lunes, 4 de febrero de 2013

Marcos Redondo


“Siempre habrá, creo, un disco en el viejo desván de casa que os haga saber cómo fue mi voz. Y yo mismo, en carne y sangre, quisiera estar siempre con vosotros en el viejo desván de los recuerdos.

Barcelona, Navidades de 1972”.

Así finaliza, si se me permite reproducir literalmente el libro “Un hombre que se va…” escrito por el insigne barítono Marcos Redondo.

 
 
 

Marcos Redondo fue, en la zarzuela, lo que Plácido Domingo es en la ópera.

Con esta frase, que ni tan siquiera es mía, fue como me definió a este cantante un empleado de “El Corte Inglés” cuando adquirí una colección suya de 5 cd regalársela a mí abuelo hace ya algunos años.

Marcos Redondo Valencia nació el 24 de noviembre de 1893 en Pozoblanco, hoy una placa en su casa natal lo recuerda a los que se acercan hasta allí.

Pozoblanco no es pues solamente famosa porque en su plaza de toros una cogida hiriera mortalmente al torero Francisco Rivera “Paquirri” en los años ‘80, sino que también lo es por haber sido la cuna del tan querido y laureado barítono.

Cordobés de nacimiento, ciudadrealeño de adopción y manresano de corazón, así es como él mismo se definía.

Nacido en Pozoblanco, pronto se trasladó a vivir con su madre a Ciudad Real donde recibieron la triste noticia de la muerte prematura de su padre del cual, se dice, que heredó su voz, pues Manuel Redondo, explican, tenía un bonito timbre con el cual hubiera podido ganarse la vida, al igual que años más tarde hiciera su hijo, Marcos.

Fue en esta ciudad donde despertaría en él la pasión por la música e impulsado en gran parte para desvincular a su madre del estricto yugo paterno que la ahogaba. Sus méritos y valía fueron reconocidos ya desde sus primeros años de estudio.

Por ello, el primer contacto del pequeño Marcos con la voz tuvo lugar en la iglesia, donde pasó a ser seise de la Catedral de Ciudad Real y ello le llevó a estudiar gran cantidad de piezas religiosas.

Pero sucedió lo previsible e inevitable y es que, como todo hombre, la voz cambió perdiendo agudos y ganando en centro, y acaeció lo que Marcos Redondo ya se había imaginado, es decir, que su timbre podía apuntar a la vocalidad baritonal.

 

Los inicios

La vida del artista, sin dejar de ser una simple persona humana, es diferente de las personas externas o no familiarizadas con el mundo del teatro o de la música.

Estas personas viven entre artistas, pero no pueden sentir ni pensar como ellos.

Y esto es algo difícil de entender para alguien que no se mueva en el mundo de la farándula.

Los inicios nunca son fáciles para el cantante, o para cualquier otro profesional que esté siempre expuesto a los ojos del gran público, sea en la disciplina que sea.

Es una vida llena de estudio y de sacrificio que, aunque desde fuera pueda creerse glamurosa y fascinante, la realidad es otra muy diferente. Una vida llena de dudas, de retos, de nervios y de confianza brutal en uno mismo, de viajes y de estar siempre quizás en el sitio donde uno no desea estar en determinados momentos.

El artista se debe siempre al público y por ello, su vida pública –valga la redundancia- cobra más importancia que la privada.

Y lo más difícil para ellos es saber mantenerse siempre frescos, siempre novedosos porque las exigencias, a medida que se toca la fama, aunque en primera instancia sea con la punta de los dedos, son mayores cada vez y más peligrosas.

Y para Marcos Redondo no tenía que ser una excepción. Sufrió mucho en sus comienzos, la lenta burocracia de la época, herencia que ha llegado hasta nuestros días; una situación político-económica difícil y si se añade, además, la escasez económica personal del barítono, quien se acerque a leer estas palabras, seguro podrá imaginar que la España de principios del s. XX supuso para el cantante una carga pesada y duramente difícil de sortear.

Pero todos los grandes artistas tienen el don de la comunicación y de la seducción de profesores, de mentores y también del público. Por ello, Redondo siempre estuvo eternamente agradecido al impulso y apoyo que el maestro Bretón, autor de la tan popular “La verbena de la Paloma”, le brindó.

Contactos. Algo fundamental en esta particular selva de profesionales que es el mundo de la lírica donde, no sólo sobrevive el más excelso, sino también aquel que sabe granjearse mejor, mantener las amistades y saber estar en el sitio adecuado en el momento adecuado tomando siempre la decisión adecuada.

Nada es fruto de la suerte en esta carrera. Todo se gana a pulso. Y esto fue así, y continúa, o al menos debería continuar siendo así.

 

El primer paso

La decisión y la confianza en sí mismo le hicieron trasladarse al Madrid de principios de siglo y malvivir en una pensión que no podía pagar llegando a pasar incluso hambre.

Pero aun así, como todos los genios, Redondo no desfalleció en su cometido y aguantó aquella dura prueba completando sus estudios musicales aglutinando diferentes cursos musicales en uno solo, y realizando actuaciones, en gran parte, de carácter religioso, con las que iba precariamente subsistiendo.

El primer sueldo importante que ganó en su vida profesional ascendió a la suma de 500 pesetas de la época, gran fortuna entonces, con las cuales pudo pagar la pensión que ya hacía tiempo que adeudaba a su casera.

Poco a poco, Marcos Redondo fue ganándose un nombre en el mundo de la música y empezó a ser conocido a diestra y siniestra, pero el servicio militar truncó esa carrera que acababa de despegar.

Por dos veces fue declarado no apto, pero a la tercera fue enviado primero a Reus y posteriormente a Manresa, donde tendría que conocer a la mujer que fue su compañera y su confidente hasta el día de su prematura muerte en 1941: María Dolores Bosch i Nogué a la que todos llamaban Mary.

Pero si hay algo que se desconoce bastante de la vida de Marcos Redondo es que antes de dedicarse por entero a la zarzuela, se entregó completamente a la ópera, género por el cual luchó para hacerse un nombre, no solamente en España, sino también en el extranjero. Así pues, “La Traviata”, “Il barbiere di Siviglia”, “Manon Lescaut”, “Pagliacci”, “La forza del destino”, “La favorita”, “Adriana Lecouvreur”, etc....fueron títulos muy afines y vinculados enormemente a su figura en sus primeros años como profesional.

Pero todo cantante que se precie y que quiera hacer una gran carrera operística tiene especial predilección por presentarse ante el público de Italia, el país más representativo de la ópera. Y por ello, con esfuerzo, Redondo viajó a Milán.

 
 
 
 

El salto a Milán

Milán, capital europea de la ópera. La fachada del teatro más famoso del mundo, la Scala, se erige orgulloso en la plaza que lleva su mismo nombre.

A pocos metros de ella, y atravesando las Galerías Vittorio Emmanuelle, el Duomo con su bella fachada de mármol blanco se impone a todo transeúnte que se acerca a esos lares.

Cuando una piensa en una ciudad como Milán tan arraigada a la ópera, tan íntimamente relacionada con el maestro Verdi, siempre retrocede en el tiempo.

Me imagino sus calles adoquinadas, algunas se conservan hoy en día, por donde pasaba el carruaje que llevaba a Giuseppe Verdi y a su esposa Giuseppina Streponi.

No es difícil de imaginar el duro invierno milanés con la Piazza de la Scala con dos dedos de nieve. Es una ciudad, para mi especial, con un aura especial, donde se respira y se vive la ópera.

Marcos Redondo llegó a la capital lombarda para hacer una tourneé con varias óperas, entre ellas con la que más identificado se sentía “La traviata”. No hay ninguna crítica de la época en que pueda encontrarse ningún reproche a sus actuaciones. Marcos Redondo convenció en sus inicios en España e hizo lo propio en Milán y varias ciudades italianas en las que actuó.

Poco a poco su estelar carrera iba afianzándose en Italia, llegando a cantar varias temporadas seguidas, pero por aquellos días, el barítono tenía en Manresa lazos muy estrechos que le hacían viajar siempre a esta ciudad catalana de la comarca del Bages. Mary, el gran amor de su vida y a la única en quien siempre confiaba sus dudas, sus miedos e incluso devaneos, había calado hondo en el alma del intérprete.

El 10 de septiembre de 1923 se convertían en marido y mujer en Montserrat.

Juntos emprendieron su viaje personal y musical, y como no podía ser de otra manera, la primera parada de los recién casados tenía lugar en Italia. En la bella y acogedora Italia, donde en ciudad de Nápoles, Redondo, tenía que ofrecer a los pocos días una representación de “Il barbiere di Siviglia” a las que seguirían otras tantas hasta finales de la temporada. Entonces la joven pareja regresaría a la calurosa Manresa para tomarse su merecido descanso.

 

  

La zarzuela en su vida

Pero hubo algo con lo que Marcos Redondo no había contado.

Fue un intérprete que había consagrado su vida al estudio de la ópera, pero tenía que ser en la zarzuela, nuestro género lírico más internacional, el que le colocara en la cúspide del éxito.

La zarzuela… y pensar que él mismo la despreció cuando le ofrecieron cantarla. ¿La zarzuela? No iba a perder su tiempo con este género considerado desde siempre como inferior a la ópera.

Pero cuánto llegó a quererla a lo largo de su vida. Consagró su vida, su arte y su voz a este género. Cantó y estrenó muchas obras y por siempre más será recordado por haberla honrado y difundido por España y en algunas ciudades de Latinoamérica.

Quiero subrayar desde aquí, como he hecho en tantas ocasiones, que la zarzuela para nada es una disciplina inferior a la ópera. Nunca lo ha sido. Es más, hay zarzuelas, en mí humilde opinión, mucho más bonitas y difíciles que según que óperas escritas.

¿Quién puede resistirse al encanto de una “Maruxa” del maestro Vives? ¿Quién no ha llorado o se ha emocionado escuchando “La Dolorosa” de José Serrano? ¿Quién puede hacer oídos sordos a “La del manojo de rosas” del maestro Sorozábal? ¿Quién no conoce la famosa mazurca de las sombrillas de la “Luisa Fernanda” de Federico Moreno Torroba?...

La zarzuela nunca ha sido inferior, pero siempre ha faltado cantantes, grandes cantantes que la dignificaran y la colocaran en el lugar que se merece. Marcos Redondo fue el pionero en esta ardua tarea.

Otros que vinieron después y dedicaron por entero su vida al género fueron, como no, los padres del insigne tenor madrileño Plácido Domingo, Pepita Embil – apodada en México como la “Reina de la zarzuela”- ciudad donde consiguió, junto con su esposo, Plácido Domingo Ferrer, grandes éxitos con ella. Y evidentemente, aunque la pasión predominante del hijo de ambos, el gran Plácido Domingo, ha sido la ópera, género al que ha dedicado y dedica aún a sus 72 años su vida entera, también ha contribuido quizás en menor escala, a acercar la zarzuela al público y a darle el lugar que merece.

Otros intérpretes españoles hicieron lo propio como Mercedes Capsir, Hipólito Lázaro, Emilo Sagi-Barba, Cora Raga, Luis Sagi-Vela, Josefina Cubeiro, Emili Vendrell, Vidente Simón, Manuel Ausensi, Toñy Rosado, Alfredo Kraus, Montserrat Caballé, Teresa Berganza, Pedro Lavirgen, Pilar Lorengar, José Carreras, Jaume Aragall, y más recientemente Josep Bros, solo por poner un ejemplo y muchos más que seguramente no he citado pero que deberían estar en estas líneas.

Cuando a Marcos Redondo se le ofreció cantar zarzuela no dejó ni continuar al empresario. Un no rotundo salió de sus labios.

Por dos veces se negó a escuchar ni tan siquiera la propuesta, pero como todo sabio, afortunadamente rectificó y finalmente, después de muchas dudas, de mucho pensarlo, decidió ir en busca del empresario para conocer qué es lo que realmente se le estaba ofreciendo y bajo qué condiciones laborales y qué precio.

 
 
 
 

El dardo que envenenó el resto de su vida

El 23 de septiembre de 1924, Marcos Redondo hacía su debut en el mundo de la zarzuela con la obra “El Dictador” del maestro Millán en el Teatro Novedades de Barcelona, con un lleno hasta los topes.

Su aparición en la escena fue recibida con una gran ovación que obligó a parar a la orquesta mientras se encendían las luces de la sala y el cantante saludaba al público.

Redondo nunca había pensado que alcanzaría un éxito tal como el que obtuvo cantando el género que en su día había despreciado en pro de la ópera. Pero sin duda la obra que le consagró fue “La Calesera”, obra que mantuvo en repertorio casi hasta el día de su retirada de los escenarios.

Las más importantes provincias españolas, a lo largo de todos sus años de carrera, pudieron gozar de la voz de Marcos Redondo con obras como las citadas anteriormente, pero también con otras como “Las golondrinas” (muy querida por el intérprete), “La del manojo de rosas”, “La dogaresa”, “El cantar del arriero”, “Maruxa”, “El cantante enmascarado”, “La rosa del azafrán”, “La tabernera del puerto”, “El huésped del sevillano”, “El divo”, “Luisa Fernanda”… por citar alguna de las más populares.

Pero aunque como se ha dicho, consagró su vida a la zarzuela, Redondo no olvidó la ópera y regresó, tímidamente a ella en alguna ocasión especial, pero la popularidad alcanzada con aquélla era tan grande que regresó a nuestro género lírico.

Hay muchas y divertidas anécdotas que podrían explicarse de sus años dedicados a ella, pero para ello debería leerse el libro que ha inspirado estas líneas, “Un hombre que se va…” escrito por el propio cantante, y desde este rincón insto a cualquiera que sienta curiosidad a hacerlo porque le sorprenderá revivir una de las vidas que más han hecho para que la zarzuela alcanzara su mayor momento de gloria dentro de nuestro territorio.

Marcos Redondo fue un intérprete en mayúsculas, de aquellos que no quedan ni se fabrican ya. Disciplinado y entregado a su profesión, responsable y apasionado, una voz irrepetible y un artista, a lo sumo, único en su género.

A Marcos Redondo, con mi más profunda y sincera admiración, desde allá donde esté.

 
 
La voz de Marcos Redondo

“Marcos Redondo no ha sido la mejor voz, pero sí que ha sido el mejor cantante” rezaban dos señores en el Teatro de la Zarzuela de Madrid durante una representación a la que mí abuelo tuvo el honor de asistir. Es frase le quedó grabada en la memoria.

Bien se puede suponer que la que suscribe estas líneas no ha tenido nunca la oportunidad de escuchar al barítono cordobés en directo, pues Marcos Redondo falleció muchos años antes de nacer yo, pero sí que he tenido la ocasión y el gran placer de poder escuchar discos suyos, de romanzas individuales y alguna que otra zarzuela medio completa que puede adquirirse, supongo aún a día de hoy, en cualquier gran almacén.
 
 
 

En mí humilde opinión la voz de Redondo, aunque barítono, brillaba mucho en la zona medio alta de la tesitura, es decir, cualquier persona que desconociera que el intérprete era barítono podía pensar que se desenvolvía sin problema en la zona alta. Basta con escucharle en la romanza de “El divo” del maestro Díez-Giles “Soy de Aragón” para darse cuenta de ello.

Sin embargo cuando Marcos Redondo se movía en la zona más central de la tesitura, su peculiar voz sonaba también bien. Una de las romanzas que más me han impresionado y que he tenido la ocasión de re escuchar recientemente es precisamente de la zarzuela “La Linda tapada” del maestro Alonso que cuyo inicio es “En la cárcel de villa”.

Otra de las características de su voz, y quizás influenciada por el repertorio que abordó a principio de su carrera era la agilidad, todas y cada una de sus notas se identificaban claramente las unas de las otras, a la par de que Marcos Redondo contaba con una excelente dicción que hacía que, cantara lo que cantara, en ópera, zarzuela, canción popular, himnos o zorcicos se podía identificar todas las palabras, sin excepción, que cantaba, hecho además que le daba algo que yo aprecio mucho en un intérprete y es precisamente la expresión, el saber qué se está cantando, darle la entonación y el genio que requiere, y eso, es algo muy difícil de conseguir.

Si se quiere comprobar su agilidad, cualquiera puede coger la romanza de Miccone de “La Dogaresa” del maestro Millán, la tan conocida como el “cuento” o “racconto” de Miccone “Un conde fue, señor feudal”, que no deja indiferente a nadie.

Si de lo que se trata es de recrear los oídos con su zona central y clara dicción es imprescindible recurrir a mis adorados “Los Gavilanes” de Guerrero, cuando Juan, el Indiano, canta “El dinero que atesoro”, uno de mis momentos preferidos. Aquí se puede escuchar al intérprete en toda su plenitud amén de los pésimos coros que le acompañan.

Y si por el contrario se quiere corroborar la expresión, el genio, la dicción y el sentido de la interpretación, insto a cualquiera que tenga curiosidad que escuche la romanza final que Puck canta en “Las golondrinas” de José Mª Usandizaga, el famoso “Se reía”. Además de no dejar indiferente a nadie, estoy segura que su escucha creará curiosidad a muchos que intenten hacer este auto de fe y creer en mí humilde elección y recomendación.

Marcos Redondo fue un intérprete excepcional. Así lo confirman aquellos que tuvieron la ocasión de escucharlo en vivo. Así opino yo también, que aunque no en vivo, sí le he escuchado en disco.

 
 
Marcos Redondo y su vinculación con Sabadell

Aunque en el libro que citaba unas líneas más arriba, “Un hombre que se va…” sólo cita, en 306 páginas que contiene la obra una única vez nuestra ciudad de Sabadell en la que reza que Redondo vino a cantar ópera en el año 1941.

Como se ha dicho, el barítono cordobés cantó en muchas provincias españolas, entre ellas Barcelona, cuya vinculación a la ciudad condal es por todo el mundo sabida.

Pero desde este rincón, y ya que dispongo del testimonio vivo de alguien que le escuchó cantar en directo en muchas ocasiones, me gustaría dar a conocer - a aquél que se acerque a leer estas palabras- la relación que Marcos Redondo tuvo con Sabadell.

El testimonio del cual dispongo es ni más ni menos que el de mí abuelo, gran amante de la zarzuela y gran amante de Redondo.

En Sabadell el ilustre barítono cantó obras tan variadas como “El cantar del arriero”, “Los Gavilanes”, “La del manojo de rosas”, “La dogaresa”, “Maruxa”, “El cantante enmascarado”, “La tabernera del puerto” con el tenor Vicente Simón, entre otras, pues han pasado muchos años y la memoria traiciona muchas veces las emociones vividas años atrás.

Todas ellas fueron interpretadas en el teatro Euterpe ubicado inmejorablemente en plena Rambla, y que en años posteriores se convirtió en cine y hoy en día, es un edificio abandonado.

Si le pregunto acerca de su voz, al igual que he hecho yo antes dando mi opinión sobre el intérprete, mí abuelo afirma lo siguiente cuando se le pregunta sobre Redondo: “su voz ya era agradable y bonita al hablar, y a la que abría la boca allí había un tesoro”. “En esas épocas –nos explica- ya había detractores de la voz de Redondo, pues estaban los “redondistas” los que adoraban a Sagi-Barba, pero el cordobés adornaba tanto la canción y su voz era tan preciosa que hacían que se erigiera en el favorito del público sabadellense”.

Es difícil hacer explicar a alguien el porqué de algo y más cuando se tienen tantos años y después de todos y de cada una de los sentimientos que se han vivido en vivo en un teatro. Sabemos siempre por qué no nos gusta algo pero, alabar las excelsitudes de un intérprete que a estas alturas no necesita presentación, se hace realmente dificultoso y extremadamente delicado sin tocar la fibra de alguien que siguió su carrera de forma bastante cercana.

Lo que en apartados anteriores no se ha dicho es que Marcos Redondo, ya próximo a su retirada, empezó una gira de despedida por diversas ciudades españolas que años antes habían aplaudido su voz y su talento, y que en el momento de despedirse, aún en plenitud de facultades, seguían elevando sus manos al intérprete.

Mí abuelo puedo ser testimonio en Santander de una de esas funciones de despedida. La obra “El cantar del arriero” del maestro Díez-Giles, a quien tuvo la oportunidad de saludar personalmente en Sabadell en una ocasión en que el compositor visitó la ciudad.

Espeta con todo el cariño del mundo que aquél su Lorenzo santanderino lejos estaba del Lorenzo sabadellense que de chiquillo le había escuchado en nuestro querido Euterpe, pero el intérprete, la pasión, las ganas y el amor al género continuaban aún intactos.

E intacta se conservará su voz en su memoria.

En nuestras memorias.