jueves, 25 de agosto de 2011

Téngase allá el arriero...

Para que luego digan que las zarzuelas no tienen buenos textos, os dejo un trozo de "El Cantar del Arriero" del maestro Diez-Giles, porque a veces la palabra también hace poner la carne de gallina:

Téngase allá el arriero,
que de esta puerta no pasa
mientras gobierne mi casa
mi voluntad y mi fuero !

Es mesón y abrigo tiene
para el que a su puerta llama;
pero no para quien viene
con negra y antigua fama.

En una noche lejana
he perdido contra tí ;
hoy que te tropiezo aquí,
no eres tú, soy yo quien gana.

¿Te acuerdas?... Otro mesón
y otro tiempo; la hora, igual.
Atravesaste el umbral
y sentado ante fogón
contra tu frío mortal
calor mis brasas te dieron,
fortaleza mis manjares,
y en mis cuadras y pajares
tus caballos extendieron
la amplitud de sus ijares.

 No importaban lluvia y rayo
que hendían la carretera...
 Si era Diciembre por fuera,
por dentro todo era Mayo !

 Pero tus ojos fijaste
en la reina de mi hogar;
tu copa por ella alzaste...
 y el nuevo día al rayar
de mi mesón te llevaste
lo que más pude apreciar!...

La casa entera corrí
buscando a los dos, en vano,
porque no cabía en mí
que al que traté como hermano
me correspondiera así.

 Loco, un caballo ensillé
y me lancé a la montaña,
en donde al cabo encontré
a la mujer que adoré
arrojada en la maraña
de unos togales...

Los ojos muy abiertos ; la faz yerta;
los labios, antes tan rojos,
blancos cual los de una muerta,
y el pelo, lleno de abrojos.

¡Caro pagó su placer !...
La hubiste de abandonar
al momento de lograr
su cuerpo !...

 Y yo, ¿qué iba a hacer
su infortunio al contemplar?...
Podía haberla matado.
Pero estaba desmayada
y un rufián la había burlado.

¡ De cuanto había pasado,
era la menos culpada !
Sin olvidar, perdoné
a la hembra sin esperanza.

i Pero al hombre, no !... ¡ Y a fe
que a mí mismo me juré
propósitos de venganza !...

 Pasó la vida... ¡Ha nevado
tanto ya en mi corazón,
que mi rencor he olvidado !
Ella murió. La he jurado
no matar por su traición.

Por eso al hallarte aquí
te muestro la dicha mía.
¡ Ella es todo para mí !
Por aquélla no podría matarte...
i Por ésta, sí!

 Por eso está mi mesón
para tu gente cerrado,
porque aún en el corazón
conservo el dardo clavado
con que me hirió tu traición.

Por eso dije primero :
mientras gobiernen mi casa
mi voluntad y mi fuero,
¡ téngase allá el arriero,
que de esta puerta no pasa !