domingo, 19 de junio de 2016

Los cuarenta años de la Fundación Envera reúnen solidaridad, arte y compromiso




En la gala celebrada el pasado 1 de mayo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, poco importaba si se cantaba muy bien o menos bien, si se lucía un bonito vestido o se llevaba un peinado mejor o peor acorde a la última moda o rozando reminiscencias de tiempos ya pasados. No, esto era lo de menos, ya que en este acto se dio una estupenda confluencia de voces y artistas que aunaron arte, solidaridad y compromiso, en una tarde noche de reconocimiento al trabajo hecho, al que se hace y, al que queda por hacer – que es mucho- y que va indisolublemente de la mano de personas concienciadas con ello.


Pero además era también una velada de celebración: en primer lugar los 70 años de Iberia operando en vuelos desde España hasta América Latina, uniendo gentes, cultura, lengua, costumbres y maneras, enriqueciendo ambos países con lo mejor de cada uno de ellos.

Sin lugar a dudas, pero, el peso del acto se centró en el festejo de la creación, hace ahora 40 años, de la Fundación Envera, una asociación destinada a dar asistencia, formación y empleo a mujeres y hombres con discapacidad. Una idea nacida de entre los trabajadores de Iberia, padres y madres de hijos discapacitados con la finalidad de que éstos tuvieran la posibilidad de derribar las altas montañas de los prejuicios sociales para así poder alcanzar un futuro mejor para ellos.



El arte al servicio del compromiso social

Antes de entrar a dar un repaso al repertorio del concierto es justo pasar lista y nombrar a todos aquellos artistas que ayudaron a hacer posible que esta gala tuviera lugar. Por orden de aparición: el tenor Enrique Ferrer, la soprano Auxiliadora Toledano, la también soprano María Ruiz, el tenor Israel Lozano y la soprano Ruth Iniesta, y finalmente la soprano Belén López-León.

Y especialmente hacer eco de la colaboración y predisposición de aun artista del calibre y magnitud como es Plácido Domingo, siempre dispuesto y comprometido con las causas solidarias, así como la presencia de Antonio Vázquez, Presidente de International Airlines Group (IAG), grupo propietario de las aerolíneas British Airways, Iberia, Aer Lingus y Vueling.




Por todo ello, me gustaría destacar, y de forma especial, un momento de este acto, que fue realmente emocionante y que no es otro que los niños de Envera dando toda muestra de respeto y cariño al Maestro Plácido Domingo, primero con una ofrenda floral de claveles blancos – la flor preferida del Maestro- y luego con un sentido “cumpleaños feliz” entonado por ellos mismos y capitaneado por el también tenor Antonio Vázquez.

Aquellos niños al lado del más grande. Aquel hombre, aquel artista que siempre tiene una sonrisa y un gesto de cariño para todos. Y todos ellos rozando con sus manos y con sus besos al más magno intérprete de la ópera, disfrutando y compartiendo con él un rato de felicidad, de música y de devoción, cual si fuera un Dios, que con solo tocarlo se alivian penas, se da energía, lágrimas de alegría y bienestar. Todos querían alcanzar el frac del maestro, sus manos, y llevarse un abrazo al que Domingo respondió de forma extraordinaria.






El concierto

Empezaba diciendo que poco importaba quién cantaba o cómo se iba vestido porque de por si la entidad de la celebración dejaba en segundo lugar el repertorio ofrecido. Por ello, no voy a hacer un examen minucioso de todo lo interpretado, pero sí que me gustaría hacer un poco de hincapié quizás en los mejores momentos – para mí- del espectáculo.

Después de que maestro ÓLIVER DÍAZ interpretara una burbujeante obertura de la ópera “Carmen”, el tenor ENRIQUE FERRER empezó con el “Ch´ella mi creda” de “La fanciulla del west” para dar paso a la intervención de AUXILIADORA TOLEDANO con un fragmento de la opereta “El murciélago” que responde al nombre de “Mein Herr Marquis”.

Seguidamente una curiosa versión del bello dueto “Au fond du temple saint” de “Los pescadores de perlas de Bizet” interpretado por PLÁCIDO DOMINGO en el papel de Zurga, como barítono, y con el Nadir del tenor ANTONIO VÁZQUEZ. Y de Bizet a Giordanno con “La mamma morta” en la voz de la soprano MARÍA RUIZ.

Y sin dejar de lado a los compositores italianos, Puccini como un hilo conductor, regresaba de nuevo al escenario para que el tenor ISRAEL LOZANO y la soprano RUTH INIESTA interpretaran el dúo del final del primer acto de “La bohème”, el “O soave fanciulla”. Primera parada, aquí sí que me detengo para destacar la bonita voz de Israel Lozano, que me gustó mucho en esta intervención así como también la interpretación de Ruth Iniesta. Ambos bien coordinados y centrados en su papel.

Y no abandonamos a Puccini, porque del París bohemio viajamos al Pequín imperial con la “Turandot”. De esta ópera fue la soprano BELÉN LÓPEZ-LEÓN la que nos deleitó con una magnífica y serena interpretación del “Tu che di gel sei cinta”. Vuelvo a apearme aquí para destacar el arte de esta soprano, su sencillez y su estilo amén de una voz bonita y cuidada donde la musicalidad y gusto es baza principal en esta versión.

Siguió de nuevo ISRAEL LOZANO con el “M´apparì, tutto amor” de la “Martha” de Flotow mientras de Pequín, la soprano RUTH INIESTA, regresaba con jet-lag al París bohemio para ofrecernos una correcta versión del vals de Mussetta, “Quando m´en vo”.

La primera parte del concierto se cerró con el dueto del “Don Carlo” verdiano, “Dio, che nell´alma infondere” interpretado de nuevo por PLÁCIDO DOMINGO como Marqués de Posa y por ANTONIO VÁZQUEZ en el papel de Don Carlo.



Segunda parte

La obertura de “Agua, azucarillos y aguardiente” del maestro Chueca abría el turno de la zarzuela, género por el cual siento especial predilección, y después de la intervención de MARÍA RUIZ cantando “Tres horas antes del día” de “La marchenera” de Moreno Torroba, se produjo el momento más emocionante, musicalmente hablando, que nos brindó el maestro PLÁCIDO DOMINGO con una casi hablada y recitada versión de la bella romanza “Amor, vida de mi vida”, también del maestro Torroba que pertenece a la zarzuela “Maravilla”. Que una voz, con 75 años emocione como me hizo emocionar es realmente para quitarse el sombrero. Gracias Maestro.




La cosa había empezado más que bien. Conclusa “Maravilla” aparecieron en el escenario el tenor ENRIQUE FERRER y la soprano BELÉN LÓPEZ-LEÓN para ofrecernos una fresca, salada y con gracia y divertida versión del fantástico dueto de “El dúo de la Africana” del maestro Fernández Caballero. Fue, junto a “Maravilla” uno de los grandes momentos, donde salió a relucir de nuevo la gracia y la bonita voz y estilo de Belén López-León, pero también la adecuada y suelta a la vez que centrada y bien colocada voz del madrileño Enrique Ferrer.

Inevitable la “Canción del Ruiseñor” de “Doña Francisquita” de Amadeu Vives en la voz de la soprano AUXILIADORA TOLEDANO que fue amenizada por la intervención de cuantos tenores se hallaban en bambalinas, a la que dio paso de nuevo a ENRIQUE FERRER con la interpretación de una bellísima romanza como es el “Paxarín, tu que vuelas”, preciosa donde las haya, de la zarzuela “La Pícara molinera” de Pablo de Luna.

Y de nuevo en el escenario la voz de BELÉN LÓPEZ-LEÓN con una delicada versión de la romanza “Qué te importa que no venga” de “Los claveles” de Serrano que dio la alternativa al “Torero quiero ser” de “El Gato montés” de Penella con las voces de MARÍA RUIZ y ATONIO VÁZQUEZ, y sin movernos de Sevilla, RUTH INIESTA nos brindó su versión de la romanza “Me llaman la primorosa” de “El barbero de Sevilla” de Gerónimo Giménez.

“De este apacible rincón de Madrid” de la “Luisa Fernanda” de Moreno Torroba fue la pieza que interpretó el tenor ISRAEL LOZANO para dar paso a la última pieza del concierto, el bello dueto de “La viuda alegre” de Lèhar, “Lippen Schweigen” cantada en alemán por PLÁCIDO DOMINGO y AUXILIADORA TOLEDANO con vals bailado inclusive.

La velada finalizó con Domingo a la batuta mientras todos interpretaban el brindis de “La traviata” – todo un clásico para los fines de fiesta- seguido de una “Granada” de Lara a 8 voces.



Sin duda una amena y deliciosa velada al servicio de la solidaridad y del compromiso en la que sin artistas como los invitados no habría sido posible tan magno y especial acto.

Larga vida a la Fundación Envera.


domingo, 12 de junio de 2016

El primer Des Grieux de Robertissimo




Cuando Puccini puso el punto final en el pentagrama y transcribió la última nota de “Manon Lescaut” era consciente, y así lo ha asentado el paso inexorable del tiempo,  de que acababa de terminar una obra maestra. Extraordinaria y de una belleza y lirismo sin precedente. La primera de muchas que se irían sucediendo a lo largo de su carrera.

Definir en palabras su “Manon Lescaut” es difícil porque la obra está repleta de todo lo imaginable y por imaginar. Pero si tengo que calificar “Manon Lescaut” en una palabra, sin embargo y contrariamente a lo anterior dicho, me es muy fácil: esta palabra es “perfecta”. Así de sencillo. Así de claro.

No sobra ni una nota, ni un fragmento, ni una coma. Todo está mesurado con noble inteligencia y talento. Tanto que, aunque no existiera su fascinadora parte vocal, extraordinaria tanto para la voz de la soprano como para la del tenor, la ópera sería igualmente válida y genial.

Puccini, predecesor de las bandas sonoras de las películas, absorbiendo al extremo la idea del leitmotive wagneriano, hace de su tercera ópera, su primer gran éxito.

El maestro de Luca es único creando sentimientos y recreando ambientes con su adorable música.

En ella y por orden de cómo nos la presenta, se adivina la frescura y el perfume de la juventud desenfadada, el cortejo fácil entre los jóvenes de la época, el estallido primero del amor en un cuerpo que aún no lo ha experimentado, la pasión, el temor, las formas sociales contenidas, la decepción, las risas alegres, pero también las burlas, la frivolidad de un ambiente dorado y frío, el deseo, la añoranza, la elegancia, de nuevo la pasión, las confesiones, la rendición de los amantes, el descubrimiento de la mentira, la ambición, el egoísmo, la tensión, la reflexión, el amor que se encuentra en las caricias y en los besos sinceros.

Puccini además nos muestra el amor consumándose lentamente, el amor consumado y vuelto a consumar una vez más, el clímax del más absoluto placer carnal símil de un espectáculo de fuegos artificiales culminado con un estallido de cohetes multicolor que se desmayan en el cielo, el oleaje de las olas del mar que chocan contra la piedra del muelle, el desespero, la súplica, el desfile de la vergüenza, el jugarse la vida a una única carta por amor, el triunfo, la unión, la soledad, las rachas de viento del desierto que azotan los cuerpos moribundos, el abrasador beso de la sed encima de los labios, el no saber qué hacer, la vida como golpea a la gente, la confesión final, el amor llevado al extremo de la necesidad, el hielo glacial de la sombra de la muerte, los besos, y finalmente, el ocaso y la extenuación humana que sella la vida corta vida de su protagonista.

Es como para quedarse sin aliento ante tanta perfección.

Sólo Puccini, mi querido Puccini, es capaz de condensar todo esto en dos horas, y de hacerlo magistralmente.



Devoción

Sí. Lo confieso. Siento una especial devoción por esta ópera, una obra que siempre que la escucho, y por mucho que lo haya hecho ya a lo largo de toda una vida, jamás me cansa y siempre descubro en la orquesta, en las voces, en cada palabra, en cada acento cosas nuevas, porque Puccini nunca deja de sorprenderme.

Devoción por Puccini, como decía por un lado, pero la verdad es que esta “Manon Lescaut” del MET neoyorquino también suscitaba para mí un especialísimo interés: Jonas Kaufmann se había caído del cartel tras otra de sus muchas cancelaciones, y asumía el role de Des Grieux otro de mis favoritos, el tenor francés Roberto Alagna. Si hubiera estado el mes de febrero en Nueva York hubiera agradecido y aplaudido el cambio. Desde el momento en que supe – porque así lo había leído en algún medio de comunicación- que Alagna tenía que hacer este personaje en el Liceu fue suficiente como para estimular – que dicho sea, ya lo estaba- mi curiosidad para escucharle en este nuevo cometido que, tal como decía en la entrevista que le realizó Deborah Voigt, había aprendido en tan solo dos semanas.

Bravissimo Alagna, y gracias por hacerlo posible.







Otra “Manon Lescaut” moderna

Parece ser que a los directores de escena están faltos de ideas y ROBERT EYRE es uno más de ellos.

No entiendo este afán por trasladar la obra al año 1941, modificar el vestuario y poner una y más dificultades a los cantantes obligándoles a cantar tirados en el suelo subiendo y bajando escaleras y sobreactuando demasiado.

De todos modos, aunque como he dicho en muchas ocasiones no soy partidaria ni defensora de este tipo de montajes. Para mí Manon tiene que ir con su peluca y vestido abultado, aunque en esta ocasión tiene al menos la decencia de que la puesta en escena no molesta con detalles de excesiva connotación sexual gratuita – como se ha apreciado en otras producciones- lo que permite no desorientar al espectador ni distraerlo innecesariamente y deja que se concentre en la música.

Quizás el cuarto acto, tan exigente y extenuante a nivel vocal es donde los intérpretes sufren más, sin apenas poder moverse y recostados en unos escalones – que están presentes en toda la producción – y en esta ocasión colocados en forma de “V” que dificultan su propia comodidad y movimiento.

El vestuario es bonito y acorde, más o menos, con la época a la que se traspone la acción y permite lucir y dejar ver la extraordinaria y esbelta figura de la soprano letona Kristine Opolais y de un Roberto Alagna, maduro, cuyo ropaje le sienta como anillo al dedo y que aún aguanta y bien los primeros planos que la cámara le brinda.



La orquesta del MET bajo la batuta de FABIO LUISI es adecuada y de calidad. Quizás para un director de su talla se esperaba algo más, más pasión, más nervio, más pulso que es lo que requiere esta maravillosa obra de Puccini. Imprimió un buen “Intermezzo” que hubiera preferido escuchar a telón tirado en lugar de que me mostraran a Alagna, y no porque me moleste ver a Alagna no, al contrario, que es un placer para mí, sino porque ese intermedio es tan absolutamente genial y descriptivo que no hace falta ver nada para ver, valga la redundancia- lo que Puccini nos está explicando.



“Física” adecuada y suficiente aunque con poca química

Desgraciadamente la cosa fue así. Y no se entiende. Dos cantantes relativamente jóvenes y los dos con figuras extraordinarias, que se mueven bien, que cantan bien, y que actúan bien.

Dos personajes, Manon y Des Grieux a quien se supone enamorados. Y sin embargo la chispa de los amantes brilla por su exagerada ausencia, y es una lástima, puesto que ambos en sus respectivos papeles son creíbles.




KRISTINE OPOLAIS que parece que esté abonada al role de Manon es una creíble Manon. Es guapa, tiene una figura extraordinaria que llena el escenario de belleza y de sensualidad, pero sin embargo su interpretación vocal tiene sus peros.

Tiene una voz interesante, pero no sabe que son los pianos ni los ha frecuentado en su vida. Tampoco conoce el canto apasionado, ni el lirismo. Llega a las notas aunque en la zona alta se descentra musicalmente un poco rozando el grito. No me convence.

Quizás su semblante ya da la sensación de entrada de frialdad y ésta no consigue superarla en ningún momento a lo largo de la obra, ni en su dos arias “In quelle trine morbide” ni en su “Sola, perduta, abandonatta” en el segundo y cuarto actos, respectivamente. Pero tampoco lo solventa en el apasionado dúo de amor con Alagna en el segundo acto. Esto, añadido a la poca química artística entre ambos, hace de su Manon una interpretación mucho más mejorable, sobre todo a nivel vocal, que encarrila por este camino en el cuarto acto. Tarde ya. Una lástima.

Con un buen tipo no es suficiente para Manon Lescaut.




Con ROBERTO ALAGNA sin embargo, y a pesar de que pasa más de uno y dos apuros a lo largo de la obra, la cosa cobra otro sentido.

Interpreta, intenta que la poca química que hay entre ellos funcione. Lo intenta en el primero, y en el segundo. Insiste también en el tercero y en el cuarto, pero… Pero cuando por una de las partes no hay predisposición poco puede hacer el tenor para que aquello funcione químicamente hablando. “Físicamente” la cosa va viento en popa.

Alagna afronta el Des Grieux con 52 años, una edad quizás algo tardía pero en plena madurez y en la que el instrumento del tenor francés, si bien sigue siendo uno de los más bellos de la actualidad, ha perdido un poco su brillo y frescura de antaño. Ello no le impide sin embargo sortear una partitura que a priori viene grande a su voz de tenor lírico. Pero su fraseo, su dicción, su pasión, su gusto innato en el canto y esas ganas que siempre pone cuando sale al escenario – y teniendo en cuenta la premura del estudio de la obra- le hacen merecedor de una gran lluvia de aplausos y una “standing ovation” por una gran parte de la platea neoyorquina.

Roberto Alagna luce y pasea aún su gran voz por el escenario y pone toda la carne en el asador. Se la juega a cada nota y a cada compás. Más justo quizás, a mi modo de ver, en el primer y segundo actos. En cambio extraordinario en el tercero y sobretodo en el cuarto. Precisamente en este último es donde le he encontrado más relajado después de un tercero comprometedor y de un “Guardate, pazzo son guardate” bien ejecutado pero al extremo.

Alagna es un extraordinario cantante y un actor muy creíble en el escenario. Y su Des Grieux, cuando haya podido madurarlo y estudiarlo con el debido tiempo, nos deleitará más aún.

Bravo Robertissimo.




No acabó de convencerme en el papel de Lescaut MASSIMO CAVALETTI una voz para nada atractiva y siempre al extremo, en cambio el Geronte de BRINDLEY SHERRAT es irreprochable a nivel vocal.



Si no fuera por…

En conclusión una función que no pasará a la historia por ser una de las mejores Manon Lescaut que haya podido escuchar en mi vida, pero es de un alto grado aceptable, donde la presencia y la voz de Roberto Alagna me invitan, tentadoramente, a repetirla de nuevo.


domingo, 5 de junio de 2016

Una Traviata para olvidar sino fuera por papá...




La Traviata es una ópera que ha sido muy especial en mí vida.


Siempre me es grato volver a la música burbujeante y chispeante, lírica y sentimental, alegre y anunciadora de la muerte, desbordante de pasión y de razón, pero también triste y melancólica que salió de la mente de Verdi e imprimió encima del pentagrama.

Cuando una piensa en esta ópera no puede dejar de asociarla a los grandes salones repletos de elegancia, a un cuidadoso y esmerado vestuario, y a una escenografía que arrope en consonancia la trama que se narra en esta historia. La historia de una prostituta de lujo que por amor se sacrifica. Y que se sacrifica porque ama. Y porque además, es amada. Vaya, una prostituta con suerte aparente.

Sí. Se puede concebir una Traviata fuera de su época, pero tiene que hacerse con mucho cuidado, pues el entorno y las restrictivas condiciones sociales que la envuelven, exhortan a tener en cuenta el máximo de detalles, y si se patina un poco, se corre el peligro de que el director de escena y la obra entera se dé de bruces contra el suelo.

Y esto es lo que sucede con la escenografía que propone JEAN-FRANÇOIS SIVADIER para la ópera de Viena y que fue retransmitida en “streaming” el pasado día 24 de mayo.

Cuatro elementos decorativos que se basaban en sillas, telas que subían y bajaban, una cama improvisada en el suelo, y nada más. Una escena pobre de espíritu, vacía, oscura y nada sugerente que no ayudaban para nada a ambientar la obra. No molestaba mucho, y se agradece, pero tampoco inspiraba nada de nada. Bueno, algo sí que inspiraba, o me ha inspirado: hastío.

Ni en el primero, ni en el segundo (en ninguna de sus dos escenas) ni en el tercero. Nada. Nada invitaba a hacer agradable una de las óperas más reconocidas, más escuchadas y más representadas en todo el mundo. Eso “no es una Traviata”, es una auténtica estafa que, al cabo de media hora acaba distrayendo impidiendo que el público pueda concentrarse en lo realmente importante: la música de Verdi y en las voces de los intérpretes.



¿Y qué decíamos que era lo importante?

Ah, sí, pues claro. La música, ¿no?

Parece mentira que se lleven producciones tan nefastas a óperas de tanta solera como la Staatsoper de Viena, pero precisamente esta plaza se ha caracterizado por la modernidad de las producciones en los últimos años. Me atrevería a decir, desde hace más de 10 años. Sigue sin gustarme la cosa. Prefiero lo clásico, de todas, todas. Lo tradicional. Lo que no me distrae y me deja concentrar en las voces. Pero, francamente, oído lo oído, concentrarme en las dos voces principales (Violeta-Alfredo) ha supuesto para mí un arduo trabajo y un esfuerzo sobrehumano y de imposible cometido.

La orquesta de la Staatsoper de Viena a cargo de MARCO ARMILIATO no ha dejado ningún momento para recordar. Una dirección bastante discreta que no pasará a la historia.

Pero las voces… ¡qué decir de las voces!...





La Violeta de MARINA REBEKA tiene una voz interesante, bien timbrada, y marcando muy bien y sorteando sin dificultad la coloratura de su aria en el primer acto, “È strano…”, sin embargo le cuesta de mantener el ritmo y la altura al lado de su Alfredo, pobre donde los haya.

Pero no solamente es cuestión de ritmo, sino también de química. ¿No se supone que ambos están enamorados? ¡¡Pero si no se miran ni a la cara!!

Solventó la parte artística en su gran escena con Germont padre, y es que al lado de Plácido Domingo -que actúa siempre- o intentas ponerte a su altura, o bien, acabas haciendo el ridículo, y ella, sabiamente se inclinó por la primera opción.





He escuchado muchos Alfredos en mí vida, unos muy buenos, otros no tan buenos, otros que lo hacían muy dignamente y otros que le han puesto muchas ganas, pero, el Alfredo de DMYTRO POPOV los supera a todos por lo nefasto de su interpretación. No sabría cómo definir una voz que me da la sensación que se queda incrustada en la garganta y sin proyección.

Una voz oscura, de fraseo inexistente. La intención en cada palabra articulada brillaba por su ausencia, y escénicamente cero por ciento creíble. Yo no sé si siempre canta así, si ello es connatural en forma de transmitir o intentar transmitir, pero, en mi opinión no es una voz para cantar en la Staatsoper. Su instrumento, pobre, no es digno de tal honor para un teatro de tanta categoría.



Un nuevo “papá” Germont

Y para mí radicaba aquí el elemento principal por el cual, confieso, he llegado hasta el final de esta función, y no es ni más ni menos que la interpretación de PLÁCIDO DOMINGO en el papel de Giorgio Germont.

Allí sí salió la elegancia de un fraseo y de una voz aún bonita aunque ahora nos cante de barítono y haciendo trampas vocales en más de una ocasión. ¿Y qué?



Escuchar a Domingo, ahora, es disfrutar de lo que nos puede ofrecer en la actualidad sin pensar en lo que fue ni en lo que ha sido. Tenemos que cogerle ahora por lo que es y por lo que aún nos pueda emocionar. Y si aún consigue este efecto es que -como decía en mí anterior crónica del “Simon Boccanegra” que le escuché hace un mes y medio en Barcelona- es debido al poder que tienen los que son poderosos. O los que han sido poderosos, vamos a ser justos en la terminología empleada. Estamos hablando de una leyenda de la ópera. De un Maestro. Por tanto, que cada uno aproveche lo que quiera o lo que le venga en gana aprovechar.


Un protagonista inesperado


Este fue ni más ni menos que el apuntador ya que desde su concha salía de todo: ramos de flores, la chaqueta blanca de Alfredo… Un detalle que me pareció fuera de contexto porque no sé qué significado tiene en la producción, pero gracioso a la vez.

El “Sr. Tribó de turno vienés” estuvo muy atareado a lo largo de la función. Y lo llamo así, cariñosamente, porque no puedo dejar de asociar a la importante figura del apuntador en una ópera sin que me venga en mente a nuestro Maestro Jaume Tribó, de quien estoy segura no molestará que me haya tomado esta pequeña licencia.

domingo, 8 de mayo de 2016

Butterfly titiritera




Una que… no es muy ducha en el tema, y después de haber tenido diversos y múltiples problemas técnicos para poder ver esta nueva versión de “Madame Butterfly”, finalmente, casi un mes después de que se representara en el MET y se pasara por las pantallas de cine, por fin, he podido gozar de esta maravillosa ópera de Puccini.

El aliciente principal recaía pues para mí, aunque breve su papel, en el tenor Roberto Alagna, una voz que sigo y que disfruto de ella ya desde que empezó su carrera, hace ya algunos añitos.

La concepción de esta “Madame” está a caballo entre lo clásico y lo moderno. Respeta bastante el estilo japonés pero no cae en las tan raídas puestas en escena recargadas y antiguas a las que estamos acostumbrados que se den en esta ópera. Sustituye las caras pintadas de blanco por un maquillaje discreto nada exagerado. ¿Que la protagonista que canta la Cio-Cio-San no es japonesa? Pues no, no lo es y parece ser que esto no importa, y limpia su cara de exagerada pintura para que no parezca lo que no es. En este sentido, se agradece la naturalidad. Ya da ambiente el vestuario y el colorido. Y sobre todo la música surgida de la genialidad de Puccini, que sitúa tanto la obra que no es necesario emplear ningún recurso ni truco más para trasportar al espectador a Japón.


 

Muñecos en la Madame

El director de escena ANTHONY MINGELLA introduce una nueva, y acertada idea, aunque a veces choca y resulta rara, y no es otra que hacer aparecer dos títeres en el escenario. Dos títeres y siempre japoneses, nunca americanos. Atención al matiz y al concepto que, en esta obra, los americanos tienen de los japoneses, y la triste verdad de esta idea se hace patente con el genial uso de este recurso teatral. Creo que era imposible reflejarlo de otra manera. Bravo por dicha personificación. Realmente, extraordinaria.

La idea si se piensa y reflexiona es muy buena.

El niño de Butterfly es títere de la historia de su madre, que a la vez, ella también lo ha sido de Pinkerton, su padre y amante fugaz de Butterfly. Ambos, aunados al concepto que Pinkerton tiene de Cio-Cio-San, que no es nada más que la semblanza a una muñeca, una “bambola”, un “giocattolo”, hacen cuadrar y sostener con firmeza la imaginación del regista que no empaña para nada el sentido de la obra, sino que la complementa y la secunda, y la vislumbra desde otra perspectiva completamente acertada y válida.

Sin duda el efecto del niño-títere, desde la mitad de la platea del MET debe ser extraordinario porque seguro que ni se aprecian los tres titiriteros que dan vida al muñeco. Para ellos, el hijo de Butterfly es humano y se mueve como tal. Pero también para el resto, pues el efecto humano, es conmovedor.

La verdad es que sorprende y mucho el fantástico movimiento del muñeco, que reacciona a las palabras de su madre, camina cual niño de tres años y sus encuentros y abrazos con Butterfly son enternecedores. Quizás lo único que se pueda reprochar al muñeco es que, no tiene ojos – ni azules americanos ni negros japoneses- y tampoco tiene pelo, ni rubio ni moreno. Pero ello sin duda es secundario en la narración. El público ya le pone imaginación. Aquí está la magia del teatro.





Pero, además de todo esto, en verdad la escena deja también otros buenos detalles.

Siguiendo con los muñecos, en el preludio del tercer acto envuelto por una romántica, fascinante y seductora música, Butterfly, muñeca inerte en manos de Pinkeron, es abandonada por el oficial de la marina americana.

La muñeca Cio-Cio-San que, a la par que el niño, también parece cobrar vida de forma extraordinaria, acaricia a Pinkeron, le pone cara de tristeza, le abraza y toca su cara de forma tierna aunque éste le rechace. Pero sobretodo impacta el abandono final: Pinkerton y Cio-Cio-San se separan. Y se separan distanciados por la inmensidad de todo un mar entre ellos dos. A tal efecto, se extiende entre ambos una banda de tela de color azul que personifica el mar. Este mar desaparece en la distancia. Y en las distancia desaparecen también los cuerpos de la escena.

Realmente algo original que me hizo venir a la mente, cuando vi la muñeca Cio-Cio-San, aquella maravillosa canción que entonaba Patty Bravo que llevaba por título “La bambola”: “Para ti yo soy, para ti yo soy solamente una bambola / con quien juegas tu, con quien juegas tu, solamente una bambola”. Cuadra y con creces la idea. La “bambola” de Pinkerton.



Pero también hay dos detalles, escénicos que me llamaron bastante la atención: por un lado, me impactó que Butterfly, ya casada con Pinkerton, adopta por así decir las costumbres y religión americanas. “Benvenuto in casa americana” le dice a Sharpless en el segundo acto, pero, en el fondo, reconvertida a otra fe por voluntad propia, no deja de rezar – sin que Suziki la vea- a las almas japonesas de sus antepasados, aunque después lo niegue y quiera ser más americana que el propio presidente de los Estados Unidos. En el fondo, con detalles así, en esta producción me da la sensación de que Butterfly es consciente del engaño desde un primer momento, pero está tan enamorada de Pinkerton que, aunque esté destrozada por dentro, el escudo con el que se viste es tan poderoso que hace creer lo contrario a quien se le acerca.

Por otro, un momento escénico que narra la historia haciendo un “flashback” que produce un efecto visual extraordinario. Nos encontramos al principio del segundo acto y Pinkerton sentado en una butaca besa a Butterfly que está arrodillada delante suyo. Se nos muestra la felicidad de la pareja, pero son los paneles móviles que a lo largo de toda la obra van creando ambiente y lugares, los que se llevan –literalmente- al oficial. Se ve como se besan y el panel que pasa delante del espectador, se lleva el beso y también hace desaparecer a Pinkerton. El efecto visual es…como decía extraordinario y genial. Pero no queda aquí. Se lleva a Pinkerton, y con ello la miseria llega y se posa en la morada de Butterfly. Los muebles desaparecen: mesas y sillas, y en su lugar, aflora la tristeza y la miseria.




A parte queda la escenificación del dueto final del primer acto, que con los farolillos blancos da un guiño plateado a la luna que debería presidir esta escena. La idea es bonita, y vista – repito- desde mitad de la platea del grandioso MET, seguro que visualmente extasía todos los sentidos, principalmente el visual. La escena, oscura. La música que envuelve, idónea. Todo rezuma de un ambiente ideal. Las estrellas titilan en el cielo. Y las miradas de los espectadores concentradas en las vestiduras blancas de los cantantes.

En la tele pierde un poco, más que nada porque en algunos fragmentos de este maravillo dueto, se destroza y se carga el ambiente romántico y el de corazones acelerados por las pulsaciones de una noche de amor, haciendo planos de lejos sin poder disfrutar de la interpretación artística de los protagonistas, que, viene a cuento decir, que la química y la chispa entre ambos, era absolutamente aterradora. Por favor, qué es un dueto de amor… Sra. Opolais y Sr. Alagna, ¡mirénse a la cara cuando canten! Tomen nota para la próxima. Muchas gracias.





Puccini… a ratos

La batuta del maestro KAREL MARK CHICHON no es ni de lejos la de Pappano – en la actualidad el mejor ejecutor de la música del maestro de Lucca- aunque cumplió con corrección en su dirección orquestal. Para mí faltó matiz, sutileza, fuerza. La orquesta no brillaba, para la ocasión lo suficiente, pero aunque discreta su interpretación, mantuvo, a su manera toda la vis dramática de la obra.





El Pinkerton de ROBERTO ALAGNA tuvo un nivel excelente, aunque a ratos, vale decir. Un primer acto en que en sus dos intervenciones la voz sonaba excesivamente abierta y sin el brillo y redondez a los que me tiene acostumbrada su instrumento. Alagna es un tenor dotado de una voz bella y maravillosa. Si bien es cierto que ha afrontado, en los últimos años, un repertorio para nada adecuado a su voz y le ha alejado de aquellos roles más líricos en los cuales, continúa no teniendo rival.

Pero Alagna, ducho en su arte, sabe sacar todos sus recursos y encantos y meterse a su público en el bolsillo. Sus momentos dulces y románticos, en los que su voz inunda el escenario neoyorquino, son realmente conmovedores. Sabe manejar a la perfección su voz, y haciendo gala de un fraseo extraordinario y arrebatador, Alagna se acomoda a la ópera escenas antes de empezar el dueto final del primer acto. Y allí es cuando pasea su instrumento en una tesitura más central en la que se siente más cómodo. Cómo pez en el agua.

A pesar de algún pequeño desajuste, sobretodo en el dueto final del primer acto, Alagna, en la actualidad, no tiene rival en este papel, que hace suyo por méritos propios y por voz, haciéndome poner la carne de gallina a cada intervención suya. Pero también por imagen, pues la credibilidad como personaje es absoluta y Alagna, a pesar de sus entrados cincuenta y… sigue aun maravillando por su esbelta y agraciada figura encima del escenario. Y ello, se agradece.



DWUAYNNE CROFT fue el encargado de dar vida al cónsul Sharpless. La voz, sin duda, no es la que era y ha perdido el frescor de antaño, pero su timbre, en algún momento fatigado, continúa siendo agradable al oído. Escénicamente estuvo correcto.



Me encantó la Suziki de MARIA ZIFCHAK que estuvo excelentemente interpretada a nivel escénico, aunque no tanto a nivel vocal y cumpliendo en sus respectivos papeles TONY STEVENSON como Goro y YUNPENG WANG como Yamadori. Más discreto, pero, el Bonzo de STEFAN SZKAFAROWSKY.




Cuando Butterfly no es Butterfly…

Ya desde la primera escena, cuando Cio-Cio-San irrumpe en el escenario, nos damos cuenta de que KRISTINE OPOLAIS en ningún momento de la obra es Butterfly.

No tiene nada de frágil mariposa, de inocente muchacha, y la manera en cómo enfoca interiormente el role, impiden ver la evolución psicológica del personaje en cuestión – tan importante en esta ópera- y que tiene que ir de la tierna inocencia, de la ilusión de la primera noche de amor al desenlace final. Todo ello, pasando por la mentira encubierta, la reacción de una mujer enamorada que se siente engañada y traicionada, y que además ha sido madre, hecho que fortalece a cualquiera, hasta el declive final, hasta la apertura de sus ojos y mente hacia lo irremediable, la consabida y consciente pérdida del honor que le llevará, sin remedio, al suicidio. A la muerte. “Con onor muore qui non può serbar vita con onore” reza sabiamente el libreto.

A nivel vocal la voz es suficiente. Llega a las notas y su canto no denota sufrimiento, pero se olvida siempre del matiz, de la sutilidad que requieren sus intervenciones, sobre todo en el primer acto. La sumisión a veces, brilla por su ausencia, al igual que la ilusión y la alegría ante una boda que, cree, real. Bien es comprensible que el personaje no exteriorice a raudales sus sentimientos, pero, sí se agradecería al menos el intento.

Opolais afronta una Butterfly siempre seria. Enfadada. En su rostro no se trasluce ni una pizca de relajación. Su semblante siempre frío y distante, que sí, en cierta manera cuadra con el segundo acto – a pesar de que introduce alguna monería propia de la tierna edad de la protagonista cuando la música se lo permite. Sin embargo, no me vale para un primero.

Es una Butterfly que no te la crees como personaje. Le hubieran bastado pequeños gestos, pequeñas sutilezas escénicas para aproximarse a un role en el que, vocalmente está francamente bien si introdujera algún piano o algún matiz más. Era más creíble, a nivel escénico, la muñeca Cio-Cio-San del preludio del tercer acto que ella misma.

Nadie niega la espectacularidad de Opolais, como mujer, encima del escenario, pero en este caso su belleza letona juega en su contra.

Una pena que, un papel tan profundamente sensible, no llegue a emocionar ni un ápice de mi cuerpo. Creo que Opolais sería una buena y notable Tosca, pero, Butterfly, escénicamente, jamás. Su “Un vel dì…” aunque bien acometido no acabó de convencerme, al igual que su “Tu, tu, piccolo iddio…”, sí, ambos bien cantados, y si se me apura, bastante bien fraseados, pero, con esto no es suficiente para despertar los sentidos al oyente.

Siempre he dicho que una Butterfly que no es capaz de hacerte poner la carne de gallina en estos dos fragmentos, es porque, tristemente, no es Butterfly. Y en estos casos… a otra cosa, mariposa. Y nunca mejor dicho.



Entre muñecos anda el juego

Sin duda, el niño y la “bambola” Butterfly fueron y se erigieron, en dos más de los protagonistas. Por sus movimientos que rayaban la veracidad dando vida a sus inertes cuerpos con una expresión justa, equilibrada y sensacional. Vamos, que el niño de Cio-Cio-San se hacía querer a pesar de ser un títere… un títere lleno de la expresividad que, desafortunadamente, le faltó a su madre.


sábado, 30 de abril de 2016

Simon Boccanegra en el Liceu: El poder de los poderosos




La de ayer noche fue la tercera y última de las representaciones de “Simon Boccanegra” que el Maestro Domingo interpretaba estos días en el Liceu de Barcelona.
La de ayer, fue la segunda vez que le escuchaba en una ópera verdiana en el Teatro de las Ramblas con el añadido de estar escenificada, pues siempre le había visto allí en versión concierto.
La de ayer por otro lado, concluía unos especiales fastos para el artista: nada más y nada menos que sus cincuenta años de debut en este teatro y de relación con el público liceísta.
La de ayer sin duda, será otra de las noches a guardar en la retina y en la memoria que se irán sumando en mi especial haber con el cantante.
Pero de lo que estoy casi segura de poder afirmar es que la de ayer no será ni mucho menos la última de sus funciones en el coliseo barcelonés, siempre que la salud le respete mínimamente, porque sus notables ganas de continuar se mantienen intactas a sus 75 años.

Carga emocional
Al cabo de tres horas desde que empezaran a sonar los primeros compases, el público del Gran Teatre del Liceu -lleno hasta la bandera y sin ninguna localidad libre- rendía su especial tributo a todo el elenco artístico, pero, de forma especial y estruendosa, al gran Plácido Domingo.
El teatro en pleno de pie, desde la primera fila de platea hasta la última fila del quinto piso aplaudiendo sin parar. Gran emoción. Ello, obligó al artista a adelantarse por dos veces. Los bravos y el entusiasmo brotaban y paseaban con descaro por el teatro, intentando poner punto y final a una noche llena de estallido sentimental.
Buenas vibraciones y atmósfera festiva para los cantantes que llenaban el escenario.
Emotividad más que justificada para quien fue el alma de este Simon.
Pero también sentimientos a flor de piel para aquellos que fuimos a disfrutar y a sentir, dejando de lado prejuicios, aspectos técnicos, adecuación de voz, y de todas estas cosas de las que tanto se ha hablado desde que Domingo aterrizó el pasado lunes en Barcelona.
En definitiva, aquellos que somos aficionados vamos al teatro a sentir. A disfrutar. A dejar que la música nos subyugue. A dejarnos embrujar y seducir por el arte del cantante. A recibir generosamente los sentimientos que estos transmiten y proyectan e inundan nuestros cuerpos y anidan en nuestros corazones. Vamos, en definitiva, a gozar de un terremoto de sensaciones que se traslucen de la interpretación emotiva del artista. Vamos pues, y repito de nuevo, a sentir. Con el corazón. Con el alma. Con todos los sentidos.
Los aplausos a un inconmensurable artista como es Domingo no dejaron indiferente a nadie, se mire desde la perspectiva que se mire. Vivir las tres horas de ayer noche no tiene precio… Como tampoco lo tiene vivirlo al lado de alguien a quien quieres mucho y que es cómplice por voluntad propia de la ilusión de otra persona. Eso, este pequeño gran detalle, esta pequeña gran armonía solo se encuentra en la figura de una madre. Y por ello, le doy las gracias de corazón, aunque como consecuencia de la emoción por mi vivida, se levante hoy con el brazo lleno de moratones.

Cuadros, cubos y espejos
Y como ya viene siendo una pesada losa, este “Simon Boccanegra” liceísta se apuntó al carro de las escenografías modernas que a pesar de no ser de mi gusto, tenía la decencia – gracias a Dios- de que no molestaba ni distraía en exceso al espectador.
La distracción mayoritaria fue, como siempre, la tos incontenida y sin sofocar de algunos de los asistentes a la representación. Una lástima tener que decir que la de ayer, fue una de las funciones más ruidosas de muchas a las que he asistido en el Liceu.
La escena que firma JOSÉ LUÍS GÓMEZ nos presenta un espacio completamente atemporal, y a ello también contribuyen las vestiduras que ALEJANDRO ANDÚJAR propone para el vestuario, prendas bastante más que actuales, entre las cuales se erige, siempre elegante, el frac que el Dux luce en la escena del consejo, el cual, no tenía que haberse quitado.
El decorado, a base de composiciones cúbicas con voluntad de espejo, asimilaba claramente la idea de un rompecabezas dando un buen juego para separar y crear espacios. La única cosa positiva era que cuando los intérpretes daban la espalda al público, sus caras, se reflejaban, ayudando a no perder ni un ápice de expresión.
Poca química artística es la que hubo con los protagonistas principales, sobretodo en la pareja protagonista Amelia-Adorno. Un poco más con el Dux, sin embargo, que estuvo puesto en su papel durante toda la obra.


Entrallado musical
El maestro MASSIMO ZANETTI al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL LICEU mantuvo un buen pulso a lo largo de toda la obra, acompañando y secundando discreta, pero de forma efectiva, a los cantantes. Tan solo en los primeros minutos de la obra me pareció que sonaba quizás con un exceso puntual de volumen que no se repitió a lo largo de la representación.
Es de justicia nombrar y resaltar la intervención del COR DEL GRAN TEATRE DEL LICEU, que en las óperas de Verdi toma gran protagonismo y del cual se hizo eco desde la primera aparición consiguiendo el gran clímax en el momento final de la escena del consejo.




La soprano nata en Gran Canaria, DAVINIA RODRÍGUEZ debutaba en el Gran Teatro del Liceu, con una baza más que ilusionante. Hacer el debut en un coliseo como el barcelonés y al lado del más grande, era para ella, sin duda algo muy especial.
Lució una voz firme, interesante me pareció al principio y con un tanto de timbre oscuro que hace que la voz no sea homogénea cuando pasa del centro a la zona más alta. Su discurso fue bueno pero faltó algún matiz, algún piano, alguna sutileza más, adjetivo que se le olvidó un poco en más de un momento. Escuchando su voz me daba la sensación de que la voz se le quedaba pegada a la garganta, y ello le hacía entumecer su instrumento.
Su aria “Come in quest´ora bruna” no fue premiada con ningún bravo. Los primeros que escuchó fueron siempre en escenas conjuntas, aunque en la ronda final de aplausos fue muy bien recibida.



Llovieron bravos al finalizar su aria “Cielo pietoso rendila” a la que ayer puso voz el tenor mexicano RAMON VARGAS. Hizo una buena creación de Adorno con voz solvente, que llegaba, sin embargo ha perdido aquel brillante esmalte que antaño tenía, aunque se mostró regular a lo largo de toda la representación.



El Fiesco de FERRUCIO FURLANETTO también fue uno de los más aplaudidos y le encontré en bastante buena forma, si bien a nivel escénico la caracterización de su personaje brillaba por su ausencia.

Sin embargo la imponente voz de ELIA FABBIAN se erigió ya desde su primera intervención en una de las más interesantes. Buena voz, buen timbre. Amplitud y volumen abalaron los bravos más que merecidos a lo largo de los aplausos.





Porque es un Maestro
Sólo hay una palabra para describir lo que Domingo hizo ayer por la noche en el Liceu, y con la que estoy completamente de acuerdo.
Sólo se puede calificar así y es de justicia que cite al artífice del comentario. Éste, no es otro que mi hermano, que desafortunadamente no vivió la función, pero la ha revivido conmigo desde ayer noche. Y al relatar – aún incrédula- de cómo alguien es capaz de emocionar de la manera que ayer lo hizo Domingo, simplemente concluyó con esta afirmación: “Porque es un Maestro”.
Sabio, mi hermano.
No voy a entrar a hablar del estado de la voz PLÁCIDO DOMINGO porque cada uno lo ve con diferentes ojos y lo escucha con diferente oído.
Tampoco quiero hacer apología del intérprete, pues sería entrar en un bucle y dar de comer a aquellos que disfrutan de un manjar que no son capaces de disfrutar de otra manera que no sea con pena y mala gana, recordando al artista que Domingo ha sido. Y que es aún. No olvidemos el matiz.
Particularmente le escuché muy bien de voz y muy regular a lo largo de toda la función de ayer, sorprendiéndome gratamente.
Pero, no, no voy ahora tampoco a hablar de ello. Cada uno que juzgue lo que crea.
Simplemente me limitaré a decir lo siguiente: que cada uno escoja a quién quiere ir a escuchar. Que elija a quién quiere ir a disfrutar, con quién quiere gastarse el dinero de unas entradas – por cierto nada baratas. La oferta es variada y amplia.
Pero sí que quiero concluir con la siguiente reflexión: que un cantante; que un intérprete; que un ARTISTA como es este señor que responde al nombre de Plácido Domingo consiga con 75 años a sus espaldas que a cada frase se me ponga la carne de gallina, es cómo para pensárselo, porque hay muchos de 40 y pico que no me provocan ninguna clase de sentimiento ni sensación.