domingo, 27 de mayo de 2018

Alagna nos avanza su Sansón






Ante cualquier espectáculo al que puedas ir en directo, o bien seguirlo a través del televisor, lo importante es la predisposición con la cual lo afrontas. Y para ver un “Sansón y Dalila” bajo la escenografía que estos días firma ALEXANDRA LIEDTKE y RAIMUND ORFEO VOIGT en Viena, se necesita mucha. Pero mucha.

Una producción totalmente y encarecidamente fría, sin pasión, sin seducción. Ni un solo elemento nos chivaba que eso era un Sansón. Ininteligible e incomprensible versión a nivel argumental.

Y no, no voy a perder ni un minuto de mi tiempo en intentar averiguar qué quería decir aquel disparate que estaba presenciando. Conozco lo suficientemente el argumento y época de “Sansón y Dalila” como para esforzarme a entender una nueva idea, si es que lo que subió a las tablas de la vienesa Staatsoper, se puede concebir como idea y no como una brutal diarrea mental.



Predisposición, sí, de nuevo

Cuando vi que en la próxima temporada del MET se espera un “Sansón y Dalila” cantado por la pareja protagonista que está ahora en Viena, Garanca y Alagna, se me dispararon todos los sentidos, las ganas, la curiosidad y la ilusión. Escuchar a grandes cantantes de la talla de ellos dos es siempre un lujo. Y en el MET, lo va a ser aún más.

Pero, un pajarito del otro lado del Atlántico, atento a todo lo que pasa en el mundo de la ópera me informó de este “Sansón” en Viena, con la misma pareja. ¿Casualidad? Quizás sí… Por lo tanto, y para saciar mi ansiedad, tendría un adelanto de lo que en Octubre podrán vivir unos cuantos de miles de aficionados en Nueva York.

Viena se caracteriza por difundir sus óperas via streaming por internet, y asistir, aunque fuera en diferido al debut de Garanca y Alagna en sus respectivos roles, era una oportunidad que no podía dejar pasar.

La cosa se desinfló al conocer obviamente el desastre de producción, pero, como reza el separador, mi predisposición, pasado el disgusto inicial, se mantenía intacta. Y ayer, por fin, pude zambullirme en esta ópera.

De detalles escénicos sin sentido la ópera estuvo llena. Vestuario bastante contemporáneo, Sansón en pantalón y camiseta de tirantes, Dalila, poco lucida en el primer y tercer actos, y Dagón… no sé si era un juez, un religioso, o nada de eso.

Una rampa inclinada domina el primer acto, y se mueve y coloca, supongo, para ambientar. El segundo acto, puertas altas y blancas simulan el seductor y perfumado Valle de Sorek (se necesita aparte de predisposición, mucha imaginación para ello). Las puertas acaban ambientando un salón con una bañera en el medio, para dar paso de nuevo a la insultante rampa donde se cuece una bacanal que no sabría exactamente como definir.

Los personajes, completamente ausentes, así como la química o la chispa entre la pareja principal protagonista: Dalila, fría como un mármol, aún espero que se mire a Sansón… ¡Por favor, qué es Roberto Alagna quien tienes delante, querida Elina, míratelo, que vale la pena…! Alagna, siguiendo un poco el patrón también de Elina, en un artista que siempre rebosa pasión, pero que intentó crear un poco más de ambiente, el suyo, el que nos tiene acostumbrados, con un poco más de acercamiento, pero en una inferior justa medida. Mientras, Carlos Álvarez, no acaba de ubicarse. Deja detalles insinuantes como que se muere de ardor por Dalila, pero esta se burla del Gran Sardote de Dagón, y ella, Dalila, al final del tercer acto no sabes muy bien si está con Dagón celebrando el triunfo, o bien, se duele un tanto al ver al amante vencido y abatido. Un poco híbrido todo. No resulta, no avanza, no resuelve nada.



MARCO ARMILIATO dirige bien, pero no hay ni un ápice de sensualidad en su interpretación. Una ejecución dominada por un “tempo” excesivamente lento, que tedia, juntamente con la escena.

Que en la primera escena sea así cuando Saint-Saëns nos retrata el lamento del pueblo hebreo que se arrastra desde hace siglos en la esclavitud, lo entiendo, pero, en los clamores de libertad y exaltación de Sansón junto con el pueblo – el levantamiento del pueblo oprimido por los filisteos- no. Ahí el ritmo tiene que ser más ligero, con más pulso. Más exultante. Lo intenta, pero no lo logra, y esta lacra, acompaña durante toda la obra, y se repite, aquí acertadamente en el “Vois ma misère, helàs” del tercer acto, para seguir con una bacanal, “de pa sucat amb oli”, que pasa desapercibida, vaya.





¿Dónde está Sansón y dónde está Dalila?

Supongo que con esta pregunta, no haría falta que continuara escribiendo. Pero lo haré ya que lo más atractivo de esta producción era sin duda, las voces de ELINA GARANCA y de ROBERTO ALAGNA.



A GARANCA le fallan los graves, aquellas notas que dotan de perversidad al personaje. La línea de canto es fina y limpia, pero Dalila requiere otra cosa. Necesita de sensualidad, de malicia. Y algo que eché en falta durante toda la obra: lo más importante en una Dalila es la seducción de su voz. Necesita unos centros carnosos que no tiene aunque las notas altas son brillantes. Necesita también un buen discurso, un buen fraseo. Y, obviamente, es indispensable creerse el personaje y reflejarlo en la voz, una voz que es bonita, pero que para Dalila, no es suficiente. Dalila, no solamente se canta, debe, tiene, es imprescindible que se interprete.  Y para ello se requiere también un trabajo psicológico interior ausente en la interpretación de la mezzo letona.



ALAGNA tampoco es Sansón. La heroicidad requerida en los exigentes fragmentos del primer acto que invitan al levantamiento del pueblo hebreo, no están. La voz no tiene el suficiente empaque ni la corporeidad requerida. Y eso Roberto Alagna lo sabe.

El tenor francés conoce perfectamente cuáles son sus mejores bazas, y, el canto heroico, no está entre las suyas, pero su discurso es impoluto, y es un goce escuchar ese fraseo sensacional en francés, no obstante es su lengua. Esto lo aprovecha y le saca partido en el primer acto, pero también en el segundo en la entrada “En ces lieux, malgré moi” y en el resto de dúo con Dalila, que concluye una de las mejores escenas de amor más bien compuestas de la historia de la ópera. Alagna es un maestro en el fraseo. Y cierto, no acabas de ver a Sansón, no, es cierto, aquí ves más al tenor que al líder hebreo, pero como, excepto en momentos puntuales, el bloque central de la ópera no requiere sino que saber cantar, Alagna, de esto sabe un rato. Y lo aprovecha.

Cierto es que no hay entre ellos ni una coma de juego de seducción. Cero. Todo muy frío y vacío. Aún así, Alagna es capaz de crear un destello de ambiente en una producción sin encanto, permitiéndose incluso detalles de gran profesional atento siempre a todo y a los compañeros, como cuando Dalila está apunto de cortar su pelo, y antes del obligado revolcón – un tanto húmedo escenográficamente hablando- separa un tanto el pie a Garanca, que está de rodillas frente a él, para que el tumbarla en el suelo, no caiga todo el peso de su cuerpo y fuerza sobre ella, de la misma forma que, la fuerza de los filisteos debería haber caído sobre Sansón.

Alagna, no es Sansón como decía. No. Y quizás no lo sea nunca, pero, se marca una sensacional “Vois ma misère helas” en el tercer acto, donde toda la expresividad, fraseo, discurso y sentimiento abren un tercer acto por el resto, bastante deslucido. Conserva en su voz aquel sentido de la expresión, aquel justo llanto en la voz que tanto se agradece en estos momentos sin que tengan que resultar hastíamente patéticos.





CARLOS ÁLVAREZ quizás por voz era quien estaba más justamente encajado en su role. La voz suena sana, y regular en todas sus intervenciones. Lástima que Dagón no sea especialmente un role muy lucido.



Final bíblico

El derrumbe del templo es quizás en una producción de “Sansón y Dalila” el secreto mejor guardado. Lo que todo el mundo espera. ¿Cómo se soluciona un problema escénico de similar calibre”.

Pues desde lo clásico, tirando de decorados, o de efectos especiales que lo simulan; otros acuden a la oscuridad atronadora del castigo del Dios de Sansón; otros se apuntan al carro de los relámpagos…

Pero lo de ayer fue totalmente inesperado. Sansón no es conducido a las columnas del templo, por tanto, no podía haber ningún templo que se viniera abajo.

Un “otro yo” de Sansón, el mismo del que se habían burlado en la bacanal se acerca hasta nuestro Sansón-Alagna, y, se prende fuego en ambos brazos y espalda, ante la mirada atónita del pueblo filisteo, vestido de gala, como si acudieran al estreno de una obra en un teatro.

Las últimas palabras de Sansón dirigidas a Dios imploran que éste se acuerde de su servidor al que le han privado la vista para que le renueve la fuerza perdida e invoca su venganza para aplastar a sus enemigos en ese mismo lugar, en el templo. “Qu'avec toi je me venge, ô Dieu!En les écrasant en ce lieu!”.

Pronunciadas estas palabras por Sansón, se levantan varias columnas de llamas rojas. El fuego de Dios quema a su servidor y a los filisteos, demostrando una vez más que no se puede desafiar al poder divino del Dios de los hebreos.

Cual columna de fuego símil de la derrota del faraón Ramsés segundo en “Los diez mandamientos” de Cecil B. de Mille, los filisteos entienden que Dagón es un ídolo pagano de piedra, o de oro. Pero que respecto a Sansón, su Dios es Dios.

El fuego purifica castigando a todos los presentes, quizás lo más aprovechable de todo el montaje.

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