sábado, 7 de febrero de 2015

Un Chénier sin poeta ni poesía

Aparentemente, la “Andrea Chénier” que se presenta estos días en el Covent Garden de Londres tiene todos los atractivos para que una esté predispuesta a pasar una espectacular tarde de música, de intensidad, de pasión y de verismo que tanto me gusta.
Aparentemente. Sí, puesto que en realidad, una vez vista, decepciona un poco. Cierto es que la escenografía, clásica – que se agradece-, vestuario y disposición arropan junto a la inspiración del maestro PAPPANO al frente de la orquesta, un espectáculo interesante y tentador. Pero, una cosa es la tentación, y otra la satisfacción.
Ver, en nuestros días, un montaje clásico es cosa rara, porque estamos acostumbrándonos a la transgresión en el mundo de la ópera, y con un DAVID McVICAR en medio, una a veces le asalta el miedo.
En esta ocasión sin embargo no. Una puesta en escena totalmente clásica, recargada en justa medida, con colores brillantes y dorados, que no deja en ningún momento de ser lo que es. Y ello ayuda a ambientar y entender mejor la obra, y lo más importante, no distraer la atención del público, permitiendo que se concentre en la música, o al menos, creo que esta debe ser la intención.
Sin duda alguna,  volviendo a la orquesta,  a manos de Pappano, exprime lo mejor de lo mejor. Un sonido brillante, intenso, incisivo, pero también contenido y mesurado sin llegar nunca a ahogar las voces en el escenario. Es todo un lujo, en estos tiempos, contar en el foso orquestal con alguien como Pappano, que siempre saca el mejor partido de los músicos. Un director con sensibilidad, con pasión y dotado de una inteligencia tal que convierte en mayúsculo todo lo que su mano acaricia.
 
¿Qué es Andrea Chénier?
“Andrea Chénier” es verismo, sí. Pero también debe haber momentos de poesía, de inspirada poesía, de brillante poesía. Y la poesía, el romanticismo, la intensidad, la pasión, el amor, la chispa, la compenetración, y más que podría enumerar, brillaron por su ausencia.
No se puede afrontar una ópera de esta envergadura sin sentimiento ni pasión, e insisto en el tema de la pasión. Y ello, desgraciadamente es de lo que adolecen las tres voces de los protagonistas principales.
 
 
EVA- MARIA WESTBROEK no me convence en su rol de Maddalena di Coigny. Adolece la voz de muchos problemas sobre todo en el registro agudo. Un canto sin intención ni matiz, siempre igual en todas las escenas, y donde se hace más patente es en su aria “La mamma morta” y también en el dueto final del cuarto acto, donde las dificultades son extremas y le cuesta de sortearlas.
Es que no se puede afrontar un role así sin ponerle un ápice de sangre. No se puede cantar Maddalena como se canta Sieglinde, repertorio más afín a su vocalidad y donde la soprano holandesa se siente mucho más cómoda.
A nivel escénico, no hizo para mí creíble su personaje. Pero a ver… ¿dónde dejamos la pasión de mujer enamorada?
Y este olvido va también evidentemente para Kaufmann, del que voy a hablar seguidamente.
 
JONAS KAUFMANN, su nombre anunciado en un cartel operístico es sinónimo de interés, y de lleno total en cualquier teatro del mundo.
Tenía interés en su Chénier como en tantas obras y personajes que haya cantado o pueda cantar, pero… hay un pero.
Kaufmann afronta, al igual que su colega femenina, un poeta sin poesía ni pasión y no consigue transmitirme con su voz la fuerza del poeta que planta cara a la nobleza en el primer acto o del hombre que se está declarando a Maddalena en el segundo, o la defensa de sí mismo en el tercero.
Para mí, su mejor momento, fue en “Come un bel di di maggio”, que si bien no fue para tirar cohetes, rocé un poco – y tan poco- aquello que yo llamaría la sensibilidad o la dulzura de las palabras que Chénier, con su habilidad, convierte en poesía.
Su actuación escénica no era espontánea. Era comedida, artificial, estudiada y cerebral, y en ningún momento se deja llevar por un arrebato pasional. No. Kaufmann canta a lo Kaufmann y actúa a lo Kaufmann también. No vi al poeta. Le vi a él empeñado en hacer esos movimientos y gestos tan característicos suyos presentando, en el segundo acto, un Chénier “chispado”… vaya, esto es lo último…
No, no me gustó su creación del personaje envuelto en ropaje maravilloso que le sienta como un guante y destaca, evidentemente por elegancia, tipo y figura. Pero Chénier es algo más que una buena figura o una cara fotogénica. Chénier es la pasión, la explosividad de sentimientos, y para lograr esto tenía a sus pies una orquesta en estado de gracia, pero en esta ocasión, como en tantas otras, no lo consigue como siempre que se empeña en cantar este tipo de repertorio.
Le falta la dulzura y la brillantez en la voz en los momentos más románticos como en ese precioso “Ora soave, sublime ora d´amore” que te tiene que levantar de la silla. Ello, unido al hecho de la poca química entre soprano y tenor, que se están declarando a Pappano, hace que, tenga que hacer una introspección profunda a su Chénier e intentar sacar todo aquellos matices que, por otro lado posee, y que en esta ocasión dejó a la puerta de su camerino.
Intenta sin embargo, acercarse un poco en el dueto del cuarto acto, pero… por Dios… otra vez lo mismo… los personajes no se miran ni a los ojos… ¿Realmente van a morir juntos, o bien van a morir con Pappano, objetivo de sus miradas durante toda la obra?
 
 
ŽELJKO LUČIĆV que daba vida a Carlo Gerard, otro gran personaje, es el tercero en discordia aunque para mí fue el más regular de la representación. No es una voz espectacular ni muy bella, pero cumple su cometido en el papel. Alejado, al igual que sus colegas, de lo que es el matiz, la intención y la pasión, hizo una buena caracterización del personaje, aunque no brilla en elegancia y presentó un Gerard despeinado y un tanto destartalado.
 
En definitiva, muy mejorable todo. Un caramelo envuelto en un papel muy atractivo, pero el caramelo es tan pequeño que no he podido saborearlo como me hubiera gustado.

sábado, 31 de enero de 2015

Dos diamantes españoles entre unos diamantes portugueses

Con “Los Diamantes de la Corona” descubrí, valga la redundancia, un diamante que brilla con luz y mérito propios dentro de este maravilloso mundo musical que es nuestra zarzuela.

Un Barbieri para mi totalmente desconocido del que, sin embargo, me enamoré desde la primera vez que lo escuché.

Siempre he pensado, y sigo haciéndolo, que una obra o la adoras a primera vista o aprendes a amarla poco a poco, pero, si de entrada en la misma no hay nada que provoque o que logre entusiasmarte, muy difícilmente, por mucho empeño que pongas en ello, acabará – seguro- apartada en un rincón remoto de una estantería. Sumará, sí, a la colección que todos los amantes de la música tenemos en nuestros haberes. Ocupará su espacio, pero, dentro de 50 años estará tan intacta como el mismo día en que se tomó la decisión de colocarla en el sitio escogido de antemano para su reposo eterno.

Esta sensacional obra, desgraciadamente, y corroboro lo de sensacional -no por ello llevo desde el mes de septiembre admirando esta partitura-, no solo había sido hasta ese momento ignota para mí sino que también lo es, en nuestros días, para muchos aficionados al género, pues la falta y escasos registros sonoros existentes contribuyen a que la pieza  haya quedado durante muchos años e injustamente, por calidad y belleza, en el olvido.

Ello, junto con la injustificada, aberrante e incomprensible fobia que algunos tienen a la zarzuela, género que algunos consideran falto de calidad y de categoría, hacen que músicas inspiradas como las que escribió en esta ocasión el maestro Barbieri, queden relegadas a funciones esporádicas que impiden enriquecer y dar a conocer al público trabajos que subyugan ya desde la primera nota.

El maestro madrileño, en “Los Diamantes de la Corona”, crea números musicales de gran belleza, categoría y empaque muy en la línea del belcanto italiano, roto también por algunos momentos muy españoles.  Como ejemplo, los que su pluma deja en el famoso bolero “Niñas que a vender flores…”, uno de los números, por no decir el más conocido de la obra y que, forma parte del repertorio de grandes voces de soprano.

Insto pues, rotundamente, a quien tenga una pizca de curiosidad y un suspiro de sensibilidad, a que intente bucear en esta obra de dificultad extrema. Hallará en ella melodías que envuelven, que flotan en el ambiente, con numerosos momentos corales, concertantes, quintetos y tercetos, sensacionales duetos y romanzas de los dos protagonistas principales que no dejarán indiferente a aquel que siga mi consejo e intente acercarse a ella.

 
 
 

Diamantes portugueses

Como ya indiqué en mi anterior post, “Los Diamantes de la Corona” sitúa su acción en Portugal, y hasta Lisboa ha viajado la producción que JOSÉ CARLOS PLAZA ideara para el Teatro de la Zarzuela en el año 2010, y que se rescató hace escasamente dos meses, también en Madrid y en el mismo teatro y que, hace 15 días aterrizó en suelo luso.

Plaza concibe la obra como un cuento, de hecho, el argumento, simplón pero efectivo, no deja de narrar la historia de una reina buena que quiere a su pueblo y que se sacrifica por el mismo, y quien por el camino, encuentra a su príncipe azul, en la zarzuela convertido en marqués, con el que acabará casándose. La obra acaba, como no podía ser de otra manera, bien, una vez resueltos todos los enredos que desfilan por el escenario durante las tres horas, entreacto incluido, que dura este espectáculo. Todos felices y comiendo perdices como popularmente diríamos.

Para reforzar esta idea de cuento, nos encontramos ante unos efectistas y bellísimos decorados de papel, a la antigua usanza, y con un vestuario que ha sido pintado, uno a uno, a mano, mérito sin duda de PEDRO MORENO. Éste, junto al talento indiscutible de José Carlos Plaza, dan como resultado un espectáculo colorido y atractivo a la vista que, los amantes de decorados y vestuario clásico, agradecemos con creces, cansados ya de ver montajes con escenarios despojados de elementos de decoración y con ropas actuales.

Concebida pues la idea de presentarlo como cuento, solo cuando visualmente se disfruta de la escena te das cuenta de que así es. Personajes que en alguna ocasión reflexionan en solitario dirigiéndose al público mientras los otros permanecen inmóviles y más a oscuras. Se refuerza así también su protagonismo gracias al fantástico efecto de iluminación de FRANCISCO LEAL, que centra al público completamente en su historia, en sus desaciertos y en sus enredos, e invita a la par, a hacerle disfrutar de un espectáculo mágico.

Si antes hacía referencia a la parte musical, quiero también detenerme en que, con “Los Diamantes de la Corona” se recupera el teatro del s. XIX, pues los diálogos son todos en verso con uso reiterado de la redondilla, el cual añade aún más dificultad a la ya de por sí dificilísima parte vocal, pues recordemos que la mayoría de cantantes no están acostumbrados a tener grandes bloques hablados de texto dentro de una obra. Texto que se tiene que memorizar y que es, por otro lado, difícil con intervenciones habladas largas.

Realmente los versos escogidos para la ocasión, dado que no se presenta el libreto entero, son divertidos, acertados y con el justo acento de humor que hacen que, cuando los escuchas, esboces inevitablemente, una sonrisa en los labios.

Por eso quiero también destacar el trabajo que ha realizado José Carlos Plaza desde esta perspectiva con los actores - cantantes, resultado que se cuaja con un notabilísimo éxito.

La facilidad y entonación en el recitado ha sido algo que a mí, particularmente que soy una amante de la voz, me ha sorprendido mucho, y todo ello sin dejar de lado ni ignorar las extremas exigencias y dificultades belcantistas que se encierran en la música vocal de Barbieri, que son enormes ya desde el primer minuto de la obra.



 

“Cada bache dice a voces que estamos en Portugal”

Cierto es que no es lo mismo escuchar una zarzuela en España que fuera de nuestras fronteras. Se puede rozar el estilo o alcanzarlo totalmente, pero sin lugar a dudas la esencia de nuestro género, solo puede apreciarse realmente cuando se tienen todos los ingredientes necesarios para elaborar bien la receta.

Si intentas hacer crema pastelera, y te olvidas de comprar los huevos… vamos a ir muy mal, porque, con qué ingrediente al abasto de nuestras manos se podrían sustituir a los mismos. Difícil. A no ser que se tenga mucha invención, imaginación e ingenio, y que el paladar que finalmente deguste la crema no tenga mucha sensibilidad y trague todo lo que le pongan en un plato sin pararse a saborearlo.

Y esto es un poco lo que ha pasado en estas funciones lisboetas. Falta del ingrediente principal, que es el estilo afín al género. Falta de ingenio y de inteligencia.

Un espectáculo sin embargo que, haciendo el símil con la receta culinaria, degustó un público poco diestro y no muy exigente, de oídos poco entrenados a escuchar las mil y una maravillas de nuestro género lírico.

Sí, quizás en el momento en que escribo esto lo haga un poco influenciada por comentarios y apreciaciones hechas y que no vienen al caso sacar a relucir aquí, pero que sin embargo no me impidieron gozar de las voces. Atención y digo de las voces y apostillo, voces de los protagonistas, el coro y la orquesta son dos mundos completamente a parte.

Primer bache. “Aquí un tumbo me desquicia…”

Estaba al frente de la ORQUESTA SINFÓNICA PORTUGUESA el maestro RUI PINHEIRO, quien hizo sonarla de forma atronadora, pesada, sin matiz y todo “forte”, y con un “tempo” inadecuado para las voces.

Cierto es que había momentos, sobre todo en las romanzas de los protagonistas, que estaban bastante ralentizadas. Para muestra la entrada del tenor con su “Que estalle el rayo” o la primera ejecución de la soprano “En noche callada…”.

No tengo tampoco el suficiente conocimiento técnico como para sentenciar si el resto de la parte musical fue de una obvia lentitud, pero, sí que puedo afirmar que esa forma de tocar comiéndose dinámicas y matices, no contribuyen para nada en una obra a la que un director con mayor conocimiento del género, o con una mayor profesionalidad, sensibilidad o interés, o quizás con una mente más dispuesta al diálogo con los artistas, hubiera podido sacar petróleo de la misma, porque en definitiva, la partitura es genial.

Es sin duda una verdadera pena ver cómo se puede tratar – quizás más adecuado sería decir, maltratar- a nuestro género lírico.

Pinheiro no entendió nada de esa música endiablada…

Segundo bache. “Allí la vida en un tris…”

Tampoco estuvo para nada acertado el CORO DO TEATRO NACIONAL SAN CARLOS al mando de su director titular GIOVANNI ANDREOLI, quien pecó, al igual que su colega Pinheiro, de matar matices, sutilidades, cambios de volumen aunado con un completo desconocimiento del estilo.

Como curiosidad se me hizo raro escuchar cantar, ya desde la primera intervención, un español mal pronunciado, asimilando al sonido de la “s” las consonantes “c” y “z”… ¿Por qué es el español un idioma tan maltratado?

 

“Gloria a la reina de Portugal”

Esa fue SONIA DE MUNCK, la misma voz que dos meses ha, la representó también en el Teatro de la Zarzuela de Madrid.
 
Lo primero que quiero destacar, y que para mí es muy importante, es la dicción clara y entendedora de la soprano madrileña, de fraseo intuitivo y con una más que suficiente sensibilidad vocal.

La suya es una voz de timbre atractivo, quizás no muy grande o extensa, pero que sabe reconducir y proyectar con la suficiente inteligencia y contención para evitar notas agudas que suenen estridentes.

Sus duetos, tan bien conjuntados con la bella voz de Cosías, fueron quizás sus mejores momentos. Y eché en falta quizás un poco más de intensidad en su aria final “De qué me sirve…”, no obstante, bien planteada y cantada.

A nivel escénico supo, para mí gusto, desenvolverse como pez en el agua, y mejor, en el segundo acto, con miradas, con gestos y dejando que saliera a relucir una esbelta figura que ya se adivinó en el primer acto, resaltada, en esta ocasión aún más por un ropaje y peinado más femeninos y favorecedores.

Sin embargo, a pesar de estar todo enfocado como un cuento, Catalina, que en realidad es la reina María de Portugal, es una reina y, aunque la comicidad de la obra invita a lo contrario, me hubiera gustado un poquitín más solemnidad y aplomo de la reina sobretodo en el último acto. Pero es simplemente una apreciación personal mía.

El uso del verso fue cuidado y exquisito, quizás en algún momento hubiera precisado un tinte más de intención, pero agradecí también que no optara por utilizar una voz en registro muy agudo, sino que sabiamente escogió una impostación más natural.

 

“(…) Tiene una hija de hermosura, según dicen, soberana”. “La cual se llama Diana”

Es una voz importante y tímbricamente muy rica y de volumen generoso la de CRISTINA FAUS, que al igual que De Munck, venía de interpretarla también en el Teatro de la Zarzuela, pero en el primer reparto.
 
 
 

Destacar evidentemente, y rasgo aplicable para todo el resto del reparto, su perfecta dicción a nivel vocal, que combinó a la perfección en su momento más popular, el bolero “Niñas que a vender flores…” primero con Cosías, y luego con De Munck.

Con una seguridad y autoridad aplastante, su voz se impuso en todos los números habidos y por haber, mientras que su trabajo escénico, fue cuidado y desenfadado, divertido y adecuado, haciendo gala de un vestuario muy acorde al personaje y supo desenvolverse con coquetería unas veces, y con un buen sentido teatral de la interpretación en otras.

 
“Rebolledo, tu vida quiero salvar: ¿me puedes falsificar este diamante?”

Rebolledo, industrial de profesión en la obra, fue encarnado por FRANCISCO SANTIAGO, el cual cumplió su cometido a nivel vocal, en las escasas partes que tiene cantadas, sin embargo, para mí, a nivel interpretativo eché en falta en sus versos muchos y múltiples matices desde el principio de la obra.

Y lo mismo sucedió en la escena de la lectura de la memoria que dirige a la reina María, desconociendo aún que realmente la está dirigiendo a la que él conoce como Catalina.

 
“Con otro golpe como este, me eternizo en el poder”

Así lo afirma y declara el Conde de Campomayor, padre de Diana, tío del marqués de Sandoval y regente de la monarquía portuguesa mientras la menor edad de la reina María.

Es el personaje de Campomayor para un tenor, que si bien tiene alguna parte comprometida, acostumbran a cantarlo voces ya de avanzada edad. Es un role de gran encanto que, como sucede con Rebolledo, tiene más parte hablada que cantada, y si se le sabe encontrar el punto justo, Campomayor puede resultar ser uno de los puntales en que se sostiene la acción cómica de la obra.

Y aquí, sinceramente, RICARDO MUÑIZ, crea un personaje correcto pero no me convence en el papel de regente, quizás porque su predecesor, Antonio Ordóñez, en las funciones que se representaron en 2010 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid consiguió construir un gran personaje, muy bien matizado en el texto, con una gran intención, lleno de inflexiones y matices interpretativos sin igual que hizo, que en ningún momento escuchando a Muñiz pudiera olvidarme de su predecesor.

Cuando escuchas solamente la parte cantada de Campomayor, a mi gusto, nada atractiva, el personaje puede resultarte un poco antipático, pero, escuchar sus versos, su texto estupendamente construido, hace que acabes adorando a este enredón ministro de la regencia portuguesa que no duda en traicionar a todo el mundo con tal de ir bien él.

“Ves visiones,  Sebastián: burla el deseo vuestra razón”

El enamorado realmente de Diana, puesto que Sandoval, a pesar de tener con ella un casamiento en proyecto, realmente de quien se ha enamorado es de Catalina.

GERARDO BULLÓN estuvo magnífico y convincente en su personaje, vocalmente y también en cuanto a la parte de su verso.

 
Y finalmente…

 
“Llegó tu vez, Sandoval…”

¿Qué es lo que tengo de contar de la voz que daba vida, cuerpo y alma a este pícaro noble luso?

Pues lo diré sin rebozo: en cualquier otra ocasión, quedarme tranquilamente en casa, me hubiera llenado de gozo, pero cuando la voz que lo interpreta responde al nombre de CARLES COSÍAS, no dudé ni por una fracción de segundo en irme a Lisboa a ver esta función.
 
Dueño de una bella y timbrada voz de tenor lírico, Cosías posee la sensibilidad suficiente para afrontar un papel que borda a la perfección. Evidentemente en la parte vocal, no tenía la menor duda de ello, pues… ¿cuántas veces habré escuchado su Sandoval? ¿Cuántas veces habré soñado con ese adorable y galante marqués?

Pues tantas, ambas, como para poder hablar extensiva y detenidamente de cada una de sus intervenciones y dar a conocer todos los matices que emplea y en los que siempre encuentra el equilibrio y punto justos. Y estoy segura que, en el intento, me van a quedar muchos en el tintero y muchos de silenciados.

Carles un cantante inteligente y con gusto, éste último, indispensable para mí. Gusto, más que suficiente para que resuene lisonjera su voz en mis oídos. Algo que, aparentemente, parece sencillo y que sin embargo es dificilísimo de hallar en un cantante. Pero Cosías lo posee, lo tiene, y creo que en este punto todo aquel que le haya escuchado, en lo que sea, estará de acuerdo conmigo.

Su gusto, unido a su pasión por su oficio, y un excelente trabajo escénico, hacen que nos hallemos ante un cantante completo que merece muchas más oportunidades  y  reconocimientos de los que tiene. Y eso, lo oso afirmar.

Pero antes de pasar a la parte vocal, me gustaría hacer hincapié en dos puntos meramente artísticos en el sentido estricto de la palabra.

Por un lado, el cuidado uso del texto. Un verso bien matizado y pronunciado, con intencionalidad, con numerosos cambios de inflexión en su voz, con una entonación excelente y para nada llana, que supo imponerse en las escenas en que su personaje ejerce de seductor intentando conquistar a Catalina, o en las que saca a relucir un poco su estatus de noble portugués que mira un poco por encima del hombro al falsificador Rebolledo.

Gran trabajo del tenor en este aspecto si lo comparo con el realizado en el Teatro Zarzuela en el año 2010. Aquí me gustó mucho más porque se nota la evolución del personaje y la madurez alcanzada del artista.

En segundo lugar, es de justicia destacar su sentido de la teatralidad y del humor con el cual nos encandiló en esta función, faceta hasta este día, para mí desconocida.

No quiero, bajo ningún concepto, desmerecer al resto del elenco, pero su personaje, Sandoval, es quien más interactúa a lo largo de la zarzuela. Siempre está en medio de los enredos, cantando, o simplemente actuando, moviéndose o hablando con la mirada. Y…¡cuánto decían sus ojos y gestualidad sin necesidad de abrir la boca!-. En definitiva, no para quieto en todo el rato, sea de una forma o bien de otra, y es un gran placer disfrutar de su actuación desenfadada.

Para lograr esta naturalidad en la escena, evidentemente, hay muchas horas de estudio y ensayo detrás, ello, unido a la gran concentración con la que actuó hicieron que, fuera, y merecidamente, el más aplaudido. Y en esta ocasión, el público portugués, con oídos no duchos a escuchar zarzuela, supo al menos entender y recompensar la actuación y la valía del artista.

A nivel vocal, su primera intervención, “Que estalle el rayo” fue sensacional. Sí, ralentizada un poco – o un poco bastante debiera decir y con conocimiento de causa- pero no por ello le impidió hacer unos estupendos matices en su fraseo que ponen de manifiesto, como decía, su inteligencia, su gusto y sensibilidad. Y es que Cosías “sabe” cantar. No se limita a las notas. Acaricia notas y texto, lo pronuncia bien y sabe lo que está diciendo, y además se hace son el personaje. Con “su” personaje, que dicho sea de paso, me encantó y adoré durante tres horas.

Cuando la voz se mueve en la zona más alta, es cuando se puede apreciar aún más de que estamos ante una voz limpia, bella, rica en matiz y que no se come coloraturas, pues puedes contar todas las que ejecuta. Su voz brilla y se mueve con facilidad y mesura. Para ello, basta escuchar sus duetos con Catalina, tanto el del primer acto “No es tu prima” como el del segundo “Por qué me martirizas”, para mí gusto, el momento mejor de los duetos entre los dos protagonistas.

Y allí Cosías volvió a envenenarnos con su pasión.

Sí, porque también es un cantante que pone pasión cuando canta. Fue un momento tan, tan especial escuchar este dueto esperando su “Mátame… mátame” tan bien cantado, tan sentido, justamente contenido y, conteniendo, en cuatro notas ejecutadas y bien transmitidas toda la pasión de un amante que espera ser correspondido y que pide solo un beso. Fue algo tan bien matizado que mata, literalmente como dice su personaje. Sí, mata con el fuego que le puso y abrasaría el alma de cualquier persona que le escuchara, como hizo con la mía.

Contrastó extraordinariamente su voz con la de Cristina Faus en el inmediato dueto que sigue al que acabo de comentar, donde una vez más, se pudo observar la vis cómica del tenor que, arropada por un ramillete de diferentes y bellas melodías de la que destacaría su ensoñador “Si a dividir no aciertas las tiernas ansias mías…”, tienen como resultado algo realmente sensacional.

Francamente no soy capaz de hallar en toda la obra ningún fragmento, en conjunto o en solitaro, en el que Cosías no me haya gustado, sea vocalmente o bien verseando.

En esta última faceta, es de derecho destacar el siguiente momento:

“Pues bien, prima, yo la adoro,
Y para mí no hay tesoro
Que valga mis ilusiones.
Tengo riquezas, poder,
Nobleza, rango y valía…
Pues todo eso lo daría
Por esa sola mujer.
Préstame, pues, tu favor,
Y harás la dicha de un hombre,
Que te da riqueza y nombre
Para cumplir con su amor”.

 

No lo osaría afirmar que a todo el mundo pueda entusiasmarle de la misma manera que lo hizo conmigo, pues cada persona tiene unas necesidades, gustos, sensibilidades y preferencias diferentes y dispares, pero, de lo que sí estoy segura es que nadie quedaría indiferente ante semejante declaración tan bien dicha y con la intención adecuada.

Su última intervención vocal, en el quinteto del tercer acto junto a Diana, Campomayor, Sebastián y Rebolledo sacó de nuevo a relucir su alto nivel de concentración y gusto, con una voz en su línea justa flirteando en la zona alta con un estilo belcantista de manual avanzado, no para dummies,  tal como para levantarse de la silla.

En definitiva, una gran noche de música en la que se dieron cita el humor, la comicidad, el amor, los enredos, la astucia, los versos, las voces, nuestra predisposición, nuestras ganas de disfrutar, los nervios, y finalmente, la satisfacción de la que en ningún momento dudé que hallaría en tierra un tanto hostil.

Por tanto, quien pueda hacerse con unos “Diamantes” que la coja con cariño.

Si tiene la oportunidad de verla representada que no le duela desplazarse y pagar entrada por ello, pues el resultado es tan excelente que querrá repetir.

Y si tiene la suerte de que en el reparto esté este señor que se llama Carles Cosías, sinceramente, que no se lo piense dos veces porque no se va a arrepentir.

Cosías, un verdadero diamante que brilla, igualmente con luz propia, entre tantos diamantes, sean falsos o bien verdaderos.

miércoles, 21 de enero de 2015

Los diamantes de la corona en Lisboa


Mañana se estrena, en el Teatro San Carlos de Lisboa, la primera de las cinco representaciones de la zarzuela “Los diamantes de la corona” de Francisco Asenjo Barbieri, obra poco representada y mucho menos conocida, de la que existe únicamente una grabación, bastante recortada, que en su día dejaron para la historia de nuestra zarzuela, dos artistas tristemente desaparecidos, la gran Pilar Lorengar y el gran Manuel Ausensi.

¿Zarzuela en Portugal?

Esa misma pregunta me hice yo, hará unos 5 o 6 meses cuando la vi anunciada. Pero ello, como todo en esta vida, tiene una explicación, pues la obra transcurre en parte en Lisboa, durante la minoría de edad de la reina María de Portugal.

Esta producción de “Los diamantes de la corona” viene del Teatro de la Zarzuela de Madrid, plaza en la cual se ha representado durante el mes de noviembre y diciembre pasado, y con dos repartos diferentes.

El padre de esta criatura es José Carlos Plaza, que ha dado a la obra un enfoque humorístico y divertido, mientras que el elenco que mañana la estrena en Portugal, a excepción de Cristina Faus que da vida a Diana, es el mismo que ya la ha cantado en Madrid como segundo reparto.

Entre ellos, me gustaría destacar la figura del tenor catalán Carles Cosías, quien ya estrenó esta misma producción en el año 2010, también en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y que también llevo al Teatro Campoamor de Oviedo.
 
 

El tenor, que posee una bella y timbradísima voz, con un fraseo elegante y dicción extraordinaria y con un gran sentido de la sensibilidad y lirismo capaces de hacer poner, al que le escucha, la piel de gallina, vuelve a dar cuerpo, alma y voz a ese peculiar noble portugués que responde al nombre de Marqués de Sandoval, quien, de camino a Portugal para tomar estado de casado con su prima Diana, se cruza en el camino a Catalina – que en realidad es la reina María – y se enamora perdidamente de ella, amor, claro está, que es correspondido también por ella.

Un papel, el de Sandoval, que a Cosías le va como un guante, solo es necesario escuchar alguno de los duetos que la obra contiene, o su romanza de entrada “Que estalle el rayo”, un número que se canta sin red, en frío y sin haber emitido ni una sola nota antes. Una pieza difícil, hermosa y soñadora en su parte final, de la que el tenor, hace, como no podía ser de otra forma, una estupenda creación.

El resto de representaciones están previstas para los días 24, 25, 27 y 29. Quienes tengan la oportunidad de ir, que no se pierdan este gran acontecimiento: zarzuela fuera de España, ¡viva la zarzuela y nuestra música!, con el aliciente de escuchar a Carles Cosías, que siempre es un disfrute para los oídos y un auténtico placer.

Y para ir haciendo boca, os dejo unos cuantos minutos de estos “Diamantes” que se vieron ya en Madrid en el Teatro de la Zarzuela en 2010. Ved, escuchad y valorad. No os decepcionará en absoluto.


 
Para más información ver la web del Teatro San Carlos de Lisboa.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Roberto Alagna: “Ma vie est un opéra…”




Lo primero que tengo que decir, y que es de justicia hacerlo, es lo siguiente: “Qué bella suena la voz de Roberto Alagna en este disco”.

“Ma vie est un opéra” es el postrer trabajo del tenor francés que acaba de salir a la venta y que ha grabado para el sello discográfico “Deustche Grammophon” acompañado por la London Orchestra al mando de Yvan Cassar, y con el cameo en dos piezas de su actual esposa, la soprano polaca Aleksandra Kurzak.

Fue hace muchos años, a mediados de los años 90, cuando Roberto Alagna empezó a brillar como estrella rutilante en el firmamento de la ópera, en una época donde los grandes tenores del momento, Kraus, Domingo, Carreras, Pavarotti…aún daban coletazos a diestro y siniestro.

Alagna no lo tuvo fácil lidiando con esas reses de tan alto volado. Pero dotado de una bella voz, de un gusto exquisito en el fraseo y una cualidad vocal extraordinaria, y dicho sea de paso, respaldado por una campaña de publicidad al lado de, por aquellos entonces, de su flamante mujer la soprano rumana Angela Gheorghiu, consiguió hacerse con un hueco en los corazones de los que amamos la lírica y adoramos, otro tanto, las voces, sobre todo las de tenor, que tanto escasean, al menos las de gran calidad.

 

El paso de los años

Alagna tiene 51 años y parece que el paso del tiempo ha jugado a su favor, físicamente sin lugar a dudas, pero a nivel vocal también.

Es verdad que estamos ante un disco y no ante un directo, siempre mucho más comprometedor, pero la belleza y la luz de su voz, años después, continúan estando allí. La voz ha seguido un proceso de maduración, y abocada a un repertorio que le va como anillo al dedo, Alagna reluce más que el oro.

Ello se presiente ya en la primera de las piezas, y se va asentando a lo largo de las restantes 16 que nos regala.

Lejos de pensar en notas astillosas o en un timbre velado, de los que alguna vez ha adolecido, Roberto suena extraordinariamente bien en un repertorio, la mayoría de él inédito que se agradece por curioso, por bien ejecutado y escogido excepcionando una única pieza, la prescindible “Magische Töne” de “Die Könegin von Saba” de Goldmark cantada en alemán, donde el tenor suena forzado en un idioma completamente alejado y nada afín a su vocalidad, estilo y temperamento.

Lo que sí que continúa siendo un verdadero lujo, cómo no, es disfrutar de esta bella voz cantando en francés, una delicia, como siempre, y gozar de ese fraseo, de esas palabras tan bien lanzadas al aire, continúan siendo una de las mejores e insuperables bazas del tenor.




Buenas elecciones

Alagna nos propone un buen viaje. Llena su maleta de las músicas de Puccini, Tchaikovsky, Gounod, Rossini, Reyerd, Donizetti, Massenet, Gluck, Goldmanrk, David Alagna y Leoncavallo.

A decir verdad, quizás para mí que soy una amante de Puccini, una de las piezas más interesantes del disco radicaban en las dos arias de Des Grieux de la “Manon Lescaut”. Alagna empieza con mí preferida, “Ah Manon, mi tradisce…” en la que hace gala, como decía al principio de una bella voz, pero de un sentido dramático justo, que sin entrar en el histrionismo, resuelve con inteligencia, con fraseo de matrícula de honor y con ese siempre justo toque de “llanto” en la voz que tanto seduce a mis oídos. Su frase final “Nell´oscuro futuro…di che farai di me” es para levantarse del asiento. ¿Quién puede resistirse a algo tan bien cantado, del que solo pierde una pizca de encanto en su ataque a “la scala dell ´infamia” que le queda un poco rara?

Igualmente preciosista su “Donna non vidi mai” de la misma ópera que da paso a una de la curiosidades, y más acertadas para mí, del disco: el aria “Kuda, Kuda…” del “Eugene Oneguin” cantada en francés de la cual Roberto Alagna hace una sentida interpretación, por voz, por fraseo, por intensidad, pero también por facilidad, característica esta última que se repite a lo largo de todo el disco.

No menos interesante resulta ser un magnífico descubrimiento “Faiblesse de la race humaine… Inspirez-moi, race divine” de la ópera de Charles Gounod “La reine de Saba”, una música de belleza extraordinaria donde una vez más Alagna usa la belleza de su voz, todos sus recursos expresivos y una excelente dicción en francés para conquistar al oyente.

Pero entre tanta ópera, el tenor se da un respiro interpretando junto a su esposa Aleksandra Kurzak una pieza en español “A la luz de la luna” para seguidamente inmiscuirse en una archiconocida tarantela napolitana, salida de la imaginación y genio de Rossini, “La danza”, donde opta por “adaptar” la tan raída pieza, ralentizando algunos tiempos y acelerando otros para sorpresa de aquellos que tantas veces hemos escuchado esta socorrida obra.

Seguidamente Alagna se enfrenta a “Esprits, gardiens de ces lieux vénéres…” de la ópera “Sigurd” de Reyer menos agradecida, a mi gusto, que “La Reina de Saba”, también en francés.



 

El bombón

Para mí, sin vacilar ni un segundo, este lugar debe ser ocupado por el extraordinario y bello dueto junto con la cabaletta de la ópera “Roberto Devereux”, la perla de la Trilogía Tudor.

“Un tenero cuore…Un lampo orribile” junto a Aleksandra Kurzak  nos retornan al Alagna más romántico, al Alagna que luce su voz de sol, su sonrisa y su belleza inigualable, tanto en la primera parte del dueto, como, evidentemente, en la ejecución de la cabaletta, resultando ser un verdadero deleite para alguien como yo que soy poco ducha en el repertorio romántico, y no muy conocedora en profundidad de esta obra donizettinana. Una vedadera joya que hay que escuchar una y otra vez, repetidamente, hasta que los oídos se empapen de tan genial interpretación.

 

Segunda mitad del disco

El tenor incurre una vez más a un repertorio que conoce y sabe que con él conquista corazones y oídos, pues su “Addio Fiorito asil” tiene todos los elementos para hacerlo, como también la menos conocida “Ne pouvant réprimer… Adieu donc” de la “Hérodiade” de Massenet.

Sin embargo, y aunque bien cantada, la voz que utiliza en su “Che farò sensa Euridice” de Gluck, situada más en la zona central, le aleja del brillo de la voz de tenor de la que tanto disfruto, y esta pieza le lleva a la que para mí, como decía al principio es la prescindible, el “Magische Töne”, donde cantando en alemán, no reconozco el estilo del tenor francés.

Interesante el aria escrita por las manos de uno de sus hermanos, David Alagna, y que se traduce en la ópera “Le dernier jour d´un condamné”, en la que “Il est dix heures … Encore sis heures” preceden a la no menos dramática “Vesti la giubba” del Pagliacci de Leoncavallo.

Y aquí, en esta última pieza, es donde encontramos una divergencia: la introducción de la pieza se corresponde con la parte final musicada del aria y la música final de la misma, se corresponde con la parte final de la obra coincidiendo con “La commedia è finita”. A mí parecer destruye un poco el espíritu de esta pieza que adoro, y de la que Alagna hace una buena interpretación sin llegar a ser un Canio de referencia.

 

En resumen un disco altamente recomendable para los amantes de las voces bellas de tenor, para los descubridores de nuevos repertorios, y evidentemente para los fervientes admiradores de Roberto Alagna. Un buen regalo, adelantado, para estas navidades.

martes, 11 de noviembre de 2014

Los encantos de Plácido Domingo




Que tiene muchos. O al menos, los tenía. Todos aquellos que cautivaron mis oídos siendo aún una niña y que ayer, escuchando su último trabajo discográfico, tanto eché en falta.
Es una verdad a voces que Domingo no pasa por su mejor momento vocal y esto es tan cierto como la vida misma. Le pese a quien le pese y también, muy a mí pesar valga la redundancia.
 
Viendo el giro que ha realizado su carrera en los últimos, vamos a poner, cinco años, una no puede dejar de sorprenderse ante el fenómeno Domingo. Ha decidido alargar a toda costa su carrera a base de cantar de barítono, bien, lo respeto aunque haya cosas que no comparta, pero lo que no puedo entender es que pierda el tiempo, sí, pierda el tiempo a sus años grabando un disco que, al igual que su predecesor, el de arias de barítono verdianas, no le hace justicia. Un trabajo el de “Encantos del mar” completamente prescindible que no hace sino engrosar una larga lista discográfica que lo único a lo que aspira es a batir récords. ¿Pero cuáles Plácido? Si los ha batido todos.
 
Cuestión de imagen
 
Cierto es que el disco presenta una portada más que atractiva y sugerente. ¡Es Zeus en carne y hueso! – me dije cuando vi por la red las primeras fotografías de la portada, y, vale la pena añadir, a modo de comentario, que el photoshop en las fotos que rellenan el librillo que acompaña al cd se ha pasado de tirada, mostrando a un Plácido con la cara de bronce que parece más el hermano mayor de Otello que otra cosa.
Azules pastel, colores suaves, blancos, que simulan el azul mediterráneo y las blancas casitas, típicas del paisaje griego. Buena combinación cromática. Muy veraniega, que, de entrada, invitan ya, al menos a tener el disco entre las manos y darse cuenta cómo ha envejecido Domingo, pero eso sí, con dignidad, porque a pesar de los retoques, Plácido luce bien en las fotos.

 
 
 
Pero lo atractivo de un disco, por muy bonita que pueda ser una portada está, claro, en su contenido, y en esta ocasión es variopinto y curioso como acostumbran a ser sus grabaciones. Pero ello no es suficiente tampoco y menos cuando, ya, en la primera canción, la hermosa “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat, el intérprete no me convence y me decepciona.
 
Su voz, otrora rica y broncínea, se torna casi ronca en las notas más graves. La voz no se sostiene aunque los ecos de su antaña belleza continúan desfilando e intentando deleitar nuestros oídos. Pero no. En esta ocasión, lo siento Plácido, pero no lo consigue.
Muchas de ellas, como “Estate” están susurradas. La intención es buena, la voz de Domingo acariciando el oído siempre se agradece. Recitar una canción en un momento dado me encanta, pero coger el hábito en todo el trabajo  como punto de referencia, no.
Solamente identificas al tenor cuando canta, más o menos, de tenor. Cuando canta la tan raída pero agradecida y bella “Torna a Surriento”, allí el timbre de tenor aparece y la maestría y saber cantar que gracias a Dios, no han abandonado al intérprete, se hacen también patentes en la preciosa “Reginella”.
 
“Aranjuez” a la que podría sacar mucho más partido la salva la belleza de su música, y de nuevo su encantador fraseo.

 


Cuestión de lenguas

 
Domingo maneja, y bien, varios idiomas, cantados y hablados. Siempre se ha esforzado para que los oyentes, en propias palabras suyas, entendieran, para comprender el drama que encierra las óperas, todas y cada una de las palabras que brotaban de sus labios y cada una de las notas que emanaban de su garganta. La palabra al servicio de la expresión. Sólo así se puede llegar al público y lograr emocionarlo. Algo tan sencillo, pero difícil de lograr.
 
De verdad que me hierve la sangre con este disco. Recuerdo aún aquellos días felices en que el Domingo tenor debutaba en Viena “La Walkyria” por primera vez, corría, sino voy errada el año 92, diciembre del 92 en Viena cuando se sumergía en la piel del welsulgo Siegmund. En aquella ocasión la crítica a nivel vocal fue buena, Domingo se encontraba en plenitud, pero la prensa rechistó. Su alemán no era suficientemente bueno. La pronuncia no era lo suficientemente adecuada.
Domingo, como todos los sabios, rectificó y perfeccionó el idioma, siendo, tiempo después enaltecido por dicho hito.
 
Cuando decidió inmiscuirse en el repertorio ruso aportando su granito de arena en la maravillosa “Dama de picas”, el tenor preparó el texto con una “coach” rusa. Se esforzó para que se entendiera hasta la última palabra pronunciada.
 
E inclusive se esmeró, y mucho, en su trabajo “Italia, ti amo” para aproximar al máximo la dicción napolitana sobretodo en el uso repetido de la vocal neutra que el italiano no tiene, pero sí el napolitano. Y allí radica uno de los puntos de interés del disco, deleitarse con esas neutras.
 
Pero cuando en este disco Domingo decidió, o se decidió que cantaría “El cant dels ocells” en catalán, un idioma que no le es desconocido, me pregunto yo ¿qué es lo que ha hecho? Porque es muy triste escucharle cantar en mi lengua y no entender nada, de nada. Peor ya no se puede pronunciar. ¡Por Dios, le entiendo mejor en ruso, y eso que no sé ruso!.
El pobre Pau Casals debe estar removiéndose en su tumba, y solo por ese gesto, por esa indiferencia para con nuestra lengua sería para devolverle el cd en pleno. ¿Por qué, me pregunto, por qué Plácido?
Plácido, lo puede hacer mejor. Tenía que hacerlo mejor. Y eso hubiera sido posible poniendo un poco más de interés y empeño en ello, sin duda.
 
No quiero escribir más sobre este disco que quedará entre aquellas anécdotas  a las que últimamente Plácido nos tiene acostumbrados, pero trabajos así no hacen más que malbaratar, tirar por la borda una carrera gloriosa y un nombre que está escrito con letras de oro en la historia de la ópera.
 
Sensatez, Plácido. Nada más que sensatez.