jueves, 6 de junio de 2013

¿Qué está pasando con los tenores?

Precisamente esta era la frase que el pasado jueves por la tarde se hacía, en voz alta, una persona a la que quiero y aprecio muchísimo, y a la que, estoy segura, no le importará que haga mías sus palabras y las utilice como título de entrada de este post.
Siempre se ha dicho que los tenores son una especie en extinción: sí, surgen voces nuevas cada día, pero entre ellas, muy pocas llegan a grandes niveles de excelsitud.
Cada generación emite el mismo juicio: “cómo este no va salir ninguno más”, pero el tiempo, acaba desmintiendo dichas sentencias. Sólo el tiempo.
Si actualmente tuviera que destacar voces tenoriles, creo que hay dos que merecen ser nombradas, y los voy a enumerar por orden de edad: Roberto Alagna y Jonas Kaufmann.
Creo que los dos, con permiso de un señor que se llama Plácido Domingo, son los máximos exponentes de la lírica actual, cuyas voces son disputadas por los teatros más importates del mundo, los que más seguidores tienen y porque – es la triste realidad - no hay otros en activo que puedan afrontar, con cierta garantía, sus respectivos repertorios.
 
 
 
Expuesto esto, pero, me gustaría hacer una reflexión que siempre he hecho como aficionada, y la cual me gustaría que, ellos como artistas, como cantantes, como personas que tienen el don de hacer emocionar a las gentes con la fuerza de sus voces se hicieran solo de vez en cuando.
Cuando un cantante firma un contrato, a tres, cuatro e incluso a cinco años vista, quedan comprometidos con un teatro y con una ciudad, pero cuando se hace eco de este acuerdo y llega al oído del aficionado, y éste, en la mayoría de los casos, haciendo esfuerzos sobrehumanos, decide desplazarse a un determinado punto del mundo para disfrutar de ese espectáculo, el artista no solamente tiene compromiso con el teatro que le ha contratado, sino también con el público. Con su público, que en definitiva es quien le llena el teatro y quien le da de comer.
La relación con el teatro no pasa más allá de lo meramente profesional, sin embargo, con el aficionado se crea un lazo o un vínculo moral o sentimental. Desde el momento en que el público adquiere una entrada, detrás hay mucho más que una noche en la ópera: hay un viaje, hay una ilusión, hay una expectativa tan grande que, de ser conscientes de ello, los cantantes se lo pensarían dos veces antes de retirarse, cancelar un concierto o bien posponerlo.
¿Pueden ellos ser capaces de imaginar el daño moral y la desilusión, el desengaño que ellos mismos propician cuando un artista decide cancelar un espectáculo? Supongo que sí, algo deben sospechar, pero no sé hasta qué punto.
Esto es precisamente lo que me pasó a mí este fin de semana, cuando después de haber preparado con una gran ilusión un viaje a Milán – ciudad a la que quiero de forma especial por un hecho relacionado con la ópera y que ahora no viene a caso – y hacerme a la idea de que por fin podría disfrutar de la Scala en una representación, cuando después de escuchar una vez y otra, y otra, y otra el repertorio que escucharía este sábado, fue cuando el jueves por la tarde, la web de la Scala anunciaba que el tenor germano Jonas Kaufmann, debido a una repentina enfermedad, debía retirarse del recital que estaba previsto y posponía su actuación hasta el 21 de octubre.
No es la primera vez que Kaufmann cancela un recital, o una representación operística, ni más ni menos recientemente hizo lo propio en Viena, cancelando un par de Parsifales, y yo misma ya había vivido esta situación cuando en 2010 canceló una “Bella molinera” en el Liceu.
Cuando has puesto tanta ilusión y tantos nervios, cuando has esperado medio año para escuchar al artista, y cuando te has pasado una semana oyendo lo que vas a ecuchar en directo, el batacazo es tan grande… genera tanta impotencia que a una se le pasan las ganas de repetir, de esperar y de desplazarse.
¿Y por qué hacerlo, si tarde o temprano se va a subir en internet o se va a sacar la filmación en DVD?
Cierto es que el directo es insustituible, su magia es inalcanzable desde el sofá de casa, pero llega un punto que, cuando has invertido tu tiempo, tu dinero, y sobretodo la ilusión, y ésta se derrumba cual castillo de naipes, hace que una se replantee muchas cosas. Porque aquí, seamos sinceros, el dinero duele perderlo pero, la ilusión no hay dinero en el mundo que la restituya.
Sí, me da miedo ya cogerme entradas para próximas actuaciones de Jonas Kaufmann. Durante los tres años que hace que sigo su carrera, ya es la segunda cancelación que sufro. Dos de cuatro intentos que he hecho de escucharle. Balanza equilibradada, pues que diría alguien.
Tengo entradas para su “Winterreise” en Barcelona. No quiero hacerme ilusiones de que venga a cantarlo. Prefiero pensar que no y así no me llevaré otro disgusto. Y si al final, resulta que sí, que “ninguna enfermedad sobrevenida” le impide cumplir con su compromiso con el público del Liceu, nos llevaremos una sorpresa. Confiamos y esperamos que así sea, todos somos humanos, todos enfermamos. Lo comprendo perfectamente.
Cuando se compran las entradas con tanto tiempo de antelación sólo se puede proceder de esta manera cuando quien cante sea Plácido Domingo, que a sus 72 años, con una operación de cáncer de colon a sus espaldas, y con una reputación artística con la que no tiene que demostrar ya nada a estas alturas de su carrera, les da a los jóvenes una lección de profesionalidad cada día. Y cuando Plácido cancela es que se está muriendo, si se me permite expresarlo así.
 

2 comentarios:

Monica dijo...

Estoy TOTALMENTE DE ACUERDO con lo expresado. Lo has dicho de manera perfecta. Debo decir que yo vi 4 veces a Jonas y fui afortunada. Comparto tu opinion respecto de Placido. Quiero a este hombre con todo mi corazon y es verdad todo lo que dices de él.

brunilda dijo...

¡Bienvenida, Mónica!

Pues sí, realmente afortunada que has podido escucharle cuatro veces. Yo he hecho lo propio en dos ocasiones, las otras dos por las que tenía entrada me canceló. Es verdad que todos somos humanos y todos podemos estar enfermos, pero qué casualidad que siempre cancela para la función que yo tengo entrada... en fin...

Sobre Plácido, su profesionalidad no tiene límite. Le he escuchado cantar resfriado, con traqueítis, con alergia, de ello hace dos meses en Nueva York, y no canceló. He aquí el sentido de la responsabilidad. No hay palabras para definirlo.

Saludos,