sábado, 9 de junio de 2012

Plácido Domingo, padre

Nuestros oídos se han acostumbrado a escucharle de barítono, y nuestros ojos a verle como padre.
Aquél que en su día fue el impetuoso y amante héroe, ahora es el apacible y amoroso padre. Pero por fortuna nuestra, y gracias a la magia de los soportes audiovisuales y a la tecnología, Plácido Domingo será siempre eternamente joven. Por años que cumpla. Por años que pasen.

Repasando, a estas alturas de su carrera un poco lo que nos ha venido ofreciendo en los últimos años, nos damos cuenta que precisamente el role de padre está cada día más presente en su agenda.
El pistoletazo de salida fue con “El primer emperador” de la cual poco puedo hablar por desconocimiento de la obra, y quizás me deje alguna de por medio, pero si hay alguna ópera donde el papel de padre cobre especial interés, estas son sin duda “Rigoletto” y “Simon Boccanegra”.
Mientras que la primera nos muestra a un padre protector por encima de todo, en “Simon” nos presenta a un personaje con ecos de guerrero, más tortuoso y complicado que el primero.
Con 71 años nadie duda de ver reflejada, operísticamente hablando, la figura paterna en el tenor. Y Plácido Domingo ha sido inteligente en sus elecciones.
Se le puede criticar que las mismas sean o no acertadas. Siempre habrá el que diga que su voz no se adecúa a estos roles baritonales, porque la voz de tenor está fresca y presente aún en su adorable timbre, pero aún así, lo que importa es el grado de sensibilidad, de expresión y credibilidad que otorga, en sus actuaciones, a cada uno de sus personajes, independientemente de todos los cánones operísticos fijados y toda clase de estereotipos.
Basta con escuchar la segunda escena del primer acto de “Rigoletto” y comprobarlo. La carne de gallina no me abandona en los 20 minutos que puede durar su dúo con Gilda. Realmente brutal el grado de expresión que logra. Único.
Con Simon es diferente, sí, es padre, pero en el enfoque de su personaje encuentro reminiscencias de su “Otello”. Su “Moro de Venecia” supura en la piel de Simon, pero el héroe veneciano de antaño tiene ya las sienes plateadas, y su ímpetu e impulso han dado paso a un sosegado Doge que consigue estremecerte en la escena final de su muerte, al igual que años ha, hiciera con su “Otello”.
Pero sin duda lo más soprendente es escucharle en su todos aquellos pasajes baritonales, preciosos de origen, que me fascinaban en las voces de barítono y que siempre pensé, qué lástima que Plácido no sea barítono porque me encantaría escucharlo en su voz.

La magia del cine
En este momento, me viene a la mente una escena de “Un americano en París”, en la que el músico amigo de Gene Kelly sueña despierto que, en una sala de conciertos, él es quien toca el piano, quien dirige, quien toca el violín… todo absolutamente todo lo hace él.
Bien, el caso de Domingo no es exactamente así, pero no deja de tener quizás un cierto paralelismo.
Tenor y barítono en una misma obra. Ello solo sería posible en el cine… pero en la ópera filmada, dicha circunstancia ya se dio aquí:

Realmente impresionante y divertido.
Y todo ello viene a caso a partir de un concierto que escuhé en el que Plácido, junto a la soprano Sondra Radvanovsky interpretaba el dueto del 4º acto de “Il Trovatore” dando vida al malvado Conde de Luna.
Este dueto es uno de mís preferidos de la obra, y aún estoy con la boca abierta, sorprendida de habérselo escuchado y tan en buena forma. Sin duda, Plácido Domingo, nunca dejará de sorprendernos.
Este es el vídeo del concierto íntegro. Disfrutadlo tanto como he hecho yo.