viernes, 30 de junio de 2017

Un Otello en fase de construcción




Y no canceló.

Esta vez sí que no lo hizo a pesar de que todos mis temores apuntaban en una única dirección, que era el tener que enfrentarme una vez más a un nuevo plantón del tenor germano. Por el resto, todo sobre lo previsto. Sin sorpresas.
Este “Otello” era uno de los grandes acontecimientos de la temporada operística a nivel internacional y tuvo lugar el pasado miércoles en el Covent Garden de Londres, una semana después de que JONAS KAUFFANN cantara por primera vez el difícil y extenuante papel de Otello. La expectación era máxima, la curiosidad extrema.
“Otello” es una de aquellas óperas que todo tenor quiere cantar, pero para la cual no todos reúnen las capacidades vocales y artísticas para hacerlo, porque en esta ópera de Verdi, ambas deben ir unidas indisolublemente de la mano. Cuando está la primera y la segunda no, la cosa no funciona. Pero tampoco cuando la segunda es extraordinaria, pero falta la primera. Y para huir corriendo cuando no se da ninguna de las dos, que a veces también ocurre.
Este pasado miércoles la ROH lucía todas sus galas. Un teatro lleno a rebosar. La sala ansiosa. No en balde pues, Jonas Kaufmann despierta pasiones por allí donde camina, y cada paso suyo, por pequeño que sea retumba tan fuerte que se convierte en un acontecimiento mediático de alto voltaje.
Gracias a la iniciativa de la “Ópera en el cine” esta vez sí pudimos gozar en los cines de Sabadell de la retransmisión en directo. Así es que, en un abrir y cerrar de ojos, a las 8 y media de la tarde-norche viajamos virtualmente a Londres con ganas de respirar con los intérpretes y público real cada nota, cada instante, cada momento dramático de la obra maestra de Verdi.


Caja negra, pensamientos oscuros
La puesta en escena de KEITH WARNER no aporta pizca de singularidad. La idea de mostrar una caja negra sin elementos decorativos hastía pero no molesta ni distrae al oyente y le permite y deja que se centre en la música y en el cantante. Algo es algo. Y este algo, es para mí, mucho. Quizás en la retransmisión en las salas se hubiera agradecido más primeros planos en los momentos cruciales de la ópera, pues la negrura que domina casi toda la obra solapa el trabajo escénico del cantante-intérprete, por otro lado, quizás no suficientemente definido en cuanto a los personajes principales se refiere.
Los momentos de luz los aportan las intervenciones de Desdemona con su halo de inocencia y candidez veladas con interesantes y suntuosas celosías que ofrecían un soplo de aire fresco en un ambiente enrarecido por la ambición, la envidia y el engaño.
Tampoco es nada del otro mundo el vestuario, que si bien logra un equilibrio en Otello -Desdémona – Yago, desfallece con el de Emilia, con una peluca salida de no se sabe dónde y con el de los embajadores venecianos, de riguroso blanco como diciendo al público que ellos son los buenos. Quizás así sea a los ojos del público y de los habitantes chipriotas que colman la isla de alegría, borracheras y fuego. El blanco como sinónimo del bien. Pero creo que, la interpretación en la mente desquiciada de Otello quizás no sea así.  ¿Será por esto que se les viste de blanco como símil o guiño a Star Wars, para hacer reflexionar al público que no todo lo blanco y luminoso es bueno y que no todo lo negro y oscuro es malo? ¿No será que el director de escena pretende que nos pongamos en la mente del personaje principal y empaticemos más con él y con sus injustificables actos? Creo que la combinación de los colores puede tener numerosas lecturas.
Detalles escénicos para olvidar, pues el paseo del león alado de Venecia cuando los venecianos entran en escena y que no aporta más que un estruendoso ridículo o la gran – e innecesaria- hemorragia de Otello en el acto final cuando, habiendo descubierto la maquiavélica telaraña tejida por Yago, se suicida con un puñal… “Oh gloria… Otello, fu…”.

El gran triunfador
Una vez más. Como siempre que este gran músico aparece en el podio.
ANTONIO PAPPANO ese sabio y conocedor del lenguaje musical, conductor de orquestas y cantantes que es el líder indiscutible de la ROH sin el cual, este “Otello” no hubiera sido lo que fue. Y es que podría haber resultado algo más que lo se escuchó el miércoles, si atendemos la solera de la ROH y de los cantantes, cuyo reparto encabezaba una de las voces que, a día de hoy, críticos, músicos, revistas musicales especializadas, prensa y público en general la considera como una de las mejores en la cuerda de tenor. Pero en esto, no tuvo la culpa Pappano.
Empezó con un gran momento describiendo la tormenta con la que se abre la ópera con una orquesta sonando a toda potencia secundando unos brillantes coros. Pero después de la furia inicial recrea espectacularmente la escena de calma del final del primer acto creando una atmósfera serena y nocturna antes de volver a las negras tribulaciones que ofuscan la mente de Otello y que Yago va carcomiendo desde el inicio de la ópera.
Pero sí que destaco la inteligencia con la que afronta la gran – y cansina- escena de Desdemona y su inacabable versión de la “canzon del salice”, un momento en el que Verdi perdió su inspiración pero que Pappano recondujo con un tempo correcto y con una buena lectura de la soprano que si bien, no evita la pesadez del aria, ayuda a sobrellevar esos 7 u 8 minutos que dura. Quizás un poco menos..., pero minutos que simulan ser una hora entera.

Desdemona y Yago
Dos de personajes que forman la “tripleta central” que componen la magistral obra del maestro de Busetto.


MARIA AGRESTA está suficientemente cómoda en un papel que, por voz, le encaja perfectamente. De un lirismo puro, su discurso es limpio e imprime el justo carácter para dotar a Desdemona de esa dulzura que requiere el personaje, sin dejar de mostrar por otro lado, el carácter que la hace “compañera” y no tanto sumisa del hombre con quien se ha desposado. Del moro con el que ha contraído matrimonio.
Lo cierto es que la soprano, al igual que le sucedió a Jonas Kauffmann, fue de menos a más a lo largo de la noche, logrando su punto más álgido en el dueto del tercer acto sin adolecer de exceso de patetismo ni de debilidad.



Quien crea que el barítono MARCO VRATOGNA es Yago o puede cantar un Yago, está completamente equivocado. Bien es cierto que su dicción es extremadamente impoluta e intentaba poner intención en su texto, pero el problema radica en que abusó de un exceso de recitado, más hablado que no cantado. Este es un recurso al cual podría haber acudido en algún momento puntual de la obra, pero no abusar de él en todo el segundo acto cuando su perversa mente envenena el débil y ofuscado cerebro del moro.
Quien crea que Yago se puede interpretar con una voz como la de Vratogna, continua estando errado. En su voz falta robustez, consistencia, lirismo cuando lo requiere, y malicia, intención y cuerpo. Prueba de ello, su “Credo” pasó un tanto más que desapercibido, y solamente en las escenas con Otello alcanzaba quizás credibilidad su personaje y voz, quizás debido a que Otello carecía de ella.

¿Jonas Kaufmann, Otello?
Decía al principio de este comentario que me preocupaba más la cancelación del muniqués que la interpretación que hizo en sí, porque conociendo como canta e interpreta JONAS KAUFMANN escuché y vi, lo que esperaba oír y visualizar.
Otello, es un gran personaje, con una mente llena de tormentas y de dudas. Es un moro que sufre de un bestial complejo de inferioridad. Un negro en medio de una sociedad de blancos a la cual mira  con recelo y que desconfía del que no es su semejante. Un hombre que a pesar de ser un reputado guerrero y ganador en mil y una batallas que podían enardecer y elevar su espíritu a la cúspide del orgullo, la verdad resulta ser que su moral camina más abajo del suelo por donde pisa.
Es alguien acostumbrado a la rudeza, al mando, a dar órdenes. Es brutal, salvaje y furioso. Solo la proximidad de Desdemona deja entrever al amante, al hombre rendido ante los placeres carnales. Otello es además la máxima autoridad en Chipre por voluntad del Dux de Venecia. Un personaje acorazado que genera e infunde terror lanzando únicamente una simple mirada, pero en realidad resulta ser un hombre con muchas debilidades ocultas tras sus vestiduras y que solo el maléfico de su alférez Yago ha sabido leerlas en el fondo de su corazón y en lo más alto de su mente y pensamiento.
Así es Otello. Este es Otello.

¿Es pues Jonas Kaufmann el héroe? ¿Es Kaufmann, pues, el guerrero?

“È quel che´egli è”.




Antes de entrar en un detalle más exahustivo y explicar cuál ha sido el “Otello” del alemán, quiero lanzarle mi más grande admiración por el coraje y valentía de afrontar una ópera tan sumamente complicada y exigente como es el “Otello” verdiano quizás en un momento en que su voz, a pesar de su reciente parón, no es lo que era 8 años atrás cuando nos fascinó con sus “Carmen” o con su inolvidable “Werther” en la Bastilla de París.

A Kaufmann le falta autoridad, carácter y brutalidad. Le falta el dramatismo y el impulso de la sangre en las venas que hierven de indignación, de dolor y de ofuscación. Nunca grita. Jamás. Todo lo resuelve de forma completamente llana sin dejar lugar a que el espectador sea capaz de discernir si está contento, si está enfadado, si medita, si maquina o si por el contrario le están devorando los mil demonios que Yago injerta con un solo pinchazo en su cerebro.

Su “Esultate” incial, a la par que apagado y oscuro con el que no consigue levantar a la sala tampoco llega a regocijar al pueblo. Y a él tampoco. Decepcionante, pues. Es como si anunciara una victoria descafeinada, porque Kaufmann no hace creíble el personaje y tampoco se lo cree él. Tres cuartos de lo mismo sucede con su “Abasso le spade” que no atemoriza ni a una mosca. Otello requiere más vísceras, más sangre. Más de todo. Tienes que dejarte la piel encima del escenario. La piel, la voz y el cuerpo entero. Y también el alma. De lo contrario el engranaje no empieza ni a funcionar.

Quizás uno de los inconvenientes que se hicieron más evidentes sobretodo en el transcurso de los dos primeros actos es que Kaufmann estaba excesiva y extremadamente concentrado en la parte vocal. Obvio por un lado, pero esto le impedía dotar de carne y huesos y de sentimientos al moro de Venecia.
Y esto se dio en el primero, pero también y con más motivo en el segundo que es cuando debe plasmarse ese giro del personaje. El giro que le lleva a una infundada locura y ofuscación y a poner en punto muerto su pensamiento reflexivo.

No, Kaufmann ni por asombro es Otello. No ahora, ni en dos o tres años a la vista me atrevería a decir, si dentro de este período, aún tiene fuerza y voz para cantarlo. Necesita mucho, mucho rodaje que no tiene y hacer una introspección en el personaje urgentemente. Esta función, no obstante, era ni más ni menos la tercera que cantaba y podría justificarse simplemente con esto, pero no es lo que se espera de un artista como Jonas Kaufmann que revienta teatros y los llena hasta la bandera.

No obstante, la parte dramática mejoró en el tercer acto. En el dueto con Desdemona me pareció un poco más creíble y más metido en el personaje, para regresar de nuevo a un cuarto bastante decepcionante.




En cuanto a nivel vocal, la voz, pasada por cable y a través del micro y con los altavoces a toda potencia en el cine puede llevarnos al engaño, porque lo escuchado a la distancia no es lo mismo que pudieron apreciar los londinenses congregados en la ROH. Y esto es algo a tener en cuenta. Kaufmann posee volumen, y en el cine la voz respondía… ¿Pero… y en directo, fue así?
Medios tiene, y llega donde tiene que llegar. Tenemos que recordar que estamos ante una partitura extrema y con este personaje la voz siempre está al límite y todos los Otellos, se llamen como se llamen, han luchado y tienen que guerrear con una diabólica música surgida de la genialidad del maestro Giuseppe Verdi y con un volumen orquestal muy grande.

Atacó agudos sin temblar, siempre con extrema concentración, la cual, finalizado su monólogo del tercer acto “Dio, mi potevi…” relajó un tanto y no se manifestó de forma tan obvia. Éste, junto con el dueto del tercer acto con Desdemona, fueron en mi opinión sus mejores aportaciones en la noche estival inglesa.

Decía que la voz no es la que fue, y en las notas más altas, allí donde antaño había un poco más de brillo que contrastaba a la perfección con su timbre oscuro más de barítono que de tenor, ahora no está. La voz siempre suena oscura. En el centro y en las alturas. A pesar de todo ello, Kaufmann firma un correcto “Otello” pero que no es para tirar cohetes en una representación equilibrada donde el entusiasmo brilló por su ausencia, pero del que sale victorioso porque el otro gran personaje, Yago, no está tampoco a la altura de las circunstancias. Y por ello no se come ni ensombrece la aportación del alemán, de haber sido así, el resultado de la función hubiera sido patético y nefasto. Más decepcionante aún.
A pesar de todos estos peros, más que recomendable ver esta primera incursión de Jonas Kaufmann en el “Otello” cuando – si así acaba siendo- la ROH edite la función y la comercialice. Un documento curioso. O que lo será quizás de aquí 30 años cuando hablemos y recordemos el primer “Otello” del bávaro.


4 comentarios:

Monica Menconi dijo...

Gran reseña. Agudo análisis de la obra y de los intérpretes. Esperaba lo que has escrito pues ya me había formado (a priori) una opinión toda vez que hube leído cuanta crítica pude. Desde el New York Times (Mr Woolfe se rindió a los pies de JK con total soltura...) a todos los periódicos londinenses. Y es allí donde tu reseña coincide con ellos básicamente en lo mismo: al Otello de Jonas le falta mucho rodaje y hacerlo carne. Esto último es lo MAS importante y es lo que he venido notando en JK: cuida demasiado la corrección vocal, los movimientos escénicos, la marcación del director de escena y se "olvida de vivir" (bueno...Julio Iglesias dixit) su personaje. Asi le pasó con casi todas las últimas óperas que encaró: Manon Lescaut, Andrea Chenier, un poco menos con Cavalleria, La Forza, algún Don Carlos (no todos...), mejor ni hablar de La Fanciulla. Solo se suelta cuando canta en su lengua madre, pero claro lo mejor lo hizo antes de que le pasara lo que le pasó. Y lo que le pasó dejó huellas. Seguro sabe que lucha con algunos fantasmas. Es una carga muy densa las casi tres décadas en las que Plácido Domingo llevó el Otello a alturas indescriptibles. Será cuestión de ver si a futuro puede crear su propio Otello.

marta dijo...

Completamente de acuerdo. No se podrìa haber comentado mejor este Otello!

Teresa Roca dijo...

Querida Mónica,

Muchas gracias. Todo sobre lo previsto, lo que ya esperaba desde un buen principio de un cantante como JK. Espero que en algún momento puedas verlo y lo podamos analizar en conjunto.
Un beso.

Teresa Roca dijo...

Hola Marta,

Muchas gracias por tus palabras. Lamentablemente parece ser que las opiniones acerca del primer Otello de JK apuntan en la misma dirección. Veremos que pasa en un futuro.
Un saludo,