sábado, 6 de diciembre de 2014

Roberto Alagna: “Ma vie est un opéra…”




Lo primero que tengo que decir, y que es de justicia hacerlo, es lo siguiente: “Qué bella suena la voz de Roberto Alagna en este disco”.

“Ma vie est un opéra” es el postrer trabajo del tenor francés que acaba de salir a la venta y que ha grabado para el sello discográfico “Deustche Grammophon” acompañado por la London Orchestra al mando de Yvan Cassar, y con el cameo en dos piezas de su actual esposa, la soprano polaca Aleksandra Kurzak.

Fue hace muchos años, a mediados de los años 90, cuando Roberto Alagna empezó a brillar como estrella rutilante en el firmamento de la ópera, en una época donde los grandes tenores del momento, Kraus, Domingo, Carreras, Pavarotti…aún daban coletazos a diestro y siniestro.

Alagna no lo tuvo fácil lidiando con esas reses de tan alto volado. Pero dotado de una bella voz, de un gusto exquisito en el fraseo y una cualidad vocal extraordinaria, y dicho sea de paso, respaldado por una campaña de publicidad al lado de, por aquellos entonces, de su flamante mujer la soprano rumana Angela Gheorghiu, consiguió hacerse con un hueco en los corazones de los que amamos la lírica y adoramos, otro tanto, las voces, sobre todo las de tenor, que tanto escasean, al menos las de gran calidad.

 

El paso de los años

Alagna tiene 51 años y parece que el paso del tiempo ha jugado a su favor, físicamente sin lugar a dudas, pero a nivel vocal también.

Es verdad que estamos ante un disco y no ante un directo, siempre mucho más comprometedor, pero la belleza y la luz de su voz, años después, continúan estando allí. La voz ha seguido un proceso de maduración, y abocada a un repertorio que le va como anillo al dedo, Alagna reluce más que el oro.

Ello se presiente ya en la primera de las piezas, y se va asentando a lo largo de las restantes 16 que nos regala.

Lejos de pensar en notas astillosas o en un timbre velado, de los que alguna vez ha adolecido, Roberto suena extraordinariamente bien en un repertorio, la mayoría de él inédito que se agradece por curioso, por bien ejecutado y escogido excepcionando una única pieza, la prescindible “Magische Töne” de “Die Könegin von Saba” de Goldmark cantada en alemán, donde el tenor suena forzado en un idioma completamente alejado y nada afín a su vocalidad, estilo y temperamento.

Lo que sí que continúa siendo un verdadero lujo, cómo no, es disfrutar de esta bella voz cantando en francés, una delicia, como siempre, y gozar de ese fraseo, de esas palabras tan bien lanzadas al aire, continúan siendo una de las mejores e insuperables bazas del tenor.




Buenas elecciones

Alagna nos propone un buen viaje. Llena su maleta de las músicas de Puccini, Tchaikovsky, Gounod, Rossini, Reyerd, Donizetti, Massenet, Gluck, Goldmanrk, David Alagna y Leoncavallo.

A decir verdad, quizás para mí que soy una amante de Puccini, una de las piezas más interesantes del disco radicaban en las dos arias de Des Grieux de la “Manon Lescaut”. Alagna empieza con mí preferida, “Ah Manon, mi tradisce…” en la que hace gala, como decía al principio de una bella voz, pero de un sentido dramático justo, que sin entrar en el histrionismo, resuelve con inteligencia, con fraseo de matrícula de honor y con ese siempre justo toque de “llanto” en la voz que tanto seduce a mis oídos. Su frase final “Nell´oscuro futuro…di che farai di me” es para levantarse del asiento. ¿Quién puede resistirse a algo tan bien cantado, del que solo pierde una pizca de encanto en su ataque a “la scala dell ´infamia” que le queda un poco rara?

Igualmente preciosista su “Donna non vidi mai” de la misma ópera que da paso a una de la curiosidades, y más acertadas para mí, del disco: el aria “Kuda, Kuda…” del “Eugene Oneguin” cantada en francés de la cual Roberto Alagna hace una sentida interpretación, por voz, por fraseo, por intensidad, pero también por facilidad, característica esta última que se repite a lo largo de todo el disco.

No menos interesante resulta ser un magnífico descubrimiento “Faiblesse de la race humaine… Inspirez-moi, race divine” de la ópera de Charles Gounod “La reine de Saba”, una música de belleza extraordinaria donde una vez más Alagna usa la belleza de su voz, todos sus recursos expresivos y una excelente dicción en francés para conquistar al oyente.

Pero entre tanta ópera, el tenor se da un respiro interpretando junto a su esposa Aleksandra Kurzak una pieza en español “A la luz de la luna” para seguidamente inmiscuirse en una archiconocida tarantela napolitana, salida de la imaginación y genio de Rossini, “La danza”, donde opta por “adaptar” la tan raída pieza, ralentizando algunos tiempos y acelerando otros para sorpresa de aquellos que tantas veces hemos escuchado esta socorrida obra.

Seguidamente Alagna se enfrenta a “Esprits, gardiens de ces lieux vénéres…” de la ópera “Sigurd” de Reyer menos agradecida, a mi gusto, que “La Reina de Saba”, también en francés.



 

El bombón

Para mí, sin vacilar ni un segundo, este lugar debe ser ocupado por el extraordinario y bello dueto junto con la cabaletta de la ópera “Roberto Devereux”, la perla de la Trilogía Tudor.

“Un tenero cuore…Un lampo orribile” junto a Aleksandra Kurzak  nos retornan al Alagna más romántico, al Alagna que luce su voz de sol, su sonrisa y su belleza inigualable, tanto en la primera parte del dueto, como, evidentemente, en la ejecución de la cabaletta, resultando ser un verdadero deleite para alguien como yo que soy poco ducha en el repertorio romántico, y no muy conocedora en profundidad de esta obra donizettinana. Una vedadera joya que hay que escuchar una y otra vez, repetidamente, hasta que los oídos se empapen de tan genial interpretación.

 

Segunda mitad del disco

El tenor incurre una vez más a un repertorio que conoce y sabe que con él conquista corazones y oídos, pues su “Addio Fiorito asil” tiene todos los elementos para hacerlo, como también la menos conocida “Ne pouvant réprimer… Adieu donc” de la “Hérodiade” de Massenet.

Sin embargo, y aunque bien cantada, la voz que utiliza en su “Che farò sensa Euridice” de Gluck, situada más en la zona central, le aleja del brillo de la voz de tenor de la que tanto disfruto, y esta pieza le lleva a la que para mí, como decía al principio es la prescindible, el “Magische Töne”, donde cantando en alemán, no reconozco el estilo del tenor francés.

Interesante el aria escrita por las manos de uno de sus hermanos, David Alagna, y que se traduce en la ópera “Le dernier jour d´un condamné”, en la que “Il est dix heures … Encore sis heures” preceden a la no menos dramática “Vesti la giubba” del Pagliacci de Leoncavallo.

Y aquí, en esta última pieza, es donde encontramos una divergencia: la introducción de la pieza se corresponde con la parte final musicada del aria y la música final de la misma, se corresponde con la parte final de la obra coincidiendo con “La commedia è finita”. A mí parecer destruye un poco el espíritu de esta pieza que adoro, y de la que Alagna hace una buena interpretación sin llegar a ser un Canio de referencia.

 

En resumen un disco altamente recomendable para los amantes de las voces bellas de tenor, para los descubridores de nuevos repertorios, y evidentemente para los fervientes admiradores de Roberto Alagna. Un buen regalo, adelantado, para estas navidades.

martes, 11 de noviembre de 2014

Los encantos de Plácido Domingo




Que tiene muchos. O al menos, los tenía. Todos aquellos que cautivaron mis oídos siendo aún una niña y que ayer, escuchando su último trabajo discográfico, tanto eché en falta.
Es una verdad a voces que Domingo no pasa por su mejor momento vocal y esto es tan cierto como la vida misma. Le pese a quien le pese y también, muy a mí pesar valga la redundancia.
 
Viendo el giro que ha realizado su carrera en los últimos, vamos a poner, cinco años, una no puede dejar de sorprenderse ante el fenómeno Domingo. Ha decidido alargar a toda costa su carrera a base de cantar de barítono, bien, lo respeto aunque haya cosas que no comparta, pero lo que no puedo entender es que pierda el tiempo, sí, pierda el tiempo a sus años grabando un disco que, al igual que su predecesor, el de arias de barítono verdianas, no le hace justicia. Un trabajo el de “Encantos del mar” completamente prescindible que no hace sino engrosar una larga lista discográfica que lo único a lo que aspira es a batir récords. ¿Pero cuáles Plácido? Si los ha batido todos.
 
Cuestión de imagen
 
Cierto es que el disco presenta una portada más que atractiva y sugerente. ¡Es Zeus en carne y hueso! – me dije cuando vi por la red las primeras fotografías de la portada, y, vale la pena añadir, a modo de comentario, que el photoshop en las fotos que rellenan el librillo que acompaña al cd se ha pasado de tirada, mostrando a un Plácido con la cara de bronce que parece más el hermano mayor de Otello que otra cosa.
Azules pastel, colores suaves, blancos, que simulan el azul mediterráneo y las blancas casitas, típicas del paisaje griego. Buena combinación cromática. Muy veraniega, que, de entrada, invitan ya, al menos a tener el disco entre las manos y darse cuenta cómo ha envejecido Domingo, pero eso sí, con dignidad, porque a pesar de los retoques, Plácido luce bien en las fotos.

 
 
 
Pero lo atractivo de un disco, por muy bonita que pueda ser una portada está, claro, en su contenido, y en esta ocasión es variopinto y curioso como acostumbran a ser sus grabaciones. Pero ello no es suficiente tampoco y menos cuando, ya, en la primera canción, la hermosa “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat, el intérprete no me convence y me decepciona.
 
Su voz, otrora rica y broncínea, se torna casi ronca en las notas más graves. La voz no se sostiene aunque los ecos de su antaña belleza continúan desfilando e intentando deleitar nuestros oídos. Pero no. En esta ocasión, lo siento Plácido, pero no lo consigue.
Muchas de ellas, como “Estate” están susurradas. La intención es buena, la voz de Domingo acariciando el oído siempre se agradece. Recitar una canción en un momento dado me encanta, pero coger el hábito en todo el trabajo  como punto de referencia, no.
Solamente identificas al tenor cuando canta, más o menos, de tenor. Cuando canta la tan raída pero agradecida y bella “Torna a Surriento”, allí el timbre de tenor aparece y la maestría y saber cantar que gracias a Dios, no han abandonado al intérprete, se hacen también patentes en la preciosa “Reginella”.
 
“Aranjuez” a la que podría sacar mucho más partido la salva la belleza de su música, y de nuevo su encantador fraseo.

 


Cuestión de lenguas

 
Domingo maneja, y bien, varios idiomas, cantados y hablados. Siempre se ha esforzado para que los oyentes, en propias palabras suyas, entendieran, para comprender el drama que encierra las óperas, todas y cada una de las palabras que brotaban de sus labios y cada una de las notas que emanaban de su garganta. La palabra al servicio de la expresión. Sólo así se puede llegar al público y lograr emocionarlo. Algo tan sencillo, pero difícil de lograr.
 
De verdad que me hierve la sangre con este disco. Recuerdo aún aquellos días felices en que el Domingo tenor debutaba en Viena “La Walkyria” por primera vez, corría, sino voy errada el año 92, diciembre del 92 en Viena cuando se sumergía en la piel del welsulgo Siegmund. En aquella ocasión la crítica a nivel vocal fue buena, Domingo se encontraba en plenitud, pero la prensa rechistó. Su alemán no era suficientemente bueno. La pronuncia no era lo suficientemente adecuada.
Domingo, como todos los sabios, rectificó y perfeccionó el idioma, siendo, tiempo después enaltecido por dicho hito.
 
Cuando decidió inmiscuirse en el repertorio ruso aportando su granito de arena en la maravillosa “Dama de picas”, el tenor preparó el texto con una “coach” rusa. Se esforzó para que se entendiera hasta la última palabra pronunciada.
 
E inclusive se esmeró, y mucho, en su trabajo “Italia, ti amo” para aproximar al máximo la dicción napolitana sobretodo en el uso repetido de la vocal neutra que el italiano no tiene, pero sí el napolitano. Y allí radica uno de los puntos de interés del disco, deleitarse con esas neutras.
 
Pero cuando en este disco Domingo decidió, o se decidió que cantaría “El cant dels ocells” en catalán, un idioma que no le es desconocido, me pregunto yo ¿qué es lo que ha hecho? Porque es muy triste escucharle cantar en mi lengua y no entender nada, de nada. Peor ya no se puede pronunciar. ¡Por Dios, le entiendo mejor en ruso, y eso que no sé ruso!.
El pobre Pau Casals debe estar removiéndose en su tumba, y solo por ese gesto, por esa indiferencia para con nuestra lengua sería para devolverle el cd en pleno. ¿Por qué, me pregunto, por qué Plácido?
Plácido, lo puede hacer mejor. Tenía que hacerlo mejor. Y eso hubiera sido posible poniendo un poco más de interés y empeño en ello, sin duda.
 
No quiero escribir más sobre este disco que quedará entre aquellas anécdotas  a las que últimamente Plácido nos tiene acostumbrados, pero trabajos así no hacen más que malbaratar, tirar por la borda una carrera gloriosa y un nombre que está escrito con letras de oro en la historia de la ópera.
 
Sensatez, Plácido. Nada más que sensatez.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Un bombón, Kaufmann, un bombón


 
 
En cualquiera de sus múltiples y diversas variedades, “You mean the world to me” es un delicioso bombón.

¿De los que engordan?

¿Y quién ha dicho que los bombones engordan? “No, todos son de dieta” como diría una compañera mía del trabajo.

De un cabaret de los bajos antros de Berlín hasta los dorados salones de la Viena imperial es por donde se pasea, descaradamente, la voz de Jonas Kaufmann en su último trabajo para la discográfica SONY.

Escuchar estas canciones es retroceder en el tiempo, a los felices y alocados años 30 en la capital alemana. Se cuajaba desenfreno y lujuria en todos estos tugurios, donde litros y litros de alcohol eran consumidos noche tras noche sin imaginar, claro está, lo que algunos años más tarde se desataría y que cambiaría la mentalidad y las leyes humanas sin precedente alguno.

Pero Kaufmann no ofrece simplemente canciones de cabaret barato, también las hay de más elegantes, de clase media - alta, melodías sin duda cantadas y bailadas por aquellos que, en breve, aterrorizarían a media Europa con sus nuevas y descabelladas ideas políticas.

Columnas de incesante humo de los cigarrillos fumados por oficiales de las S.S, mujeres vestidas con ropajes llenos de lentejuelas acordes a la época. Una fina línea de cejas, a la moderna, con peinados cortos, rubios y ondulados, que les permitía entrar en estos locales de lujo apoyadas del brazo de poderosos militares que, a su vez, habían dejado en casa a su mujer e hijos pequeños. ¡Y sin rechiste alguno, faltaría más!

Y champán. Espumeante, cristalino y chispeante, y tan preciado, que llenaba de calor los cuerpos y ánimos de todas estas gentes y no hacía sino que intentar combatir las frías temperaturas de las calles berlinesas llenas de nieve.

 
 
 

Del blanco y negro al color

Este disco es interesante y altamente recomendable no solo para los seguidores de Kaufmann, sino también para aquellos a los que nos gusta rememorar la nostalgia y los tiempos vividos por nuestros abuelos, para aquellos que no hemos respirado los años 30 y 40 y nos gustaría saber cómo fueron sus noches y sus formas; para aquellos que, como yo, somos amantes de la historia y con un alto grado de imaginación a nuestra disposición.

Pero me sucede algo curioso cuando empiezo a bucear entre estas melodías. Todos aquellos que me conocen saben que soy de fácil asociación de imágenes a la música que escucho, y en esta ocasión Kaufmann me sirve en bandeja toda clase de facilidades para que, pueda ver mientras él canta, la imagen de lo que está cantando.

Sí, es difícil de explicar. Y complicado es entender cómo puedo asociar, con total espontaneidad, una imagen a la música. Lo sé y soy plenamente consciente de ello, pero siguiendo las ideas que emanan de mi cabeza y siendo fiel a estas imágenes, afirmo rotundamente que la mayoría de ellas están, como no podía ser de otra manera, en blanco y negro.

E inclusive, para mayor gancho, y acorde con todo ello, la portada hubiera sido más resultona y eficaz en blanco y negro, pues en esta ocasión no hay  otros colores posibles para estas melodías ni para sus ritmos, ni para ilustrar el ambiente nocturno y festivo de esos primeros años del siglo XX.

Siguiendo esta misma línea, el blanco y negro inicial va difuminándoseme poco a poco y tomando color cuando Kaufmann entra directamente en la opereta, donde su voz ya divisa los elegantes y dorados salones de la capital de Austria, donde el rey de los bailes, el vals, inunda cada uno de los rincones de los grandes palacios que hay repartidos a ambos lados del Danubio.

 
 
 

Fuera de lugar

Si bien todo el trabajo se mueve en torno a un ambiente de nocturnidad altamente festiva, quizás hay entre ellas algunas piezas que, para mi gusto personal, están fuera de lugar o que no me acaban de cuadrar con el espíritu del disco y me estoy refiriendo a “Das Lied vom leben des Schrenk” y el dueto de la canción del laúd de “Die Tote Stadt”, las dos de carácter altamente operístico.

En la primera, Kaufmann se aparta del estilo con el cual empieza el disco, y sale ya más un Siegmund relatando a Hunding cómo ha perdido sus armas en medio del combate. Su voz se torna más recia y distrae hacia otros caminos el sendero por el que camina durante este regreso a los años 30.

En “La ciudad muerta” de Korngold pasa tres cuartos de lo mismo, los alegres ritmos y compases fáciles de llevar se desvanecen en una melodía, bellísima cabe decir, pero que se encuentra completamente desubicada en medio de todas estas canciones.

De todos modos, estos resbalones no empañan para nada el resto del disco, pues siempre tenemos el poder en nuestras manos de saltarnos aquellas que no nos convencen o no nos sugieren nada ya desde un buen principio. Gracias a la tecnología que nos permite escoger aquello con lo cual nuestro oído se recrea y se emociona.

 
 
 
El lado más desconocido de Kaufmann

Quien tenga la convicción de que Jonas Kaufmann, con su particular tono, color y timbre de voz es únicamente válido para la ópera, está muy equivocado, porque aquí le encontramos, y se lo agradezco, en un registro completamente diferente.

Siempre he dicho que si algo le falta al bávaro en su manera de cantar o de enfocar los personajes es, a mi parecer, la dulzura, pues en muchas de sus interpretaciones, y quizás por la oscuridad de su voz en el registro central, me quedan a mitad del camino esas notas que, en voces más brillantes, me suenan a gloria.

En este trabajo Kaufmann demuestra que no. Sabe ser dulce en todas las piezas que nos propone, sabe matizar y utiliza con inteligencia el texto para llegar al corazón del oyente.

Y no solamente esto, en “You mean the world to me”, versión traducida al inglés de la tan conocida “Du bist die Welt für mich”, Kaufmann nos abre la puerta a su lado más… cómo decir… “picante” quizás no sería la palabra adecuada, pero sí podría muy bien serlo divertida o desinhibida, pues el alemán se “suelta” y consigue con su voz romper la rigidez austera con la que a veces nos presenta sus trabajo y que es, tópicamente característica del carácter alemán como sinónimo de seriedad y frialdad.

Kaufmann nos enseña que no. Se puede ser solemne como en la ópera, y serio como en el Lied y ello sin perder un ápice de matiz, pero cuando uno se adentra a ritmos que sin intención premeditada hacen llevar el compás con el pie o invitan a mover el cuerpo, el resultado es que el cantante, implicado plenamente en ello, saca su lado más cómodo e informal y nos deleita con toda una serie de recursos, matices y medias voces, bien e inteligentemente utilizados, para trasladarnos dónde él quiere.

Sale su lado más apasionado sin creer que está cantando verismo. Matiza como susurros del amante a la oreja de su amada. Si alguien no veía a Kaufmann capaz de ello, que lo compruebe, pues llega a puntos inimaginables y me hace poner la carne de gallina al escucharlo en esas bellas melodías, muchas de ellas, desconocidas para mí.

Y… ¿cómo no puede dispararse la imaginación y venirle a una imágenes a la cabeza cuando se le escucha en estas canciones?… es muy difícil mantener y dejar la mente en blanco cuando tenemos un escenario tan propicio que nos invita a todo lo contrario.

 
 

Canciones que enganchan, melodías pegadizas

Y aquí es donde más peligro cobra para mí un trabajo como el que nos propone Jonas Kaufmann, pues estoy segura que a medida que vaya escuchando una y otra vez el disco, estas canciones pasarán ya a formar parte de mí mundano día a día. Me levantaré con ellas y me acostaré igualmente con ellas, y así hasta que la pueda cantar entera. Irremediablemente.

Y esto que me pasa Kaufmann lo describe perfectamente en la canción “My song goes round the world” donde en una de sus estrofas dice:

 

“I sing a song the whole day long, just a song that´s in my mind”.

 

 

sábado, 16 de agosto de 2014

Un “Trovatore” en el museo

Desde hace ya bastantes años el Festival de verano de Salzburg apuesta por montajes transgresores, novedosos, quizás herencia del finado Gerard Mortier, quien confió y creyó por puestas en escena que rayaban siempre lo moderno, sin descuidar jamás que, las voces invitadas, eran de primera.
De hecho, el Festival de Salzburg, junto con el de Bayreuth son dos de los más importantes y seguidos en Europa, amén de los españoles, cuyo Festival de Peralada se ha erigido, desde hace años, en uno de los más importantes referentes de la ópera y otras artes escénicas del territorio nacional.
Los que como yo, disfrutamos el verano y su oferta cultural desde casa, agradecemos el esfuerzo que se está haciendo, gracias a las nuevas tecnologías, para acercar la actualidad operística del momento. Con un simple click en el ordenador, una página web nos abre una ventana a Salzburg, teniendo la inmensa suerte de que, algunos de los acontecimientos musicales de esta ciudad austríaca, se transmiten en directo y gratuitos. ¿Se puede pedir más?
Sí, quizás estar allí en directo, pero, cierto es que, quien no se conforma, es porque verdaderamente no quiere.
 
 
 
Puesta en escena
Había visto alguna fotografía del montaje, e inclusive un pequeño vídeo de 2 minutos de duración. Nada más. Preferí, en esta ocasión, y como vengo haciendo desde hace un tiempo, no leer ni escuchar nada antes de ver la ópera entera precisamente para no prejuzgar de antemano una representación. Quise ir, si se me permite, virgen de opinión, para así poder intentar ser lo más objetiva posible con lo que se me estaba presentando ante mis ojos.
2013 y 2014 está siendo un año repleto de “Trovatore”, parece ser que ahora los teatros han apostado con gran fervor por esta ópera de Verdi. No me desagrada, aunque no es de mis preferidas, pero ello no me impide gozar de una buena función, si es que la función, realmente, se puede calificar como buena.
Soy de producciones clásicas. Siempre lo he dicho y siempre defenderé que la época de la ópera cuadre con los decorados y el vestuario, que no me hagan pensar que un gato realmente es una vaca. Y si ello se produce, y tiene sentido, es algo que haré una vez he disfrutado de la música. El análisis psicológico será, claro está, post-representación.
Por ello, tenía mi reticencia, escénica, con este “Trovatore” salzburgués.
 
 
 
El director de escena, ALVIS HERMANIS, sitúa la acción de esta ópera en un museo. Irrisorio de entrada, sí, pero, sinceramente la idea no es para nada descabellada. Sí que distrae tanto movimiento con los cuadros, pero creo que la intención es buena.
Claro que cuando una ve las fotografías, y ve a los cantantes con los vestuarios de los cuadros que ellos mismos se encargan de cuidar, le viene a la mente la película “Noche en el museo”. Sí.
Quizás esta no fuera lo que Hermanis tenía en mente, pero sin duda esta película y la puesta en escena de este “Trovatore” van bastante cogidas de las manos. No diría que película y escenografía sean hermanas gemelas, o simplemente hermanas, pero primas hermanas sí, aunque hay algunas cosas que en la ópera, y de la manera que se nos presenta, flaquean por si solas por desconcierto del público.
Creo que el mensaje es que los trabajadores del museo quieren tanto a esos cuadros que ellos mismos, todos sin excepción, acaban siendo parte viva de la historia que, ellos mismos, Ferrando y Azucena, y Leonora con Inés, explican a los turistas y a su compañera de ronda, respectivamente.
Me pareció genial, escénicamente, el primer cuadro del primer acto en el “racconto” de Fernando. Ya si en escenografías clásicas éste explica la historia del Conde de Luna y Azucena junto con la desdicha del trovador, creo que en esta ocasión, es una buena idea presentar a Ferrando como guía turístico que narra, nunca mejor dicho esta historia, porque cuadra perfectamente. Igual que también tiene sentido el “Stride la vampa” que Azucena-guía explica a un grupo de visitantes, dado que la propia pieza en sí, no deja de ser otro “racconto”.
Tres cuartos de lo mismo, sucede con Leonora / Inés, mientras la primera se “confiesa” para después salir, en la siguiente escena, como salida del cuadro. Y es precisamente Leonora la que da ese vuelco a la historia. Ella es el primer personaje que “sale del cuadro”, el primer cuadro que cobra vida.
Porque en este “Trovatore” los personajes cobran vida. Todos, como decía, forman parte de la historia.
Por tanto, aunque prefiero puestas en escena como Dios manda, ésta, puedo pasarla. Sin embargo, hay momentos en que no me encajan ciertas cosas,  como por ejemplo, los personajes cobran vida delante de los visitantes del museo, que admiran, embobados la escena de Manrico y Leonora cuando el primero declara su amor a la dama “Ah si ben mio…” para desaparecer en la escena de la pira. ¿Ello es así por qué los turistas están tan ensimismados con la historia que los guías les cuentan, tan buenas ellas, que consiguen que los visitantes “vean” la historia?, ¿O lo es por qué al director de escena se le ha acabado la inspiración y no sabe muy bien como reconducir la situación?
Tampoco entiendo el final con Leonora vestida de uniforme del trabajo y suplica al Conde de Luna salido del cuadro, no al vigilante. Pensaba que al final, todos aparecerían de nuevo con los vestuarios modernos. Eso lo deja en el aire una puesta en escena interpretada, con sentido común, pero que al final, por detalles insignificantes, acaba por no acabar de cuajar.
Esperaba esto u otro tipo de resolución, pero aplaudo que el protagonista, el Trovador, Manrico, lleve siempre las vestiduras del cuadro, pues entorno a él gira esta historia, la historia que, los trabajadores del museo, de tanto explicarla, de tanto vivirla, la sienten como propia. Lo único irreal de la obra es él. Es el único personaje que no está vivo. No tiene alma. En torno suyo se monta toda la fantasía que el director de escena nos presenta.
Y los empleados están tan fascinados con él que, en cierto sentido, viajan al pasado para respirar el aire del Trovador, aquél personaje que les fascina y que, valga la redundancia, fascina a los visitantes del museo.
Por lo tanto, la idea dramática concebida por Hermanis la encuentro acertada, presente y pasado conviven a lo largo de las 2 horas y media que dura la ópera, una obra que está montada y explicada a base de relatos que dan título a los cuatro actos que forman la ópera: “El duelo”, “La gitana”, “El hijo de la gitana” y “El castigo”, para los actos primero, segundo, tercero y cuarto, respectivamente.
 
Orquestación e intérpretes
Me gustó la Filarmónica de Viena al mando del director DANIELLE GATTI. Bien en volumen y sobretodo respetando las intervenciones de los cantantes, respirando con ellos, aunque ralentizó el tempo en alguna ocasión.
 
 
 
Respecto a las voces, evidentemente y aunque ANNA NETREBKO jamás has sido santo de mi devoción, debo reconocer que en la representación de ayer fue la más regular de todos cuantos estaban en el escenario.
Sin duda, la soprano rusa tiene la voz para cantar Leonora. Volumen más que suficiente, quedó demostrado, y agudos seguros, lacerantes, que no tiemblan y quedan bien asentados, aunque tiene una particular forma de emitir las notas y a veces me da la sensación de que la voz se queda en la garganta. Ello no obstante no me impide aplaudir su trabajo, pues además de voz posee un gran sentido dramático y poder de convicción en lo que canta. Quizás psicológicamente el personaje puede trabajarse más, pero lleva consigo el sentido del drama y, ella, sabedora de esto, lo explota al máximo.
Una verdadera pena su actuación escénica cuando está con Manrico, pues no existe ni un ápice de química artística entre ambos. No hay chispa ni explosividad entre ellos dos. Una lástima no poder ver la compenetración, tan necesaria a la par, entre soprano y tenor.
Netrebko cantó sin reservas durante toda la obra. Su cabaletta del primer acto “Di tale amor…” no acabó de gustarme, pero sí que lo hizo en su “Amor sull´ali rose”. Los agudos fueron bien encajados y nunca sonaron estridentes, aunque en algún momento hubo alguna nota dudosa, pero aun así, fue la gran triunfadora de la tarde.
 
 
 
 
 
FRANCESCO MELI, en el difícil papel que da título a esta obra. Manrico requiere un canto lírico, pero con alguna pincelada de heroicidad como en el “Un momento può involarmi” e inevitablemente en “la pira” o en su “A questo infame l´amor venduto”. Pero también necesita momentos de lirismo, suaves, que envuelvan la escena como “Ah si ben mio”, y Meli, se queda a medio camino entre ambos requerimientos.
Tiene una voz que, quizás tímbricamente, no sea de las más bellas que se puedan escuchar, pero tampoco suena opaca ni oscura. Es un tenor lírico y la voz suena como tal, pero no es regular. Tiene buenos momentos, y otros que, va justo, expresivamente y también en volumen.
Se hizo patente, como decía, la notoria falta de química con la Netrebko, y ello le resta fuerza al drama, al igual que sucede con el personaje de Azucena, del que hablaré a continuación.
 
 
 
Y es que el personaje de Azucena, para mí, ya lo destrozan al principio de la ópera al convertirla en guía. Ya he dicho que la idea me gusta, pero… un “Stride la vampa” actuado como lo hizo MARIE - NICOLE LEMIEUX hace perder el punto de siniestro del personaje. El contraste entre Azucena-guía y Azucena-gitana es tan abismal que, en mi opinión, no consigue hacerse con el personaje ni escénica ni vocalmente.
Su voz está faltada de graves, aquellas notas más cavernosas que tanto se adecúan a la gitana, aquellas notas que hacen que se remuevan las entrañas. Aquellos viajes que van desde la parte alta de la tesitura para apearse a la más profunda, aquellos matices que configuran a Azucena como un personaje malo pero que en el fondo te cae bien, todo esto no estaba ayer en el escenario.
Psicológicamente tampoco la vi muy puesta en el papel, sin embargo, en el cuarto acto fue donde salió un poco la vena dramática de la gitana. Tarde. Ya era tarde para ello.
 
Me gustó RICCARDO ZANELLATO en el papel de Ferrando, una voz tímbricamente interesante, y también me agradó la Inés de DIANA HALLER.
 
 
 
 
El “otro” Trovador: años ha…
Años ha, en los que PLÁCIDO DOMINGO se enfundaba las vestimentas de Manrico. Años ha…
Como también hace años en los que el madrileño se sentía cómodo encima del escenario. Años ha, sin duda…
Ya lo estoy diciendo… años ha. Y creo que sería suficiente con estas tres líneas para no tener que entrar en un comentario exhaustivo sobre su actuación de ayer, porque para el buen entendedor, pocas palabras le bastan. Pero, entraré.
No había escuchado su Conde berlinés del año pasado, por esto, iba libre de prejuicios y opinión acerca de esta nueva aventura dominguista. Sí que había oído, en su cd dedicado a Verdi, su aria “Il balen del suo sorriso”.
Antes de empezar la función de ayer se anunció por megafonía que Domingo estaba resfriado, pero, que haciendo de tripas corazón cantaría, teniendo en cuenta el esfuerzo que ello le iba a suponer.
Vamos a ver, resfriado o no, a Plácido le es, actualmente, un esfuerzo, un gran esfuerzo, encarar una representación operística. No está en su mejor momento, eso lo sabemos, recordemos que tiene 73 años y es un milagro que aún esté cantando. Pero no a este precio.
No para mí, almenos.
Plácido ha llegado a su límite y no le hace ningún favor artístico, ni tampoco a su salud, el hacer este tipo de estragos a su edad.
Plácido, no.
Siempre he dado la vuelta a todas sus representaciones, siempre he estado a su favor, a su lado, pero ahora no puedo. Lo siento, pero no puedo apoyarle en esto.
Plácido Domingo ha sido para mí la ÓPERA, la he querido y la quiero por él, a través de él, gracias a su voz. Me he emocionado, he llorado, he sufrido con él cuando él sufría con sus personajes. He hecho míos sus sentimientos encima del escenario.
Ayer sufrí, de forma diferente. Porque no sufrí con el personaje de turno, sino con el artista, con el hombre.
Bien es cierto que una cosa es el directo, donde la voz de Domingo sigue y seguirá llenando auditorios, cómo no. Cierto es que solo con emitir una nota, esa nota retumba en el teatro porque se impone por autoridad, por maestría, por experiencia y porque “el diablo sabe más por viejo que por diablo”.
Plácido sigue conquistando corazones, y sigue conquistándome el corazón, por su empatía, por su carisma, por su energía, por esas ganas de mantenerse aferrado al escenario, para él tan necesarias como el aire que respira y, que ayer, le tanto le faltaba. Pero todo ello se queda en deseos, ahora para él ya son quimeras, porque estoy segura que él es consciente de sus limitaciones actuales.
Tiene aún agenda para tres años más… no sé si llegará o no… no lo sé… quizás sí porque “superman” (y utilizo por primera vez ese adjetivo que se le ha puesto en alguna ocasión, y que tanto me disgusta) aunque ya ha divisado ya la criptonita (de lejos, parece ser) sigue creyendo que  aún no la tiene suficientemente cerca como para que, este singular hombre de acero, quede debilitado hasta un punto extremo.
Sólo espero, y deseo, y lo deseo con fuerza, que Domingo tenga el suficiente sentido común para no hacerse daño.
 
 
“Ah l´amor, l´amor è un dardo”…
Debo pero, confesar, que a pesar de todo lo antepuesto, Domingo fue el único intérprete capaz de hacerme poner el vello de punta.
Y la frase que sirve como separador a este apunte sobre su interpretación no está cogida al azar. No.
Es verdad que el amor es como un dardo. Sí, un dardo que hiere, que duele, que envenena lentamente, pero es un veneno que tomamos con gusto.
Domingo, por internet, resfriado, falto de fiato me emocionó en el primer acto, en el terceto con Leonora y Manrico.
¿Por qué?
¿Por qué el amor es un dardo...? quizás algo haya de ello, ese amor tan fuerte que siento por el artista, por sus interpretaciones y por su voz. Pero me emocionó porque su voz, a pesar de los años y del trote que lleva encima, aún, y repito y remarco, aún suena bella y no ha perdido volumen, pues su voz se oye siempre, y de qué manera, en las escenas de conjunto.
También se reconoce aún aquel timbre tan bonito, ese color chocolate con leche que me encanta, esos ecos tímbricos que, a pesar de los años, se mantienen intactos. Y ello se produce cuando la voz suena a tenor, porque Domingo no es barítono ni nunca lo será. Le faltan graves para serlo. Lo sabe él y lo sabemos todos. Pero es un maestro que sabe reconducir su voz y su interpretación y llevarse, como siempre ha hecho, el gato al agua.
Plácido empezó ayer mal, frases que acababan sin fiato, sufriendo y haciendo sufrir, sin embargo, a pesar de mantener este timbre que aún lo identifica, conserva el dominio del fraseo que no se ha visto mermado a pesar del detrimento vocal del artista. Así pues, Plácido firmó un primer “Ah l´amor, l´amor è un dardo” bellísimo, sentido y enamorado, ensoñador, su mejor frase de la tarde. Espero sinceramente que salga pronto el vídeo para revivir, no solo este instante, sino también el dueto final, para el cual, se estuvo reservando vocalmente durante toda la representación.
 
 
 
 
Magia…
Y llegó este instante, uno de mis momentos preferidos de esta obra. Y allí sí, allí es donde salió la chispa que eché en falta cuando Netrebko cantaba con Meli. Esta falta de compenetración con el tenor, Netrebko la encontró al lado de Domingo, ¡cómo no!, pues fueron los dos únicos intérpretes sobre el escenario que le pusieron sangre y pasión a la función.
Netrebko miraba a los ojos a Domingo y él hacía lo propio. Una Anna suplicante, desesperada que apela la clemencia de Plácido, y éste consiente. Brutal fue ese encuentro entre las dos voces.
No sé de dónde sacó la voz Plácido, pero la sacó. El vello de punta nuevamente… con quién sino con Plácido… Hay cosas que no cambiarán nunca para mí aunque pasen los años.
Con más o menos fortuna, una de cal y otra de arena, esto es lo que Plácido nos puede, más o menos, dignamente ofrecer en la actualidad. Y… o lo tomas… o lo dejas…

martes, 12 de agosto de 2014

“Della gloria d´Otello è questo il fin”: Roberto Alagna en "Otello"

Desde que Domingo colgó las vestiduras y los mantos de “Otello” no ha salido ningún intérprete que, aunque nunca jamás a su altura, pueda ser un modesto o digno sucesor de este personaje tan fascinante.
Si exceptuamos que hoy en día, y muy faltado de todo lo que Domingo tenía y ofrecía en el escenario, el único “Otello” más o menos creíble o potable que podamos encontrar actualmente en el escenario es José Cura,  una puede constatar cómo está el mundo de la ópera. Sin embargo debo decir a favor de Cura que el argentino ha hecho bastante suyo su papel sin caer en el error de querer copiar al gran y mejor moro de Venecia que haya dado la historia de la ópera y es, quizás, el Otello más creíble que se pueda ver en el escenario.
 
¿Por qué el “Otello”?
“Otello”, la penúltima ópera del maestro Verdi. La obra que todos los tenores aspiran y sueñan con cantar algún día, pero cuidado, se tiene que tener primero de todo la voz para poder afrontarlo.
¿Qué tiene esta ópera que envenena las mentes y las gargantas tenoriles? Sin duda es una de las más grandes óperas compuestas jamás, y la adaptación del libreto hecha por Boito unido a la estupenda música del genio de Busetto, hacen que ella sea, incluso aún mejor, que la propia obra escrita por Shakespeare.
De entrada, pues, es una obra que tiene todos los elementos para seducir al público, pero también al intérprete que la afronta, pero como decía, sin tener la voz adecuada para hacerlo, esta ópera no puede funcionar.
Ramón Vinay, Jon Vickers, Mario del Monaco, Vladimir Atlantov, Johan Botha, José Cura son algunas de las voces del pasado y del presente que han flirteado con esta ópera, e indiscutiblemente y para mí, sin lugar a dudas, el gran Plácido Domingo, que ha cantado e interpretado como nadie esta ópera y este personaje.
Todo es cuestión de gustos, pero Plácido Domingo ha sido quien mejor ha representado al Moro de Venecia: por voz, por expresión, por comprender el alma de este personaje atormentado, lleno de celos y que sufre de un complejo de inferioridad tan brutal que le llevan a una autodestrucción sin posibilidad alguna de cura. Y porque ha sido el único con la suficiente capacidad física y mental para poderlo hacer a lo largo de más de 25 años.
 
 
 
Lanzarse a una piscina sin agua
Precisamente esto es lo que ha hecho, o está haciendo estos días el tenor francés ROBERTO ALAGNA.
Me confieso “Alagnista” de pro, me encanta su voz y la forma de interpretar sus personajes. Y aquí está el matiz “sus personajes”, porque el “Otello” no es suyo, nunca podrá estar en su largo haber de roles, precisamente porque no se adecúa a su voz ni a su temperamento.
Roberto Alagna está dotado de una bella voz mediterránea y a la vez de un gusto exquisito y sentido de la expresión difícil de encontrar y un elegante fraseo. Una voz que enamora a la primera escucha y cuyo canto es capaz de subyugar incluso al más insensible de este mundo.
Por eso sus “Bohème”, sus “Faust”, sus “Manon” o sus “Romeo” o “Nemorino” me gustan tanto. Por eso los tengo destacados en un lugar especial, pero, tener la osadía de atreverse con un “Otello” es por un lado, un acto de valentía y por otro, un arrebato de inconsciencia bárbara que puede, perjudicarle a la larga, si es que no lo ha hecho ya, tal como le pasó al abordar personajes como Manrico, Canio e incluso Turiddu, o Rodrigue de “Le Cid”.
Otello es un personaje que necesita una voz un tanto oscura, y la de Alagna no lo es. Su voz solar, mediterránea llena de luz, es insuficiente para el héroe vencedor de los musulmanes.
Y no solamente le falta esta oscuridad, no, le falta la agresividad, le falta autoridad, le falta expresión, concentración.
Su interpretación no es libre. Tiene que estar tan pendiente de su canto, un canto que le va grande y no puede con él que todo ello va en detrimento para que el francés pueda “interpretar” al Moro.
Su Otello no da miedo. No es brutal. Puedes mirarle a los ojos y Alagna no despierta en Desdémona el más mínimo ápice de pavor. ¿Dónde están sus celos? ¿Dónde está su rabia? ¿Dónde está esa explosión, esos berrinches, esos gritos de Otello cuando Yago le pone por delante la mentira que acaba de urdir?
Simplemente no está. Parece que tanto le da. Su personaje no es, ya desde el principio, creíble, y ello, le condiciona el resto de la obra.
Es quizás en el último acto, cuando ya ha superado el grueso más difícil de esta enrevesada partitura donde Alagna “intenta” ponerse acorde con la ópera, al menos, lo prueba queriendo rozar esta tan importante credibilidad que no ha encontrado desde el minuto 1 de la ópera.
Falta volumen, falta sangre, falta pasión, falta brutalidad, pero también falta diferenciar y contrastar con la voz los momentos íntimos con Desdémona de los ataques furibundos de celos del guerrero que lleva dentro. Un Otello completamente pasivo y una partitura que para Alagna es una cuesta más difícil y dura de afrontar que si estuviera encima de una bicicleta a punto para subir el Tourmalet.
Por tanto, podría definir con una frase bien escueta lo que le falta a Roberto Alagna para ser un buen Otello: le falta TODO.
Esperemos, pero, que esto sea simplemente un resbalón en su carrera, una simple aventura de verano, y que tenga el suficiente sentido común para no regresar de nuevo al Moro de Venecia.
 
Los otros intérpretes
Tampoco estuvieron a la altura para firmar un “Otello” en condiciones, más o menos, salvados quizás por una suficiente ejecución de la Orquesta Philarmonique de Radio France con el maestro MYUN WHUN CHUNG, que ya dirigiera, años ha, el último “Otello” que grabara Plácido Domingo para la Deustche Grammophon.
 
INVA MULA enfundada en su traje blanco de Desdémona, cuenta con una única baza: hace gala de unos pianísimos sutiles y bien encarados, aunque la voz pierde interés en los pasajes donde debe haber “forte”, pues su tendencia es ir a rozar el grito y la voz pierde harmónicos.
La química con Alagna no era precisamente muy explosiva que digamos, pues Alagna no tenía tampoco la cabeza para centrarse en el trabajo actoral del personaje.
 
SENG-HYON KUO en el papel de Yago tampoco estuvo a la altura de este “Otello”, que como he dicho, de altura está muy faltado.
Yago es un personaje casi tan protagonista como el propio Otello. Es un personaje maléfico, lo sabe el público, pero Otello no, por tanto, maldad y aparente nobleza son dos de las cosas que debe reflejar su canto, y que evidentemente, no reflejo este barítono, supongo que coreano.
Una voz justa, tímbricamente sin interés y de un trabajo actoral deficiente.
 
No dedico más al resto del elenco de una representación que no puede alcanzar la calidad que se espera cuando encima del escenario hay intérpretes de la talla y la categoría de un Roberto Alagna.
Otro “Otello” en la colección que restará, sin lugar a dudas, como una mera anécdota.