lunes, 6 de agosto de 2012

Passione

No cabe duda de que el italiano es un idioma querido por todo el mundo, por la manera en cómo suena y por lo fácil que a muchos nos resulta su aprendizaje.

Pero también lo es en el caso de todos los amantes de la ópera. Es la lengua de la pasión, la que respira por los poros de los cantantes y nos llega hasta nuestros oídos en palabra y en música.

Una vez vi en televisión una encuesta en la que el reporteo, micrófono en mano, salía a la calle a preguntar a los españoles cuál era su palabra favorita en español, y “amor” ganó por goleada, si mal no recuerdo.

Yo no estoy de acuerdo. No hubiera dicho “amor”.

La misma pregunta me hice yo pero reflexionandolo en italiano, y hay dos palabras que me fascinan: “insieme” (juntos) y evidentemente “passione” (pasión).

“Passione” qué palabra tan bonita que describe sin dejar nada en el tintero el carácter latino que compartimos españoles e italianos, nuestra manera de hacer las cosas y la entrega puesta en cada una de ellas.



Y precisamente, pasión, es lo que Plácido Domingo muestra en el escenario.

Es época de vacaciones y con ellas tiempo de recuperar aquellas grabaciones que se amontonan a lo largo del año y que por falta de tiempo no has podido escuchar.
También es tiempo de desenpolvar aquellas óperas que no calan tan hondo como las que acostumbras a devorar durante la temporada.
Es entonces al acudir a ellas cuando una piensa lo que se pierde en el transcurso del año.

Y precisamente ayer tocó el turno a “La gioconda”. Sin duda no será jamás para mí la ópera con la cual me iría a una isla desierta, pero sí que he de reconocer que hay fragmentos de una belleza y pasión fuera de límites.

La pasión de Plácido en sus intervenciones hacen ponerte la carne de gallina. He aquí pues al tenor, al gran, gran artista que es. Su maravillosa voz al servicio de la genialidad de Almicare Ponchielli y su temperamento que da vida a Enzo Grimaldi dejan a flor de piel todos los sentidos.
¿Alguien puede cantar este fragmento con más pasión y virilidad? Lo dudo.
Su “Deh non turabre...” es apasionado, y nunca mejor dicho. Para mí, insuperable.