domingo, 19 de junio de 2016

Los cuarenta años de la Fundación Envera reúnen solidaridad, arte y compromiso




En la gala celebrada el pasado 1 de mayo en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, poco importaba si se cantaba muy bien o menos bien, si se lucía un bonito vestido o se llevaba un peinado mejor o peor acorde a la última moda o rozando reminiscencias de tiempos ya pasados. No, esto era lo de menos, ya que en este acto se dio una estupenda confluencia de voces y artistas que aunaron arte, solidaridad y compromiso, en una tarde noche de reconocimiento al trabajo hecho, al que se hace y, al que queda por hacer – que es mucho- y que va indisolublemente de la mano de personas concienciadas con ello.


Pero además era también una velada de celebración: en primer lugar los 70 años de Iberia operando en vuelos desde España hasta América Latina, uniendo gentes, cultura, lengua, costumbres y maneras, enriqueciendo ambos países con lo mejor de cada uno de ellos.

Sin lugar a dudas, pero, el peso del acto se centró en el festejo de la creación, hace ahora 40 años, de la Fundación Envera, una asociación destinada a dar asistencia, formación y empleo a mujeres y hombres con discapacidad. Una idea nacida de entre los trabajadores de Iberia, padres y madres de hijos discapacitados con la finalidad de que éstos tuvieran la posibilidad de derribar las altas montañas de los prejuicios sociales para así poder alcanzar un futuro mejor para ellos.



El arte al servicio del compromiso social

Antes de entrar a dar un repaso al repertorio del concierto es justo pasar lista y nombrar a todos aquellos artistas que ayudaron a hacer posible que esta gala tuviera lugar. Por orden de aparición: el tenor Enrique Ferrer, la soprano Auxiliadora Toledano, la también soprano María Ruiz, el tenor Israel Lozano y la soprano Ruth Iniesta, y finalmente la soprano Belén López-León.

Y especialmente hacer eco de la colaboración y predisposición de aun artista del calibre y magnitud como es Plácido Domingo, siempre dispuesto y comprometido con las causas solidarias, así como la presencia de Antonio Vázquez, Presidente de International Airlines Group (IAG), grupo propietario de las aerolíneas British Airways, Iberia, Aer Lingus y Vueling.




Por todo ello, me gustaría destacar, y de forma especial, un momento de este acto, que fue realmente emocionante y que no es otro que los niños de Envera dando toda muestra de respeto y cariño al Maestro Plácido Domingo, primero con una ofrenda floral de claveles blancos – la flor preferida del Maestro- y luego con un sentido “cumpleaños feliz” entonado por ellos mismos y capitaneado por el también tenor Antonio Vázquez.

Aquellos niños al lado del más grande. Aquel hombre, aquel artista que siempre tiene una sonrisa y un gesto de cariño para todos. Y todos ellos rozando con sus manos y con sus besos al más magno intérprete de la ópera, disfrutando y compartiendo con él un rato de felicidad, de música y de devoción, cual si fuera un Dios, que con solo tocarlo se alivian penas, se da energía, lágrimas de alegría y bienestar. Todos querían alcanzar el frac del maestro, sus manos, y llevarse un abrazo al que Domingo respondió de forma extraordinaria.






El concierto

Empezaba diciendo que poco importaba quién cantaba o cómo se iba vestido porque de por si la entidad de la celebración dejaba en segundo lugar el repertorio ofrecido. Por ello, no voy a hacer un examen minucioso de todo lo interpretado, pero sí que me gustaría hacer un poco de hincapié quizás en los mejores momentos – para mí- del espectáculo.

Después de que maestro ÓLIVER DÍAZ interpretara una burbujeante obertura de la ópera “Carmen”, el tenor ENRIQUE FERRER empezó con el “Ch´ella mi creda” de “La fanciulla del west” para dar paso a la intervención de AUXILIADORA TOLEDANO con un fragmento de la opereta “El murciélago” que responde al nombre de “Mein Herr Marquis”.

Seguidamente una curiosa versión del bello dueto “Au fond du temple saint” de “Los pescadores de perlas de Bizet” interpretado por PLÁCIDO DOMINGO en el papel de Zurga, como barítono, y con el Nadir del tenor ANTONIO VÁZQUEZ. Y de Bizet a Giordanno con “La mamma morta” en la voz de la soprano MARÍA RUIZ.

Y sin dejar de lado a los compositores italianos, Puccini como un hilo conductor, regresaba de nuevo al escenario para que el tenor ISRAEL LOZANO y la soprano RUTH INIESTA interpretaran el dúo del final del primer acto de “La bohème”, el “O soave fanciulla”. Primera parada, aquí sí que me detengo para destacar la bonita voz de Israel Lozano, que me gustó mucho en esta intervención así como también la interpretación de Ruth Iniesta. Ambos bien coordinados y centrados en su papel.

Y no abandonamos a Puccini, porque del París bohemio viajamos al Pequín imperial con la “Turandot”. De esta ópera fue la soprano BELÉN LÓPEZ-LEÓN la que nos deleitó con una magnífica y serena interpretación del “Tu che di gel sei cinta”. Vuelvo a apearme aquí para destacar el arte de esta soprano, su sencillez y su estilo amén de una voz bonita y cuidada donde la musicalidad y gusto es baza principal en esta versión.

Siguió de nuevo ISRAEL LOZANO con el “M´apparì, tutto amor” de la “Martha” de Flotow mientras de Pequín, la soprano RUTH INIESTA, regresaba con jet-lag al París bohemio para ofrecernos una correcta versión del vals de Mussetta, “Quando m´en vo”.

La primera parte del concierto se cerró con el dueto del “Don Carlo” verdiano, “Dio, che nell´alma infondere” interpretado de nuevo por PLÁCIDO DOMINGO como Marqués de Posa y por ANTONIO VÁZQUEZ en el papel de Don Carlo.



Segunda parte

La obertura de “Agua, azucarillos y aguardiente” del maestro Chueca abría el turno de la zarzuela, género por el cual siento especial predilección, y después de la intervención de MARÍA RUIZ cantando “Tres horas antes del día” de “La marchenera” de Moreno Torroba, se produjo el momento más emocionante, musicalmente hablando, que nos brindó el maestro PLÁCIDO DOMINGO con una casi hablada y recitada versión de la bella romanza “Amor, vida de mi vida”, también del maestro Torroba que pertenece a la zarzuela “Maravilla”. Que una voz, con 75 años emocione como me hizo emocionar es realmente para quitarse el sombrero. Gracias Maestro.




La cosa había empezado más que bien. Conclusa “Maravilla” aparecieron en el escenario el tenor ENRIQUE FERRER y la soprano BELÉN LÓPEZ-LEÓN para ofrecernos una fresca, salada y con gracia y divertida versión del fantástico dueto de “El dúo de la Africana” del maestro Fernández Caballero. Fue, junto a “Maravilla” uno de los grandes momentos, donde salió a relucir de nuevo la gracia y la bonita voz y estilo de Belén López-León, pero también la adecuada y suelta a la vez que centrada y bien colocada voz del madrileño Enrique Ferrer.

Inevitable la “Canción del Ruiseñor” de “Doña Francisquita” de Amadeu Vives en la voz de la soprano AUXILIADORA TOLEDANO que fue amenizada por la intervención de cuantos tenores se hallaban en bambalinas, a la que dio paso de nuevo a ENRIQUE FERRER con la interpretación de una bellísima romanza como es el “Paxarín, tu que vuelas”, preciosa donde las haya, de la zarzuela “La Pícara molinera” de Pablo de Luna.

Y de nuevo en el escenario la voz de BELÉN LÓPEZ-LEÓN con una delicada versión de la romanza “Qué te importa que no venga” de “Los claveles” de Serrano que dio la alternativa al “Torero quiero ser” de “El Gato montés” de Penella con las voces de MARÍA RUIZ y ATONIO VÁZQUEZ, y sin movernos de Sevilla, RUTH INIESTA nos brindó su versión de la romanza “Me llaman la primorosa” de “El barbero de Sevilla” de Gerónimo Giménez.

“De este apacible rincón de Madrid” de la “Luisa Fernanda” de Moreno Torroba fue la pieza que interpretó el tenor ISRAEL LOZANO para dar paso a la última pieza del concierto, el bello dueto de “La viuda alegre” de Lèhar, “Lippen Schweigen” cantada en alemán por PLÁCIDO DOMINGO y AUXILIADORA TOLEDANO con vals bailado inclusive.

La velada finalizó con Domingo a la batuta mientras todos interpretaban el brindis de “La traviata” – todo un clásico para los fines de fiesta- seguido de una “Granada” de Lara a 8 voces.



Sin duda una amena y deliciosa velada al servicio de la solidaridad y del compromiso en la que sin artistas como los invitados no habría sido posible tan magno y especial acto.

Larga vida a la Fundación Envera.


domingo, 12 de junio de 2016

El primer Des Grieux de Robertissimo




Cuando Puccini puso el punto final en el pentagrama y transcribió la última nota de “Manon Lescaut” era consciente, y así lo ha asentado el paso inexorable del tiempo,  de que acababa de terminar una obra maestra. Extraordinaria y de una belleza y lirismo sin precedente. La primera de muchas que se irían sucediendo a lo largo de su carrera.

Definir en palabras su “Manon Lescaut” es difícil porque la obra está repleta de todo lo imaginable y por imaginar. Pero si tengo que calificar “Manon Lescaut” en una palabra, sin embargo y contrariamente a lo anterior dicho, me es muy fácil: esta palabra es “perfecta”. Así de sencillo. Así de claro.

No sobra ni una nota, ni un fragmento, ni una coma. Todo está mesurado con noble inteligencia y talento. Tanto que, aunque no existiera su fascinadora parte vocal, extraordinaria tanto para la voz de la soprano como para la del tenor, la ópera sería igualmente válida y genial.

Puccini, predecesor de las bandas sonoras de las películas, absorbiendo al extremo la idea del leitmotive wagneriano, hace de su tercera ópera, su primer gran éxito.

El maestro de Luca es único creando sentimientos y recreando ambientes con su adorable música.

En ella y por orden de cómo nos la presenta, se adivina la frescura y el perfume de la juventud desenfadada, el cortejo fácil entre los jóvenes de la época, el estallido primero del amor en un cuerpo que aún no lo ha experimentado, la pasión, el temor, las formas sociales contenidas, la decepción, las risas alegres, pero también las burlas, la frivolidad de un ambiente dorado y frío, el deseo, la añoranza, la elegancia, de nuevo la pasión, las confesiones, la rendición de los amantes, el descubrimiento de la mentira, la ambición, el egoísmo, la tensión, la reflexión, el amor que se encuentra en las caricias y en los besos sinceros.

Puccini además nos muestra el amor consumándose lentamente, el amor consumado y vuelto a consumar una vez más, el clímax del más absoluto placer carnal símil de un espectáculo de fuegos artificiales culminado con un estallido de cohetes multicolor que se desmayan en el cielo, el oleaje de las olas del mar que chocan contra la piedra del muelle, el desespero, la súplica, el desfile de la vergüenza, el jugarse la vida a una única carta por amor, el triunfo, la unión, la soledad, las rachas de viento del desierto que azotan los cuerpos moribundos, el abrasador beso de la sed encima de los labios, el no saber qué hacer, la vida como golpea a la gente, la confesión final, el amor llevado al extremo de la necesidad, el hielo glacial de la sombra de la muerte, los besos, y finalmente, el ocaso y la extenuación humana que sella la vida corta vida de su protagonista.

Es como para quedarse sin aliento ante tanta perfección.

Sólo Puccini, mi querido Puccini, es capaz de condensar todo esto en dos horas, y de hacerlo magistralmente.



Devoción

Sí. Lo confieso. Siento una especial devoción por esta ópera, una obra que siempre que la escucho, y por mucho que lo haya hecho ya a lo largo de toda una vida, jamás me cansa y siempre descubro en la orquesta, en las voces, en cada palabra, en cada acento cosas nuevas, porque Puccini nunca deja de sorprenderme.

Devoción por Puccini, como decía por un lado, pero la verdad es que esta “Manon Lescaut” del MET neoyorquino también suscitaba para mí un especialísimo interés: Jonas Kaufmann se había caído del cartel tras otra de sus muchas cancelaciones, y asumía el role de Des Grieux otro de mis favoritos, el tenor francés Roberto Alagna. Si hubiera estado el mes de febrero en Nueva York hubiera agradecido y aplaudido el cambio. Desde el momento en que supe – porque así lo había leído en algún medio de comunicación- que Alagna tenía que hacer este personaje en el Liceu fue suficiente como para estimular – que dicho sea, ya lo estaba- mi curiosidad para escucharle en este nuevo cometido que, tal como decía en la entrevista que le realizó Deborah Voigt, había aprendido en tan solo dos semanas.

Bravissimo Alagna, y gracias por hacerlo posible.







Otra “Manon Lescaut” moderna

Parece ser que a los directores de escena están faltos de ideas y ROBERT EYRE es uno más de ellos.

No entiendo este afán por trasladar la obra al año 1941, modificar el vestuario y poner una y más dificultades a los cantantes obligándoles a cantar tirados en el suelo subiendo y bajando escaleras y sobreactuando demasiado.

De todos modos, aunque como he dicho en muchas ocasiones no soy partidaria ni defensora de este tipo de montajes. Para mí Manon tiene que ir con su peluca y vestido abultado, aunque en esta ocasión tiene al menos la decencia de que la puesta en escena no molesta con detalles de excesiva connotación sexual gratuita – como se ha apreciado en otras producciones- lo que permite no desorientar al espectador ni distraerlo innecesariamente y deja que se concentre en la música.

Quizás el cuarto acto, tan exigente y extenuante a nivel vocal es donde los intérpretes sufren más, sin apenas poder moverse y recostados en unos escalones – que están presentes en toda la producción – y en esta ocasión colocados en forma de “V” que dificultan su propia comodidad y movimiento.

El vestuario es bonito y acorde, más o menos, con la época a la que se traspone la acción y permite lucir y dejar ver la extraordinaria y esbelta figura de la soprano letona Kristine Opolais y de un Roberto Alagna, maduro, cuyo ropaje le sienta como anillo al dedo y que aún aguanta y bien los primeros planos que la cámara le brinda.



La orquesta del MET bajo la batuta de FABIO LUISI es adecuada y de calidad. Quizás para un director de su talla se esperaba algo más, más pasión, más nervio, más pulso que es lo que requiere esta maravillosa obra de Puccini. Imprimió un buen “Intermezzo” que hubiera preferido escuchar a telón tirado en lugar de que me mostraran a Alagna, y no porque me moleste ver a Alagna no, al contrario, que es un placer para mí, sino porque ese intermedio es tan absolutamente genial y descriptivo que no hace falta ver nada para ver, valga la redundancia- lo que Puccini nos está explicando.



“Física” adecuada y suficiente aunque con poca química

Desgraciadamente la cosa fue así. Y no se entiende. Dos cantantes relativamente jóvenes y los dos con figuras extraordinarias, que se mueven bien, que cantan bien, y que actúan bien.

Dos personajes, Manon y Des Grieux a quien se supone enamorados. Y sin embargo la chispa de los amantes brilla por su exagerada ausencia, y es una lástima, puesto que ambos en sus respectivos papeles son creíbles.




KRISTINE OPOLAIS que parece que esté abonada al role de Manon es una creíble Manon. Es guapa, tiene una figura extraordinaria que llena el escenario de belleza y de sensualidad, pero sin embargo su interpretación vocal tiene sus peros.

Tiene una voz interesante, pero no sabe que son los pianos ni los ha frecuentado en su vida. Tampoco conoce el canto apasionado, ni el lirismo. Llega a las notas aunque en la zona alta se descentra musicalmente un poco rozando el grito. No me convence.

Quizás su semblante ya da la sensación de entrada de frialdad y ésta no consigue superarla en ningún momento a lo largo de la obra, ni en su dos arias “In quelle trine morbide” ni en su “Sola, perduta, abandonatta” en el segundo y cuarto actos, respectivamente. Pero tampoco lo solventa en el apasionado dúo de amor con Alagna en el segundo acto. Esto, añadido a la poca química artística entre ambos, hace de su Manon una interpretación mucho más mejorable, sobre todo a nivel vocal, que encarrila por este camino en el cuarto acto. Tarde ya. Una lástima.

Con un buen tipo no es suficiente para Manon Lescaut.




Con ROBERTO ALAGNA sin embargo, y a pesar de que pasa más de uno y dos apuros a lo largo de la obra, la cosa cobra otro sentido.

Interpreta, intenta que la poca química que hay entre ellos funcione. Lo intenta en el primero, y en el segundo. Insiste también en el tercero y en el cuarto, pero… Pero cuando por una de las partes no hay predisposición poco puede hacer el tenor para que aquello funcione químicamente hablando. “Físicamente” la cosa va viento en popa.

Alagna afronta el Des Grieux con 52 años, una edad quizás algo tardía pero en plena madurez y en la que el instrumento del tenor francés, si bien sigue siendo uno de los más bellos de la actualidad, ha perdido un poco su brillo y frescura de antaño. Ello no le impide sin embargo sortear una partitura que a priori viene grande a su voz de tenor lírico. Pero su fraseo, su dicción, su pasión, su gusto innato en el canto y esas ganas que siempre pone cuando sale al escenario – y teniendo en cuenta la premura del estudio de la obra- le hacen merecedor de una gran lluvia de aplausos y una “standing ovation” por una gran parte de la platea neoyorquina.

Roberto Alagna luce y pasea aún su gran voz por el escenario y pone toda la carne en el asador. Se la juega a cada nota y a cada compás. Más justo quizás, a mi modo de ver, en el primer y segundo actos. En cambio extraordinario en el tercero y sobretodo en el cuarto. Precisamente en este último es donde le he encontrado más relajado después de un tercero comprometedor y de un “Guardate, pazzo son guardate” bien ejecutado pero al extremo.

Alagna es un extraordinario cantante y un actor muy creíble en el escenario. Y su Des Grieux, cuando haya podido madurarlo y estudiarlo con el debido tiempo, nos deleitará más aún.

Bravo Robertissimo.




No acabó de convencerme en el papel de Lescaut MASSIMO CAVALETTI una voz para nada atractiva y siempre al extremo, en cambio el Geronte de BRINDLEY SHERRAT es irreprochable a nivel vocal.



Si no fuera por…

En conclusión una función que no pasará a la historia por ser una de las mejores Manon Lescaut que haya podido escuchar en mi vida, pero es de un alto grado aceptable, donde la presencia y la voz de Roberto Alagna me invitan, tentadoramente, a repetirla de nuevo.


domingo, 5 de junio de 2016

Una Traviata para olvidar sino fuera por papá...




La Traviata es una ópera que ha sido muy especial en mí vida.


Siempre me es grato volver a la música burbujeante y chispeante, lírica y sentimental, alegre y anunciadora de la muerte, desbordante de pasión y de razón, pero también triste y melancólica que salió de la mente de Verdi e imprimió encima del pentagrama.

Cuando una piensa en esta ópera no puede dejar de asociarla a los grandes salones repletos de elegancia, a un cuidadoso y esmerado vestuario, y a una escenografía que arrope en consonancia la trama que se narra en esta historia. La historia de una prostituta de lujo que por amor se sacrifica. Y que se sacrifica porque ama. Y porque además, es amada. Vaya, una prostituta con suerte aparente.

Sí. Se puede concebir una Traviata fuera de su época, pero tiene que hacerse con mucho cuidado, pues el entorno y las restrictivas condiciones sociales que la envuelven, exhortan a tener en cuenta el máximo de detalles, y si se patina un poco, se corre el peligro de que el director de escena y la obra entera se dé de bruces contra el suelo.

Y esto es lo que sucede con la escenografía que propone JEAN-FRANÇOIS SIVADIER para la ópera de Viena y que fue retransmitida en “streaming” el pasado día 24 de mayo.

Cuatro elementos decorativos que se basaban en sillas, telas que subían y bajaban, una cama improvisada en el suelo, y nada más. Una escena pobre de espíritu, vacía, oscura y nada sugerente que no ayudaban para nada a ambientar la obra. No molestaba mucho, y se agradece, pero tampoco inspiraba nada de nada. Bueno, algo sí que inspiraba, o me ha inspirado: hastío.

Ni en el primero, ni en el segundo (en ninguna de sus dos escenas) ni en el tercero. Nada. Nada invitaba a hacer agradable una de las óperas más reconocidas, más escuchadas y más representadas en todo el mundo. Eso “no es una Traviata”, es una auténtica estafa que, al cabo de media hora acaba distrayendo impidiendo que el público pueda concentrarse en lo realmente importante: la música de Verdi y en las voces de los intérpretes.



¿Y qué decíamos que era lo importante?

Ah, sí, pues claro. La música, ¿no?

Parece mentira que se lleven producciones tan nefastas a óperas de tanta solera como la Staatsoper de Viena, pero precisamente esta plaza se ha caracterizado por la modernidad de las producciones en los últimos años. Me atrevería a decir, desde hace más de 10 años. Sigue sin gustarme la cosa. Prefiero lo clásico, de todas, todas. Lo tradicional. Lo que no me distrae y me deja concentrar en las voces. Pero, francamente, oído lo oído, concentrarme en las dos voces principales (Violeta-Alfredo) ha supuesto para mí un arduo trabajo y un esfuerzo sobrehumano y de imposible cometido.

La orquesta de la Staatsoper de Viena a cargo de MARCO ARMILIATO no ha dejado ningún momento para recordar. Una dirección bastante discreta que no pasará a la historia.

Pero las voces… ¡qué decir de las voces!...





La Violeta de MARINA REBEKA tiene una voz interesante, bien timbrada, y marcando muy bien y sorteando sin dificultad la coloratura de su aria en el primer acto, “È strano…”, sin embargo le cuesta de mantener el ritmo y la altura al lado de su Alfredo, pobre donde los haya.

Pero no solamente es cuestión de ritmo, sino también de química. ¿No se supone que ambos están enamorados? ¡¡Pero si no se miran ni a la cara!!

Solventó la parte artística en su gran escena con Germont padre, y es que al lado de Plácido Domingo -que actúa siempre- o intentas ponerte a su altura, o bien, acabas haciendo el ridículo, y ella, sabiamente se inclinó por la primera opción.





He escuchado muchos Alfredos en mí vida, unos muy buenos, otros no tan buenos, otros que lo hacían muy dignamente y otros que le han puesto muchas ganas, pero, el Alfredo de DMYTRO POPOV los supera a todos por lo nefasto de su interpretación. No sabría cómo definir una voz que me da la sensación que se queda incrustada en la garganta y sin proyección.

Una voz oscura, de fraseo inexistente. La intención en cada palabra articulada brillaba por su ausencia, y escénicamente cero por ciento creíble. Yo no sé si siempre canta así, si ello es connatural en forma de transmitir o intentar transmitir, pero, en mi opinión no es una voz para cantar en la Staatsoper. Su instrumento, pobre, no es digno de tal honor para un teatro de tanta categoría.



Un nuevo “papá” Germont

Y para mí radicaba aquí el elemento principal por el cual, confieso, he llegado hasta el final de esta función, y no es ni más ni menos que la interpretación de PLÁCIDO DOMINGO en el papel de Giorgio Germont.

Allí sí salió la elegancia de un fraseo y de una voz aún bonita aunque ahora nos cante de barítono y haciendo trampas vocales en más de una ocasión. ¿Y qué?



Escuchar a Domingo, ahora, es disfrutar de lo que nos puede ofrecer en la actualidad sin pensar en lo que fue ni en lo que ha sido. Tenemos que cogerle ahora por lo que es y por lo que aún nos pueda emocionar. Y si aún consigue este efecto es que -como decía en mí anterior crónica del “Simon Boccanegra” que le escuché hace un mes y medio en Barcelona- es debido al poder que tienen los que son poderosos. O los que han sido poderosos, vamos a ser justos en la terminología empleada. Estamos hablando de una leyenda de la ópera. De un Maestro. Por tanto, que cada uno aproveche lo que quiera o lo que le venga en gana aprovechar.


Un protagonista inesperado


Este fue ni más ni menos que el apuntador ya que desde su concha salía de todo: ramos de flores, la chaqueta blanca de Alfredo… Un detalle que me pareció fuera de contexto porque no sé qué significado tiene en la producción, pero gracioso a la vez.

El “Sr. Tribó de turno vienés” estuvo muy atareado a lo largo de la función. Y lo llamo así, cariñosamente, porque no puedo dejar de asociar a la importante figura del apuntador en una ópera sin que me venga en mente a nuestro Maestro Jaume Tribó, de quien estoy segura no molestará que me haya tomado esta pequeña licencia.