sábado, 7 de febrero de 2015

Un Chénier sin poeta ni poesía

Aparentemente, la “Andrea Chénier” que se presenta estos días en el Covent Garden de Londres tiene todos los atractivos para que una esté predispuesta a pasar una espectacular tarde de música, de intensidad, de pasión y de verismo que tanto me gusta.
Aparentemente. Sí, puesto que en realidad, una vez vista, decepciona un poco. Cierto es que la escenografía, clásica – que se agradece-, vestuario y disposición arropan junto a la inspiración del maestro PAPPANO al frente de la orquesta, un espectáculo interesante y tentador. Pero, una cosa es la tentación, y otra la satisfacción.
Ver, en nuestros días, un montaje clásico es cosa rara, porque estamos acostumbrándonos a la transgresión en el mundo de la ópera, y con un DAVID McVICAR en medio, una a veces le asalta el miedo.
En esta ocasión sin embargo no. Una puesta en escena totalmente clásica, recargada en justa medida, con colores brillantes y dorados, que no deja en ningún momento de ser lo que es. Y ello ayuda a ambientar y entender mejor la obra, y lo más importante, no distraer la atención del público, permitiendo que se concentre en la música, o al menos, creo que esta debe ser la intención.
Sin duda alguna,  volviendo a la orquesta,  a manos de Pappano, exprime lo mejor de lo mejor. Un sonido brillante, intenso, incisivo, pero también contenido y mesurado sin llegar nunca a ahogar las voces en el escenario. Es todo un lujo, en estos tiempos, contar en el foso orquestal con alguien como Pappano, que siempre saca el mejor partido de los músicos. Un director con sensibilidad, con pasión y dotado de una inteligencia tal que convierte en mayúsculo todo lo que su mano acaricia.
 
¿Qué es Andrea Chénier?
“Andrea Chénier” es verismo, sí. Pero también debe haber momentos de poesía, de inspirada poesía, de brillante poesía. Y la poesía, el romanticismo, la intensidad, la pasión, el amor, la chispa, la compenetración, y más que podría enumerar, brillaron por su ausencia.
No se puede afrontar una ópera de esta envergadura sin sentimiento ni pasión, e insisto en el tema de la pasión. Y ello, desgraciadamente es de lo que adolecen las tres voces de los protagonistas principales.
 
 
EVA- MARIA WESTBROEK no me convence en su rol de Maddalena di Coigny. Adolece la voz de muchos problemas sobre todo en el registro agudo. Un canto sin intención ni matiz, siempre igual en todas las escenas, y donde se hace más patente es en su aria “La mamma morta” y también en el dueto final del cuarto acto, donde las dificultades son extremas y le cuesta de sortearlas.
Es que no se puede afrontar un role así sin ponerle un ápice de sangre. No se puede cantar Maddalena como se canta Sieglinde, repertorio más afín a su vocalidad y donde la soprano holandesa se siente mucho más cómoda.
A nivel escénico, no hizo para mí creíble su personaje. Pero a ver… ¿dónde dejamos la pasión de mujer enamorada?
Y este olvido va también evidentemente para Kaufmann, del que voy a hablar seguidamente.
 
JONAS KAUFMANN, su nombre anunciado en un cartel operístico es sinónimo de interés, y de lleno total en cualquier teatro del mundo.
Tenía interés en su Chénier como en tantas obras y personajes que haya cantado o pueda cantar, pero… hay un pero.
Kaufmann afronta, al igual que su colega femenina, un poeta sin poesía ni pasión y no consigue transmitirme con su voz la fuerza del poeta que planta cara a la nobleza en el primer acto o del hombre que se está declarando a Maddalena en el segundo, o la defensa de sí mismo en el tercero.
Para mí, su mejor momento, fue en “Come un bel di di maggio”, que si bien no fue para tirar cohetes, rocé un poco – y tan poco- aquello que yo llamaría la sensibilidad o la dulzura de las palabras que Chénier, con su habilidad, convierte en poesía.
Su actuación escénica no era espontánea. Era comedida, artificial, estudiada y cerebral, y en ningún momento se deja llevar por un arrebato pasional. No. Kaufmann canta a lo Kaufmann y actúa a lo Kaufmann también. No vi al poeta. Le vi a él empeñado en hacer esos movimientos y gestos tan característicos suyos presentando, en el segundo acto, un Chénier “chispado”… vaya, esto es lo último…
No, no me gustó su creación del personaje envuelto en ropaje maravilloso que le sienta como un guante y destaca, evidentemente por elegancia, tipo y figura. Pero Chénier es algo más que una buena figura o una cara fotogénica. Chénier es la pasión, la explosividad de sentimientos, y para lograr esto tenía a sus pies una orquesta en estado de gracia, pero en esta ocasión, como en tantas otras, no lo consigue como siempre que se empeña en cantar este tipo de repertorio.
Le falta la dulzura y la brillantez en la voz en los momentos más románticos como en ese precioso “Ora soave, sublime ora d´amore” que te tiene que levantar de la silla. Ello, unido al hecho de la poca química entre soprano y tenor, que se están declarando a Pappano, hace que, tenga que hacer una introspección profunda a su Chénier e intentar sacar todo aquellos matices que, por otro lado posee, y que en esta ocasión dejó a la puerta de su camerino.
Intenta sin embargo, acercarse un poco en el dueto del cuarto acto, pero… por Dios… otra vez lo mismo… los personajes no se miran ni a los ojos… ¿Realmente van a morir juntos, o bien van a morir con Pappano, objetivo de sus miradas durante toda la obra?
 
 
ŽELJKO LUČIĆV que daba vida a Carlo Gerard, otro gran personaje, es el tercero en discordia aunque para mí fue el más regular de la representación. No es una voz espectacular ni muy bella, pero cumple su cometido en el papel. Alejado, al igual que sus colegas, de lo que es el matiz, la intención y la pasión, hizo una buena caracterización del personaje, aunque no brilla en elegancia y presentó un Gerard despeinado y un tanto destartalado.
 
En definitiva, muy mejorable todo. Un caramelo envuelto en un papel muy atractivo, pero el caramelo es tan pequeño que no he podido saborearlo como me hubiera gustado.

4 comentarios:

Monica Menconi dijo...

Mi estimada, sin duda alguna coincido en un todo contigo. Sé muy bien que una cosa es ver una ópera en vivo y otra en un dvd (como la vi yo) pero eso no impide que se transmitan los sentimientos. Y en este Chenier no estuvieron. Yo resalté, mientras la veía, lo mismo que vos: Eva-Maria tiene algunas dificultades vocales en ciertos pasajes pero hay otros momentos en que aporta actuación sincera. De todos modos su "Mamma" no tuvo vida, y eso de cantar mirando a Pappano o a la sala...es terrible. Jonas todo el tiempo mirando las pequeñas pantallas que se ubican al costado del escenario para poder ver al director de orquesta...sin duda todavia no tiene "internalizado" su Chenier. Yo le daría un cierto crédito porque es su primera vez en el rol, debería trabajarlo más (esto me hace pensar seriamente en su Otello para 2017...). Lucic es un barítono que nunca terminó de convencerme pero aquí fue el que más "convenció". El vestuario y la escenografia han sido un lujo, tan buen gusto, tan exquisito todo. Lo mejor: el grandioso y monumental Tony Pappano y esa orquesta mágica en sus manos. Me quedé , eso sí, sin la pasión, sin el amor, sin el sufrimiento que esta historia cuenta. En otro orden me da mucha nostalgia que esta página, dedicada tantos años a la voz de Plácido Domingo, ya no nos hable más de él.

brunilda dijo...

Gracias Mónica por tu aportación. Un Chenier sin pasión, no es un Chenier.

Willy Soto dijo...

Estoy acostumbrado a los grandes tenores en vvorostovskyeste rol: Del Monaco, Corelli ó Domingo ahora tenemos a Kaufmann que aporta gran presencia pero su voz la considero un inmenso caudal pero sin matices, monótono, me sucede lo mismo con Hvorostovsky otro que aporta su presencia y al igual que Kaufmann sin matices. Cuando cantan a dúo suenan iguales potentes pero aburridos.
En cuanto a Eva-Maria una cantante sobria que parece no comprometerse en su actuación, no es que queramos ver a la divina Callas en todo momento pero podría ponerle un poco de color como decimos por acá en Chile, a ella la ví en vivo en Tannhauser hace unos dos años cantó bién y todos se olvidaron de ella all salir del teatro. Cero impacto.

brunilda dijo...

Gracias Willy por tus comentarios...te doy la razón en la falta de matices en Kaufmann en este Chénier, pero, también es cierto que es un cantante de enorme inteligencia y ha dejado muestras de matices y expresión también en trabajos que ha ido realizando a lo largo de todos estos años.
Su Werther de la Bastilla es impresionante y su Carmen también.