sábado, 16 de agosto de 2014

Un “Trovatore” en el museo

Desde hace ya bastantes años el Festival de verano de Salzburg apuesta por montajes transgresores, novedosos, quizás herencia del finado Gerard Mortier, quien confió y creyó por puestas en escena que rayaban siempre lo moderno, sin descuidar jamás que, las voces invitadas, eran de primera.
De hecho, el Festival de Salzburg, junto con el de Bayreuth son dos de los más importantes y seguidos en Europa, amén de los españoles, cuyo Festival de Peralada se ha erigido, desde hace años, en uno de los más importantes referentes de la ópera y otras artes escénicas del territorio nacional.
Los que como yo, disfrutamos el verano y su oferta cultural desde casa, agradecemos el esfuerzo que se está haciendo, gracias a las nuevas tecnologías, para acercar la actualidad operística del momento. Con un simple click en el ordenador, una página web nos abre una ventana a Salzburg, teniendo la inmensa suerte de que, algunos de los acontecimientos musicales de esta ciudad austríaca, se transmiten en directo y gratuitos. ¿Se puede pedir más?
Sí, quizás estar allí en directo, pero, cierto es que, quien no se conforma, es porque verdaderamente no quiere.
 
 
 
Puesta en escena
Había visto alguna fotografía del montaje, e inclusive un pequeño vídeo de 2 minutos de duración. Nada más. Preferí, en esta ocasión, y como vengo haciendo desde hace un tiempo, no leer ni escuchar nada antes de ver la ópera entera precisamente para no prejuzgar de antemano una representación. Quise ir, si se me permite, virgen de opinión, para así poder intentar ser lo más objetiva posible con lo que se me estaba presentando ante mis ojos.
2013 y 2014 está siendo un año repleto de “Trovatore”, parece ser que ahora los teatros han apostado con gran fervor por esta ópera de Verdi. No me desagrada, aunque no es de mis preferidas, pero ello no me impide gozar de una buena función, si es que la función, realmente, se puede calificar como buena.
Soy de producciones clásicas. Siempre lo he dicho y siempre defenderé que la época de la ópera cuadre con los decorados y el vestuario, que no me hagan pensar que un gato realmente es una vaca. Y si ello se produce, y tiene sentido, es algo que haré una vez he disfrutado de la música. El análisis psicológico será, claro está, post-representación.
Por ello, tenía mi reticencia, escénica, con este “Trovatore” salzburgués.
 
 
 
El director de escena, ALVIS HERMANIS, sitúa la acción de esta ópera en un museo. Irrisorio de entrada, sí, pero, sinceramente la idea no es para nada descabellada. Sí que distrae tanto movimiento con los cuadros, pero creo que la intención es buena.
Claro que cuando una ve las fotografías, y ve a los cantantes con los vestuarios de los cuadros que ellos mismos se encargan de cuidar, le viene a la mente la película “Noche en el museo”. Sí.
Quizás esta no fuera lo que Hermanis tenía en mente, pero sin duda esta película y la puesta en escena de este “Trovatore” van bastante cogidas de las manos. No diría que película y escenografía sean hermanas gemelas, o simplemente hermanas, pero primas hermanas sí, aunque hay algunas cosas que en la ópera, y de la manera que se nos presenta, flaquean por si solas por desconcierto del público.
Creo que el mensaje es que los trabajadores del museo quieren tanto a esos cuadros que ellos mismos, todos sin excepción, acaban siendo parte viva de la historia que, ellos mismos, Ferrando y Azucena, y Leonora con Inés, explican a los turistas y a su compañera de ronda, respectivamente.
Me pareció genial, escénicamente, el primer cuadro del primer acto en el “racconto” de Fernando. Ya si en escenografías clásicas éste explica la historia del Conde de Luna y Azucena junto con la desdicha del trovador, creo que en esta ocasión, es una buena idea presentar a Ferrando como guía turístico que narra, nunca mejor dicho esta historia, porque cuadra perfectamente. Igual que también tiene sentido el “Stride la vampa” que Azucena-guía explica a un grupo de visitantes, dado que la propia pieza en sí, no deja de ser otro “racconto”.
Tres cuartos de lo mismo, sucede con Leonora / Inés, mientras la primera se “confiesa” para después salir, en la siguiente escena, como salida del cuadro. Y es precisamente Leonora la que da ese vuelco a la historia. Ella es el primer personaje que “sale del cuadro”, el primer cuadro que cobra vida.
Porque en este “Trovatore” los personajes cobran vida. Todos, como decía, forman parte de la historia.
Por tanto, aunque prefiero puestas en escena como Dios manda, ésta, puedo pasarla. Sin embargo, hay momentos en que no me encajan ciertas cosas,  como por ejemplo, los personajes cobran vida delante de los visitantes del museo, que admiran, embobados la escena de Manrico y Leonora cuando el primero declara su amor a la dama “Ah si ben mio…” para desaparecer en la escena de la pira. ¿Ello es así por qué los turistas están tan ensimismados con la historia que los guías les cuentan, tan buenas ellas, que consiguen que los visitantes “vean” la historia?, ¿O lo es por qué al director de escena se le ha acabado la inspiración y no sabe muy bien como reconducir la situación?
Tampoco entiendo el final con Leonora vestida de uniforme del trabajo y suplica al Conde de Luna salido del cuadro, no al vigilante. Pensaba que al final, todos aparecerían de nuevo con los vestuarios modernos. Eso lo deja en el aire una puesta en escena interpretada, con sentido común, pero que al final, por detalles insignificantes, acaba por no acabar de cuajar.
Esperaba esto u otro tipo de resolución, pero aplaudo que el protagonista, el Trovador, Manrico, lleve siempre las vestiduras del cuadro, pues entorno a él gira esta historia, la historia que, los trabajadores del museo, de tanto explicarla, de tanto vivirla, la sienten como propia. Lo único irreal de la obra es él. Es el único personaje que no está vivo. No tiene alma. En torno suyo se monta toda la fantasía que el director de escena nos presenta.
Y los empleados están tan fascinados con él que, en cierto sentido, viajan al pasado para respirar el aire del Trovador, aquél personaje que les fascina y que, valga la redundancia, fascina a los visitantes del museo.
Por lo tanto, la idea dramática concebida por Hermanis la encuentro acertada, presente y pasado conviven a lo largo de las 2 horas y media que dura la ópera, una obra que está montada y explicada a base de relatos que dan título a los cuatro actos que forman la ópera: “El duelo”, “La gitana”, “El hijo de la gitana” y “El castigo”, para los actos primero, segundo, tercero y cuarto, respectivamente.
 
Orquestación e intérpretes
Me gustó la Filarmónica de Viena al mando del director DANIELLE GATTI. Bien en volumen y sobretodo respetando las intervenciones de los cantantes, respirando con ellos, aunque ralentizó el tempo en alguna ocasión.
 
 
 
Respecto a las voces, evidentemente y aunque ANNA NETREBKO jamás has sido santo de mi devoción, debo reconocer que en la representación de ayer fue la más regular de todos cuantos estaban en el escenario.
Sin duda, la soprano rusa tiene la voz para cantar Leonora. Volumen más que suficiente, quedó demostrado, y agudos seguros, lacerantes, que no tiemblan y quedan bien asentados, aunque tiene una particular forma de emitir las notas y a veces me da la sensación de que la voz se queda en la garganta. Ello no obstante no me impide aplaudir su trabajo, pues además de voz posee un gran sentido dramático y poder de convicción en lo que canta. Quizás psicológicamente el personaje puede trabajarse más, pero lleva consigo el sentido del drama y, ella, sabedora de esto, lo explota al máximo.
Una verdadera pena su actuación escénica cuando está con Manrico, pues no existe ni un ápice de química artística entre ambos. No hay chispa ni explosividad entre ellos dos. Una lástima no poder ver la compenetración, tan necesaria a la par, entre soprano y tenor.
Netrebko cantó sin reservas durante toda la obra. Su cabaletta del primer acto “Di tale amor…” no acabó de gustarme, pero sí que lo hizo en su “Amor sull´ali rose”. Los agudos fueron bien encajados y nunca sonaron estridentes, aunque en algún momento hubo alguna nota dudosa, pero aun así, fue la gran triunfadora de la tarde.
 
 
 
 
 
FRANCESCO MELI, en el difícil papel que da título a esta obra. Manrico requiere un canto lírico, pero con alguna pincelada de heroicidad como en el “Un momento può involarmi” e inevitablemente en “la pira” o en su “A questo infame l´amor venduto”. Pero también necesita momentos de lirismo, suaves, que envuelvan la escena como “Ah si ben mio”, y Meli, se queda a medio camino entre ambos requerimientos.
Tiene una voz que, quizás tímbricamente, no sea de las más bellas que se puedan escuchar, pero tampoco suena opaca ni oscura. Es un tenor lírico y la voz suena como tal, pero no es regular. Tiene buenos momentos, y otros que, va justo, expresivamente y también en volumen.
Se hizo patente, como decía, la notoria falta de química con la Netrebko, y ello le resta fuerza al drama, al igual que sucede con el personaje de Azucena, del que hablaré a continuación.
 
 
 
Y es que el personaje de Azucena, para mí, ya lo destrozan al principio de la ópera al convertirla en guía. Ya he dicho que la idea me gusta, pero… un “Stride la vampa” actuado como lo hizo MARIE - NICOLE LEMIEUX hace perder el punto de siniestro del personaje. El contraste entre Azucena-guía y Azucena-gitana es tan abismal que, en mi opinión, no consigue hacerse con el personaje ni escénica ni vocalmente.
Su voz está faltada de graves, aquellas notas más cavernosas que tanto se adecúan a la gitana, aquellas notas que hacen que se remuevan las entrañas. Aquellos viajes que van desde la parte alta de la tesitura para apearse a la más profunda, aquellos matices que configuran a Azucena como un personaje malo pero que en el fondo te cae bien, todo esto no estaba ayer en el escenario.
Psicológicamente tampoco la vi muy puesta en el papel, sin embargo, en el cuarto acto fue donde salió un poco la vena dramática de la gitana. Tarde. Ya era tarde para ello.
 
Me gustó RICCARDO ZANELLATO en el papel de Ferrando, una voz tímbricamente interesante, y también me agradó la Inés de DIANA HALLER.
 
 
 
 
El “otro” Trovador: años ha…
Años ha, en los que PLÁCIDO DOMINGO se enfundaba las vestimentas de Manrico. Años ha…
Como también hace años en los que el madrileño se sentía cómodo encima del escenario. Años ha, sin duda…
Ya lo estoy diciendo… años ha. Y creo que sería suficiente con estas tres líneas para no tener que entrar en un comentario exhaustivo sobre su actuación de ayer, porque para el buen entendedor, pocas palabras le bastan. Pero, entraré.
No había escuchado su Conde berlinés del año pasado, por esto, iba libre de prejuicios y opinión acerca de esta nueva aventura dominguista. Sí que había oído, en su cd dedicado a Verdi, su aria “Il balen del suo sorriso”.
Antes de empezar la función de ayer se anunció por megafonía que Domingo estaba resfriado, pero, que haciendo de tripas corazón cantaría, teniendo en cuenta el esfuerzo que ello le iba a suponer.
Vamos a ver, resfriado o no, a Plácido le es, actualmente, un esfuerzo, un gran esfuerzo, encarar una representación operística. No está en su mejor momento, eso lo sabemos, recordemos que tiene 73 años y es un milagro que aún esté cantando. Pero no a este precio.
No para mí, almenos.
Plácido ha llegado a su límite y no le hace ningún favor artístico, ni tampoco a su salud, el hacer este tipo de estragos a su edad.
Plácido, no.
Siempre he dado la vuelta a todas sus representaciones, siempre he estado a su favor, a su lado, pero ahora no puedo. Lo siento, pero no puedo apoyarle en esto.
Plácido Domingo ha sido para mí la ÓPERA, la he querido y la quiero por él, a través de él, gracias a su voz. Me he emocionado, he llorado, he sufrido con él cuando él sufría con sus personajes. He hecho míos sus sentimientos encima del escenario.
Ayer sufrí, de forma diferente. Porque no sufrí con el personaje de turno, sino con el artista, con el hombre.
Bien es cierto que una cosa es el directo, donde la voz de Domingo sigue y seguirá llenando auditorios, cómo no. Cierto es que solo con emitir una nota, esa nota retumba en el teatro porque se impone por autoridad, por maestría, por experiencia y porque “el diablo sabe más por viejo que por diablo”.
Plácido sigue conquistando corazones, y sigue conquistándome el corazón, por su empatía, por su carisma, por su energía, por esas ganas de mantenerse aferrado al escenario, para él tan necesarias como el aire que respira y, que ayer, le tanto le faltaba. Pero todo ello se queda en deseos, ahora para él ya son quimeras, porque estoy segura que él es consciente de sus limitaciones actuales.
Tiene aún agenda para tres años más… no sé si llegará o no… no lo sé… quizás sí porque “superman” (y utilizo por primera vez ese adjetivo que se le ha puesto en alguna ocasión, y que tanto me disgusta) aunque ya ha divisado ya la criptonita (de lejos, parece ser) sigue creyendo que  aún no la tiene suficientemente cerca como para que, este singular hombre de acero, quede debilitado hasta un punto extremo.
Sólo espero, y deseo, y lo deseo con fuerza, que Domingo tenga el suficiente sentido común para no hacerse daño.
 
 
“Ah l´amor, l´amor è un dardo”…
Debo pero, confesar, que a pesar de todo lo antepuesto, Domingo fue el único intérprete capaz de hacerme poner el vello de punta.
Y la frase que sirve como separador a este apunte sobre su interpretación no está cogida al azar. No.
Es verdad que el amor es como un dardo. Sí, un dardo que hiere, que duele, que envenena lentamente, pero es un veneno que tomamos con gusto.
Domingo, por internet, resfriado, falto de fiato me emocionó en el primer acto, en el terceto con Leonora y Manrico.
¿Por qué?
¿Por qué el amor es un dardo...? quizás algo haya de ello, ese amor tan fuerte que siento por el artista, por sus interpretaciones y por su voz. Pero me emocionó porque su voz, a pesar de los años y del trote que lleva encima, aún, y repito y remarco, aún suena bella y no ha perdido volumen, pues su voz se oye siempre, y de qué manera, en las escenas de conjunto.
También se reconoce aún aquel timbre tan bonito, ese color chocolate con leche que me encanta, esos ecos tímbricos que, a pesar de los años, se mantienen intactos. Y ello se produce cuando la voz suena a tenor, porque Domingo no es barítono ni nunca lo será. Le faltan graves para serlo. Lo sabe él y lo sabemos todos. Pero es un maestro que sabe reconducir su voz y su interpretación y llevarse, como siempre ha hecho, el gato al agua.
Plácido empezó ayer mal, frases que acababan sin fiato, sufriendo y haciendo sufrir, sin embargo, a pesar de mantener este timbre que aún lo identifica, conserva el dominio del fraseo que no se ha visto mermado a pesar del detrimento vocal del artista. Así pues, Plácido firmó un primer “Ah l´amor, l´amor è un dardo” bellísimo, sentido y enamorado, ensoñador, su mejor frase de la tarde. Espero sinceramente que salga pronto el vídeo para revivir, no solo este instante, sino también el dueto final, para el cual, se estuvo reservando vocalmente durante toda la representación.
 
 
 
 
Magia…
Y llegó este instante, uno de mis momentos preferidos de esta obra. Y allí sí, allí es donde salió la chispa que eché en falta cuando Netrebko cantaba con Meli. Esta falta de compenetración con el tenor, Netrebko la encontró al lado de Domingo, ¡cómo no!, pues fueron los dos únicos intérpretes sobre el escenario que le pusieron sangre y pasión a la función.
Netrebko miraba a los ojos a Domingo y él hacía lo propio. Una Anna suplicante, desesperada que apela la clemencia de Plácido, y éste consiente. Brutal fue ese encuentro entre las dos voces.
No sé de dónde sacó la voz Plácido, pero la sacó. El vello de punta nuevamente… con quién sino con Plácido… Hay cosas que no cambiarán nunca para mí aunque pasen los años.
Con más o menos fortuna, una de cal y otra de arena, esto es lo que Plácido nos puede, más o menos, dignamente ofrecer en la actualidad. Y… o lo tomas… o lo dejas…

2 comentarios:

Monica Menconi dijo...

Excelente reseña, excelente! No coincido con todo pero está muy....porque sería aburrido. Yo, si me permites, voy a pasar en "blanco y argentino" lo que viví y sentí viendo esta opera gracias a medicitv.
Ferrando es todo un descubrimiento: buena voz, mejor interpretación, buena presencia aunque con 10kg menos estaría muy bueno! Ines: muy bien! que linda voz, muy tranquila y suelta en escena. Azucena: a mi me gusto y aunque sobreactuada no canto mal y le puso mucha garra. Estoy de acuerdo en la demás que señalaste. Melli es una ameba, eso. No va a tener química con nadie con quien cante. No puede. Anna: que voz Dios me libre! (a mi me gusta mas Sondra Ravdanovsky en este rol) Impresionante aunque muchas veces no se entiende en que idioma canta. Además, no solamente ayer, en los últimos tiempos esta mujer carece del "sentir" sobre el escenario. La he seguido mucho y observo que no transmite, le cuesta. Quizás dependa de quién la acompañe (es importante), quizá de los personas con los que ella se identifica. En Ana Bolena estuvo estupenda, en Onegin qué decir pero ayer sólo en el dúo con Plácido yo aprecié que sentía. Bueno, es que si no siente con Plácido ya puede retirarse. Finalmente Plácido, amado, querido, idolatrado y otros "ados". Estoy de acuerdo contigo en casi todo pero solo dire: fue el único, el único que puso sangre, visceras, tripas, corazón, interpretación, garra, sentimiento y una voz (cuando la sacó..) que tiene ese timbre, ese volumen intactos que me van a cautivar el resto de mi vida. Si, yo lo confieso: a mí, Plácido Domingo me puede.

brunilda dijo...

Gracias Monica por tu comentario. Es que si todos estuviéramos de acuerdo con todo, como bien dices, sería muy aburrido.
No hace falta que te diga que con lo de Plácido estoy de acuerdo, no en vano fue el único que logró emocionarme, y siempre será así. Yo creo que Plácido nos puede a todos, ¿No.
Estoy también de acudo en lo que dices de Anna. Es una reflexión interesante. Muy interesante, ciertamente.
Gracias por este comentario-crítica. Te lo agradezco.

Besos.