sábado, 2 de mayo de 2015

El Liceu rendido a los pies de Plácido

Tiempo hacía ya que no escuchábamos la voz de Plácido Domingo en nuestros lares, la voz del incombustible, del carismático, del entrañable y hechizante Plácido Domingo. Del irrepetible y del único tenor de su generación que sigue pisando los escenarios más importantes del mundo.

Simplemente increíble y sin más adjetivos que vengan a rebozar una carrera y una vida dedicada completamente a la música. Simplemente lo dejamos en Plácido Domingo, el músico, el artista, el hombre.

Entradas agotadas para escuchar, y disfrutar de este gran artista que a sus 74 años aún emociona y sigue tocando la fibra del espectador. Lejos está, evidentemente, la voz de aquel fenómeno de la naturaleza humana, de ese gran río lleno de caudal que rebosaba por ambos lados y que desembocaba, desbordado, al mar. Cierto es que el de antaño se fue, es ley de vida, pero Plácido, sabio y ducho en su oficio, y aún con certera inteligencia, supo llevarse el gato al agua, y el estallido delirante del público fue el producto de una noche llena de emoción y de nostalgia, y de sorpresa, pues aunque aquejado, y medio recuperándose de una bronquitis, Domingo, una vez más Domingo, dio, cómo no, la talla.

Ese fue el susto de la noche, cuando Christina Schepelmann, micro en mano, salió al escenario y dijo que tenía 2 noticias. Tranquilizó al público. Plácido cantaría, pero no al 100%. Quizás esto sea el común denominador de Domingo en estos últimos tiempos, quizás sean unas disculpas por adelantado cuando el artista no puede dar aquello que quiere o espera el público -su público- y quizás sea ponerse una tirita antes de haberse cortado…sí, quizás sí, pero a Plácido se le perdona, a estas alturas, todo.

Un Liceu rebosante, lleno hasta la bandera y con ganas de escuchar esta versión en concierto de la sexta ópera de Giuseppe Verdi, “I due Foscari”, o mejor dicho, con ganas de escuchar a Domingo como barítono en el Liceu, porque él era su protagonista indiscutible. Mírese sino el programa de mano que ha distribuido el teatro, para muestra, un botón.

Un barítono que lo he dicho en muchas ocasiones, y en esto público y crítica estamos todos de acuerdo, que suena a tenor pues los ecos y color de su timbre tenoril continúan allí presentes, y no me molestan. Que Plácido Domingo no es barítono, lo sabemos todos y lo sabe él también mejor que nadie, pero es Plácido Domingo, el cantante más grande de la historia de la ópera y eso hace años, muchos años que lo tiene ganado a pulso, haga lo que haga, diga lo que diga.

Tres largos años después de su última actuación en el coliseo de las Ramblas, poco a poco, paulatinamente, lentamente, se iba acercando la hora, y el nerviosismo y el entusiasmo se notaba en el ambiente. Timbres de rigor, móviles en silencio, nada artificial que pudiera romper la magia de las 2 horas y media que teníamos por delante, pues encima del escenario había un legendario mago que se bastaba él solito para hechizar, incluso antes de actuar, a un público ávido de su arte.

Ni un desafortunado ataque de tos. Ni un refriego de pañuelo. No se desenvolvió ningún caramelo y ningún crujido de unas no muy cómodas butacas se oyeron la noche del jueves. Magia de nuevo.  Solo el dulce estruendo de los aplausos y bravos desbocados del público fueron capaces de romper el silencio de la sala. Impresionante.

Con todos estos elementos es imposible no entregarse a una función. Es imposible no entregarse a la sabiduría de Plácido Domingo. Es imposible no entregarse a su leyenda. Que pudo más la emoción que la actuación, pues en cierto modo, sí, pero de lo que no hay dudas es que su presencia predispone a disfrutar a quien sea, incluso al más insensible de los mortales.

 
 

Sin abrir la boca

Otro milagro del “efecto Plácido”.

Ovación de gala recibiendo al tenor y al resto del elenco que le acompañó esa noche. Con ella ya se adivinaba la predisposición del público. ¡Y cómo no!… porque a Domingo no se le puede disfrutar de un año para otro en Barcelona, y la calidez y estima del público liceísta para con el artista es tal que, cada una de sus actuaciones en el Liceu se convierten en las más especiales y en las mejores que, a nivel personal, haya podido vivir, porque además en el Liceu juega en casa. En nuestra casa. Y ya se sabe que como en casa…nada.

Dos funciones previstas de este “I due Foscari” es el regalo a los amantes de la ópera que nos deja esta temporada Domingo. En versión concierto, sí, pero dado el estado vocal del artista es preferible. Menos cansancio, menos compromiso y mayor resultado, pues toda su concentración y esfuerzo pudo dedicarlo a la parte vocal sin tener que preocuparse por el movimiento escénico a pesar de ser el único que ponía cara de circunstancia acorde con su personaje y situación.

Para la ocasión la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu al mando del director MASSIMO ZANETTI se dispuso encima del escenario.

Excelente idea, ello significaba que se avanzaba la escena cubriendo el fosado de la orquesta, lo que traducido en emoción significaba que, los artistas estarían más cerca del público, a una distancia lo suficientemente corta casi como para tocarles.
 
 

A ambos lados de las tablas, tres atriles, aunque Domingo cantó toda la primera parte al lado contrario de mis localidades, en fin… todo no se puede tener.

La orquesta y coro sonó equilibrada sin caer en la tentación de ir siempre en forte y supo acompañar y secundar siempre a los intérpretes principales.

 

¿I due Foscari?

Si bien así se titula la obra, el jueves por la noche debería haberse titulado “Foscari padre y nuera”, porque allí sólo había uno de Foscari, el otro, Foscari hijo al que ponía voz un muy discreto y no demasiado acertado AQUILES MACHADO pasó completamente desapercibido.
 
 
 

No es una voz de timbre bello, cumplió en cierto modo con su cometido pero sin expresión, sin pasión, sin sentimiento, amén de varios y repetidos desajustes vocales en la primera parte así como también en la segunda. ¡Y eso a pesar que Machado no adolecía de bronquitis, cantaba, al 100%! Le noté tenso en algún momento y faltado de “feeling” vocal con la explosiva Lucrecia que tenía a su lado.

Voz imponente la de la soprano ucraniana LIUDMYLA MONSTYRSKA. Dotada de un impresionante volumen que, en ocasiones le cuesta de contener cuando quiere lograr un efecto más delicado, más lírico. La suya es una voz de gran teatro, potente y electrizante en la zona aguda, segura y bien asentada, a pesar de que alguna vez pueda sonar (sonarme) estridente. Pero allí hay madera de soprano dramática de coloratura, una coloratura que, le vino un poco grande en algún momento pero que solventó sin dificultad y sin titubeo, tanto en sus pasajes individuales, como en los respectivos duetos con Foscari padre – mejor con el padre- como con Foscari hijo, así como también en los concertantes.
 
 
 

Respecto al resto del elenco destacar el Loredano de RAYMOND ACETO, y los cumplidores JOSEP FADÓ y MARIA MIRO, como Barbarigo y Pisana, respectivamente.

 

Emocionante Domingo

¿Qué puedo decir a estas alturas que no se haya dicho ya de la voz del gran Plácido Domingo? ¿Qué?

¿Qué palabras bonitas, elogios, piropos pueden decírsele a un artista y un músico como él? ¿Cuáles?

Me sería muy fácil encontrarlas, pero no voy a entrar en ello porque sería repetir lo que durante años el mundo entero viene diciendo, y quiero intentar no caer en ese tópico.

A Plácido se le tiene que vivir en directo y solo entonces comprendes – y te convences- como a sus 74 años sigue arrastrando al público al teatro. Cualquier similitud que quiera hacerse con cualquiera de los vídeos que podemos ver en las noticias, cualquiera de ellas mata con alevosía su arte y su directo.

Quizás a uno en televisión pueda parecerle decepcionante, patético, caducado, mayor y con un pie (o ambos) fuera del escenario. Quizás más de uno rece por una ya inminente retirada al escuchar el eco de lo que años ha fue este artista, pero, todo aquel que sienta esto, que se pase por el Liceu o por algún teatro en directo apreciándole con cariño y la respuesta será sin duda, “qué grande es Domingo”.

74 años suma y sigue emocionando. ¡¡¡Y cómo!!!
 
 
 

Es verdad que detrás de esta emoción que provoca hay, valga la redundancia, mucha carga emocional, muchas cosas, muchas situaciones y sensaciones vividas a lo largo de muchos años, pero, con todo esto a parte para con mi persona, la respuesta del respetable barcelonés fue unánime: “standing ovation” para Domingo. El Liceu en pleno de pie, desde platea hasta el quinto piso aplaudiendo y braveando. Tres veces le he escuchado en el Liceu, tres versiones concierto – “Die Walküre” en 2008; “Tamerlano” en 2011 y “Foscari” antes de ayer- y en las tres la reacción ha sido la misma. Y estas experiencias tienen que vivirse allí, en directo, respirando con el artista y compartiendo con él esa emoción.

Señores… qué Plácido tiene 74 años… ¿Qué otro artista es capaz de conseguir esto? ¿Me lo presenta alguien?

Desde el lado opuesto de dónde cantó en la primera parte, escuché la voz que me ha acompañado tanto tiempo como reflejo de lo que ha sido y sintiendo cierta nostalgia, cierta melancolía.

Cuando en la segunda parte disfruté de su presencia y de su voz justo delante mío, sin ningún obstáculo entre ambos, escuché lo que continúa siendo Plácido Domingo para la ópera. Escuché y sentí lo que Plácido Domingo continúa siendo para mí.

No tiene precio que su mejor momento, toda la concentración dramática de Foscari casi al borde la muerte, toda su fuerza, toda su emoción, toda su voz y su arte lo cantara frente a mí. Eso no lo olvidaré en la vida, como tampoco la ovación de 4 minutos en mano que le regalamos y la humildad de Domingo ante semejante delirio.
 
 
 

Así es la ópera. Así es el directo. Así es Plácido Domingo.

Y quiero acabar con una frase que he leído hoy en Facebook y que es un excelente colofón a esa noche del 30 de abril y que es el reflejo de lo que he venido siempre diciendo de los cantantes:

“Músico no es el que canta. Músico es el que a través de una canción toca el alma y el corazón de la gente”.

 
Plácido es de estos. De los segundos.

 

2 comentarios:

Monica Menconi dijo...

Como yo se de qué va la cosa, de qué se trata porque mi amor por este hombre data de muuuchos años, es que escribo estas líneas con lágrimas en los ojos porque me vi sentadita a tu lado y viviendo exactamente lo que has escrito. Es lo que digo: ya no hay adjetivos para calificarle. Mejor! No hay mas elogios, Mejor! Solo hay que verlo y escucharlo en vivo. Cambio y fuera!

brunilda dijo...

Gracias Mónica!!! Esa es su magia. Allí continua estando su poder.