martes, 5 de agosto de 2014

Jonas Kaufmann en Peralada o cuando en una fría noche verano una voz la hace cálida.

Un verano completamente de locos. A estas alturas deberíamos estar abrasándonos, y sin embargo, parece ser que las altas temperaturas se han quedado en el camino. Aquellos que disfrutan con el calor, están pasándolo mal. Para los que nos gusta el frío, nos sentimos como peces en el agua y firmamos, donde sea y ante quien sea, que agosto sea llevadero como hasta ahora. Raro es un verano así.  Pero es lo que hay.
 
Lo que no es tan raro es que Jonas Kaufmann cancele alguna función o concierto. Raro sería que no lo hiciera a lo largo de una misma temporada, si se me permite hacer este comentario con todo el cariño del mundo.
 
 
 
 
 
Con el corazón en un puño: ¿cantará Kaufmann?
 
Cuando el jueves por la tarde me enteré que había cancelado la última función de “La forza del destino” en Múnich, empezaron mis nervios. Esto era un jueves y el concierto en Peralada estaba a la vuelta de la esquina, y, prácticamente el tiempo de recuperación era justo. Ya podíamos empezar a temblar.
Y es que con Kaufmann no se tiene nunca la certeza de si cantará o no, siempre me tiene con el corazón en un puño, y no ha habido ni una, ni una sola función a las que he asistido para escuchar al tenor bávaro a la cual haya ido tranquila y completamente convencida de que no vaya a cancelar, porque de seis veces, he sufrido dos cancelaciones.
 
Pero esta vez, en Peralada fue aún peor la cosa, dado que, a la inseguridad de si se llevaría a cabo la función se sumó, y de ahí un poco relacionado con la introducción, las inclemencias del tiempo.
Todos somos conscientes del verano que está haciendo, y cuando un espectáculo es al aire libre siempre se tiene un poco de reticencia al respecto.
Así pues, con la angustia de la cancelación en Múnich, y controlando el tiempo en Peralada, transcurrieron tres días.
La previsión meteorológica era que no lloviera. Pero llovió.
Cuando a las 4 de la tarde Peralada se empapó de una suave lluvia, crecieron los nervios. No, no podía ser que, después de saber que el tenor ya estaba en Peralada, que no cancelaría, por cuatro gotitas de nada, pudiera volver a ponerme el corazón en la garganta y temer lo peor.
Afortunadamente, la llovizna de verano se quedó en esto. Cuatro gotas, más bochorno por un momento  y un buen susto que bien hubiera podido truncar la magia de la noche que nos esperaba.
 
 
Jonas en Peralada
 
Era la segunda visita del tenor a Peralada. La anterior fue hace dos años y la experiencia debió agradarle, con un público rendido a sus pies y un Kaufmann en estado de gracia. Siendo la primera vez un gran éxito, ¿por qué no regresar?, debería pensar él. Y sí, regresó.
Las expectativas eran, quizás más grandes, pues los que vivimos el primer concierto sabíamos que, si en 2012 Peralada ardió con su interpretación, la segunda vez tendría que ser, por lo menos igual.
Las entradas salieron anticipadamente a la venta durante el mes de diciembre. Hicimos los deberes diligentemente, aunque siempre pensando en el riesgo de cancelación, con Kaufmann es algo natural de pensar, y una vez obtenidas, pues a tachar días en el calendario.
Kaufmann conquistó de nuevo al público que acudió al Festival. Esperemos que ello sea el prinicipio de una gran amistad entre el tenor y el Festival, inicio forjado dos años antes, y que esperemos, tenga una continuidad, pues hay muy pocas ocasiones para ver al tenor alemán en nuestro país.
 
 
 
 
El programa: sesión de Verdi y Wagner
 
Dejamos ya atrás los faustos del Año Verdi y del año Wagner, pero Kaufmann apostó por estos dos compositores.
 
Cuando desde el “Festival de Peralada” anunciaron el programa definitivo, un par de días antes del concierto, pensé que de entrada lo más interesante, al menos para mí, recaía en la segunda parte, en las piezas de Wagner, donde precisamente Kaufmann se encuentra más cómodo.
De los Verdi escogidos, podía resultarme expectante su “Don Carlo”, personaje de esos enfermizos, en los que Kaufmann, al igual que con su Werther, le va calcado y no tanto su Trovatore o mucho menos su “Forza del destino”. Pero… teníamos que coger sí, o sí, lo que nos ofrecía.
 
He dicho muchas veces, y vuelvo a repetir que el muniqués no me convence demasiado en la ópera italiana, a pesar de que su disco dedicado a Verdi me entusiasmó, quizás por ser un producto de estudio y no en un directo, pero me gustó mucho.
Sinceramente creo que está mucho mejor, y sobretodo mucho más cómodo en el repertorio francés. Pero la mía no deja de ser una mera opinión personal.
 
En cuanto al planteamiento del programa ya se sabe que, cuando un cantante viene solo la orquesta cobra un gran protagonismo. Y aquí, al igual que en la ocasión anterior, lo tuvo. Claro que, los que somos más amantes de la voz que de las oberturas nos disgusta que el cantante cante tan poco y la orquesta toque tanto, pero, en los festivales de verano esta suele ser la tónica o el protocolo a seguir. ¡Qué le vamos a hacer!
 
De nuevo, para tan especial ocasión, Kaufmann fue secundado por la Orquestra Simfònica de Cadaqués, repitiendo dirección el maestro JOCHEN RIEDER.
 
El maestro Rieder empezó ejecutando la obertura de “Le Cid” de Massenet, cuyos primeros compases, e inclusive casi al final de la misma me recordaron mucho a una bella napolitana que se titula, “Mamma mia, che vo’ sape’”.
Esta obertura es poco interpretada, hecho que de entrada se agradece, pero, en este tipo de eventos estas músicas, geniales todas ellas, quizás no sean las apropiadas para levantar a un auditorio entero.
 
 
Bucle sin retorno: tres Verdi…para olvidar
 
No sé el criterio que tiene Kaufmann a la hora de escoger si cantar aquello o cantar lo otro. Quizás vaya un poco acorde con lo que el tenor esté promocionando en esos momentos.
Antes de entrar al concierto se pudieron ver unos estantes con el disco de Verdi, e inclusive el DVD de “Don Carlo”, que como aquel que dice, acaba de salir del horno.
Siendo así, supongo, tiene que hacer contento a las discográficas encauzando al público para que, a la salida, se decida a comprar algo. Sin duda, los tiros deben ir por allí.
 
Pero si alguien a la salida del concierto compró el disco de Verdi,  sería porque alguien se lo recomendara o por lo atractiva que es la portada, no porque Kaufmann pudiera haber inducido a nadie a hincar el diente a este producto después de escuchar sus tres nefastos Verdi.
 
Cuando salió al escenario lo encontré tenso, nervioso. Y en su cara y en sus movimientos corporales, se notaba. No estaba para nada relajado, bien es cierto que nadie puede relajarse cuando se va a cantar un aria como la del “Don Carlo”, pero me preocupó, pues esa angustia duró a lo largo de las tres primeras intervenciones, y eso para mí, fue un motivo de alarma.
Quizás arrastrase aún restos de su cancelación anterior por enfermedad, pero Jonas no pudo hacer nada para disimular su inquietud.
 
Cuando empezó con su “L´ho perduta” del “Don Carlo” su voz me sonó rara, diferente. De pronto tuve que pensar, ¿pero en realidad es Jonas Kaufmann? Tardé un poco en identificar su timbre, su particular sonoridad. Raro, me sonó raro.
Se la he escuchado en mejores condiciones, y la interpretación del domingo no hace justicia a una de las principales voces de tenor del momento. Hubo instantes en que me hizo sufrir.
 
Siguió a la misma con la primera parte del ballet de “Il Trovatore”, que no había escuchado nunca tampoco, pero en la que se identificaban, claramente, todos los motivos que los amantes de la ópera hemos tarareado en más de una ocasión.
Y sin movernos de esta ópera, un Kaufmann aún nervioso, entonó su “Ah sin ben mio”, lento, lento, con el que tampoco me emocionó ni me aportó nada en absoluto, y que sin embargo en el disco, me encantó, a pesar de que arrancaron con ella, los primeros bravos de la tarde.
 
Y después llegó lo que tenía que llegar, lo que estaba ya tardando demasiado. Me estoy refiriendo claro está a la obertura de “La forza del destino”, que como se toca tan poco, se agradece cuando lo hacen y que los intérpretes se acuerden de ella para que no caiga en el olvido.
Y, cuando después de tan magna obertura, Kaufmann salió para cantar “La vita è inferno a l´infelice”, de la misma obra…me pregunto yo si era necesario tocar la larga introducción del aria. ¿No había ya suficiente con tanta orquesta?
Ello obligó a tenerlo encima del escenario sin hacer nada: ahora miro al suelo, ahora levanto la vista, ahora… en fin…no es que moleste su presencia en el escenario, al contrario, pero, hubieran podido prescindir de la introducción, porque el público tenía ganas, muchas ganas de escuchar la voz.
 
La citada aria, para mí, fue lo peor de la noche. Lenta, lenta, lentísima hasta el hastío, con un Jonas desencajado en el papel, intranquilo, nervioso, tenso, con tos antes de empezar. Una abrumadora aria, para mi gusto, rayando lo insoportable.
Fue inteligente y sus “O tu che in seno…” fueron ejecutados en piano, porque de hacerlos a plena voz, que es como más me gusta, creo le hubieran resultado dificultosas, tal como estaba y dado algunos desajustes que se pudieron apreciar durante la ejecución.
 
Creo que Kaufmann es un cantante lo suficientemente inteligente como para saber, primero, que no estaba al 100% cuando salió a cantar, lo sabía él, y lo sabíamos nosotros cuando empezó a emitir las primeras notas, y también lo es para adivinar que Verdi no es lo suyo, que le supera, porque su voz no suena limpia cantando estas obras, suena empañada.
Que tenía que cantar Verdi por temas de promoción de discos, quizás sí, pero siendo quien es, creo que tiene suficiente poder como para dar la vuelta al programa e interpretar lo que realmente, por estilo, le va. Y no al revés, cantar lo que sea porque económicamente, interesa.
 
Decepción. Gran decepción para mí en estas tres piezas. E iban ya tres en las que, a pesar de los entusiastas bravos del auditorio, yo aún no le había lanzado ninguno, porque sinceramente, su interpretación no lo merecía. Al menos hasta este momento. Y eso, ya me preocupaba. ¿Dónde estaba Kaufmann? ¿Dónde estaba el Kaufmann al que yo estoy acostumbrada?
 
 
 
 
 
Una de cal, y otra de arena.
 
Magnífico fue el anunciado “Preludio” del acto tercero de “Carmen” con un fantástico solo del primer violín con la música del aria de Micaëla, “Je dis que rien ne m´epouvvante”.
Esta interpretación, para mi fue la mejor de lo que habíamos escuchado hasta el momento, aunque al leer el programa no tenía precisamente en mente esta música, sino la que todos conocemos como preludio del tercer acto, pero, escuchado lo escuchado, lo agradecí muchísimo, ya que sin ser esta aria una de mis preferidas, encierra una bella melodía.
 
Llegó seguidamente el aria que cerraba la primera parte del concierto, la archifamosa y también cantada hasta la saciedad “Ô souverain, ô juge, ô père” de “Le Cid” de Massenet. Y tenía su interés por que no se la había escuchado nunca.
 
Después de casi 40 minutos de música, quizá un poquito más, Kaufmann aterrizó en Peralada. Allí estaba. Allí estaba el tenor que había estado esperando durante la fresca noche que vivimos en el auditorio.
En una tesitura más central, Kaufmann se puso en el papel del héroe español, sacando sus mejores galas y sus mejores recursos vocales. Más relajado, su voz sonaba suelta y fácil.
 
Evidentemente, y así lo demostró de nuevo, que el repertorio francés se adecúa mejor a su vocalidad. Una muy buena dicción y un canto cuidado afeado quizás por alguna nasalidad, pero en comparación a lo que habíamos escuchado hasta el momento, su “Cid” me supo a gloria. Reprochable quizás alguna nota alta un poco corta, pero que solventó en la segunda estrofa que culminó con un final “ô père” bien mantenido y completo, diciendo “pè -re” en dos tiempos, y no “pèr….” como a veces se acostumbra a hacer.
 
Y fue en este momento, cuando los últimos acordes de la orquesta se apagaron, en el que salieron los primeros bravos de mí garganta, suficientemente gritados como para levantarme sin voz al día siguiente.
Aquello estaba dando la vuelta, Kaufmann se había centrado ya, se había relajado, y auguraba una segunda parte que tenía que ir, inevitable e indiscutiblemente, sobre ruedas, aunque es una verdadera pena que con un cantante de la categoría de Kaufmann, tengamos que esperar a su cuarta interpretación de la noche para escucharle bien, libre de tensiones e incomodidades vocales.
 
Con buen pie
 
Después de la obertura de “El holandés errante” Kaufmann se puso en la piel del welsungo Siegmund interpretando uno de los pasajes más duros de “Die Walküre” de Wagner con esos “Wälse, Wälse” largos y sostenidos durante varios segundos cada uno de ellos, y a pesar del esfuerzo evidente que los mismos suponen, el tenor los sorteó de forma excepcional.
Ahora sí, en “Ein Schwert verhiess mir der Vater” su voz sonaba como estamos acostumbrados, suelta y fácil, libre de nervios. Él estaba en su terreno y él es consciente de ello. Un lujazo escucharle en esta pieza, que en concierto poco se canta, siempre en pro de la más explotada “Winterstürme” que ya cantó en su anterior visita al Festival.
 
Fue entonces, al finalizar la pieza cuando se produzco el momento más mágico de la noche. Silenciados los últimos compases, el público estaba aguantando casi la respiración, transcurrieron cinco segundos de silencio sepulcral, momento en que todos regresamos al auditorio provenientes de la cabaña de Hunding, y entonces, al volver de nuevo a la tierra, Peralada estalló con un aluvión de bravos desde todas las zonas. De platea, de pisos, de todos los sitios. Situaciones que sólo se producen de tanto en cuanto en la ópera. Y aquella fue una de esas. El silencio cortante fue ahogado por miles de gargantas que al unísono gritamos “bravo”, una y otra vez, una y otra vez. Mi garganta ya estaba hecha polvo.
A pesar del frío que hacía al aire libre esa noche, solo podías olvidarlo un poco cuando Kaufmann empezaba a cantar. No importaba el frío. No lo notabas. Sólo al regresar al mundo de los mortales.
 
Y lo mejor, estaba aún por venir…
 
Después de un soso preludio del acto tercero de “Los maestros cantores de Nuremberg”, Kaufmann nos regaló dos fantásticos “lieder” del ciclo “Wesendonnck Lieder” también del maestro de Leipzig, Richard Wagner.
 
“Schmerzen” (“Penas”) mi preferido con aquel estallido orquestal que sigue a un radiante “Sonne” con todo el oleaje de una orquesta que brilla al lado de su voz, con una melodía que envuelve al cantante, y que en esta ocasión, cuando el cantante lo hace tan bien y tan sentido, la comunicación con el público llega por vía directa. Y tal fue el entusiasmo generado que alguien se arrancó a aplaudir entre “lieder” y “lieder”, a lo que Kaufmann respondió con un simpático gesto que decía “calma, calma, esperad a que cante el otro”.
Y este otro era “Träume” (“Sueños”), musicalmente no tan bello como su “hermano mayor” pero igual de interesante, porque en realidad, todo este ciclo del “Wesendonck Lieder” es realmente una joya, quizás no de los más cantados pero que vale la pena conocer, y escuchar una y otra vez, de forma repetida, con cariño y mimo. Y acabas amándolo como lo amo yo.
 
 
 
 
 
Peralada empieza a calentarse
 
Indiscutiblemente, uno de los puntos álgidos del concierto fue, cuando después de que la Orquestra de Cadaqués interpretara el Preludio del acto tercero del “Parsifal”, Jonas Kaufmann nos ofreciera su espectacular “Amfortas! Die wunde!”.
 
Vamos a situarnos. Vamos a recordar la imagen.
 
La orquesta entona los primeros compases y Kaufmann no está aún en el escenario. Toda la genial música de Wagner sonando al aire libre, en una noche fría del mes de agosto, marco difícil de imaginar, pero así era, porque el domingo por la noche se pasó frío en Peralada.
Al cabo de unos instantes, Kaufmann, enfundado en su elegante frac entró en el escenario, y con toda la música a su disposición, toda ella al servicio del tenor, sirvió para que el alemán nos dejara boquiabiertos con un atronador “Amfortas”. Atronador de verdad. Toda su voz resonando en el auditorio, con autoridad. Allí estaba Kaufmann. Allí estaba la voz que habíamos estado esperando durante toda la noche. Allí no mandaba nadie más que él.
Aunque la orquesta no estuvo, para mí gusto, durante el concierto, a la altura del artista, supo acompañar muy bien en esta intervención al cantante.
Escuchar esta escena del “Parsifal” en la voz de Kaufmann fue magnífico, único, y escuchar por debajo de su voz el tema del beso, una experiencia inolvidable.
 
Hacía frío en Peralada, lo he dicho muchas veces a lo largo de este escrito. Sí, hacía. Pero me acordé una vez finalizó la pieza. Fue luego cuando empezó de nuevo la tiritera, el escalofrío. Kaufmann hizo subir la temperatura ambiente y de qué manera. Algo así, lograr esto, solo está al alcance de muy pocos. Kaufmann es, actualmente uno de ellos. Sin duda.
 
Y de nuevo al finalizar la pieza regresó la magia. De nuevo la sensación que se había vivido con “Die Walküre”. Fueron menos segundos, pero se hizo el silencio de nuevo. Todos regresamos de nuevo al auditorio, y estallaron los aplausos, los bravos, el delirio. Griterío en todos los idiomas: catalán, castellano, inglés, francés, italiano, y cómo no en alemán desbordaron al artista.
 
Al igual que hace dos años, Kaufmann levantó al público de sus asientos. Pasaba de las doce y media de la noche, pero allí no había ganas de moverse en absoluto, y ello lo reafirmaba todo el pataleo del público.
Aplausos, aplausos y más aplausos. Gritos. Aquello era todo un festival. El público lo sabía y Kaufmann, también, así es que el artista, generoso, se metió de lleno en el capítulo de las propinas.
 
 
El momento más bello
 
El primer y ansiado Puccini de la noche llegó en la tanda de los bises. Ni se me pasó por la mente que Kaufmann nos cantaría algo de la obra que hace mes y medio estaba interpretando en el Covent Garden, “Manon Lescaut”, unas funciones que no disfruté nada en absoluto.
Llegados a aquel momento del concierto, con un Kaufmann comodísimo, con una voz caliente,bien trabajada, libre y suelta, entonó una de las melodías más bellas de esta ópera del compositor de Lucca que tanto quiero. “Donna non vidi mai” fue la escogida.
 
Por primera vez en la trayectoria de Kaufmann, y en todo lo que le llevo escuchado, por primera vez voy a permitirme la licencia de utilizar el siguiente adjetivo: belleza. Sí, la voz de Jonas sonó bellísima, fácil, brillante, para nada empañada y por una vez en la vida le vi cantar con un temperamento más propio de un cantante latino que de un germano. ¡Qué momento!. ¡Qué momentazo! Y nosotros pudimos disfrutarlo porque le puso sangre, le puso pasión, le puso ganas.
Tanto que me disgustó su versión londinense, y en cambio el domingo, allí, en Peralada, al aire libre, allí, en aquel momento,en directo, a aquella hora de la noche, a no sé qué temperatura, me encantó. Allí. Bravísimo Kaufmann.
 
De nuevo explosión del público, y Jonas salió una y otra vez a saludar. El público pedía y el concedió.
 
El siguiente bis fue “È la solita storia del pastore” de “L´Arlesiana” de Cilea, donde pudo hacer gala de su línea de canto, de su dominio de los pianos, aunque alguno me hubiera gustado un poco más matizado. Agudos descarados y fáciles, Kaufmann estaba tan relajado que creo hubiera podido cantar toda la noche olvidando ese traspiés de la primera parte debido, a mi modo de entender, por haber escogido tres piezas de Verdi de forma errónea.
 
Y de nuevo se repitió la misma escena.
 
El público de pie pidiendo más y más y de nuevo Kaufmann concedió. La pregunta era ¿hasta cuándo?.
Sólo los primeros acordes del “Paganini” de Lèhar y su “Gern hab ich die Fraun geküsst” (Las mujeres fueron hechas para amar y besar) fueron suficientes para que parte de las féminas del público se alteraran ya nada más escuchar la frase… de verdad… ver para creer… o en esta ocasión, mejor decir, oír para creer.
 
Y Kaufmann estaba tan, tan cómodo que hasta se permitía poner cara a lo que estaba cantando, movimientos corporales e inclusive un guiño de ojo. La felicidad en persona y en la garganta del tenor. El Jonas más dicharachero que haya visto yo encima del escenario.
 
 
 
 
 
El momento más emotivo de la noche
 
Este fue el instante en que Kaufmann me arrancó lágrimas, literalmente. Llegaron en el bis final, en el tan bonito “Dein ist mein ganzes herz”. Cuando escuché el arranque de la orquesta me vino a la cabeza un montón de recuerdos, de sentimientos, de cosas vividas durante todos los años que llevo escuchando ópera.
 
Cuando el domingo por la tarde empezó a llover sólo había una opción buena y válida, y esta era, claro está, ponerme a rezar. Pero no rezar a cualquiera. No. No rezar una oración cualquiera, no. Yo recé a mí abuelo para que, desde el cielo, me ayudara. Como siempre hizo en vida, y como está haciendo ahora que ha emprendido este viaje sin retorno.
Sólo él podía concederme ese deseo. Y se produjo. Mi abuelo me ayudó, y así lo creo encarecidamente.
 
Quizás como ya me pasó en el Liceu con el ciclo del “Winterreise” en la que el único momento en que Kaufmann levantara la vista al público y mirara a la sala, a los ojos de un espectador cualquiera, fuera con mí adorada “Die Krähe” y afortunada fui al cruzar mi mirada con la de Kaufmann.
 
Pues como en aquel momento probablemente en un ataque de telepatía por parte del tenor pasó algo similar en Peralada.
Soy consciente de que seguro que la tenía ensayada, seguro que sí, pero, cerrar ese concierto que parecía estar gafado de entrada precedido de su cancelación en Múnich y amenazado de lluvia durante todo el día, es sin duda sinónimo de que la energía positiva de mí abuelo acarició la sensibilidad de Jonas Kaufmann. Y lo notó. Como yo noté la presencia de mí abuelo en aquél momento tan, tan emotivo para mí.
 
Difícil me sería decir cómo lo cantó. Muy bien, evidentemente, pero en aquel instante sólo podía pensar en lo mucho que hubiera disfrutado mí abuelo al escucharla. Él me la dio a conocer, él me la presentó e hizo que yo amara esa melodía.
Sé que desde el cielo le está agradecido a “Jonás”, como él le decía, por este bonito broche final, aunque Kaufmann, evidentemente, jamás será consciente de ello y nunca se lo podré decir. Queda pues dicho a través de estas palabras. Ahora mi abuelo sonríe de nuevo, primero porque me vio sonreír a mí porque Kaufmann no canceló y segundo porque cantó una pieza que para nosotros dos es muy especial.
 
“Dein ist mein schönstes Lied,
weil es allein aus der Liebe erblüht”
 
“Tuya es mi más bella canción, porque florece sólo debido al amor”.
 
Aún en tiempos de crisis los milagros se producen y los deseos se cumplen. Basta con desearlos con fuerza y con convicción. Como en este caso, y para muestra, un botón.

4 comentarios:

Florestán dijo...

Esplendido y emocionante post.

Gracias por hacerme vivir, lo que no pude presenciar.
Tendré que esperar a octubre y en el Palau para disfrutar de Jonás.

Un beso y feliz verano

Joaquim dijo...

No sé pas on veus que siguin comentaris quasi calcats. Una cosa és que me l'estimi més cantant Wagber que Verdi o Puccini i l'altra ñes que com aquell qeu no vol la cosa es carregui els tres Verdi com ho fas tu. No és Bergonzi, és clar, però giguem quin tenor a l'actualitat et pot cantar aquestes tres àries millor que ell, és obvi que no és una contesta ai`xo que et faig i que tampoc és satisfactori, però dir que l'ària de la forza va ser el pitjor i que caldria evitar la preciosa introducció orquestral, francament em sembla una provocació.
Res més a dir. Coincidim en moltes més coses.

brunilda dijo...

Mira Joaquim,
La meva no deixa de ser, al igual que la teva una opinió. Una opinió més. Francament no tinc ganes d´entrar en un “bucle” sense retorn, ja que ni tu em convenceràs ni jo et convenceré, oi que no? Doncs no cal que seguim.
En quan al comentari, si l´has llegit amb calma, com jo he llegit el teu fins al final veuràs que hi ha coses que si, estan quasi calcades.
Que sigui o no una contesta el que fas... doncs no, com el que tu bé dius, potser el que t´ha passat és que al veure que em carregava els Verdi, t´has quedat horroritzat, i aquí t´has quedat, tal com em vas suggerir que havia fet jo una vegada i no recordo en quin post va ser, potser el de “La traviata al MET”? Pot ser sí que era aquell, oi?
No. Sé molt bé el que vaig sentir el diumenge i que estem o no d´acord, doncs bé, és secundari.
I no, els seus Verdi, per mi, -i matiso aquest “per mi”- van ser nefastos. Ho he dit aquí, com ho diria a qualsevol altre lloc. I li diria al pròpi Kaufamnn a la cara. No, no em van arribar, va ser un patiment, meu i d´ell, evidentment. La cara, la veu, el cos, les cames, tot ell un manyoc de nervis que van reflexar-se inevitablement en la seva interpretació. No te´n vas donar compte, d´això? A quina fila estaves?
Potser sí vam sentir peces diferents. Escolta-la de nou, perdona, segur que ho has fet, potser l´hagis sentit 10 vegades abans no hagis opinat. Jo no, només ho he fet un cop.
Fixa´t que hi ha un moment en que no sap com portar la veu, li pesa, i que quasi se li trenca. En l´àudio no s´aprecia bé, però en directe, renoi si es va apreciar. Això és cantar bé una Forza? Per mi no. Ho sento.
Ara el que està clar és que si un cantant de la categoria del Kaufmann ha d´esperar fins a la quarta peça per posar-se a to... no li fa cap mena de justícia.
Provocació? Per tu?
O per anar en contra de l´opinió generalitzada? Per què no em deixo arrossegar i dic el que penso i sento, equivocada, potser, o potser no? No. Això no es provocar, això és ser sincer amb un mateix, i cada orella és cada orella.
No saps la dita “per gustos els colors”... doncs això....per gustos...
I com bé dius hi ha altres coses en les que també coincidim.

Joaquim dijo...

Trobo que t'ho prens molt a la valenta.
En fi, no comprenc com pot estar tan horrorós cantant Verdi i després ser déu.
Ah! i jo mai t'he volgut convèncer mai de res, que consti i òbviament m'he llegit el teu apunt fins al final.
Ara quan dius que no sap per on portar la veu, un cantant que la domina a plaer si que m'has deixat estorat.
Kaufmann per a mi no hauria de cantar òpera italiana, però si ho fa no em tiraré daltabaix del balcó, no és un problema en aquest cas de cansament o no. Per exemple a l'ària de Le Cid que tu lloes tant, jo vaig veure-li els mateixos problemes vocals que en Verdi i en els Wagner, els mateixos. Estava cansat per a tots els repertoris.