domingo, 8 de mayo de 2016

Butterfly titiritera




Una que… no es muy ducha en el tema, y después de haber tenido diversos y múltiples problemas técnicos para poder ver esta nueva versión de “Madame Butterfly”, finalmente, casi un mes después de que se representara en el MET y se pasara por las pantallas de cine, por fin, he podido gozar de esta maravillosa ópera de Puccini.

El aliciente principal recaía pues para mí, aunque breve su papel, en el tenor Roberto Alagna, una voz que sigo y que disfruto de ella ya desde que empezó su carrera, hace ya algunos añitos.

La concepción de esta “Madame” está a caballo entre lo clásico y lo moderno. Respeta bastante el estilo japonés pero no cae en las tan raídas puestas en escena recargadas y antiguas a las que estamos acostumbrados que se den en esta ópera. Sustituye las caras pintadas de blanco por un maquillaje discreto nada exagerado. ¿Que la protagonista que canta la Cio-Cio-San no es japonesa? Pues no, no lo es y parece ser que esto no importa, y limpia su cara de exagerada pintura para que no parezca lo que no es. En este sentido, se agradece la naturalidad. Ya da ambiente el vestuario y el colorido. Y sobre todo la música surgida de la genialidad de Puccini, que sitúa tanto la obra que no es necesario emplear ningún recurso ni truco más para trasportar al espectador a Japón.


 

Muñecos en la Madame

El director de escena ANTHONY MINGELLA introduce una nueva, y acertada idea, aunque a veces choca y resulta rara, y no es otra que hacer aparecer dos títeres en el escenario. Dos títeres y siempre japoneses, nunca americanos. Atención al matiz y al concepto que, en esta obra, los americanos tienen de los japoneses, y la triste verdad de esta idea se hace patente con el genial uso de este recurso teatral. Creo que era imposible reflejarlo de otra manera. Bravo por dicha personificación. Realmente, extraordinaria.

La idea si se piensa y reflexiona es muy buena.

El niño de Butterfly es títere de la historia de su madre, que a la vez, ella también lo ha sido de Pinkerton, su padre y amante fugaz de Butterfly. Ambos, aunados al concepto que Pinkerton tiene de Cio-Cio-San, que no es nada más que la semblanza a una muñeca, una “bambola”, un “giocattolo”, hacen cuadrar y sostener con firmeza la imaginación del regista que no empaña para nada el sentido de la obra, sino que la complementa y la secunda, y la vislumbra desde otra perspectiva completamente acertada y válida.

Sin duda el efecto del niño-títere, desde la mitad de la platea del MET debe ser extraordinario porque seguro que ni se aprecian los tres titiriteros que dan vida al muñeco. Para ellos, el hijo de Butterfly es humano y se mueve como tal. Pero también para el resto, pues el efecto humano, es conmovedor.

La verdad es que sorprende y mucho el fantástico movimiento del muñeco, que reacciona a las palabras de su madre, camina cual niño de tres años y sus encuentros y abrazos con Butterfly son enternecedores. Quizás lo único que se pueda reprochar al muñeco es que, no tiene ojos – ni azules americanos ni negros japoneses- y tampoco tiene pelo, ni rubio ni moreno. Pero ello sin duda es secundario en la narración. El público ya le pone imaginación. Aquí está la magia del teatro.





Pero, además de todo esto, en verdad la escena deja también otros buenos detalles.

Siguiendo con los muñecos, en el preludio del tercer acto envuelto por una romántica, fascinante y seductora música, Butterfly, muñeca inerte en manos de Pinkeron, es abandonada por el oficial de la marina americana.

La muñeca Cio-Cio-San que, a la par que el niño, también parece cobrar vida de forma extraordinaria, acaricia a Pinkeron, le pone cara de tristeza, le abraza y toca su cara de forma tierna aunque éste le rechace. Pero sobretodo impacta el abandono final: Pinkerton y Cio-Cio-San se separan. Y se separan distanciados por la inmensidad de todo un mar entre ellos dos. A tal efecto, se extiende entre ambos una banda de tela de color azul que personifica el mar. Este mar desaparece en la distancia. Y en las distancia desaparecen también los cuerpos de la escena.

Realmente algo original que me hizo venir a la mente, cuando vi la muñeca Cio-Cio-San, aquella maravillosa canción que entonaba Patty Bravo que llevaba por título “La bambola”: “Para ti yo soy, para ti yo soy solamente una bambola / con quien juegas tu, con quien juegas tu, solamente una bambola”. Cuadra y con creces la idea. La “bambola” de Pinkerton.



Pero también hay dos detalles, escénicos que me llamaron bastante la atención: por un lado, me impactó que Butterfly, ya casada con Pinkerton, adopta por así decir las costumbres y religión americanas. “Benvenuto in casa americana” le dice a Sharpless en el segundo acto, pero, en el fondo, reconvertida a otra fe por voluntad propia, no deja de rezar – sin que Suziki la vea- a las almas japonesas de sus antepasados, aunque después lo niegue y quiera ser más americana que el propio presidente de los Estados Unidos. En el fondo, con detalles así, en esta producción me da la sensación de que Butterfly es consciente del engaño desde un primer momento, pero está tan enamorada de Pinkerton que, aunque esté destrozada por dentro, el escudo con el que se viste es tan poderoso que hace creer lo contrario a quien se le acerca.

Por otro, un momento escénico que narra la historia haciendo un “flashback” que produce un efecto visual extraordinario. Nos encontramos al principio del segundo acto y Pinkerton sentado en una butaca besa a Butterfly que está arrodillada delante suyo. Se nos muestra la felicidad de la pareja, pero son los paneles móviles que a lo largo de toda la obra van creando ambiente y lugares, los que se llevan –literalmente- al oficial. Se ve como se besan y el panel que pasa delante del espectador, se lleva el beso y también hace desaparecer a Pinkerton. El efecto visual es…como decía extraordinario y genial. Pero no queda aquí. Se lleva a Pinkerton, y con ello la miseria llega y se posa en la morada de Butterfly. Los muebles desaparecen: mesas y sillas, y en su lugar, aflora la tristeza y la miseria.




A parte queda la escenificación del dueto final del primer acto, que con los farolillos blancos da un guiño plateado a la luna que debería presidir esta escena. La idea es bonita, y vista – repito- desde mitad de la platea del grandioso MET, seguro que visualmente extasía todos los sentidos, principalmente el visual. La escena, oscura. La música que envuelve, idónea. Todo rezuma de un ambiente ideal. Las estrellas titilan en el cielo. Y las miradas de los espectadores concentradas en las vestiduras blancas de los cantantes.

En la tele pierde un poco, más que nada porque en algunos fragmentos de este maravillo dueto, se destroza y se carga el ambiente romántico y el de corazones acelerados por las pulsaciones de una noche de amor, haciendo planos de lejos sin poder disfrutar de la interpretación artística de los protagonistas, que, viene a cuento decir, que la química y la chispa entre ambos, era absolutamente aterradora. Por favor, qué es un dueto de amor… Sra. Opolais y Sr. Alagna, ¡mirénse a la cara cuando canten! Tomen nota para la próxima. Muchas gracias.





Puccini… a ratos

La batuta del maestro KAREL MARK CHICHON no es ni de lejos la de Pappano – en la actualidad el mejor ejecutor de la música del maestro de Lucca- aunque cumplió con corrección en su dirección orquestal. Para mí faltó matiz, sutileza, fuerza. La orquesta no brillaba, para la ocasión lo suficiente, pero aunque discreta su interpretación, mantuvo, a su manera toda la vis dramática de la obra.





El Pinkerton de ROBERTO ALAGNA tuvo un nivel excelente, aunque a ratos, vale decir. Un primer acto en que en sus dos intervenciones la voz sonaba excesivamente abierta y sin el brillo y redondez a los que me tiene acostumbrada su instrumento. Alagna es un tenor dotado de una voz bella y maravillosa. Si bien es cierto que ha afrontado, en los últimos años, un repertorio para nada adecuado a su voz y le ha alejado de aquellos roles más líricos en los cuales, continúa no teniendo rival.

Pero Alagna, ducho en su arte, sabe sacar todos sus recursos y encantos y meterse a su público en el bolsillo. Sus momentos dulces y románticos, en los que su voz inunda el escenario neoyorquino, son realmente conmovedores. Sabe manejar a la perfección su voz, y haciendo gala de un fraseo extraordinario y arrebatador, Alagna se acomoda a la ópera escenas antes de empezar el dueto final del primer acto. Y allí es cuando pasea su instrumento en una tesitura más central en la que se siente más cómodo. Cómo pez en el agua.

A pesar de algún pequeño desajuste, sobretodo en el dueto final del primer acto, Alagna, en la actualidad, no tiene rival en este papel, que hace suyo por méritos propios y por voz, haciéndome poner la carne de gallina a cada intervención suya. Pero también por imagen, pues la credibilidad como personaje es absoluta y Alagna, a pesar de sus entrados cincuenta y… sigue aun maravillando por su esbelta y agraciada figura encima del escenario. Y ello, se agradece.



DWUAYNNE CROFT fue el encargado de dar vida al cónsul Sharpless. La voz, sin duda, no es la que era y ha perdido el frescor de antaño, pero su timbre, en algún momento fatigado, continúa siendo agradable al oído. Escénicamente estuvo correcto.



Me encantó la Suziki de MARIA ZIFCHAK que estuvo excelentemente interpretada a nivel escénico, aunque no tanto a nivel vocal y cumpliendo en sus respectivos papeles TONY STEVENSON como Goro y YUNPENG WANG como Yamadori. Más discreto, pero, el Bonzo de STEFAN SZKAFAROWSKY.




Cuando Butterfly no es Butterfly…

Ya desde la primera escena, cuando Cio-Cio-San irrumpe en el escenario, nos damos cuenta de que KRISTINE OPOLAIS en ningún momento de la obra es Butterfly.

No tiene nada de frágil mariposa, de inocente muchacha, y la manera en cómo enfoca interiormente el role, impiden ver la evolución psicológica del personaje en cuestión – tan importante en esta ópera- y que tiene que ir de la tierna inocencia, de la ilusión de la primera noche de amor al desenlace final. Todo ello, pasando por la mentira encubierta, la reacción de una mujer enamorada que se siente engañada y traicionada, y que además ha sido madre, hecho que fortalece a cualquiera, hasta el declive final, hasta la apertura de sus ojos y mente hacia lo irremediable, la consabida y consciente pérdida del honor que le llevará, sin remedio, al suicidio. A la muerte. “Con onor muore qui non può serbar vita con onore” reza sabiamente el libreto.

A nivel vocal la voz es suficiente. Llega a las notas y su canto no denota sufrimiento, pero se olvida siempre del matiz, de la sutilidad que requieren sus intervenciones, sobre todo en el primer acto. La sumisión a veces, brilla por su ausencia, al igual que la ilusión y la alegría ante una boda que, cree, real. Bien es comprensible que el personaje no exteriorice a raudales sus sentimientos, pero, sí se agradecería al menos el intento.

Opolais afronta una Butterfly siempre seria. Enfadada. En su rostro no se trasluce ni una pizca de relajación. Su semblante siempre frío y distante, que sí, en cierta manera cuadra con el segundo acto – a pesar de que introduce alguna monería propia de la tierna edad de la protagonista cuando la música se lo permite. Sin embargo, no me vale para un primero.

Es una Butterfly que no te la crees como personaje. Le hubieran bastado pequeños gestos, pequeñas sutilezas escénicas para aproximarse a un role en el que, vocalmente está francamente bien si introdujera algún piano o algún matiz más. Era más creíble, a nivel escénico, la muñeca Cio-Cio-San del preludio del tercer acto que ella misma.

Nadie niega la espectacularidad de Opolais, como mujer, encima del escenario, pero en este caso su belleza letona juega en su contra.

Una pena que, un papel tan profundamente sensible, no llegue a emocionar ni un ápice de mi cuerpo. Creo que Opolais sería una buena y notable Tosca, pero, Butterfly, escénicamente, jamás. Su “Un vel dì…” aunque bien acometido no acabó de convencerme, al igual que su “Tu, tu, piccolo iddio…”, sí, ambos bien cantados, y si se me apura, bastante bien fraseados, pero, con esto no es suficiente para despertar los sentidos al oyente.

Siempre he dicho que una Butterfly que no es capaz de hacerte poner la carne de gallina en estos dos fragmentos, es porque, tristemente, no es Butterfly. Y en estos casos… a otra cosa, mariposa. Y nunca mejor dicho.



Entre muñecos anda el juego

Sin duda, el niño y la “bambola” Butterfly fueron y se erigieron, en dos más de los protagonistas. Por sus movimientos que rayaban la veracidad dando vida a sus inertes cuerpos con una expresión justa, equilibrada y sensacional. Vamos, que el niño de Cio-Cio-San se hacía querer a pesar de ser un títere… un títere lleno de la expresividad que, desafortunadamente, le faltó a su madre.