lunes, 29 de junio de 2009

Les Arts se rinde a un milagroso Domingo

Una más y otra menos.


Esta es la extraña sensación con la que me fui ayer noche del Palau de les Arts de Valencia después de 5 horas de música, y tras haber pasado unos nervios difíciles de describir.

Digo siempre lo mismo, pero me queda tan poco por gozar de la voz del gran Plácido Domingo… que siempre que acudo a una representación pienso que “esa” será la última.

He llegado tan tarde a poder escucharlo de una manera no regular, pero si de vez en cuando, que por larga que sea la obra que representa te da la sensación que hace cinco minutos que ha empezado.

El Palau de les Arts Reina Sofía se llenó ayer noche para acoger esta “Die Walküre” de Wagner, pero además de los asistentes en directo, los valencianos, principalmente, pudieron gozar de la representación a través de una pantalla gigante instalada en la Plaça de la Verge. Pero no solo ellos, ya que varias ciudades europeas se sumaron a la iniciativa y entre ellas, no había, a parte de Valencia –donde se representaba- ninguna ciudad española. ¿Por qué será que no me extraña?

¿Y cuál será la próxima hazaña de nuestro tenor? Porque a sus 68 años sigue en la brecha, y los que le quieran jubilar tendrán que esperar un poco más. Así lo demostró ayer en su única representación dentro del Ciclo completo del Anillo en el marco del II Festival del Mediterrani.

Ayer todo acompañó, menos la suerte de poder acercarme a Plácido Domingo, sólo falló eso, lo más importante, (aunque le esperé no apareció, pero no por esto no me voy menos contenta de la ciudad del Túria).

La mañana empezó nublada en Sabadell, y a medida que íbamos acercándonos a Valencia las nubes se hacían más patentes en el cielo, pero fue entrar en el andén del tren y empezar una sensación de calor sofocante.
La ciudad nos recibía con un sol brillante y un cielo azul limpio que invitaba a salir, a pasear y a estar de buen humor. Y no era para más.

Qué bonita y mágica es la Ciutat de les Arts a plena luz del día y con el mediterráneo y luciente sol en el cielo dando vida a todo el que se pasea por allí.

Pero toda esa luz tenía que ceder protagonismo a la representación operística, y ya desde el mediodía se habían instalado en los alredores del Palau de les Arts metros y metros de cable que conectaban con la Sala Principal, lo que ocasionó cortes en los accesos a taquillas obligándonos a tener que dar la vuelta para poder conseguirlas.

La retirada de entradas fue lo que hicimos primero, (por si acaso me dejaban sin mis localidades) y una vez entradas en mano nos dispusimos a ir a comer.
Tenía muchos nervios porque horas antes había soñado que Plácido cancelaba, pero no. Plácido no canceló y nos brindó una noche extraordinaria.

Por la tarde, después de comer fuimos a dar un paseo por el recinto de les Arts, pero Plácido no apareció, así es que a una hora prudencial regresamos al hotel para arreglarnos para la representación y una vez listas nos dirigimos de nuevo al Palau.

Al llegar nosotras, también lo hacía el President de la Generalitat Valenciana, Francesc Camps que se encontró dentro con la Alcaldesa de Valencia, Rita Barberà.
Los accesos al teatro ya estaban abiertos y pudimos entrar al vestíbulo donde la gente ya se agolpaba en grupos.
Había de todo, gente muy elegante y otros con chanclas. La vestimenta no hace el hábito, es verdad, pero da gusto ver a la gente con sus mejores galas y comprobar que no soy la única que quiere ir bien vestida a las funciones.


Los acomodadores nos facilitaron el programa de mano, gratuíto, con varias fotografías de la producción y biografías de los cantantes. Quise leer antes de ver la obra si había alguna referencia de La Fura dels Baus con respeto a la producción, pero no, no había ninguna así es que a un cuarto de hora de empezar la representación (hora prevista) entrábamos en la sala y poco a poco la gente iba ocupando sus localidades.

Otra cosa me hubiera sorprendido, pero la representación no empezó a la hora prevista. Con un cuarto de hora de retraso el maestro ZUBIN METHA aparecía ante nosotros, saludó y aún con el estruendo de aplausos en la sala, dio comienzo al preludio de la ópera.

Con los primeros acordes me dio la sensación de lentitud (sello Metha) y al principio notaba un poco el roce de las cuerdas con el arco, pero fue solo durante una parte breve del preludio, ya que ese sonido se corrigió, así como el ritmo de la obra.

La ORQUESTA DE LA COMUNITAT VALENCIANA, tuvo evidentemente un destacado papel en toda la obra por eso al finalizar el tercer acto subió al escenario para recibir unos merecidos aplausos. Pero no solo esto, el público del Palau aplaudió fuerte la la Orquesta en todos los actos, y no era para menos.
Es un conjunto excelente, dirigido por una muy buena batuta. Y esos dos elementos aúnados entre sí dan como resultado, a la que probablemente llamaría yo, la mejor orquesta española de la actualidad.
Qué tomen nota en el Liceu y en el Real.

Metha la hacía sonar fuerte cuando tenía que hacerlo, y reducía el volumen cuando era necesario, y esos cambios de volumen son agradecidos (especialmente si la espectacularidad del volumen sale a relucir durante la ejecución de la Cabalgata o en los fragmentos más populares de la ópera).
Y una cosa muy a destacar es que la orquesta sonó como un único músico, cosa muy difícil de conseguir.

Y allí aparecía también uno de los grandes, ZUBIN METHA. Cambiado y mayor, pero sigue siendo Metha. Sus gestos, su complicidad con los músicos y con los cantantes se hicieron patentes durante toda la noche. Y pensar que la primera vez que le vi (no en directo, por la televisión) fue en las Termas de Caracalla… Y de ello han pasado ya casi 19 años… El tiempo pasa. Para todos pasa sin excepción.
La noche estuvo llena de detalles, pero quiero destacar especialmente el momento de la ejecución de la “Cabalgata” que sonó magistral en la batuta del maestro nacido en Bombai y aquí se notaron estos cambios de volumen, sobretodo en el último tramo donde el metal se escuchó fuerte, solemne, como corresponde, haciendo un gran efecto y unido a las voces de las nueve walkyrias que, a la fuerza, tenían que sonar fuerte.
Fue uno de los momentos de la noche en que se me puso la carne de gallina.

Sin duda uno de los atractivos de la velada, a parte de la presencia de D. Plácido en el escenario (por él se llenó todo el teatro), era la producción de LA FURA DELS BAUS y la dirección escénica de CARLUS PADRISSA.
Antes de asistir a la función vi algunas fotografías del montaje escénico y sinceramente, de lo que ví, no me gustó nada, así es que con el disgusto de la escena decidí no buscar más información para no llevarme una desilusión aún más grande.

Por esto, decidí juzgar la producción de cero e intentando entusiasmarme con ella, ya que había escuchado en la “Gran Gala” que era espectacular.
Y, mentiría si dijera que no me gustó en absoluto, porque no es cierto. Hubo detalles que me aprecié mucho, sobretodo las proyecciones audiovisuales, en cambio hubo elementos que no entendí, como el final del segundo acto.

Me pareció muy ilustradora la imagen del bosque al inicio de la ópera. En el preludio que ejecuta la orquesta se oye el leitmotive de los pasos de Siegmund corriendo por el bosque, pues bien, la imagen que se proyectaba era un bosque y daba la sensación de que alguien (lobo o lobezno, lobezno era en este caso) corríanpor el bosque huyendo de los enemigos.
Este bosque, al final de la carrera se torna árbol, el fresno que preside la escena durante el primer acto y que va cambiando de color según la historia que se nos está contando.

Espectacular fue la “entrada de la primavera”, puesto que los paneles se abren, se ilumina un poco la escena, se levanta una cortina negra y la escena queda alumbrada por la luz de la luna que ha venido a posarse al lado del fresno. Hermano y hermana se reencuentran. Es un momento sublime que cede el paso al esperado “Wintenstürme”.

Otro detalle que me sorprendió del primer acto, en primer lugar, que Sieglinde, hasta que no adormece a Wotan con la bebida que lo sume en un sueño profundo, anda a 4 patas y con una cuerda en el cuello como si fuera un animal.
Siegmund le quita la cuerda, pero ante la inminente entrada de Hunding, Sieglinde vuelve a ponérsela. Supongo que la Fura quería dar la idea de que Hunding tiene a su esposa como un animal. Ella ni tan siquiera osa mirar a los ojos de su marido.
Es Siegmund, como he dicho, que la despoja por dos veces de la cuerda y la enseña a ponerse de pie por primera vez.

No entendí tampoco que el nombre de “Siegmund” y “Sieglinde”, cuando éste toma el nombre en boca de su hermana, corriera por el tronco y las ramas del fresno. Todo esto son detalles que me gustaría que me explicaran el significado.

Otro punto que me gustó, es en el momento en que Siegmund entona “Una espada me prometió mi padre” (no lo pongo en alemán porque no sé como se escribe) ya que el árbol que preside la escena se puso de un color amarillo-anaranjado y me recordó a la escena de “Los diez mandamientos” cuando Moisés sube a la montaña sagrada y habla con Dios. Fue espectacular porque el árbol al ponerse de ese color que cito, es como si le estuviera diciendo que tiene la espeada que Wotan calvó en el fresno el día de la boda de Sieglinde con Hunding.
Sorprendente fue también el final del acto, cuando los gemelos welsungos se disponen a huir bosque a través, puesto que se abrieron de nuevo los paneles sobre un fondo blanco que dejaban casi flotando en la escena a los dos intérpretes.

Muy ilustrador fue el inicio escénico del segundo acto, que jugaba con dos imágenes, la de la tierra (entiéndase, por un lado “bola del mundo”) y por otra, una proyección con fondo negro con unas estrellas (parecida al protector de pantalla de Windows en el espacio).
Empieza el acto y la orquesta recuerda aún compases del febril amor de los welsungos y de su rápida huída por el bosque. En este preciso momento se proyecta la imagen de la tierra, puesto que los hermanos son fruto de la unión del dios Wotan y una mortal (y viven en la tierra).
A medida que se va desvaneciendo el motivo conductor, la imagen proyectada va bajando a la vez que entra Wotan y Brunilda subidos en unas grúas que bajan y suben, y la imagen de fondo que vemos es el cielo estrellado (protector de pantalla de windows), mientras desde las alturas, Wotan y su walkyria contemplan la suerte de su hijo y de su hermano respectivamente.

La idea es buena, pero no deja de ser incómoda para los cantantes, ya que la grúa no se mantiene inmóvil, sino que sube, baja y gira. A la pobre Brunilda en su entrada la fastidiaron un poco (ya lo comentaré cuando llegue el momento).

Logró crear un buen ambiente la escena de la anunciación de la muerte a Siegmund, ya que se le aparece la walkyria desde el fondo del escenario, y para ello, se abren los paneles y se avanza la plataforma hasta bien entrado el escenario. Lo que no entendí fue la escena final (pero interpreté que era la ascensión al Walhalla de los héroes caídos en el campo de batalla).
Las grúas las identifiqué como los corceles voladores de las walkyrias (en la escena final) y en el caso de Wotan y Fricka (pensé que tenían poderes para volar), sin embargo con Brunilda no caí en esa posibilidad, puesto que siempre que pienso en su personaje la veo montada en su caballo volador Grane.

Pero lo más esperado, almenos por mí, era la escena de la cabalgata, no sólo a nivel musical, sinó a nivel escénico. Resolvieron bien, unas montadas en las grúas-“corceles” y las otras en el suelo y con los “ho-jo-to-jo” finales casi encima del fosado de la orquesta, unas arriba las otras abajo, volando encima de los músicos fue uno de los “momentazos” de la noche.

Como también espectacular fue el circulo de fuego que circundará a la walkyria Brunilda despojada de su divinidad por su mismo padre. Fuego de verdad con antorchas en el escenario rodearon una plataforma circular en la que Wotan deja sumida en el sueño a su desobediente hija, mientras él, sube a su grúa-“caballo” y se aleja.

A grandes rasgos sería lo que destaco de la producción (que no es poco). En su contra puedo decir que en según qué momentos, entre las imágenes y los subtítulos me despistaban un poco.
Por cierto, hablando de imágenes, buen detalle de la proyección de el episodio del “Oro” mientras Wotan inicia en el segundo acto su largo monólogo, pero como digo, todo esto te distrae un poco, y lo importante es concentrarse en la música.

Una vez comentada la producción entraré a hablar de los cantantes, que son sin duda, los que deben ser protagonistas de la noche.

EVA-MARIA WESTBROEK puso voz a Sieglinde. Debo comentar que cuando abrió la boca, en sus primeras notas no me gustó, quizás porque para mí, el papel de Sieglinde está tan asociado a la voz de Waltraud Meier, que cuando escucho otras Sieglinde me cuesta acostumbrarme al cambio de timbre vocal. (Esto no me ocurre con el Siegmund, ya que siempre es el mismo…jeje)
Lo dicho, al principio no me gustó, porque pensé que era una voz demasiado robusta para el delicado papel de la welsunga.
Posteriomente, fue gustándome su interpretación, un timbre absolutamente nada desagradable, pero sin embargo, con tendencia a abusar un poco de volumen, sobre todo en su “Der mene Sipper” y su “Du bist der Lenz”, y en su escena final del tercer acto.
A pesar de ello, cantó una buena Sieglinda y fue recompensada con un aluvión de aplausos.
Al igual que su hermano welsungo iba con una peluca de rastas y vestuario desgarrado, de “humana”.

Sorpesa fue la actuación del barítono MATTI SALMINEN que debido a enfermedad de su colega Stephen Milling, le tocó defender el papel de Hunding. Autoritario en escena, ya mayor, me alegré de que cantara. Aún así, su voz no me sonó espectacular, pero tiene oficio. Vocalmente no se impuso pero resolvió con maestría la inesperada actuación.

Un flojo y faltado de la autoridad vocal que es lo que uno se espera en el papel del dios supremo Wotan, fue el barítono JUHA UUSITALO, faltado un poco de volumen en los momentos más dramáticos y especialmente en el “Quien tema la punta de mi lanza, que jamás atraviese este fuego”. Sin embargo me gustó la sutileza empleada en su monólogo del segundo acto.
El vestuario ya era un poco más “moderno”, más “galáctico” que el de sus hijos mortales. Llevaba una barbita larga tipo “Millagui” de “Kárate Kidd”.

Para mí, una de las triunfadoras de la noche, además de una gran sorpresa, fue la soprano americana JENNIFER WILSON, dotada de un registro agudo espectacular. Voz recia, entró con aplomo y seguridad.
Encontró una perqueña dificultad en sus “Ho-jo-to-ho” de entrada, y creo que fue debido al movimiento de arriba-abajo de la grúa, ya que no debe ser nada fácil entonar varios “do” de pecho con este movimiento, y ella resolvió aplicando un pequeño truco, (como colocando un nota adicional entre cada una de las subidas de nota para ayudarse).
A lo mejor esto está escrito en la partitura, lo ignoro, pero la verdad es que nunca lo había escuchado así hasta este momento.
Muy compenetrada con Siegmund en la escena del anuncio de la muerte al welsungo y para nada chillado la despedida de su padre en el tercer acto.
El público supo recompensarla con unos grandes aplausos, y no era para menos.
El vestuario, quería parecer de walkyria, pero la coraza que le pusieron no me gustó, ni la de ella ni la de las otras walkyrias porque daba la sensación de que iba desnuda.

Muy bien la Fricka de ANNA LARSON de voz bien timbrada y fraseo elegante que el público apreció de manera especial, ya que fue también una de las más aplaudidad.
Vestuario algo extravagante con capucha y todo.

En cuanto al resto de las Walkyrias, muy bien conjuntadas entre sí, aunque me hubiera gustado escuchar un poco más el contraste entre las voces de mezzo y de soprano que se vieron un poco apagadas ante la esplenderosidad del volumen orquestal en el momento de sus “ho-jo-to-ho” finales.

Y por último el triunfador, el que se llevó las flores, los bravos, los aplausos, las miradas y la gente de pie en la platea, que no es otro que el incombustible PLÁCIDO DOMINGO.
A sus 68 años nos ofreció aún un Siegmund fresco y juvenil. Es verdad que la voz no es la que era años ha, pero el saber cantar, la maestría, el gusto y el fraseo, y la ilusión, las ganas, el entusiasmo y la entrega inigualables continúan siendo su sello, su rúbrica.

Y porque Wagner no se aplaude, pero después de escuchar sus “Wälse, Wälse” me entraron ganas de gritarle “bravo”.
Empezó un tanto discreto para ir, al cabo de unos compases, mandando encima del escenario logrando ponerme la carne de gallina en más de una ocasión. Su “Winterstürme” fue (siempre teniendo en cuenta su edad y posibilidad vocal actual) genial.
Si que es cierto que necesitaba cortar las frases para respirar e ir humedeciendo la garganta de vez en cuando, pero ¿qué importa todo esto cuando el resultado es de tan alto nivel?.

El bello timbre central está intacto y superadas las dificultades del primer acto (Wälse, Notung, so blühe der welsungerboot –algo apuradillo-) D. Plácido ya podía estar tranquilo. Tranquilo él y tranquila yo, aunque sinceramente, en ningún momento del acto estuve nerviosa, porque después de sus Wälse ya presentí que el resto del acto iría rodado hasta llegar al final, que es donde la voz se resintió un poco.

Entrado en el segundo acto la tesitura es mucho más central y menos comprometida, por esto estuvo espléndido en su escena con Brunilda, donde salieron a relucir esos sones centrales que tanto me gustan.

A nivel escénico, se movió con soltura (la soltura que permite el estaticismo wagneriano), y quizás lo que suscita más comentarios es el “look” que llevaba, pantalón y camisa marrón (en el primer acto la camisa iba por dentro el pantalón y con cinturón y en el segundo iba sobre los pantalones), rastas en el pelo (que se quitó para salir a saludar) y un abrigo del que colgaba una cola de lobo (supongo que era).
También para salir a saludar se quitó la pintura azul de su cara que le pone Brunilda cuando le anuncia su muerte y próxima entrada al Walhalla.

Yo disfruté con su interpretación, me levanté a aplaudir y bravear con el auditorio aún sentado al final del primer acto, pero también en el segundo y en el tercero.
En el segundo acto saludó solo y el Palau no escatimó en bravos y griterío. Y yo tampoco.
En el tercero me avancé hasta el fosado de la orquesta y no paré de gritarle bravo.




De todas maneras, aunque él se llevó las flores y los aplausos, y a pesar de que saludaron dos o tres veces, continúo pensando (apreciación mía y que nadie se sienta ofedido) que el público valenciano es “frío” comparado con el del Liceu. Y sinceramente, Domingo es siempre Domingo, pero la sensación vivida en el Liceu el 31 d mayo del 2008 jamás podré olvidarla (me llevé un recuerdo dífcil de borrar de aquella noche).
Después de 4 horas de música, 1 de entreactos, que suman un total de 5 horas, me esperaba mucho más delirio por parte de la gente.
Yo grité, braveé, pero la unión hace la fuerza y la ronda de aplausos se esfumó en 10 minutos tiempo necesario para salir todos los protagonistas de la noche en el escenario.

A pesar de esa “frialdad” Plácido es un MAESTRO, conoce su voz y sus límites a la perfección, es el MEJOR de toda la especie tenoril en “activo”, y le pese a quien le pese, tenemos voz para rato.

Ahora solo queda esperar la próxima vez, en ópera, en concierto, dirigiendo o hablando, da igual, Plácido es mucho Plácido y por él valen la pena los madrugones y todo.

2 comentarios:

Fedora dijo...

Me alegro que te unas a este mundo de los blog. Te seguiré como siempre. Y como siempre muy buena crónica. Espero coincidir pronto contigo.
Besos.

brunilda dijo...

Grácias Fedora y también grácias por animarme a hacerlo!

Besos,