lunes, 31 de octubre de 2016

Don Giovanni seduce en Sabadell





Cuando el calendario señala, implacable, finales de octubre, a todos – creo- nos viene en mente uno de los personajes más universales de nuestra literatura. El mito de Don Juan Tenorio que, entre la oscuridad y rachas de viento de la noche, conquista tras conquista, fechoría tras fechoría, se pasea, embozado, por las calles solitarias al lado de su fiel criado y compañero de corredurías. Sin embargo, todo ello hace que acabe deambulando entre la espesa bruma nocturna del cementerio desafiando al poder de la muerte y al mismo cielo, invocando al infierno, el mismo que, al final de la obra, le engullirá hasta sus abismales profundidades.

Personaje curioso e interesante.

Don Juan el conquistador. Don Juan el rebelde. Don Juan, el que goza de los placeres mundanos con desenfreno, sin control. Don Juan el pérfido que seduce por divertimiento y por hastío. Don Juan el mentiroso y el confabulador. Don Juan el que se burla de todo y de todos sin excepción. Don Juan el despiadado. Don Juan el que a nada ni a nadie teme. Don Juan, evidentemente, de alma libre.

Don Juan Tenorio, tan apasionante. Tan odiado. Pero no obstante tan querido y deseado. ¿Qué tiene Don Juan que nos agrade tanto? El típico chico malo que se contrapone a la bondad y a la nobleza, pero que, sin embargo, nos fascina.

Y qué mejor manera que empezar la Temporada de Ópera en Sabadell que con un “Don Giovanni”. Las fechas lo demandaban, y el público lo pedía a gritos. Buena elección para esta trigésimo quinta temporada.

Ni más ni menos que 35 años hace ya del empeño de nuestra ciudad para con una temporada operística estable, y a la par envidiable. Un trabajo bien hecho de la A.A.O.S que, no hubiera sido posible sin la pasión, empeño, ganas, entusiasmo y buen hacer de su presidenta Mirna Lacambra. A ella se le debe este reconocimiento, y al equipo que la ampara, la apoya y le brinda coraje y ganas para continuar con lo que en su momento fue un proyecto, y que, se ha consolidado – hace ya muchos años- como a una realidad.

Sabadell es una alternativa al Liceu. Una envidiable y atractiva opción con letras mayúsculas y de auténtico lujo. Sin duda, uno de los referentes más asentados musicalmente en toda la geografía catalana. Porque hay trabajo y dedicación detrás. Porque hay compromiso. Porque hay un buen plantel de voces. Pero sobretodo porque hay magia e ilusión. Y esa magia no sale solita de la chistera. Aquí no hay truco que valga. No, no lo hay. Aquí hay trabajo. Trabajo y del bueno. Así es que, mi primera felicitación es para todos aquellos que están tras el telón y que no se ven pero que son imprescindibles para que todo el engranaje funcione a la perfección.


Paleta de colores

La escenografía, reciclada de la anterior edición, es minimalista pero efectiva y tiene el don y la virtud de no molestar, lo que permite una total concentración en los verdaderos protagonistas que, en una ópera, deben ser siempre los cantantes. No lo olvidemos ni perdamos el horizonte. En esta ocasión, las riendas de la producción las sostenía PAU MONTERDE que opta, de forma inteligente, por tres colores principales: el negro, el blanco y el rojo.

El negro que acompaña la tiniebla y misterio de la noche y que personifica la oscuridad de su personaje principal y sus acciones. El blanco, como flor que se abre a la vida en contraste con el tema de la muerte que acecha y amenaza a Don Giovanni ya desde el inicio. Y el rojo de la lujuria, de la pasión, del desenfreno, de la orgía y del infierno.

Sigue también la lógica y el equilibrio el vestuario. Negro, blanco y rojo. Y un desvío hacia el lila del vestido de Doña Elvira en el segundo acto. Más suave que un rojo lujurioso pero que esconde tras él la pasión, la necesidad, la dependencia de este personaje para con Don Giovanni. Y desviados de esta línea, está el traje azul turquesa de Don Ottavio, y el negro-gris chispeante de Donna Anna.

Sin embargo, no quiero dejar de comentar otro color que, a mi parecer, tiene más de principal -como los otros mencionados- aunque en una primera lectura, pueda percibirse como secundario, y es el gris marmóreo de las estatuas que acompañan la escena a lo largo de toda la función. Es verdad que el negro lo asociamos a la muerte. Esto es indiscutible, pero, el gris no hace, sino que recordarnos que es su mismísima antesala. La frialdad de la muerte que ronda ya casi desde la primera escena y desde las primeras notas de la obertura. Oscuras, contundentes, aplastantes.

Interesante también como siempre la iluminación de NANI VALLS que ambienta sabiamente la noche, el día, los exteriores y los interiores. Es de auténtico lujo el contraste de la escena final cuando Don Giovanni se dispone a cenar y, en medio de las risotadas, irrumpe en su casa la estatua del Comendador. En ese momento, la estancia oscurece y arrastra con si el aire espeso, brumoso y enrarecido del cementerio. Es la ronda de la muerte que se avecina sobre la cabeza de Don Giovanni.

Buena lectura de la partitura mozartiana es la que hizo el maestro DANIEL MARTINEZ GIL DE TEJADA. Supo respirar bien con los cantantes y logró que la orquesta sonara a Mozart. Matiz importante, a pesar de que, en alguna ocasión puntual, la SIMFÒNICA DEL VALLÈS sonara demasiado fuerte haciendo inaudible en algún pasaje a los cantantes.


Tríades

Se diferenciaron dos. De forma clara y contundente a lo largo de toda la obra, pero, hubo una mucho más sobresaliente que la otra. Es así. Así fue. Y es de justicia así decirlo.

La primera de ellas, quizás la menos lucida – a pesar de haber buenas voces- fue la formada por Donna Anna, Donna Elvira y Don Ottavio.




Donna Anna, encarnada por NÚRIA VILÀ está dotada de una voz a primera escucha bonita y suficiente para el papel, pero con demasiado son metálico y frialdad que impide percibir los sentimientos del personaje. Zona aguda bien asentada, buena técnica y sorteo notable de coloraturas. Sobriedad en su interpretación, constancia y regularidad.




La otra “Donna”, que no es otra que Donna Elvira, fue encomendada en esta ocasión a EUGÈNIA MONTENEGRO. Tiene un timbre bonito y una voz interesante, sin embargo, empezó un tanto floja y a veces con notas que en la tesitura más central-baja parecían casi inaudibles, como afónicas. Lee bien su personaje y en su faz se trasluce la angustia de la amante traicionada, pero, creo que le encajan mejor los papeles más dulzones y con menos transcendencia en los que puede sacar a relucir mejores bazas, que las tiene. Aplaudida con entusiasmo fue su “Mi tradì” en el que solventó – a pesar de su dificultad- con eficiencia las difíciles coloraturas y canto encadenado que la hicieron, en más de una ocasión, sufrir.



 
Finalmente, DAVID ALEGRET, Don Ottavio, ayer tarde. Elegante en fraseo y adecuado en su discurso, aunque la voz del tenor no me pareció de aquellas que sean especialmente bonitas, en una tesitura muy alta con ciertos ecos nasales. Sorteó con más o menos eficiencia sus dos comprometidas arias, “Dalla sua pace” y “Il mio tesoro”. Escénicamente, lo que cabe esperar de un Don Ottavio, que pasa de forma intempestiva y discreta por la obra.



Inmejorable terceto

La atención sin duda recayó, ayer tarde en Sabadell, a la segunda de estas dos tríades de las que apuntaba en el separador anterior. Ellos tres fueron el principal atractivo y sustento de una ópera de tres horas, larga, con un interminable parangón de recitativos que, por primera vez, me permitieron confirmar que, en Mozart, los “recitativi” no tienen por qué ser apabullantemente aburridos, insulsos o sobrantes cuando – como en esta ocasión- se interpretan con elegancia, con sentido y profundidad, en lugar de pasar por encima hastiando hasta al más mozartiano de los mozartianos.




CARLES DAZA, nuestro Don Giovanni. En él recaían, claro está todas las expectativas de la función, no en balde, su personaje da título a la ópera, pero siempre es interesante cualquier actuación suya, porque nos permite apreciar la excelente evolución vocal, artística y psicológica del intérprete. Todo ello que ya auguré desde la primera vez que le escuché en casa. Han pasado desde aquel entonces 11 años, pero el cantante sigue haciendo gala y manteniendo aquello que le es innato: un lujoso fraseo, una dicción impoluta, nobleza en su canto, matiz e intención, todo ello, además, sazonado con un timbre baritonal de un color precioso que le hacen valedor de un merecido éxito.

Daza estaba cómodo vocalmente en su papel, en una tesitura, creo, que se adecua mucho a su vocalidad y expresividad. Él sabe remarcarlo a lo largo de toda la ópera, y hace que contraste notablemente las dos caras que – en su personal lectura- puso encima del escenario. Se dice, dicen, que Don Giovanni es un crápula, que tiene un lado muy oscuro. Que tiene maldad. No discutiré sobre ello a quienes han hecho esta interpretación y escrito sobre ello, pero, aunque así sea, y seguro que es así, me gustó el enfoque contrario.

Daza juega, y muy bien, al arte de la seducción. Su porte elegante y refinado le ayuda sin lugar a dudas, y aunque en su mirada pilla quizás se adivina un poco al libertino, sabe contenerse muy bien hasta el final. De manera que, jamás, viendo y escuchando su Don Giovanni, y analizando su interpretación escénica, repito, jamás podría odiar a semejante personaje a pesar de ser el chico malo, el burlón, el que nada le importa y el que aplasta a quien se le ponga por delante e intente destruir su filosofía de vida y visión, más que particular, del mundo. De su mundo lleno de libertinaje y fechorías.

Y es, como decía, en su escena final donde finalmente decide sacar el lado más oscuro y desafiante del personaje. Por robustez de voz, por expresión vocal, por interpretación escénica y por absoluta comodidad. Gran, gran escena su “finale”. Quizás con el paso de los años, y cuando madure el personaje nos ofrezca un Don Giovanni distinto. Pero, aunque distinto, estoy segura que será igualmente lleno y rico en matiz. Gran tarde la de Carles Daza.




¿Pero, que sería de Don Giovanni sin un contrapunto como el de Leporello? Cuesta de imaginar al “padrone” sin su “servo fedele”. O lo mismo vale decir, que ayer tarde Daza estuvo espléndido, pero no menos lo estuvo la genial interpretación de TONI MARSOL en un papel que conoce, y que, por características vocales, y a la par histriónicas, le hicieron valedor, también de un gran y predecible éxito.

Una real exhibición en su aria del catálogo, así como a lo largo de toda la función, en donde supo marcar la burla sin freno, pasando por la duda que se hinca en su corazón y que cuestiona sus malas acciones que predominan sobre las buenas, hasta la escena final de auténtico terror ante la faz desafiante de la muerte.

Estupenda compenetración, vocal y artística con Carles Daza, erigiéndose junto a este último, en uno de los más aplaudidos.




Como también lo fue la maravillosa, dulce y pizpireta Zerlina de la joven soprano SARA BLANCH. Mozart, inteligentemente, nos presenta a Zerlina con una música alegre y popular, que sigue a una escena oscura. Una oscuridad que preside casi toda la obra. Y ayer tarde, el genio de Mozart no pudo ir más acorde con la luminosa entrada del personaje. Pero no entró solamente la luz, fruto de un inteligente juego de luces que contrapone el bien y el mal, sino porque a nivel vocal, además, entró la frescura en escena. El contraste, entre una música y otra, mérito atribuible como decíamos al compositor salzburgués. La credibilidad y milagro para tal fusión, se la debemos a su intérprete a Sara Blanch que estuvo deliciosa en todas y cada una de sus intervenciones sin excepción.

Buena línea de canto, fraseo elegante y más que adecuado para el personaje y una voz bonita por naturaleza y sobretodo expresiva tanto en sus arias y duetos, como en los “recitativi” además de su creíble interpretación escénica.


Relegados al plano de la discreción quedaron el Masetto de JOAN CARLES ESTEVE y el Comentdatore de SINHO KIM.


Guiño final

Fue una tarde magnífica a nivel vocal a la altura de las expectativas creadas. Buenas voces, excelentes intérpretes y una obra para gozarla. Pero, lo mejor, lo más maravilloso de la tarde, mi guiño final, aludiendo claro está al título de este último separador, fue sin lugar a dudas, por la inmejorable compañía.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dolce Vita. Amaro Kaufmann




Parece ser que el otoño se ha instalado ya entre nosotros. Las primeras bajas temperaturas se empeñan ya en enfriar las casas que conservan aún ecos cálidos de un verano que, desgraciadamente hace ya días que tocó a su fin.

En estas épocas, pues, mientras escuchas el agua de la lluvia que repica insistente en los cristales de la ventana acabados de limpiar, apetece pues escuchar un disco cuyo telón de fondo tiene como escenario la bella Italia. Un disco de canción italiana y napolitana, repertorio que siempre funciona y conquista por sus preciosas y encantadoras melodías. Pero también porque cuando pensamos en semejante repertorio lo asociamos al verano, al calor, al amor y a la brillante luz del sol que se posa sobre nuestro azul mediterráneo. En definitiva, lo relacionamos con aquella época del año en la que somos más felices, y eso es, cuando estamos de vacaciones y relajados, libres del estrés que nos provoca el día a día.

Un disco, el último trabajo de JONAS KAUFMANN, que tiene, aparentemente todos los elementos para ser una pequeña joya a añadir en nuestra colección de música, y que, valga la redundancia, aparentemente, conquista de entrada por repertorio y por el interés que suscita su intérprete.

Así mismo, el vídeo promocional de la grabación es alentador, interesante e invita a pensar que Kaufmann puede sacar petróleo del mismo, porque en el breve trocito que nos presentan, la voz suena francamente bien. Pero lo cierto es que, volviendo a la apariencia, todo se queda en una falacia. En una ilusión. En una quimera.



Qui dove el mare luccica…

Con estas palabras de la canción “Caruso” comienza el disco. Y empieza potente con esta pieza a la que Kaufmann no le hace justicia. Ni a esta ni al resto de las que acaban completando un disco de una hora de duración que se hace, para mí, eterno, aun siendo una gran admiradora y amante de la canción italiana y napolitana. Y de Kaufmann, también.

Siempre he dicho que Jonas en italiano me cuesta, y me cuesta mucho. Y aquí rubrica mi pensamiento y opinión. El alemán, con su voz oscura, no consigue encontrar el estilo que requiere este tipo de repertorio. Le falta la luz del sol mediterráneo, le falta dulzura, le falta sentimiento y calidez. Y temperamento latino. Allí donde brilla el mar no luce pues su voz…

En alguna pieza se empeña en hacer uso de la media voz, pero nunca se sitúa ni se centra. Por ejemplo en un “Parla più piano” de la película “El padrino” podría haber puesto sobre la mesa toda una paleta de recursos, de estilo, de medias voces, de matiz… pero…hay muchos peros, muchas cosas a pulir y muchas otras a mejorar para rozar, y digo rozar, el estilo que demanda la música italiana.

Me da la sensación, pero, que el disco está cocido con fuego rápido en lugar de a fuego lento, con mimo, y con cariño. El repertorio no acaba de estar del todo equilibrado, y quizás las piezas menos conocidas se escapan de la inspirada música italiana que todos tenemos en la cabeza. Es como si hubieran puesto miles de canciones en una caja y, al azar, hubieran extraído, nada más y nada menos que 18, no todas acertadas en mi opinión, y venga… a grabar y a promocionar, que esto dará dinero.

Y sí, lo dará, pero ¿a costa de qué?... Eso el tiempo, lo dirá.

Y una y otra vez, Kaufmann lo intenta. O procura intentarlo. Pero a cada pieza que pasa, a cada obstáculo que sortea, le salen otros que le van poniendo en un sitio equivocado en el cual el tenor alemán no tiene cabida por mucho que se empeñe. Quizás en las piezas más conocidas y ya escuchadas como un “Non ti scordar di me…” o un “Core ´ngrato”… bueno… la cosa toma otra dimensión. No puedo decir que esté mal cantado, porque no lo está, Kaufmann llega y brilla en sus notas altas, no tanto, curiosamente, en las más graves, pero aún así el binomio Kaufmann-napolitana, no me encaja. Como el agua y el aceite. Una lástima. Decepciona. Mucho. Y más cuando una tiene unas expectativas tan y tan altas.






Neutras con cuenta-gotas…

Si algo espera una cuando escucha canción napolitana es el uso y abuso, a veces, de la vocal neutra que aquí en “Dolce vita” asoma discretamente. Solo en “Passione” Kaufmann hace reiterada gala de ellas.  Se notan trabajadas y se agradece el detalle, pero en el resto, brillan por su ausencia.

Sin embargo sí que debo loar la exquisita dicción en italiano, incluso en las piezas que no conocía, porque es realmente sensacional. Una no pierde palabra con Kaufmann, y lo único reprochable de ello es que no ha corregido ese uso y abuso de la erre que sigue sonando espantosamente fuerte y germánica y que, endurece el discurso en lugar de suavizarlo y ponerlo a tono y a compás de lo que está cantando. Un estilo que requiere de más sutileza y menos rigidez. No está cómodo y esto acaba haciéndose patente.






T´amo, sei tu il mio grande amore, la vita del mio cuore, sei solo tu…

Y estas palabras no van referidas a Kaufmann. Todas ellas, bellas y sentidas emanan de mi corazón, cada día, a cada instante de mi vida, porque mi gran amor, la vida de mi corazón, está en el cielo.

Con él descubrí dos de las canciones que el bávaro interpreta en este disco y que, lo reconozco, me hicieron llorar. Pero no por la interpretación, no por el estilo, no por el matiz, sino por lo que para nosotros significa. ¿Verdad? Desde el cielo, mi abuelo asiente diciendo que sí. Lo siento. Lo veo. Lo noto.

“Ti voglio tanto bene” quizás, remembranzas aparte, es para mí la mejor pieza del disco. Sin embargo, quedé bien decepcionada y chascada con su “Parlami d´amore, Mariù”, por los arreglos, por la forma de cantarlo, con un compás a veces que parece de vals, por la manera de marcar la palabra “tutta” y por falta de tacto y calidez.

Kaufmann jamás me convecerá haciendo esto.



¿Pero… es Kaufmann de verdad?

De la última pieza del disco… “Il libro dell´amore” completamente de más, y porque sabemos que es el quien canta, pero está irreconocible.

No Kaufmann, no… esto realmente no es lo tuyo. Un título sugerente “Dolce Vita” que al escucharlo me viene en mente Marcello Mastroiani y Anita Ekberg en su escena del baño en la Fontana de Trevi.

Y dices… sí, la cosa puede tener gancho comercial. Y lo tiene. Y lo tendrá, claro que sí porque Kaufmann lo vale, pero, quedará como mera anécdota, espero, en su carrera. Mejor escucharlo en Lied, o en ópera francesa o en cancioncillas alemanas de cabaret. Ahí está su lugar. Y que las italianas, las mediterráneas, se las deje a Alagna, hombre.