lunes, 30 de julio de 2018

Domingo seduce y emociona en Peralada una vez más




Cálido verano en tierras ampurdanesas y, como cada año, el Festival del Castell de Peralada amalgama lo bueno y mejor del panorama operístico internacional. Sin duda, este fin de semana pasado ha sido un atracón  de tenores que aún estamos digiriendo. De grandes tenores.


El pasado viernes, Javier Camarena ponía inicio a esta maratón tenoril al que le siguió un Jonas Kaufmann con un estado vocal muy bueno, y que concluyó precisamente ayer mismo con el más grande de los tenores habidos y por haber, porque PLÁCIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo aún sigue levantando expectación y pasión por donde pise.

Su última visita fue en 2011 con un extraordinario concierto. Su postrero flirteo, su guiño final al público catalán fue hace escasamente unas 15 horas, momento en que estoy escribiendo estas líneas, y en plenas vacaciones de verano. ¡Qué mejor manera, no obstante, de empezarlas! con la voz de aquel que hace 28 años que me acompaña donde quiera que vaya.

Al Festival de Castell de Peralada aún le quedan unos cuantos días de duración para este 2018. A Plácido, le queda cuerda para rato sin embargo. Esperemos pues con ahínco otra visita de este gran artista, sin duda excepcional e irrepetible.


La noche plena de quietud y con perfume a humedad

Sí, cierto que parafraseo una letra de una vieja canción latinoamericana (Vereda Tropical), pero supongo que se me permite la licencia para hablar del milagro acontecido ayer en el Auditorio y Jardines del Castell de Peralada.

El asfixiante calor del día cedió en favor de una noche cálida que no llegó a ser agobiante. Para la que suscribe estas palabras, quizás sí, pues la emoción, los nervios y todo un cúmulo de sensaciones vividas al escuchar la voz del gran Domingo inevitablemente me hicieron sacar el abanico del bolso.

Era la primera vez que le escuchaba en Peralada. De pequeña siempre soñé con hacerlo. Ya desde esos primeros "Otellos" con los que  obsequió al novel público de ese Festival que acababa de nacer.

Y, al cabo de los años, el sueño se hizo realidad. Esta vez, se cumplió rompiendo la sentencia drástica de Calderón de la Barca en que afirmaba que la vida es sueño, y que los sueños, sueños son. Y aquí dejó su vaticinio. Pero como todo en la vida, las reglas y las excepciones existen para romperlas. Ayer sucedió esto.

Escuchar una ópera al aire libre no tiene color. Quizás sea mejor y más recogido hacerlo en un gran teatro. Pero... el verano, las vacaciones, el relax y las altas temperaturas invitan a gozar de este espectáculo de arte total de manera diferente. Al aire libre y con unas voces que se elevan hacia el cielo, tal como hicieron ayer. Voces al natural. Potencia, pasión, misticismo y recogimiento. Sutilidad y abrasadora pasión. Todo un cúmulo de sentimientos que iban estallando uno detrás del otro a lo largo de las más de tres horas en que duró esa genial "Thais" de Massenet.

Y es que ayer todo se confabuló para salir plenamente satisfechos. Es tan bonita la música de Massenet... Fue un genial orquestador capaz de crear, y recrear, para esta ópera ambientes de recogimiento, turbulencias de pasión y seducción. Compuso de manera excepcional el deseo que corre entre las venas de Thaïs y también un pellizco de fiesta orgiástica con la que casi finaliza el primer acto. Recreó de manera sobrecogedora la convicción obsesiva de Athanäel para redimir a la cortesana más bella de Alexandría, pero también sabe describir la tempestad de contradicciones que habitan en la cabeza de este monje cenobita. La quietud espiritual entre Thaïs y la madre Albine en la escena final, contrasta con el apasionado dúo entre ella y Athanaël, donde la orquesta parece una ola gigantesca de pasión, de sensaciones, de amor, de seducción y finalmente, pasada la tormenta en un momento en que cantantes y orquestas llegan al clímax final de la pasión y dan paso a unos sentidos "Morte" del monje que hacen regresar al espectador al mundo de los mortales.

Otro de los grandes genios, sin duda, Jules Massenet.

Y luego vino el estallido del público y los bravos. Y los sonoros pataleos de público y orquesta. Rendidos. Todos rendidos por lo que acabábamos de escuchar.
En dos palabras no sabría resumirlo, bien lo sabéis. Sólo puedo decir que fue, sencillamente conmovedor y excepcional.



Misma orquesta. Mismo director

Tres días antes de la cita en Peralada, Plácido Domingo ya la había hecho en Madrid, con un gran éxito y con una ovación final de 18 minutos de aplausos (la tierra y los paisanos de uno, tiran, lógicamente).

Ayer en Peralada no se prolongó tanto, ni mucho menos. Ya lo sabía y era previsible, aunque los aplausos fueron intensos y los bravos se escucharon ya desde su primera área.

El maestro PATRICK FOURNILLIER cantó con los intérpretes toda la noche. Concentrado y respirando con ellos, dio lo mejor de sí en una difícil ópera, de línea melódica extraordinaria sacando lo mejor tanto del CORO como de la ORQUESTA DEL TEATRO REAL DE MADRID. Si bien en algún momento, solo puntual, la orquesta creció demasiado, pero no obstante supo reconducir para dejar que fueran los cantantes los que inundaran con su voz el Auditorio del Castell de Peralada.

No fue otro bolo más de verano. No.
No sucedió lo mismo con el concierto del día anterior que, por lo que rezan las crónicas que he leído, Jonas Kaufmann repitió programa y el maestro Rieder nunca supo tener bien atadas las riendas y dar lo mejor de sí con la Orquesta del Teatro Real de Madrid.

La discreción de Patrick Fournillier no pasó desapercibida. Supo cuál era su puesto y el de los cantantes. Y como reza el refrán, "zapatero a tus zapatos". Por lo tanto, aquí invento y reinterpreto el dicho, "maestro, a tu orquesta sin dejar de lado las voces".



Thaïs, la cortesana deseada y redimida

Un argumento que podría ser perfectamente sacado de una película. La prostituta más bella de Alejandría, la que seduce, la que se deja seducir, la que juega al arte del amar sin que en ella habite mala conciencia de pronto escucha las místicas palabras del monje Athänael que le prometen la vida eterna, y.... deja por ellos lujos, dinero, poder y fama para recogerse en medio del desierto en un monasterio. Pero no sabe que ello le va llevar a la muerte. A lo eterno.

Si, el argumento es conocido, reiterado y simplón, pero, para interpretar un personaje como Thaïs se necesita, además de tener la voz, una buena paleta de recursos artísticos para hacer creíble el personaje.

Si de algo hace gala la soprano albanesa ERMONELA JAHO es sin duda sus dotes artísticas y expresivas, que junto a una muy buena figura, le ayudaron a hacer creíble este role.

La voz es interesante y aunque brindó una Thaïs interesante en lo vocal y artístico, no llegó a ese punto de emocionarme hasta el último poro de mi piel. Cantó un "Dis-mois que je suis belle" haciendo alarde de un despliegue vocal lleno de sutileza, de expresión, pero... pero...aunque no puedo poner ningún reproche, no me conmovió.

Mucho mejor, para mi, en el final del concertante del primer acto cuando es ella misma la que entona "Qui te fait si sévère et porquoi démens-tu la flamme de tes yeux", que es uno de los momentos más bonitos y espectaculares de la obra.

Su teatralización, creíble donde las haya. En la primera parte el rojo pasión de su vestido levanta pasiones - valga la redundancia- a todo quien la vea. Nicías, Athanäel, los alejandrinos, o cualquiera del público con ojos en la cara. Sin embargo, la voluptuosidad cede al recogimiento en su vestido verde pastel muy claro, sobrio, sin escote, elegante y ligero.

Pero sin duda alguna escuchar una intérprete como ella no tiene desperdicio. Canta, actúa y expresa. Puede gustar más, o gustar menos, pero lo cierto es que brindó una buena interpretación que culminó con un tensional y apasionado dúo con Athanäel.


La voz del tenor MICHELE ANGELINI es bonita e incisiva. Cálida. Agradable de escuchar.
Es verdad que el papel es breve, pero sus fragmentos están dotados de una belleza y arrebato impresionante. Massenet, ducho en su oficio, escribe grandes momentos para el tenor. Escuetos, sí, pero excepcionales.
El brillo y templanza de su voz coordinó a la perfección en el concertante final del primer acto, a la que se añadieron las voces de ELENA COPONS y de LIDIA VINYES CURTIS, como Crobyle y Myrtale respectivamente, y una siempre más que correcta SARA BLANCH en su role de Encantadora, más breve aún pero para nada fácil al tener que sortear un sinfín de coloraturas a diestro y siniestro. Sin letra. Solo notas.

No debemos olvidar las correctas intervenciones de JEAN TEITGEN como Palémon, el jefe de la comunidad cenobita a la que pertenece nuestro gran Athanäel de ayer noche.



El más esperado

Como siempre que en un espectáculo se anuncia la voz de PLÁCIDO DOMINGO, que continua siendo el reclamo número uno en el mundo de la ópera, el aura que se crea es especial. Mágico.
Aquel que continua atiborrando plateas de teatros, estadios, auditorios... ¿Qué sería la ópera sin esta fuerza de la naturaleza humana que es sin duda Plácido Domingo?. El gran Plácido Domingo.

Afortunadamente el monje cenobita tiene un papel muy importante y muy dilatado a lo largo de la obra (para nuestra suerte). Plácido, conocedor de su voz y de su estado vocal, se lleva una vez más el gato al agua, con un personaje que tiene una partitura que se adecúa perfectamente a su estado vocal. Un barítono que se mueve en la zona central sin grandes compromisos en el agudo, lo que permite al madrileño una interpretación mucho más relajada y cómoda, y que le catapulta a una concentración sin parangón en lo que se refiere a la parte artística y movimiento corporal junto con una expresividad de matrícula de honor. Además la voz continua siendo bella. Los ecos del antes tenor aún resuenan encima del escenario.

Domingo seduce. Es un maestro seduciendo con su voz, con su fraseo, con su elegancia y con su porte. Basta una simple mirada, un simple gesto, el más sencillo de los movimientos para que te des cuenta - y te convenzas aún más- de que estamos ante el más grande intérprete de ópera. Una leyenda viva de la que aún podemos gozar, gracias a Dios, y gracias, también a su maestría y sabiduría.

En un buen estado de forma y de salud vocal. Un milagro sin duda. Así es cómo se presentó Plácido Domigo ante el público de Peralada. Los primeros bravos de la noche fueron para él. Después, tuvo que compartirlos con Ermonela Jaho, pero, fue el quien al final, una vez más, ganó el pulso en la ronda de aplausos final.
Plácido, nuestro gran Plácido lo volvió a hacer.

Emocionada, en el cielo... así es como me sentía cuando se inició el dueto final entre él y Thaïs. Un momento de pasión extrema. Todo un oleaje de ir y venir con el telón de fondo de una orquesta que no hizo sino que, emocionarse con ese gran genio. Con ese gran artista.

Gracias Plácido. Gracias por este gran regalo que nos brindó.

Una y otra vez, bravos y más bravos. Varias rondas de aplausos. Varios bravos. Emociones a flor de piel. Miradas. Mi mirada se cruzó una vez más con la del Maestro. Esto no tiene precio. Es emocionante.
Y sí, Maestro, allí estábamos disfrutando una vez más de su arte.

Vivir algo así es algo que no puede explicarse. Tiene que vivirse. Tiene que sentirse, y al menos, una vez en la vida, todo aficionado a la ópera debería hacerlo.

Quién no conozca a Plácido Domingo en directo, que se lo piense. El tren solo pasa una vez. Y este tren está a punto de llegar a su estación final de destino. Gracias a Dios no viaja en alta velocidad, prefiere cercanías. Sacad un billete y vivid una de las experiencias más grandes para cualquier amante de la ópera.

Gracias Maestro una vez más.



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