué hacer con él.
Sobre el hecho de mostrar la muerte de la madre… bueno… no me desagrada pero no hay la necesidad, puesto que la música del preludio es tan bella y descriptiva que prefiero se toque a telón tirado, y esperar a la narración de Charlotte en la que describe como los hombres de negro se llevaron a su madre.
 
 
 
Me pareció, sin embargo, fascinante que se mostrara la escena del baile, que en cuestiones de segundo se transforma la casa de Bailli en un salón de belleza extraordinaria, para luego recrear una noche de julio, con luna llena, en medio de la naturaleza, escenario propicio para que Werther, romántico empedernido, declare su amor a Charlotte. Un amor que le llevará a la muerte. De nuevo, en esta escena, juega un papel muy importante las luces.
 
En cambio, no entendí muy bien porque se presenta el escenario torcido. Si lo que el director de escena quiere decir que Werther está desequilibrado, no hace falta recurrir a este recurso, pues ello ya nos lo introduce Massenet cuando el personaje aparece por primera vez en escena.
Si en los primeros minutos de la obra, a excepción del preludio, la música es alegre, cuando por primera vez se presenta Werther en escena la música cambia completamente, se vuelve lúgubre, turbada, sombría como el propio semblante de Werther. No hace falta torcer nada, porque el compositor lo describe perfectamente, y el público ya entiende que el personaje es un tanto oscuro, siempre preocupado, con ideas desordenadas en la cabeza.
 
 
 
En el segundo acto me gusta adivinar en el fondo la iglesia, las hojas de color cobrizo casi a primer plano, estamos en otoño. Y creo que la belleza del cuadro es bonita, pero ya empieza a fallar algo. El escenario vuelve a inclinarse en lado opuesto (si mal no recuerdo, al principio). Vuelvo a la idea de que no es necesario. El público ya sabe que Werther no es un personaje común, y que su yo interior romántico le conduce a un desequilibrio creciente y sin retorno. No existe nada más que su mundo. Su mundo romántico en el que todo está idealizado, un mundo que le impide ver con claridad.
Pero es que la música siempre lo dice por debajo en la orquesta, siempre le acecha, siempre le persigue, siempre oscura, siempre turbia.
 
Pero la cosa se desmorona en el tercer acto. Y no porque se nos presente las imágenes de las cartas de Werther. Me parece genial primero ver una de bien caligrafiada para luego superponer las unas con las otras, me imagino que a medida que las misivas van aumentando en cantidad, en frecuencia y en palabras desesperadas.
Sin embargo la habitación en que nos encontramos, con esas enormes estanterías hasta el techo, que entiendo podría significar el ahogo de Charlotte, la opresión a la que está sometida, a su falta de libertad de actuación y casi de pensamiento. Aun teniendo todo esto, en la estancia, salvo un pequeño abeto encima del clavencín, no hay nada que me sugiera o me diga que estamos en una de las noches más especiales del año: nochebuena.
 
 
 
 
La escena no me trasmite el frío de esta particular noche, no se huele el gélido hielo que huele, en esas fechas, de manera tan especial. El decorado está tan cargado, tan adornado, que se escapa completamente el conflicto emocional entre Werther y Charlotte, su fría y a la vez pasional relación que hay entre ellos.
Ni un copo de nieve, ni una ráfaga simulada de viento. Nada, nada me delata que estamos en nochebuena. Nada me hace pensar en un regreso inminente de Werther. Tal podría ser una gris tarde de noviembre, una tarde de domingo cualquiera en la que Charlotte, está encerrada en casa esperando la llegada de Albert.
 
Y llegados al cuarto acto, copia a la descarada de la solución propuesta por Benoît Jacqot en la ya conocida, y por mí venerada, grabación de esta ópera y que tuvo lugar en 2010 en el teatro de la Bastilla de París.
 
 
 
 
En el MET vemos por primera vez el suicidio de Werther, para mi innecesario e inclusive de mal gusto con toda la sangre salpicada en la pared. Poco se puede esperar de un cuarto acto así a no ser que las voces lo remedien.
 
 
 
Bastilla vs. MET
 
Fue tan brutal el impacto que me produjo la producción de Benoît Jacquot en París, fue tan brutal la brillante lectura de Michelle Plasson y fue tan brutal, valga la redundancia, si se me permite, la interpretación de Jonas Kaufmann, que me dije que por muchos Werther que pueda interpretar en su vida, jamás, jamás podrá superar su propio debut en el personaje.
Sí, podrá madurarlo o con los años darle un enfoque diferente, que espero que no haga porque su enfoque me fascina, pero nunca, y repito, nunca logrará superarse el mismo.
 
Y es que hasta ese momento, y a pesar de que llevaba tiempo detrás de “Werther”, nunca había vivido ni me había involucrado tanto en una ópera cuando, en una tarde de domingo, con el televisor para mí sola, sin nadie que me distrajera, concentrada al 100x100 en la música y en las voces… en aquella tarde de domingo “Werther” entró en mi casa de la mano de Jonas Kaufmann, Sophie Koch y Ludovic Tézier, pero también de Plasson. ¡Qué cuarteto!
Me impactó tanto aquella producción con un escenario casi desnudo, minimalista, con cuatro elementos bien puestos, con espacio, que recreaban la frialdad de una obra que esconde en realidad una pasión que quema a los protagonistas y al público. Pasiones contenidas, pulsaciones del corazón de Werther, viento, ambiente.
Con esta producción aprendí que se puede decir mucho sin decir nada o con apenas nada. Se puede entender la soledad rodeada de objetos, y el uso fantástico de los colores y escenas hacen de este “Werther”, mi “Werther” de referencia.
 
A todo ello, pero, hay que añadir un punto fundamental, y es la genial, brillante, sensible y descriptiva filmación de Benoît Jacquot que nos presenta primeros planos de las manos de Kaufmann, de sus puños apretados sinónimo de su resignación, de la expresión de sus ojos que cierra con fuerza desesperada, y ello, todo ello, junto a la magistral interpretación vocal del tenor, ayuda a entender mejor aun a este personaje romántico por antonomasia.
 
 
Aparentemente…
 
Con todas estas premisas, con esta referencia que para mí es de lo mejor que se ha podido escuchar en años en el mundo de la ópera… con todos estos elementos era muy difícil de que la versión ofrecida en el MET pudiera gustarme más que la de la Bastilla.
 
Se puede decir más alto, pero no más claro, la del MET no me supera la de París en nada.
 
 
Sin lugar a dudas, la realización y la toma de imagen del “Werther” parisino es muy superior a la del MET, pues en la primera la cámara siempre tiene como protagonista al cantante rehuyendo de mostrarnos la escenografía casi inexistente, al contrario de la segunda, en la cual, en muchos de los momentos cruciales de la obra, se opta por alejar al cantante de la vista del espectador y la narración pierde continuidad y a la par, intensidad dramática.
En París el protagonista es Werther, en el MET, Werther tiene que competir con la escena.
Y no, para mí continua siendo más excelsa la versión de la Bastilla. Y empezando, claro está, por la dirección orquestal.
 
 
Dirección musical
Mucho, y muy bien se ha hablado del trabajo de ALAIN ANTINOGLU en este “Werther”.  Es injusto valorar una orquestación como la de esta ópera no habiendo estado en directo en el teatro y escuchándola a través de la televisión y con un sonido quizás no del todo apropiado, pero a mi gusto, a la dirección de Antinoglu le falta brillo, pulsación, intensidad, un poco más de genio, de matiz, elementos, todos ellos que tan necesarios son en una obra como esta. Su interpretación, su ejecución, no recrea el ambiente de una noche de luna llena en pleno mes de julio, ni se nota el frío invernal de nochebuena, ni las rachas de viento azotando a los protagonistas.
No puedo decir que fuera una mala dirección, porque no lo fue, pero a mí gusto, no está a la altura de otros directores como Chaylly, Pappano o el mismo Plasson, para mí, insuperable en esta obra, toda una referencia en la ópera francesa, porque capta el espíritu narrativo de la obra y despliega, a sus anchas, toda una gama de matices perceptibles ya desde que levanta la batuta (ya sea tanto en la versión de la Bastilla de París, como en disco).
 


 
Los otros protagonistas
“Werther” es más que una escena, es más que una dirección de orquesta. “Werther” es una de las obras más bellas del repertorio operístico, una ópera que te hace pensar, que te hace reflexionar, que toca el alma de aquellos que la escuchamos. “Werther” es sin duda la obra maestra de Massenet y una de las más queridas por el público. Y dicho sea de paso, una de mis preferidas.
 
Para mí, en 2014, pensar en “Werther” es asociarlo a las voces de la pareja Koch-Kaufmann, un “Werther” por ellos dos, y con parejas distintas, creo que no me funcionaría. Koch es la Charlotte de Kaufmann y éste su Werther. Es así y tiene que ser así, para mí, al menos.
 
JONAS KAUFMANN está pletórico en esta representación. Despliega toda su gama de matices, toda la paleta de posibles colores habidos y por haber. Su fraseo es excelente y su voz está colocada perfectamente.
En su dueto del final del primer acto deja claro por qué hoy en día es, junto a Roberto Alagna, el mejor Werther que podamos escuchar.
Su voz oscura, aterciopelada, capta la esencia del personaje romántico. Sus suaves pianos acarician la oreja de Charlotte en el primer acto en el que da una lección de intención y fraseo.
Su voz, comparando la versión con la de la Bastilla, suena más ágil y libre y flota más, no está tan contenida, tan escondida quizás, pero no consigue emocionarme tanto como lo hizo en París.
En la de París pude sentir y notar el grado de contención de su torrente de voz, de una fuerza que emana de su corazón, impulsada directamente desde lo más fondo de su alma, y que sin embargo hace esfuerzos sobrehumanos para retenerla.  Una gran potencia vocal que debe reducir y amoldar para cuadrar psicológicamente con el personaje. Sí, contención, contención y más contención, creo que en esto se basa, para mí, su gran éxito en París.
Siente un gran amor, una gran pasión, un gran fuego, pero tiene que frenarse y ello hace aún más atractivo e interesante el personaje y su mentalidad, así como la germánica concepción de Kaufmann.
Siempre está presente en su canto el espíritu del romanticismo, del amor ideal, que se siente pero no se vive porque no se puede vivir, porque en ello radica una de las esencias de las obras románticas. Y todo ello se nota vocal y artísticamente, sus movimientos, su expresión corporal y facial delatan que estamos ante Werther. Porque en París Jonas Kaufmann es la encarnación del Werther que hubiera querido Goethe. Kaufmann ES Werther y en dicha producción no veo en ningún momento al tenor, sino al frágil poeta.
Fragilidad. Este es otra de las características de su Werther, y en el MET no le veo así. Cierto es que su vestuario es de manual y me encanta la chaqueta larga hasta los pies y el lazo blanco alrededor de su cuello, y la sobriedad de los colores y traje ayudan a montar el personaje, pero no me parece tan sensible o desequilibrado como en París.
Calificaría su Werther neoyorquino como sensible, sí, evidentemente y tiene que ser así, pero más cerebralmente que físicamente. Es difícil de explicar. Lo único que sé es que su canto, excelente evidentemente, no me llega tanto como en la versión de París.
 
 
 
No se le puede reprochar nada a nivel vocal, pero expresivamente, los matices que en París le supuran por los poros, aquí no los sé apreciar.
El cuarto acto del MET, acto que amo y adoro y por el que tengo especial debilidad desde que vi su versión en la Bastilla a pesar de que siempre me había parecido largo y pesado, no logra transmitirme su agonía final, su extrema hora de felicidad ahogada por las circunstancias, manchada por un suicidio como única solución a un amor correspondido pero prohibido.
Aunque esté cantado todo casi susurrado, no pudiendo ser de otra manera cuando un hombre está agonizando, no me produce el impacto tan brutal, la impresión tan enorme que me produjo el de París, con aquellos cambios de color en la voz y con una expresión al nivel máximo e inteligentemente utilizada para destruir el alma de quien lo canta, de quien lo oye, para que el que lo está viendo empatice con su locura y sienta pena por el personaje, con su desequilibrio, con su flaqueza, con su debilidad, con su contención, con su amor, con su muerte.
Pocos cantantes son capaces de crear este ambiente en un acto de por sí, y aparentemente poco atractivo a nivel musical, pero que encierra frases que contienen una gran fuerza, frases que llegan al alma, frases que con solo leerlas hacen estremecer. Y es que cada vez que pienso en este acto me viene a la memoria su “Parle encore…” tan contenido, tan expresivo, tan bien lanzado al aire,  tan sublime…
Sin duda Kaufmann es un gran artista y todo ello lo logra en París, pero no el MET. No para mí. No en esta función en concreto.
Y es que para mí también, la cosa empieza a flaquear ya en el tercer acto, aunque a pesar de que canta un “Pour quoi me revelleir” extraordinario, en el dueto me falta, sin olvidar la esencia romántica del personaje, un poco más de sangre. Que Werther no es Turiddu o Cavaradossi, cierto, pero un poco más de pasión en el fraseo de las palabras hubieran ayudado a sacar fuera una pasión contenida durante medio año, un fuego escondido que al final decide mostrar poniendo todas las cartas sobre la mesa (Venga, no nos mintamos más diciéndonos que somos vencedores de ese inmortal amor que traspasa nuestros corazones…)
Y si, en este momento, a Werther le saliera un poco la vena verista, para ello está la orquesta para frenarlo y marcarle que aquello es romanticismo, y no verismo. Pero la orquesta no brilla aquí, no percibes las pulsaciones aceleradas y alteradas del corazón de Werther, de la sangre que pasa por sus sienes y no notas claramente su zumbido. No. La orquesta no lo marca lo suficiente, y el cantante, Kaufmann en este caso, está también lejos de ello.
 
 
 
Quizás porque me embrujó aquella sensacional función de París, que no puedo sin duda olvidar que aquella es, en la actualidad, la mejor referencia de esta obra, y sabía de entrada que Kaufmann lo tenía muy difícil para superarse el mismo. Y en mi humilde opinión, en el MET, no lo hace.
 
 
Ocurre tres cuartos de lo mismo con SOPHIE KOCH. Es curioso el nivel de frialdad que desprende su personaje en la producción del MET, adjetivo que le va como anillo al dedo en los tres primeros actos, pero en el cuarto, no.
En el momento en que decide ir a la busca de Werther, la frialdad se rompe. No importan las convicciones sociales, no importa el qué dirán, no importa Albert, no importa nada, solo importa Werther.
Werther, su gran amor, su prohibido amor.
Cómo alguien puede cantar, una frase tan brutal y desesperada, con la frialdad que lo hace ella “la muerte si estás entre mis brazos no logrará arrancarte de mi lado”. Aquí, sin olvidar el estilo romántico, tiene que salir toda la desesperación y también contención, que al igual que Werther, lleva dentro de su corazón, de su cuerpo.
Me da la sensación de pasividad en este montaje del MET, como si Charlotte pasara por la historia sin acabar de encajar en ella, y donde el único protagonismo radica, precisamente, en Werther. Una verdadera lástima.
Además a nivel vocal, para mí, está inferior que en su homónima parisina, mucho menos expresiva, mucho menos sentida y sensible. Un trozo de hielo que no se funde al lado del fuego de Werther, hecho curioso y sorprendente, teniendo un Werther al lado como el de Jonas Kaufmann que aunque, contenido, levanta pasiones.
 
Hablar a estas alturas del Albert de DAVID BIZIC creo que sobra y es innecesario, puesto que no me hace olvidar al elegante Ludovic Tézier de las funciones de París, y seguir hablando del resto, porque en nada ha conseguido hacerme olvidar la versión de 2010 representada en la Bastilla de París.
 
Segunda oportunidad
No obstante quiero hacer a esta producción un par o tres de lecturas más, quizás cuando la haya visualizado y escuchado más, encontraré aquello que no he sido capaz de ver ahora.
 
 

martes, 1 de abril de 2014

“Simon Boccanegra” en el Palau de les Arts: È vo’ gridando pace... è vo’ gridando...

Que es el mejor.
 
Señores, 73 años años, resfriado, con todo lo que tiene a sus espaldas, y Plácido Domingo aún se impone en los escenarios. Y de qué manera. Basta solo ver la energía, la ilusión, las ganas con las que actúa para corroborar, afirmar y reafirmar, una y otra vez que Domingo es el mejor. Y no exagero un ápice.
Dejemos la pasión por el artista de lado y analicemos, si podemos, fríamente. No hay nadie que le pueda igualar en el mundo de la ópera. Su longeva carrera está avalada por las mejores críticas, los grandes teatros aún, y repito, aún se disputan su presencia en sus escenarios, sus admiradores le adoramos, y señores, cante lo que cante, en la tesitura que lo cante, se continúa identificando aquel bello timbre antaño de tenor, disfrazado ahora de barítono.
¿Y qué importa?
Los más puristas, sus detractores, también se le echarán encima diciendo que ya está bien, que se retire. Todos los que amamos su arte, sin embargo, continuamos disfrutándolo.
Con 73 años, qué pronto se dice.
Aquellos que le queremos le pediríamos que baje, en pro de su salud, este ritmo frenético que necesita tanto como el aire que respira. Aquellos que le queremos, hoy, nuevamente le decimos al unísono: gracias Maestro Domingo.
 
 
 
 
De nuevo, Domingo se enfundó las vestiduras de dux en la segunda de las representaciones del "Simon Boccanegra" que estos días está representando en el Palau de les Arts de Valencia.
El edificio de Santiago Calatrava está destartalado completamente y da pena verlo en ese estado. Se ha retirado todo el trencadís que lo cubría, y la cubierta un tanto oxidada, contrasta con el blanco que envuelve el resto del edificio. Una verdadera pena para un teatro tan joven.
 
Austeridad y oscuridad
Parece que viene siendo la moda en las producciones de hoy en día. Un escenario oscuro y minimalista que contrasta con el rojo de los mantos que luce Boccanegra. Senzillez y efectividad, pero que no crea ambiente y no sitúa, argumentalmente hablando, al espectador, en una historia que ya de por sí es enrevesada.
 
Quizás el vestuario de EZIO FRIGERIO y FRANCA SQUARCIAPINO, no estuvieron para mí al nivel de belleza que en otros montajes de los cuales hemos podido gozar, caracterizados siempre por el buen gusto.
Colores oscuros, como oscura es la obra, y rojos que alimentan intrigas y pasiones, encrucijadas, venganzas y rencores.
Todo ello coherentemente ligado con una puesta en escena donde lo más bonito era el simulo del mar, cuando éste se podía adivinar al levantar las enormes rejas que dominan prácticamente la obra en todos los actos.
Me agradó la dirección de EVELINO PIDÒ que llevó para mí un buen tempo y respiró con los cantantes cada segundo, sobre todo muy atento en las intervenciones del tenor Ivan Magrì al  que le marcó prácticamente todas las entradas.
La orquesta sonaba fuerte, atronadora, allí estaba Verdi indudablemente y destacar a la par, la intervención coral, de lujo, en el final del primer acto.
 
 

 
 
Más oscuridad
De voces, claro está, porque "Simon Boccanegra" es de por si una obra de barítonos y bajo, donde el tenor, tiene dos intervenciones bellísimas, pero cuando Boccanegra es Domingo, no hay tenor que valga. Allí manda el dux. Allí manda Simon. Allí, manda Plácido.
PLÁCIDO DOMINGO según comunicado del teatro por los altavoces, cantaba estando enfermo. No especificaron. Supongo que estaba resfriado, pues en las primeras notas que cantó se adivinó que no estaba al 100%. Algo me sospeché cuando, también por megafonía indicaron que la representación empezaría con cinco minutos de retraso.
Hacía justo un año que no le veía actuar en directo. Un año exacto, puesto que ayer se cumplía un año desde que le escuché cantando el Germont padre en el MET. La misma situación.
Y si, resfriado, y tosiendo puntualmente, pero es abrir la boca, es emitir una sola nota y basta ello para hacerme poner el vello de punta.
Ahí está Plácido, me dije interiormente cuando, aparece en el primer acto con su capa y con el pelo y la barba blancas. Plácido al natural, el Plácido al que estoy, ahora, acostumbrada.
Bien es cierto que cualquier cantante aquejado por un resfriado no puede dar lo mejor de sí, pero Domingo hace siempre de tripas corazón, y no siendo quizás la noche en que se sintió más cómodo, llevó adelante una función en la que, casi todo el rato está en escena, fatigando su garganta, pero sus años de experiencia, su saber hacer, hicieron que se notara lo menos posible.
Pero se notó. Era inevitable y sobretodo en fragmentos tan preciosos como “È vo gridando pace… è vo gridando amore…” en el que tuvo que apretar y mucho. Pero lo salvó.
Para mí estupendo en su dueto del primer acto con Amelia, donde me puso la carne de gallina… qué curioso, y cantando de barítono, pero la expresión, aquel fraseo que siempre ha caracterizado a Plácido allí estaba, intacto. Preciso. Fulminante. Plácido – barítono, pero en estado puro.
Y qué decir a nivel escénico… 100% creíble. Él era Simon. Simon el joven, Simon el dux que impone su autoridad sobre Paolo casi rozando el grito. Simon el padre, dulce y amoroso con su hija recién encontrada, y Simon fatigado tras beber la muerte.
Sin duda Boccanegra es uno de los grandes papeles actuales de Plácido Domingo, y un lujo podérselo escuchar, a pesar de no estar en sus mejores condiciones.
Hubo algún momento en que me hizo sufrir, y su increíble – y creíble a la par- actuación artística me hizo pensar en algún momento que no acabaría la obra… pero Plácido es mucho Plácido. Acabó la obra, y tanto que la acabó y además estuvo cordial y simpatiquísimo en la ronda de aplausos que no se prolongó, muy a mi pesar, demasiado.
 
El resto del elenco
Amelia Grimaldi fue encarnada por la soprano china GUANQUN YU que a mi parecer empezó un tanto floja en su “Come quest´ora bruna”. Me daba la sensación que la voz se quedaba un poco atrás. Sin embargo sus agudos fueron impecables, y a medida que avanzó la obra, especialmente en el dueto con Gabrielle y el posterior con Simon estuvo impecable, y fue creciendo a lo largo de la obra de menos, a más.
Y acabó gustándome su voz y su interpretación. Sencilla, sin divismo, natural.
 
Tenía especial interés en escuchar a IVAN MAGRÌ en el papel de Gabrielle Adorno. El tenor de Catania ya había cantado el año pasado con Domingo en el “I due Foscari” y había comentado que cantar con Plácido “da una energia especial”.
Quizás tímbricamente me esperaba mucha más belleza, pero claro, cómo se puede comparar la belleza tímbrica de Adorno, cuando Adorno lo has escuchado por Plácido Domingo. Es muy difícil.
Sinceramente Magrì cumplió su cometido, la voz estaba, las notas estaban, y su dueto con Amelia y su aria “Inferno!!! Amelia qui…Cielo pietoso, rendila” estuvieron bien interpretados, pero faltados de matices. Quizás lo más triste es que cada vez que tenía que entrar buscaba desesperadamente la batuta de Pidò. Eso se soluciona, espero, con el estudio.
 
Muy bien el Fiesco de VITALY KOVALIOV vocal y escénicamente hablando al igual que el Paolo de GEVORG HAKOVIAN ambos generosamente aplaudidos al final de la representación, y de forma claramente merecida.

 
 
 

En estos tiempos que corren…

No hay duda de la incombustibilidad de Plácido Domingo. Sigue en la brecha y con contratos a no sé cuántos años vista.
La próxima temporada cantará “Foscari” en Barcelona y en Covent Garden, Germont también en Londres, Luisa Fernanda en Valencia, Gianni Schicchi en el Real, y… y… y… yo qué sé cuántas cosas más. Una ya pierde la cuenta. Esto sin contar los conciertos, y otras cosas que por medio vayan saliendo.

Me preguntaba mí abuelo esta mañana, ¿pero dime, realmente vale la pena ir a escuchar aún a Plácido Domingo?
Vale la pena ir a escucharle, cruzar el atlántico, atravesar medio mundo o cruzar la acera simplemente para gozar aún de la voz más prodigiosa, grande y bonita que haya dado el mundo de la ópera.

Pasión por su arte. Sí. Mucha. No puedo evitarlo, señores.

Winterreise de Kaufmann en el Liceu: "Fein Liebchen, gute Nacht!"


Wunderlicher Alter,
soll ich mit dir geh'n?
Willst zu meinen Liedern
deine Leier dreh'n?

Viejo extraño,
¿Voy contigo?
¿Harás girar tu organillo
para mis canciones?

 
 
 
 
Con estas palabras. Sentidas. Bien dichas y fraseadas. Casi susurradas. Precisamente con ellas, acariciadas aún por el último eco del piano, el tenor alemán JONAS KAUFMANN ponía punto y final tras 75 minutos de un intenso y expresivo "Winterreise", (Viaje de invierno).

Y tras ellas, se produjo el milagro: cinco o seis segundos de silencio sepulcral en el Liceu. El público volvía a respirar y a ser consciente de ello después de este intervalo de tiempo y Kaufmann, por su parte, regresaba de su viaje por la nieve en pleno invierno. En ese momento en que ambos tomamos consciencia de la vuelta a la realidad, es cuando el Liceu estalla y se produce el delirio.

Había ganas de escuchar al bávaro en Barcelona, y más desde que en 2010 nos cancelara "La bella molinera", y la ocasión valió la pena. Son de aquellas grandes noches con grandes artistas, que se dan raramente. Pero se dio. Y Kaufmann no defraudó.

A pesar de entender muy poco el alemán siempre es un placer escuchar a estos artistas en su lengua natal, pues el grado de implicación y expresión aumenta en estos casos, y ello se palpa, se nota.

Cada una de todas las palabras de este "Winterreise" están perfectamente colocadas, en su punto, y bien lanzadas, y cada una de ellas matizadas por medias voces, por pianos, y por fortes. Escuchar la voz de Kaufmann en una obra así es, en estas épocas de vacas flacas, un auténtico lujo. Pocas oportunidades hay de hacerlo y menos en Barcelona.

 

 

Localidades agotadas

El Liceu lleno hasta la bandera.

Se habían vendido todas las localidades desde hacía tiempo, y el Teatro ideó un sistema de entradas de última hora llamadas "Premium" que me dieron un gran quebradero de cabeza y que han sido las entradas de la discordia. Pero de las 84 inicialmente previstas, se quedaron en unas 48, más o menos pude contar, en un estrado un poco más bajo que el escenario donde Kaufmann, en el centro mismo, estaba flanqueado por esos rezagados de última hora que, por un módico precio de 150 euros, casi compartieron tablas con él.

Situadas en los laterales, molestando quizás, y seguramente, la visión de los proscenios, las tres filas "Premium" supongo, claro, satisfacieron (o no) a los que se hicieron con ellas, siempre tarde, y ya se sabe, pagando algo precio de oro, cuando en realidad tuvieron que ver al artista de lado que no es, ni de lejos, lo que se les había prometido. Y no hay derecho cuando se hacen estas cosas.

Supongo que todo es conformarse. O no.

 
Había nervios en el Liceu. O yo los tenía. Muchos. Dudando hasta última hora y rezando para que no cancelara. Y no. En esta ocasión no.

Además Kaufmann en esta ocasión "jugaba" en casa y el ambiente, el calor, el carisma y las ganas que hay en el Liceu no lo he  encontrado en ningún teatro al cual haya podido acudir. Las noches en nuestro Gran Teatre son mágicas y más cuando por él desfilan grandes voces, grandes artistas. Era consicente de ello. Y ayer noche, volví a comprobarlo. Volví a vivirlo de nuevo, aunque evidentemente y no con el mismo grado de intensidad.

 

El "Winterreise" de Schubert

El núcleo de los poemas que se relata en esta obra de Schubert es el amor no correspondido. Un hombre que ama a una muchacha, pero ella lo deja. Es aquí donde arranca la historia. No hay una línea dramática, sino que los Lieder expresan las reflexiones o impresiones del cantante mientras pasea solo, durante el invierno. Predominan los temas del frío, la oscuridad, el paisaje desolado, y la soledad, pues salvo el organillero final, no encuentra cara a cara a ninguna otra persona.

Los frecuentes cambios de tonalidad marcan las variaciones del sentimiento (de la alegría a la desesperación), si bien la segunda mitad va hundiéndose totalmente en un tono sombrío y melancólico.

Y todo ello a Kaufmann le va como anillo al dedo. Personajes mentalmente un tanto desequilibrados que narran amores no correspondidos, o, correspondidos pero imposibles. Kaufmann busca en su interior todos estos sentimientos, y los pone encima del escenario a través de su voz, una voz oscura que se adapta idóneamente al perfil del personaje protagonista de este frío viaje. De este oscuro viaje, de este melancólico viaje, porque la melancolía también se respira en estos Lieder, que alternan, de tanto en cuando algún motivo alegre en canciones como "Die Post" (El correo) o "Frühlingstraum" (Sueño de primavera).

 

 

El "Winterreise" de Kaufmann

Aunque Kaufmann se entrega en todas, en las más alegres o en las más sombrías, es en las más tristes, en las más interiores, donde más me gusta porque despliega, de forma sencilla, un abanico de sentimientos difíciles de trasladar. El uso de las medias voces, de los pianos se hace esencial para tal fin y el alemán los pasea por el escenario con el más absoluto descaro. Descaro que solo está al alcance de los grandes. Y señores, Kaufmann, guste más o no guste tanto, es uno de los grandes. Viene diciéndolo a gritos desde hace años. Y ayer volvió a reafirmarlo.

Es verdad que quizás siempre se ha dicho que el Liceu no es un público de Lieder, cierto, que quizás el Teatro de las Ramblas no sea el lugar indicado para un recital de ese estilo y que un cantante de ópera, que es lo que es Kaufmann, tendría que venir a cantar precisamente esto, ópera. Estoy de acuerdo, pero señores, cuando el ciclo de Lieder es tan bonito como es el citado, cuando se hace en un recinto tan bello y especial como es el Liceu, y cuando el cantante de ópera en cuestión es tan bueno como Jonas Kaufmann es, no hay excusa que valga, no hay pretexto para salir decepcionado porque pocas veces se dan, en una misma noche, todos estos factores.

Debo confesar que no es la primera versión del "Viaje de invierno" que le escucho a  Kaufmann. Tengo en mí haber una versión de 2007 en Heidelberg, otra de 2013 de Viena y, evidentemente, la comercial de la SONY aparecida recientemente. En las tres suena distinto, pero en esta última es donde Kaufmann alcanza más expresividad.

Y es precisamente este adjetivo, expresividad, con el cual calificaría la interpretación de ayer. Ya desde un "Gute Nacht" (Buenas noches) expresivo y genialmente fraseado, a un nivel inigualable, presentí que aquello sería un desfile de matices, de palabras bien mordidas, de inteligencia y de entrega. De concentración y de honestidad con el público, y todo ello fue posible también por el acompañamiento del piano de HELMUT DEUTSCH, que respiró segundo a segundo con el cantante, sin erigirse en protagonista, limitándose a secundarlo, pero secundándole extraordinariamente de forma sensacional.

Ambos intérpretes se conocen, han trabajado mucho juntos, y Deutsch conoce a la perfección la voz de Kaufmann y Kaufmann encaja perfectamente en las manos de Deutsch. Éste último aprieta cuando puede, pero siempre acompaña. Es impensable hoy en día pensar en un recital del alemán sin tener a este pianista al lado. Es un tanto monta... monta tanto... pero sin el cual un ciclo así sería inimaginable.

Hablaba de concentración. Sí. Kaufmann apareció en el escenario de rigurosa etiqueta, con frac, muy delgado. Se le nota quizá el ritmo frenético de vida, los viajes, y quizás pocas horas de descanso, pero aún así Kaufmann no deja de tener su atractivo. Es un hombre realmente muy atractivo. Se adivinan las canas en su rizado pelo, en su cara, pero, no pierde su encanto por ello. Al contrario.

Con una sonrisa en la boca se presentaba ante un público que le acogía con ganas, pero al que no miró casi nunca, alguna vez tímidamente, y en una sola de forma directa hacia donde estaba yo, y precisamente en una de las piezas que más me gustan "Die Krähe" (La corneja)... sin palabras. Afortunada fui de poder ver por segundos toda la expresión de su cara girado hacia nuestras localidades. ¿Telepatía, quizás? No. ¿Casualidad? Puede...

El nivel de concentración era tal, que de no haber sido por las reiteradas toses del público entre Lied y Lied que rompían por momentos la magia que se había forjado, y que fue objeto de alguna que otra mirada cómplice entre pianista y cantante, el viaje de invierno de Jonas Kaufmann en el Liceu hubiera sido la perfecta base para una grabación. Para una grabación, indudablemente, de lujo.

Y eso aún advirtiéndose en el programa de mano que las toses pueden molestar al intérprete y al resto del público. En fin... siempre hay quien tiene que dar la nota.


 
 

Del "Gute Nacht" al "Der Leiermann": acompañando a Kaufmann en su frío caminar.

El viaje que nos propone el tenor va desde la contención del amante abandonado, que marca las palabras que golpean su corazón, susurradas a veces, pero totalmente audibles, y, a medida que va avanzando en su camino el canto se vuelve oscuro, desesperado y melancólico, para irse con total facilidad al otro extremo, a la alegría que anhela, al amor que desea, a la ilusión que persigue, a sentirse perseguido por la melodía de Schubert que imprime el piano. De nuevo el estilo se torna sombrío y la resignación final aparece en el último de los Lieder, "Der Leierman" (El organillero) magistralmente, y repito, magistralmente interpretado por Kaufmann. Y es que el poema lo vale, la música lo vale, y el tenor lo interpreta así y así lo siente y lo comunica. Así lo trasladó a la sala repleta de público en el que no cabía una alma más y en un momento en que se podía cortar el silencio. Así lo comentaba el público durante la ronda de aplausos que se le brindó al tenor. Una joya que nos regaló el alemán.

Con efusividad, pero corta. Quizás unos 5 ó 7 minutos en los que el público no paró de bravear, de aplaudir, insinuando a Kaufmann que lo que querían era un bis. Un bis claramente operístico.

Pero un bis después de un tan genial "Der Leierman" hubiera sido un sacrilegio. No digo que no, quizás lo fuere, pero se le hubiera perdonado e incluisive se le hubiera permitido la licencia para hacerlo. Ayer valía todo. Ayer Jonas Kaufmann tenía lo que, coloquialmente se llama, "barra libre". Pero no lo hizo y mantuvo su compromiso con la obra y con el espíritu de Schubert, aunque a mí, la verdad, me hubiera gustado porque disfrutar de una voz como la suya nunca empacha. Nunca sobra. Nunca está de más y siempre apetece. No lo hizo, y lo respeto.

El Liceu poco a poco iba aumentando la intensidad de los aplausos, pero de nada sirvieron. Kaufmann se mantuvo firme y no sucumbió a tentaciones. No pecó. Al menos ayer. Otro día, ya lo veremos...



 

"Como un extraño llegué y como un extraño me marcho"

“Fremd bin ich eingezogen, Fremd zieh' ich wieder aus”.

 
Estas son las primeras palabras con las que se inicia el "Winterreise" de Schubert. Kaufmann, pero, no es un extraño para el público del Liceu ni se marchó como un extraño.
¿Alguien creía que la noche había acabado en el Teatro y con la última nota del piano de Deutsch? No. Claro que no.

Quizás fuera algo un tanto amargo, o agridulce, no sabría cómo definirlo. La ya casi obligada firma de autógrafos no se perpetró a pie de calle. No, para esta ocasión se habilitó el hall del Liceu para que el tenor,  junto a su inseparable pianista, pudieran firmar autógrafos a aquellos, y entre los cuales me encuentro, para quienes la función no acaba con el último telonazo.

Una veintena de personas se congregaron en la entrada de artistas para conseguir una foto, un autógrafo y compartir dos segundos con Kaufmann, muchos no sabíamos lo de la firma en el hall. Nadie dice nada, el Liceu no explica nada.

Fuimos al hall y desde fuera podíamos ver como se estaba preparando todo. A los pocos minutos, por la escalinata principal bajó el tenor, con un pañuelo en el cuello, igual que como había llegado tres horas antes, caminando por las Ramblas y llevando a cuestas él mismo su propio vestuario.

La verdad es que la falta de información generó confusión. Sólo firmaba cd y dvd, y por expreso deseo suyo, nada de fotos. Un chasco. ¿Y la gente que no llevaba un cd o un dvd y querían ver a Kaufmann de cerca?

Me enteré más tarde que el programa también lo firmaría. Y eso me decantó. Y me quedé. No podría hacerme una foto con él (tenía incluso comprado el marco) pero no quería perder la oportunidad de verle de cerca.

Aunque en un principio me pareció mal, estaba irritada... y yo que no había traído cd ¿no podía ni tan siquiera hacer el intento de verle de cerca? Pero reflexionando, y ya en la cola, una cola ordenada, sin gritos, en fila india, sin golpes, sin nadie que se cuele, me pareció que era lo más acertado e idóneo para este tipo de cosas, así pues, todos los que aguardan tienen lo que quieren, y nadie se enfada.

Supongo que debería haber quejas, hoy en día quien no se queja, ¿verdad? pero desde mi punto de vista, y habiendo vivido otras salidas de artistas, creo que es lo mejor que se pudo hacer.

Un colofón, para mí perfecto, que ponía punto y final a una imborrable noche. Mi próxima cita con Kaufmann, en Peralada. ¡¡¡Qué ganas ya...!!!