lunes, 19 de diciembre de 2016

“La rebotiga” de Marcel Gorgori





“La rebotiga de l´òpera”, algo más o menos que traduciríamos como la trastienda de la ópera. Todo aquel trabajo que sabemos que existe detrás de cualquier representación o concierto, y que sin embargo no vemos. Un esfuerzo que no es en ocasiones suficientemente apreciado, pero sin él, cuando los intérpretes salen al escenario, no se produciría el efecto que deseamos. No se produciría la magia.


Magia es lo que se percibe cuando una está sentada en el teatro y sale el tenor de turno y borda un aria que se concatena con un dúo electrizante con la soprano. Luego llega el turno del enfrentamiento con el barítono que acostumbra a ser el malo de la función, y todo ello, para finalizar en un concertante final que pone punto y aparte a un acto, para seguidamente dar inicio al otro.

Magia. Y nos quedamos con la boca abierta y admirados ante semejante situación. Todo acorde, todo milimetrado hasta el más último detalle. Pero este efecto requiere disciplina y no es sino fruto de un pesado entreno. Así como el ilusionista pasa horas y horas delante de un espejo anhelando encontrar la perfección para que no se descubra el truco, los intérpretes invierten el tiempo en el estudio y en los arduos horarios de ensayos.

Somos conscientes de ese trabajo aunque hasta cierto punto. De los ensayos, ensayos y más ensayos. Pero, desafortunadamente no podemos ser testimonios de esas largas jornadas. Un quehacer que para mí, es de lo más interesante. Poder ver las dudas, las inquietudes, los miedos o las dificultades de los intérpretes a la hora de afrontar una ópera entera, un dúo o un aria.

Por lo tanto se agradece cualquier iniciativa que nos permita poner la nariz donde nunca hemos sido invitados. Y, precisamente esto es lo que pudimos saborear ayer por la tarde en el Teatre Kursaal de Manresa dentro de un nuevo espectáculo que, bajo el título comentado al inicio, tiene la pretensión de mostrar todo aquello que escapa del ojo del aficionado.





Detrás del telón

Esto es lo que se nos propone desde Simfonova una iniciativa que tiene como objeto crear espectáculos operísticos pero introduciendo salpicones de pedagogía y comunicación. Tras este proyecto de semejante envergadura, como no podía ser de otra forma, está MARCEL GORGORI.

Gorgori es una figura lo suficientemente conocida en el mundo de la ópera y su trabajo marcó un antes y un después dentro de esta difícil disciplina. Su forma de abordar temas tan complicados –siempre con tintes didácticos- ayudó a muchos aficionados a empezar a comprender y a ver la ópera desde una perspectiva diferente durante su etapa televisiva. ¿Quién dijo que la ópera es algo difícil? Marcel Gorgori siempre la hizo fácil. Y lo demostró más de una vez, semana tras semana, en el tristemente genial y desaparecido “Nit d´arts”.  

Y al cabo de tanto tiempo, continúa con el mismo espíritu e ilusión.

“La rebotiga de l´òpera” no deja pues de ser “una cara lavada” del “Nit d´arts”, con muchos más recursos a nivel audiovisual y que además, aúna a la magia y a la emoción del directo de ver a aquel que revolucionó la didáctica en la ópera.

Marcel Gorgori, de profesión periodista – aunque sobran las aclaraciones- es un gran comunicador. Entusiasma a la gente con su entusiasmo y emociona al público con sus emociones. Y ayer por la tarde lo hizo de nuevo. Tocó temas varipintos que fueron desde las exigencias de los directores de orquesta para con los intérpretes, pasando por las dificultades de algunos momentos que se pueden encontrar en la mayoría de las óperas. Se detuvo un momento para mostrarnos el por qué el trabajo del director de orquesta es tan esencial para desembocar en un tema que se las trae, como es el ego de los intérpretes.

El concierto se alternaba con vídeos en los que se mostraban recortes de los ensayos, momentos de terapia colectiva y alguna que otra sorpresa que resultó ser un regalo inesperado al repertorio que figuraba en el folleto de mano.



Pianos, pianísimos, fortes, fiato, coordinación, metrónomo y romanticismo

El segundo espectáculo de Simfonova contaba en esta ocasión con tres fantásticos intérpretes. Por orden de rigurosa aparición: el tenor Carles Cosías, la soprano Sara Blanch y el barítono Carles Pachón.




Alguien quiere saber qué diferencia hay entre una nota acabada en “forte” o finalizada en un “pianísimo”… bien, pues ayer quedó bien claro cuando Marcel Gorgori y el director al servicio de los cantantes DANIEL ANTOLÍ, exigieron  en los ensayos semejante tarea –tal como vimos en la proyección del vídeo- al tenor CARLES COSÍAS que abrió el concierto con la preciosa y difícil aria de la “Carmen” de Bizet, “La fleur que tu m´avvais jetée”.

Cosías es un gran intérprete. Muy musical. Con un fraseo elegante que domina a la perfección y que sabe jugar muy bien con las palabras llegando a cotas de expresión insospechadas, pero no con esta aria. No con la Carmen en la que está completamente alejado de su estilo y sello personales.

La voz sonó bonita porque es bonita, y a pesar de que es una sentida declaración de amor, a esa “flor” le faltó un poco de agua. No estaba suficientemente regada. Un francés que hay que mejorar, un amago de afrancesar el son de la erre “a lo Alagna” que no le hace ningún favor –al contrario, le suena artificial- y un discurso para mí poco matizado en el que, un intérprete como Carles, puede dar mucho más de sí. El material está y es bueno, y estoy segura que a medida que la madure sabrá encontrar el sentimiento adecuado para hacer su aria más creíble. Debo destacar no obstante el escalofriante matiz que nos brindó en su “o ma Carmen” final. Aquí salió el Carles que me gusta. El Carles que imprime su sello propio, su sentimiento y su dominio brutal de la palabra. Tres palabras en un aria de tres minutos y poco, pero, fue su mejor aportación en un estilo que no le es para nada afín.



Imprimiendo carácter en la voz y acorde con las exigencias de una dificilísima partitura como lo es el aria de la Reina de la Noche de “La flauta mágica” de Mozart, la soprano SARA BLANCH se presentaba con mucha fuerza ante el público que ayer tarde llenaba el teatre Kursaal de Manresa. Sorteadas las agilidades, las notas picadas, las coloraturas de una manera fácil fruto del trabajo en la trastienda, un esfuerzo que no vimos, pero que sabemos que allí está.



Sufrió en los ensayos el barítono CARLES PACHÓN a quién tocó atacar una aria de alta dificultad como el “Io morrò, ma lieto in core” del “Don Carlo” verdiano. Una pieza que exige un más que considerable fiato. Encadenar cuatro frases sin respirar con un “tempo” lento es todo un “tour de force”, pero el joven Carles lo hizo. Y lo hizo bien. La voz es bonita y se desenvuelve con seguridad en el escenario pesar de que hace muy poco tiempo que canta.



Hasta ese momento habíamos sido testimonio de las dificultades a nivel individual, pero, tal como explicó el propio Marcel Gorgori, la cosa se complica cuando los intérpretes deben afrontar escenas en conjunto, como dúos, tercetos, concertantes… Llegó pues el turno del primer dueto de la tarde-noche en las voces de SARA BLANCH  y CARLES COSÍAS. La pieza en cuestión, el “Verrano a te sull´aure” de la donizettiana “Lucia di Lamermoor”. Evidentemente no cantaron el dúo entero. Una lástima, francamente, porque nos privaron de disfrutar del fraseo de Cosías en el recitado con su “Lucia perdona” y en el siguiente “Sulla tomba…” que, en su voz, estoy segura tiene que sonar extraordinariamente bien. Quizás algún día lo podamos comprobar.

Pasar de un Bizet, más verista, a un Donizetti más romántico y flotante en el paso de unos 10 o 15 minutos no debe ser nada fácil para la colocación adecuada de la voz. Al menos esta es la sensación que me dio, aunque la pseudo comodidad en esta pieza nada tenía que ver con la incomodidad de la primera. Y a pesar de ello, la voz continuaba sonando bonita, y el fraseo era mucho más adecuado con una apabullante concentración en el momento. Sara Blanch, cuya voz adolece gratamente de un tono un tanto oscuro, fue una discreta Lucia.





Del coro “a bocca chiusa” de la “Madame Butterfly” de Puccini se dio paso a otro momento audiovisual cuyo protagonismo se lo llevó CARLES PACHÓN y el ritmo marcado por el metrónomo, mientras veíamos trabajar al intérprete una de las arias más difíciles para el barítono, la conocida – a la vez que traidora- “Largo al factotum” de “Il barbiere di Siviglia”. Primero, diciendo la letra poco a poco para ir aumentando, según sugerencia de Marcel Gorgori, más y más hasta que irrumpe de verdad en el concierto la orquesta y Carles Pachón hace su entrada triunfal, en una aria ejecutada con nivel, aunque pasando algún que otro apurillo en alguna nota alta que se quedó un tanto corta.



Y después llegó, con una ópera bufa como “L´Elisir d´amore” de Donizetti uno de los grandes momentos de la tarde y que nos tenía reservados el tenor CARLES COSÍAS. Allí estaba el Carles que había estado un tanto adormecido en sus dos intervenciones anteriores. Su Nemorino, extraordinario donde los haya, arrancó un estruendo de aplausos. Su bonita voz, sus marcados acentos en cada una de las palabras y el sentimiento puesto en cada frase y en cada nota, le hicieron valedor de su gran triunfo. Los sentimientos a flor de piel, del mismo intérprete, pero también del público. Allí estaba como pez en el agua, y la voz, en esa tesitura, en belleza, no tiene rival.



Y repitió también, en estilo y sentimiento en el concertante que cierra el primer acto de esta misma ópera y que reza así “Adina, credimi” – particularmente uno de los momentos para mí más bonitos de esta extraordinaria ópera, que dicho sea de paso, adoro. Al lado de COSÍAS, BLANCH y PACHÓN, en sus respectivos roles de Adina y Belcore amenizaron el final de la primera parte.





De las tareas del director, del concertino, del arduo trabajo de actuar y… de los egos

Si uno mira detenidamente el programa, se dará cuenta de que está bien escogido, pero no es determinantemente largo. O, a simple vista no lo parece producto quizás del efecto de tener a unos muy buenos intérpretes encima del escenario.

MARCEL GORGORI relaja mucho el ambiente con sus instructivas aportaciones. No sé cuál pueda ser la relación entre la “rebotiga” y lo que voy a explicar a continuación. Hay un poco de mezcla quizás en el concepto de “rebotiga” y de que la ópera, cuando está bien interpretada, no puede ser solamente para unos cuantos, pero, en todo caso, haya o no un “leitmotive” entre ellos, agradezco el bache porque nos permitió gozar de una pieza más, de sorpresa, y de añadido a un extraordinario programa. Aunque el vídeo ya lo había escuchado hace un mes, pero no por ello dejó de sorprenderme y emocionarme de nuevo.

¿Que la ópera gusta incluso a aquel que nunca ha pisado un teatro? Es posible. Para comprobar tal cosa, los intérpretes accedieron a un experimento propuesto por el propio MARCEL GORGORI. Sacaron la ópera a la calle, y en una tarde de un día cualquiera, en pleno centro comercial, empezaron a sonar las sensacionales notas de uno de los concertantes más maravillosos que salieron de la pluma de Bellini, su “A te o cara” de “I puritani”.

Cuando, en medio de un barullo monumental se escucha una voz tan bonita como la de CARLES COSÍAS entonando el flotante “A te o cara”, incluso a aquel que la ópera o la música no le es algo afín, tiene la inmensa necesidad de pararse y escuchar. No puede ser de otra manera, porque voces así no se escuchan cada día y menos en un centro comercial.

El vídeo retrata como los transeúntes cargados con bolsas se detienen ante semejante belleza, y con las bocas abiertas quedan estupefactos ante un re sobreagudo que Cosías ataca sin temblar. Las voces de SARA BLANCH  y de ELISA VÉLEZ, junto a la de CARLES PACHÓN acompañados al piano por el maestro DANIEL ANTOLÍ, acaban de hacer posible el milagro: la ópera no es solo para unos pocos, sino para todos aquellos que con una nota se emocionan. Que no es necesario saber de ópera para que te guste, porque la música, simplemente llega y emociona. Inclusive al más insensible de los mortales. Este es el verdadero poder de la ópera y la voz le sirve de un ideal vehículo.

Gracias por este “cameo” no previsto, que nos permitió gozar de una pieza extra.



Para denotar la dificultad del trabajo del director de orquesta y el concertino, MARCEL GORGORI nos propuso otro vídeo, en el que quedó demostrado que una orquesta no es buena por la calidad de sus intérpretes – que también- pero la misma, sin un buen director que las conduzca no funcionaría. Nos destacaron también el trabajo del concertino, una figura conocida por su etiqueta pero de la que a veces se ignora cuál es el verdadero significado que se esconde tras la misma.





Y de dificultades el mundo de la ópera está llena. Cantar, expresar, llevar al público a cuotas máximas de emoción y placer es muy difícil. Algunos lo logran en exceso, otros lo intentan, y muchos no son capaces de lograrlo. La parte vocal, como es consabido es en todas ellas de unas dificultades endemoniadas, pero, cuando la partitura está rellena de coloraturas, de notas estratosféricamente altas y que exigen de una concentración y afinación bárbaras… si además de todo esto se exige que el cantante además, actúe, se hace doblemente dificultoso. Pero es que si además, a MARCEL GORGORI se le ocurre meter a SARA BLANCH dentro de un baúl para ambientar el tema de la credibilidad, y de ahí ayude a salir a la soprano transformada en la muñeca Olympia, la cosa adquiere otra dimensión.

Sara Blanch interpretó y muy bien a la autómata más famosa del mundo de la ópera, una partitura muy difícil, muy aguda y llena de exigencias que obliga a tener y hacer gala de una más que considerable técnica vocal. Y cumplió con creces su cometido.



Llegamos en este punto al capítulo de los egos, uno de los más morbosos del mundo de la ópera. Que el divo tal cancela… que la diva cual quiere una marca de agua especial y bajo contrato… que… y no continúo porque todos, en algún momento puntual hemos leído sobre ello. ¿Que los intérpretes tienen ego…? Unos más que otros, supongo. Es algo connatural en los artistas.

Esta conversación dio paso al divertido terceto de “La fille du regiment”, el simpaticón “Tous le trois reunis”. De nuevo en francés. De nuevo Donizetti. Y de nuevo las tres voces en el escenario: COSÍAS,  con un mejor francés, más distendido y divertido pero sin dejar de lado la concentración. BLANCH pizpireta y sensacional en la parte escénica y PACHÓN solvente, cerrando un maravilloso momento musical de la tarde. Un auténtico número de “revista” bien coordinado e interpretado.



Vino después un momento de reflexión de los cantantes. Psicoterapia colectiva que tuvo como maestro de ceremonias, y nunca mejor dicho, al tenor JAUME ARAGALL. Allí, con todos los protagonistas del concierto sentados, en mangas de camisas e informales, sin saber que las cámaras estaban grabando, dejaron salir momentos divertidos, como las imitaciones de Julio Iglesias y de Joan Manuel Serrat que nos brindó Carles Cosías – realmente un momentazo divertidíssimo- al son de “Che gelida manina” y de “Pirineu tes blanques comes” respectivamente; las dificultades narradas por Elisa Vélez después de ser madre; situaciones más incómodas vividas por el propio Aragall, y relatos de ilusiones frustradas por enfermedades sobrevenidas que truncaron una carrera que estaba despegando y volando a velocidad de cohete hasta los más importantes teatros. Carles Cosías, el protagonista de este relato verdadero lo comentaba con resignación y cabeza fría.



Afortunadamente pues, después de varios intentos, la solución llegó a su problema de un día para otro y gracias a ello, hoy podemos continuar gozando de esta – nunca me cansaré de decirlo- bella y extraordinaria voz. Siguió a este momento de recogimiento otro de sus grandes interpretaciones de la noche “È la solita storia” de “L´arlesiana” de Cilea, que CARLES COSÍAS, señores, borda. Cómodo, marcando palabras, sacando todo el sentimiento que hay tras ellas… Su “mi fai tanto male” es sencillamente arrebatador, y todo ello envuelto en la belleza tímbrica de su voz, le hicieron valedor del segundo estallido de aplausos de la noche.



Y de “La Arlesiana” al maravilloso dueto de “Los pescadores de perlas”, “Au fond de temple saint”. De nuevo en francés y de nuevo Bizet. En el primero, COSÍAS, no se había sentido tan cómodo; en este segundo, la comodidad era ya más evidente. Junto a él, el joven CARLES PACHÓN hicieron las delicias del público, mientras que una bellísima SARA BLANCH irrumpía, desde la platea hasta el escenario, simbolizando al personaje de Leila, la protagonista de esta ópera que Bizet, ambienta en Ceilán.

El concierto oficial, terminaba aquí, pero después de una ronda de aplausos, repitieron el divertido y simpático y pegadizo terceto de “Tous le trois réunis” de “La fille de regiment” de Donizetti con las mismas características que en la interpretación dentro de programa oficial.



Las emociones de la ópera

Una tarde divertida y de muchas emociones. Algunas de contradictorias. Otras de previsibles. Otras, reveladoras. Tarde de ilusiones, tarde de nostalgias. Una tarde de luz en medio de una oscuridad latente a la que solo eché en falta decirle a Marcel Gorgori, tal como si hacía en mi querido “Nit d´arts” : “Marcel, treu una pissarra…”.




domingo, 4 de diciembre de 2016

Noche de inmortales. Noche de emociones





El pasado viernes tuvo lugar en el Teatro de la Farándula de Sabadell un concierto dedicado a músicas de cine, a algunas de las bandas sonoras que en un momento u otro han formado sin duda parte de nuestras vidas. Nuestras, o de otros. Es muy importante el matiz.

El programa ofrecido por la ORQUESTRA SIMFÒNICA DEL VALLÈS dirigida por RUBÉN GIMENO hizo repaso a un variopinto repertorio, alguno más espectacular y galáctico y otro, propio y adecuado para ser escuchado un viernes por la noche, cuando el cuerpo, después de una larga jornada laboral, pide un poco de fiesta y diversión que ayudan a olvidar los problemas cotidianos.

Sin embargo, la balanza no fue siempre equilibrada. Algunas piezas demasiado largas que, a mi parecer, no acabaron de crear ambiente. Quizás conscientes de ello, y de que las músicas de bandas sonoras durante una película a veces acostumbran a pasar por desapercibidas, introdujeron el recurso de los diálogos hablados. Gran acierto a mi entender, y a ello me referiré más tarde.

Pero lo más especial, lo más bonito de la velada no fue la música, no fue el teatro, no fue el repertorio, sino una vez más la inmejorable compañía que me permitió sentir, y sentir de verdad, por primera vez, el poder y efecto de la música en cuerpo ajeno.



El poder de las voces. El poder de la música.

Dejando de lado las inmortales músicas que fueron desfilando una tras otra a lo largo de la hora y media que duró el espectáculo, para mí, se erigieron en protagonistas las voces de los dos actores, SALVADOR VIDAL y MERCÈ MONTALÀ. Cada uno a lo suyo, las cinéfilas melodías para sus amantes, y para los amantes de las palabras, las voces.

Es verdad que tuvo mucho más protagonismo la de Salvador Vidal que la de Mercè Montalà. Ha prestado su voz a actores como John Travolta, Mel Gibson, Ed Harris, Michael Douglas, Liam Neeson entre otros. Una voz típicamente de doblaje, de aquellas que retienes en la memoria y que cuando se la cambian al actor original te dices… “pero si esta no es la voz, por ejemplo, de Liam Neeson”. Es sorprendente, pero terriblemente cierto.

Y precisamente doblando a este sensacional actor es donde más aplausos obtuvo. Imaginad la escena, la orquesta tocando “La lista de Schindler”. Solo del violín. Todo en blanco y negro y Salvador-Liam en las reflexiones finales de la oscarizada película de Steven Spielberg: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”. Imposible en ese momento, en esos precisos instantes no emocionarse y derramar una lágrima. Las mías se confundieron también con las del propio doblador.

Otro de los grandes momentos, “Copying Beethoven” y de nuevo Salvador Vidal encarnando al maestro. Empieza describiendo la música que tiene en la cabeza y que no es capaz de oír. Entra un determinado instrumento, en una determinada clave, ahora, aumenta el volumen, y todo ello se eleva al cielo. De fondo, la “Oda a la alegría”. Excepcional.



Ritmo

Sensualidad. Sones pegadizos que te hacen llevar, por instinto, el ritmo en las manos y en los pies. Ganas de bailar y de que la noche no acabe. A tal fin contribuyeron las tres piezas (a pesar de que en el programa de mano aparezcan solo dos) de la película “Pulp fiction”, con la que además empezó el concierto, y de qué manera, acelerando y pisando fuerte para dar paso a dos músicas más profundas y serias como las de “La Misión” y “El patriota”.

Después de un estallido beethoveniano, con música dictada e imaginada (una escena que mucho tiene de la película “Amadeus”) la primera parte concluyó con un clásico de John Williams, “Jurassic Park”. Y en este momento, fue como decía, experimenté cómo el poder de la música (sin voz) puede hacer el efecto que a mí me hace la ópera. Sentir como alguien vive la música, cada nota, cada compás de una forma bastante parecida a la mía, pero a la vez, produciendo un efecto completamente distinto. Sentir la música en las manos y en los ojos de otra persona no tiene precio. Una gran experiencia vivida y que jamás podré olvidar.



Otras de inmortales

Humo de cigarrillos que cargan el ambiente de cabarets baratos, juegos de palabras subidas de tono, la cruda realidad vivida en los campos de concentración nazis, y para finalizar, un más que considerable hartazgo de marchas imperiales y de situaciones que se localizan en las estrellas.

Sin lugar a dudas, la “Suite” de la película “Chicago” fue de lo mejor de la noche, no en vano, supuso el segundo bis de la noche, capítulo – el de los bises- no demasiado generoso.

Inquietante el “Instinto básico” que dio paso, para mí, al instante mágico de “La lista de Schinler”. Desolación. Lágrimas. Tristeza. Pavor. Impotencia. Sentimientos, estos y muchos más que son descritos por la extraordinaria música del maestro John Williams y que contrasta con la enlatada, aunque en algún pasaje sutil y maravillosa “Star Wars”, aunque, la “Marcha Imperial o tema de Darth Vader” fue, para mis expectativas, un tanto decepcionante en el uso del metal que tan bien había sonado a lo largo del concierto.



The end

Y como toda película, el concierto llegó a su fin. Todas las imágenes proyectadas durante la ejecución musical a lo largo de todo el programa regresaron de nuevo al celuloide. Pero, antes de apagarse las luces, no podía falta otro clásico entre los clásicos, “Indiana Jones”, popular entre los populares, film de un domingo por la tarde, película para disfrutar y ver en familia. Aventuras, a mares. Diversión, a raudales. Y con diversión, porque siempre acaban bien.

Y así salimos el viernes por la noche de la Faràndula, divertidos y con una sonrisa en la cara. Y cuando vimos los muy originales títulos de crédito, en los que aparecían las fotografías de los miembros de la orquesta y de su director Rubén Gimeno, sabíamos que la cosa, esa vez sí, había llegado a su fin.

Las luces se apagaron. La claqueta, en estado de reposo. Tendremos que aguardar a la próxima instrucción que suene al grito de…. ¡¡¡“acción”!!! y de comienzo de nuevo al espectáculo para que este continúe.

lunes, 31 de octubre de 2016

Don Giovanni seduce en Sabadell





Cuando el calendario señala, implacable, finales de octubre, a todos – creo- nos viene en mente uno de los personajes más universales de nuestra literatura. El mito de Don Juan Tenorio que, entre la oscuridad y rachas de viento de la noche, conquista tras conquista, fechoría tras fechoría, se pasea, embozado, por las calles solitarias al lado de su fiel criado y compañero de corredurías. Sin embargo, todo ello hace que acabe deambulando entre la espesa bruma nocturna del cementerio desafiando al poder de la muerte y al mismo cielo, invocando al infierno, el mismo que, al final de la obra, le engullirá hasta sus abismales profundidades.

Personaje curioso e interesante.

Don Juan el conquistador. Don Juan el rebelde. Don Juan, el que goza de los placeres mundanos con desenfreno, sin control. Don Juan el pérfido que seduce por divertimiento y por hastío. Don Juan el mentiroso y el confabulador. Don Juan el que se burla de todo y de todos sin excepción. Don Juan el despiadado. Don Juan el que a nada ni a nadie teme. Don Juan, evidentemente, de alma libre.

Don Juan Tenorio, tan apasionante. Tan odiado. Pero no obstante tan querido y deseado. ¿Qué tiene Don Juan que nos agrade tanto? El típico chico malo que se contrapone a la bondad y a la nobleza, pero que, sin embargo, nos fascina.

Y qué mejor manera que empezar la Temporada de Ópera en Sabadell que con un “Don Giovanni”. Las fechas lo demandaban, y el público lo pedía a gritos. Buena elección para esta trigésimo quinta temporada.

Ni más ni menos que 35 años hace ya del empeño de nuestra ciudad para con una temporada operística estable, y a la par envidiable. Un trabajo bien hecho de la A.A.O.S que, no hubiera sido posible sin la pasión, empeño, ganas, entusiasmo y buen hacer de su presidenta Mirna Lacambra. A ella se le debe este reconocimiento, y al equipo que la ampara, la apoya y le brinda coraje y ganas para continuar con lo que en su momento fue un proyecto, y que, se ha consolidado – hace ya muchos años- como a una realidad.

Sabadell es una alternativa al Liceu. Una envidiable y atractiva opción con letras mayúsculas y de auténtico lujo. Sin duda, uno de los referentes más asentados musicalmente en toda la geografía catalana. Porque hay trabajo y dedicación detrás. Porque hay compromiso. Porque hay un buen plantel de voces. Pero sobretodo porque hay magia e ilusión. Y esa magia no sale solita de la chistera. Aquí no hay truco que valga. No, no lo hay. Aquí hay trabajo. Trabajo y del bueno. Así es que, mi primera felicitación es para todos aquellos que están tras el telón y que no se ven pero que son imprescindibles para que todo el engranaje funcione a la perfección.


Paleta de colores

La escenografía, reciclada de la anterior edición, es minimalista pero efectiva y tiene el don y la virtud de no molestar, lo que permite una total concentración en los verdaderos protagonistas que, en una ópera, deben ser siempre los cantantes. No lo olvidemos ni perdamos el horizonte. En esta ocasión, las riendas de la producción las sostenía PAU MONTERDE que opta, de forma inteligente, por tres colores principales: el negro, el blanco y el rojo.

El negro que acompaña la tiniebla y misterio de la noche y que personifica la oscuridad de su personaje principal y sus acciones. El blanco, como flor que se abre a la vida en contraste con el tema de la muerte que acecha y amenaza a Don Giovanni ya desde el inicio. Y el rojo de la lujuria, de la pasión, del desenfreno, de la orgía y del infierno.

Sigue también la lógica y el equilibrio el vestuario. Negro, blanco y rojo. Y un desvío hacia el lila del vestido de Doña Elvira en el segundo acto. Más suave que un rojo lujurioso pero que esconde tras él la pasión, la necesidad, la dependencia de este personaje para con Don Giovanni. Y desviados de esta línea, está el traje azul turquesa de Don Ottavio, y el negro-gris chispeante de Donna Anna.

Sin embargo, no quiero dejar de comentar otro color que, a mi parecer, tiene más de principal -como los otros mencionados- aunque en una primera lectura, pueda percibirse como secundario, y es el gris marmóreo de las estatuas que acompañan la escena a lo largo de toda la función. Es verdad que el negro lo asociamos a la muerte. Esto es indiscutible, pero, el gris no hace, sino que recordarnos que es su mismísima antesala. La frialdad de la muerte que ronda ya casi desde la primera escena y desde las primeras notas de la obertura. Oscuras, contundentes, aplastantes.

Interesante también como siempre la iluminación de NANI VALLS que ambienta sabiamente la noche, el día, los exteriores y los interiores. Es de auténtico lujo el contraste de la escena final cuando Don Giovanni se dispone a cenar y, en medio de las risotadas, irrumpe en su casa la estatua del Comendador. En ese momento, la estancia oscurece y arrastra con si el aire espeso, brumoso y enrarecido del cementerio. Es la ronda de la muerte que se avecina sobre la cabeza de Don Giovanni.

Buena lectura de la partitura mozartiana es la que hizo el maestro DANIEL MARTINEZ GIL DE TEJADA. Supo respirar bien con los cantantes y logró que la orquesta sonara a Mozart. Matiz importante, a pesar de que, en alguna ocasión puntual, la SIMFÒNICA DEL VALLÈS sonara demasiado fuerte haciendo inaudible en algún pasaje a los cantantes.


Tríades

Se diferenciaron dos. De forma clara y contundente a lo largo de toda la obra, pero, hubo una mucho más sobresaliente que la otra. Es así. Así fue. Y es de justicia así decirlo.

La primera de ellas, quizás la menos lucida – a pesar de haber buenas voces- fue la formada por Donna Anna, Donna Elvira y Don Ottavio.




Donna Anna, encarnada por NÚRIA VILÀ está dotada de una voz a primera escucha bonita y suficiente para el papel, pero con demasiado son metálico y frialdad que impide percibir los sentimientos del personaje. Zona aguda bien asentada, buena técnica y sorteo notable de coloraturas. Sobriedad en su interpretación, constancia y regularidad.




La otra “Donna”, que no es otra que Donna Elvira, fue encomendada en esta ocasión a EUGÈNIA MONTENEGRO. Tiene un timbre bonito y una voz interesante, sin embargo, empezó un tanto floja y a veces con notas que en la tesitura más central-baja parecían casi inaudibles, como afónicas. Lee bien su personaje y en su faz se trasluce la angustia de la amante traicionada, pero, creo que le encajan mejor los papeles más dulzones y con menos transcendencia en los que puede sacar a relucir mejores bazas, que las tiene. Aplaudida con entusiasmo fue su “Mi tradì” en el que solventó – a pesar de su dificultad- con eficiencia las difíciles coloraturas y canto encadenado que la hicieron, en más de una ocasión, sufrir.



 
Finalmente, DAVID ALEGRET, Don Ottavio, ayer tarde. Elegante en fraseo y adecuado en su discurso, aunque la voz del tenor no me pareció de aquellas que sean especialmente bonitas, en una tesitura muy alta con ciertos ecos nasales. Sorteó con más o menos eficiencia sus dos comprometidas arias, “Dalla sua pace” y “Il mio tesoro”. Escénicamente, lo que cabe esperar de un Don Ottavio, que pasa de forma intempestiva y discreta por la obra.



Inmejorable terceto

La atención sin duda recayó, ayer tarde en Sabadell, a la segunda de estas dos tríades de las que apuntaba en el separador anterior. Ellos tres fueron el principal atractivo y sustento de una ópera de tres horas, larga, con un interminable parangón de recitativos que, por primera vez, me permitieron confirmar que, en Mozart, los “recitativi” no tienen por qué ser apabullantemente aburridos, insulsos o sobrantes cuando – como en esta ocasión- se interpretan con elegancia, con sentido y profundidad, en lugar de pasar por encima hastiando hasta al más mozartiano de los mozartianos.




CARLES DAZA, nuestro Don Giovanni. En él recaían, claro está todas las expectativas de la función, no en balde, su personaje da título a la ópera, pero siempre es interesante cualquier actuación suya, porque nos permite apreciar la excelente evolución vocal, artística y psicológica del intérprete. Todo ello que ya auguré desde la primera vez que le escuché en casa. Han pasado desde aquel entonces 11 años, pero el cantante sigue haciendo gala y manteniendo aquello que le es innato: un lujoso fraseo, una dicción impoluta, nobleza en su canto, matiz e intención, todo ello, además, sazonado con un timbre baritonal de un color precioso que le hacen valedor de un merecido éxito.

Daza estaba cómodo vocalmente en su papel, en una tesitura, creo, que se adecua mucho a su vocalidad y expresividad. Él sabe remarcarlo a lo largo de toda la ópera, y hace que contraste notablemente las dos caras que – en su personal lectura- puso encima del escenario. Se dice, dicen, que Don Giovanni es un crápula, que tiene un lado muy oscuro. Que tiene maldad. No discutiré sobre ello a quienes han hecho esta interpretación y escrito sobre ello, pero, aunque así sea, y seguro que es así, me gustó el enfoque contrario.

Daza juega, y muy bien, al arte de la seducción. Su porte elegante y refinado le ayuda sin lugar a dudas, y aunque en su mirada pilla quizás se adivina un poco al libertino, sabe contenerse muy bien hasta el final. De manera que, jamás, viendo y escuchando su Don Giovanni, y analizando su interpretación escénica, repito, jamás podría odiar a semejante personaje a pesar de ser el chico malo, el burlón, el que nada le importa y el que aplasta a quien se le ponga por delante e intente destruir su filosofía de vida y visión, más que particular, del mundo. De su mundo lleno de libertinaje y fechorías.

Y es, como decía, en su escena final donde finalmente decide sacar el lado más oscuro y desafiante del personaje. Por robustez de voz, por expresión vocal, por interpretación escénica y por absoluta comodidad. Gran, gran escena su “finale”. Quizás con el paso de los años, y cuando madure el personaje nos ofrezca un Don Giovanni distinto. Pero, aunque distinto, estoy segura que será igualmente lleno y rico en matiz. Gran tarde la de Carles Daza.




¿Pero, que sería de Don Giovanni sin un contrapunto como el de Leporello? Cuesta de imaginar al “padrone” sin su “servo fedele”. O lo mismo vale decir, que ayer tarde Daza estuvo espléndido, pero no menos lo estuvo la genial interpretación de TONI MARSOL en un papel que conoce, y que, por características vocales, y a la par histriónicas, le hicieron valedor, también de un gran y predecible éxito.

Una real exhibición en su aria del catálogo, así como a lo largo de toda la función, en donde supo marcar la burla sin freno, pasando por la duda que se hinca en su corazón y que cuestiona sus malas acciones que predominan sobre las buenas, hasta la escena final de auténtico terror ante la faz desafiante de la muerte.

Estupenda compenetración, vocal y artística con Carles Daza, erigiéndose junto a este último, en uno de los más aplaudidos.




Como también lo fue la maravillosa, dulce y pizpireta Zerlina de la joven soprano SARA BLANCH. Mozart, inteligentemente, nos presenta a Zerlina con una música alegre y popular, que sigue a una escena oscura. Una oscuridad que preside casi toda la obra. Y ayer tarde, el genio de Mozart no pudo ir más acorde con la luminosa entrada del personaje. Pero no entró solamente la luz, fruto de un inteligente juego de luces que contrapone el bien y el mal, sino porque a nivel vocal, además, entró la frescura en escena. El contraste, entre una música y otra, mérito atribuible como decíamos al compositor salzburgués. La credibilidad y milagro para tal fusión, se la debemos a su intérprete a Sara Blanch que estuvo deliciosa en todas y cada una de sus intervenciones sin excepción.

Buena línea de canto, fraseo elegante y más que adecuado para el personaje y una voz bonita por naturaleza y sobretodo expresiva tanto en sus arias y duetos, como en los “recitativi” además de su creíble interpretación escénica.


Relegados al plano de la discreción quedaron el Masetto de JOAN CARLES ESTEVE y el Comentdatore de SINHO KIM.


Guiño final

Fue una tarde magnífica a nivel vocal a la altura de las expectativas creadas. Buenas voces, excelentes intérpretes y una obra para gozarla. Pero, lo mejor, lo más maravilloso de la tarde, mi guiño final, aludiendo claro está al título de este último separador, fue sin lugar a dudas, por la inmejorable compañía.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dolce Vita. Amaro Kaufmann




Parece ser que el otoño se ha instalado ya entre nosotros. Las primeras bajas temperaturas se empeñan ya en enfriar las casas que conservan aún ecos cálidos de un verano que, desgraciadamente hace ya días que tocó a su fin.

En estas épocas, pues, mientras escuchas el agua de la lluvia que repica insistente en los cristales de la ventana acabados de limpiar, apetece pues escuchar un disco cuyo telón de fondo tiene como escenario la bella Italia. Un disco de canción italiana y napolitana, repertorio que siempre funciona y conquista por sus preciosas y encantadoras melodías. Pero también porque cuando pensamos en semejante repertorio lo asociamos al verano, al calor, al amor y a la brillante luz del sol que se posa sobre nuestro azul mediterráneo. En definitiva, lo relacionamos con aquella época del año en la que somos más felices, y eso es, cuando estamos de vacaciones y relajados, libres del estrés que nos provoca el día a día.

Un disco, el último trabajo de JONAS KAUFMANN, que tiene, aparentemente todos los elementos para ser una pequeña joya a añadir en nuestra colección de música, y que, valga la redundancia, aparentemente, conquista de entrada por repertorio y por el interés que suscita su intérprete.

Así mismo, el vídeo promocional de la grabación es alentador, interesante e invita a pensar que Kaufmann puede sacar petróleo del mismo, porque en el breve trocito que nos presentan, la voz suena francamente bien. Pero lo cierto es que, volviendo a la apariencia, todo se queda en una falacia. En una ilusión. En una quimera.



Qui dove el mare luccica…

Con estas palabras de la canción “Caruso” comienza el disco. Y empieza potente con esta pieza a la que Kaufmann no le hace justicia. Ni a esta ni al resto de las que acaban completando un disco de una hora de duración que se hace, para mí, eterno, aun siendo una gran admiradora y amante de la canción italiana y napolitana. Y de Kaufmann, también.

Siempre he dicho que Jonas en italiano me cuesta, y me cuesta mucho. Y aquí rubrica mi pensamiento y opinión. El alemán, con su voz oscura, no consigue encontrar el estilo que requiere este tipo de repertorio. Le falta la luz del sol mediterráneo, le falta dulzura, le falta sentimiento y calidez. Y temperamento latino. Allí donde brilla el mar no luce pues su voz…

En alguna pieza se empeña en hacer uso de la media voz, pero nunca se sitúa ni se centra. Por ejemplo en un “Parla più piano” de la película “El padrino” podría haber puesto sobre la mesa toda una paleta de recursos, de estilo, de medias voces, de matiz… pero…hay muchos peros, muchas cosas a pulir y muchas otras a mejorar para rozar, y digo rozar, el estilo que demanda la música italiana.

Me da la sensación, pero, que el disco está cocido con fuego rápido en lugar de a fuego lento, con mimo, y con cariño. El repertorio no acaba de estar del todo equilibrado, y quizás las piezas menos conocidas se escapan de la inspirada música italiana que todos tenemos en la cabeza. Es como si hubieran puesto miles de canciones en una caja y, al azar, hubieran extraído, nada más y nada menos que 18, no todas acertadas en mi opinión, y venga… a grabar y a promocionar, que esto dará dinero.

Y sí, lo dará, pero ¿a costa de qué?... Eso el tiempo, lo dirá.

Y una y otra vez, Kaufmann lo intenta. O procura intentarlo. Pero a cada pieza que pasa, a cada obstáculo que sortea, le salen otros que le van poniendo en un sitio equivocado en el cual el tenor alemán no tiene cabida por mucho que se empeñe. Quizás en las piezas más conocidas y ya escuchadas como un “Non ti scordar di me…” o un “Core ´ngrato”… bueno… la cosa toma otra dimensión. No puedo decir que esté mal cantado, porque no lo está, Kaufmann llega y brilla en sus notas altas, no tanto, curiosamente, en las más graves, pero aún así el binomio Kaufmann-napolitana, no me encaja. Como el agua y el aceite. Una lástima. Decepciona. Mucho. Y más cuando una tiene unas expectativas tan y tan altas.






Neutras con cuenta-gotas…

Si algo espera una cuando escucha canción napolitana es el uso y abuso, a veces, de la vocal neutra que aquí en “Dolce vita” asoma discretamente. Solo en “Passione” Kaufmann hace reiterada gala de ellas.  Se notan trabajadas y se agradece el detalle, pero en el resto, brillan por su ausencia.

Sin embargo sí que debo loar la exquisita dicción en italiano, incluso en las piezas que no conocía, porque es realmente sensacional. Una no pierde palabra con Kaufmann, y lo único reprochable de ello es que no ha corregido ese uso y abuso de la erre que sigue sonando espantosamente fuerte y germánica y que, endurece el discurso en lugar de suavizarlo y ponerlo a tono y a compás de lo que está cantando. Un estilo que requiere de más sutileza y menos rigidez. No está cómodo y esto acaba haciéndose patente.






T´amo, sei tu il mio grande amore, la vita del mio cuore, sei solo tu…

Y estas palabras no van referidas a Kaufmann. Todas ellas, bellas y sentidas emanan de mi corazón, cada día, a cada instante de mi vida, porque mi gran amor, la vida de mi corazón, está en el cielo.

Con él descubrí dos de las canciones que el bávaro interpreta en este disco y que, lo reconozco, me hicieron llorar. Pero no por la interpretación, no por el estilo, no por el matiz, sino por lo que para nosotros significa. ¿Verdad? Desde el cielo, mi abuelo asiente diciendo que sí. Lo siento. Lo veo. Lo noto.

“Ti voglio tanto bene” quizás, remembranzas aparte, es para mí la mejor pieza del disco. Sin embargo, quedé bien decepcionada y chascada con su “Parlami d´amore, Mariù”, por los arreglos, por la forma de cantarlo, con un compás a veces que parece de vals, por la manera de marcar la palabra “tutta” y por falta de tacto y calidez.

Kaufmann jamás me convecerá haciendo esto.



¿Pero… es Kaufmann de verdad?

De la última pieza del disco… “Il libro dell´amore” completamente de más, y porque sabemos que es el quien canta, pero está irreconocible.

No Kaufmann, no… esto realmente no es lo tuyo. Un título sugerente “Dolce Vita” que al escucharlo me viene en mente Marcello Mastroiani y Anita Ekberg en su escena del baño en la Fontana de Trevi.

Y dices… sí, la cosa puede tener gancho comercial. Y lo tiene. Y lo tendrá, claro que sí porque Kaufmann lo vale, pero, quedará como mera anécdota, espero, en su carrera. Mejor escucharlo en Lied, o en ópera francesa o en cancioncillas alemanas de cabaret. Ahí está su lugar. Y que las italianas, las mediterráneas, se las deje a Alagna, hombre.




domingo, 4 de septiembre de 2016

Un casi impecable Kaufmann...




Decir Puccini es sinónimo de sentimiento, de emociones, y a la par, de éxito asegurado. Muchos somos los melómanos que adoramos al compositor de Lucca, por su música y por todas las sensaciones que con ella nos hace vivir.


Algo parecido sucede hoy en día en los teatros de ópera cuando se pronuncia el nombre de JONAS KAUFMANN. Decir su nombre es algo equivalente a un “sold out”, buenas expectativas y ganas de pasar una estupenda velada. Pero ojo, esto lleva con sí un poco de trampa y duda, porque no debemos olvidar que el divo muniqués hace sufrir a su público hasta el último momento. La sombra de la cancelación siempre envuelve su figura, y hasta que no le ves aparecer encima del escenario no puedes soltar el aire, respirar tranquilamente y decir “sí, esta noche va a ser inolvidable”. Es algo similar a lo que en catalán diríamos “el blat no pots dir que és blat fins que no és al sac i ben lligat, i tot així, encara s´escapa”.



Un comprometido programa

Puccini + Kaufmann. Esta es la propuesta que nos trae este DVD titulado “Jonas Kaufmann. An evening with Puccini” un concierto realizado en el Teatro alla Scala de Milan el 14 de junio de 2015.

Comprometido decía porque el tenor bávaro introduce en concierto arias difíciles de escuchar en las salas de los coliseos más grandes por los cuales se pasea, merecidamente, con un desafiante descaro– en el mejor sentido de la palabra.

Así pues a Jonas Kaufmann no le tiembla el pulso ni la voz a la hora de medirse cara a cara con el público milanés, y su desfile empieza con una tremenda aria, preciosa donde las haya e injustamente desechada en el fondo de un cajón “Ecco la casa, dio che orrenda notte” de “Le Villi”. Es aquí donde ya empieza a mostrarnos una vez más lo asentado que está su registro agudo. Las notas altas salen y brillan con luz propia dejando atrás ese color broncíneo oscuro de su voz.

Su discurso fluye quizás con un tempo para mí demasiado lento, pero ello nos permite poder gozar del fraseo impecable e inteligente de este artista que tiene el don – gracias a Dios- de entender que la música y las palabras tienen que ir unidas. Kaufmann sabe darles el sentido que necesitan y merecen para que lleguen al público y produzca en ellos el efecto mágico que todo cantante, creo, desea: que al oyente se le ponga el vello de punta. Y Jonas Kaufmann lo consigue en más de una ocasión a lo largo de este concierto.

Siempre he dicho, hasta ahora, que Kaufmann y Puccini eran un poco como el aceite y el agua. Siempre he sentido un poco de reticencia por los puccinis kaufmanianos porque en nada de lo que le había escuchado le había encontrado de lleno en el estilo que la música del gran Giacomo Puccini requiere: dulzura, cuando se necesita; vísceras cuando vas a morir desesperado; cariño y admiración ante el primer estallido sexual de un estudiante de 20 años; o el empuje y arrogancia de un hombre que se  ve ya vencedor de una prueba que le dará como medalla a una princesa a la que debe fundir con su sangre hirviente de fervor.

No.

Jamás había escuchado a Kaufmann hacer esto hasta este concierto en Milán. Es aquí donde encuentro en su actuación todo esto: brillo, estilo, pulcro fraseo, sus medias voces – que no obstante ya conocemos- pero que aquí llenan de sentido su interpretación. Y sobre todo, algo que también ya sabemos, el dominio del texto aunque aquí esto quede mucho más remarcado. Un claro ejemplo de todo ello, su “E lucevan le stelle” de la “Tosca”.

Bravo. Bravo Kaufmann.



Impecable

Así podría definir sus dos grandes arias de “Manon Lescaut”, en primer lugar su “Donna non vidi mai” para después cambiar de rango y pasar de la dulzura del enamoramiento al ruego más desesperado del hombre que ama con su “Guardate, pazzo son”. Agudos asentadísimos, no hace falta que repita elogios porque van todos en la misma línea, minuciosos detalles en su fraseo e uso inteligente de nuevo de las medias voces.

Y algo parejo sucede también con otra que resulta ser también impecable, su “Or son sei mesi” de “La fanciulla del west”. De nuevo aquí Kaufmann pone sobre las tablas todos sus medios y recursos de los que dispone para que su canto llegue al corazón igual que el dardo que da en el centro de la diana. Kaufmann es así. Sorprendente pero previsible. Sabes que lo hará, pero lo mágico está en que nunca sabes cómo lo hará. Y ahí es donde sale el gran artista que Kaufmann es. Puede gustar más o menos su voz, su forma de cantar, su estilo o sus maneras pero Kaufmann es sin duda uno de los dos grandes tenores del momento, con el permiso aún del Decano de todos ellos.

El concierto, dirigido por JOCHEN RIEDER que debutaba en la Scala de Milán al frente de su orquesta titular, termina con uno de los grandes hits del mundo operístico, y no es ni más ni menos que un muy raído, pero siempre bello y agradecido, “Nessun dorma” que Kaufmann sortea sin dificultad, con estilo indiscutible y con los agudos que le corresponden, a pesar de que esta pieza, esta gran aria para siempre jamás irá asociada a la voz del muy añorado Luciano Pavarotti. No tenemos ahora al divo de Módena, pero Kaufmann es un digno candidato para hacer que este “Nessun dorma” continue siendo inmortal.

El concierto finaliza precisamente, como decía, al son de “Vincerò” pero, y es algo ya connatural en todos los conciertos que después del oficial que figura en programa, vengan los bises, y en eso Kaufmann es uno de los más generosos.

Cinco ni más ni menos ofreció el alemán, empezando como no, por “Recondita armonía” de la “Tosca” y allí de nuevo Kaufmann vuelve a emocionar con voz y sobre todo por haber mejorado – para mí- el estilo y la forma de afrontar esta delicada aria que se canta, no lo olvidemos, dentro de una iglesia. Su discurso un tanto lento – quizás como decía al principio del escrito- es lo que puedo reprocharle al muniqués, pero, la lentitud tiene – como decía también- su parte positiva permitiéndole envolver y dotar de sentido latente a las palabras pronunciadas. Su “Sei tu” final dirigido a Tosca disminuyendo volumen dota a la pieza de una originalidad curiosa. Sí, Kaufmann es un gran cantante señoras y señores.

Su “Ch´ella mi creda”, segundo de los bises, no es tan emocionante como su hermana mayor antes ya comentada “Or son sei mesi” y cierra el capítulo de la sutilidad con su ya famosa “Ombra di nube” etiqueta que distingue a Jonas Kaufmann. Es de aquellas piezas que en sus conciertos o recitales jamás, jamás fallan.

Y el ambiente, ya más relajado, nos lleva a la preciosa “Non ti scordar di me” donde el tempo lento vuelve a jugar, tal como es consabido, a favor del tenor alemán. Él lo sabe y lo explota al máximo.



Y cuando uno se despajarita…

Pues cuando uno se despajarita, está en los bises, es agasajado con ramos de flores espontáneos de las féminas que llenaban la Scala, cuando uno percibe cajas de regalos en pleno escenario, vítores y bravos sin parar, entiendo que suba la temperatura, del teatro y del propio tenor.

Así es que, Kaufmann ni corto ni perezoso, con la ayuda del maestro Rieder, en un acto – para mí- de poco respeto al público que llenaba la Scala, se desabrocha un botón de la camisa y se saca la pajarita negra del esmoquin.

Y, como decía, cuando uno se despajarita, sucede lo que sucede, se desconcentra, se lía con la letra aunque sin perder el compás, y coloca la segunda estrofa del “Nessun dorma” en la primera, en un gesto espontáneo del propio tenor que payasea ante su propia patinada. Él se lo toma riendo, salva la pieza e impresiona con su agudo final. La fiesta termina y todo son risas y alegrías.

Me alegro por él aunque a mí me quede un regusto agridulce ante semejante escena.

Aunque todos somos humanos y todos nos equivocamos, cosas así – aunque restará como una mera anécdota simpaticona- no hacen ningún favor ni bien a un artista de la talla y categoría de Jonas Kaufmann. Una lástima.

Impecable, Kaufmann… casi impecable.