sábado, 11 de febrero de 2017

El arte de escuchar. El arte de saber escribir




Roberto Herrscher, cronista musical argentino, nos propone en su libro “El arte de escuchar” un viaje musical que se sustenta en tres pilares, los mismos en los que se divide esta recopilación de reseñas y reportajes, escritas a lo largo de dos décadas y publicadas en dominicales y revistas especializadas.

Herrscher empieza fuerte y apuesta en el primer apeo de esta ruta por los personajes. En este primer bloque desfilan ante nuestros ojos personajes como Calixto Bieito. El capítulo es interesante por su planteamiento más allá de la polémica que despierta el director de escena en cuestión. Tres óperas diferentes: “Don Giovanni”, “Macbeth” y “Un ballo in maschera”. Primero nos deleitamos y nos situamos en la escena tal cual reza en el libreto, para pasar en un abrir y cerrar de ojos a la propuesta de Bieito. El contraste y la diferencia es absolutamente abismal.

Emotivo el capítulo dedicado al apuntador del Liceu, nuestro querido Jaume Tribó, una de los personajes más queridos del mundo de la ópera y uno de los que saben más, de ópera y de historia del teatro al que está tan vinculado y al que tanto quiere, su (nuestro) Gran Teatre de Liceu.

Se repasa también las facetas del director Lorin Maazel y de la familia Savall, pero donde marca diferencia – y mucha- es cuando habla de su compatriota Astor Piazzolla. Lógico y comprensible. Este capítulo adquiere una emotividad diferente, más personal, más visceral y que, sin dejar de ser algo ya publicado, se erige en un alarde y demostración de cariño a la patria, a sus gentes y a su música.

Lo que es incomprensible e inconcebible, sin embargo, es el capítulo dedicado al tenor Plácido Domingo, con el que empieza esta recopilación. En él se dedica a explicar las idas y venidas y los entresijos de la gala homenaje que se hizo al gran artista madrileño en el Teatro Real de Madrid cuando cumplió los 70 años. No explica nada que no supiera ya, aunque siempre es un placer revivir y releer jornadas tan especiales para este gran tenor y también para los que nos contamos entre sus aficionados, pero, lo que es imperdonable es el baile de fechas de las que adolece esta crónica. Erradas están las fechas de debut como Alfredo Germont en Monterrey, también la de la primera actuación en Viena, así como sus primeras andanzas en el Metropolitan de Nueva York (aquella famosa “Adriana Lecouvreur al lado de la gran Renata Tebaldi), sus “Luisas” en Madrid, e incluso la fecha de su boda. ¿Dónde queda el contraste de datos? ¿Dónde queda la profesionalidad del cronista, del periodista?

Sorprendre. Y sorprendre mucho en épocas en que… en caso de dudas, solo tenemos que acudir a internet y corroborar. Con un clic. Así de fácil.



El segundo pilar de este libro se cimienta en los viajes de Herrscher. Barcelona, Bayreuth, Sevilla, Madrid, Cuenca…un largo recorrido por festivales y templos operísticos, especiales para el autor, que si bien le permiten pisar por los sitios más venerados del aficionado, poco aporta a la obra y al lector. Solo genera aquella sana envidia del que quiere y no puede.

Y finalmente, el grueso postrero del libro se concentra en las experiencias personales del propio cronista, vividas en solitario o al lado de su hijo, y al igual que las anteriores, todas ellas ya publicadas anteriormente.

La obra recopilada por tanto, no innova, no motiva, no añade ningún toque de originalidad para quien lo lee, aunque aporta conocimiento musical en géneros que no están vinculados estrictamente a la ópera y que, de no haber sido recogidos en la obra, hubiera seguido sin conocer. Y por ello, sólo por ello, es interesante darle una lectura.

El libro concluye informando acerca de la actualidad de las vidas de los personajes que Herrscher nos presenta, y lo hace dejando los artículos tal cual escribió en su momento y los retoma, a todos ellos, hasta el 1 de noviembre de 2015.

Una obra amena para el amante del reportaje y de la escritura meramente periodística que nutre al lector de las experiencias de las que se ha nutrido, previa y personalmente, el propio autor.



Si hoy estoy escribiendo esto…

Dejando más allá lo más o menos interesante que puede resultar la lectura de todas estas crónicas vestidas en forma de libro, lo cierto es que, como reza este separador es – y valga la redundancia- que si hoy estoy escribiendo esto es gracias a la generosidad de un buen amigo que un buen día decidió regalarme este ejemplar.

Gracias al musicógrafo catalán Albert Ferrer Flamarich, he conocido más de Jordi Savall, he revivido de nuevo el incendio del Gran Teatre del Liceu, he conocido la realidad de un centro de educación secundaria del Raval de Barcelona y he vuelto a recordar el triste accidente de Germanwings.

Recomiendo leer a este joven licenciado en Historia del Arte por el dominio de las palabras y conocimiento que imprime en sus crónicas, por su – a veces acidez- y también por su mordacidad. Un estilo que cala y seduce, porque es diferente y alejado de la típica crónica musical que todos tenemos en mente. Savia joven. Savia nueva. Inteligencia y agudeza visten sus trabajos y a pesar de su juventud entre los años 2004 y 2006 coordinó la publicación especializada en zarzuela y ópera española “Sarsuela 2000 Zarzuela”, además de presentar diferentes programas radiofónicos para emisoras locales, faceta con la que ahora, también continúa.

En la actualidad podemos leerlo en las publicaciones de “Audio Clásica”, "Codalario", y también en el “Diari de Sabadell”, nuestro periódico local con el que participa desde el año 2010 y que nos permite a los sabadellenses de disfrutar de crónicas firmadas por alguien que sabe de lo que está hablando y que lo explica bajo el ojo crítico de alguien que es un perfecto conocedor de nuestra lengua (su catalán es exquisito y provoca adicción) y del estilo y género sobre el cual escribe.

Talento de sobras que desperdician publicaciones especializadas o periódicos de mucha más tirada en favor de crónicas más estándar, cuyos autores se limitan a explicar por encima las funciones a las cuales asisten sin aportar un ápice de interés o de curiosidad a quien lo está leyendo.

Para quien no conozca su trabajo, les invito a conocerlo. No se arrepentirán. Es de los que escriben y hacen pensar. Pocos musicólogos lo consiguen.


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