jueves, 8 de junio de 2017

Olimpos. Dioses. ¿¿Ocasos??




Con el apunte de hoy, mi blog da un giro. Empieza quizás una nueva etapa salpicada de grandes e interesantes momentos de colaboración con aportaciones valiosísimas de aficionados que, al igual que yo, amamos el arte y la voz de este gran e inconmensurable artista que responde al nombre de Plácido Domingo, el alma que da sentido a este rincón en la red.

Dicen que la música une. Verdad como un templo. La música es internacional y lo más bonito es que todos la sentimos, con mayor o menor intensidad. Y no deja a nadie indiferente. Sí, une -y de qué manera- con lazos, en ocasiones indisolubles.

Plácido Domingo también lo hace con el poderío de su voz, con su pasión, con su sentimiento. Hace ya mucho, mucho tiempo que tengo la suerte de contar con la amistad, con la comprensión, con el apoyo (musical y moral) de mí querida Mónica. Almas semejantes, sentimientos prácticamente iguales. Vidas unidas por un mismo artista que nos conecta al instante aunque estemos muy lejos la una de la otra. A pesar de que “l´immenso ocean ne separi”, siempre la he sentido - y la siento- cerca y a mi lado.

Por esto hoy, rompo mi tanda de escritos e impresiones para hacer públicas las suyas, que perfectamente podrían haber sido las mías. Suscribo todas y cada una de las palabras estampadas sobre el papel.

Gracias Mónica Menconi por esta primera aportación, la primera de muchas otras que, espero, hagas.




Mientras en el Luna Park de Buenos Aires (otrora estadio destinado al box y devenido luego en ámbito para recitales, conciertos, ballets y etc etc etc…) José Carreras se despedía de su “idem”, yo me disponía, en esa noche bien otoñal, a ver el dvd de la Gala que la Opera de Viena ofreciera hace una semana con motivo de los 50 años del debut de PLÁCIDO DOMINGO.



Ya desearía tener un sobrado dominio de la lengua castellana para describir, con la mayor fidelidad posible, lo acontecido esa noche sobre ese venerado escenario. Más como no lo tengo, me limitaré a intentarlo.



Todos lo saben: Plácido Domingo tiene 76 años, comenzó cantando muy, muy joven como barítono para descubrir más pronto que tarde que la suya era una voz de tenor. Y ahora (el destino estaba marcado) ha vuelto a cantar como barítono. Esta situación ha despertado muy encontradas opiniones que, personalmente, me tienen sin cuidado y creo….que a él también.



La tv comienza mostrando con generosidad las bellezas de la Staastsoper y el público ingresando hasta colmar, creo que en exceso, su capacidad (1.700 ubicaciones) en tanto pensaba qué no hubiera dado por estar allí.

Juro que se siente la excitación a través de la pantalla viendo la elegancia de damas y caballeros, escuchando su murmullo mientras buscan sus ubicaciones, hasta que hacen su ingreso los integrantes de la Filarmónica de Viena y el Coro Estable, todos ellos de rigurosa etiqueta. Conduce la solvente batuta del siempre eficaz MARCO ARMILIATO.



Cuesta lograr el silencio hasta que se inicia el concierto con la Obertura de “Nabucco” de Giuseppe Verdi, autor a quien pertenecen los tres actos de las óperas que se representarán, en versión concierto, a continuación.

Notable fue la ejecución de esta obertura, ajustes perfectos de los diversos grupos instrumentales, gran balance sonoro de matices sutilmente buscados y llevados a cabo.







“Un ballo in maschera”



Para dar comienzo al Acto 3ro de “Un Ballo in Maschera” hacen su ingreso el homenajeado y ANA MARÍA MARTÍNEZ, a quienes más adelante seguirán RAMÓN VARGAS, MARÍA NAZAROV, ALEXANDRU MOISIUC y DAN P. DUMITRESCU. La ovación hace vibrar mis parlantes y se sostiene…y se prolonga y Plácido no puede contener la emoción. Trata con mil trucos: se acomoda el níveo moño, se ajusta el cuello, inclina su cabeza una y otra vez para agradecer pero le cuesta…¡y mucho! Pero debe cantar y es un largo acto. Si bien todos tienen la partitura en sus atriles por momentos da la impresión que están actuando, sintiendo el dolor, júbilo o tristeza de cada nota. La entrega emocional, física y vocal de Plácido es absolutamente imposible de describir. Cada palabra tiene su peso específico, nada es banal. Puede haber alguna dificultad en la respiración o las notas bajas pero el oficio, la musicalidad que sólo él posee sortean todos y cada uno de estos escollos que, lógicamente, encuentra porque sigue siendo tenor aunque ya no pueda cantar en esa cuerda.



Exquisita la Amelia de ANA MARÍA MARTÍNEZ, no hay fisuras en su emisión, impecables sus agudos y su interpretación. Me sorprende gratamente su muy estilizada figura, el soberbio “haute couture” en tonos de bronce (color que repetirá en otro modelo para el “Simón Bocanegra” aunque, para mi gusto, sea demasiado monocromático por su color de cabello y piel).



Tenía yo mis dudas pero RAMÓN VARGAS ha estado a la altura de las circunstancias soltando su voz con total serenidad y muy segura emisión.

Me sorprende MARÍA NAZAROV con su voz liviana, ligera y potente.



La orquesta es suntuosa, no hallo otra palabra más adecuada a la música escrita por Verdi.



Finaliza esta primera parte con otra ovación, más estruendosa, más sostenida. Como la emoción….

La televisión utiliza con inteligencia el intervalo para dar espacio a diversas conversaciones con el homenajeado. Afortunadamente son en inglés y lo muestran en diferentes ensayos o relatándonos qué significa para él la música: lo mismo que respirar.

Nada por agregar. Punto.







“La Traviata”



Ya suenan las primeras notas del segundo acto de “La Traviata”. DMITRY KORCHAK ofrece un seguro y aplomado Alfredo, con un agradable timbre y atacando con total soltura el agudo final en “O mio rimorso”.



SONYA YONCHEVA es la Violetta Valery de hoy, sin lugar a dudas. Su voz tiene el color, la proyección y la afinación perfectas. Siente y padece lo que Verdi puso en el pentagrama con total fidelidad. Es un lujo. (No así el vestuario elegido que en nada la favorecía, más bien todo lo contrario; y su peinado contribuyó a arruinar el conjunto).

El lector se preguntará si en algo tiene que ver que destaque los atuendos femeninos en detalle. Respondo que sí y mucho. La ópera, sea representada o en concierto, es un producto musical, vocal, actoral y visual que posee una estética. Todo ello impacta en nuestros sentidos. Quien no lo crea así puede escucharla a través de un cd.



La segunda entrada de PLÁCIDO desata otra ovación. Y a partir de allí Giorgio Germont domina el escenario con voz segura, firme, ordenando que no implorando, sugiriendo, consolando, agradeciendo. Su “Di provenza il mar” es un abanico de emociones. Sortea sus pequeñas “cordilleras” con el oficio de…¿¿¿cuántos años???. Fin de la segunda parte y más ovaciones, fuertes ovaciones.





El nuevo intervalo da paso a relatos de los diversos integrantes de la orquesta y el director del coro que me hablan en alemán. Se percibe todo como muy interesante…..ni falta hace aclarar que no comprendo el idioma, más allá de un danke o bitte.





Simon Boccanegra



Esta noche, esta larga y exquisita noche, va llegando a su fin con el último acto de Simón Bocanegra. A DOMINGO, MARTÍNEZ y VARGAS se unen Kwangchul Youn, MARCO CARIA y CARLOS OSUNA. El dramatismo de este acto es de una hondura vocal y musical maravillosas. Todos se lucen en su cuerda, mucho. A Plácido es a quien más le cuesta quizás debido a lo extenso de la noche, la emoción en exceso y un cansancio en su voz lógico de esperar, pero eso si, jamás claudica. A la hora de hacerse cargo de su parte se juega la vida (como el torero frente a los toros o el enamorado con su amada). El coro y la orquesta suenan a gloria, ¡qué magníficos son! Gracias Mtro. ARMILIATO porque más allá de ser un “todo terreno” como muchos lo mencionan con liviandad, es usted un gran director que saben llevar siempre a buen puerto una ópera. No en vano está usted dirigiendo a estos músicos que han dado brillante atención y respuesta a su batuta.








Más emociones, si aún no fueron suficientes



Todo concluye y, a decir de los críticos neoyorquinos en traducción literal, los vieneses “tiran la casa abajo”. Y entonces la emoción ya no se contiene, ni arriba del escenario ni abajo supongo yo, que hago lo mismo en mi casa: llorar.



Plácido hace todo lo posible por disimular hasta que decide no hacerlo más y llora. Y está muy bien que así lo haga. Se lo merece. Se merece compartir esa emoción, que subía desde la platea y bajaba de lo más alto de la Staatsoper, con todo ese público que despliega un enorme cartel en platea que dice “Plácido te amamos”. Eso sí lo entiendo en alemán.



Se suceden los saludos. Plácido, siempre tan atento, hace subir al escenario a los cantantes que lo acompañaron en los dos actos previos y junto al director agradecen. Plácido también gira y saluda a los músicos que están mas cercanos, y al coro, y a toda la orquesta, aplaudiéndolos. Sabe como nadie que lo que ha sucedido allí es producto de todos los que habitaron por casi tres horas ese escenario, en sabia complicidad con los que vibraron cada nota sentados en sus butacas.



Entra en escena DOMINIQUE MEYER, director de la casa, y rinde tributo al homenajeado con palabras muy celebradas por el público y todos los artistas…que comprenden el idioma claro. De todas maneras hay gestos que son sensiblemente comprendidos: Meyer quita una lágrima del rostro de Plácido con su mano, le obsequia el traje que usara hace 50 años cuando debutó en Viena con la ópera “Don Carlos”, y le entrega un gran corazón de claveles rojos y blancos (los preferidos y “cábala” de Domingo) con el número 50 que el Maestro acaricia y acaricia interminablemente.



Y ahora toma el micrófono Plácido y vaya si le cuesta comenzar a hablar…no logra contener la emoción y sus cuerdas vocales no saben mentir (como “La Tabernera del puerto”. Finalmente se compone y en inglés (thanks God!) desgrana sin pudor sus sentimientos, todos, no se guarda nada. ¡Es tan agradecido! No se olvida de nadie para finalizar nombrando a los miembros de su familia que esa noche, como casi todas las noches, están con él.



Y así se cuenta la historia de este señor que ha cantado en todos los continentes, en los más grandes teatros del mundo, las ciudades más remotas, le han otorgado tantos reconocimientos y honores como sea posible; es amigo de reyes y reinas, ha sido recibido por presidentes, varios Papas, y no duda en cantar una ranchera donde le cuadre, sea un restaurante o en la calle si alguien se lo solicita. Puede quedarse hasta más de una hora, después de pasar 3 o 4 cantando, firmando autógrafos y recibiendo admiradores. Si te acercas y hablas con él siempre será mirándote a los ojos, prestando atención a lo que dices y con una sonrisa sea la hora que sea. Figura en el libro Guinness y seguro no le importe. Lo que sí le importa es cantar porque es el “aire” que necesita su alma.



Mitologías hablan de dioses que habitan reinos jamás visitados por el hombre….hummm…

Plácido Domingo habita el Olimpo de los Dioses de la Opera. Ese Olimpo habilita pequeñas sucursales, son lugares grandes o pequeños, cerrados o no, con asientos o no, adonde los humanos pueden ir a espiarlos. Y cuando eso sucede ya no hay tiempo y espacio, principio o fin. En ese momento, el presente es siempre.




martes, 9 de mayo de 2017

Una Carmen con aroma de café y alfombra roja







Y es que curiosamente, en la tarde del domingo pasado, la platea del Teatre de La Faràndula de Sabadell olía a café. Extraño. Curioso. Pero fue así. Al inicio de la obra y durante los entreactos. Y con ese sabor, amargo si se toma solo o dulzón para los más golosos, o, realmente una mezcla de ambos, es el especial regusto que me quedó al finalizar la representación.

Una función con un montaje conocido y que causó ya un gran impacto cuando hace unas temporadas, el tándem CARLES ORTIZ-JORDI GALOBART nos la presentó, trasladando la acción principal en un triángulo amoroso Carmen- Don José – Escamillo simulando el rodaje de una película, un recurso exprimido y explotado al máximo en las últimas décadas. Una propuesta que no distorsionó el argumento en su momento, así como tampoco lo hizo el domingo, dado que los detalles estuvieron cuidados al máximo, demostrando el trabajo de estudio y adaptación para que precisamente el espectador pudiera diferenciar con exactitud la realidad de la ficción.

El problema radica cuando el texto choca con la acción y se hace difícil una adaptación. Esto es lo que ocurre, por ejemplo en el cuarto acto. La corrida de Escamillo se traduce en un estreno de cine. Es vistoso y espectacular y está inteligentemente enfocado, hecho que camufla la clara divergencia entre el libreto y lo visual. Pero precisamente por curioso, por glamuroso, una acaba centrada en el esplendor hollywoodense y se deja embriagar por los flashes, cámaras, y vestuario, ya hace que digas, “aunque no pega ni con pegamento, me cuadra no obstante”.

¿La parte negativa del montaje?

Pues obviamente el hecho de distraer al personal en momentos cumbre: dígase en la “Obertura” donde apetece ver el trabajo del director de orquesta (sensacional en esta ocasión), su pulso, su pasión. En su lugar, se nos presenta el amor de Carmen y Escamillo y los celos de Don José. La escena está lograda y bien interpretada, pero, me mata el trabajo de aquel que, desde el foso, tiene a cien caballos en una mano y otros cien en la otra, quitándole protagonismo a él mismo, y por descontado a la música.

Esto se repite también en la canción de las cartas en el tercer acto que interpreta, precisamente la protagonista a la cual da título la ópera: Carmen. Se destroza su “En vain pour éviter les reponses amères”. La escena se divide en dos y mientras Carmen lee su fatídico destino, al otro lado del escenario una bailarina que invita a la distracción de lo vocal durante la ejecución de la mejor aria que tiene el personaje principal.

¿Solución? Obviar la bailarina y centrarse en lo vocal, que es a lo que vamos. No hay otra, por descontado.



Santiago Serrate

Quiero hacer una mención especial para el director de orquesta que en esta ocasión estuvo al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS. Para mí, uno de los grandes protagonistas de la tarde. Por pulso, por atención, por respirar con los cantantes y por cantar con los cantantes, valga la redundancia. Una obra difícil y de la que es buen conocedor.

Un maestro con un más que alto índice de empatía con la Orquesta, con sus músicos. Sus “bravo orquesta” en cada una de sus entradas al fosado inundaban de una extraña química que a veces es difícil de percibir. Alguien con un alto grado de implicación que logra, lo inlograble en Sabadell, y es que la orquesta nunca suene por encima del cantante. Difícil, sí. Mucho. Pero Santiago Serrate lo consiguió. Indicaciones de que la orquesta bajara volumen cuando lo requería. Al revés, si así se terciaba. Pero sobretodo, destacar su ímpetu y su pasión y una partitura llena de anotaciones – me asomé en uno de los entreactos para verla- y de la cual no acertaba a adivinar qué se escondía tras ese entrallado pentagrama inundado de notas estampadas en su blanco e impoluto papel. En alguna ocasión un tempo quizás un tanto más lento de lo que estamos acostumbrados, sobretodo en la obertura, pero por lo demás, un auténtico lujo la batuta del maestro Serrate. Bravo maestro.



And the Oscar goes to…

Dado que estuvimos enmarcados en el mundo del cine, hoy me permito empezar a hablar de los cantantes de una forma un tanto curiosa, sin seguir mis prácticas habituales. De menos a más, hasta llegar a los cuatro finalistas que se disputarán la preciada estatuilla de oro.

Correctos el cuarteto de contrabandistas formado por la Frasquita de BEATRIZ JIMÉNEZ, la Mercedes de ASSUMPTA CUMÍ, el Remendado de JORDI CASANOVA y el Dancaire de JOAN GARCÍA GOMÀ.

Interesantes también y bien caracterizados el Zúñiga y el Morales de JUAN CARLOS ESTEVE y ALBERT CABERO respectivamente.

Los extras de esta película cumplieron y dieron todos absolutamente la talla.

Mención especial para el COR DELS AMICS DE L´ÒPERA DE SABADELL que sonaron extraordinariamente bien, no tanto la CORAL DE L´AGRUPACIÓ PEDAGÒGICA DE SANT NICOLAU al que eché en falta un poco más de volumen y más trabajo de la lengua francesa, que es muy difícil, y pienso hubieran podido matizar más, y mejor.

Pero los finalistas que optan al premio son sin duda alguna, los protagonistas de esta historia universal. ¿Quién no ha tarareado en alguna ocasión, donde sea, en el trabajo, en la ducha o por la calle la famosa “Habanera” o el “Toreador”?



LAURA VILA debutaba el papel de Carmen, la cigarrera que enloquece a los hombres por su sensualidad, por su carácter. Los medios vocales son buenos, el color de la voz es bonito y el personaje está razonablemente trabajado. Quizás en alguna ocasión la zona grave (aunque salvó todas las notas y bien) requieren de una mayor profundidad, cuerpo o color un tanto más oscuro para potenciar la parte más visceral o más malévola del role, pero brindó una buena Carmen, que, con un buen rodaje, puede ser uno de sus roles fetiches. Además, juega con la ventaja de dotar a Carmen de una extraordinaria belleza, de cuerpo ágil y esbelto que le hace más creíble su personaje.



El Don José del madrileño ENRIQUE FERRER tiene sus momentos, pero el personaje le encaja. El soldado navarro no se caracteriza por la dulzura de un role pucciniano, hecho que juega claramente a su favor ya desde la primera intervención (salvando quizás el dueto con Micaela) manteniendo una línea más visceral que hace que se adecúe su voz a la música y a su temperamento. Quizás en algunas ocasiones los ataques al agudo no estén suficientemente acertados y hace que la voz suene menos corpórea y quizás un tanto velada, pero aún así presenta y defiende un buen Don José.



Un auténtico lujo para nuestro teatro la Micaëla que nos regaló MAITE ALBEROLA. Volumen más que suficiente. Agudos excelentemente atacados. Voz bien proyectada, seguridad y dulzura. Se llevó el gato al agua en todas sus intervenciones y fue ovacionada a lo grande en su aria del tercer acto “Je dis que rien ne m´epouvante”.



Y finalmente, TONI MARSOL fue el que imprimió y marcó un antes y un después durante el transcurso de la obra. Sensacional y vistosa, también de auténtico lujo, su entrada con la canción del “Toreador”. Puso sangre, puso pasión, puso temperamento y temperatura en el escenario y en la sala. Fue a partir de este momento en que la ópera dio un espectacular giro. Allí se notaba quien mandaba. O quien tenía que mandar. Excelente también en el dueto del tercer acto con Don José.



Final de temporada

Y, al final, ¿pues quién se lleva el Oscar? A juzgar por el nivel sonoro de los aplausos del domingo por la tarde, claramente la ganadora sería sin duda la soprano valenciana Maite Alberola.

En mi opinión, concedería un galardón “ex aequo” para Maite Alberola y Toni Marsol. Sin lugar a duda, los protagonistas de una película proyectada en una sala que no olía a palomitas, pero sí a café.

Con esta “Carmen” finaliza la temporada en Sabadell, en una estación en que han desfilado por las tablas vallesanas un interesante y magnífico “Don Giovanni” y una arriesgada y exitosa “Manon Lescaut”.

¿Planes de futuro para la siguiente temporada…? Pues se avecina un “Così fan tutte” en octubre, un “Don Carlo” en febrero para culminar con dos auténticas joyas del verismo italiano,  tal como reza el programa de mano.




domingo, 5 de marzo de 2017

Eterno Plácido. Eterno recuerdo de una intensa noche.







Qué difícil debió haber sido no sucumbir en la ciudad de Alejandría, tiempos ha, a la voluptuosidad y a los encantos de la cortesana Thaïs. Otros tiempos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

Y, valga la redundancia y, apuntando hacia otra dirección, digo, qué difícil es no rendirse a la voz y arte del gran PLÁCIDO DOMINGO. Una vez más el Maestro Domingo imprimió su sello y personalidad ayer noche en el Gran Teatre del Liceu que, lleno hasta la bandera, rebosaba de magnetismo y magia para acabar claudicando una vez más a los pies del más grande.

La noche tenía y presentaba cierto regusto oriental y olían, mezcladas, el sabor de la lujuria en contraposición al misticismo. En el ambiente, por otro lado, se palpaba expectación e ilusión, no en vano pues, el reclamo principal de estas funciones ofrecidas en versión concierto tenían como gancho al tenor Plácido Domingo.

Casi un año hacía que el madrileño no pisaba el escenario del Liceu. Su última visita fue el año pasado con el “Simon Boccanegra”, funciones en las que además se congratulaba los 50 años de debut en el Teatro de las Ramblas. En aquella ocasión, Domingo lo hacía con una ópera representada, pero ayer, colgó en el perchero vestiduras y mantos lucidos en la temporada anterior para ofrecernos en versión concierto una sensacional versión de la ópera de Massenet, “Thaïs”, cuya última función en el Liceu fue en el año 2007, ni más ni menos que con Reneé Fleming en el papel de la protagonista.



El encanto de la música de Massenet

El francés era uno de los más exquisitos compositores de su época. Basta escuchar algunas de las inmortales óperas que forman parte de su catálogo. “Werther”, “Manon”…como para darse cuenta del poder descriptivo que tiene su música.

“Thaïs”, evidentemente, no es una excepción. Quizás el músico jamás estuviera en Alejandría, pero la recreación del recogimiento religioso, el sabor del placer carnal y la embriaguez de la belleza que hace rebosar todos los sentidos, el misticismo y la intensidad están presentes en su obra. Como también lo está la brisa ligera que perfuma de mirra la noche y hace ondear al viento los velos que penden de la mansión de la cortesana que da título a la ópera.

Pero también está presente la pasión y desenfreno personificados por Thaïs y sus amigos en contra de la absurda cabezonería de Athanaël que atormenta su mente. Y esto se nota perfectamente en el leitmotive que le acompaña cada vez que el monje cenobita aparece en escena.

Por tanto, dispone de todos y cada uno de los elementos para trasladar nuestras mentes, ayer noche vírgenes de decorados, hasta tierras orientales, hasta vestuarios lujosos y vistosos que brillan en templadas noches dentro de suntuosos palacios que esconden tras sus paredes toda clase de sentimientos, de abusos, de vino vertido en copas doradas, y desenfrenos y disfrute de la vida.

En contraposición, es el lamento inicial de los cenobitas y la clarividencia de la comunidad albina los que tratan de encontrar el equilibrio entre las tumultuosas vidas en la ciudad de Alejandría. En la terrible ciudad de Alejandría, tal como reza al principio Athanaël.



PATRICK FOURNILLIER, al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA I COR DEL GRAN TEATRE DEL LICEU firma una sensacional lectura de esta obra tan poco – por desgracia- representada. Atento siempre a los cantantes y al coro, exprime al máximo una música que embriaga por lo exótica y por su tremenda belleza. La orquesta situada en el fosado – como es habitual – y no encima del escenario, hace que la música flote en el ambiente, como banda sonora de una película. Esto es lo habitual, aunque en las versiones concierto en ocasiones se tiende a colocar la orquesta detrás de los cantantes solistas. Ayer noche, no fue así, puesto que su lugar era ocupado por el coro, y, lo agradecí.

Escuchar la célebre “Meditación” sin imagen que desconcentre, no tiene precio. Y así hubiera sido si no hubiera estado mermada por la impertinente tos de algunos miembros del público que son especialistas en romper aquello tan especial que solo se consigue cuando acudes a una ópera en directo.

El murmullo del arpa, cual fuente por la que emana una agua pura y cristalina, y el lamento y dolor del solo del violín acariciado ayer noche por el concertino KAI GLEUSTEEN, apaciguan el desenfreno de Thaïs y lleva la tormenta – nacida instantes antes- a la mente de Athanaël.





La belle Thaïs

No es la primera vez que la soprano NINO MACHAIDZE se pone en la piel de esta bella cortesana. Ya la había interpretado con Plácido Domingo en diversos teatros con considerable éxito.

Su voz, interesante, cálida y bien timbrada aunque un tanto oscura para un papel para mí más luminoso, corrió bien por la sala del Liceu, y aunque estuvo a la altura de la representación, su voz no tiene ni el cuerpo ni el matiz, ni la suavidad que su antecesora Reneé Fleming que, como ya hemos hecho mención, nos deleitó con su Thaïs llena de cromatismo y expresión.

Quizás su gesto, un tanto exagerado y repetitivo en el uso de alzar tanto los brazos, no empañó para nada la actuación de ayer noche. Su aria, su célebre aria del segundo acto, cuando se mira al espejo cual madrasta de la Blancanieves, fue aplaudida aunque no con mucho entusiasmo general, en un momento en que debería haber desplegado mucha más seducción en su discurso, no obstante, a nivel general, irreprochable su actuación.

Apostó para seducir al gran Plácido con un vestuario acorde y bien escogido. Thaïs la cortesana enfundada en un precioso vestido blanco realzando figura, mientras que, para el momento de la reconversión y recogimiento final, su vestidura de color negro, la acercaban a la austeridad de la vida religiosa.



Sorpresa me llevé con la voz del canario CELSO ALBELO, un auténtico lujo. Voz solar, bien timbrada y de fraseo elegante para un papel demasiado corto, que nos dejó un buen sabor y ganas de escucharle en un papel quizás más largo en el que pueda hacer gala de esa cálida voz que posee.



En cuanto al resto de roles secundarios, destacar las voces y buena avenencia vocal de quienes daban vida a Crobyle y Myrtale, la soprano SARA BLANCH, que debutaba en el Liceu, y la mezzosoprano MARIFÉ NOGALES. Dos voces interesantes e impecables al igual que la pequeña intervención de MERCEDES ARCURI como encantadora, MARIA JOSÉ SUAREZ como Albine, o MARC PUJOL como sirviente.





 

Dis-moi que je suis belle et que je serai belle éternellement! éternellement!

Sí, esta aria pertenece a la soprano, pero, quizás cambiando un poco el discurso se podría aplicar a quien ayer noche fue el alma de la fiesta, como popularmente, diríamos en otro lugar y en otra situación.

No estoy hablando de belleza. Ni mucho menos porque esta sí que es pasajera y dura lo que dura, sino que mi guiño a la frase que pronuncia Thaïs en el segundo acto es para esa palabra maravillosa: eternamente.

Eterno. Plácido eterno.

PLACIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo, incombustible e infinito. Sin duda alguna merece un apartado especial porque esta fuerza de la naturaleza humana ha roto ya, y sigue rompiendo – y las que le faltan aún- todas las reglas y previsiones en el mundo de la ópera.

¿Quién sino Plácido Domingo es capaz de levantar teatros enteros por allí donde pasa como si fuera un ciclón?

A sus 76 años, suma y sigue, sin que su pensamiento se vea ensombrecido por la oscura nube del retiro. Claro está que, mientras el cuerpo aguante, seguirá encima del escenario para hacer aún las delicias de aquellos que, como yo, aceptamos contentos todo lo que aún puede ofrecernos.  Este es el secreto para seguir disfrutándole. Así de sencillo.

Nos hemos nutrido de él como tenor, pero, el hambre nunca cesa en el corazón del aficionado, y ahora, nos alimentamos de ese arte, de esa experiencia, de ese saber estar, de ese fraseo que aún luce bonito, de ese centro tan maravilloso de color chocolate que endulza, sin engordar, nuestras ávidas almas.

Plácido Domingo es un grande entre los grandes. Se le pueden achacar mil y un defectos propios de la edad, el cansancio o la lucha contra –ahora- un fiato más escaso que antaño, pero, lo que no se le puede reprochar, ni un ápice, es su entrega, su pasión, su amor por lo que hace y esa maestría de la que hace gala y envuelve todos y cada uno de nuestros sentidos.

Y ayer Domingo estaba bien de voz. Resplandecía de elegancia con su traje negro coronado por ese precioso pelo blanco.



Con una sola frase Domingo es capaz de llevarse el gato al agua, y su centro, luce aún aunque no rutila, obviamente, como hace treinta años. Somos conscientes, lo sabemos, pero… Siempre hay ese pero que hace declinarte y apostar por aquel gigante que fue y del que ahora queda la sombra. Pero, quien ha sido gigante, nunca deja de serlo.

Disfrutar de la intensidad de su canto es un lujo, como lo fue ayer noche. Plácido Domingo puso todo su corazón a disposición del público que llenaba la sala del Gran Teatre del Liceu. Su expresión corporal, su faz, su gesto, su fuerza se notó en todas sus intervenciones, para, culminar con un sensacional final de la ópera que levantó al público. Hacía ya muchos minutos que el madrileño había hecho subir la temperatura, pero, el coup de grâce que me remató, fue en esos 10 minutos finales llenos de intensidad y dramatismo indescriptible que te hacen estallar de emoción.

Su desgarrado discurso cada vez que pronunciaba – en cada ocasión de diferente manera- el nombre de Thaïs, y la autoridad de la que aún hace gala, dejaron en nuestro corazón el sabor de la eternidad y de un recuerdo de esa mágica noche que perdurará para siempre. Hasta que se enfríen las estrellas.

Plácido… qué grande es.





Noche de ausentes. Noche de presentes.

¿Qué sería de todo aquello que sentimos durante una función si no se pudiera compartir con aquella persona que, complaciente, nos acompaña a las funciones? Seguramente, retendríamos el recuerdo pero la experiencia y lo vivido no sería lo mismo.

Ayer noche, mientras el gran Plácido salía y entraba del escenario, o cuando me emocionaba con una frase, con un acento, con un gesto suyo, tuve siempre al alcance aquella mano cómplice que aprieta y alienta y ayuda, en cierta medida, a hacer más llevadero un intenso día.

Gracias mamá, una vez más por toda tu paciencia y aguante. No tiene precio y sí mucho mérito.

Como tampoco lo tiene evocar a aquellos que no están y que, por afinidad y sensibilidad con la ópera, aparecen siempre a mi lado porque, entre otras cosas, nunca han dejado de estar allí.

Por especial se hizo muy presente en el fragmento de la “Meditación”. Allí apareció mi abuelo, aquel que siempre susurra a mí oído “¿Te has fijado en este trozo? ¿Has visto que nota más bonita?...” Sé que también se hubiera levantado del asiento en el momento final cuando todos los sentimientos, místicos y carnales, los primeros de Thaïs y los segundos del monje, que se invierten en el segundo acto, desfilaron por el escenario. A él, a mi abuelo que está en el cielo le debo todo esto y más. Gràcies, avi!!!



Palabras que calan

Y parafraseando algo que me dijo un buen amigo, algo que me caló hasta lo más profundo y con seguridad una de las palabras más bonitas que he escuchado en boca de alguien para definir mi pasión por la música, reproduzco su siguiente sentencia porque que define fielmente la situación: “Si tienes un romance con la ópera, creo que tu abuelo es la llama y Plácido Domingo el aire que la aviva”.  

Así es, cual llama que se aviva, jamás se apaga, como tampoco se extingue el arte del Maestro Domingo a quien encarecidamente le doy las gracias una vez más por hacerme disfrutar y emocionar, por hacerme llorar y por hacerme sentir.

El poder la voz humana. Tan simple y complicado a la misma vez.


lunes, 27 de febrero de 2017

Sabadell dignifica una interesante “Manon Lescaut”







Por tercer año consecutivo. Una vez más. Objetivo cumplido y con creces. La ASSOCIACIÓ DELS AMICS DE L´ÒPERA DE SABADELL en su afán de crecimiento incesante lo ha vuelto a lograr.

Ayer tarde, el Teatre de la Faràndula de Sabadell acogía la última de las tres funciones que se han representado en nuestra ciudad. La ópera escogida para esta ocasión, “Manon Lescaut” de Puccini.

Tras el enorme éxito de las presentadas en temporadas anteriores, las antecesoras a la de ayer – Turandot y Otello- afirman y reafirman una vez más que, no importan lo limitados que sean los recursos y las condiciones de trabajo cuando detrás de todo ello hay un gran trabajo y mucho recurso a falta de los mismo. Ideas, creatividad, inteligencia y sobretodo, pasión por lo que se está haciendo. Y tras todo esto, es justo y necesario destacar, una vez más, una figura que hace muchos años que tiene un importante peso en la casa, y me estoy refiriendo, claro está a CARLES ORTIZ que, junto a JORDI GALOBART, en el diseño de la escenografía, ponen encima del escenario, una versión de corte clásico en la que, prácticamente todo encaja. Prácticamente.

Desconozco cuál será el reto que asumirá la A.A.O.S para la próxima temporada, pero la ascensión al pico de la gloria ha empezado con fuerza, y nada hace prever que no continúe siendo así.



Una Manon que es Manon

Y claro está me estoy refiriendo en primer lugar a la propuesta del tándem ORTIZ-GALOBART. Quizás podría reprocharse que el vestuario es una pizca más moderno que el de la época, que quizás el maquillaje era un tanto exagerado, sobre todo para Manon en el segundo acto, pero, aun así, la cosa funciona.

Bien recreada la posada de Amiens del primer acto. Falta de recargo decorativo en el segundo así como del oro que deslumbra la vista a Manon, optando por una estancia elegante y espaciosa que no hace más que recordarnos el vacío interior del que adolece su protagonista.

Buen juego de luces en el tercer acto recreando el puerto de Le Havre donde en el fondo del decorado se adivinaba la silueta del barco que llevará al exilio a Manon y Des Grieux.

Hasta aquí, todo interesante y coherente, sin embargo, en el cuarto acto se rompe la harmonía. Lo que debe ser el desierto de Lousiana es nada más y nada menos que los decorados girados, con una serie de bultos en la parte central del escenario cubiertos con una sábana.

Es difícil crear ambiente con una apuesta tan fría y tan gris alejada totalmente de la calidez abrasante del desierto. Ni un indicio de rayo solar posándose sobre la piel de los protagonistas. Su vestuario, casi impecable, no casa para nada para ambientar dos fugitivos que hace días que vagan por una tierra inhóspita, desolada, sin agua y sin comida.

Lástima porque el nivel estaba siendo de campanillas.



Un Puccini que sonó a Puccini

Es quizás la de ayer, “Manon Lescaut” una de las mejores interpretaciones que le he escuchado al maestro DANIEL MARTÍNEZ GIL DE TEJADA. Concentrado, con matices, atento siempre a los cantantes, especialmente al coro, logró que la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS sacara lo mejor de sí, excepto en momentos puntuales, donde el volumen de los profesores pasaba por encima de las voces cual tsunami arrasando una playa entera. Ello sobretodo en el concertante del tercer acto, donde las voces de los protagonistas principales – Manon, Des Grieux y Lescaut- deben luchar con las respectivas voces de sus colegas, además del coro, y con la de la orquesta, en un fosado, el de la Faràndula, para nada idóneo para controlar la potencia de decibelios que exhibió ayer por la tarde.

Buena ejecución del precioso y siempre agradecido “Intermezzo”, al que si bien en algún momento le faltó un poco de pulso y luz, pero que se solventó con una lectura clásica de buen gusto.



De menos a más

Así es como definiría, en términos generales, la parte vocal de esta “Manon Lescaut”, dado que el primer acto fue el más decepcionante de cuantos se representaron. Se respiró el chispeante ambiente de la juventud agolpada en la posada, pero algo no acabó de cuajar. Desajustes vocales, prudencia y reservas, todo ello para dar paso a los tres actos siguientes en los cuales, se pudo escuchar una Manon que supera la expectativa con bastante buena nota, aunque todos los cantantes principales, sin excepción, pasaron más de un apurillo técnico en todos los actos.



El papel de la protagonista, que tenía que cantar la soprano jerezana Maribel Ortega, recayó en la voz de la española de origen búlgaro SVETLA KRATEVA que fue la voz más regular de la función. De principio a fin. Voz interesante que sabe matizar y regular bien en cuanto a volumen se refiere, aunque en la zona más alta algún agudo pudiera sonar un tanto al extremo.

Aplaudida con ganas por el respetable sabadellense fue su preciosa aria del segundo acto “In quelle trine morbide” al igual que su “Sola, perduta, abbandonata” en el cuarto, dignificó un personaje, difícil y complicado de por sí, con mucho peso y de extrema dificultad.

Des Grieux fue interpretado por el tenor madrileño ENRIQUE FERRER, al que ya tuvimos el placer de disfrutar el año pasado con su “Otello”. Ferrer posee una voz con medios que luce mucho más en las partes más dramáticas y no tanto en las más suaves y románticas. Por esto, empezó a brillar a partir del segundo acto en el dueto con Manon manteniendo el nivel en el resto de actos. Pasó apuros. Muchos. Pero supo sortearlos con inteligencia con la ayuda de un canto temperamental lleno de fuerza y de una interpretación escénica más que creíble, aunque durante el primer acto, nada hacía prever que así sería. Sí, resultó que había química entre los dos protagonistas y esto en una ópera como “Manon Lescaut” se agradece con creces.



ENRIC MARTINEZ-CASTIGNANI presentó un estupendo Lescaut, un papel en que su única aria –“Sei esplendida e lucente”- que precede a la de Manon “In quelle trine morbide” dejó lucir una voz bien timbrada de barítono, con un volumen interesante y más que suficiente para este breve papel.



Mención especial para el Geronte de JOAN CARLOS ESTEVE, tanto a nivel artístico como vocal. Es un intérprete joven, y después de escuchar a Gerontes que no pueden casi con su alma, se agradece la savia nueva de una voz en una buena expansión, con una figura ágil y estilizada que – aunque para nada cuadra con la imagen del baboso, rechoncho y pervertido viejo- se agradece, en esta ocasión, por frescura. Es un Geronte que, artísticamente no da asco ni cae antipático, pero en lo vocal imprime su sello personal.



El tenor CARLOS CREMADES fue quien puso voz al desenfadado Edmondo, amigo y compañero de Des Grieux, amante del enredo y del madrigal. “Giovinezza è il nostre nome…” con este clamo, inicia uno de los momentos más bellos de su intervención, un tanto deslucida ayer tarde, ¿quizás debido a un proceso catarral? Su breve papel dejó entrever, tras alguna nasalidad, que el timbre que hay tras ella es interesante.



En cuanto al resto del reparto, todos sin excepción supieron estar a la altura de una ópera, para nada fácil, llena de pasión y sentimiento por la cual, la A.A.O.S ha apostado y fuerte. En definitiva, recomendable.

Finalizadas las tres funciones en Sabadell, Manon se va de viaje a Reus, Girona, Sant Cugat, Manresa, Tarragona, Granollers y finalmente a Lleida. Finalizado el periplo por Catalunya, colgarán los elegantes vestidos y pelucas y se empezará a preparar la “Carmen” para el próximo mes de  mayo, con la que concluirá la temporada trigésimo quinta de ópera en nuestra ciudad, Sabadell.


sábado, 11 de febrero de 2017

El arte de escuchar. El arte de saber escribir




Roberto Herrscher, cronista musical argentino, nos propone en su libro “El arte de escuchar” un viaje musical que se sustenta en tres pilares, los mismos en los que se divide esta recopilación de reseñas y reportajes, escritas a lo largo de dos décadas y publicadas en dominicales y revistas especializadas.

Herrscher empieza fuerte y apuesta en el primer apeo de esta ruta por los personajes. En este primer bloque desfilan ante nuestros ojos personajes como Calixto Bieito. El capítulo es interesante por su planteamiento más allá de la polémica que despierta el director de escena en cuestión. Tres óperas diferentes: “Don Giovanni”, “Macbeth” y “Un ballo in maschera”. Primero nos deleitamos y nos situamos en la escena tal cual reza en el libreto, para pasar en un abrir y cerrar de ojos a la propuesta de Bieito. El contraste y la diferencia es absolutamente abismal.

Emotivo el capítulo dedicado al apuntador del Liceu, nuestro querido Jaume Tribó, una de los personajes más queridos del mundo de la ópera y uno de los que saben más, de ópera y de historia del teatro al que está tan vinculado y al que tanto quiere, su (nuestro) Gran Teatre de Liceu.

Se repasa también las facetas del director Lorin Maazel y de la familia Savall, pero donde marca diferencia – y mucha- es cuando habla de su compatriota Astor Piazzolla. Lógico y comprensible. Este capítulo adquiere una emotividad diferente, más personal, más visceral y que, sin dejar de ser algo ya publicado, se erige en un alarde y demostración de cariño a la patria, a sus gentes y a su música.

Lo que es incomprensible e inconcebible, sin embargo, es el capítulo dedicado al tenor Plácido Domingo, con el que empieza esta recopilación. En él se dedica a explicar las idas y venidas y los entresijos de la gala homenaje que se hizo al gran artista madrileño en el Teatro Real de Madrid cuando cumplió los 70 años. No explica nada que no supiera ya, aunque siempre es un placer revivir y releer jornadas tan especiales para este gran tenor y también para los que nos contamos entre sus aficionados, pero, lo que es imperdonable es el baile de fechas de las que adolece esta crónica. Erradas están las fechas de debut como Alfredo Germont en Monterrey, también la de la primera actuación en Viena, así como sus primeras andanzas en el Metropolitan de Nueva York (aquella famosa “Adriana Lecouvreur al lado de la gran Renata Tebaldi), sus “Luisas” en Madrid, e incluso la fecha de su boda. ¿Dónde queda el contraste de datos? ¿Dónde queda la profesionalidad del cronista, del periodista?

Sorprendre. Y sorprendre mucho en épocas en que… en caso de dudas, solo tenemos que acudir a internet y corroborar. Con un clic. Así de fácil.



El segundo pilar de este libro se cimienta en los viajes de Herrscher. Barcelona, Bayreuth, Sevilla, Madrid, Cuenca…un largo recorrido por festivales y templos operísticos, especiales para el autor, que si bien le permiten pisar por los sitios más venerados del aficionado, poco aporta a la obra y al lector. Solo genera aquella sana envidia del que quiere y no puede.

Y finalmente, el grueso postrero del libro se concentra en las experiencias personales del propio cronista, vividas en solitario o al lado de su hijo, y al igual que las anteriores, todas ellas ya publicadas anteriormente.

La obra recopilada por tanto, no innova, no motiva, no añade ningún toque de originalidad para quien lo lee, aunque aporta conocimiento musical en géneros que no están vinculados estrictamente a la ópera y que, de no haber sido recogidos en la obra, hubiera seguido sin conocer. Y por ello, sólo por ello, es interesante darle una lectura.

El libro concluye informando acerca de la actualidad de las vidas de los personajes que Herrscher nos presenta, y lo hace dejando los artículos tal cual escribió en su momento y los retoma, a todos ellos, hasta el 1 de noviembre de 2015.

Una obra amena para el amante del reportaje y de la escritura meramente periodística que nutre al lector de las experiencias de las que se ha nutrido, previa y personalmente, el propio autor.



Si hoy estoy escribiendo esto…

Dejando más allá lo más o menos interesante que puede resultar la lectura de todas estas crónicas vestidas en forma de libro, lo cierto es que, como reza este separador es – y valga la redundancia- que si hoy estoy escribiendo esto es gracias a la generosidad de un buen amigo que un buen día decidió regalarme este ejemplar.

Gracias al musicógrafo catalán Albert Ferrer Flamarich, he conocido más de Jordi Savall, he revivido de nuevo el incendio del Gran Teatre del Liceu, he conocido la realidad de un centro de educación secundaria del Raval de Barcelona y he vuelto a recordar el triste accidente de Germanwings.

Recomiendo leer a este joven licenciado en Historia del Arte por el dominio de las palabras y conocimiento que imprime en sus crónicas, por su – a veces acidez- y también por su mordacidad. Un estilo que cala y seduce, porque es diferente y alejado de la típica crónica musical que todos tenemos en mente. Savia joven. Savia nueva. Inteligencia y agudeza visten sus trabajos y a pesar de su juventud entre los años 2004 y 2006 coordinó la publicación especializada en zarzuela y ópera española “Sarsuela 2000 Zarzuela”, además de presentar diferentes programas radiofónicos para emisoras locales, faceta con la que ahora, también continúa.

En la actualidad podemos leerlo en las publicaciones de “Audio Clásica”, "Codalario", y también en el “Diari de Sabadell”, nuestro periódico local con el que participa desde el año 2010 y que nos permite a los sabadellenses de disfrutar de crónicas firmadas por alguien que sabe de lo que está hablando y que lo explica bajo el ojo crítico de alguien que es un perfecto conocedor de nuestra lengua (su catalán es exquisito y provoca adicción) y del estilo y género sobre el cual escribe.

Talento de sobras que desperdician publicaciones especializadas o periódicos de mucha más tirada en favor de crónicas más estándar, cuyos autores se limitan a explicar por encima las funciones a las cuales asisten sin aportar un ápice de interés o de curiosidad a quien lo está leyendo.

Para quien no conozca su trabajo, les invito a conocerlo. No se arrepentirán. Es de los que escriben y hacen pensar. Pocos musicólogos lo consiguen.