domingo, 21 de septiembre de 2014

Un bombón, Kaufmann, un bombón


 
 
En cualquiera de sus múltiples y diversas variedades, “You mean the world to me” es un delicioso bombón.

¿De los que engordan?

¿Y quién ha dicho que los bombones engordan? “No, todos son de dieta” como diría una compañera mía del trabajo.

De un cabaret de los bajos antros de Berlín hasta los dorados salones de la Viena imperial es por donde se pasea, descaradamente, la voz de Jonas Kaufmann en su último trabajo para la discográfica SONY.

Escuchar estas canciones es retroceder en el tiempo, a los felices y alocados años 30 en la capital alemana. Se cuajaba desenfreno y lujuria en todos estos tugurios, donde litros y litros de alcohol eran consumidos noche tras noche sin imaginar, claro está, lo que algunos años más tarde se desataría y que cambiaría la mentalidad y las leyes humanas sin precedente alguno.

Pero Kaufmann no ofrece simplemente canciones de cabaret barato, también las hay de más elegantes, de clase media - alta, melodías sin duda cantadas y bailadas por aquellos que, en breve, aterrorizarían a media Europa con sus nuevas y descabelladas ideas políticas.

Columnas de incesante humo de los cigarrillos fumados por oficiales de las S.S, mujeres vestidas con ropajes llenos de lentejuelas acordes a la época. Una fina línea de cejas, a la moderna, con peinados cortos, rubios y ondulados, que les permitía entrar en estos locales de lujo apoyadas del brazo de poderosos militares que, a su vez, habían dejado en casa a su mujer e hijos pequeños. ¡Y sin rechiste alguno, faltaría más!

Y champán. Espumeante, cristalino y chispeante, y tan preciado, que llenaba de calor los cuerpos y ánimos de todas estas gentes y no hacía sino que intentar combatir las frías temperaturas de las calles berlinesas llenas de nieve.

 
 
 

Del blanco y negro al color

Este disco es interesante y altamente recomendable no solo para los seguidores de Kaufmann, sino también para aquellos a los que nos gusta rememorar la nostalgia y los tiempos vividos por nuestros abuelos, para aquellos que no hemos respirado los años 30 y 40 y nos gustaría saber cómo fueron sus noches y sus formas; para aquellos que, como yo, somos amantes de la historia y con un alto grado de imaginación a nuestra disposición.

Pero me sucede algo curioso cuando empiezo a bucear entre estas melodías. Todos aquellos que me conocen saben que soy de fácil asociación de imágenes a la música que escucho, y en esta ocasión Kaufmann me sirve en bandeja toda clase de facilidades para que, pueda ver mientras él canta, la imagen de lo que está cantando.

Sí, es difícil de explicar. Y complicado es entender cómo puedo asociar, con total espontaneidad, una imagen a la música. Lo sé y soy plenamente consciente de ello, pero siguiendo las ideas que emanan de mi cabeza y siendo fiel a estas imágenes, afirmo rotundamente que la mayoría de ellas están, como no podía ser de otra manera, en blanco y negro.

E inclusive, para mayor gancho, y acorde con todo ello, la portada hubiera sido más resultona y eficaz en blanco y negro, pues en esta ocasión no hay  otros colores posibles para estas melodías ni para sus ritmos, ni para ilustrar el ambiente nocturno y festivo de esos primeros años del siglo XX.

Siguiendo esta misma línea, el blanco y negro inicial va difuminándoseme poco a poco y tomando color cuando Kaufmann entra directamente en la opereta, donde su voz ya divisa los elegantes y dorados salones de la capital de Austria, donde el rey de los bailes, el vals, inunda cada uno de los rincones de los grandes palacios que hay repartidos a ambos lados del Danubio.

 
 
 

Fuera de lugar

Si bien todo el trabajo se mueve en torno a un ambiente de nocturnidad altamente festiva, quizás hay entre ellas algunas piezas que, para mi gusto personal, están fuera de lugar o que no me acaban de cuadrar con el espíritu del disco y me estoy refiriendo a “Das Lied vom leben des Schrenk” y el dueto de la canción del laúd de “Die Tote Stadt”, las dos de carácter altamente operístico.

En la primera, Kaufmann se aparta del estilo con el cual empieza el disco, y sale ya más un Siegmund relatando a Hunding cómo ha perdido sus armas en medio del combate. Su voz se torna más recia y distrae hacia otros caminos el sendero por el que camina durante este regreso a los años 30.

En “La ciudad muerta” de Korngold pasa tres cuartos de lo mismo, los alegres ritmos y compases fáciles de llevar se desvanecen en una melodía, bellísima cabe decir, pero que se encuentra completamente desubicada en medio de todas estas canciones.

De todos modos, estos resbalones no empañan para nada el resto del disco, pues siempre tenemos el poder en nuestras manos de saltarnos aquellas que no nos convencen o no nos sugieren nada ya desde un buen principio. Gracias a la tecnología que nos permite escoger aquello con lo cual nuestro oído se recrea y se emociona.

 
 
 
El lado más desconocido de Kaufmann

Quien tenga la convicción de que Jonas Kaufmann, con su particular tono, color y timbre de voz es únicamente válido para la ópera, está muy equivocado, porque aquí le encontramos, y se lo agradezco, en un registro completamente diferente.

Siempre he dicho que si algo le falta al bávaro en su manera de cantar o de enfocar los personajes es, a mi parecer, la dulzura, pues en muchas de sus interpretaciones, y quizás por la oscuridad de su voz en el registro central, me quedan a mitad del camino esas notas que, en voces más brillantes, me suenan a gloria.

En este trabajo Kaufmann demuestra que no. Sabe ser dulce en todas las piezas que nos propone, sabe matizar y utiliza con inteligencia el texto para llegar al corazón del oyente.

Y no solamente esto, en “You mean the world to me”, versión traducida al inglés de la tan conocida “Du bist die Welt für mich”, Kaufmann nos abre la puerta a su lado más… cómo decir… “picante” quizás no sería la palabra adecuada, pero sí podría muy bien serlo divertida o desinhibida, pues el alemán se “suelta” y consigue con su voz romper la rigidez austera con la que a veces nos presenta sus trabajo y que es, tópicamente característica del carácter alemán como sinónimo de seriedad y frialdad.

Kaufmann nos enseña que no. Se puede ser solemne como en la ópera, y serio como en el Lied y ello sin perder un ápice de matiz, pero cuando uno se adentra a ritmos que sin intención premeditada hacen llevar el compás con el pie o invitan a mover el cuerpo, el resultado es que el cantante, implicado plenamente en ello, saca su lado más cómodo e informal y nos deleita con toda una serie de recursos, matices y medias voces, bien e inteligentemente utilizados, para trasladarnos dónde él quiere.

Sale su lado más apasionado sin creer que está cantando verismo. Matiza como susurros del amante a la oreja de su amada. Si alguien no veía a Kaufmann capaz de ello, que lo compruebe, pues llega a puntos inimaginables y me hace poner la carne de gallina al escucharlo en esas bellas melodías, muchas de ellas, desconocidas para mí.

Y… ¿cómo no puede dispararse la imaginación y venirle a una imágenes a la cabeza cuando se le escucha en estas canciones?… es muy difícil mantener y dejar la mente en blanco cuando tenemos un escenario tan propicio que nos invita a todo lo contrario.

 
 

Canciones que enganchan, melodías pegadizas

Y aquí es donde más peligro cobra para mí un trabajo como el que nos propone Jonas Kaufmann, pues estoy segura que a medida que vaya escuchando una y otra vez el disco, estas canciones pasarán ya a formar parte de mí mundano día a día. Me levantaré con ellas y me acostaré igualmente con ellas, y así hasta que la pueda cantar entera. Irremediablemente.

Y esto que me pasa Kaufmann lo describe perfectamente en la canción “My song goes round the world” donde en una de sus estrofas dice:

 

“I sing a song the whole day long, just a song that´s in my mind”.

 

 

2 comentarios:

Monica Menconi dijo...

Vaya análisis que has hecho sobre el nuevo cd de Jonas...!!!! Que será cuando estrene su próxima ópera???? jajaja
Me encanta porque cada paso que dá más te acercas a Kaufmann de forma integral.Es germano hasta la médula y yo lo veo cada vez más latino. Su voz es sello personal pero yo, cada vez, lo veo más cerca de Plácido...y no porque lo imite, simplemente porque esa asi. No conozco tanto la historia de los años 30/40 en Alemania pero leyendo tu comentario no pude menos que pensar en "Sally Bowles" cantando y bailando con Jonas.......

Tosca dijo...

Vaja! Quin viatge més bonic que ens proposes!

M’apunto! Del blanc i negre al color... ambient de cigarretes ... lluentor imperial.... tal com ho expliques pinta de meravella!