miércoles, 5 de julio de 2017

José Cura, el otro Otello de nuestros días






Quizás no sea el mejor Otello. No quizás no. Pero es más que un digno Otello. Quizás no sea la voz que tenga en mente para el Otello. No, quizás no. Pero cumple más que con creces. Quizás no sea lo que esperas de Otello. No. Quizás no. Pero el enfoque me ha gustado.

Este reciente “Otello” de la Ópera de Wallonie interpretado por el tenor argentino JOSÉ CURA es en mi opinión, una más que interesante alternativa al “Otello” que estos días está representando el alemán JONAS KAUFMANN en la R.O.H de Londres.

No entraré en comparar personajes y voces. Ambos son dos grandes cantantes. E inteligentes, y, en el gusto personal de cada uno de nosotros está el apostar por uno o por otro. Y para gustos, como decimos, los colores. Los dos tienen sus cosas buenas y también detalles a corregir, pero, si hoy llevo aquí esta versión grabada en la ópera de Wallonie es precisamente para alardear y poner sobre la mesa el trabajo de un cantante como José Cura que ha sabido reinventarse a sí mismo y con un role tan complejo y difícil como el Otello verdiano. Es simplemente una cuestión de justicia y de profundo reconocimiento a este artista.





Un “Otello” que es “Otello”

Producción a mi estilo. Clásica y con vestuario acorde, gracias a Dios, que ambienta, no distrae y que entra por los ojos proporcionando al oyente una sensación de satisfacción por adelantado antes de que empiece a transcurrir la música y la acción.

Aquí el director de escena STEFANO MAZZONIS DI PRALAFERA no juega con el simbolismo a cada momento, y se agradece. Deja que el discurso siga por si solo apoyado en el trabajo escénico de los cantantes. Pero sí que quiero destacar un detalle que me gustó, y es cuando en plena tempestad, cuando Otello lucha para amarrar su nave al puerto, Yago, que está jugando con un barco de juguete lo hunde en una pecera. Sabemos que Yago es malo. De entrada. Pero nos lo confirma y corrobora su gesto. Para que no queden dudas.

Por otro lado también hubo detalles que no me convencieron porque, ¿a santo de qué Otello apuñala a Desdémona?

En medio de tanto equilibrio, siempre tiene que haber el elemento discordante que da la nota aunque, a pesar de ello, no empaña para nada una más que digna función.



Orquesta y coro

Y aunque al principio decía que no haría comparaciones – de voces- aquí me es inevitable. Y lo es porque, en menos de una semana, dos “Otellos” escuchados. Dos orquestas diferentes y dos directores musicales completamente opuestos.

No hay ni punto de comparación en cuanto a orquesta. Aquí, los profesores de la ORQUESTA DE LA OPERA ROYAL DE WALLONIE, inclusive los coros, pierden la partida frente a la brillante y electrizante orquesta de la ROH. Y los coros, igual. Hay menos voces y no lucen tanto en una ópera donde tan importantes son,  sobre todo en el primer acto cuando empieza con la tempestad.

El director musical PAOLO ARRIBAVENI también queda relegado a segundo plano, cuando su opositor en el podio responde al nombre de Antonio Pappano. No añado nada más al respecto. Ya se sabe que… a buen entendedor…



Cumpliendo

La Desdemona de la soprano CINZI FORTE no es una gran voz. Ni atractiva al oído ni extremandamente llena de matices, pero, cumple con su papel de Desdemona al que no dota de carácter inclinándose por una psicología clásica del personaje. Como de toda la vida.



PIERRE-YVES PROUVOT asume el papel de Yago. Es una voz que no destaca ni por buena ni por mala, pero le permite afrontar todas las dificultades del personaje. Quizás en algún momento hubiera tenido que imprimir un poco más de malicia, no digo que no, pero estuvo en todo momento en su papel y muy bien compenetrado con José Cura, el gran pilar y atractivo de esta versión que hoy comento.





Sorprendente Cura

Y merece por ello un apartado especial en solitario con un análisis vocal y artístico-psicológico del personaje.

Si tuviera que calificar, con un solo adjetivo la voz de JOSÉ CURA es que la voz suena sorprendentemente sana. No hay ni rastro de aquellas oscuridades que años ha había asociado a la voz del tenor argentino. Sí, francamente, me sorprendió que con unos cuantos “Otello” en sus espaldas y con la friolera de 54 años la voz suene tan limpia. Tan sana. Y se me perdone que me repita pero es que sana es como me llegó a mí.

Sí que es verdad que ello no quita que tenga sus momentos en los cuales reconoces al impetuoso José Cura y el estilo de canto al que fue acercándose y que hizo que yo me alejara precisamente de él por apostar por una línea canora demasiado brusca faltada de elegancia. Cierto es que la voz no sufre con los estragos de una endiablada y tremenda partitura, y su voz le da para cantar, de sobra, este arduo personaje. Y en esta función lo demuestra una vez más.

Ayer, sin embargo, me encontré con alguien inteligente que ha sabido reeducarse a sí mismo. Recuerdo sus tonos brunitos de sus primeras incursiones operísticas y también su aproximación primeriza al personaje de Otello. La voz ha cambiado. Él ha cambiado. Y la interpretación también.

Cierto es que a todos nos viene en mente cuando hablamos de Otello al guerrero desquiciado, al que sufre complejo de inferioridad, aquel hombre que ruge de ira tan o más fuerte que el León alado de Venecia, el amante despechado y celoso que no razona sino que actúa, y el marido que – sabiéndose cornudo- actúa y trata a su esposa con fatal brutalidad.




Cura ha reinterpretado el personaje. Su Otello no tiene 40 años. Ha traspasado la línea de los cincuenta, sus sienes se han plateado y ha alcanzado la madurez, y dota al personaje de reflexión dando pleno sentido a su genial razonamiento del segundo acto “pria del dubbio l´indagine, dopo il dubbio, la prova, doppo la prova, Otello ha sue leggi supreme”.

Con ello, consigue diferenciar claramente en el primer acto al Otello maduro que llega vencedor de la batalla, con el ímpetu justo del hombre acostumbrado a luchar en más de cien batallas y lleno de honores. La dulzura con la que aborda el dueto del final del primer acto muestra al amante reposado, no al impetuoso cuya sangre arde en las venas al ver la figura de su esposa.

Pero es que en el segundo acto, a pesar de que Yago ya le ha lanzado el dardo que envenena su mente, Otello continua tratando a Desdemona con una sorprendente prudencia y precaución: desde la reflexión, desde la duda, con un respeto que otros Otellos ya han perdido al oír simplemente el eco de las emponzoñadas palabras de Yago. Y no es hasta que jura vengarse de ella que Otello-Cura da el cambio. A raíz de ello, el tono de voz con el que se dirige a Desdemona aumenta y se vuelve más altanero a medida que va perdiendo el respeto hacia su persona y su trato, se torna brutal e implacable, y ello, sin recurrir a tópicos tan típicos como el exceso de gritos, el exceso de ademanes para mostrar la locura y la rabia interior de un ser que se ha convertido en la marioneta de Yago.

Llega pues a un cuarto y último acto donde borda su escena final y aun sabiendo de la injusticia que acaba de cometer, el león no es tan fiero como lo pintan: “Ecco è il leon” y se saca de la manga un sensacional “E tu, come sei pallida, e stanca, e muta…” con dos “Desdemona” brutalmente diferenciados: dulce, amoroso y lleno de pasión contenida para dar paso a un segundo desgarrador y fuera de sí, completamente desquiciado.




Realmente la visión del personaje que imprimió José Cura, más que aceptable y coherente me encantó.

No es lo mismo tener en nuestro haber personal 30 años, 40 o 50. La vida enseña. Las experiencias nos hacen crecer y mejorar en muchos casos. La edad nos ayuda a reflexionar, a acercarnos al sosiego en contrapartida a la impetuosidad e impulso del cuerpo y cerebro joven que actúa, en muchas ocasiones, sin pensar.

Cura da un giro a Otello. Y me gusta. Por ello aplaudo esta introspección y este trabajo de buceo en el alma de Otello intentando sacar la luz a un personaje que de entrada ya tachamos de oscuro porque comete un brutal e injusto asesinato. ¿Es realmente tan malo Otello?

Otello no es nada más que un hombre. En el fondo,  Otello, no es nada más que un pobre hombre.

viernes, 30 de junio de 2017

Un Otello en fase de construcción




Y no canceló.

Esta vez sí que no lo hizo a pesar de que todos mis temores apuntaban en una única dirección, que era el tener que enfrentarme una vez más a un nuevo plantón del tenor germano. Por el resto, todo sobre lo previsto. Sin sorpresas.
Este “Otello” era uno de los grandes acontecimientos de la temporada operística a nivel internacional y tuvo lugar el pasado miércoles en el Covent Garden de Londres, una semana después de que JONAS KAUFFANN cantara por primera vez el difícil y extenuante papel de Otello. La expectación era máxima, la curiosidad extrema.
“Otello” es una de aquellas óperas que todo tenor quiere cantar, pero para la cual no todos reúnen las capacidades vocales y artísticas para hacerlo, porque en esta ópera de Verdi, ambas deben ir unidas indisolublemente de la mano. Cuando está la primera y la segunda no, la cosa no funciona. Pero tampoco cuando la segunda es extraordinaria, pero falta la primera. Y para huir corriendo cuando no se da ninguna de las dos, que a veces también ocurre.
Este pasado miércoles la ROH lucía todas sus galas. Un teatro lleno a rebosar. La sala ansiosa. No en balde pues, Jonas Kaufmann despierta pasiones por allí donde camina, y cada paso suyo, por pequeño que sea retumba tan fuerte que se convierte en un acontecimiento mediático de alto voltaje.
Gracias a la iniciativa de la “Ópera en el cine” esta vez sí pudimos gozar en los cines de Sabadell de la retransmisión en directo. Así es que, en un abrir y cerrar de ojos, a las 8 y media de la tarde-norche viajamos virtualmente a Londres con ganas de respirar con los intérpretes y público real cada nota, cada instante, cada momento dramático de la obra maestra de Verdi.


Caja negra, pensamientos oscuros
La puesta en escena de KEITH WARNER no aporta pizca de singularidad. La idea de mostrar una caja negra sin elementos decorativos hastía pero no molesta ni distrae al oyente y le permite y deja que se centre en la música y en el cantante. Algo es algo. Y este algo, es para mí, mucho. Quizás en la retransmisión en las salas se hubiera agradecido más primeros planos en los momentos cruciales de la ópera, pues la negrura que domina casi toda la obra solapa el trabajo escénico del cantante-intérprete, por otro lado, quizás no suficientemente definido en cuanto a los personajes principales se refiere.
Los momentos de luz los aportan las intervenciones de Desdemona con su halo de inocencia y candidez veladas con interesantes y suntuosas celosías que ofrecían un soplo de aire fresco en un ambiente enrarecido por la ambición, la envidia y el engaño.
Tampoco es nada del otro mundo el vestuario, que si bien logra un equilibrio en Otello -Desdémona – Yago, desfallece con el de Emilia, con una peluca salida de no se sabe dónde y con el de los embajadores venecianos, de riguroso blanco como diciendo al público que ellos son los buenos. Quizás así sea a los ojos del público y de los habitantes chipriotas que colman la isla de alegría, borracheras y fuego. El blanco como sinónimo del bien. Pero creo que, la interpretación en la mente desquiciada de Otello quizás no sea así.  ¿Será por esto que se les viste de blanco como símil o guiño a Star Wars, para hacer reflexionar al público que no todo lo blanco y luminoso es bueno y que no todo lo negro y oscuro es malo? ¿No será que el director de escena pretende que nos pongamos en la mente del personaje principal y empaticemos más con él y con sus injustificables actos? Creo que la combinación de los colores puede tener numerosas lecturas.
Detalles escénicos para olvidar, pues el paseo del león alado de Venecia cuando los venecianos entran en escena y que no aporta más que un estruendoso ridículo o la gran – e innecesaria- hemorragia de Otello en el acto final cuando, habiendo descubierto la maquiavélica telaraña tejida por Yago, se suicida con un puñal… “Oh gloria… Otello, fu…”.

El gran triunfador
Una vez más. Como siempre que este gran músico aparece en el podio.
ANTONIO PAPPANO ese sabio y conocedor del lenguaje musical, conductor de orquestas y cantantes que es el líder indiscutible de la ROH sin el cual, este “Otello” no hubiera sido lo que fue. Y es que podría haber resultado algo más que lo se escuchó el miércoles, si atendemos la solera de la ROH y de los cantantes, cuyo reparto encabezaba una de las voces que, a día de hoy, críticos, músicos, revistas musicales especializadas, prensa y público en general la considera como una de las mejores en la cuerda de tenor. Pero en esto, no tuvo la culpa Pappano.
Empezó con un gran momento describiendo la tormenta con la que se abre la ópera con una orquesta sonando a toda potencia secundando unos brillantes coros. Pero después de la furia inicial recrea espectacularmente la escena de calma del final del primer acto creando una atmósfera serena y nocturna antes de volver a las negras tribulaciones que ofuscan la mente de Otello y que Yago va carcomiendo desde el inicio de la ópera.
Pero sí que destaco la inteligencia con la que afronta la gran – y cansina- escena de Desdemona y su inacabable versión de la “canzon del salice”, un momento en el que Verdi perdió su inspiración pero que Pappano recondujo con un tempo correcto y con una buena lectura de la soprano que si bien, no evita la pesadez del aria, ayuda a sobrellevar esos 7 u 8 minutos que dura. Quizás un poco menos..., pero minutos que simulan ser una hora entera.

Desdemona y Yago
Dos de personajes que forman la “tripleta central” que componen la magistral obra del maestro de Busetto.


MARIA AGRESTA está suficientemente cómoda en un papel que, por voz, le encaja perfectamente. De un lirismo puro, su discurso es limpio e imprime el justo carácter para dotar a Desdemona de esa dulzura que requiere el personaje, sin dejar de mostrar por otro lado, el carácter que la hace “compañera” y no tanto sumisa del hombre con quien se ha desposado. Del moro con el que ha contraído matrimonio.
Lo cierto es que la soprano, al igual que le sucedió a Jonas Kauffmann, fue de menos a más a lo largo de la noche, logrando su punto más álgido en el dueto del tercer acto sin adolecer de exceso de patetismo ni de debilidad.



Quien crea que el barítono MARCO VRATOGNA es Yago o puede cantar un Yago, está completamente equivocado. Bien es cierto que su dicción es extremadamente impoluta e intentaba poner intención en su texto, pero el problema radica en que abusó de un exceso de recitado, más hablado que no cantado. Este es un recurso al cual podría haber acudido en algún momento puntual de la obra, pero no abusar de él en todo el segundo acto cuando su perversa mente envenena el débil y ofuscado cerebro del moro.
Quien crea que Yago se puede interpretar con una voz como la de Vratogna, continua estando errado. En su voz falta robustez, consistencia, lirismo cuando lo requiere, y malicia, intención y cuerpo. Prueba de ello, su “Credo” pasó un tanto más que desapercibido, y solamente en las escenas con Otello alcanzaba quizás credibilidad su personaje y voz, quizás debido a que Otello carecía de ella.

¿Jonas Kaufmann, Otello?
Decía al principio de este comentario que me preocupaba más la cancelación del muniqués que la interpretación que hizo en sí, porque conociendo como canta e interpreta JONAS KAUFMANN escuché y vi, lo que esperaba oír y visualizar.
Otello, es un gran personaje, con una mente llena de tormentas y de dudas. Es un moro que sufre de un bestial complejo de inferioridad. Un negro en medio de una sociedad de blancos a la cual mira  con recelo y que desconfía del que no es su semejante. Un hombre que a pesar de ser un reputado guerrero y ganador en mil y una batallas que podían enardecer y elevar su espíritu a la cúspide del orgullo, la verdad resulta ser que su moral camina más abajo del suelo por donde pisa.
Es alguien acostumbrado a la rudeza, al mando, a dar órdenes. Es brutal, salvaje y furioso. Solo la proximidad de Desdemona deja entrever al amante, al hombre rendido ante los placeres carnales. Otello es además la máxima autoridad en Chipre por voluntad del Dux de Venecia. Un personaje acorazado que genera e infunde terror lanzando únicamente una simple mirada, pero en realidad resulta ser un hombre con muchas debilidades ocultas tras sus vestiduras y que solo el maléfico de su alférez Yago ha sabido leerlas en el fondo de su corazón y en lo más alto de su mente y pensamiento.
Así es Otello. Este es Otello.

¿Es pues Jonas Kaufmann el héroe? ¿Es Kaufmann, pues, el guerrero?

“È quel che´egli è”.




Antes de entrar en un detalle más exahustivo y explicar cuál ha sido el “Otello” del alemán, quiero lanzarle mi más grande admiración por el coraje y valentía de afrontar una ópera tan sumamente complicada y exigente como es el “Otello” verdiano quizás en un momento en que su voz, a pesar de su reciente parón, no es lo que era 8 años atrás cuando nos fascinó con sus “Carmen” o con su inolvidable “Werther” en la Bastilla de París.

A Kaufmann le falta autoridad, carácter y brutalidad. Le falta el dramatismo y el impulso de la sangre en las venas que hierven de indignación, de dolor y de ofuscación. Nunca grita. Jamás. Todo lo resuelve de forma completamente llana sin dejar lugar a que el espectador sea capaz de discernir si está contento, si está enfadado, si medita, si maquina o si por el contrario le están devorando los mil demonios que Yago injerta con un solo pinchazo en su cerebro.

Su “Esultate” incial, a la par que apagado y oscuro con el que no consigue levantar a la sala tampoco llega a regocijar al pueblo. Y a él tampoco. Decepcionante, pues. Es como si anunciara una victoria descafeinada, porque Kaufmann no hace creíble el personaje y tampoco se lo cree él. Tres cuartos de lo mismo sucede con su “Abasso le spade” que no atemoriza ni a una mosca. Otello requiere más vísceras, más sangre. Más de todo. Tienes que dejarte la piel encima del escenario. La piel, la voz y el cuerpo entero. Y también el alma. De lo contrario el engranaje no empieza ni a funcionar.

Quizás uno de los inconvenientes que se hicieron más evidentes sobretodo en el transcurso de los dos primeros actos es que Kaufmann estaba excesiva y extremadamente concentrado en la parte vocal. Obvio por un lado, pero esto le impedía dotar de carne y huesos y de sentimientos al moro de Venecia.
Y esto se dio en el primero, pero también y con más motivo en el segundo que es cuando debe plasmarse ese giro del personaje. El giro que le lleva a una infundada locura y ofuscación y a poner en punto muerto su pensamiento reflexivo.

No, Kaufmann ni por asombro es Otello. No ahora, ni en dos o tres años a la vista me atrevería a decir, si dentro de este período, aún tiene fuerza y voz para cantarlo. Necesita mucho, mucho rodaje que no tiene y hacer una introspección en el personaje urgentemente. Esta función, no obstante, era ni más ni menos la tercera que cantaba y podría justificarse simplemente con esto, pero no es lo que se espera de un artista como Jonas Kaufmann que revienta teatros y los llena hasta la bandera.

No obstante, la parte dramática mejoró en el tercer acto. En el dueto con Desdemona me pareció un poco más creíble y más metido en el personaje, para regresar de nuevo a un cuarto bastante decepcionante.




En cuanto a nivel vocal, la voz, pasada por cable y a través del micro y con los altavoces a toda potencia en el cine puede llevarnos al engaño, porque lo escuchado a la distancia no es lo mismo que pudieron apreciar los londinenses congregados en la ROH. Y esto es algo a tener en cuenta. Kaufmann posee volumen, y en el cine la voz respondía… ¿Pero… y en directo, fue así?
Medios tiene, y llega donde tiene que llegar. Tenemos que recordar que estamos ante una partitura extrema y con este personaje la voz siempre está al límite y todos los Otellos, se llamen como se llamen, han luchado y tienen que guerrear con una diabólica música surgida de la genialidad del maestro Giuseppe Verdi y con un volumen orquestal muy grande.

Atacó agudos sin temblar, siempre con extrema concentración, la cual, finalizado su monólogo del tercer acto “Dio, mi potevi…” relajó un tanto y no se manifestó de forma tan obvia. Éste, junto con el dueto del tercer acto con Desdemona, fueron en mi opinión sus mejores aportaciones en la noche estival inglesa.

Decía que la voz no es la que fue, y en las notas más altas, allí donde antaño había un poco más de brillo que contrastaba a la perfección con su timbre oscuro más de barítono que de tenor, ahora no está. La voz siempre suena oscura. En el centro y en las alturas. A pesar de todo ello, Kaufmann firma un correcto “Otello” pero que no es para tirar cohetes en una representación equilibrada donde el entusiasmo brilló por su ausencia, pero del que sale victorioso porque el otro gran personaje, Yago, no está tampoco a la altura de las circunstancias. Y por ello no se come ni ensombrece la aportación del alemán, de haber sido así, el resultado de la función hubiera sido patético y nefasto. Más decepcionante aún.
A pesar de todos estos peros, más que recomendable ver esta primera incursión de Jonas Kaufmann en el “Otello” cuando – si así acaba siendo- la ROH edite la función y la comercialice. Un documento curioso. O que lo será quizás de aquí 30 años cuando hablemos y recordemos el primer “Otello” del bávaro.


jueves, 8 de junio de 2017

Olimpos. Dioses. ¿¿Ocasos??




Con el apunte de hoy, mi blog da un giro. Empieza quizás una nueva etapa salpicada de grandes e interesantes momentos de colaboración con aportaciones valiosísimas de aficionados que, al igual que yo, amamos el arte y la voz de este gran e inconmensurable artista que responde al nombre de Plácido Domingo, el alma que da sentido a este rincón en la red.

Dicen que la música une. Verdad como un templo. La música es internacional y lo más bonito es que todos la sentimos, con mayor o menor intensidad. Y no deja a nadie indiferente. Sí, une -y de qué manera- con lazos, en ocasiones indisolubles.

Plácido Domingo también lo hace con el poderío de su voz, con su pasión, con su sentimiento. Hace ya mucho, mucho tiempo que tengo la suerte de contar con la amistad, con la comprensión, con el apoyo (musical y moral) de mí querida Mónica. Almas semejantes, sentimientos prácticamente iguales. Vidas unidas por un mismo artista que nos conecta al instante aunque estemos muy lejos la una de la otra. A pesar de que “l´immenso ocean ne separi”, siempre la he sentido - y la siento- cerca y a mi lado.

Por esto hoy, rompo mi tanda de escritos e impresiones para hacer públicas las suyas, que perfectamente podrían haber sido las mías. Suscribo todas y cada una de las palabras estampadas sobre el papel.

Gracias Mónica Menconi por esta primera aportación, la primera de muchas otras que, espero, hagas.




Mientras en el Luna Park de Buenos Aires (otrora estadio destinado al box y devenido luego en ámbito para recitales, conciertos, ballets y etc etc etc…) José Carreras se despedía de su “idem”, yo me disponía, en esa noche bien otoñal, a ver el dvd de la Gala que la Opera de Viena ofreciera hace una semana con motivo de los 50 años del debut de PLÁCIDO DOMINGO.



Ya desearía tener un sobrado dominio de la lengua castellana para describir, con la mayor fidelidad posible, lo acontecido esa noche sobre ese venerado escenario. Más como no lo tengo, me limitaré a intentarlo.



Todos lo saben: Plácido Domingo tiene 76 años, comenzó cantando muy, muy joven como barítono para descubrir más pronto que tarde que la suya era una voz de tenor. Y ahora (el destino estaba marcado) ha vuelto a cantar como barítono. Esta situación ha despertado muy encontradas opiniones que, personalmente, me tienen sin cuidado y creo….que a él también.



La tv comienza mostrando con generosidad las bellezas de la Staastsoper y el público ingresando hasta colmar, creo que en exceso, su capacidad (1.700 ubicaciones) en tanto pensaba qué no hubiera dado por estar allí.

Juro que se siente la excitación a través de la pantalla viendo la elegancia de damas y caballeros, escuchando su murmullo mientras buscan sus ubicaciones, hasta que hacen su ingreso los integrantes de la Filarmónica de Viena y el Coro Estable, todos ellos de rigurosa etiqueta. Conduce la solvente batuta del siempre eficaz MARCO ARMILIATO.



Cuesta lograr el silencio hasta que se inicia el concierto con la Obertura de “Nabucco” de Giuseppe Verdi, autor a quien pertenecen los tres actos de las óperas que se representarán, en versión concierto, a continuación.

Notable fue la ejecución de esta obertura, ajustes perfectos de los diversos grupos instrumentales, gran balance sonoro de matices sutilmente buscados y llevados a cabo.







“Un ballo in maschera”



Para dar comienzo al Acto 3ro de “Un Ballo in Maschera” hacen su ingreso el homenajeado y ANA MARÍA MARTÍNEZ, a quienes más adelante seguirán RAMÓN VARGAS, MARÍA NAZAROV, ALEXANDRU MOISIUC y DAN P. DUMITRESCU. La ovación hace vibrar mis parlantes y se sostiene…y se prolonga y Plácido no puede contener la emoción. Trata con mil trucos: se acomoda el níveo moño, se ajusta el cuello, inclina su cabeza una y otra vez para agradecer pero le cuesta…¡y mucho! Pero debe cantar y es un largo acto. Si bien todos tienen la partitura en sus atriles por momentos da la impresión que están actuando, sintiendo el dolor, júbilo o tristeza de cada nota. La entrega emocional, física y vocal de Plácido es absolutamente imposible de describir. Cada palabra tiene su peso específico, nada es banal. Puede haber alguna dificultad en la respiración o las notas bajas pero el oficio, la musicalidad que sólo él posee sortean todos y cada uno de estos escollos que, lógicamente, encuentra porque sigue siendo tenor aunque ya no pueda cantar en esa cuerda.



Exquisita la Amelia de ANA MARÍA MARTÍNEZ, no hay fisuras en su emisión, impecables sus agudos y su interpretación. Me sorprende gratamente su muy estilizada figura, el soberbio “haute couture” en tonos de bronce (color que repetirá en otro modelo para el “Simón Bocanegra” aunque, para mi gusto, sea demasiado monocromático por su color de cabello y piel).



Tenía yo mis dudas pero RAMÓN VARGAS ha estado a la altura de las circunstancias soltando su voz con total serenidad y muy segura emisión.

Me sorprende MARÍA NAZAROV con su voz liviana, ligera y potente.



La orquesta es suntuosa, no hallo otra palabra más adecuada a la música escrita por Verdi.



Finaliza esta primera parte con otra ovación, más estruendosa, más sostenida. Como la emoción….

La televisión utiliza con inteligencia el intervalo para dar espacio a diversas conversaciones con el homenajeado. Afortunadamente son en inglés y lo muestran en diferentes ensayos o relatándonos qué significa para él la música: lo mismo que respirar.

Nada por agregar. Punto.







“La Traviata”



Ya suenan las primeras notas del segundo acto de “La Traviata”. DMITRY KORCHAK ofrece un seguro y aplomado Alfredo, con un agradable timbre y atacando con total soltura el agudo final en “O mio rimorso”.



SONYA YONCHEVA es la Violetta Valery de hoy, sin lugar a dudas. Su voz tiene el color, la proyección y la afinación perfectas. Siente y padece lo que Verdi puso en el pentagrama con total fidelidad. Es un lujo. (No así el vestuario elegido que en nada la favorecía, más bien todo lo contrario; y su peinado contribuyó a arruinar el conjunto).

El lector se preguntará si en algo tiene que ver que destaque los atuendos femeninos en detalle. Respondo que sí y mucho. La ópera, sea representada o en concierto, es un producto musical, vocal, actoral y visual que posee una estética. Todo ello impacta en nuestros sentidos. Quien no lo crea así puede escucharla a través de un cd.



La segunda entrada de PLÁCIDO desata otra ovación. Y a partir de allí Giorgio Germont domina el escenario con voz segura, firme, ordenando que no implorando, sugiriendo, consolando, agradeciendo. Su “Di provenza il mar” es un abanico de emociones. Sortea sus pequeñas “cordilleras” con el oficio de…¿¿¿cuántos años???. Fin de la segunda parte y más ovaciones, fuertes ovaciones.





El nuevo intervalo da paso a relatos de los diversos integrantes de la orquesta y el director del coro que me hablan en alemán. Se percibe todo como muy interesante…..ni falta hace aclarar que no comprendo el idioma, más allá de un danke o bitte.





Simon Boccanegra



Esta noche, esta larga y exquisita noche, va llegando a su fin con el último acto de Simón Bocanegra. A DOMINGO, MARTÍNEZ y VARGAS se unen Kwangchul Youn, MARCO CARIA y CARLOS OSUNA. El dramatismo de este acto es de una hondura vocal y musical maravillosas. Todos se lucen en su cuerda, mucho. A Plácido es a quien más le cuesta quizás debido a lo extenso de la noche, la emoción en exceso y un cansancio en su voz lógico de esperar, pero eso si, jamás claudica. A la hora de hacerse cargo de su parte se juega la vida (como el torero frente a los toros o el enamorado con su amada). El coro y la orquesta suenan a gloria, ¡qué magníficos son! Gracias Mtro. ARMILIATO porque más allá de ser un “todo terreno” como muchos lo mencionan con liviandad, es usted un gran director que saben llevar siempre a buen puerto una ópera. No en vano está usted dirigiendo a estos músicos que han dado brillante atención y respuesta a su batuta.








Más emociones, si aún no fueron suficientes



Todo concluye y, a decir de los críticos neoyorquinos en traducción literal, los vieneses “tiran la casa abajo”. Y entonces la emoción ya no se contiene, ni arriba del escenario ni abajo supongo yo, que hago lo mismo en mi casa: llorar.



Plácido hace todo lo posible por disimular hasta que decide no hacerlo más y llora. Y está muy bien que así lo haga. Se lo merece. Se merece compartir esa emoción, que subía desde la platea y bajaba de lo más alto de la Staatsoper, con todo ese público que despliega un enorme cartel en platea que dice “Plácido te amamos”. Eso sí lo entiendo en alemán.



Se suceden los saludos. Plácido, siempre tan atento, hace subir al escenario a los cantantes que lo acompañaron en los dos actos previos y junto al director agradecen. Plácido también gira y saluda a los músicos que están mas cercanos, y al coro, y a toda la orquesta, aplaudiéndolos. Sabe como nadie que lo que ha sucedido allí es producto de todos los que habitaron por casi tres horas ese escenario, en sabia complicidad con los que vibraron cada nota sentados en sus butacas.



Entra en escena DOMINIQUE MEYER, director de la casa, y rinde tributo al homenajeado con palabras muy celebradas por el público y todos los artistas…que comprenden el idioma claro. De todas maneras hay gestos que son sensiblemente comprendidos: Meyer quita una lágrima del rostro de Plácido con su mano, le obsequia el traje que usara hace 50 años cuando debutó en Viena con la ópera “Don Carlos”, y le entrega un gran corazón de claveles rojos y blancos (los preferidos y “cábala” de Domingo) con el número 50 que el Maestro acaricia y acaricia interminablemente.



Y ahora toma el micrófono Plácido y vaya si le cuesta comenzar a hablar…no logra contener la emoción y sus cuerdas vocales no saben mentir (como “La Tabernera del puerto”. Finalmente se compone y en inglés (thanks God!) desgrana sin pudor sus sentimientos, todos, no se guarda nada. ¡Es tan agradecido! No se olvida de nadie para finalizar nombrando a los miembros de su familia que esa noche, como casi todas las noches, están con él.



Y así se cuenta la historia de este señor que ha cantado en todos los continentes, en los más grandes teatros del mundo, las ciudades más remotas, le han otorgado tantos reconocimientos y honores como sea posible; es amigo de reyes y reinas, ha sido recibido por presidentes, varios Papas, y no duda en cantar una ranchera donde le cuadre, sea un restaurante o en la calle si alguien se lo solicita. Puede quedarse hasta más de una hora, después de pasar 3 o 4 cantando, firmando autógrafos y recibiendo admiradores. Si te acercas y hablas con él siempre será mirándote a los ojos, prestando atención a lo que dices y con una sonrisa sea la hora que sea. Figura en el libro Guinness y seguro no le importe. Lo que sí le importa es cantar porque es el “aire” que necesita su alma.



Mitologías hablan de dioses que habitan reinos jamás visitados por el hombre….hummm…

Plácido Domingo habita el Olimpo de los Dioses de la Opera. Ese Olimpo habilita pequeñas sucursales, son lugares grandes o pequeños, cerrados o no, con asientos o no, adonde los humanos pueden ir a espiarlos. Y cuando eso sucede ya no hay tiempo y espacio, principio o fin. En ese momento, el presente es siempre.




martes, 9 de mayo de 2017

Una Carmen con aroma de café y alfombra roja







Y es que curiosamente, en la tarde del domingo pasado, la platea del Teatre de La Faràndula de Sabadell olía a café. Extraño. Curioso. Pero fue así. Al inicio de la obra y durante los entreactos. Y con ese sabor, amargo si se toma solo o dulzón para los más golosos, o, realmente una mezcla de ambos, es el especial regusto que me quedó al finalizar la representación.

Una función con un montaje conocido y que causó ya un gran impacto cuando hace unas temporadas, el tándem CARLES ORTIZ-JORDI GALOBART nos la presentó, trasladando la acción principal en un triángulo amoroso Carmen- Don José – Escamillo simulando el rodaje de una película, un recurso exprimido y explotado al máximo en las últimas décadas. Una propuesta que no distorsionó el argumento en su momento, así como tampoco lo hizo el domingo, dado que los detalles estuvieron cuidados al máximo, demostrando el trabajo de estudio y adaptación para que precisamente el espectador pudiera diferenciar con exactitud la realidad de la ficción.

El problema radica cuando el texto choca con la acción y se hace difícil una adaptación. Esto es lo que ocurre, por ejemplo en el cuarto acto. La corrida de Escamillo se traduce en un estreno de cine. Es vistoso y espectacular y está inteligentemente enfocado, hecho que camufla la clara divergencia entre el libreto y lo visual. Pero precisamente por curioso, por glamuroso, una acaba centrada en el esplendor hollywoodense y se deja embriagar por los flashes, cámaras, y vestuario, ya hace que digas, “aunque no pega ni con pegamento, me cuadra no obstante”.

¿La parte negativa del montaje?

Pues obviamente el hecho de distraer al personal en momentos cumbre: dígase en la “Obertura” donde apetece ver el trabajo del director de orquesta (sensacional en esta ocasión), su pulso, su pasión. En su lugar, se nos presenta el amor de Carmen y Escamillo y los celos de Don José. La escena está lograda y bien interpretada, pero, me mata el trabajo de aquel que, desde el foso, tiene a cien caballos en una mano y otros cien en la otra, quitándole protagonismo a él mismo, y por descontado a la música.

Esto se repite también en la canción de las cartas en el tercer acto que interpreta, precisamente la protagonista a la cual da título la ópera: Carmen. Se destroza su “En vain pour éviter les reponses amères”. La escena se divide en dos y mientras Carmen lee su fatídico destino, al otro lado del escenario una bailarina que invita a la distracción de lo vocal durante la ejecución de la mejor aria que tiene el personaje principal.

¿Solución? Obviar la bailarina y centrarse en lo vocal, que es a lo que vamos. No hay otra, por descontado.



Santiago Serrate

Quiero hacer una mención especial para el director de orquesta que en esta ocasión estuvo al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS. Para mí, uno de los grandes protagonistas de la tarde. Por pulso, por atención, por respirar con los cantantes y por cantar con los cantantes, valga la redundancia. Una obra difícil y de la que es buen conocedor.

Un maestro con un más que alto índice de empatía con la Orquesta, con sus músicos. Sus “bravo orquesta” en cada una de sus entradas al fosado inundaban de una extraña química que a veces es difícil de percibir. Alguien con un alto grado de implicación que logra, lo inlograble en Sabadell, y es que la orquesta nunca suene por encima del cantante. Difícil, sí. Mucho. Pero Santiago Serrate lo consiguió. Indicaciones de que la orquesta bajara volumen cuando lo requería. Al revés, si así se terciaba. Pero sobretodo, destacar su ímpetu y su pasión y una partitura llena de anotaciones – me asomé en uno de los entreactos para verla- y de la cual no acertaba a adivinar qué se escondía tras ese entrallado pentagrama inundado de notas estampadas en su blanco e impoluto papel. En alguna ocasión un tempo quizás un tanto más lento de lo que estamos acostumbrados, sobretodo en la obertura, pero por lo demás, un auténtico lujo la batuta del maestro Serrate. Bravo maestro.



And the Oscar goes to…

Dado que estuvimos enmarcados en el mundo del cine, hoy me permito empezar a hablar de los cantantes de una forma un tanto curiosa, sin seguir mis prácticas habituales. De menos a más, hasta llegar a los cuatro finalistas que se disputarán la preciada estatuilla de oro.

Correctos el cuarteto de contrabandistas formado por la Frasquita de BEATRIZ JIMÉNEZ, la Mercedes de ASSUMPTA CUMÍ, el Remendado de JORDI CASANOVA y el Dancaire de JOAN GARCÍA GOMÀ.

Interesantes también y bien caracterizados el Zúñiga y el Morales de JUAN CARLOS ESTEVE y ALBERT CABERO respectivamente.

Los extras de esta película cumplieron y dieron todos absolutamente la talla.

Mención especial para el COR DELS AMICS DE L´ÒPERA DE SABADELL que sonaron extraordinariamente bien, no tanto la CORAL DE L´AGRUPACIÓ PEDAGÒGICA DE SANT NICOLAU al que eché en falta un poco más de volumen y más trabajo de la lengua francesa, que es muy difícil, y pienso hubieran podido matizar más, y mejor.

Pero los finalistas que optan al premio son sin duda alguna, los protagonistas de esta historia universal. ¿Quién no ha tarareado en alguna ocasión, donde sea, en el trabajo, en la ducha o por la calle la famosa “Habanera” o el “Toreador”?



LAURA VILA debutaba el papel de Carmen, la cigarrera que enloquece a los hombres por su sensualidad, por su carácter. Los medios vocales son buenos, el color de la voz es bonito y el personaje está razonablemente trabajado. Quizás en alguna ocasión la zona grave (aunque salvó todas las notas y bien) requieren de una mayor profundidad, cuerpo o color un tanto más oscuro para potenciar la parte más visceral o más malévola del role, pero brindó una buena Carmen, que, con un buen rodaje, puede ser uno de sus roles fetiches. Además, juega con la ventaja de dotar a Carmen de una extraordinaria belleza, de cuerpo ágil y esbelto que le hace más creíble su personaje.



El Don José del madrileño ENRIQUE FERRER tiene sus momentos, pero el personaje le encaja. El soldado navarro no se caracteriza por la dulzura de un role pucciniano, hecho que juega claramente a su favor ya desde la primera intervención (salvando quizás el dueto con Micaela) manteniendo una línea más visceral que hace que se adecúe su voz a la música y a su temperamento. Quizás en algunas ocasiones los ataques al agudo no estén suficientemente acertados y hace que la voz suene menos corpórea y quizás un tanto velada, pero aún así presenta y defiende un buen Don José.



Un auténtico lujo para nuestro teatro la Micaëla que nos regaló MAITE ALBEROLA. Volumen más que suficiente. Agudos excelentemente atacados. Voz bien proyectada, seguridad y dulzura. Se llevó el gato al agua en todas sus intervenciones y fue ovacionada a lo grande en su aria del tercer acto “Je dis que rien ne m´epouvante”.



Y finalmente, TONI MARSOL fue el que imprimió y marcó un antes y un después durante el transcurso de la obra. Sensacional y vistosa, también de auténtico lujo, su entrada con la canción del “Toreador”. Puso sangre, puso pasión, puso temperamento y temperatura en el escenario y en la sala. Fue a partir de este momento en que la ópera dio un espectacular giro. Allí se notaba quien mandaba. O quien tenía que mandar. Excelente también en el dueto del tercer acto con Don José.



Final de temporada

Y, al final, ¿pues quién se lleva el Oscar? A juzgar por el nivel sonoro de los aplausos del domingo por la tarde, claramente la ganadora sería sin duda la soprano valenciana Maite Alberola.

En mi opinión, concedería un galardón “ex aequo” para Maite Alberola y Toni Marsol. Sin lugar a duda, los protagonistas de una película proyectada en una sala que no olía a palomitas, pero sí a café.

Con esta “Carmen” finaliza la temporada en Sabadell, en una estación en que han desfilado por las tablas vallesanas un interesante y magnífico “Don Giovanni” y una arriesgada y exitosa “Manon Lescaut”.

¿Planes de futuro para la siguiente temporada…? Pues se avecina un “Così fan tutte” en octubre, un “Don Carlo” en febrero para culminar con dos auténticas joyas del verismo italiano,  tal como reza el programa de mano.




domingo, 5 de marzo de 2017

Eterno Plácido. Eterno recuerdo de una intensa noche.







Qué difícil debió haber sido no sucumbir en la ciudad de Alejandría, tiempos ha, a la voluptuosidad y a los encantos de la cortesana Thaïs. Otros tiempos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

Y, valga la redundancia y, apuntando hacia otra dirección, digo, qué difícil es no rendirse a la voz y arte del gran PLÁCIDO DOMINGO. Una vez más el Maestro Domingo imprimió su sello y personalidad ayer noche en el Gran Teatre del Liceu que, lleno hasta la bandera, rebosaba de magnetismo y magia para acabar claudicando una vez más a los pies del más grande.

La noche tenía y presentaba cierto regusto oriental y olían, mezcladas, el sabor de la lujuria en contraposición al misticismo. En el ambiente, por otro lado, se palpaba expectación e ilusión, no en vano pues, el reclamo principal de estas funciones ofrecidas en versión concierto tenían como gancho al tenor Plácido Domingo.

Casi un año hacía que el madrileño no pisaba el escenario del Liceu. Su última visita fue el año pasado con el “Simon Boccanegra”, funciones en las que además se congratulaba los 50 años de debut en el Teatro de las Ramblas. En aquella ocasión, Domingo lo hacía con una ópera representada, pero ayer, colgó en el perchero vestiduras y mantos lucidos en la temporada anterior para ofrecernos en versión concierto una sensacional versión de la ópera de Massenet, “Thaïs”, cuya última función en el Liceu fue en el año 2007, ni más ni menos que con Reneé Fleming en el papel de la protagonista.



El encanto de la música de Massenet

El francés era uno de los más exquisitos compositores de su época. Basta escuchar algunas de las inmortales óperas que forman parte de su catálogo. “Werther”, “Manon”…como para darse cuenta del poder descriptivo que tiene su música.

“Thaïs”, evidentemente, no es una excepción. Quizás el músico jamás estuviera en Alejandría, pero la recreación del recogimiento religioso, el sabor del placer carnal y la embriaguez de la belleza que hace rebosar todos los sentidos, el misticismo y la intensidad están presentes en su obra. Como también lo está la brisa ligera que perfuma de mirra la noche y hace ondear al viento los velos que penden de la mansión de la cortesana que da título a la ópera.

Pero también está presente la pasión y desenfreno personificados por Thaïs y sus amigos en contra de la absurda cabezonería de Athanaël que atormenta su mente. Y esto se nota perfectamente en el leitmotive que le acompaña cada vez que el monje cenobita aparece en escena.

Por tanto, dispone de todos y cada uno de los elementos para trasladar nuestras mentes, ayer noche vírgenes de decorados, hasta tierras orientales, hasta vestuarios lujosos y vistosos que brillan en templadas noches dentro de suntuosos palacios que esconden tras sus paredes toda clase de sentimientos, de abusos, de vino vertido en copas doradas, y desenfrenos y disfrute de la vida.

En contraposición, es el lamento inicial de los cenobitas y la clarividencia de la comunidad albina los que tratan de encontrar el equilibrio entre las tumultuosas vidas en la ciudad de Alejandría. En la terrible ciudad de Alejandría, tal como reza al principio Athanaël.



PATRICK FOURNILLIER, al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA I COR DEL GRAN TEATRE DEL LICEU firma una sensacional lectura de esta obra tan poco – por desgracia- representada. Atento siempre a los cantantes y al coro, exprime al máximo una música que embriaga por lo exótica y por su tremenda belleza. La orquesta situada en el fosado – como es habitual – y no encima del escenario, hace que la música flote en el ambiente, como banda sonora de una película. Esto es lo habitual, aunque en las versiones concierto en ocasiones se tiende a colocar la orquesta detrás de los cantantes solistas. Ayer noche, no fue así, puesto que su lugar era ocupado por el coro, y, lo agradecí.

Escuchar la célebre “Meditación” sin imagen que desconcentre, no tiene precio. Y así hubiera sido si no hubiera estado mermada por la impertinente tos de algunos miembros del público que son especialistas en romper aquello tan especial que solo se consigue cuando acudes a una ópera en directo.

El murmullo del arpa, cual fuente por la que emana una agua pura y cristalina, y el lamento y dolor del solo del violín acariciado ayer noche por el concertino KAI GLEUSTEEN, apaciguan el desenfreno de Thaïs y lleva la tormenta – nacida instantes antes- a la mente de Athanaël.





La belle Thaïs

No es la primera vez que la soprano NINO MACHAIDZE se pone en la piel de esta bella cortesana. Ya la había interpretado con Plácido Domingo en diversos teatros con considerable éxito.

Su voz, interesante, cálida y bien timbrada aunque un tanto oscura para un papel para mí más luminoso, corrió bien por la sala del Liceu, y aunque estuvo a la altura de la representación, su voz no tiene ni el cuerpo ni el matiz, ni la suavidad que su antecesora Reneé Fleming que, como ya hemos hecho mención, nos deleitó con su Thaïs llena de cromatismo y expresión.

Quizás su gesto, un tanto exagerado y repetitivo en el uso de alzar tanto los brazos, no empañó para nada la actuación de ayer noche. Su aria, su célebre aria del segundo acto, cuando se mira al espejo cual madrasta de la Blancanieves, fue aplaudida aunque no con mucho entusiasmo general, en un momento en que debería haber desplegado mucha más seducción en su discurso, no obstante, a nivel general, irreprochable su actuación.

Apostó para seducir al gran Plácido con un vestuario acorde y bien escogido. Thaïs la cortesana enfundada en un precioso vestido blanco realzando figura, mientras que, para el momento de la reconversión y recogimiento final, su vestidura de color negro, la acercaban a la austeridad de la vida religiosa.



Sorpresa me llevé con la voz del canario CELSO ALBELO, un auténtico lujo. Voz solar, bien timbrada y de fraseo elegante para un papel demasiado corto, que nos dejó un buen sabor y ganas de escucharle en un papel quizás más largo en el que pueda hacer gala de esa cálida voz que posee.



En cuanto al resto de roles secundarios, destacar las voces y buena avenencia vocal de quienes daban vida a Crobyle y Myrtale, la soprano SARA BLANCH, que debutaba en el Liceu, y la mezzosoprano MARIFÉ NOGALES. Dos voces interesantes e impecables al igual que la pequeña intervención de MERCEDES ARCURI como encantadora, MARIA JOSÉ SUAREZ como Albine, o MARC PUJOL como sirviente.





 

Dis-moi que je suis belle et que je serai belle éternellement! éternellement!

Sí, esta aria pertenece a la soprano, pero, quizás cambiando un poco el discurso se podría aplicar a quien ayer noche fue el alma de la fiesta, como popularmente, diríamos en otro lugar y en otra situación.

No estoy hablando de belleza. Ni mucho menos porque esta sí que es pasajera y dura lo que dura, sino que mi guiño a la frase que pronuncia Thaïs en el segundo acto es para esa palabra maravillosa: eternamente.

Eterno. Plácido eterno.

PLACIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo, incombustible e infinito. Sin duda alguna merece un apartado especial porque esta fuerza de la naturaleza humana ha roto ya, y sigue rompiendo – y las que le faltan aún- todas las reglas y previsiones en el mundo de la ópera.

¿Quién sino Plácido Domingo es capaz de levantar teatros enteros por allí donde pasa como si fuera un ciclón?

A sus 76 años, suma y sigue, sin que su pensamiento se vea ensombrecido por la oscura nube del retiro. Claro está que, mientras el cuerpo aguante, seguirá encima del escenario para hacer aún las delicias de aquellos que, como yo, aceptamos contentos todo lo que aún puede ofrecernos.  Este es el secreto para seguir disfrutándole. Así de sencillo.

Nos hemos nutrido de él como tenor, pero, el hambre nunca cesa en el corazón del aficionado, y ahora, nos alimentamos de ese arte, de esa experiencia, de ese saber estar, de ese fraseo que aún luce bonito, de ese centro tan maravilloso de color chocolate que endulza, sin engordar, nuestras ávidas almas.

Plácido Domingo es un grande entre los grandes. Se le pueden achacar mil y un defectos propios de la edad, el cansancio o la lucha contra –ahora- un fiato más escaso que antaño, pero, lo que no se le puede reprochar, ni un ápice, es su entrega, su pasión, su amor por lo que hace y esa maestría de la que hace gala y envuelve todos y cada uno de nuestros sentidos.

Y ayer Domingo estaba bien de voz. Resplandecía de elegancia con su traje negro coronado por ese precioso pelo blanco.



Con una sola frase Domingo es capaz de llevarse el gato al agua, y su centro, luce aún aunque no rutila, obviamente, como hace treinta años. Somos conscientes, lo sabemos, pero… Siempre hay ese pero que hace declinarte y apostar por aquel gigante que fue y del que ahora queda la sombra. Pero, quien ha sido gigante, nunca deja de serlo.

Disfrutar de la intensidad de su canto es un lujo, como lo fue ayer noche. Plácido Domingo puso todo su corazón a disposición del público que llenaba la sala del Gran Teatre del Liceu. Su expresión corporal, su faz, su gesto, su fuerza se notó en todas sus intervenciones, para, culminar con un sensacional final de la ópera que levantó al público. Hacía ya muchos minutos que el madrileño había hecho subir la temperatura, pero, el coup de grâce que me remató, fue en esos 10 minutos finales llenos de intensidad y dramatismo indescriptible que te hacen estallar de emoción.

Su desgarrado discurso cada vez que pronunciaba – en cada ocasión de diferente manera- el nombre de Thaïs, y la autoridad de la que aún hace gala, dejaron en nuestro corazón el sabor de la eternidad y de un recuerdo de esa mágica noche que perdurará para siempre. Hasta que se enfríen las estrellas.

Plácido… qué grande es.





Noche de ausentes. Noche de presentes.

¿Qué sería de todo aquello que sentimos durante una función si no se pudiera compartir con aquella persona que, complaciente, nos acompaña a las funciones? Seguramente, retendríamos el recuerdo pero la experiencia y lo vivido no sería lo mismo.

Ayer noche, mientras el gran Plácido salía y entraba del escenario, o cuando me emocionaba con una frase, con un acento, con un gesto suyo, tuve siempre al alcance aquella mano cómplice que aprieta y alienta y ayuda, en cierta medida, a hacer más llevadero un intenso día.

Gracias mamá, una vez más por toda tu paciencia y aguante. No tiene precio y sí mucho mérito.

Como tampoco lo tiene evocar a aquellos que no están y que, por afinidad y sensibilidad con la ópera, aparecen siempre a mi lado porque, entre otras cosas, nunca han dejado de estar allí.

Por especial se hizo muy presente en el fragmento de la “Meditación”. Allí apareció mi abuelo, aquel que siempre susurra a mí oído “¿Te has fijado en este trozo? ¿Has visto que nota más bonita?...” Sé que también se hubiera levantado del asiento en el momento final cuando todos los sentimientos, místicos y carnales, los primeros de Thaïs y los segundos del monje, que se invierten en el segundo acto, desfilaron por el escenario. A él, a mi abuelo que está en el cielo le debo todo esto y más. Gràcies, avi!!!



Palabras que calan

Y parafraseando algo que me dijo un buen amigo, algo que me caló hasta lo más profundo y con seguridad una de las palabras más bonitas que he escuchado en boca de alguien para definir mi pasión por la música, reproduzco su siguiente sentencia porque que define fielmente la situación: “Si tienes un romance con la ópera, creo que tu abuelo es la llama y Plácido Domingo el aire que la aviva”.  

Así es, cual llama que se aviva, jamás se apaga, como tampoco se extingue el arte del Maestro Domingo a quien encarecidamente le doy las gracias una vez más por hacerme disfrutar y emocionar, por hacerme llorar y por hacerme sentir.

El poder la voz humana. Tan simple y complicado a la misma vez.