domingo, 5 de marzo de 2017

Eterno Plácido. Eterno recuerdo de una intensa noche.







Qué difícil debió haber sido no sucumbir en la ciudad de Alejandría, tiempos ha, a la voluptuosidad y a los encantos de la cortesana Thaïs. Otros tiempos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

Y, valga la redundancia y, apuntando hacia otra dirección, digo, qué difícil es no rendirse a la voz y arte del gran PLÁCIDO DOMINGO. Una vez más el Maestro Domingo imprimió su sello y personalidad ayer noche en el Gran Teatre del Liceu que, lleno hasta la bandera, rebosaba de magnetismo y magia para acabar claudicando una vez más a los pies del más grande.

La noche tenía y presentaba cierto regusto oriental y olían, mezcladas, el sabor de la lujuria en contraposición al misticismo. En el ambiente, por otro lado, se palpaba expectación e ilusión, no en vano pues, el reclamo principal de estas funciones ofrecidas en versión concierto tenían como gancho al tenor Plácido Domingo.

Casi un año hacía que el madrileño no pisaba el escenario del Liceu. Su última visita fue el año pasado con el “Simon Boccanegra”, funciones en las que además se congratulaba los 50 años de debut en el Teatro de las Ramblas. En aquella ocasión, Domingo lo hacía con una ópera representada, pero ayer, colgó en el perchero vestiduras y mantos lucidos en la temporada anterior para ofrecernos en versión concierto una sensacional versión de la ópera de Massenet, “Thaïs”, cuya última función en el Liceu fue en el año 2007, ni más ni menos que con Reneé Fleming en el papel de la protagonista.



El encanto de la música de Massenet

El francés era uno de los más exquisitos compositores de su época. Basta escuchar algunas de las inmortales óperas que forman parte de su catálogo. “Werther”, “Manon”…como para darse cuenta del poder descriptivo que tiene su música.

“Thaïs”, evidentemente, no es una excepción. Quizás el músico jamás estuviera en Alejandría, pero la recreación del recogimiento religioso, el sabor del placer carnal y la embriaguez de la belleza que hace rebosar todos los sentidos, el misticismo y la intensidad están presentes en su obra. Como también lo está la brisa ligera que perfuma de mirra la noche y hace ondear al viento los velos que penden de la mansión de la cortesana que da título a la ópera.

Pero también está presente la pasión y desenfreno personificados por Thaïs y sus amigos en contra de la absurda cabezonería de Athanaël que atormenta su mente. Y esto se nota perfectamente en el leitmotive que le acompaña cada vez que el monje cenobita aparece en escena.

Por tanto, dispone de todos y cada uno de los elementos para trasladar nuestras mentes, ayer noche vírgenes de decorados, hasta tierras orientales, hasta vestuarios lujosos y vistosos que brillan en templadas noches dentro de suntuosos palacios que esconden tras sus paredes toda clase de sentimientos, de abusos, de vino vertido en copas doradas, y desenfrenos y disfrute de la vida.

En contraposición, es el lamento inicial de los cenobitas y la clarividencia de la comunidad albina los que tratan de encontrar el equilibrio entre las tumultuosas vidas en la ciudad de Alejandría. En la terrible ciudad de Alejandría, tal como reza al principio Athanaël.



PATRICK FOURNILLIER, al frente de la ORQUESTRA SIMFÒNICA I COR DEL GRAN TEATRE DEL LICEU firma una sensacional lectura de esta obra tan poco – por desgracia- representada. Atento siempre a los cantantes y al coro, exprime al máximo una música que embriaga por lo exótica y por su tremenda belleza. La orquesta situada en el fosado – como es habitual – y no encima del escenario, hace que la música flote en el ambiente, como banda sonora de una película. Esto es lo habitual, aunque en las versiones concierto en ocasiones se tiende a colocar la orquesta detrás de los cantantes solistas. Ayer noche, no fue así, puesto que su lugar era ocupado por el coro, y, lo agradecí.

Escuchar la célebre “Meditación” sin imagen que desconcentre, no tiene precio. Y así hubiera sido si no hubiera estado mermada por la impertinente tos de algunos miembros del público que son especialistas en romper aquello tan especial que solo se consigue cuando acudes a una ópera en directo.

El murmullo del arpa, cual fuente por la que emana una agua pura y cristalina, y el lamento y dolor del solo del violín acariciado ayer noche por el concertino KAI GLEUSTEEN, apaciguan el desenfreno de Thaïs y lleva la tormenta – nacida instantes antes- a la mente de Athanaël.





La belle Thaïs

No es la primera vez que la soprano NINO MACHAIDZE se pone en la piel de esta bella cortesana. Ya la había interpretado con Plácido Domingo en diversos teatros con considerable éxito.

Su voz, interesante, cálida y bien timbrada aunque un tanto oscura para un papel para mí más luminoso, corrió bien por la sala del Liceu, y aunque estuvo a la altura de la representación, su voz no tiene ni el cuerpo ni el matiz, ni la suavidad que su antecesora Reneé Fleming que, como ya hemos hecho mención, nos deleitó con su Thaïs llena de cromatismo y expresión.

Quizás su gesto, un tanto exagerado y repetitivo en el uso de alzar tanto los brazos, no empañó para nada la actuación de ayer noche. Su aria, su célebre aria del segundo acto, cuando se mira al espejo cual madrasta de la Blancanieves, fue aplaudida aunque no con mucho entusiasmo general, en un momento en que debería haber desplegado mucha más seducción en su discurso, no obstante, a nivel general, irreprochable su actuación.

Apostó para seducir al gran Plácido con un vestuario acorde y bien escogido. Thaïs la cortesana enfundada en un precioso vestido blanco realzando figura, mientras que, para el momento de la reconversión y recogimiento final, su vestidura de color negro, la acercaban a la austeridad de la vida religiosa.



Sorpresa me llevé con la voz del canario CELSO ALBELO, un auténtico lujo. Voz solar, bien timbrada y de fraseo elegante para un papel demasiado corto, que nos dejó un buen sabor y ganas de escucharle en un papel quizás más largo en el que pueda hacer gala de esa cálida voz que posee.



En cuanto al resto de roles secundarios, destacar las voces y buena avenencia vocal de quienes daban vida a Crobyle y Myrtale, la soprano SARA BLANCH, que debutaba en el Liceu, y la mezzosoprano MARIFÉ NOGALES. Dos voces interesantes e impecables al igual que la pequeña intervención de MERCEDES ARCURI como encantadora, MARIA JOSÉ SUAREZ como Albine, o MARC PUJOL como sirviente.





 

Dis-moi que je suis belle et que je serai belle éternellement! éternellement!

Sí, esta aria pertenece a la soprano, pero, quizás cambiando un poco el discurso se podría aplicar a quien ayer noche fue el alma de la fiesta, como popularmente, diríamos en otro lugar y en otra situación.

No estoy hablando de belleza. Ni mucho menos porque esta sí que es pasajera y dura lo que dura, sino que mi guiño a la frase que pronuncia Thaïs en el segundo acto es para esa palabra maravillosa: eternamente.

Eterno. Plácido eterno.

PLACIDO DOMINGO, el gran Plácido Domingo, incombustible e infinito. Sin duda alguna merece un apartado especial porque esta fuerza de la naturaleza humana ha roto ya, y sigue rompiendo – y las que le faltan aún- todas las reglas y previsiones en el mundo de la ópera.

¿Quién sino Plácido Domingo es capaz de levantar teatros enteros por allí donde pasa como si fuera un ciclón?

A sus 76 años, suma y sigue, sin que su pensamiento se vea ensombrecido por la oscura nube del retiro. Claro está que, mientras el cuerpo aguante, seguirá encima del escenario para hacer aún las delicias de aquellos que, como yo, aceptamos contentos todo lo que aún puede ofrecernos.  Este es el secreto para seguir disfrutándole. Así de sencillo.

Nos hemos nutrido de él como tenor, pero, el hambre nunca cesa en el corazón del aficionado, y ahora, nos alimentamos de ese arte, de esa experiencia, de ese saber estar, de ese fraseo que aún luce bonito, de ese centro tan maravilloso de color chocolate que endulza, sin engordar, nuestras ávidas almas.

Plácido Domingo es un grande entre los grandes. Se le pueden achacar mil y un defectos propios de la edad, el cansancio o la lucha contra –ahora- un fiato más escaso que antaño, pero, lo que no se le puede reprochar, ni un ápice, es su entrega, su pasión, su amor por lo que hace y esa maestría de la que hace gala y envuelve todos y cada uno de nuestros sentidos.

Y ayer Domingo estaba bien de voz. Resplandecía de elegancia con su traje negro coronado por ese precioso pelo blanco.



Con una sola frase Domingo es capaz de llevarse el gato al agua, y su centro, luce aún aunque no rutila, obviamente, como hace treinta años. Somos conscientes, lo sabemos, pero… Siempre hay ese pero que hace declinarte y apostar por aquel gigante que fue y del que ahora queda la sombra. Pero, quien ha sido gigante, nunca deja de serlo.

Disfrutar de la intensidad de su canto es un lujo, como lo fue ayer noche. Plácido Domingo puso todo su corazón a disposición del público que llenaba la sala del Gran Teatre del Liceu. Su expresión corporal, su faz, su gesto, su fuerza se notó en todas sus intervenciones, para, culminar con un sensacional final de la ópera que levantó al público. Hacía ya muchos minutos que el madrileño había hecho subir la temperatura, pero, el coup de grâce que me remató, fue en esos 10 minutos finales llenos de intensidad y dramatismo indescriptible que te hacen estallar de emoción.

Su desgarrado discurso cada vez que pronunciaba – en cada ocasión de diferente manera- el nombre de Thaïs, y la autoridad de la que aún hace gala, dejaron en nuestro corazón el sabor de la eternidad y de un recuerdo de esa mágica noche que perdurará para siempre. Hasta que se enfríen las estrellas.

Plácido… qué grande es.





Noche de ausentes. Noche de presentes.

¿Qué sería de todo aquello que sentimos durante una función si no se pudiera compartir con aquella persona que, complaciente, nos acompaña a las funciones? Seguramente, retendríamos el recuerdo pero la experiencia y lo vivido no sería lo mismo.

Ayer noche, mientras el gran Plácido salía y entraba del escenario, o cuando me emocionaba con una frase, con un acento, con un gesto suyo, tuve siempre al alcance aquella mano cómplice que aprieta y alienta y ayuda, en cierta medida, a hacer más llevadero un intenso día.

Gracias mamá, una vez más por toda tu paciencia y aguante. No tiene precio y sí mucho mérito.

Como tampoco lo tiene evocar a aquellos que no están y que, por afinidad y sensibilidad con la ópera, aparecen siempre a mi lado porque, entre otras cosas, nunca han dejado de estar allí.

Por especial se hizo muy presente en el fragmento de la “Meditación”. Allí apareció mi abuelo, aquel que siempre susurra a mí oído “¿Te has fijado en este trozo? ¿Has visto que nota más bonita?...” Sé que también se hubiera levantado del asiento en el momento final cuando todos los sentimientos, místicos y carnales, los primeros de Thaïs y los segundos del monje, que se invierten en el segundo acto, desfilaron por el escenario. A él, a mi abuelo que está en el cielo le debo todo esto y más. Gràcies, avi!!!



Palabras que calan

Y parafraseando algo que me dijo un buen amigo, algo que me caló hasta lo más profundo y con seguridad una de las palabras más bonitas que he escuchado en boca de alguien para definir mi pasión por la música, reproduzco su siguiente sentencia porque que define fielmente la situación: “Si tienes un romance con la ópera, creo que tu abuelo es la llama y Plácido Domingo el aire que la aviva”.  

Así es, cual llama que se aviva, jamás se apaga, como tampoco se extingue el arte del Maestro Domingo a quien encarecidamente le doy las gracias una vez más por hacerme disfrutar y emocionar, por hacerme llorar y por hacerme sentir.

El poder la voz humana. Tan simple y complicado a la misma vez.


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