domingo, 10 de julio de 2011

Poderoso Plácido

9 de julio de 2011...

Una fecha que todos los aficionados a la ópera tardaremos en olvidar.

Había sido ya todo un éxito la representación del “Tamerlano” de Händel el pasado miércoles, primera de las dos funciones programadas por el Gran Teatre del Liceu, y nada daba pie a pensar que la función del sábado no lo fuera.
Todos íbamos entusiasmados ante la gran expectativa suscitada por la representación anterior.


No soy partidaria de las óperas ofrecidas en versión de concierto, ya que considero que una ópera es un conjunto de elementos que la hacen única y mágica: teatro, decorado, vestuario, y voces, sobretodo esas grandes voces que te elevan a lo más alto.
Voces que hacen emocionarte con el más mínimo susurro, pero.., cuando un teatro programa una ópera en versión concierto, y ante las enrevesadas puestas en escena de las cuales se hace gala hoy en día, y... cuando además – como ayer- se tira la casa por la ventana y todo el elenco es de “primera división”, no hace falta apoyarse en un decorado, en un vestido o en un gesto para vivir las mismas sensaciones que con una ópera representada.

El barroco definitivamente no es mí estilo, nunca lo ha sido y jamás lo será por mucho que lo intente. Puede hacerse más pasable si las voces que lo interpretan son de gran calidad, pero me quedo aquí.
Había visto esta obra en Madrid tres años atrás y no me gustó. Ayer siguió sin gustarme, insisto, la obra, aunque debo reconocer la gran excelsitud de todos los intérpretes.

Dentro del teatro, la puerta de entrada a la platea mostraba ya los atriles de los intérpretes. La inmensidad de la sala barcelonesa, aún vacía, se abría ante mís ojos.

Y quise disfrutar del momento del acceso a la platea. Disfrutar el paseo hasta la primera fila con mís entradas soñadas. Todo a punto para que empezara la representación. Teníamos ni más ni menos que cuatro horas por delante.

Pasemos pues a la parte estrictamente musical.


WILLIAM LACEY tomó la batuta y se puso al frente de una reducida Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu. Fue cómplice en todo momento con los cantantes, especialmente con Plácido Domingo. Entusiasmado con el género nos ofreció una gran representación.

El gran actractivo y reclamo de la noche recaía en el regreso de Plácido Domingo a Barcelona después de su excelsa “Walkyira” en mayo del 2008, pero permitidme que deje a Domingo para el final, puesto que, evidentemente, va a ser el intérprete con el que voy a extenderme más.

BEJUN MEHTA encarnaba al personaje que da título a esta ópera de Händel. Él asumía el role protagonista de la velada, y la verdad es que se erigió, junto a Plácido, en el “otro” protagonista de la velada.
No quiero dar la sensación de este “otro” en sentido despectivo, al contrario.
Tengo debilidad por los tenores, lo confieso, pero no por los contratenores. Son voces que me cuestan, que no me son agradables al oído, pero después de escuchar los dos de ayer noche, -aunque nunca seré amante de estos registros- debo decir que la voz de Mehta  es agradable de escuchar.
Ofreció una extraordinaria representación dándolo todo en cada una de sus intervenciones vocales y, a pesar de ser versión concierto, estaba metido en su papel.
Una partitura rellena de endiabladas coloraturas que hacía fáciles en su voz. Realmente un prodigio vocal que hemos descubierto, al que sin duda, le podemos augurar una brillante carrera en el género.

Y siguiendo con los contratenores, MAX EMANUEL CENCIC, de una voz bien timbrada y dulce de contratenor, quizás con no tanto volumen que su compañero Mehta, interpretó el papel de Andronico.
Me gustó en todas sus intervenciones, especialmente con el dueto con Asteria.

Preciamente es este último papel a quien puso voz la soprano  SARAH FOX quien dejó grandes detalles de musicalidad sobretodo en su última aria del segundo acto “Cor di padre e cor di amante”.

Me gustó ANNE SOPHIE VON OTTER en su breve papel de Irene. Perfecta conocedora del estilo en que nadaba transmitía al público su canto como algo fácil. Se entusiasmó con sus partes dándome la sensación de que en aquél momento estaba cantando lo más maravilloso del mundo.

Mención especial para el Leone de VITO PRIANTE, una voz bien timbrada de la que hizo gala en su única aria de la noche, aplaudida generosamente.


Y finalmente ahora sí, la voz por la cual soporté 4 horas de coloraturas, de un estilo que es completamente ajeno a lo que más me emociona, pero por PLÁCIDO todo.
Él tiene el gran don de convertir algo que no te gusta en algo que pasado por sus cuerdas vocales queda revestido como algo maravilloso.
Bien es cierto que, excepto Domingo, todo el cast, era especialista en barroco, o almenos, habían hecho en dicho estilo, más “campaña” que el propio Plácido.

Pero para Plácido Domingo esto no es un impedimento. Sus intervenciones eran las únicas que me hacían olvidar –grácias a Dios- que me estaba enfrentando a una ópera barroca.
Puntualizo y no quiero que se entienda en sentido negativo: pasado el primer acto en que en sus dos arias están caracterizadas por la presencia de bastantes coloraturas, en el resto de la obra es donde le encontré, libre de pirotecnia con un canto “mucho” más próximo a su estilo.

La escena final de su muerte fue sencillamente deliciosa y extraordinaria: para mí no era en aquel momento Bajazet. Era un Boccanegra agonizando, matizando cada una de las palabras, cada una de las notas emitidas. Casi con un hilo de voz que hizo temblar al Liceu entero. Un sonoro y entusiasta “bravo” se oyó al final de su última intervención.

Quien dijo que al inicio de su carrera en México que Plácido Domingo no tenía nada qué hacer en un escenario de ópera, vaticinó el peor de los dislates escuchados y escritos.
Ayer se nos presentó un señor de 70 años... sí 70 años, pero con un poderío vocal y escénico arrollador. Cuando abría la boca su potencia era evidente, conserva ese volumen de timbre fresco y unos centros preciosos que han sido y son aún, característica de su inconmensuable voz y arte.

Sólo por la entrega, por el entusiasmo y la pasión, por su fraseo y serenidad, por su imponente poderío escénico y arrolladora personalidad y presencia vale la pena disfrutar de algo que tardaremos en olvidar. Al menos yo.
Las ganas de un principiante y la sabiduría ganada con la madurez adquirida en los escenarios hacen de Plácido Domingo un intérprete único e irrepetible.

¿Qué puedo decir yo de alguien respecto del cual ya se ha escrito todo?

Alguien que, en cualquier parte del mundo, por recóndito que sea, que tiene ganado el cariño y el respeto del público simplemente antes de emitir una sola nota, es algo al alcance de muy pocos.
La veneración de todos sus admiradores fue palpable ayer noche, una vez más en el Liceu con un público completamente entregado al portento vocal del intérprete madrileño.
Y es que en Barcelona hay ganas de Plácido, lástima que sus visitas a la ciudad condal no sean tan frecuentes como las que realiza en su ciudad natal, pero el cariño del público del Liceu es tan, o más ardiente, que el que recibe en Madrid.

Queremos mucho a Plácido y una vez más se lo demostramos.

Con el separador de la orquesta clavado en mí cuerpo aplauidí y braveé una y otra vez a Plácido, sin descanso, con entusiasmo, con fe y total convicción de lo que estaba viviendo ayer noche no se vive en cada función de ópera a la que asisto.
Era tal mi emoción en la ronda de aplausos que no pude contener el llanto al ver todas esas espontáneas muestras de cariño que una y otra vez se iban repitiendo y en todos los idiomas.

Un aluvión de claveles blancos y encarnados forraron el escenario del Liceu.

Quizás como dije cuando acudí a esa inolvidable “Walkyria” es probable que ayer por la noche viviéramos un momento histórico: a lo mejor era la última función del gran Plácido Domingo en el Liceu y estábamos allí...
Aunque sinceramente, dado el estado de salud vocal en que lo encontré, no descarto una próxima presencia en Barcelona, ya que a este paso, Domingo los jubila a todos.

La totalidad del público que llenaba el teatro en pie desde lo más alto hasta la primera fila de platea forzó una nueva ronda de aplausos.
Un Plácido entregado, se arrodilló en el escenario y con una mano besó las tablas barcelonesas en muestra del cariño que estaba recibiendo.

Salí completamente emocionada y tocada del teatro con una sensación de bienestar indescriptible con ganas de volverle a escuchar en directo. Con muchas ganas.

Sólo me queda por decir: ¡Grácias Maestro, regrese pronto a Barcelona!


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Bravo! Excellent review! Thank you! Viva Placido!!!

dinkrol

FanaticoUm dijo...

Muito obrigado por este seu completo e emocionado relato do espectáculo. Para além do GRANDE Placido, os restantes cantores eram também de grande categoria.
Que sorte tem de viver em Barcelona, seguramente o melhor local em Espanha para ver e ouvir ópera de excelente qualidade.
Desculpe escrever em português, mas penso que o entenderá sem dificuldade.

brunilda dijo...

Welcome dinkrol, and than you so much to read my impressions about the perfomance of Tamerlano.
Regards,

FanaticoUm!
No hay problema que escribas en portugués!
Grácias por tu comentario. Realmente la del sábado fue una de aquellas noches que no olvidaré jamás en mí vida.
Un abrazo,

brunilda

Tosca dijo...

Poderoso Plácido, poderoso del todo! pues... ¿Que otro hubiera conseguido que invirtiera mi tiempo en una ópera barroca? ( de todas, todas no es mi estilo..) Por él, la compré y, gracias a ello, pude disfrutar de un gran espectáculo lleno de primeras figuras. No se me hizo ni largo ni pesado... ( y eso que lo temía), ni siquiera eché de menos los decorados!

Fantástico!!

Y lo mejor de todo es que salí con la convicción que volveré a ver a Plácido en el Liceu!! Si es que este hombre es incombustible!!

brunilda dijo...

Ei Tosca!!!!

Coincido al 100% contigo, tampoco el barroco es lo mío, pero... la presencia de Plácido fue definitiva para acudir al Liceu.

No sé si volverá o no al Liceu... pero si lo hace, allí estaremos. Si señora, incombustible Plácido. Único.

Besos.