viernes, 19 de marzo de 2010

¿Qué suena hoy en la gramola? EL HUÉSPED DEL SEVILLANO

Pues sí, esta zarzuela es una de mís preferidas, y lo pasó a ser desde el día en que la escuché por primera vez. Las maravillosas y tan bien encontradas músicas del maestro Guerrero fluyen por las callejuelas de Toledo en el s. XVII.
Historia de caballeros de la corte real, mesones, espaderías, cristianos viejos y judeoconversos, intrigas, raptos, cuchilladas, duelos, ingenio y amor son elemnetos que se encuentran en "El huésped del Sevillano". Si alguien ha visto la versión rodada en cine por el director Juan de Orduña a finales de 1968 coincidirá conmigo que la adpatación es absolutamente maravillosa.
Pero no quiero hacer más introducciones para que podáis gozar de la obra.




La acción se sitúa a comienzos del siglo XVII.

Un apuesto pintor cortesano, Juan Luis, conversa en una espadería, cuyo portal se abre a una plazuela próxima a las márgenes del río Tajo, con el Corregidor y algunos amigos, en tanto que maese Andrés Munestein pule y remoza la tizona del caballero. Un grupo de muchachas llena, mientras tanto, sus cantarillos en la fuente próxima, y sus intencionadas coplas se mezclan armoniosamente con el canto, de empaque casi marcial, de los espaderos que trabajan en la forja.


Juan Luis confiesa a sus amigos que ha llegado hasta la Ciudad Imperial atraído por el renombre de cierta Constancica, la fregona del Mesón del Sevillano. Busca, en efecto, un rostro adecuado de mujer para representar a la santísima Virgen en pintura que se dispone a realizar por encargo del mismísimo Rey. El Corregidor, durante una momentánea ausencia de maese Andrés, le advierte que para lograr lo que se propone no tendrá que moverse siquiera de la espadería, donde hallará una modelo aún mejor que aquélla. Pues la hija del viejo espadero converso es, al par que bellísima, de hebrea estirpe y, como tal, ni hecha de encargo para posar con tal propósito.






Entre tanto, maese Andrés alcanza a Juan Luis la espada que le fuera confiada por éste horas antes. A la vista de su reluciente tizona, el joven pintor da rienda suelta a su entusiasmo.

Todos se marchan, salvo Juan Luis y su escudero Rodrigo, que ronda la fuente a la caza de mozas. Al dar con él, el caballero le cuenta su nuevo descubrimiento, ya que a raíz de la revelación del Corregidor y su capitán amigo, arde de impaciencia por conocer a esa nueva beldad que, según le dijeran, sobrepasa con creces la belleza de la criada del mesón.

No tiene que esperar mucho para lograrlo, ya que la hermosa Raquel, discretamente velada, sale en ese momento de la vivienda del espadero, respondiendo al reclamo de piedad de la campana de la catedral, llamando a los fieles al oficio.




Conmovido por la singular belleza de la muchacha, Juan Luis retorna a la espadería tan pronto como ella se marcha, dispuesto a obtener del anciano maese Andrés la venia para retratarla. El espadero, alarmado por la sugerencia del pintor cuando éste alude al perfil hebreo de su hija –ya que ambos, cristianos “nuevos” se esfuerzan por hacer olvidar su origen judío- intenta rehusarse, cuando les interrumpe un rumor de lucha y entrechocar de espadas y el angustioso reclamo de una voz de mujer pidiendo socorro, que maese Andrés reconoce al instante como su hija. Mientras Rodrigo se esfuma prudentemente, Juan Luis y el espadero corren en la dirección de la disputa, en tanto que llega Raquel, jadeante y aterrada. En la calleja próxima se está batiendo el conde Don Diego, noble vecino de la espadería, con tres desconocidos a quienes no tarda en poner en fuga con el oportuno auxilio de Juan Luis. Como es lógico, éste ha deducido de la escena que Don Diego está en aprietos por proteger con su espada a la hija de maese Andrés. El pintor sufre en la breve refriega una leve herida en la mano. El conde, tras lamentar el incidente y dar a Juan Luis efusivas gracias por su oportuna intervención, entra en el palacio, con frente a la misma plazuela a la cual se abre el portal de la espadería. Mientras restaña la sangre que mana de la herida, Raquel revela a Juan Luis la verdad de lo acontecido. Eran los tres desconocidos quienes en verdad se batían por ella, y el conde un villano que la persigue desde hace tiempo, importunándola con sus locas pretensiones. Si hasta el momento se lo ha ocultado a su padre, es sólo por su temor ante las posibles consecuencias, dado el poderoso valimento de su ofensor.





Con graciosa reverencia, la muchacha se despide del pintor para retornar a sus aposentos. En cuanto a él, al regresar a la plazuela encuentra a Rodrigo alardeando de haber participado eficazmente en la descomunal batalla de momentos antes, si bien, apremiado por las preguntas de su amo, concluye por admitir que su caprichosa espada se negó tozudamente a salir de la vaina. Pero no será éste el último aprieto en que ha de verse todavía el embustero Rodrigo. Por haber echado a rodar poco antes trola, asegurando a unas guapas muchachas que para salvar su vida en un naufragio había jurado desposar a la mujer más fea que encontrase, andan ya en su busca todas las feas de Toledo. Por su parte, los más guapos donceles de la Imperial Ciudad recorren las calles en pos de las gracias de la bella Constancica.

Y todos coinciden en la plazuela: lindos y feas, Constancica y el escudero.


Lindos y feas se marchan formando grotescas parejas –no sin ostensible resignación por parte de ellos- y los nuevos amigos, Constancia y Rodrigo, se cruzan con Raquel, que vuelve a salir de su casa.

La criada del mesón del Sevillano explica al escudero que ha venido a la espadería en busca de una daga cuya empuñadura mandó a componer un singular huésped, hombre de letras el tal hidalgo, información que al punto completa maese Andrés, quien la tiene por “tan grande ingenio, que jamás de tal manera logró ningún otro” entretener los ocios del espadero con sus escritos.

Tras recibir la recompuesta daga de manos del espadero, Constancia inicia su viaje de regreso acompañada ahora por Rodrigo, quien la lisonjea lamentando que sea tan hermosa, por la cuenta que le tiene su promesa de casar con “la mujer más fea”.

Comienza a cerrar la noche, y del palacio de Don Diego emergen las figuras de éste y de varios embozados servidores.

 
 

 
A la mañana siguiente, llena de sol que ilumina y entibia el paisaje, Juan Luis, embarcado ya en la tarea de liberar a la infortunada Raquel, obtiene de Rodrigo, al que aguarda junto a la carretera, en las afueras de la ciudad, una preciosa información lograda a través de Constancica: Al mesón del Sevillano han llevado esa noche, contra su voluntad, a una joven a quien retienen prácticamente secuestrada en su habitación. El escudero deberá seguir investigando por sí mismo hasta que llegue el momento de que intervenga decisivamente el caballero, con quien habrá de encontrarse más tarde en las proximidades del mesón.
Un mozo azuza a sus mulas, en plena labranza, y llegan de Lagartera, con su típico atuendo, las mozas que desde allí descienden hacia Toledo para vender sus mercancías en la ciudad.



Rodrigo se encuentra ya al acecho en la posada, donde asiste al arribo de un clérigo montado en un burro cargado con henchidos serones repletos de hábitos similares al que lleva puesto. Al escudero le llaman la atención los rasgos fisonómicos del nuevo mozo del mesón, que ha acudido a abrir el portal. Claro está... ¡si es el mismo Don Diego disfrazado de tal! El tonsurado recomienda al fingido mozo de mulas cuidar de la suya y de los serones en los que trae hábitos para los monjes de su orden. Rodrigo no olvidará por cierto esta referencia, y se marcha, curioso y vigilante, tras el pretendido mozo.

Constancia ha averiguado ya –y así se lo comunica a su tío el posadero- que aquella señora es una dama raptada por el falso criado, a quien asombra a su turno el porte de Constancia, la cual parece “más bien hija del Comendador que sobrina del mesonero”. Tal es la opinión que de ella tiene también el Huésped del Mesón del Sevillano, quien desde el portal alcanza a oír aquellas palabras y añade: “Tampoco tú pareces mozo de mulas”.

A solas, por fin, la muchacha, hace su aparición un nuevo clérigo... Es Rodrigo disfrazado con uno de los hábitos, quien está maquinando un plan cuya primera etapa consiste, para él, en mudar de personalidad. Divertida, Constancia, se presta al juego del presunto frate.

 
El mozo –o sea, Don Diego- alcanza a asistir al final de la escena, y sorprendiendo al fingido clérigo, le induce a poner los pies en polvorosa. Y ordena a Constancia que vaya en busca de Raquel y la traiga a su presencia. El diálogo es presenciado, aunque no escuchado, por el Huésped, quien intercambia algunas razones con el falso mozo a quien tiene –y no yerra- por persona de superior condición, al igual que la pretendida fregona, que se le antoja cumplida dama de elevadísima alcurnia, la cual, quien sabe por qué razones, se finge momentáneamente criada.

El posterior diálogo de Don Diego con la raptada doncella es muy breve. Él esta dispuesto a hacerla suya, y le anuncia que esa noche deberá seguirle, de grado o por fuerza, alejándose con él de Toledo. Dicho lo cual se marcha, no sin antes recomendar al mesonero que se cuide de tener bien guardada la puerta.


Esa noche habrá baile en el mesón y Don Diego aprovechará con sus secuaces el natural jolgorio originado por la fiesta para iniciar, sin mayores riesgos, el cumplimento de su siniestro plan. Mozas, mozos y músicos, con los cuales se mezclan sigilosamente los embozados de Don Diego, comienzan a entrar, en tanto que Raquel regresa, desconsolada, a su aposento.

La fiesta concluye con formidable escándalo que inicia Rodrigo (disfrazado siempre de fraile) insultando a Don Diego sin que éste pueda identificarle, y rematan eficazmente con la mayor contundencia de secuaces del segundo. El falso mozo promete al mesonero recompensarle con largueza si con su ayuda puede sacar de la venta, a media noche, a la dama en custodia. Un coche con buen tronco aguardará en la vecina plaza de Zocodover. Entre tanto, que el mesonero cuide que no salga del mesón mujer alguna, no sea cosa que escape el pájaro.

Otras dos personas han estado atentas al diálogo, enterándose así de sus planes: el Huésped, que aún permanece en el oscuro rincón donde se guareciera al arreciar la tremolina y Constancia, que estuvo vigilando desde que acompañó a Raquel a la planta superior. Previo un sugerente cambio de impresiones entre ambos, Rodrigo acuerda con la moza el procedimiento por el cual el caballero, luego de recibir las señales que Raquel habrá de transmitirle con la lámpara, desde su cuarto, ingresará sin ser visto al patio del mesón. Y mientras el proceso se cumple y entra Juan Luis para recitar apasionado soliloquio, Constancia irá otra vez en busca de Raquel, a la que guiará con sigilo a la planta baja.



 


Huésped:
Pintura sobre pintura,
traiciones y encrucijadas;
raptos, celos, cuchilladas,
misterio, amor aventura...

Pregonero:

Alma que en pecado estás...
si en esta noche murieras,
¡mira bien adonde fueras,
alma que en pecado estás!

Huésped:

Mezcla admirable y extraña...
Místicos y aventureros,
y poetas, y guerreros.
¡Es Castilla... y es España!
Al sonar de su campana,
sabe hablar al corazón,
con voces de tradición,
la Catedral toledana.

Toledo, solar hispano,
crisol de la raza ibera,
¡dichoso aquél que naciera
español y toledano!

¡Oh Toledo, si yo puedo,
para tu honor y mi gloria,
he de escribir una historia
en un mesón de Toledo!




Llaman al portón y, al oírlo, el Huésped se retira abandonando sobre la mesa el recado de escribir. Es Don Diego que llega, recuperada ya su apariencia de caballero, y dispuesto a cumplir la etapa final de su maléfica maquinación. Rodrigo –siempre con su disfraz de fraile- le entretiene siguiendo las instrucciones de su señor. Aunque su impaciencia es evidente, Don Diego no puede actuar con la celeridad que entraba en sus planes y comienza a perder un tiempo precioso, bien aprovechado por el escudero de Juan Luis para dar una buena lección a los malvados. Cuando grandes golpes suenan nuevamente en la puerta y se oyen gritos de "¡Abrid a la justicia!", Don Diego comprende que ha sido burlado.

La aventura ha terminado, con su merecido para cada cual. Don Diego y sus servidores, detenidos por los corchetes; los dos jóvenes amantes, Raquel y Juan Luis, tornando a la espadería portadores de la buena nueva para maese Andrés; Rodrigo, por fin, con la esperanza de volver en busca de Constancica... aunque tenga que abandonar su promesa de desposar a una fea. El patio del mesón del Sevillano recupera así, pasada la medianoche, la silenciosa serenidad que a tal hora corresponde. El Huésped, retornado, vuelve a tomar asiento frente a la mesa, empuñando otra vez la pluma. Constancica, que se apresta a recogerse en su aposento, se detiene un momento junto al escritor, con la lámpara en alto.