martes, 1 de mayo de 2018

Un grande spectacolo...a Sabadell







Finaliza la temporada de ópera en nuestra ciudad. Y lo hace con sumo éxito y con dos óperas populares del repertorio verista, la “Cavalleria Rusticana” del maestro Pietro Mascagni y “Pagliacci” de Ruggero Leoncavallo.

Un binomio que asegura casi un teatro a rebosar y que se traduce en una taquilla generosa, sirviendo al público una tarde de emociones, pasiones, celos desmesurados, amores desesperados y, como no podía ser de otra manera en el verismo, venganzas y muertes.

Dos montajes con una chispa de modernos, sobre todo en lo que se refiere al vestuario, que acerca la acción, sino a los tiempos actuales, a tiempos que todos los que llenábamos el teatro el domingo por la tarde éramos capaces de reconocer. Trajes ellos y vestidos negros en ellas para la Cavalleria. Colores sobrios, austeros y grises que cuadran a la perfección con el retrato de una Sicilia rural y pueblerina, y que sabe alcanzar el toque de seriedad, de respeto y de honor de sus habitantes.

La cosa cambia en Pagliacci. Aparece el color, la alegría y el calor de un 15 de agosto en Calabria. Sol sofocante perfectamente recreado por la genial iluminación de NANI VALLS que se rompe con la oscuridad de los momentos más trágicos de la obra. El vestuario, variopinto y lucido. La disposición escénica del coro, perfectamente cuadrada.

Ambos montajes, son firmados por el tándem MIQUEL GÓRRIZ y PAU MONTERDE, antecesores de Carles Ortiz y Jordi Galobart. Los primeros firman dos producciones con un decorado único y ambivalente para recrear los dos ambientes: con más seriedad la Cavalleria, y con más luminosidad en la segunda. Carteles de estrenos de películas italianas que se han convertido en clásicos, como “Riso amaro” (Arroz amargo, 1949), colgaban de la pared del fondo del escenario en Pagliacci, dejando adivinar a una imponente Silvana Mangano como protagonista principal de este inmortal film.



Dirigir… y algo más

Como siempre, un auténtico lujo y placer ver dirigir al sabadellense SANTIAGO SERRATE. Entrega y pasión, alentando siempre a los intérpretes. No se dejó ninguna de las entradas para los solitas protagonistas, pero tampoco para el Coro, que lució como últimamente nos tiene acostumbrados.

El volumen orquestal justo en Cavalleria y quizás un poco demasiado en Pagliacci, no afean una interpretación, a mi gusto excelente, a la que se puso el pulso justo de apasionamiento en pasajes en los cuales hubiera preferido un poco más, sobretodo en el “Intermezzo” de la Cavalleria. Aún así, me emocioné en este instante y lloré. Mi pensamiento se trasladó a otro momento de mi vida que hace que no pueda escuchar este inspirado fragmento sin que en mis ojos aparezcan lágrimas.

Ver como un director se convierte en la sombra, en el protector, en el amigo y en el cómplice del intérprete es extraordinario. Era uno más en el fosado, pero, también fue uno más en el escenario. Y el público así lo percibió siendo merecedor de un gran aplaudo al finalizar la representación. Las dos representaciones, valga decir.



Mención especial para el CORO dirigido por el maestro DANIEL GIL DE TEJADA, que supo sacar un volumen nítido, aunado, fuerte y seguro. La verdad es que es un gran placer ver la cantidad de gente joven que es integrante de esta entidad. Jóvenes, con ganas, impetuosos, entregados y felices de ser donde estaban y en el momento en que estaban. Sin dejar de ser estáticos – suele ser el mal de todos los coros – se movieron bien, con una distribución bastante simétrica y bien coordinada, que si bien, falta control en cuadrar algunos mutis del escenario, por lo que respecta a la interpretación, no hay nada que objetar.

Fortes bien ejecutados en la plegaria de Cavalleria dieron paso a la jovialidad del Paglacci, y todo ello, con 25 minutos de diferencia entre una y otra para cambiar de chip y adentrarse en un ambiente festivo que ha sido precedido de un terrible asesinato en la primera. Bravo el Coro. Bravisimo.



Santuzza – Turiddu - Alfio

Esta tripleta de personajes son los primeros que nos saludaron en la tarde del domingo. La muchacha deshonrada, el típico macho siciliano, y el marido cornudo que, por venganza y celosía, se entera de que hace tiempo que lleva adorno en la cabeza.





La Santuzza de EUGENIA MONTENEGRO tiene una voz bonita y timbrada, pero a la que falta dramatismo, o pasión, o… algo le falta para abordar un papel de esta envergadura y entidad. Empezó bien, tanto en su “Voi lo sapete, o mamma” y siguió regular en la plegaria junto al coro.

La cosa empezó a declinar en la segunda parte del dúo con Turiddu. La voz estaba un poco resentida, pues la de Montenegro es para afrontar papeles con una pizca más de lirismo y no tanto al extremo verista. La voz pierde corporeidad en las notas más graves, que quedan opacas, casi inaudibles.  

El declive llega en el dúo con Alfio, que salva, pero utilizando un discurso poco trabajado, muy plano, sin matiz, de autómata. Como si le estuviera relatando el engaño por pura gimnástica verbal pero sin sentirlo, sin emocionarse.

Cierto es que su Santuzza no roza la locura o la desesperación de la mujer traicionada de otras Santuzzas, cierto, y su enfoque es inicialmente válido, pero, no suficiente. Quizás, un tanto reservada aquí para afrontar con notable comodidad, el final de la obra que culmina con dos notas dificilísimas, que deben ser casi gritadas a pleno pulmón.



Un gran “tour de force” es lo que le tocó al tenor ENRIQUE FERRER afrontando este pack Turiddu-Canio.

Dos personajes agotadores, escénicamente opuestos, pero que requieren de inteligencia, fuerza y cambio de mentalidad.

Interpretar a lo largo de 2 horas, 2 horas y media un personaje que tiene un arco de principio a fin de la obra es extenuante, pero, interpretar a dos y, además, distintos, es para quitarse el sombrero. Del típico siciliano, joven, chulo y macho al desesperado, viejo y abatido Canio, va realmente un abismo, y Enrique Ferrer llegó y bien.

Sí que es cierto que en cuanto a vocalidad se refiere, estuvo mucho más cómodo en “Pagliacci” que en “Cavalleria rusticana”, pero, en conjunto, firmó un más que digno Turiddu. Seguro y entregado aunque el enfoque del personaje se aleja de su esencia, y aunque se ha cansado de Santuzza, sus gestos, sus miradas, denotan compasión por la campesina, escondiendo y no mostrando su gran desprecio y, a la par, asco, para aquella con la que ha medio apagado el incendio de pasión por otra mujer que aún quema en su corazón.

Su “Mamma, quel vino…” fue atacada con una pizca de dramatismo, quizás aquí una siempre espera más, pero, con las notas asentadas y bien colocadas.





Caso a parte es el Alfio de TONI MARSOL, que aunque defiende el personaje, vocalmente se le escapa y no deja salir la robustez que luego manifestó en su Tonio, para mí, mucho mejor ejecutado y con mucha más comodidad.

Su “Il cavallo scalpita” queda un poco a medio camino, aunque, ducho en su oficio, sabe sacarle partido, artísticamente, para que no haya nada que objetarle. Y en su escena final con Turiddu cumple con las expectativas.



En cuanto al resto del elenco correctos todos en su cometido.





Avanti, avanti, avanti, avaaaaaaanti….

Después de la obligada pausa, 25 minutos, llegó el momento de abandonar Sicilia, y de poner los pies en Calabria.

Mezz´agosto.

Sobre el ambiente cae un calor infernal. La tarde avanza, lenta, sofocante. El ambiente se torna pesado. Asfixiante. Saltos y brincos. Vestidos de flores, de tirantes, gente arreglada y otros que simplemente van cómodos. Se avecina ya nuestro verano. O es que tenemos ganas de verano, quizás sea esto y por ello quizás la predisposición sea otra.

Nada. Nada de lo que vemos en el escenario delata que allí va a pasar algo muy gordo. Violencia doméstica. Un nuevo crimen. Traiciones, celos. Cuchilladas.



“Pagliacci” de Leoncavallo. Su obra maestra. Una de las grandes joyas del verismo, fue la que pondría colofón a la tarde del domingo y a la presente temporada.

De nuevo, el mismo decorado que habíamos apreciado en la Cavalleria y con el cual ya estábamos familiarizados. Solo una hilera o dos de bombillas incandescentes, los pósters de cine, y un toldo descorrido encima de unas mesas y sillas en la parte izquierda del escenario marcaban territorio.


El maestro SERRATE daba inicio a la ópera con unas pulsaciones seguras y marcadas seguidas de una imitación de carcajada de los instrumentos de viento que, dieron paso a uno de los “hits” de esta ópera: el “Prólogo”.



Un haz de luz recorre el escenario. Sabemos que está a punto de salir Tonio y hacer una manifestación de todo lo que vamos a ver y a vivir a continuación, matizando que nada de lo que vamos a ver es mentira. Al contrario. Simplemente vamos a ser testimonio de un pedacito de vida de personas humanas, no de personajes. Veremos amar, tal y como se aman lo seres humanos y como el fruto del odio engendra maldad y crimen.



Todo esto y más, es lo que bordó el barítono TONI MARSOL, muy puesto – y mucho más cómodo- como Tonio, el payaso desgarbado, lascivo y vengativo que desea a la mujer de su jefe.

Ya desde su primera nota, desde su “Si può?” se adivina que su Tonio va a ser lo que se espera de un Tonio. Con él sabe fusionar, a la perfección la parte vocal con la artística. Sí que es cierto que quizás el timbre de voz no sea especialmente bello, pero, su fraseo, su gesto y su entrega pasan por encima de este detalle cual tsunami que arrasa una playa. También es cierto que no apostó por ninguna de las notas agudas del Prólogo. Fue a lo seguro y dónde quizás se sentía más cómodo. Esta es la única espinita que me queda de su Prólogo.

Choca ya de entrada su caracterización: ojos negros muy profundos sobre una cara blanca rematada por una sonrisa roja casi de oreja a oreja. Vamos, que, solo le faltaba la peluca verde y otra clase de vestuario, pero estoy segura que todos reconocimos en el Tonio de Toni Marsol a uno de los personajes más psicóticos del cine moderno. Claro está, me estoy refiriendo al Joker que interpretó el tristemente fallecido Heath Ledger al lado de Christian Bale en “El caballero oscuro” (2008).

Con esta perspectiva podíamos ya esperar cómo sería su Tonio. Acorrala a Nedda, pero lo justo. Toda la maldad la manifiesta con gestos y sonrisas, con los ojos, con ironía. Y claro está con la voz.

Firmó un excelente prólogo como decía pero también un gran dueto con Nedda “So ben che difforme…” uno de los momentos más bellos de la ópera.

“Bravo!!!. Bravo il mio Tonio”, si se me permite parafrasear el personaje de Nedda, aunque yo, en esta ocasión lo haga en sentido positivo.



La soprano SVETLA KRASTEVA dio vida a Nedda, personaje que combinaba con la también soprano Montserrat Martí. Descubrí a esta cantante el año pasado con su interpretación de Manon Lescaut. Me gustó ya entonces y me gustó, obviamente, el domingo por la tarde.

Fraseo limpio y agudos bien atacados en todas y cada una de sus intervenciones: con Tonio, con Silvio y con Canio. Sacó carácter y valentía con el último; el más puro lirismo en el dueto de amor con Silvio, y el asco y desprecio con Tonio.

Aunque su personaje se mueve un poco en arenas movedizas, se apasiona pero tiene que esconderlo, tiene miedo pero tiene que vencerlo, encontré un punto, solo un punto de frialdad que le va bien al personaje, tanto a Nedda, como a Colombina en la pantomima que cierra la obra.

En definitiva una buena, buenísima apuesta por esta soprano de la que esperamos gozar mucho más en Sabadell.





“Tu sei Pagliaccio”. Si, ENRIQUE FERRER fue Pagliaccio. Y Canio. Dos personajes, quizás no tan distintos, y si un tanto iguales. ¿La diferencia? La que cree Canio que es: una, solamente una y la conocemos en los labios del propio Canio: “Il teatro è la vita non son la stessa cosa…” Esto es lo que cree el feriante. Y lo cree firmemente, aunque el público, ya desde un principio sabe que no es así porque así, ya nos lo ha explicado Tonio en su prólogo.

Canio se da cuenta de ello tarde. La vida y el escenario es lo mismo. Canio es a Pagliaccio, lo que Pagliaccio es a Canio. Y Enrique Ferrer, convencido de lo contrario aunque acaba claudicando, así sabe reflejarlo en su personaje.

Vocalmente, y ya desde su entrada en escena está más cómodo, en una tesitura que se amolda mucho mejor a sus posibilidades vocales. Una voz que ha hecho desfilar por el escenario vallesano con Otello, Manon Lescaut, Carmen, y ahora con este binomio de óperas cortas, pero, de una exigencia suprema.

Debutaba a Canio el día del estreno, por tanto, el del domingo era su tercera representación.  Cuando tenga el personaje mucho más rodado, cuando se sienta seguro del todo en su piel y también musicalmente, puede hacer de él una gran interpretación a la que faltó un poco de dramatismo en el instante justo anterior a su “Vesti la giubba”.

El aria por antonomasia de esta ópera – junto con el Prólogo de Tonio – fue afrontada más desde el hondo dolor del hombre traicionado que no desde el histrionismo patético y llorón que, al largo de muchas décadas, ha quedado incrustado e indisoluble en manos de muchos de los Canios que haya podido escuchar en mi vida (aunque, sinceramente, prefiero esta visión).

Hace una introspección al personaje, y no solloza. Su canto liga porque no imita el llanto ni la falta de respiración del que entra en cólera y no sabe dominarse, y que tanta veracidad sugiere cuando todo el cuerpo y todo el cerebro se encuentra en fase o estado de catarsis.

Esto, condiciona también la brutalidad con la que podía afrontar la pantomima final, pero, Enrique Ferrer equilibra bien al personaje y no se le va de las manos. Sigue la senda trazada y aunque furioso, intenta dominar al personaje.

Su vocalidad se adecua y sale victorioso con creces de un cometido, para nada fácil, brindando, no solo un buen Canio (apostando por todas las notas altas ya desde el principio en la suicida “Ricordatevi…. A venti tre ore…”) sino también un magnífico Pagliaccio con su dificil “Meretrice abbietta”.

Ahora por ahora, ENRIQUE FERRER es nuestra mejor opción para afrontar en el teatro de nuestra ciudad este tipo de repertorio, que tanto disfruto y que tan buena tarde de domingo me hizo pasar.



Sí que llegados a este punto quiero hacer dos menciones especiales: la primera para el Silvio de JOAN GARCIA GOMÀ, un cantante al cual he visto nacer desde que cantaba en el Cor de la Sarsuela de Maria Teresa Boix cuando aún era un chavalín, y que ahora, me ha sorprendido corrigiendo aquella pizca de nasalidad de la que adolecía su voz.

También destacar la bonita y limpia voz de CÉSAR CORTÉS en su breve papel de Beppe y Arlecchino. Hay buen material aquí.







“Il concetto vi dissi, or ascoltate com´egli è svolto….”

Cual dice Tonio en el final de su prólogo. Parafraseo de nuevo.

Yo solo he explicado una parte. Si queréis saber cómo todo esto se materializa, se vive y se siente, no dejéis pasar la oportunidad de asistir a cualquiera de las representaciones que podrán verse a lo largo de la geografía catalana.

El espectáculo es mucho más que recomendable. Qué digo recomendable…. Es imprescindible verlo.




1 comentario:

Tosca dijo...

Com sempre una cronica ben argumentada que fa sentir tot el que vas escoltar.
Bravo per l'ópera de Sabadell i per lanseva cronista.