sábado, 2 de mayo de 2015

El Liceu rendido a los pies de Plácido

Tiempo hacía ya que no escuchábamos la voz de Plácido Domingo en nuestros lares, la voz del incombustible, del carismático, del entrañable y hechizante Plácido Domingo. Del irrepetible y del único tenor de su generación que sigue pisando los escenarios más importantes del mundo.

Simplemente increíble y sin más adjetivos que vengan a rebozar una carrera y una vida dedicada completamente a la música. Simplemente lo dejamos en Plácido Domingo, el músico, el artista, el hombre.

Entradas agotadas para escuchar, y disfrutar de este gran artista que a sus 74 años aún emociona y sigue tocando la fibra del espectador. Lejos está, evidentemente, la voz de aquel fenómeno de la naturaleza humana, de ese gran río lleno de caudal que rebosaba por ambos lados y que desembocaba, desbordado, al mar. Cierto es que el de antaño se fue, es ley de vida, pero Plácido, sabio y ducho en su oficio, y aún con certera inteligencia, supo llevarse el gato al agua, y el estallido delirante del público fue el producto de una noche llena de emoción y de nostalgia, y de sorpresa, pues aunque aquejado, y medio recuperándose de una bronquitis, Domingo, una vez más Domingo, dio, cómo no, la talla.

Ese fue el susto de la noche, cuando Christina Schepelmann, micro en mano, salió al escenario y dijo que tenía 2 noticias. Tranquilizó al público. Plácido cantaría, pero no al 100%. Quizás esto sea el común denominador de Domingo en estos últimos tiempos, quizás sean unas disculpas por adelantado cuando el artista no puede dar aquello que quiere o espera el público -su público- y quizás sea ponerse una tirita antes de haberse cortado…sí, quizás sí, pero a Plácido se le perdona, a estas alturas, todo.

Un Liceu rebosante, lleno hasta la bandera y con ganas de escuchar esta versión en concierto de la sexta ópera de Giuseppe Verdi, “I due Foscari”, o mejor dicho, con ganas de escuchar a Domingo como barítono en el Liceu, porque él era su protagonista indiscutible. Mírese sino el programa de mano que ha distribuido el teatro, para muestra, un botón.

Un barítono que lo he dicho en muchas ocasiones, y en esto público y crítica estamos todos de acuerdo, que suena a tenor pues los ecos y color de su timbre tenoril continúan allí presentes, y no me molestan. Que Plácido Domingo no es barítono, lo sabemos todos y lo sabe él también mejor que nadie, pero es Plácido Domingo, el cantante más grande de la historia de la ópera y eso hace años, muchos años que lo tiene ganado a pulso, haga lo que haga, diga lo que diga.

Tres largos años después de su última actuación en el coliseo de las Ramblas, poco a poco, paulatinamente, lentamente, se iba acercando la hora, y el nerviosismo y el entusiasmo se notaba en el ambiente. Timbres de rigor, móviles en silencio, nada artificial que pudiera romper la magia de las 2 horas y media que teníamos por delante, pues encima del escenario había un legendario mago que se bastaba él solito para hechizar, incluso antes de actuar, a un público ávido de su arte.

Ni un desafortunado ataque de tos. Ni un refriego de pañuelo. No se desenvolvió ningún caramelo y ningún crujido de unas no muy cómodas butacas se oyeron la noche del jueves. Magia de nuevo.  Solo el dulce estruendo de los aplausos y bravos desbocados del público fueron capaces de romper el silencio de la sala. Impresionante.

Con todos estos elementos es imposible no entregarse a una función. Es imposible no entregarse a la sabiduría de Plácido Domingo. Es imposible no entregarse a su leyenda. Que pudo más la emoción que la actuación, pues en cierto modo, sí, pero de lo que no hay dudas es que su presencia predispone a disfrutar a quien sea, incluso al más insensible de los mortales.

 
 

Sin abrir la boca

Otro milagro del “efecto Plácido”.

Ovación de gala recibiendo al tenor y al resto del elenco que le acompañó esa noche. Con ella ya se adivinaba la predisposición del público. ¡Y cómo no!… porque a Domingo no se le puede disfrutar de un año para otro en Barcelona, y la calidez y estima del público liceísta para con el artista es tal que, cada una de sus actuaciones en el Liceu se convierten en las más especiales y en las mejores que, a nivel personal, haya podido vivir, porque además en el Liceu juega en casa. En nuestra casa. Y ya se sabe que como en casa…nada.

Dos funciones previstas de este “I due Foscari” es el regalo a los amantes de la ópera que nos deja esta temporada Domingo. En versión concierto, sí, pero dado el estado vocal del artista es preferible. Menos cansancio, menos compromiso y mayor resultado, pues toda su concentración y esfuerzo pudo dedicarlo a la parte vocal sin tener que preocuparse por el movimiento escénico a pesar de ser el único que ponía cara de circunstancia acorde con su personaje y situación.

Para la ocasión la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu al mando del director MASSIMO ZANETTI se dispuso encima del escenario.

Excelente idea, ello significaba que se avanzaba la escena cubriendo el fosado de la orquesta, lo que traducido en emoción significaba que, los artistas estarían más cerca del público, a una distancia lo suficientemente corta casi como para tocarles.
 
 

A ambos lados de las tablas, tres atriles, aunque Domingo cantó toda la primera parte al lado contrario de mis localidades, en fin… todo no se puede tener.

La orquesta y coro sonó equilibrada sin caer en la tentación de ir siempre en forte y supo acompañar y secundar siempre a los intérpretes principales.

 

¿I due Foscari?

Si bien así se titula la obra, el jueves por la noche debería haberse titulado “Foscari padre y nuera”, porque allí sólo había uno de Foscari, el otro, Foscari hijo al que ponía voz un muy discreto y no demasiado acertado AQUILES MACHADO pasó completamente desapercibido.
 
 
 

No es una voz de timbre bello, cumplió en cierto modo con su cometido pero sin expresión, sin pasión, sin sentimiento, amén de varios y repetidos desajustes vocales en la primera parte así como también en la segunda. ¡Y eso a pesar que Machado no adolecía de bronquitis, cantaba, al 100%! Le noté tenso en algún momento y faltado de “feeling” vocal con la explosiva Lucrecia que tenía a su lado.

Voz imponente la de la soprano ucraniana LIUDMYLA MONSTYRSKA. Dotada de un impresionante volumen que, en ocasiones le cuesta de contener cuando quiere lograr un efecto más delicado, más lírico. La suya es una voz de gran teatro, potente y electrizante en la zona aguda, segura y bien asentada, a pesar de que alguna vez pueda sonar (sonarme) estridente. Pero allí hay madera de soprano dramática de coloratura, una coloratura que, le vino un poco grande en algún momento pero que solventó sin dificultad y sin titubeo, tanto en sus pasajes individuales, como en los respectivos duetos con Foscari padre – mejor con el padre- como con Foscari hijo, así como también en los concertantes.
 
 
 

Respecto al resto del elenco destacar el Loredano de RAYMOND ACETO, y los cumplidores JOSEP FADÓ y MARIA MIRO, como Barbarigo y Pisana, respectivamente.

 

Emocionante Domingo

¿Qué puedo decir a estas alturas que no se haya dicho ya de la voz del gran Plácido Domingo? ¿Qué?

¿Qué palabras bonitas, elogios, piropos pueden decírsele a un artista y un músico como él? ¿Cuáles?

Me sería muy fácil encontrarlas, pero no voy a entrar en ello porque sería repetir lo que durante años el mundo entero viene diciendo, y quiero intentar no caer en ese tópico.

A Plácido se le tiene que vivir en directo y solo entonces comprendes – y te convences- como a sus 74 años sigue arrastrando al público al teatro. Cualquier similitud que quiera hacerse con cualquiera de los vídeos que podemos ver en las noticias, cualquiera de ellas mata con alevosía su arte y su directo.

Quizás a uno en televisión pueda parecerle decepcionante, patético, caducado, mayor y con un pie (o ambos) fuera del escenario. Quizás más de uno rece por una ya inminente retirada al escuchar el eco de lo que años ha fue este artista, pero, todo aquel que sienta esto, que se pase por el Liceu o por algún teatro en directo apreciándole con cariño y la respuesta será sin duda, “qué grande es Domingo”.

74 años suma y sigue emocionando. ¡¡¡Y cómo!!!
 
 
 

Es verdad que detrás de esta emoción que provoca hay, valga la redundancia, mucha carga emocional, muchas cosas, muchas situaciones y sensaciones vividas a lo largo de muchos años, pero, con todo esto a parte para con mi persona, la respuesta del respetable barcelonés fue unánime: “standing ovation” para Domingo. El Liceu en pleno de pie, desde platea hasta el quinto piso aplaudiendo y braveando. Tres veces le he escuchado en el Liceu, tres versiones concierto – “Die Walküre” en 2008; “Tamerlano” en 2011 y “Foscari” antes de ayer- y en las tres la reacción ha sido la misma. Y estas experiencias tienen que vivirse allí, en directo, respirando con el artista y compartiendo con él esa emoción.

Señores… qué Plácido tiene 74 años… ¿Qué otro artista es capaz de conseguir esto? ¿Me lo presenta alguien?

Desde el lado opuesto de dónde cantó en la primera parte, escuché la voz que me ha acompañado tanto tiempo como reflejo de lo que ha sido y sintiendo cierta nostalgia, cierta melancolía.

Cuando en la segunda parte disfruté de su presencia y de su voz justo delante mío, sin ningún obstáculo entre ambos, escuché lo que continúa siendo Plácido Domingo para la ópera. Escuché y sentí lo que Plácido Domingo continúa siendo para mí.

No tiene precio que su mejor momento, toda la concentración dramática de Foscari casi al borde la muerte, toda su fuerza, toda su emoción, toda su voz y su arte lo cantara frente a mí. Eso no lo olvidaré en la vida, como tampoco la ovación de 4 minutos en mano que le regalamos y la humildad de Domingo ante semejante delirio.
 
 
 

Así es la ópera. Así es el directo. Así es Plácido Domingo.

Y quiero acabar con una frase que he leído hoy en Facebook y que es un excelente colofón a esa noche del 30 de abril y que es el reflejo de lo que he venido siempre diciendo de los cantantes:

“Músico no es el que canta. Músico es el que a través de una canción toca el alma y el corazón de la gente”.

 
Plácido es de estos. De los segundos.

 

lunes, 27 de abril de 2015

"Turandot" en Sabadell: "Crollasse il mondo…"

Aunque haciendo el símil de que el mundo hubiera sido como una manzana partida en dos trozos, y que éstos hubieran ido dando tumbos a diestro y siniestro, nada ni nadie hubiera impedido a l´Associació dels Amics de l´Òpera de Sabadell presentar en nuestra ciudad, por primera vez, la monumental ópera póstuma del gran Giacomo Puccini, “Turandot”.
Si hay algo de lo que va sobrada els A.A.O.S es en empeño, en entusiasmo y en ilusión, todas ellas virtudes secundadas por un magnífico trabajo en equipo que se ha ido consolidando y afianzando a lo largo de 33 años. Y cuando mayor es el reto, mejor es el resultado, como hemos podido comprobar temporada tras temporada.

Ayer por la tarde tuvo lugar la tercera función de las 12 programadas y que despegaron el pasado miércoles en nuestra ciudad y que a partir de este momento podrá también disfrutarse en Reus, Lleida, Viladecans, Girona, Manresa, Tarragona, Granollers, Sant Cugat del Vallès i Vic. Y es así, con gran éxito de crítica y público como concluye la presente temporada de ópera en Sabadell.

 
Presentar una obra del calibre de “Turandot” es un enorme desafío para los grandes teatros, los teatros llamados de primera categoría a los que todos puedan venirnos en mente, teatros no faltos de recursos económicos ni escénicos, pero, como todas las grandes expectativas, cuando mayores son, cuando más resultado esperas, cuando más alta es la cima más decepcionante es en ocasiones el producto ofrecido y mayor y más dolorosa es la caída y el resultado.
Sin embargo en Sabadell, aunque es un buen referente en el circuito operístico catalán, se afronta todas y cada una de las funciones desde la modestia, desde la falta de recursos sustituidos por la inteligencia del equipo que está detrás de cada una de las representaciones.
Expectativas altas que se alcanzan trabajando con ganas, con ilusión y con empeño desde la más absoluta modestia. Esto es lo que ocurre en Sabadell, gran trabajo, duro porque sí, con resultados más que notorios y que una vez más pudimos comprobar los asistentes a la  función de ayer.

Destacar que la producción era clásica, una “Turandot” en Pekín, con vestuario, más o menos con ecos orientales que viajan desde la pureza de Turandot, con vestido blanco en el segundo acto, hasta el rojo pasión del tercero, pasión y sangre que ha encendido Calaf con la resolución del tercer enigma.

Todo ello, aunado por una buena caracterización en maquillaje de NANI BELLMUNT y peluquería de GISELA MIRET, y como siempre, genial juego de luces “marca de la casa” de NANI VALLS que recrearon el sabor de la brisa nocturna de ya bien entrada la madrugada al inicio del tercer acto.

 

Refuerzos musicales

Y en Sabadell no nos tiembla el pulso para afrontar estas óperas, como tampoco tiembla cuando de pedir colaboración se trata.

El Cor dels Amics de l´Òpera estuvo ayer secundado por la Polifònica de Puig-Reig y la Coral de l´Agrupació Pedagògica de Sant Nicolau, y aquello fue realmente espectacular, sin duda alguna fue una de los grandes ases que l´A.A.O.S se guardaba en la manga. Un auténtico lujo.

Difícil tarea pues para el maestro DANIEL GIL DE TEJADA que supo lidiar con las tres agrupaciones, por un lado, y batuta en mano, por otro, con la Orquestra Simfònica del Vallès. Atento y concentrado durante toda la obra respirando con los cantantes pero especialmente con las entradas corales.

La Simfònica sonó fuerte, pero Puccini debe sonar fuerte y en algún momento pasó un poco de factura sobretodo en la escena de los enigmas y subsiguiente escena de Turandot, aunque en esta ocasión, no como otras, fue algo puntual, pues si de algo adolece la Simfònica del Vallès es que siempre suena demasiado fuerte, pero recordemos que el fosado de la Faràndula tampoco es el idóneo para tal cometido.

 

De princesas, de príncipes y de esclavas

Pues de esto va este fantasioso cuento chino. Las princesas y los príncipes se casan, las esclavas mueren de amor.

 
MARIBEL ORTEGA, protagonista indiscutible de estas funciones sabadellenses, afrontó lo inafrontable, pues la entrada “In questa reggia” es un poco como hacer el triple salto mortal sin red.
Una aria altísima que requiere un gran volumen, lo tiene, pero también requiere, y no todas las sopranos que se han enfrentado a este role lo han conseguido, y es el hecho de cantar sin gritar. Ardua tarea, pero Maribel lo logró. Su voz se elevó más allá de las notas que marca la partitura, aquellas que están por encima del pentagrama flotando en el ambiente, que Puccini dejó por ahí pululando porque de altas que son no supo dónde colocarlas.
Dejando aparte esta concesión humorística, si se me permite, Maribel Ortega reunió la voz, la interpretación y la frialdad de la princesa china. Sus agudos claros, sin trampa ni engaños, sin excesivos “portamenti”, directos, bien colocados y seguros.
Sólo quedó un poco abrumada en algún momento puntual de su escena posterior al “In questa reggia” por el sonido atronador de la Simfònica. Brava Maribel!
 
El príncipe desconocido fue ANDRÉS VERAMENDI, tenor peruano, desconocido, valga la redundancia, también para mí.
Veramendi tiene voz y volumen suficiente pero la tensión le jugó alguna mala pasada. Su canto no fue relajado. Los músculos de la cara estaban tensos aunque su concentración era máxima.
Cuando afloraban los nervios la voz tendía a irse hacia la zona de la nariz afeando el sonido con claros y molestos sones nasales en detrimento también de una dicción que quedaba nula, como nula también quedaba cuando buscaba el agudo y las notas más comprometidas.
Debe ganar confianza en sí mismo, y sobre todo relajación.
Aún así, rascando casi un accidente en la resolución del tercer enigma en el segundo acto, afrontó un difícil papel sorteando, con algún apuro menos evidente, el  momento más popular y esperado de la ópera, el famoso “Nessun dorma”.
 
La dulce Liù fue en esta ocasión EUGÈNIA MONTENEGRO que cantó con seguridad, con volumen mucho más que suficiente. Tenía interés en escucharle un role de esta envergadura, y lo cierto es que, tiene un buen material.
Liù es un personaje rico en matices, y ella tendió bastante a cantarlo todo un poco demasiado forte e igual sin hacer mucha distinción de los pasajes más líricos y de los más intimistas en cuanto a la regulación del volumen se refiere.
Pero puliendo esto y con más rodaje puede hacer cosas muy bonitas, pues el elemento principal está.
 
Trío de máscaras
Uno de los mayores logros de la función fue la buena coordinación vocal y artística de los tres ministros de Turandot, el trío Ping, Pang, Pong.
Irreconocibles Carles Daza y Marc Sala, asiduos de la casa, como también el tercero en discordia Bartomeu Guiscafré al que no tenía el gusto de haber escuchado nunca.
 
Evidentemente el que tiene más papel es Ping, o lo que es lo mismo el barítono CARLOS DAZA, pintado de verde para la ocasión. He seguido y sigo la carrera de este cantante desde que debutó como profesional con su Silvio de Pagliacci en 2005 también en Sabadell. Ya por aquellos entonces dije que era una voz emergente, buena. Dotado de una excelente dicción, en cualquiera de los idiomas que lo haya escuchado, Daza, mandó por encima de Pang y Pong. Vocalmente impecable, su voz ha ganado cuerpo al igual que artísticamente. Se nota ya su rodaje y bagaje profesional. ¡Bravo Carles! Como siempre, uno de los mejores, no me defraudó en absoluto.
 
Pero la gracia de Ping, no sería tal sin la intervención de sus compañeros, Pang y Pong, o lo que es lo mismo, de MARC SALA que posee una bonita voz de tenor, bien timbrada, y de BARTOMEU GUISCAFRÉ que también estuvo francamente bien.
 
Sin duda alguna el entendimiento entre los tres artistas es indispensable para no hacer cansina una escena (la del inicio del segundo acto) que musicalmente es preciosa, pero que, mal presentada, acaba abrumando al más ferviente amante de la música pucciniana.
 
Secundarios de lujo
Claro está el emperador de DALMAU GONZÁLEZ, así como el mandarino de JUAN CARLOS ESTEVE y el Timur de ELIA TODISCO que venían a completar un reparto de unos doscientos profesionales entre solistas, coros y orquesta.
Evidentemente la reacción del público no podía ser otra que arrancarse en aplausos y más aplausos, griterío general, entusiasmo, e ilusión.
 
Una ilusión hecha realidad gracias al trabajo bien hecho de estos profesionales que cada día nos ofrecen mejores y mayores expectativas, como la que ya han generado con el anuncio, pendiente de confirmación de las voces, de la temporada siguiente, pues si este año el reto ha sido “Turandot”, el que viene va a ser el “Otello”.
Un “Otello” en Sabadell, en mi ciudad, mí ópera preferida. Eso no me lo voy a perder yo aunque como decía al principio el mundo se parta en dos y ruede como ruede.
Bravi tutti, y por favor, seguid ilusionándonos.

sábado, 11 de abril de 2015

El pack “Cav / Pag” de Jonas Kaufmann en Salzburg

El binomio más famoso del mundo de la ópera. Un “tanto monta…monta tal…”
 
No se entiende ni se concibe la “Cavalleria Rusticana” si detrás no va seguida de “Pagliacci”. Así nos hemos acostumbrado a ellas, y, aunque por regla general se presente siempre en primer lugar la de Mascagni, he de confesar que por costumbre, y porque así lo vi por primera vez, prefiero delante la ópera de Leoncavallo. Pero, todo es cuestión de gustos, y el orden de factores no altera en este caso el producto.
Y es que en estos días se ha representado este tándem en el Festival de Pascua de Salzburg, ciudad austríaca en la cual supura y se respira la música por todos y cada uno de sus recónditos rincones y que es frecuentada con asiduidad por Jonas Kaufmann, sobre quien recaía, como siempre, el mayor interés de estas funciones por ser la primera vez que el tenor bávaro se enfrentaba a estas dos obras.
 
 
 
 
Y con incongruencias empezamos
Como acostumbra a ser ya desde hace años, pero aun así, nos sigue sorprendiendo el mismo disco rayado.
Ahora le ha tocado el turno a la “Cavalleria”, una obra muy arraigada a la pasión y a las costumbres pueblerinas, y atada excesivamente al concepto de familia, en la cual, un giro en su argumento, desmonta toda la obra. Y esto es lo que pasa en esta representación.
El “nuevo” argumento no pega ni con pegamento. Choca y desmonta la historia original. Como muestra, por qué le pide Turiddu a su madre, cuando este se encuentra a las puertas de la muerte, que cuide de Santuzza y le haga de madre, si en realidad el director de escena, PHILIPP STÖLZ, ya nos enseña en la primera escena que Turiddu vive con Santuzza y además tienen un hijo. ¿No será pues de cajón que Mamma Luccia, aquí ya convertida en “Ava Luccia” cuidará de su nuera y de su nieto en falta de su hijo?
Otra: si tenemos en cuenta que Turiddu y Lola viven un amor clandestino, un amor correspondido, pero imposible, ¿cómo se le ocurre a Turiddu, que ya va pasadito de copas, marcarse un baile a lo payaso en medio de la plaza del pueblo, delante de sus vecinos, y encima zarandear a la mujer de otro y cogerla en brazos? Pero si se supone que nadie tiene que saberlo…
Y cómo estas más… Alfio convertido en un “capo” mafioso y lo de Mamma Luccia, no tiene nombre…o el “Intermezzo” ejecutado viendo los tejados de la ciudad un poco al estilo “Chim Chimney”… de “Mary Poppins”…
 
 
 
Sí que es cierto que la idea de mostrar la escena a varios niveles es un recurso socorrido e inteligente, que a veces cuadra y a veces no. La obra se ve desde todos los puntos de vista, por un lado el del pueblo, siempre desde el nivel inferior, mientras que los protagonistas muestran sus verdaderas caras, pasiones y sentimientos en el nivel superior. Esto ayuda a conocer quizás la vertiente íntima del personaje, su introspección más profunda, pero poco aporta en una obra como “Cavalleria” de por sí incisiva, directa, pasional y temperamental donde lo íntimo se intenta ocultar por apariencias que no son tales sino que son verdades.
Mejor para mí la escena en “Paglliacci”. El espacio íntimo y real de los protagonistas se convierte en público y consecuentemente en farsa cuando atraviesan el escenario para actuar. La pena, los celos, las pasiones refrenadas y también las no refrenadas dan paso a la pantomima. “Show must go on”, el espectáculo debe continuar, pase lo que pase, estando contentos, estando tristes, estando buenos o estando malos. Pero en esta ópera la farsa quiere, pero no puede rebozar la realidad y no lo logra ni con pintura en la cara que esconda la tristeza, ni con vestidos aparatosos que protegen cuerpos destrozados por el dolor que sienten. Acaba y debe acabar aflorando la visceralidad de los personajes, y la supuesta comedia es engullida por la realidad latente de sus corazones heridos y agrietados por las vicisitudes de la vida.
Por este motivo aplaudo la idea de que el “Intermezzo” presente a Canio pintándose, reflexionando, con la vista absorta, con el corazón en un puño y hecho trizas, con movimientos instintivos de cabeza que sugieren incredulidad de lo que acaba de ver. Canio ha dado. Y ha dado mucho, pero no recibe nada.
 
 
 
Quizás a nivel escénico fue una de las mejores aportaciones de la obra.
 
Al son de Mascagni y de Leoncavallo
O de intentar ir a estos sones, pues el director de orquesta CRHISTIAN THIELEMMANN opta, sobretodo y más marcado en la “Cavalleria”, por tiempos lentos que en nada ayudan al desarrollo de una acción que debe ir un poco más rápida y punzante. Alarga innecesariamente y hace que el drama pierda pulsación.
Más adecuado en “Pagliacci” con una música que se presta más a ejecutar con algo más de brío, pero pecó de lo mismo ya comentado, en general.
La Orquesta de la Staatskapelle de Dresden presenta un buen sonido, mientras que el coro no estuvo especialmente brillante.
 
Santuzza, Alfio, Lola y Mamma Luccia
El primer de los roles fue encarnado por LIUDMILA MONARSTYSKA, a quien le faltan graves y contrastes en la voz para afrontar un role como el de Santuzza. Su personaje no es pasional, es frío y distante, la mediterraneidad y el temperamento brillan por su ausencia, pero esto es algo a nivel general en todo el reparto, y carece además, respecto a sus intervenciones con Kaufmann de la chispa y química que tiene que haber para estos dos roles.
 
 
 
Tres cuartos de lo mismo sucede con AMBROGIO MAESTRI, que para el “nuevo papel” que le otorga el director de escena está bien pero vocalmente es otra historia dado que en algún momento su prestación vocal tendía a rozar bastante el grito.
Correcta la Lola de ANNALISA STROPPA y también correcta la Mamma Luccia de STEFANIA TOCZYSCA.
 
El primer Turiddu de Kaufamnn
Como todo lo que hace el tenor muniqués, genera expectación. Pero como viene sucediéndome desde hace un tiempo con él, todo lo que le he visto en el último medio año me ha decepcionado – a excepción de su disco de canciones berlinesas.
Espero más de un cantante que tiene facultades y voz para afrontar estos roles, que tiene ricos matices y sentido de la interpretación, pero que carece de algo fundamental para afrontarlos y es la sangre. O la pasión. O el temperamento. Y también, dicho sea de paso, la dulzura en la voz que es lo que en definitiva acaba enamorando al oído del espectador y oyente.
Sí. Llámesele como quiera, pero, carece de ello para encararse en primer lugar con un Turiddu.
No puedo decir, claro está, que Kaufmann no tenga las notas y la voz para hacerlo y hacerlo bien, pero Turiddu necesita temperamento y parece que esto no acaba de entenderlo. El carácter de su Turiddu continúa siendo germánico, frío, de acero. Sí, lo intenta, quiere y no puede, pero no consigue las pulsaciones que necesita este peculiar siciliano.
Puedo entender, en la versión cuadriculada de Stölz que cante una siciliana suave, cuando en realidad, allí te esperas ya la primera explosión de la noche, un Turiddu lleno de pasión, ávido de amor por Lola, y que viene de pasar una noche con ella y está tan feliz, contento y satisfecho que de su garganta emerge y saca toda la pasión y fuego habido y por haber. Y la siciliana suave se justifica cuando ves que la está cantando en su casa, en la que convive con Santuzza y su hijo, por lo tanto, lo hace en voz baja para no despertarlos, para no levantar sospechas, acción incomprensible sin embargo cuando al final de la obra se dedica a zarandear en público a la mujer de Alfio.
Quitando esto, Kaufmann no es Turiddu. El dueto con Santuzza le pesa, su canto es arrastrado e inconmensurablemente rígido en exceso – quizás por la dirección lenta en este momento- y quede sus cuerdas vocales sale como atropellado.
Más correcto y centrado en su despedida a Mamma Lucia, con las notas bien colocadas pero que no emocionan, y respecto al brindis… lo dejo en anécdota… hace tanto el payaso con Lola que soy incapaz de valorar qué cantó.
No, no me convence, y si a esto añadimos la falta de química con Santuzza, una mira para un lado y Kaufmann todo el rato con la vista absorta, como aquel que mira pero no mira nada en concreto, con los ojos en el vacío, hacen que, una obra tan sublime como es “Cavalleria rusticana”, acabe convirtiéndose en algo tortuoso con la gran ventaja que sólo dura una hora y poco.
Acaba. Apagas y vámonos. A otra cosa.
 
Pagliacci, a otro nivel
Curioso siempre que, en la mayoría de ocasiones, cuando se representan estas dos obras juntas, acaba saliendo siempre mejor ésta. El por qué… pues no sabría decirlo, porque la de Leoncavallo es tanto o más exigente que la de Mascagni, pero es así. Quizás la obra, el argumento, el colorido, la farsa…se presta más a ejecuciones más concentradas y trabajadas.
Evidentemente, y comparándola con la “Cavalleria” ya comentada, si tengo que escoger entre una y otra representación, me quedo en general con este “Pagliacci” que sin ser una versión que pase a los anales de la ópera, está mucho más equilibrada, por voces, por escena y por congruencia respecto a su argumento original, que no cambia.
 
 
 
Cambia el vestuario, cambia el decorado, cambia el maquillaje, cambian las voces, pero la esencia genuina de esta ópera se mantiene intacta, con algún punto negro, sí, como el hecho de que Tonio nos presente la obra con el coro detrás, y no solo en el escenario dirigiéndose al público real, al de la sala. Pero quitando este grano, el resto del engranaje funciona bien.
 
MARIA AGRESTA encarna una buena Nedda a nivel vocal, aunque carece también de fuego y de pasión sobretodo en el dueto con Silvio.
Más carencias: aunque no al nivel de la Santuzza de Monastyrska, no alcanza tampoco la química deseada ni con Kaufmann ni con Alessio Arduini, cantando todo el rato dirigiéndose a Thielemann, en lugar de a sus colegas.
¿Es que tanto cuesta meterse en la piel del personaje y hacerlo un poco más natural?
 
Me gustó el Tonio de DIMITRI PLATANIAS. Su voz no es para nada desagradable y ejecutó un “Prologo” correcto, quizás eché en falta algún que otro matiz expresivo, pero en general, y teniendo en cuenta que se comió el agudo el “Incomminciate”, le apruebo con buena nota.
 
No así me pasó con el Silvio de ALESSIO ARDUINI. Siento debilidad por el personaje de Silvio, al igual que me sucede con el de Canio. Personajes completamente opuestos, el primero lleno de pasión y lirismo, de romanticismo; el segundo lleno de temperamento y resignación, un personaje que roza a Otello, que tanto me subyuga.
Silvio es un bombón para un barítono con una bella voz, y Arduini tenía mucho tipo pero la voz, para mí, áspera y sin matiz, sin intención ni gusto.
 
En cambio me gustó el Beppe de TANSEL AKZEYBEK. Una voz bien timbrada que cumplió más que correctamente con sus breves intervenciones.
 
Canio kaufmaniano
Introspectivo. Falto de brutalidad. Echo en falta en Kaufmann todos los elementos interpretativos necesarios para encarnar un personaje como Canio.
Su Canio es más cerebral como nos apunta al son del “Intermezzo”. Su pantomima, es realmente una pantomima en el sentido estricto de la palabra. No te lo crees como personaje, porque no es en ningún momento el personaje.
Se acaba de enterar que Nedda le pone los cuernos y ni una gota de sudor recorre su frente. Sus movimientos corporales son ensayados, marcados. Nunca se pasa de la raya, y no deja nunca dar rienda suelta a la pasión porque la razón le domina en todo momento. No ha lugar a la improvisación porque está todo calculado y ajustado al milímetro.
Kaufmann es un Canio que en la escena final no da miedo, ni artísticamente ni vocalmente. No aterroriza a nadie, ni siquiera cuando cuchillo en mano se abalanza sobre Nedda y se lo clava en el vientre. Su actuar, de nuevo comedido, quizás más centrado en lo vocal que en lo artístico, le pasa factura y quita drama al drama que se avecina.
 
 
 
Debo decir, sin embargo, que a nivel vocal estuvo más acertado en “Cavalleria”, es más Canio que Turiddu, pero Canio requiere algo más que la voz. Canio necesita genio, brutalidad. Bondad al principio de la obra e inspiración un tanto más lírica en su “Sperai tanto il delirio accecato m´avvea….” para regresar del viaje sentimental a la realidad, ya de por si triste, del pobre payaso.
Agudos seguros, firmes, descarados y bien ejecutados, Kaufmann no tiene problema a nivel vocal dado que arremete el personaje con seguridad, pero… siempre me queda el pero de falta de temperamento, de sangre, de visceralidad, porque Canio es un personaje visceral, actúa a impulsos, a calentones, y sin embargo a Kaufmman estos calentones los pasa por alto.
Este es el regusto amargo que me queda de su interpretación, que una cosa es grabar las arias y los fragmentos en disco, y la otra bien diferente es encarar estos roles encima de un escenario, con una escena que despista más que guía y con un resto de elenco que parecen salidos todos del Polo Norte bien lejos, y nunca mejor dicho, del clima solar de nuestro mediterráneo.
Señores, se trata de verismo, de sangre, de pasión, de celos, de impulsos, de pulsaciones, de irracionalidad de conductas, de explosión de sentimientos y no de actuaciones de frío mármol sin ton ni son que acercan al oyente a una realidad que para nada tiene que ver con la idea original.
 
No pasarán estas funciones a la historia de la ópera. No. Se han cantado e interpretado demasiado bien y eso, pasa factura en los oídos de los amantes duchos en este tipo de repertorio. Se requiere la realidad encima del escenario que retrata, propiamente, la realidad de la vida misma.
¿Y cuál es esta realidad?
Pues que Canio al sentir que lleva cuernos le coge un ataque de celos y arremete contra quien sea, como sea y donde sea. Deberá el buen Jonas mejorar sus versiones y entender, como decíamos, lo que es la pasión y el impulso. Ponerle carácter. Mientras se empeñe en hacer estos personajes de esta manera, a lo Kaufmann, Kaufmann, valga la redundancia, no me va a convencer en ellos.
Veremos qué pasará cuando el bávaro afronte el Otello… pero esto…ya será otro cantar.
 
 

sábado, 7 de febrero de 2015

Un Chénier sin poeta ni poesía

Aparentemente, la “Andrea Chénier” que se presenta estos días en el Covent Garden de Londres tiene todos los atractivos para que una esté predispuesta a pasar una espectacular tarde de música, de intensidad, de pasión y de verismo que tanto me gusta.
Aparentemente. Sí, puesto que en realidad, una vez vista, decepciona un poco. Cierto es que la escenografía, clásica – que se agradece-, vestuario y disposición arropan junto a la inspiración del maestro PAPPANO al frente de la orquesta, un espectáculo interesante y tentador. Pero, una cosa es la tentación, y otra la satisfacción.
Ver, en nuestros días, un montaje clásico es cosa rara, porque estamos acostumbrándonos a la transgresión en el mundo de la ópera, y con un DAVID McVICAR en medio, una a veces le asalta el miedo.
En esta ocasión sin embargo no. Una puesta en escena totalmente clásica, recargada en justa medida, con colores brillantes y dorados, que no deja en ningún momento de ser lo que es. Y ello ayuda a ambientar y entender mejor la obra, y lo más importante, no distraer la atención del público, permitiendo que se concentre en la música, o al menos, creo que esta debe ser la intención.
Sin duda alguna,  volviendo a la orquesta,  a manos de Pappano, exprime lo mejor de lo mejor. Un sonido brillante, intenso, incisivo, pero también contenido y mesurado sin llegar nunca a ahogar las voces en el escenario. Es todo un lujo, en estos tiempos, contar en el foso orquestal con alguien como Pappano, que siempre saca el mejor partido de los músicos. Un director con sensibilidad, con pasión y dotado de una inteligencia tal que convierte en mayúsculo todo lo que su mano acaricia.
 
¿Qué es Andrea Chénier?
“Andrea Chénier” es verismo, sí. Pero también debe haber momentos de poesía, de inspirada poesía, de brillante poesía. Y la poesía, el romanticismo, la intensidad, la pasión, el amor, la chispa, la compenetración, y más que podría enumerar, brillaron por su ausencia.
No se puede afrontar una ópera de esta envergadura sin sentimiento ni pasión, e insisto en el tema de la pasión. Y ello, desgraciadamente es de lo que adolecen las tres voces de los protagonistas principales.
 
 
EVA- MARIA WESTBROEK no me convence en su rol de Maddalena di Coigny. Adolece la voz de muchos problemas sobre todo en el registro agudo. Un canto sin intención ni matiz, siempre igual en todas las escenas, y donde se hace más patente es en su aria “La mamma morta” y también en el dueto final del cuarto acto, donde las dificultades son extremas y le cuesta de sortearlas.
Es que no se puede afrontar un role así sin ponerle un ápice de sangre. No se puede cantar Maddalena como se canta Sieglinde, repertorio más afín a su vocalidad y donde la soprano holandesa se siente mucho más cómoda.
A nivel escénico, no hizo para mí creíble su personaje. Pero a ver… ¿dónde dejamos la pasión de mujer enamorada?
Y este olvido va también evidentemente para Kaufmann, del que voy a hablar seguidamente.
 
JONAS KAUFMANN, su nombre anunciado en un cartel operístico es sinónimo de interés, y de lleno total en cualquier teatro del mundo.
Tenía interés en su Chénier como en tantas obras y personajes que haya cantado o pueda cantar, pero… hay un pero.
Kaufmann afronta, al igual que su colega femenina, un poeta sin poesía ni pasión y no consigue transmitirme con su voz la fuerza del poeta que planta cara a la nobleza en el primer acto o del hombre que se está declarando a Maddalena en el segundo, o la defensa de sí mismo en el tercero.
Para mí, su mejor momento, fue en “Come un bel di di maggio”, que si bien no fue para tirar cohetes, rocé un poco – y tan poco- aquello que yo llamaría la sensibilidad o la dulzura de las palabras que Chénier, con su habilidad, convierte en poesía.
Su actuación escénica no era espontánea. Era comedida, artificial, estudiada y cerebral, y en ningún momento se deja llevar por un arrebato pasional. No. Kaufmann canta a lo Kaufmann y actúa a lo Kaufmann también. No vi al poeta. Le vi a él empeñado en hacer esos movimientos y gestos tan característicos suyos presentando, en el segundo acto, un Chénier “chispado”… vaya, esto es lo último…
No, no me gustó su creación del personaje envuelto en ropaje maravilloso que le sienta como un guante y destaca, evidentemente por elegancia, tipo y figura. Pero Chénier es algo más que una buena figura o una cara fotogénica. Chénier es la pasión, la explosividad de sentimientos, y para lograr esto tenía a sus pies una orquesta en estado de gracia, pero en esta ocasión, como en tantas otras, no lo consigue como siempre que se empeña en cantar este tipo de repertorio.
Le falta la dulzura y la brillantez en la voz en los momentos más románticos como en ese precioso “Ora soave, sublime ora d´amore” que te tiene que levantar de la silla. Ello, unido al hecho de la poca química entre soprano y tenor, que se están declarando a Pappano, hace que, tenga que hacer una introspección profunda a su Chénier e intentar sacar todo aquellos matices que, por otro lado posee, y que en esta ocasión dejó a la puerta de su camerino.
Intenta sin embargo, acercarse un poco en el dueto del cuarto acto, pero… por Dios… otra vez lo mismo… los personajes no se miran ni a los ojos… ¿Realmente van a morir juntos, o bien van a morir con Pappano, objetivo de sus miradas durante toda la obra?
 
 
ŽELJKO LUČIĆV que daba vida a Carlo Gerard, otro gran personaje, es el tercero en discordia aunque para mí fue el más regular de la representación. No es una voz espectacular ni muy bella, pero cumple su cometido en el papel. Alejado, al igual que sus colegas, de lo que es el matiz, la intención y la pasión, hizo una buena caracterización del personaje, aunque no brilla en elegancia y presentó un Gerard despeinado y un tanto destartalado.
 
En definitiva, muy mejorable todo. Un caramelo envuelto en un papel muy atractivo, pero el caramelo es tan pequeño que no he podido saborearlo como me hubiera gustado.