martes, 29 de marzo de 2011

Grande, Grandísimo Plácido




Me resultaría enormemente dificultoso tratar de explicar lo que sentí, y lo que pasó por mi mente cuando escuché a Plácido Domingo en su concierto en Buenos Aires.

Esclofríos, lágrimas, admiración,... fueron algunas de las sensaciones de las cuales se apoderó mi persona.

Una primera parte dedicada por entero a la ópera, donde desfilaron por el escenario óperas como “Le Cid”, “Simon Boccanegra”, “Rigoletto”... y lo más inédito, Domingo encarnando al Carlo Gerard de “Andrea Chénier” (la cual no era sorpresa, si no una pieza esperada, ya que dos días antes en las notícias lo había escuchado cantando una pequeña porción de esta fantástica y difícil aria).

Plácido la cantó, y la cantó bien, defendiendo una de las páginas más relevantes del tercer acto de esta ópera. Quizás esto sea un pequeño adelanto de un próximo personaje que está por venir en tiempo futuro, porque parece ser que nuestro tenor no tiene en mente aquello que todo ser mortal ansia: “la jubilación”.

Pero me gustaría destacar sobretodo el sentido dúo del “Simon” en el que, a pesar de gustarme más –musicalmente hablando- el de “Rigoletto”, me llegó más en el primero. La credibilidad, la intención, el aliento del padre que reencuentra a su hija fue sobrecogedor.

Y le escuchas y no piensas en el “personaje de galán” que en su día interpretó, sino que la credibilidad que le imprime a este role es tal que bien podría compararse con su Otello de 25 años ha.

Pero es que además de cantar, dirigió dos piezas: la introducción de la primera escena del tercer acto de “Aida” (marcha triunfal, incluída) y la archiconocida obertura de “La forza del destino” que en todos los conciertos cae.

Pudimos apreciar a un Plácido más cómodo y relajado en estas dos incursiones, al igual que confortable se sentía cuando se dirigía al público o cuando sacó al final del concierto a dos de sus nietos, los más chiquitines.

Fue un momento de pura ternura. Él mismo dijo “quién dice que veinte años no es nada”...

La segunda parte fue dedicada a la zarzuela, a las canciones-boleros y a los tangos, los cuales, al igual que la primera parte entonó junto a la soprano Virgina Tola.
Una vez más, Plácido recibió un gran aluvión de aplausos y muestras de cariño por parte en el público.