lunes, 25 de junio de 2012

Los Tres Tenores



No me queda la menor duda de que ellos son conscientes. No sé hasta qué punto, pero, cuando aquel 7 de julio de 1990, José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti unieron sus voces en las romanas Termas de Caracalla, el mundo de la ópera dio un giro de 360 grados.

Nunca antes un acontecimiento operístico había tenido la repercusión que tuvo el laureado concierto en el que, por primera vez en la historia de la lírica, tres voces de tenor se juntaban al unísono y elevaban sus voces hasta lo más alto, y si nos hubiéramos encontrado en la época de pleno apogeo del Imperio Romano, los Dioses, podemos estar seguro de ello, hubieran bendecido aquel encuentro.

Ellos cambiaron el mundo de la ópera presentando un espectáculo para una gran cantidad de público, y rompieron con el tópico de que la ópera lo es solamente para algunos pocos afortunados que pueden permitirse el lujo de pagar precios desorbitados para escuchar las voces que, por un breve espacio de tiempo, hacen que nos estremezcamos y olvidemos nuestros problemas cotidianos.

Esas gargantas, cuyas cuerdas vocales Dios se las besó cuando nacieron, marcaron el inicio de una nueva generación operística: la de “los Tres Tenores”.



La generación de los Tres Tenores
Muchos de nosotros éramos niños cuando este póquer de tenores entró en nuestras vidas. Con fuerza, con pasión, con ilusión, con música. En definitiva, con ópera.

Con sus voces en plenitud de facultades, las ruinas romanas temblaron de miedo cuando aquellos tres hombres, enfundados en sus elegantes fracs, emitieron las primeras notas.

Y es que cómo dice el famoso bolero: “Pasarán más de mil años, muchos más…” y éstas aún se tenderán en pie, se recordarán como los baños romanos más grandes y modernos de la milenaria y antigua Roma pero también como la cuna del nacimiento de un fenómeno cultural y operístico sin precedentes.

Estoy segura que si antes del inicio del concierto se hubiera preguntado a cada uno de los tenores si esperaban el fenómeno mediático en el que se iban a convertir, la respuesta hubiera sido, con toda probabilidad, un rotundo no.

Nadie, ni ellos mismos, podían imaginar que el disco del concierto (que se editó también en las ya difíciles de conseguir, cintas de casette) y su correspondiente VHS vendería más de 20 millones de copias en todo el mundo, una cifra del todo insólita y a la par infrecuente en el mundo de la ópera. Nunca jamás la ópera había llegado a cotas tan altas y con tanta excelsitud, y lo más sorprendente es que, casi 22 años después, el concierto se sigue vendiendo y conservando intacta toda su frescura.

Un acontecimiento único e irrepetible, puesto que los conciertos posteriores y las denominada “Gira de los Tres Tenores”, llenaron estadios y elevaron a las casas discográficas a los más altos rankings de venta, pero en ningún caso, lograron “destronar” al primer triunvirato.

Ni en Los Ángeles (1994), ni tan siquiera en París (1998) a los pies de un marco tan inmejorable como es la Torre Eiffel se coció lo que se estaba cocinando en las ruinas de Caracalla. Aquello fue algo irrepetible. Mágico.




A capa y espada

¿Cómo podría yo despreciar o criticar a quienes me han alimentado musicalmente en los últimos 22 años?

Se habló de “fenómeno de masas”, de que lo que hacían “no era ópera”… ¿A no? ¿No era un concierto de arias de ópera con un tono más desenfadado como entrante a la final del Mundial de Italia ´90? “Oh Paradis”, “Recondita Armonia”, “L´improvviso”, “E lucevan le stelle” o el “Nessun dorma”, ¿no son arias de ópera? ¿Pues entonces, qué son?

Si tenemos que entender y analizar ,a estas alturas, la ópera encuadrada únicamente dentro de las paredes del Metropolitan o del Liceu, estamos apañados. ¿Emociona más escuchar la “Tosca” en la Scala de Milán que a Plácido Domingo cantando “E lucevan le stelle” bajo las estrellas del cielo romano, en la ciudad donde, precisamente se desarrolla esta ópera?

Es sin duda cuestión de sensibilidad.

Está claro y demostrado que uno puede emocionarse con las dos propuestas, y la una no debe, o no tiene porque quitar a la otra. Ahora quizás estemos más acostumbrados con el tema, y no nos parece una cosa tan horrorosa, pero la diferenciación entre ópera y ÓPERA en los años 90 dio mucho de sí, y ríos y ríos de tinta en los periódicos e intercambios de variopintas opiniones entre diferentes personalidades del “mundillo” palabras que encendieron gran cantidad de piras, pero la balanza se ha inclinado, con el tiempo hacia ellos tres, han tenido más peso, y el fenómeno “Tres Tenores” está, aun a día de hoy, muy presente en la lírica hasta el punto que no puede entenderse la ópera sin hacer mención a ellos.

Y por qué no añadirlo también, que se les echa de menos.

Y retomando las palabras que dan título a este separador, yo me siento en el compromiso vocal de bendecir y defender, bajo cualquier concepto, a los Tres Tenores en pro del arte, de la cultura y sobretodo de la ópera.

¿Cuántos de nosotros la viviríamos tan intensamente si no les hubiéramos conocido, si no les hubiéramos escuchado y si no se hubieran unido?

¿Nos podemos imaginar el mundo de la ópera sin el fenómeno Tres Tenores? Para la generación de aficionados surgida post-Caracalla se nos hace difícil, ¿verdad?

Es cierto que se les achacó su afán de enriquecimiento personal por encima de contribuir, o, cómo se decía en aquellos entonces, de “popularizar” y acercar la ópera al gran público.

Ellos defendieron siempre lo segundo.

Se les criticó por sus elevados y desorbitantes cachés que contenían muchos ceros a la derecha, pero nadie se paró a pensar que tras esos tres hombres había una gran familia y gran despliegue de gente anónima que trabajaba mucho para que todo estuviera dispuesto. Gentes a las cuales no les faltó trabajo mientras duró su “Gira” y por no hablar de las ciudades organizadoras, con cuya afluencia de turistas y de “viejos” y “nuevos” melómanos que acudían desde los lugares más remotos del planeta para escuchar aquellas privilegiadas voces, dejaron un buen fajo de dinero en las arcas de esas ciudades, entre ellas Barcelona en 1997 y Madrid en 1998.




22 años después

¿Tendría hoy en día la repercusión qué tuvo? Lo dudo.

En un momento en que la tecnología nos invade por doquier, la ópera se convierte en un acto más superfluo. Tenemos tanto acceso a ella en la propia red que hay gente que olvida la magia de la música y no todo el mundo la espera con la misma ilusión.

Pero no puedo darle toda la culpa a la tecnología, sería totalmente injusto. Que el mundo de la ópera ha cambiado, a la vista está, y que las voces y la interpretación han cambiado, sobra la aclaración.

Me temo que la gloria alcanzada por aquellos tres hombres, que recordemos, ya eran famosos y grandes figuras de la lírica antes de unirse en Roma, no se volverá a repetir jamás.

Ellos estaban en el momento adecuado, en el año adecuado allí, en una noche mágica como no podía ser de otra manera en la ciudad eterna.

Todo lo posterior no podrá compararse con ellos. Nunca.