lunes, 30 de julio de 2018

Domingo seduce y emociona en Peralada una vez más




Cálido verano en tierras ampurdanesas y, como cada año, el Festival del Castell de Peralada amalgama lo bueno y mejor del panorama operístico internacional. Sin duda, este fin de semana pasado ha sido un atracón  de tenores que aún estamos digiriendo. De grandes tenores.


El pasado viernes, Javier Camarena ponía inicio a esta maratón tenoril al que le siguió un Jonas Kaufmann con un estado vocal muy bueno, y que concluyó precisamente ayer mismo con el más grande de los tenores habidos y por haber, porque PLÁCIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo aún sigue levantando expectación y pasión por donde pise.

Su última visita fue en 2011 con un extraordinario concierto. Su postrero flirteo, su guiño final al público catalán fue hace escasamente unas 15 horas, momento en que estoy escribiendo estas líneas, y en plenas vacaciones de verano. ¡Qué mejor manera, no obstante, de empezarlas! con la voz de aquel que hace 28 años que me acompaña donde quiera que vaya.

Al Festival de Castell de Peralada aún le quedan unos cuantos días de duración para este 2018. A Plácido, le queda cuerda para rato sin embargo. Esperemos pues con ahínco otra visita de este gran artista, sin duda excepcional e irrepetible.


La noche plena de quietud y con perfume a humedad

Sí, cierto que parafraseo una letra de una vieja canción latinoamericana (Vereda Tropical), pero supongo que se me permite la licencia para hablar del milagro acontecido ayer en el Auditorio y Jardines del Castell de Peralada.

El asfixiante calor del día cedió en favor de una noche cálida que no llegó a ser agobiante. Para la que suscribe estas palabras, quizás sí, pues la emoción, los nervios y todo un cúmulo de sensaciones vividas al escuchar la voz del gran Domingo inevitablemente me hicieron sacar el abanico del bolso.

Era la primera vez que le escuchaba en Peralada. De pequeña siempre soñé con hacerlo. Ya desde esos primeros "Otellos" con los que  obsequió al novel público de ese Festival que acababa de nacer.

Y, al cabo de los años, el sueño se hizo realidad. Esta vez, se cumplió rompiendo la sentencia drástica de Calderón de la Barca en que afirmaba que la vida es sueño, y que los sueños, sueños son. Y aquí dejó su vaticinio. Pero como todo en la vida, las reglas y las excepciones existen para romperlas. Ayer sucedió esto.

Escuchar una ópera al aire libre no tiene color. Quizás sea mejor y más recogido hacerlo en un gran teatro. Pero... el verano, las vacaciones, el relax y las altas temperaturas invitan a gozar de este espectáculo de arte total de manera diferente. Al aire libre y con unas voces que se elevan hacia el cielo, tal como hicieron ayer. Voces al natural. Potencia, pasión, misticismo y recogimiento. Sutilidad y abrasadora pasión. Todo un cúmulo de sentimientos que iban estallando uno detrás del otro a lo largo de las más de tres horas en que duró esa genial "Thais" de Massenet.

Y es que ayer todo se confabuló para salir plenamente satisfechos. Es tan bonita la música de Massenet... Fue un genial orquestador capaz de crear, y recrear, para esta ópera ambientes de recogimiento, turbulencias de pasión y seducción. Compuso de manera excepcional el deseo que corre entre las venas de Thaïs y también un pellizco de fiesta orgiástica con la que casi finaliza el primer acto. Recreó de manera sobrecogedora la convicción obsesiva de Athanäel para redimir a la cortesana más bella de Alexandría, pero también sabe describir la tempestad de contradicciones que habitan en la cabeza de este monje cenobita. La quietud espiritual entre Thaïs y la madre Albine en la escena final, contrasta con el apasionado dúo entre ella y Athanaël, donde la orquesta parece una ola gigantesca de pasión, de sensaciones, de amor, de seducción y finalmente, pasada la tormenta en un momento en que cantantes y orquestas llegan al clímax final de la pasión y dan paso a unos sentidos "Morte" del monje que hacen regresar al espectador al mundo de los mortales.

Otro de los grandes genios, sin duda, Jules Massenet.

Y luego vino el estallido del público y los bravos. Y los sonoros pataleos de público y orquesta. Rendidos. Todos rendidos por lo que acabábamos de escuchar.
En dos palabras no sabría resumirlo, bien lo sabéis. Sólo puedo decir que fue, sencillamente conmovedor y excepcional.



Misma orquesta. Mismo director

Tres días antes de la cita en Peralada, Plácido Domingo ya la había hecho en Madrid, con un gran éxito y con una ovación final de 18 minutos de aplausos (la tierra y los paisanos de uno, tiran, lógicamente).

Ayer en Peralada no se prolongó tanto, ni mucho menos. Ya lo sabía y era previsible, aunque los aplausos fueron intensos y los bravos se escucharon ya desde su primera área.

El maestro PATRICK FOURNILLIER cantó con los intérpretes toda la noche. Concentrado y respirando con ellos, dio lo mejor de sí en una difícil ópera, de línea melódica extraordinaria sacando lo mejor tanto del CORO como de la ORQUESTA DEL TEATRO REAL DE MADRID. Si bien en algún momento, solo puntual, la orquesta creció demasiado, pero no obstante supo reconducir para dejar que fueran los cantantes los que inundaran con su voz el Auditorio del Castell de Peralada.

No fue otro bolo más de verano. No.
No sucedió lo mismo con el concierto del día anterior que, por lo que rezan las crónicas que he leído, Jonas Kaufmann repitió programa y el maestro Rieder nunca supo tener bien atadas las riendas y dar lo mejor de sí con la Orquesta del Teatro Real de Madrid.

La discreción de Patrick Fournillier no pasó desapercibida. Supo cuál era su puesto y el de los cantantes. Y como reza el refrán, "zapatero a tus zapatos". Por lo tanto, aquí invento y reinterpreto el dicho, "maestro, a tu orquesta sin dejar de lado las voces".



Thaïs, la cortesana deseada y redimida

Un argumento que podría ser perfectamente sacado de una película. La prostituta más bella de Alejandría, la que seduce, la que se deja seducir, la que juega al arte del amar sin que en ella habite mala conciencia de pronto escucha las místicas palabras del monje Athänael que le prometen la vida eterna, y.... deja por ellos lujos, dinero, poder y fama para recogerse en medio del desierto en un monasterio. Pero no sabe que ello le va llevar a la muerte. A lo eterno.

Si, el argumento es conocido, reiterado y simplón, pero, para interpretar un personaje como Thaïs se necesita, además de tener la voz, una buena paleta de recursos artísticos para hacer creíble el personaje.

Si de algo hace gala la soprano albanesa ERMONELA JAHO es sin duda sus dotes artísticas y expresivas, que junto a una muy buena figura, le ayudaron a hacer creíble este role.

La voz es interesante y aunque brindó una Thaïs interesante en lo vocal y artístico, no llegó a ese punto de emocionarme hasta el último poro de mi piel. Cantó un "Dis-mois que je suis belle" haciendo alarde de un despliegue vocal lleno de sutileza, de expresión, pero... pero...aunque no puedo poner ningún reproche, no me conmovió.

Mucho mejor, para mi, en el final del concertante del primer acto cuando es ella misma la que entona "Qui te fait si sévère et porquoi démens-tu la flamme de tes yeux", que es uno de los momentos más bonitos y espectaculares de la obra.

Su teatralización, creíble donde las haya. En la primera parte el rojo pasión de su vestido levanta pasiones - valga la redundancia- a todo quien la vea. Nicías, Athanäel, los alejandrinos, o cualquiera del público con ojos en la cara. Sin embargo, la voluptuosidad cede al recogimiento en su vestido verde pastel muy claro, sobrio, sin escote, elegante y ligero.

Pero sin duda alguna escuchar una intérprete como ella no tiene desperdicio. Canta, actúa y expresa. Puede gustar más, o gustar menos, pero lo cierto es que brindó una buena interpretación que culminó con un tensional y apasionado dúo con Athanäel.


La voz del tenor MICHELE ANGELINI es bonita e incisiva. Cálida. Agradable de escuchar.
Es verdad que el papel es breve, pero sus fragmentos están dotados de una belleza y arrebato impresionante. Massenet, ducho en su oficio, escribe grandes momentos para el tenor. Escuetos, sí, pero excepcionales.
El brillo y templanza de su voz coordinó a la perfección en el concertante final del primer acto, a la que se añadieron las voces de ELENA COPONS y de LIDIA VINYES CURTIS, como Crobyle y Myrtale respectivamente, y una siempre más que correcta SARA BLANCH en su role de Encantadora, más breve aún pero para nada fácil al tener que sortear un sinfín de coloraturas a diestro y siniestro. Sin letra. Solo notas.

No debemos olvidar las correctas intervenciones de JEAN TEITGEN como Palémon, el jefe de la comunidad cenobita a la que pertenece nuestro gran Athanäel de ayer noche.



El más esperado

Como siempre que en un espectáculo se anuncia la voz de PLÁCIDO DOMINGO, que continua siendo el reclamo número uno en el mundo de la ópera, el aura que se crea es especial. Mágico.
Aquel que continua atiborrando plateas de teatros, estadios, auditorios... ¿Qué sería la ópera sin esta fuerza de la naturaleza humana que es sin duda Plácido Domingo?. El gran Plácido Domingo.

Afortunadamente el monje cenobita tiene un papel muy importante y muy dilatado a lo largo de la obra (para nuestra suerte). Plácido, conocedor de su voz y de su estado vocal, se lleva una vez más el gato al agua, con un personaje que tiene una partitura que se adecúa perfectamente a su estado vocal. Un barítono que se mueve en la zona central sin grandes compromisos en el agudo, lo que permite al madrileño una interpretación mucho más relajada y cómoda, y que le catapulta a una concentración sin parangón en lo que se refiere a la parte artística y movimiento corporal junto con una expresividad de matrícula de honor. Además la voz continua siendo bella. Los ecos del antes tenor aún resuenan encima del escenario.

Domingo seduce. Es un maestro seduciendo con su voz, con su fraseo, con su elegancia y con su porte. Basta una simple mirada, un simple gesto, el más sencillo de los movimientos para que te des cuenta - y te convenzas aún más- de que estamos ante el más grande intérprete de ópera. Una leyenda viva de la que aún podemos gozar, gracias a Dios, y gracias, también a su maestría y sabiduría.

En un buen estado de forma y de salud vocal. Un milagro sin duda. Así es cómo se presentó Plácido Domigo ante el público de Peralada. Los primeros bravos de la noche fueron para él. Después, tuvo que compartirlos con Ermonela Jaho, pero, fue el quien al final, una vez más, ganó el pulso en la ronda de aplausos final.
Plácido, nuestro gran Plácido lo volvió a hacer.

Emocionada, en el cielo... así es como me sentía cuando se inició el dueto final entre él y Thaïs. Un momento de pasión extrema. Todo un oleaje de ir y venir con el telón de fondo de una orquesta que no hizo sino que, emocionarse con ese gran genio. Con ese gran artista.

Gracias Plácido. Gracias por este gran regalo que nos brindó.

Una y otra vez, bravos y más bravos. Varias rondas de aplausos. Varios bravos. Emociones a flor de piel. Miradas. Mi mirada se cruzó una vez más con la del Maestro. Esto no tiene precio. Es emocionante.
Y sí, Maestro, allí estábamos disfrutando una vez más de su arte.

Vivir algo así es algo que no puede explicarse. Tiene que vivirse. Tiene que sentirse, y al menos, una vez en la vida, todo aficionado a la ópera debería hacerlo.

Quién no conozca a Plácido Domingo en directo, que se lo piense. El tren solo pasa una vez. Y este tren está a punto de llegar a su estación final de destino. Gracias a Dios no viaja en alta velocidad, prefiere cercanías. Sacad un billete y vivid una de las experiencias más grandes para cualquier amante de la ópera.

Gracias Maestro una vez más.



domingo, 27 de mayo de 2018

Alagna nos avanza su Sansón






Ante cualquier espectáculo al que puedas ir en directo, o bien seguirlo a través del televisor, lo importante es la predisposición con la cual lo afrontas. Y para ver un “Sansón y Dalila” bajo la escenografía que estos días firma ALEXANDRA LIEDTKE y RAIMUND ORFEO VOIGT en Viena, se necesita mucha. Pero mucha.

Una producción totalmente y encarecidamente fría, sin pasión, sin seducción. Ni un solo elemento nos chivaba que eso era un Sansón. Ininteligible e incomprensible versión a nivel argumental.

Y no, no voy a perder ni un minuto de mi tiempo en intentar averiguar qué quería decir aquel disparate que estaba presenciando. Conozco lo suficientemente el argumento y época de “Sansón y Dalila” como para esforzarme a entender una nueva idea, si es que lo que subió a las tablas de la vienesa Staatsoper, se puede concebir como idea y no como una brutal diarrea mental.



Predisposición, sí, de nuevo

Cuando vi que en la próxima temporada del MET se espera un “Sansón y Dalila” cantado por la pareja protagonista que está ahora en Viena, Garanca y Alagna, se me dispararon todos los sentidos, las ganas, la curiosidad y la ilusión. Escuchar a grandes cantantes de la talla de ellos dos es siempre un lujo. Y en el MET, lo va a ser aún más.

Pero, un pajarito del otro lado del Atlántico, atento a todo lo que pasa en el mundo de la ópera me informó de este “Sansón” en Viena, con la misma pareja. ¿Casualidad? Quizás sí… Por lo tanto, y para saciar mi ansiedad, tendría un adelanto de lo que en Octubre podrán vivir unos cuantos de miles de aficionados en Nueva York.

Viena se caracteriza por difundir sus óperas via streaming por internet, y asistir, aunque fuera en diferido al debut de Garanca y Alagna en sus respectivos roles, era una oportunidad que no podía dejar pasar.

La cosa se desinfló al conocer obviamente el desastre de producción, pero, como reza el separador, mi predisposición, pasado el disgusto inicial, se mantenía intacta. Y ayer, por fin, pude zambullirme en esta ópera.

De detalles escénicos sin sentido la ópera estuvo llena. Vestuario bastante contemporáneo, Sansón en pantalón y camiseta de tirantes, Dalila, poco lucida en el primer y tercer actos, y Dagón… no sé si era un juez, un religioso, o nada de eso.

Una rampa inclinada domina el primer acto, y se mueve y coloca, supongo, para ambientar. El segundo acto, puertas altas y blancas simulan el seductor y perfumado Valle de Sorek (se necesita aparte de predisposición, mucha imaginación para ello). Las puertas acaban ambientando un salón con una bañera en el medio, para dar paso de nuevo a la insultante rampa donde se cuece una bacanal que no sabría exactamente como definir.

Los personajes, completamente ausentes, así como la química o la chispa entre la pareja principal protagonista: Dalila, fría como un mármol, aún espero que se mire a Sansón… ¡Por favor, qué es Roberto Alagna quien tienes delante, querida Elina, míratelo, que vale la pena…! Alagna, siguiendo un poco el patrón también de Elina, en un artista que siempre rebosa pasión, pero que intentó crear un poco más de ambiente, el suyo, el que nos tiene acostumbrados, con un poco más de acercamiento, pero en una inferior justa medida. Mientras, Carlos Álvarez, no acaba de ubicarse. Deja detalles insinuantes como que se muere de ardor por Dalila, pero esta se burla del Gran Sardote de Dagón, y ella, Dalila, al final del tercer acto no sabes muy bien si está con Dagón celebrando el triunfo, o bien, se duele un tanto al ver al amante vencido y abatido. Un poco híbrido todo. No resulta, no avanza, no resuelve nada.



MARCO ARMILIATO dirige bien, pero no hay ni un ápice de sensualidad en su interpretación. Una ejecución dominada por un “tempo” excesivamente lento, que tedia, juntamente con la escena.

Que en la primera escena sea así cuando Saint-Saëns nos retrata el lamento del pueblo hebreo que se arrastra desde hace siglos en la esclavitud, lo entiendo, pero, en los clamores de libertad y exaltación de Sansón junto con el pueblo – el levantamiento del pueblo oprimido por los filisteos- no. Ahí el ritmo tiene que ser más ligero, con más pulso. Más exultante. Lo intenta, pero no lo logra, y esta lacra, acompaña durante toda la obra, y se repite, aquí acertadamente en el “Vois ma misère, helàs” del tercer acto, para seguir con una bacanal, “de pa sucat amb oli”, que pasa desapercibida, vaya.





¿Dónde está Sansón y dónde está Dalila?

Supongo que con esta pregunta, no haría falta que continuara escribiendo. Pero lo haré ya que lo más atractivo de esta producción era sin duda, las voces de ELINA GARANCA y de ROBERTO ALAGNA.



A GARANCA le fallan los graves, aquellas notas que dotan de perversidad al personaje. La línea de canto es fina y limpia, pero Dalila requiere otra cosa. Necesita de sensualidad, de malicia. Y algo que eché en falta durante toda la obra: lo más importante en una Dalila es la seducción de su voz. Necesita unos centros carnosos que no tiene aunque las notas altas son brillantes. Necesita también un buen discurso, un buen fraseo. Y, obviamente, es indispensable creerse el personaje y reflejarlo en la voz, una voz que es bonita, pero que para Dalila, no es suficiente. Dalila, no solamente se canta, debe, tiene, es imprescindible que se interprete.  Y para ello se requiere también un trabajo psicológico interior ausente en la interpretación de la mezzo letona.



ALAGNA tampoco es Sansón. La heroicidad requerida en los exigentes fragmentos del primer acto que invitan al levantamiento del pueblo hebreo, no están. La voz no tiene el suficiente empaque ni la corporeidad requerida. Y eso Roberto Alagna lo sabe.

El tenor francés conoce perfectamente cuáles son sus mejores bazas, y, el canto heroico, no está entre las suyas, pero su discurso es impoluto, y es un goce escuchar ese fraseo sensacional en francés, no obstante es su lengua. Esto lo aprovecha y le saca partido en el primer acto, pero también en el segundo en la entrada “En ces lieux, malgré moi” y en el resto de dúo con Dalila, que concluye una de las mejores escenas de amor más bien compuestas de la historia de la ópera. Alagna es un maestro en el fraseo. Y cierto, no acabas de ver a Sansón, no, es cierto, aquí ves más al tenor que al líder hebreo, pero como, excepto en momentos puntuales, el bloque central de la ópera no requiere sino que saber cantar, Alagna, de esto sabe un rato. Y lo aprovecha.

Cierto es que no hay entre ellos ni una coma de juego de seducción. Cero. Todo muy frío y vacío. Aún así, Alagna es capaz de crear un destello de ambiente en una producción sin encanto, permitiéndose incluso detalles de gran profesional atento siempre a todo y a los compañeros, como cuando Dalila está apunto de cortar su pelo, y antes del obligado revolcón – un tanto húmedo escenográficamente hablando- separa un tanto el pie a Garanca, que está de rodillas frente a él, para que el tumbarla en el suelo, no caiga todo el peso de su cuerpo y fuerza sobre ella, de la misma forma que, la fuerza de los filisteos debería haber caído sobre Sansón.

Alagna, no es Sansón como decía. No. Y quizás no lo sea nunca, pero, se marca una sensacional “Vois ma misère helas” en el tercer acto, donde toda la expresividad, fraseo, discurso y sentimiento abren un tercer acto por el resto, bastante deslucido. Conserva en su voz aquel sentido de la expresión, aquel justo llanto en la voz que tanto se agradece en estos momentos sin que tengan que resultar hastíamente patéticos.





CARLOS ÁLVAREZ quizás por voz era quien estaba más justamente encajado en su role. La voz suena sana, y regular en todas sus intervenciones. Lástima que Dagón no sea especialmente un role muy lucido.



Final bíblico

El derrumbe del templo es quizás en una producción de “Sansón y Dalila” el secreto mejor guardado. Lo que todo el mundo espera. ¿Cómo se soluciona un problema escénico de similar calibre”.

Pues desde lo clásico, tirando de decorados, o de efectos especiales que lo simulan; otros acuden a la oscuridad atronadora del castigo del Dios de Sansón; otros se apuntan al carro de los relámpagos…

Pero lo de ayer fue totalmente inesperado. Sansón no es conducido a las columnas del templo, por tanto, no podía haber ningún templo que se viniera abajo.

Un “otro yo” de Sansón, el mismo del que se habían burlado en la bacanal se acerca hasta nuestro Sansón-Alagna, y, se prende fuego en ambos brazos y espalda, ante la mirada atónita del pueblo filisteo, vestido de gala, como si acudieran al estreno de una obra en un teatro.

Las últimas palabras de Sansón dirigidas a Dios imploran que éste se acuerde de su servidor al que le han privado la vista para que le renueve la fuerza perdida e invoca su venganza para aplastar a sus enemigos en ese mismo lugar, en el templo. “Qu'avec toi je me venge, ô Dieu!En les écrasant en ce lieu!”.

Pronunciadas estas palabras por Sansón, se levantan varias columnas de llamas rojas. El fuego de Dios quema a su servidor y a los filisteos, demostrando una vez más que no se puede desafiar al poder divino del Dios de los hebreos.

Cual columna de fuego símil de la derrota del faraón Ramsés segundo en “Los diez mandamientos” de Cecil B. de Mille, los filisteos entienden que Dagón es un ídolo pagano de piedra, o de oro. Pero que respecto a Sansón, su Dios es Dios.

El fuego purifica castigando a todos los presentes, quizás lo más aprovechable de todo el montaje.

lunes, 21 de mayo de 2018

Sí, cuando Dios te echó al mundo... ¡qué faena me hizo!





Enorme trabajo me cuesta a estas alturas encontrar un único calificativo para describir, a consciencia, la maravillosa tarde que ayer vivimos unos miles de afortunados en el Gran Teatre del Liceu.

Podría decir que, impresionante; podría decir que sensacional; podría también decir que excitante; podría decir que especial; y podría decir obviamente que muy sentimental. Podría decir tantas cosas… tantas… que seguramente no acertaría nunca al 100% lo que en un soleado y radiante domingo de mayo, el gran tenor PLÁCIDO DOMINGO nos regaló. Por tanto, creo que el mejor de todos los adjetivos, quizás el más adecuado, sería el de irrepetible, solamentte para ir a la par con el gran artista y cantante que ayer pisaba el escenario de nuestro Liceu.

Plácido Domingo no necesita de presentación alguna. Todo lo que yo pueda decir o escribir, manifestar o sentir cada vez que abre la boca lo he dicho y escrito hasta la saciedad. Cantando ópera, cantando zarzuela, cantando boleros o cantando rancheras. Da igual lo que sea porque Plácido Domingo es de aquellos artistas, de aquellos grandes artistas – único en su género -  con los cuales ya disfrutas, inclusive, antes de que abran la boca.

Su aura, su porte, su sencillez, su pasión y su sensibilidad envuelven el ambiente fuera, y dentro. Es algo que no se puede describir. Simplemente se tiene que vivir, sentir, y sobretodo, disfrutar.



“No importa que el mozo fuerte vuelva viejo”

Reza así una de las romanzas más emblemáticas de nuestra zarzuela y de la que ayer gozamos en la voz de este titán incombustible.

Ambiente de fiesta y gala. Muchos nervios. Muchas sonrisas. Muchas ilusiones. Y al final del todo, demasiado corto. O así me lo pareció a mí.

El gran Plácido Domingo regresaba de nuevo a Barcelona con un género que adora, y que adoro.

La zarzuela ha sido y es muy importante en su vida. La zarzuela, ha sido y es también muy importante en la mía. Plácido referencia a sus padres, ambos cantantes de nuestro género. Yo sin embargo, tengo como punto de mira a mis abuelos. A ambos, pero, sobre todo a mi abuelo que hizo que con su poca voz, pero con un gusto y estilo realmente sobrecogedor, exquisito y extraordinario yo amara –y ame de por vida – la música con la que él creció y disfrutó.

Era de justicia que Plácido se presentara, por fin, en el Liceu con zarzuela. Lo había hecho en el año 1976 dirigiendo una “Doña Francisquita” precisamente cantada por sus padres, pero, en concierto, era la primera vez.

Vive la zarzuela, le gusta, le motiva, la siente, la quiere. Vaya dulce coincidencia con la voz que me acompaña desde que era muy pequeña. A mí, me sucede lo mismo.

Se cumplieron todas mis expectativas. Piel de gallina, emoción, lágrimas…todo un cúmulo de sensaciones que acostumbro a vivir siempre cuando es Plácido Domingo quien está en el escenario, pero aumentan cuando la zarzuela está de por medio.

No importa que regrese y lo haga con 77 años, pues el mozo que lleva dentro está siempre presente en el escenario. Lo que importa es que regresa y no se marcha, que nos brinda aún tardes gloriosas y nos hace gozar minuto a minuto con su voz, con ese timbre maravilloso que arranca sonrisas en la platea y que responde a un color chocolate con leche irresistible que edulcora y embellece todo lo que canta.

Esa vocalidad, a la que tanto partido saca cuando su voz se pasea con descaro por la zona central y que provoca escalofríos a quien le escucha, se mantiene intacta. Su poder de seducción, también. Basta una sola palabra, o una frase, o simplemente un silencio para darse cuenta de que – y no descubro nada- Plácido Domingo es para todos los mortales que le admiramos, un regalo del cielo.

Sorprendió, a todos, el estado vocal de gracia con el que se presentó. El sentimiento de incredulidad ante lo que estamos presenciando era unánime. Muchos comentarios en los pasillos tipo… “De dónde saca la voz…”; “Pero…¿Cuántos años dices qué tiene…?”; “¿77?... Es imposible”; “Cómo estoy disfrutando…”; “Está genial de voz”; “Qué tarde…”

Cualquiera de ellos, menos el que referencia a la edad podría suscribirlo yo misma, pero sin duda yo le añadiría el de que aún provoca en mi cuando le escucho un cúmulo de sensaciones que jamás he dejado de sentir. Grande… muy grande… Embruja con su cantar, con su sabiduría, con su saber estar, con su gesto, con sus tablas, con su sonrisa, con su porte… Con su genialidad.

Y así podría continuar llenando hojas, y hojas…y más hojas…

Plácido Domingo, un jovencito que, hace muchos años, muchos, muchos… cuando empezaba, cuando era aún un mozalbete casi salido del colegio tuvo que escuchar en boca de un crítico mexicano el siguiente dislate: “Plácido Domingo no tiene nada que hacer en un escenario de ópera”.

¡Qué vaticinio! ¡Qué gran visionario! Hay críticos que siempre dan en la diana, ¿verdad?

Medio siglo después de esto, el gran Plácido Domingo sigue levantando teatros. Matizo… sigue “aún” levantando teatros. Increíble, pero cierto. Lo de ayer, es solo una pequeña gran muestra del camino que este artista fuera de serie está aún recorriendo. Sin un alto y a un ritmo completamente frenético. Aún, frenético.

No se entiende, no se puede comprender. Nadie, excepto él, sería capaz de algo tan prodigioso. ¿Quién es pues este señor? ¿Alguien de otra galaxia? ¿Ha hecho un pacto con el diablo? ¿A qué se debe el secreto de su longevidad? Quizás la única respuesta que me viene en mente es la siguiente: No es un extraterrestre, no ha pactado nada de nada. El secreto es que, simplemente, es Plácido Domingo.




El concierto

Cuando en un cartel aparece el nombre de Plácido Domingo, el resto de compañeros que forman parte del elenco tienden a quedar un poco rezagados. No es justo, pero, es así. Sin embargo, tanto ANA MARÍA MARTINEZ, como AIRAM HERNÁNDEZ estuvieron a la  altura del acontecimiento y también de Domingo.

El programa escogido no podía haber sido mejor, aunque demasiadas piezas orquestales, a mi gusto. El director RAMÓN TÉBAR condujo a la ORQUESTRA SIMFÓNICA DEL GRAN TEATRE DEL LICEU, sabiendo acompañar, agilizar y esperar a los intérpretes des del primer minuto en que las notas del famoso “Intermedio” de “Las Bodas de Luis Alonso” del maestro Giménez inundaron la sala con un compás ligero y flotante, que sugería un ambiente festivo. Prueba de ello fue sin duda la conformidad del público con un estruendoso aplauso, que quedó en segundo plano cuando la imponente figura de PLÁCIDO DOMINGO salió de bambalinas, con paso firme, y seguro, y se aproximó al público.

El momento sin duda más esperado de la tarde. El instante que hacía un año que estaba aguardando y allí por fin estaba, enfundado en un frac sin pajarita que luce como nadie y que le daba ese toque de elegancia masculina a la que nos tiene acostumbrados,  y a la vez le dotaba de una informalidad apacible y serena.

“Ya mis horas felices” de “La del soto del parral” de los maestros Soutullo y Vert fue la primera de las piezas escogidas por Domingo. Solo una nota. Una única nota salida de su garganta hacía ya presentir su excelente estado vocal para deleite nuestro y en una romanza que borda. Su discurso con “tempo” justo, su fraseo… extraordinario…Su pasión, desbordante. Su primera intervención, ya arrancó los primeros bravos de la tarde. Intensos y viscerales.



ANA MARÍA MARTÍNEZ, entró haciendo gala de su bonita y extraordinaria voz. Debutaba en el Liceu, y hacerlo al lado de Plácido Domingo, con el que tantas veces ha cantado, sin duda, debió de ser algo especial, como especial fue su brillante “María la O” de la zarzuela homónima del maestro Lecuona. Una romanza de latidos y ritmo cubano, bella donde las haya, y que se ajusta como anillo al dedo a su vocalidad.



Sorpresa la mía con el tenor tinerfeño AIRAM HERNÁNDEZ, buena y bonita voz, pero sobretodo un fraseo con estilo propio e intención. Quizás la menos brillante de sus intervenciones – aunque realmente intachable- fue este “Te quiero morena” de la zarzuela “El trust de los tenorios” y en la que pudo lucir menos todo lo que admiré de él durante el resto del concierto.



Primer dueto de la tarde entre ANA MARÍA MARTINEZ y PLÁCIDO DOMINGO. El bonito y resalado “No cantes más la Africana” de “El dúo de la Africana” del maestro Fernández Caballero.

Escuchar este sensacional dúo y en directo fue indescriptible. La pieza da mucho juego vocal, pero también artístico. La cara de Plácido a cada una de las intervenciones de Ana María era como para ver de cerca. Plácido, ducho siempre en el arte de la interpretación, supo poner el punto justo de picardía en sus ojos y en su cara, y vocalmente, un placer escucharle al igual que a Ana, excelente compañera para Plácido como siempre.



Después del “Intermedio” de la “Goyescas” de Granados, era el turno de otro de los grandes “hits” zarzueleros. Una pieza realmente popular entre los amantes del género, que no era sin duda otra que la romanza de entrada de Juan de “Los Gavilanes” del maestro Jacinto Guerrero: “Mi aldea”. Y de nuevo todo el poderío vocal de PLÁCIDO DOMINGO repitiendo el mismo efecto que con su intervención en solitario precedente. Aquel torrente de voz se imponía ante un Liceu extasiado. Allí mandaba. ¡Y cómo! Este tipo de romanzas son para él. Cuando entonó su “Pensando en ti noche y día, aldea de mis amores, mi esperanza renacía, se aliviaban mis dolores…” hizo gala una vez más de su maravillosa zona central, con un fraseo sin prisas, con una vocalización perfecta, con un entusiasmo sobrecogedor y el público se vino abajo otra vez. Y es que yo misma no podía creerme el milagro que estaba presenciando. Un Plácido Domingo tan cómodo como extraordinario era lo que estábamos disfrutando. Y lo que quedaba… Lo qué quedaba, aún…



Magnífico el “Intermedio” de “La leyenda del beso” de Soutullo y Vert que dio paso al exigente dúo entre Iván y Amapola de la misma zarzuela, en las voces de AIRAM HERNÁNDEZ  y de ANA MARÍA MARTÍNEZ.

En este momento es cuando el tenor hizo gala de un fraseo estudiado pero efectivo. Vocalizando y matizando ciertas consonantes, sobretodo, y con especial énfasis, las “t”. Prueba de ello sus “Te quiero”, sus “Te juro”. Esto para mí dice mucho de alguien que no se limita simplemente a cantar, sino que además, quiere imprimir un sello y estilo propio. La voz es bonita y agradable al oído. De tenor. De tenor lírico por excelencia. Quizás puede pulir algunas cosillas, como el su a veces afán de sacar volumen, pero, el material está. Para Ana María, sin embargo, es un dúo que se escapa de su estilo. No por ello dejó de estar excelentemente cantado, y suple con interpretación y gesto –siempre refinado y elegante- la parte más visceral y desgarradora de este tan poco interpretado dúo.



Y de nuevo el teatro se viste gala para despedir la primera parte con el raído “No puede ser” de PLÁCIDO DOMINGO. ¿Qué sería un concierto de Domingo sin el “No puede ser”? Más baja de tono. Adaptada a su tesitura baritonal, Plácido Domingo deleitó de nuevo al público de Barcelona con una interpretación que llegó a nuestros corazones.




Moreno-Torroba como hilo conductor

Prácticamente toda la segunda parte estuvo dedicada a la obra del gran Federico-Moreno Torroba y quizás con su zarzuela más universal, la maravillosa “Luisa Fernanda”, obra que Plácido Domingo cantó de tenor cuando aún no era nadie, que grabó en disco, en el papel de Javier Moreno cuando ya era popularmente conocido, y que, muchos años después interpretó al labriego extremeño Vidal Hernando, paseando nuestro género por escenarios como la Scala de Milán, la Ópera de los Ángeles, y en España, en Madrid y Valencia.

La “Farruca” de “El sombrero de tres picos” de Manuel de Falla nos llevó a la primera pieza de la “Luisa Fernanda”, el extraordinario dúo entre Luisa Fernanda, en la voz de ANA MARÍA MARTÍNEZ y de Vidal Hernando al que daba vida PLÁCIDO DOMINGO.

Una gran declaración de intenciones envuelta en una música extraordinaria, el “Yo es que la quiero…” al que Plácido-Vidal ponía voz fue extraordinaria, amplia, sentida, abarcando y abrazando a todo el público reunido ayer por la tarde en el coliseo de las Ramblas. Fue un momento impresionante. “Los hombres de mi tierra, cuando quieren, no pierden la esperanza de triunfar...”, qué momento tan inspirado y tan bien interpretado al lado de la dulce y elegante Luisa de Ana María.



Y no nos movemos, de momento, de Madrid. AIRAM HERNÁNDEZ, en su papel de Javier Moreno nos dejó también, quizás, su mejor momento con su “De este apacible rincón de Madrid”, también de la Luisa. Destaco a parte del estilo, los silencios tan bien definidos que daban a la interpretación una expresividad muy emotiva en una romanza que parece simplona, pero que por el contrario, requiere de gran envergadura.



Y de la Luisa a “La marchera” también de Moreno-Torroba. En esta ocasión, ANA MARÍA MARTÍNEZ nos ofreció una de las piezas que en un concierto de zarzuela en el que haya de por medio Plácido y Ana María, nunca falla. Ésta no es otra que la famosa “Petenera” que Ana borda con su sencillez, estilo y gracia.



“Luche la fe por el triunfo”, cerraba en la voz de PLÁCIDO DOMINGO el capítulo dedicado a la “Luisa Fernanda”. Una de las dos grandes romanzas que Moreno-Torroba dejó escritas para el barítono. La otra claro está es la romanza de “Los Vareadores”, que probablemente sea mucho más popular, pero el “Luche…” es más emotiva, serena, permite lucir mucho mejor la voz del intérprete con serenidad del hombre que ama y que teme y duda ser correspondido. “Y el ideal de mí ambición…. Es que la quiero”… Y de nuevo Plácido hizo me hizo poner la piel de gallina. Qué estilo… Qué voz…



Siguió el “Preludio” de “El niño judío” de Pablo de Luna en el que se pudo reconocer en su música una de las romanzas más cantadas y famosas del repertorio, en “De España vengo…” y Luna dio paso al maestro Penella y al archiconocido dueto entre Soleá y Rafael, “Me llamabas Rafaelillo” de la ópera “El gato montés”, y de nuevo con las voces de ANA MARÍA MARTÍNEZ  y AIRAM HERNÁNDEZ.

Cuándo a una le arrebata el “Qué graciosa es mi gitana, qué preciosa, que bonita…” en la voz del más grande de los tenores, es prácticamente imposible no tomarle como referencia, pero Airam Hernández salvó y con nota este exigente dueto, al igual que Ana María, que lo ha cantado tantas y tantas veces al lado del Maestro Domingo.



De Sevilla a Lloret como cierre oficial de la segunda parte, PLÁCIDO DOMINGO y AIRAM HERNÁNDEZ, nos ofrecieron el dúo de la ópera “Marina” de Emilio Arrieta, “Se fue, se fue la ingrata”. Años ha, se lo había escuchado a Plácido den el role de tenor. Ahora le disfrutaba en la parte de barítono, tan o más interesante que la de tenor.

Savia nueva mezclada con savia vieja. Otro de los momentos de la tarde, uno de tantos otros, porque lo mejor, lo más emocionante estaba a la vuelta de la esquina. Lo deseaba, con fuerzas, lo quería con toda mi alma, y… llegó. Gracias a Dios, llegó.





“Dígame usted lo que quiera, porque yo lo escucho todo…”

Todos éramos conscientes de que la fiesta aún no había terminado. Lo sabía Plácido, lo sabía Ana, lo sabía Airam, y el mundo entero.

Plácido siempre generoso en el capítulo de las propinas, un episodio que empezó de la única forma que podía empezar, tocándome lo más fondo de mi corazón. Cuando le escuché decir, “Vamos a cantar un dúo de “La del manojo de rosas”… en aquel instante fue como si el Liceu estuviera congelado porque de mi boca salió un “Déu meu em moriré” (Dios mío me moriré). Plácido, simpático donde los haya miró hacia aquella vocecilla emocionada que, para mitigar el momento estruendoso de la frase, se estaba tapando la boca, y me sonrió. Como también lo hizo una violinista de la orquesta al ver mi reacción.

Ese momento soñaba… Hacía tanto, tanto tiempo que quería escucharle ese dúo, y en directo, que la emoción me invadió, separando solamente unos segundos de tiempo para que aconteciera el milagro. Mi abuelo, desde el cielo, me daba la mano y un dulce beso en la mejilla. Con una mirada, nos entendimos. Eso es lo que habíamos estado esperando, y Plácido y Ana María nos lo regalaron.

El dueto de “Hace tiempo que vengo al taller, y no sé a qué vengo” por fin estaba sonando en el Liceu, y por fin en directo en la voz del más grande. La emoción fue tremenda, los nervios a flor de piel mientras podía observar la picarona cara de Domingo a cada una de las palabras que iba mordiendo. Sus ojos brillantes, su sonrisa encantadora y su voz envolviendo por completo la sala del Liceu.

“Cariño, como el que yo siento, no habido ni habrá en la vida”…qué placer, qué goce escucharlo, qué arte. Qué genialidad…

Fue tan emocionante que no pude contener mi emoción y me levanté a aplaudir, en solitario, el momento, el dúo, para dar las gracias, para trasmitir todo lo que en tres o cuatro escasos minutos, nos acababa de brindar. Que me acababa de brindar.



Siguieron los bises. AIRAM HERNÁNDEZ con la romanza de Rafael “La roca fría del calvario” de la zarzuela “La dolorosa” del maestro Serrano, donde de nuevo salió luciendo un fraseo pulido y personal, aunque se quedó solamente en la primera estrofa. Y aquí, fue mi abuela la que me dio la otra mano y besó mi otra mejilla al escuchar la zarzuela preferida de su padre.

Siguió ANA MARÍA MARTÍNEZ con la entrada de Cecilia de la zarzuela cubana “Cecilia Valdés” del maestro Gonzalo Roig, la única pieza que desconocía de esta gran velada. Como siempre, Ana María desplegó su arte y gracia, y con una voz bonita de origen, dejó al Liceu bien sorprendido.



Faltaba aún otra de las piezas emblemáticas del gran DOMINGO. En la primera parte había sido “La tabernera del puerto”, y “Maravilla” y la romanza “Amor vida de mi vida” de Federico Moreno Torroba reclamaba, a gritos, su ejecución. Sentida, emocionada, llena de recuerdos y a la vez de nuevas sensaciones. El Liceu delirando y de pie. Así finalizaban estas más de dos horas que parecieron poco menos de dos segundos.

Reza esta última romanza… “Adiós, mi bien, adiós”. Adiós, Maestro, adiós, y hasta la próxima. Y, del brazo de una concertina, sin pompa y con sencillez, Plácido Domingo, junto con el resto de intérpretes abandonaban el escenario del Liceu. Un Plácido al que tres horas antes había podido disfrutar para mi sola unos segundos en la entrada de artistas. Escuchar su voz, ver su figura, mirarle directamente a los ojos.

Plácido Domingo, un titán, un grande entre los grandes. Un gran artista. Un gran señor. El más grande. El mejor. Así se lo grité en su último saludo cuando se dirigía ya de nuevo a bambalinas.




martes, 1 de mayo de 2018

Un grande spectacolo...a Sabadell







Finaliza la temporada de ópera en nuestra ciudad. Y lo hace con sumo éxito y con dos óperas populares del repertorio verista, la “Cavalleria Rusticana” del maestro Pietro Mascagni y “Pagliacci” de Ruggero Leoncavallo.

Un binomio que asegura casi un teatro a rebosar y que se traduce en una taquilla generosa, sirviendo al público una tarde de emociones, pasiones, celos desmesurados, amores desesperados y, como no podía ser de otra manera en el verismo, venganzas y muertes.

Dos montajes con una chispa de modernos, sobre todo en lo que se refiere al vestuario, que acerca la acción, sino a los tiempos actuales, a tiempos que todos los que llenábamos el teatro el domingo por la tarde éramos capaces de reconocer. Trajes ellos y vestidos negros en ellas para la Cavalleria. Colores sobrios, austeros y grises que cuadran a la perfección con el retrato de una Sicilia rural y pueblerina, y que sabe alcanzar el toque de seriedad, de respeto y de honor de sus habitantes.

La cosa cambia en Pagliacci. Aparece el color, la alegría y el calor de un 15 de agosto en Calabria. Sol sofocante perfectamente recreado por la genial iluminación de NANI VALLS que se rompe con la oscuridad de los momentos más trágicos de la obra. El vestuario, variopinto y lucido. La disposición escénica del coro, perfectamente cuadrada.

Ambos montajes, son firmados por el tándem MIQUEL GÓRRIZ y PAU MONTERDE, antecesores de Carles Ortiz y Jordi Galobart. Los primeros firman dos producciones con un decorado único y ambivalente para recrear los dos ambientes: con más seriedad la Cavalleria, y con más luminosidad en la segunda. Carteles de estrenos de películas italianas que se han convertido en clásicos, como “Riso amaro” (Arroz amargo, 1949), colgaban de la pared del fondo del escenario en Pagliacci, dejando adivinar a una imponente Silvana Mangano como protagonista principal de este inmortal film.



Dirigir… y algo más

Como siempre, un auténtico lujo y placer ver dirigir al sabadellense SANTIAGO SERRATE. Entrega y pasión, alentando siempre a los intérpretes. No se dejó ninguna de las entradas para los solitas protagonistas, pero tampoco para el Coro, que lució como últimamente nos tiene acostumbrados.

El volumen orquestal justo en Cavalleria y quizás un poco demasiado en Pagliacci, no afean una interpretación, a mi gusto excelente, a la que se puso el pulso justo de apasionamiento en pasajes en los cuales hubiera preferido un poco más, sobretodo en el “Intermezzo” de la Cavalleria. Aún así, me emocioné en este instante y lloré. Mi pensamiento se trasladó a otro momento de mi vida que hace que no pueda escuchar este inspirado fragmento sin que en mis ojos aparezcan lágrimas.

Ver como un director se convierte en la sombra, en el protector, en el amigo y en el cómplice del intérprete es extraordinario. Era uno más en el fosado, pero, también fue uno más en el escenario. Y el público así lo percibió siendo merecedor de un gran aplaudo al finalizar la representación. Las dos representaciones, valga decir.



Mención especial para el CORO dirigido por el maestro DANIEL GIL DE TEJADA, que supo sacar un volumen nítido, aunado, fuerte y seguro. La verdad es que es un gran placer ver la cantidad de gente joven que es integrante de esta entidad. Jóvenes, con ganas, impetuosos, entregados y felices de ser donde estaban y en el momento en que estaban. Sin dejar de ser estáticos – suele ser el mal de todos los coros – se movieron bien, con una distribución bastante simétrica y bien coordinada, que si bien, falta control en cuadrar algunos mutis del escenario, por lo que respecta a la interpretación, no hay nada que objetar.

Fortes bien ejecutados en la plegaria de Cavalleria dieron paso a la jovialidad del Paglacci, y todo ello, con 25 minutos de diferencia entre una y otra para cambiar de chip y adentrarse en un ambiente festivo que ha sido precedido de un terrible asesinato en la primera. Bravo el Coro. Bravisimo.



Santuzza – Turiddu - Alfio

Esta tripleta de personajes son los primeros que nos saludaron en la tarde del domingo. La muchacha deshonrada, el típico macho siciliano, y el marido cornudo que, por venganza y celosía, se entera de que hace tiempo que lleva adorno en la cabeza.





La Santuzza de EUGENIA MONTENEGRO tiene una voz bonita y timbrada, pero a la que falta dramatismo, o pasión, o… algo le falta para abordar un papel de esta envergadura y entidad. Empezó bien, tanto en su “Voi lo sapete, o mamma” y siguió regular en la plegaria junto al coro.

La cosa empezó a declinar en la segunda parte del dúo con Turiddu. La voz estaba un poco resentida, pues la de Montenegro es para afrontar papeles con una pizca más de lirismo y no tanto al extremo verista. La voz pierde corporeidad en las notas más graves, que quedan opacas, casi inaudibles.  

El declive llega en el dúo con Alfio, que salva, pero utilizando un discurso poco trabajado, muy plano, sin matiz, de autómata. Como si le estuviera relatando el engaño por pura gimnástica verbal pero sin sentirlo, sin emocionarse.

Cierto es que su Santuzza no roza la locura o la desesperación de la mujer traicionada de otras Santuzzas, cierto, y su enfoque es inicialmente válido, pero, no suficiente. Quizás, un tanto reservada aquí para afrontar con notable comodidad, el final de la obra que culmina con dos notas dificilísimas, que deben ser casi gritadas a pleno pulmón.



Un gran “tour de force” es lo que le tocó al tenor ENRIQUE FERRER afrontando este pack Turiddu-Canio.

Dos personajes agotadores, escénicamente opuestos, pero que requieren de inteligencia, fuerza y cambio de mentalidad.

Interpretar a lo largo de 2 horas, 2 horas y media un personaje que tiene un arco de principio a fin de la obra es extenuante, pero, interpretar a dos y, además, distintos, es para quitarse el sombrero. Del típico siciliano, joven, chulo y macho al desesperado, viejo y abatido Canio, va realmente un abismo, y Enrique Ferrer llegó y bien.

Sí que es cierto que en cuanto a vocalidad se refiere, estuvo mucho más cómodo en “Pagliacci” que en “Cavalleria rusticana”, pero, en conjunto, firmó un más que digno Turiddu. Seguro y entregado aunque el enfoque del personaje se aleja de su esencia, y aunque se ha cansado de Santuzza, sus gestos, sus miradas, denotan compasión por la campesina, escondiendo y no mostrando su gran desprecio y, a la par, asco, para aquella con la que ha medio apagado el incendio de pasión por otra mujer que aún quema en su corazón.

Su “Mamma, quel vino…” fue atacada con una pizca de dramatismo, quizás aquí una siempre espera más, pero, con las notas asentadas y bien colocadas.





Caso a parte es el Alfio de TONI MARSOL, que aunque defiende el personaje, vocalmente se le escapa y no deja salir la robustez que luego manifestó en su Tonio, para mí, mucho mejor ejecutado y con mucha más comodidad.

Su “Il cavallo scalpita” queda un poco a medio camino, aunque, ducho en su oficio, sabe sacarle partido, artísticamente, para que no haya nada que objetarle. Y en su escena final con Turiddu cumple con las expectativas.



En cuanto al resto del elenco correctos todos en su cometido.





Avanti, avanti, avanti, avaaaaaaanti….

Después de la obligada pausa, 25 minutos, llegó el momento de abandonar Sicilia, y de poner los pies en Calabria.

Mezz´agosto.

Sobre el ambiente cae un calor infernal. La tarde avanza, lenta, sofocante. El ambiente se torna pesado. Asfixiante. Saltos y brincos. Vestidos de flores, de tirantes, gente arreglada y otros que simplemente van cómodos. Se avecina ya nuestro verano. O es que tenemos ganas de verano, quizás sea esto y por ello quizás la predisposición sea otra.

Nada. Nada de lo que vemos en el escenario delata que allí va a pasar algo muy gordo. Violencia doméstica. Un nuevo crimen. Traiciones, celos. Cuchilladas.



“Pagliacci” de Leoncavallo. Su obra maestra. Una de las grandes joyas del verismo, fue la que pondría colofón a la tarde del domingo y a la presente temporada.

De nuevo, el mismo decorado que habíamos apreciado en la Cavalleria y con el cual ya estábamos familiarizados. Solo una hilera o dos de bombillas incandescentes, los pósters de cine, y un toldo descorrido encima de unas mesas y sillas en la parte izquierda del escenario marcaban territorio.


El maestro SERRATE daba inicio a la ópera con unas pulsaciones seguras y marcadas seguidas de una imitación de carcajada de los instrumentos de viento que, dieron paso a uno de los “hits” de esta ópera: el “Prólogo”.



Un haz de luz recorre el escenario. Sabemos que está a punto de salir Tonio y hacer una manifestación de todo lo que vamos a ver y a vivir a continuación, matizando que nada de lo que vamos a ver es mentira. Al contrario. Simplemente vamos a ser testimonio de un pedacito de vida de personas humanas, no de personajes. Veremos amar, tal y como se aman lo seres humanos y como el fruto del odio engendra maldad y crimen.



Todo esto y más, es lo que bordó el barítono TONI MARSOL, muy puesto – y mucho más cómodo- como Tonio, el payaso desgarbado, lascivo y vengativo que desea a la mujer de su jefe.

Ya desde su primera nota, desde su “Si può?” se adivina que su Tonio va a ser lo que se espera de un Tonio. Con él sabe fusionar, a la perfección la parte vocal con la artística. Sí que es cierto que quizás el timbre de voz no sea especialmente bello, pero, su fraseo, su gesto y su entrega pasan por encima de este detalle cual tsunami que arrasa una playa. También es cierto que no apostó por ninguna de las notas agudas del Prólogo. Fue a lo seguro y dónde quizás se sentía más cómodo. Esta es la única espinita que me queda de su Prólogo.

Choca ya de entrada su caracterización: ojos negros muy profundos sobre una cara blanca rematada por una sonrisa roja casi de oreja a oreja. Vamos, que, solo le faltaba la peluca verde y otra clase de vestuario, pero estoy segura que todos reconocimos en el Tonio de Toni Marsol a uno de los personajes más psicóticos del cine moderno. Claro está, me estoy refiriendo al Joker que interpretó el tristemente fallecido Heath Ledger al lado de Christian Bale en “El caballero oscuro” (2008).

Con esta perspectiva podíamos ya esperar cómo sería su Tonio. Acorrala a Nedda, pero lo justo. Toda la maldad la manifiesta con gestos y sonrisas, con los ojos, con ironía. Y claro está con la voz.

Firmó un excelente prólogo como decía pero también un gran dueto con Nedda “So ben che difforme…” uno de los momentos más bellos de la ópera.

“Bravo!!!. Bravo il mio Tonio”, si se me permite parafrasear el personaje de Nedda, aunque yo, en esta ocasión lo haga en sentido positivo.



La soprano SVETLA KRASTEVA dio vida a Nedda, personaje que combinaba con la también soprano Montserrat Martí. Descubrí a esta cantante el año pasado con su interpretación de Manon Lescaut. Me gustó ya entonces y me gustó, obviamente, el domingo por la tarde.

Fraseo limpio y agudos bien atacados en todas y cada una de sus intervenciones: con Tonio, con Silvio y con Canio. Sacó carácter y valentía con el último; el más puro lirismo en el dueto de amor con Silvio, y el asco y desprecio con Tonio.

Aunque su personaje se mueve un poco en arenas movedizas, se apasiona pero tiene que esconderlo, tiene miedo pero tiene que vencerlo, encontré un punto, solo un punto de frialdad que le va bien al personaje, tanto a Nedda, como a Colombina en la pantomima que cierra la obra.

En definitiva una buena, buenísima apuesta por esta soprano de la que esperamos gozar mucho más en Sabadell.





“Tu sei Pagliaccio”. Si, ENRIQUE FERRER fue Pagliaccio. Y Canio. Dos personajes, quizás no tan distintos, y si un tanto iguales. ¿La diferencia? La que cree Canio que es: una, solamente una y la conocemos en los labios del propio Canio: “Il teatro è la vita non son la stessa cosa…” Esto es lo que cree el feriante. Y lo cree firmemente, aunque el público, ya desde un principio sabe que no es así porque así, ya nos lo ha explicado Tonio en su prólogo.

Canio se da cuenta de ello tarde. La vida y el escenario es lo mismo. Canio es a Pagliaccio, lo que Pagliaccio es a Canio. Y Enrique Ferrer, convencido de lo contrario aunque acaba claudicando, así sabe reflejarlo en su personaje.

Vocalmente, y ya desde su entrada en escena está más cómodo, en una tesitura que se amolda mucho mejor a sus posibilidades vocales. Una voz que ha hecho desfilar por el escenario vallesano con Otello, Manon Lescaut, Carmen, y ahora con este binomio de óperas cortas, pero, de una exigencia suprema.

Debutaba a Canio el día del estreno, por tanto, el del domingo era su tercera representación.  Cuando tenga el personaje mucho más rodado, cuando se sienta seguro del todo en su piel y también musicalmente, puede hacer de él una gran interpretación a la que faltó un poco de dramatismo en el instante justo anterior a su “Vesti la giubba”.

El aria por antonomasia de esta ópera – junto con el Prólogo de Tonio – fue afrontada más desde el hondo dolor del hombre traicionado que no desde el histrionismo patético y llorón que, al largo de muchas décadas, ha quedado incrustado e indisoluble en manos de muchos de los Canios que haya podido escuchar en mi vida (aunque, sinceramente, prefiero esta visión).

Hace una introspección al personaje, y no solloza. Su canto liga porque no imita el llanto ni la falta de respiración del que entra en cólera y no sabe dominarse, y que tanta veracidad sugiere cuando todo el cuerpo y todo el cerebro se encuentra en fase o estado de catarsis.

Esto, condiciona también la brutalidad con la que podía afrontar la pantomima final, pero, Enrique Ferrer equilibra bien al personaje y no se le va de las manos. Sigue la senda trazada y aunque furioso, intenta dominar al personaje.

Su vocalidad se adecua y sale victorioso con creces de un cometido, para nada fácil, brindando, no solo un buen Canio (apostando por todas las notas altas ya desde el principio en la suicida “Ricordatevi…. A venti tre ore…”) sino también un magnífico Pagliaccio con su dificil “Meretrice abbietta”.

Ahora por ahora, ENRIQUE FERRER es nuestra mejor opción para afrontar en el teatro de nuestra ciudad este tipo de repertorio, que tanto disfruto y que tan buena tarde de domingo me hizo pasar.



Sí que llegados a este punto quiero hacer dos menciones especiales: la primera para el Silvio de JOAN GARCIA GOMÀ, un cantante al cual he visto nacer desde que cantaba en el Cor de la Sarsuela de Maria Teresa Boix cuando aún era un chavalín, y que ahora, me ha sorprendido corrigiendo aquella pizca de nasalidad de la que adolecía su voz.

También destacar la bonita y limpia voz de CÉSAR CORTÉS en su breve papel de Beppe y Arlecchino. Hay buen material aquí.







“Il concetto vi dissi, or ascoltate com´egli è svolto….”

Cual dice Tonio en el final de su prólogo. Parafraseo de nuevo.

Yo solo he explicado una parte. Si queréis saber cómo todo esto se materializa, se vive y se siente, no dejéis pasar la oportunidad de asistir a cualquiera de las representaciones que podrán verse a lo largo de la geografía catalana.

El espectáculo es mucho más que recomendable. Qué digo recomendable…. Es imprescindible verlo.