viernes, 11 de octubre de 2013

Una decepcionante "fanciulla" vienesa.




Me es muy difícil imaginar una Fanciulla del West que no esté ambientada, precisamente en el West, en el oeste, porque si uno de los atractivos o ganchos que tiene esta ópera de Puccini, aparte de pasajes musicales bellísimos aunque en conjunto la obra es irregular, es que con un buen decorado y una buena ambientación, el éxito está casi asegurado, amén de una pareja – o trío protagonista, si se me permite- que funcione.
 
Y en esta ocasión, ni decorado, ni ambientación, ni trío para mí funcionan, y la ópera tambalea ya desde su inicio con la fría y nunca mejor dicho germánica dirección de FRANZ WELSER-MÖST que dejó la pasión pucciniana a los pies de la tarima.
 
Cuando una escucha a Puccini espera encontrar pasión, sentimientos, orquesta abundante siempre al borde del desbordamiento, grandes olas de sonido que abriguen a las voces que están encima del escenario dejando, piel y voz, para transmitir lo que, el de Lucca, dejó escrito en el pentagrama.
Desafortunadamente, en esta ocasión no encontré nada de ello, la música no supuraba pasión y los cantantes intentaban, en vano, meterse en sus personajes y dar vida a esas tres almas solitarias del oeste que van en busca de oro, de amor y de saciar deseo contenido.
 
Fue ya en el momento del breve preludio, que apunta ya uno de los más bellos momentos de la ópera, y que Puccini decidió que sería para el tenor cuando me di cuenta de que aquello no podría sostenerse a lo largo de tres horas. Si con estos primeros compases, unos de mis preferidos, la sublime música de Puccini no acertó a ponerme la carne de gallina, sospeché lo que, a medida que iba avanzando la obra, se produjo: decepción total, orquesta y cantantes.
 
Bien es cierto que la puesta en escena tampoco ayudaba en absoluto a crear el ambiente del lejano oeste. Hay grabaciones existentes en el mercado de esta ópera de Puccini, alguna más minimalista, como la de la Scala de Milán, otra, en una gran producción para el Metropolitan firmada por Gian Carlo del Mónaco, y otra que se realizó en el Covent Garden de Londres, confieso que mí preferida, que de diferente manera, ambientan a la perfección las vidas de esos tres personajes principales: bandido, camarera de la Polka y sheriff del lugar.
Es por ello que, teniendo como precedente estas tres grandes puestas en escena choque la que se presenta en Viena que ambienta la obra, no se sabe bien dónde, y convierte la Polka en un chiringuito móvil, la cabaña de Minnie en una caravana en medio de no sabemos tampoco donde (desde luego, no de un monte) y la mina del tercer acto en una estación de ferrocarril, y quizás de los tres escenarios, sea el que más acorde vaya en esta producción.
 
 
 
Vestuario, es otra cosa aparte, y nos presenta a una Minnie nada femenina ni apocada, completamente fuera del role habitual que tenemos del personaje. El vestuario de Dick Jonhson, quizás rayaba un poco el del bandido habitual que siempre nos han presentado y el Rance, el sheriff, ataviado de policía, como que no.
 
Pero además de todas estas libertades de escena, lo más irrisorio es el hecho de que Minnie y Jonhson abandonan California ¡¡¡en globo!!!!. La escena me recordó a “La vuelta al mundo en 80 días”, cuando Phileas Fogg y su fiel criado Picaporte embarcan en globo con el objetivo de dar la vuelta al planeta para ganar una apuesta.
El detalle de escena que más me gustó, y que siempre he venido reclamando en todas las diversas producciones que he visto de esta obra es que lo primero que hace Minnie al llegar al lugar donde están a punto de ahorcar a su amante es quitarle la soga del cuello.
 
Y si bien a pesar de todas estas incongruencias musicalmente hubiera funcionado, a estas horas estaría ya enfrascada en hacer un minucioso análisis de ello, pero, como decía al principio de esta entrada, para mí los intérpretes estuvieron desencajados, sobretodo el barítono que no me gustó en absoluto.
 
 
Minnie es un personaje con una tesitura altísima para la soprano, bien es sabido. Lo podemos comprobar en cualquiera de las grabaciones que existen en disco o bien en las versiones filmadas. Ya es un hito para la voz que la interprete que intente no rozar el grito, pues muchas de ellas tienden a ir hacia él.
El caso de NINA STEMME es sin lugar a dudas, y en relación a otras Minnies escuchadas la que menos lo roza, aunque en algún momento le es inevitable, como al final de su “Laggiù in soletà” y en algún momento puntual del segundo acto.
La voz no es precisamente bella ni dulce para el personaje, y no sabe imprimir la inocencia en el primer acto, ni la pasión, ni esa fiebre del amor recién descubierto por Jonhson ni la heroicidad en el tercero.
Además, a nivel escénico, no funciona químicamente con Kaufmann.
 
 
De un cantante como JONAS KAUFMANN una siempre espera más y más, ya que por algo es hoy en día una de las mejores voces del panorama tenoril.
Este Jonhson era su primera incursión del bandido. Vocalmente no puedo reprochar que no alcanzara sus notas, hizo agudos a diestro y siniestro, sin tiritar. Agudos desafiantes y descarados que sin embargo, no son, al menos para mí, suficiente baza para que su personaje me convenza.
Supongo que en parte por la manera de enfocarlo teatralmente, pero sobre todo por la voz porque Kaufmann no supo imprimir dulzura en su “Quello che tacete me lo ha detto il cor”, o en el que debiera ser un apasionadísimo “Io non ti lascio più…” del segundo acto.
 
Es verdad que Jonhson es un bandido, aparentemente sin sentimientos, pero la historia que se narra demuestra lo contrario, está enamorado de Minnie desde la primera vez que la vio, porque Minnie significa un soplo de aire fresco en su ahogada y pestilente vida de bandido.
Y por ello su canto debe ser más apasionado, más romántico, más sentido, más impetuoso, más electrizante.
 
Sé que las comparaciones son odiosas, cierto es, pero no puedo dejar de pensar en que todo ello, todo lo descrito, todo aquello que Plácido Domingo tiene y le sobra al interpretar a Jonhson y que tanto me gusta y me apasiona, que me llega hasta el fondo de mí alma, que me hacen ver al bandido y no al tenor, a Kaufmann le falta. Y le falta enormemente, al menos para este personaje y en esta función.
 
No le doy el 100 por 100 de la culpa a él, pues es su primera vez para con el role, pero estoy segura que con un director que hubiera sabido exprimir todo el jugo a la partitura de Puccini y hubiera sabido transmitir el sentimiento pucciniano a los intérpretes, la cosa habría cambiado y mejorado mucho. Estoy pensando por ejemplo en un Antonio Pappano. ¿Quién mejor que él, en los tiempos que corren, para lograr ese milagro?
 
Escénicamente, la forma de moverse, las reacciones ante las explicaciones de Minnie, la forma de andar, pues no, seguía viendo a Jonas y no a Jonhson. Supongo que con el tiempo, y cuando llegue a madurar el personaje, quizás pueda mejorarlo, no solo a nivel artístico, sino también a nivel vocal, imprimiendo el carácter apasionado que requiere y que él, con el paso del tiempo, sabrá – espero- imprimir.
 
 
Un caso a parte es el Rance de TOMASZ KONIECZNY, voz desagradable, velada y sin carácter. Poca cosa puedo decir más de una interpretación que de las tres, fue la que menos me convenció.
 
 
¿Y Puccini, dónde estaba Puccini? En Viena, no… claro está…
 
No estaba, se marchó al ver el decorado y los ensayos. Decidió cogerse unas vacaciones y se quedó reposando en su casa de Torre del Lago porque, de quedarse en Viena, le hubiera dado cualquier tipo de acuchón. Y Giacomo, nuestro querido maestro del sentimiento y de las pasiones decidió revisar “La fanciulla del west”. Se fue a un gran almacén, compró un aparato reproductor de DVD y decidió comprarse las tres versiones de Plácido Domingo.
 
Al llegar a casa, y después de haber instalado el aparato, y configurarlo bajándose los correspondientes drivers de internet, Puccini se sentó en el sillón eléctrico.
Reclinó y ajustó a medida su flamante poltrona recién estrenada, le dio al “play” del mando a distancia tal como le indicaron al comprarlo y como le decía el libreto de instrucciones que había estudiado minuciosamente, y, como por arte de magia, en el televisor de pantalla plana con HD y visión 3D de última generación comprada hacía justo una semana antes, empezaron a sonar los primeros compases, sus compases escritos años ha, y visionó, cómodamente, enfundado en su pijama, la ópera.
 
Puccini se emocionó con la ejecución brillante de Lorin Maazel aunque se puso las manos en la cabeza cuando la Zampieri iba al agudo, pero, cuando hizo entrada Plácido Domingo, el buen Giacomo se dio cuenta de que el bandido cobraba vida en su voz. Se reincorporó. Se irguió y escuchó atentamente.
 
Siguió entusiasmado un buen rato, rindiéndose ante la magia de la tecnología que acababa de descubrir porque en sus mejores tiempos, no existía.
 
Estudió detenidamente DVD tras DVD: Scala, MET y Covent Garden, alimentándose del arte de los grandes cantantes que formaban el elenco, gozando de la pasión e impetuosidad del Jonhson de Plácido Domingo, con el que lloró de emoción. Por fin había encontrado al bandido que había definido y que, ahora, vivía en el cuerpo y garganta del madrileño.
 
De pronto, Puccini recibió un Whatsapp.
 
Se lo envié yo, y lo transcribo: “Maestro, acabo de finalizar “La fanciulla del west” que han cantado en Viena. No hace falta que se la descargue de youtube. Disfrute los DVD que tiene ya en su haber. Estoy segura que Dick Jonhson, el auténtico Dick Jonhson, el mejor Dick Jonhson, está ahora mismo dentro de su reproductor de DVD, disfrútelo, es incomparable, inigualable e insuperable”.
 
El maestro Puccini, no muy ducho aún con las nuevas tecnologías, leyó mi Whatsapp, y contestó con un simple emoticono con una sonrisa.
 
El de Lucca y yo estábamos de acuerdo. Finalicé los Whatsapp guiñándole el ojo.

4 comentarios:

maria luisa dijo...

Teresa, me ha encantado todo tu comentario, 100 por cien de acuerdo.
Me he reído al final un montón.
Intenté ver un poco de la Fanciulla de Viena y no pude soportarlo.

Saludos

brunilda dijo...

Me alegro Marisa que estemos de acuerdo y celebro que te hayas reído con la parte final que da un toque de humor a esa decepcionante fanciulla.
Mejor ponerle una sonrisa. Ha salido así, completamente espontáneo.

Besos,

Gabriela Elorrieta dijo...

Desde que ví por TV la Fanciulla del Covent Garden con Plácid, alrededor de 1983, me enamoré de su voz y sus personajes incondicionalmente. Cuando canta Ch'ella mi creda me quedé congelada porque creía que lo iban a matar y el final feliz fue totalmente inesperado para mí. Fue uno de los momentos que más disfruté de la ópera en mi vida. Hace unos días crucé el Atlántico para verlo en Valencia y me gustó muchisimo su Simone.

brunilda dijo...

Bienvenida Gabriella...

Se pasa mal cuando ves que a Plácido lo torturan, que le clavan un puñal, que le pegan un tiro o que lo quieren ahorcar...

Me alegro que disfrutaras tanto el Simon, también lo hice yo el domingo. Yo crucé el Atlántico el año pasado para verle en el MET cantando Germont. Y lo volvería a hacer.

Saludos,