domingo, 12 de junio de 2016

El primer Des Grieux de Robertissimo




Cuando Puccini puso el punto final en el pentagrama y transcribió la última nota de “Manon Lescaut” era consciente, y así lo ha asentado el paso inexorable del tiempo,  de que acababa de terminar una obra maestra. Extraordinaria y de una belleza y lirismo sin precedente. La primera de muchas que se irían sucediendo a lo largo de su carrera.

Definir en palabras su “Manon Lescaut” es difícil porque la obra está repleta de todo lo imaginable y por imaginar. Pero si tengo que calificar “Manon Lescaut” en una palabra, sin embargo y contrariamente a lo anterior dicho, me es muy fácil: esta palabra es “perfecta”. Así de sencillo. Así de claro.

No sobra ni una nota, ni un fragmento, ni una coma. Todo está mesurado con noble inteligencia y talento. Tanto que, aunque no existiera su fascinadora parte vocal, extraordinaria tanto para la voz de la soprano como para la del tenor, la ópera sería igualmente válida y genial.

Puccini, predecesor de las bandas sonoras de las películas, absorbiendo al extremo la idea del leitmotive wagneriano, hace de su tercera ópera, su primer gran éxito.

El maestro de Luca es único creando sentimientos y recreando ambientes con su adorable música.

En ella y por orden de cómo nos la presenta, se adivina la frescura y el perfume de la juventud desenfadada, el cortejo fácil entre los jóvenes de la época, el estallido primero del amor en un cuerpo que aún no lo ha experimentado, la pasión, el temor, las formas sociales contenidas, la decepción, las risas alegres, pero también las burlas, la frivolidad de un ambiente dorado y frío, el deseo, la añoranza, la elegancia, de nuevo la pasión, las confesiones, la rendición de los amantes, el descubrimiento de la mentira, la ambición, el egoísmo, la tensión, la reflexión, el amor que se encuentra en las caricias y en los besos sinceros.

Puccini además nos muestra el amor consumándose lentamente, el amor consumado y vuelto a consumar una vez más, el clímax del más absoluto placer carnal símil de un espectáculo de fuegos artificiales culminado con un estallido de cohetes multicolor que se desmayan en el cielo, el oleaje de las olas del mar que chocan contra la piedra del muelle, el desespero, la súplica, el desfile de la vergüenza, el jugarse la vida a una única carta por amor, el triunfo, la unión, la soledad, las rachas de viento del desierto que azotan los cuerpos moribundos, el abrasador beso de la sed encima de los labios, el no saber qué hacer, la vida como golpea a la gente, la confesión final, el amor llevado al extremo de la necesidad, el hielo glacial de la sombra de la muerte, los besos, y finalmente, el ocaso y la extenuación humana que sella la vida corta vida de su protagonista.

Es como para quedarse sin aliento ante tanta perfección.

Sólo Puccini, mi querido Puccini, es capaz de condensar todo esto en dos horas, y de hacerlo magistralmente.



Devoción

Sí. Lo confieso. Siento una especial devoción por esta ópera, una obra que siempre que la escucho, y por mucho que lo haya hecho ya a lo largo de toda una vida, jamás me cansa y siempre descubro en la orquesta, en las voces, en cada palabra, en cada acento cosas nuevas, porque Puccini nunca deja de sorprenderme.

Devoción por Puccini, como decía por un lado, pero la verdad es que esta “Manon Lescaut” del MET neoyorquino también suscitaba para mí un especialísimo interés: Jonas Kaufmann se había caído del cartel tras otra de sus muchas cancelaciones, y asumía el role de Des Grieux otro de mis favoritos, el tenor francés Roberto Alagna. Si hubiera estado el mes de febrero en Nueva York hubiera agradecido y aplaudido el cambio. Desde el momento en que supe – porque así lo había leído en algún medio de comunicación- que Alagna tenía que hacer este personaje en el Liceu fue suficiente como para estimular – que dicho sea, ya lo estaba- mi curiosidad para escucharle en este nuevo cometido que, tal como decía en la entrevista que le realizó Deborah Voigt, había aprendido en tan solo dos semanas.

Bravissimo Alagna, y gracias por hacerlo posible.







Otra “Manon Lescaut” moderna

Parece ser que a los directores de escena están faltos de ideas y ROBERT EYRE es uno más de ellos.

No entiendo este afán por trasladar la obra al año 1941, modificar el vestuario y poner una y más dificultades a los cantantes obligándoles a cantar tirados en el suelo subiendo y bajando escaleras y sobreactuando demasiado.

De todos modos, aunque como he dicho en muchas ocasiones no soy partidaria ni defensora de este tipo de montajes. Para mí Manon tiene que ir con su peluca y vestido abultado, aunque en esta ocasión tiene al menos la decencia de que la puesta en escena no molesta con detalles de excesiva connotación sexual gratuita – como se ha apreciado en otras producciones- lo que permite no desorientar al espectador ni distraerlo innecesariamente y deja que se concentre en la música.

Quizás el cuarto acto, tan exigente y extenuante a nivel vocal es donde los intérpretes sufren más, sin apenas poder moverse y recostados en unos escalones – que están presentes en toda la producción – y en esta ocasión colocados en forma de “V” que dificultan su propia comodidad y movimiento.

El vestuario es bonito y acorde, más o menos, con la época a la que se traspone la acción y permite lucir y dejar ver la extraordinaria y esbelta figura de la soprano letona Kristine Opolais y de un Roberto Alagna, maduro, cuyo ropaje le sienta como anillo al dedo y que aún aguanta y bien los primeros planos que la cámara le brinda.



La orquesta del MET bajo la batuta de FABIO LUISI es adecuada y de calidad. Quizás para un director de su talla se esperaba algo más, más pasión, más nervio, más pulso que es lo que requiere esta maravillosa obra de Puccini. Imprimió un buen “Intermezzo” que hubiera preferido escuchar a telón tirado en lugar de que me mostraran a Alagna, y no porque me moleste ver a Alagna no, al contrario, que es un placer para mí, sino porque ese intermedio es tan absolutamente genial y descriptivo que no hace falta ver nada para ver, valga la redundancia- lo que Puccini nos está explicando.



“Física” adecuada y suficiente aunque con poca química

Desgraciadamente la cosa fue así. Y no se entiende. Dos cantantes relativamente jóvenes y los dos con figuras extraordinarias, que se mueven bien, que cantan bien, y que actúan bien.

Dos personajes, Manon y Des Grieux a quien se supone enamorados. Y sin embargo la chispa de los amantes brilla por su exagerada ausencia, y es una lástima, puesto que ambos en sus respectivos papeles son creíbles.




KRISTINE OPOLAIS que parece que esté abonada al role de Manon es una creíble Manon. Es guapa, tiene una figura extraordinaria que llena el escenario de belleza y de sensualidad, pero sin embargo su interpretación vocal tiene sus peros.

Tiene una voz interesante, pero no sabe que son los pianos ni los ha frecuentado en su vida. Tampoco conoce el canto apasionado, ni el lirismo. Llega a las notas aunque en la zona alta se descentra musicalmente un poco rozando el grito. No me convence.

Quizás su semblante ya da la sensación de entrada de frialdad y ésta no consigue superarla en ningún momento a lo largo de la obra, ni en su dos arias “In quelle trine morbide” ni en su “Sola, perduta, abandonatta” en el segundo y cuarto actos, respectivamente. Pero tampoco lo solventa en el apasionado dúo de amor con Alagna en el segundo acto. Esto, añadido a la poca química artística entre ambos, hace de su Manon una interpretación mucho más mejorable, sobre todo a nivel vocal, que encarrila por este camino en el cuarto acto. Tarde ya. Una lástima.

Con un buen tipo no es suficiente para Manon Lescaut.




Con ROBERTO ALAGNA sin embargo, y a pesar de que pasa más de uno y dos apuros a lo largo de la obra, la cosa cobra otro sentido.

Interpreta, intenta que la poca química que hay entre ellos funcione. Lo intenta en el primero, y en el segundo. Insiste también en el tercero y en el cuarto, pero… Pero cuando por una de las partes no hay predisposición poco puede hacer el tenor para que aquello funcione químicamente hablando. “Físicamente” la cosa va viento en popa.

Alagna afronta el Des Grieux con 52 años, una edad quizás algo tardía pero en plena madurez y en la que el instrumento del tenor francés, si bien sigue siendo uno de los más bellos de la actualidad, ha perdido un poco su brillo y frescura de antaño. Ello no le impide sin embargo sortear una partitura que a priori viene grande a su voz de tenor lírico. Pero su fraseo, su dicción, su pasión, su gusto innato en el canto y esas ganas que siempre pone cuando sale al escenario – y teniendo en cuenta la premura del estudio de la obra- le hacen merecedor de una gran lluvia de aplausos y una “standing ovation” por una gran parte de la platea neoyorquina.

Roberto Alagna luce y pasea aún su gran voz por el escenario y pone toda la carne en el asador. Se la juega a cada nota y a cada compás. Más justo quizás, a mi modo de ver, en el primer y segundo actos. En cambio extraordinario en el tercero y sobretodo en el cuarto. Precisamente en este último es donde le he encontrado más relajado después de un tercero comprometedor y de un “Guardate, pazzo son guardate” bien ejecutado pero al extremo.

Alagna es un extraordinario cantante y un actor muy creíble en el escenario. Y su Des Grieux, cuando haya podido madurarlo y estudiarlo con el debido tiempo, nos deleitará más aún.

Bravo Robertissimo.




No acabó de convencerme en el papel de Lescaut MASSIMO CAVALETTI una voz para nada atractiva y siempre al extremo, en cambio el Geronte de BRINDLEY SHERRAT es irreprochable a nivel vocal.



Si no fuera por…

En conclusión una función que no pasará a la historia por ser una de las mejores Manon Lescaut que haya podido escuchar en mi vida, pero es de un alto grado aceptable, donde la presencia y la voz de Roberto Alagna me invitan, tentadoramente, a repetirla de nuevo.