martes, 8 de abril de 2014

El Werther de Jonas Kaufmann en el MET. ¿Una alternativa al Werther de la Bastilla?

Qué curioso... y cómo me sorprende después de ver en los escenarios montajes modernos a mares, encontrar una puesta en escena clásica en la que el vestuario y la escena van acorde con el libreto, o al menos se le acerca.
Porque clásica es la reciente producción del massenetiano “Werther” que hace escasamente un mes se ha estado representando en el MET. Una escenografía en la que la naturaleza, aparece por primera vez como una de las protagonistas y que tan de la mano va en esta obra imprescindible de la literatura universal, pero también de la ópera.
 
Curioso decía porque desgraciadamente hoy en día estamos sujetos a un continuo bombardeo de decorados en los que “A” resulta ser “B”, en los que “2+2” no son 4 sino 5, y en los que se transgrede completamente y de forma continuada el espíritu de la obra perdiendo absolutamente el respecto por el libretista, y de pasada al compositor, que con tanto ir y venir de ideas sin sentido y mal resueltas, acaban por hastiar y distraer a un público que intenta concentrarse en la música y experimentar un cúmulo de emociones en las 2 horas y media, más o menos, que dura un representación operística.
 
Siempre he creído que a la ópera se va a sentir emociones, no a pensar lo que me quieren decir los directores de escena, para luego entender la obra. En la ópera lo que importa es la música, las voces, y si ellas van acompañadas de un decorado ideal, bienvenido sea.
 
 
 
Aparentemente este Werther neoyorquino tenía de entrada todos los ingredientes para que así fuera, escena clásica, un enorme escenario que permite lucir la escenografía, y sobre todo, una pareja protagonista de ensueño como lo son para esta óperas las voces de Sophie Koch y Jonas Kaufmann.
Pero entraré en ellas más tarde, y voy a continuar desgranando la puesta en escena antes de entrar en la parte musical.
 
 
De más a menos
 
La idea y el concepto de RICHARD EYRE son buenos, y la belleza visual es evidente, pero ésta va disminuyendo a medida que avanza la obra. Funciona en los dos primeros actos, pero en el tercero se entra en una narración vacía.
 
Si lo que la escenografía quiere mostrar es un remanso de paz en el primer acto, lo consigue. Los elementos están, los niños, el inteligente juego de luces, el idílico puente que a veces molesta y a veces no saben bien qué hacer con él.
Sobre el hecho de mostrar la muerte de la madre… bueno… no me desagrada pero no hay la necesidad, puesto que la música del preludio es tan bella y descriptiva que prefiero se toque a telón tirado, y esperar a la narración de Charlotte en la que describe como los hombres de negro se llevaron a su madre.
 
 
 
Me pareció, sin embargo, fascinante que se mostrara la escena del baile, que en cuestiones de segundo se transforma la casa de Bailli en un salón de belleza extraordinaria, para luego recrear una noche de julio, con luna llena, en medio de la naturaleza, escenario propicio para que Werther, romántico empedernido, declare su amor a Charlotte. Un amor que le llevará a la muerte. De nuevo, en esta escena, juega un papel muy importante las luces.
 
En cambio, no entendí muy bien porque se presenta el escenario torcido. Si lo que el director de escena quiere decir que Werther está desequilibrado, no hace falta recurrir a este recurso, pues ello ya nos lo introduce Massenet cuando el personaje aparece por primera vez en escena.
Si en los primeros minutos de la obra, a excepción del preludio, la música es alegre, cuando por primera vez se presenta Werther en escena la música cambia completamente, se vuelve lúgubre, turbada, sombría como el propio semblante de Werther. No hace falta torcer nada, porque el compositor lo describe perfectamente, y el público ya entiende que el personaje es un tanto oscuro, siempre preocupado, con ideas desordenadas en la cabeza.
 
 
 
En el segundo acto me gusta adivinar en el fondo la iglesia, las hojas de color cobrizo casi a primer plano, estamos en otoño. Y creo que la belleza del cuadro es bonita, pero ya empieza a fallar algo. El escenario vuelve a inclinarse en lado opuesto (si mal no recuerdo, al principio). Vuelvo a la idea de que no es necesario. El público ya sabe que Werther no es un personaje común, y que su yo interior romántico le conduce a un desequilibrio creciente y sin retorno. No existe nada más que su mundo. Su mundo romántico en el que todo está idealizado, un mundo que le impide ver con claridad.
Pero es que la música siempre lo dice por debajo en la orquesta, siempre le acecha, siempre le persigue, siempre oscura, siempre turbia.
 
Pero la cosa se desmorona en el tercer acto. Y no porque se nos presente las imágenes de las cartas de Werther. Me parece genial primero ver una de bien caligrafiada para luego superponer las unas con las otras, me imagino que a medida que las misivas van aumentando en cantidad, en frecuencia y en palabras desesperadas.
Sin embargo la habitación en que nos encontramos, con esas enormes estanterías hasta el techo, que entiendo podría significar el ahogo de Charlotte, la opresión a la que está sometida, a su falta de libertad de actuación y casi de pensamiento. Aun teniendo todo esto, en la estancia, salvo un pequeño abeto encima del clavencín, no hay nada que me sugiera o me diga que estamos en una de las noches más especiales del año: nochebuena.
 
 
 
 
La escena no me trasmite el frío de esta particular noche, no se huele el gélido hielo que huele, en esas fechas, de manera tan especial. El decorado está tan cargado, tan adornado, que se escapa completamente el conflicto emocional entre Werther y Charlotte, su fría y a la vez pasional relación que hay entre ellos.
Ni un copo de nieve, ni una ráfaga simulada de viento. Nada, nada me delata que estamos en nochebuena. Nada me hace pensar en un regreso inminente de Werther. Tal podría ser una gris tarde de noviembre, una tarde de domingo cualquiera en la que Charlotte, está encerrada en casa esperando la llegada de Albert.
 
Y llegados al cuarto acto, copia a la descarada de la solución propuesta por Benoît Jacqot en la ya conocida, y por mí venerada, grabación de esta ópera y que tuvo lugar en 2010 en el teatro de la Bastilla de París.
 
 
 
 
En el MET vemos por primera vez el suicidio de Werther, para mi innecesario e inclusive de mal gusto con toda la sangre salpicada en la pared. Poco se puede esperar de un cuarto acto así a no ser que las voces lo remedien.
 
 
 
Bastilla vs. MET
 
Fue tan brutal el impacto que me produjo la producción de Benoît Jacquot en París, fue tan brutal la brillante lectura de Michelle Plasson y fue tan brutal, valga la redundancia, si se me permite, la interpretación de Jonas Kaufmann, que me dije que por muchos Werther que pueda interpretar en su vida, jamás, jamás podrá superar su propio debut en el personaje.
Sí, podrá madurarlo o con los años darle un enfoque diferente, que espero que no haga porque su enfoque me fascina, pero nunca, y repito, nunca logrará superarse el mismo.
 
Y es que hasta ese momento, y a pesar de que llevaba tiempo detrás de “Werther”, nunca había vivido ni me había involucrado tanto en una ópera cuando, en una tarde de domingo, con el televisor para mí sola, sin nadie que me distrajera, concentrada al 100x100 en la música y en las voces… en aquella tarde de domingo “Werther” entró en mi casa de la mano de Jonas Kaufmann, Sophie Koch y Ludovic Tézier, pero también de Plasson. ¡Qué cuarteto!
Me impactó tanto aquella producción con un escenario casi desnudo, minimalista, con cuatro elementos bien puestos, con espacio, que recreaban la frialdad de una obra que esconde en realidad una pasión que quema a los protagonistas y al público. Pasiones contenidas, pulsaciones del corazón de Werther, viento, ambiente.
Con esta producción aprendí que se puede decir mucho sin decir nada o con apenas nada. Se puede entender la soledad rodeada de objetos, y el uso fantástico de los colores y escenas hacen de este “Werther”, mi “Werther” de referencia.
 
A todo ello, pero, hay que añadir un punto fundamental, y es la genial, brillante, sensible y descriptiva filmación de Benoît Jacquot que nos presenta primeros planos de las manos de Kaufmann, de sus puños apretados sinónimo de su resignación, de la expresión de sus ojos que cierra con fuerza desesperada, y ello, todo ello, junto a la magistral interpretación vocal del tenor, ayuda a entender mejor aun a este personaje romántico por antonomasia.
 
 
Aparentemente…
 
Con todas estas premisas, con esta referencia que para mí es de lo mejor que se ha podido escuchar en años en el mundo de la ópera… con todos estos elementos era muy difícil de que la versión ofrecida en el MET pudiera gustarme más que la de la Bastilla.
 
Se puede decir más alto, pero no más claro, la del MET no me supera la de París en nada.
 
 
Sin lugar a dudas, la realización y la toma de imagen del “Werther” parisino es muy superior a la del MET, pues en la primera la cámara siempre tiene como protagonista al cantante rehuyendo de mostrarnos la escenografía casi inexistente, al contrario de la segunda, en la cual, en muchos de los momentos cruciales de la obra, se opta por alejar al cantante de la vista del espectador y la narración pierde continuidad y a la par, intensidad dramática.
En París el protagonista es Werther, en el MET, Werther tiene que competir con la escena.
Y no, para mí continua siendo más excelsa la versión de la Bastilla. Y empezando, claro está, por la dirección orquestal.
 
 
Dirección musical
Mucho, y muy bien se ha hablado del trabajo de ALAIN ANTINOGLU en este “Werther”.  Es injusto valorar una orquestación como la de esta ópera no habiendo estado en directo en el teatro y escuchándola a través de la televisión y con un sonido quizás no del todo apropiado, pero a mi gusto, a la dirección de Antinoglu le falta brillo, pulsación, intensidad, un poco más de genio, de matiz, elementos, todos ellos que tan necesarios son en una obra como esta. Su interpretación, su ejecución, no recrea el ambiente de una noche de luna llena en pleno mes de julio, ni se nota el frío invernal de nochebuena, ni las rachas de viento azotando a los protagonistas.
No puedo decir que fuera una mala dirección, porque no lo fue, pero a mí gusto, no está a la altura de otros directores como Chaylly, Pappano o el mismo Plasson, para mí, insuperable en esta obra, toda una referencia en la ópera francesa, porque capta el espíritu narrativo de la obra y despliega, a sus anchas, toda una gama de matices perceptibles ya desde que levanta la batuta (ya sea tanto en la versión de la Bastilla de París, como en disco).
 


 
Los otros protagonistas
“Werther” es más que una escena, es más que una dirección de orquesta. “Werther” es una de las obras más bellas del repertorio operístico, una ópera que te hace pensar, que te hace reflexionar, que toca el alma de aquellos que la escuchamos. “Werther” es sin duda la obra maestra de Massenet y una de las más queridas por el público. Y dicho sea de paso, una de mis preferidas.
 
Para mí, en 2014, pensar en “Werther” es asociarlo a las voces de la pareja Koch-Kaufmann, un “Werther” por ellos dos, y con parejas distintas, creo que no me funcionaría. Koch es la Charlotte de Kaufmann y éste su Werther. Es así y tiene que ser así, para mí, al menos.
 
JONAS KAUFMANN está pletórico en esta representación. Despliega toda su gama de matices, toda la paleta de posibles colores habidos y por haber. Su fraseo es excelente y su voz está colocada perfectamente.
En su dueto del final del primer acto deja claro por qué hoy en día es, junto a Roberto Alagna, el mejor Werther que podamos escuchar.
Su voz oscura, aterciopelada, capta la esencia del personaje romántico. Sus suaves pianos acarician la oreja de Charlotte en el primer acto en el que da una lección de intención y fraseo.
Su voz, comparando la versión con la de la Bastilla, suena más ágil y libre y flota más, no está tan contenida, tan escondida quizás, pero no consigue emocionarme tanto como lo hizo en París.
En la de París pude sentir y notar el grado de contención de su torrente de voz, de una fuerza que emana de su corazón, impulsada directamente desde lo más fondo de su alma, y que sin embargo hace esfuerzos sobrehumanos para retenerla.  Una gran potencia vocal que debe reducir y amoldar para cuadrar psicológicamente con el personaje. Sí, contención, contención y más contención, creo que en esto se basa, para mí, su gran éxito en París.
Siente un gran amor, una gran pasión, un gran fuego, pero tiene que frenarse y ello hace aún más atractivo e interesante el personaje y su mentalidad, así como la germánica concepción de Kaufmann.
Siempre está presente en su canto el espíritu del romanticismo, del amor ideal, que se siente pero no se vive porque no se puede vivir, porque en ello radica una de las esencias de las obras románticas. Y todo ello se nota vocal y artísticamente, sus movimientos, su expresión corporal y facial delatan que estamos ante Werther. Porque en París Jonas Kaufmann es la encarnación del Werther que hubiera querido Goethe. Kaufmann ES Werther y en dicha producción no veo en ningún momento al tenor, sino al frágil poeta.
Fragilidad. Este es otra de las características de su Werther, y en el MET no le veo así. Cierto es que su vestuario es de manual y me encanta la chaqueta larga hasta los pies y el lazo blanco alrededor de su cuello, y la sobriedad de los colores y traje ayudan a montar el personaje, pero no me parece tan sensible o desequilibrado como en París.
Calificaría su Werther neoyorquino como sensible, sí, evidentemente y tiene que ser así, pero más cerebralmente que físicamente. Es difícil de explicar. Lo único que sé es que su canto, excelente evidentemente, no me llega tanto como en la versión de París.
 
 
 
No se le puede reprochar nada a nivel vocal, pero expresivamente, los matices que en París le supuran por los poros, aquí no los sé apreciar.
El cuarto acto del MET, acto que amo y adoro y por el que tengo especial debilidad desde que vi su versión en la Bastilla a pesar de que siempre me había parecido largo y pesado, no logra transmitirme su agonía final, su extrema hora de felicidad ahogada por las circunstancias, manchada por un suicidio como única solución a un amor correspondido pero prohibido.
Aunque esté cantado todo casi susurrado, no pudiendo ser de otra manera cuando un hombre está agonizando, no me produce el impacto tan brutal, la impresión tan enorme que me produjo el de París, con aquellos cambios de color en la voz y con una expresión al nivel máximo e inteligentemente utilizada para destruir el alma de quien lo canta, de quien lo oye, para que el que lo está viendo empatice con su locura y sienta pena por el personaje, con su desequilibrio, con su flaqueza, con su debilidad, con su contención, con su amor, con su muerte.
Pocos cantantes son capaces de crear este ambiente en un acto de por sí, y aparentemente poco atractivo a nivel musical, pero que encierra frases que contienen una gran fuerza, frases que llegan al alma, frases que con solo leerlas hacen estremecer. Y es que cada vez que pienso en este acto me viene a la memoria su “Parle encore…” tan contenido, tan expresivo, tan bien lanzado al aire,  tan sublime…
Sin duda Kaufmann es un gran artista y todo ello lo logra en París, pero no el MET. No para mí. No en esta función en concreto.
Y es que para mí también, la cosa empieza a flaquear ya en el tercer acto, aunque a pesar de que canta un “Pour quoi me revelleir” extraordinario, en el dueto me falta, sin olvidar la esencia romántica del personaje, un poco más de sangre. Que Werther no es Turiddu o Cavaradossi, cierto, pero un poco más de pasión en el fraseo de las palabras hubieran ayudado a sacar fuera una pasión contenida durante medio año, un fuego escondido que al final decide mostrar poniendo todas las cartas sobre la mesa (Venga, no nos mintamos más diciéndonos que somos vencedores de ese inmortal amor que traspasa nuestros corazones…)
Y si, en este momento, a Werther le saliera un poco la vena verista, para ello está la orquesta para frenarlo y marcarle que aquello es romanticismo, y no verismo. Pero la orquesta no brilla aquí, no percibes las pulsaciones aceleradas y alteradas del corazón de Werther, de la sangre que pasa por sus sienes y no notas claramente su zumbido. No. La orquesta no lo marca lo suficiente, y el cantante, Kaufmann en este caso, está también lejos de ello.
 
 
 
Quizás porque me embrujó aquella sensacional función de París, que no puedo sin duda olvidar que aquella es, en la actualidad, la mejor referencia de esta obra, y sabía de entrada que Kaufmann lo tenía muy difícil para superarse el mismo. Y en mi humilde opinión, en el MET, no lo hace.
 
 
Ocurre tres cuartos de lo mismo con SOPHIE KOCH. Es curioso el nivel de frialdad que desprende su personaje en la producción del MET, adjetivo que le va como anillo al dedo en los tres primeros actos, pero en el cuarto, no.
En el momento en que decide ir a la busca de Werther, la frialdad se rompe. No importan las convicciones sociales, no importa el qué dirán, no importa Albert, no importa nada, solo importa Werther.
Werther, su gran amor, su prohibido amor.
Cómo alguien puede cantar, una frase tan brutal y desesperada, con la frialdad que lo hace ella “la muerte si estás entre mis brazos no logrará arrancarte de mi lado”. Aquí, sin olvidar el estilo romántico, tiene que salir toda la desesperación y también contención, que al igual que Werther, lleva dentro de su corazón, de su cuerpo.
Me da la sensación de pasividad en este montaje del MET, como si Charlotte pasara por la historia sin acabar de encajar en ella, y donde el único protagonismo radica, precisamente, en Werther. Una verdadera lástima.
Además a nivel vocal, para mí, está inferior que en su homónima parisina, mucho menos expresiva, mucho menos sentida y sensible. Un trozo de hielo que no se funde al lado del fuego de Werther, hecho curioso y sorprendente, teniendo un Werther al lado como el de Jonas Kaufmann que aunque, contenido, levanta pasiones.
 
Hablar a estas alturas del Albert de DAVID BIZIC creo que sobra y es innecesario, puesto que no me hace olvidar al elegante Ludovic Tézier de las funciones de París, y seguir hablando del resto, porque en nada ha conseguido hacerme olvidar la versión de 2010 representada en la Bastilla de París.
 
Segunda oportunidad
No obstante quiero hacer a esta producción un par o tres de lecturas más, quizás cuando la haya visualizado y escuchado más, encontraré aquello que no he sido capaz de ver ahora.
 
 

3 comentarios:

Tosca dijo...

Brillant exposició, com sempre i plena de detalls que jo, asseguda a la butaca i completament embadalida (tot s’ha de dir) i entregada, ni vaig saber ni vaig voler trobar.

No puc entrar en el debat de si una o l'altre producció és millor o pitjor o, millor dit, si em "toca més o menys", tot i que entenc les diferències que hi has trobat i, pot ser , després d’una revisió de la producció (confesso que no l’he tornat a veure), arribaria a donar-te la raó i tot. La de París va ser, i bé que ho saps, tot un xoc per mi també però en la del Met no vaig copsar tots els detalls que cites. Em sentia dins la historia i aquesta era tant poderosa que no em permetia entrar en detalls. La sentia i la patia i amb això ja en tenia ben bé prou.

En una cosa estem absolutament d’acord : Kaufmann està immens i jo ja no puc pensar en cap Werther que no tingui ni el seu rostre ni la seva veu. S’ha fet seu el personatge del tot i la única cosa que espero és poder veure-li en directe algun dia.

Petons.

brunilda dijo...

Gràcies Tosqueta...

Sé que també et va impactar aquest Werther, ja que vas ser tu mateixa qui me´l va fer estimar i per això t´estaré eternament agraïda, ja ho saps.

Jo només l´he vist un cop aquest Werther, el vaig veure i en vaig fer l´escrit.

La vas viure, la vas sentir intensament, i això és el que compta...

Petonets,

Anónimo dijo...

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