martes, 11 de noviembre de 2014

Los encantos de Plácido Domingo




Que tiene muchos. O al menos, los tenía. Todos aquellos que cautivaron mis oídos siendo aún una niña y que ayer, escuchando su último trabajo discográfico, tanto eché en falta.
Es una verdad a voces que Domingo no pasa por su mejor momento vocal y esto es tan cierto como la vida misma. Le pese a quien le pese y también, muy a mí pesar valga la redundancia.
 
Viendo el giro que ha realizado su carrera en los últimos, vamos a poner, cinco años, una no puede dejar de sorprenderse ante el fenómeno Domingo. Ha decidido alargar a toda costa su carrera a base de cantar de barítono, bien, lo respeto aunque haya cosas que no comparta, pero lo que no puedo entender es que pierda el tiempo, sí, pierda el tiempo a sus años grabando un disco que, al igual que su predecesor, el de arias de barítono verdianas, no le hace justicia. Un trabajo el de “Encantos del mar” completamente prescindible que no hace sino engrosar una larga lista discográfica que lo único a lo que aspira es a batir récords. ¿Pero cuáles Plácido? Si los ha batido todos.
 
Cuestión de imagen
 
Cierto es que el disco presenta una portada más que atractiva y sugerente. ¡Es Zeus en carne y hueso! – me dije cuando vi por la red las primeras fotografías de la portada, y, vale la pena añadir, a modo de comentario, que el photoshop en las fotos que rellenan el librillo que acompaña al cd se ha pasado de tirada, mostrando a un Plácido con la cara de bronce que parece más el hermano mayor de Otello que otra cosa.
Azules pastel, colores suaves, blancos, que simulan el azul mediterráneo y las blancas casitas, típicas del paisaje griego. Buena combinación cromática. Muy veraniega, que, de entrada, invitan ya, al menos a tener el disco entre las manos y darse cuenta cómo ha envejecido Domingo, pero eso sí, con dignidad, porque a pesar de los retoques, Plácido luce bien en las fotos.

 
 
 
Pero lo atractivo de un disco, por muy bonita que pueda ser una portada está, claro, en su contenido, y en esta ocasión es variopinto y curioso como acostumbran a ser sus grabaciones. Pero ello no es suficiente tampoco y menos cuando, ya, en la primera canción, la hermosa “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat, el intérprete no me convence y me decepciona.
 
Su voz, otrora rica y broncínea, se torna casi ronca en las notas más graves. La voz no se sostiene aunque los ecos de su antaña belleza continúan desfilando e intentando deleitar nuestros oídos. Pero no. En esta ocasión, lo siento Plácido, pero no lo consigue.
Muchas de ellas, como “Estate” están susurradas. La intención es buena, la voz de Domingo acariciando el oído siempre se agradece. Recitar una canción en un momento dado me encanta, pero coger el hábito en todo el trabajo  como punto de referencia, no.
Solamente identificas al tenor cuando canta, más o menos, de tenor. Cuando canta la tan raída pero agradecida y bella “Torna a Surriento”, allí el timbre de tenor aparece y la maestría y saber cantar que gracias a Dios, no han abandonado al intérprete, se hacen también patentes en la preciosa “Reginella”.
 
“Aranjuez” a la que podría sacar mucho más partido la salva la belleza de su música, y de nuevo su encantador fraseo.

 


Cuestión de lenguas

 
Domingo maneja, y bien, varios idiomas, cantados y hablados. Siempre se ha esforzado para que los oyentes, en propias palabras suyas, entendieran, para comprender el drama que encierra las óperas, todas y cada una de las palabras que brotaban de sus labios y cada una de las notas que emanaban de su garganta. La palabra al servicio de la expresión. Sólo así se puede llegar al público y lograr emocionarlo. Algo tan sencillo, pero difícil de lograr.
 
De verdad que me hierve la sangre con este disco. Recuerdo aún aquellos días felices en que el Domingo tenor debutaba en Viena “La Walkyria” por primera vez, corría, sino voy errada el año 92, diciembre del 92 en Viena cuando se sumergía en la piel del welsulgo Siegmund. En aquella ocasión la crítica a nivel vocal fue buena, Domingo se encontraba en plenitud, pero la prensa rechistó. Su alemán no era suficientemente bueno. La pronuncia no era lo suficientemente adecuada.
Domingo, como todos los sabios, rectificó y perfeccionó el idioma, siendo, tiempo después enaltecido por dicho hito.
 
Cuando decidió inmiscuirse en el repertorio ruso aportando su granito de arena en la maravillosa “Dama de picas”, el tenor preparó el texto con una “coach” rusa. Se esforzó para que se entendiera hasta la última palabra pronunciada.
 
E inclusive se esmeró, y mucho, en su trabajo “Italia, ti amo” para aproximar al máximo la dicción napolitana sobretodo en el uso repetido de la vocal neutra que el italiano no tiene, pero sí el napolitano. Y allí radica uno de los puntos de interés del disco, deleitarse con esas neutras.
 
Pero cuando en este disco Domingo decidió, o se decidió que cantaría “El cant dels ocells” en catalán, un idioma que no le es desconocido, me pregunto yo ¿qué es lo que ha hecho? Porque es muy triste escucharle cantar en mi lengua y no entender nada, de nada. Peor ya no se puede pronunciar. ¡Por Dios, le entiendo mejor en ruso, y eso que no sé ruso!.
El pobre Pau Casals debe estar removiéndose en su tumba, y solo por ese gesto, por esa indiferencia para con nuestra lengua sería para devolverle el cd en pleno. ¿Por qué, me pregunto, por qué Plácido?
Plácido, lo puede hacer mejor. Tenía que hacerlo mejor. Y eso hubiera sido posible poniendo un poco más de interés y empeño en ello, sin duda.
 
No quiero escribir más sobre este disco que quedará entre aquellas anécdotas  a las que últimamente Plácido nos tiene acostumbrados, pero trabajos así no hacen más que malbaratar, tirar por la borda una carrera gloriosa y un nombre que está escrito con letras de oro en la historia de la ópera.
 
Sensatez, Plácido. Nada más que sensatez.