domingo, 7 de agosto de 2016

“Papá Germont" gana de nuevo la partida…



¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya de una ópera – de una gran ópera- como lo es “La Traviata?
Sobran las explicaciones y las aclaraciones. Una obra maestra mundialmente reconocida y archirepresentada de punta a punta del mundo. No hay temporada en que en algún teatro, por pequeño que sea, que no se represente esta singular y querida ópera, sin duda, una de las preferidas del público.
Y de nuevo Verdi volvió a sonar en el antiguo teatro romano de Orange. Un marco que se ha convertido, al igual que hace años lleva haciéndolo la Arena de Verona, en un referente estival dedicado a la ópera. Y para la ocasión, encabezaba el reparto – al menos era uno de los reclamos principales- nuestro tenor, ahora reconvertido en barítono, Plácido Domingo.

Intento de elegancia
Es difícil en nuestros tiempos, y cada vez más desde hace años ya, que lo recurrente se convierta ahora en excepcional, y ello se traduce en ver una ópera con vestuario y escena adecuados a la época en la que transcurre el libreto.
Si bien en esta ocasión el encargado de vestuario DIEGO MENDEZ CASARIEGO evoca ecos pasados, lo cierto es que el vestuario acaba siendo monótono, de líneas sencillas pero efectivas, donde el rojo y el negro, dominan completamente la escena. Solo un toque de la pureza del blanco salpica la escena: las camelias blancas, combinadas con el rojo pasión del vestido que Violeta luce en el primer acto, así como también con el negro de rigor – sinónimo de elegancia- que viste la protagonista en la segunda escena del segundo acto.
Para ellos, indiscutiblemente el frac. ¿Más símbolo de elegancia? Imposible. Como también, elegante es el vestuario que se enfunda Germont padre. Todo ello, parece una mezcla de épocas. Tallaje moderno que sin embargo se amalgama correctamente con un ambiente de clase social alta propia de hace siglo y medio. Sin duda, un poco de desequilibrio entre lo masculino y femenino, pero, se acepta.
¿La nota discordante?
Sí, la hay. El quimono de Violeta para el segundo acto. Una pseudo-gheisha japonesa para una verdadera cortesana parisina.

La dirección del maestro DANIELE RUSTIONI está a caballo entre lo tradicional y lo moderno, y combina tempi rápidos contrastando con algunos más lentos, sobretodo en las arias de los protagonistas. Claro ejemplo el “È strano…” de Violeta y el “Lunge da lei” de Alfredo, así como en el “Di Provenza” ejecutado un poco a la medida de su intérprete, haciendo de la misma, el gran hit de la representación del día 3 de agosto.
Volumen justo, quizás falto un poco más de pulsaciones y emotividad, supo secundar correctamente a los cantantes sin erigirse en protagonista.

Violeta y Alfredo
De entrada, y para un primer acto donde la música escrita para la soprano es mucho más ligera y menos dramática, la voz de la soprano ERMONELA JAHO no me pareció para nada adecuada. Un timbre quizás demasiado oscuro (o que ella oscurecía hasta sonar engolado) y pesado, que hacía temer, en un momento inicial, el ataque adecuado de todas las coloraturas que debe salvar en su cierre triunfal del primer acto. Sin embargo, las mismas fueron sorteadas con habilidad pero sin sensibilidad. Intentaba el cambio de narración tentando cambios en su fraseo, pero sin llegar a ofrecer un diálogo lo suficientemente emotivo.
Mejoró, incluso el color, a partir del segundo acto, donde creo, estaba más cómoda y donde la voz no oscurecía tanto. Es un instrumento con medios y los tiene y luce para ser Violeta, pero Violeta es algo más que una voz, y que en ningún momento requiere de una interpretación, quizás a ratos, un poco exagerada y con unas notas al extremo de la estridencia.
Poca química artística con su Alfredo de turno y vista siempre al infinito, construyó bajo la apariencia de calidez una Violeta fría y distante.



FRANCESCO MELI no es que sea una gran voz. No. Intenta sutilezas y medias voces, de las que sale, en cierto modo, victorioso. La voz es agradable a pesar de que algunas notas son atacadas con un poco de rudeza, y aun así, sigue sonando bastante bien. No emocionó en ningún momento. Alfredo requiere de dulzura – que posee en cantidades comedidas-, también pasión –que le pone sin llegar a cotas altas-, y cómo no, emotividad y sensibilidad – quedándose un poco a medio camino- y a la sombra sobre todo en las escenas conjuntas, donde coros y Violeta junto a Germont padre, cual tsunami, ahogan su voz.
De todos modos su Alfredo vocalmente es digno a pesar de que a nivel artístico la caracterización del personaje brille por su ausencia.

Il tempo avrà fugate…
Ha podido pasar el tiempo. Sí. La voz puede haber perdido el brillo fulgurante de antaño. El color ha cambiado intentando oscurecer una voz de tenor – aún presente- para abocar todas las energías a una tesitura de barítono.
Sí. “Il tempo avrà fugate…” pero la figura del grande, del grandísimo PLÁCIDO DOMINGO  sigue levantando pasiones – y también ampollas a sus detractores que los hay, y desgraciadamente muchos, muy a mí pesar.
Pero sin lugar a dudas quien volvió a acaparar la atención de la obra fue sin duda el madrileño, cuyo estado vocal es realmente sorprendente, si se compara, así por encima, de un año para aquí.



Sonó una voz firme, bien asentada, con un fraseo excepcional – marca de la casa y de la que siempre ha hecho gala- bella donde las haya, y segura. Como seguro y relajado se notaba al intérprete ya desde su entrada triunfal con su particular “Madamigella Valery”. Sorprendida, emocionada y contenta de escucharle en tan buena forma, pues parecía cantar cómodamente y sin esfuerzo aparente. Sólo quizás en su cabaletta  “Non udrai rimproveri” rozó un poco el cansancio de una pieza que requiere un pellizco de rapidez y control brutal de respiración, pero que ejecutó con aires de perfección.
Su voz sigue imperando ya en el momento en que sube al escenario y continua manteniendo volumen y timbre que, aunado con su parte escénica, hacen que Domingo componga de Germont uno de sus actuales caballos de batalla. El personaje le va estilísticamente hablando y también físicamente, siempre elegante y de porte aristocrático.
Se puede decir lo que se quiera de este gran artista. Para gustos, los colores. Pero Plácido Domingo sigue emocionando, sigue arrastrando al público a los teatros, y lo más sorprendente de todo es que su estado vocal es, para su edad, es sumamente impresionante.
¿Retirada?
¿Para qué? Si cada vez que lo escucho le encuentro mejor… Realmente el pacto hecho con el diablo está dando y con creces, su fruto. Disfrutemos de lo que nos da ahora. Poder gozar de sus coletazos, para nada finales, es un regalo que nos da este excepcional artista.