miércoles, 7 de noviembre de 2012

Sobre gustos no hay nada escrito

Así dice nuestro querido refranero. Y cuánta razón tiene…

Leía hace unos días un interesante artículo firmado por Francisco Javier Bernales que encontré enlazado en la web de Marion Tung y en el cual hacía un interesante análisis de las voces de tenor, a tenor, valga la redundancia de los tenores y el fenómeno Jonas Kaufmann, el cual me permito reproducir aquí a la vez que lo enlazo a la página en que lo encontré.

También me voy a permitir dar mí opinión acerca de las afirmaciones que su autor pone de manifiesto, con alguna de las cuales estoy de acuerdo, otras no tanto, y algunas con las cuales discrepo totalmente.

Ello no quiere decir, o al menos es lo que me gustaría que quedara claro, que las palabras que yo vierta aquí tengan la verdad absoluta, sino que simplemente son opiniones personales, motivadas precisamente por el gusto o por otra forma de pensar. Y, haciendo uso de nuevo de nuestro refranero ya se sabe que “para gustos, los colores”.

Los grandes tenores y el fenómeno Jonas Kaufmann

 

En los últimos años, nos acostumbramos a pensar y creer que los mejores tenores del mundo eran la trilogía Pavarotti-Carreras-Domingo.

La verdad es que el marketing hace mucho y hasta hoy, la sola venida a Chile de Plácido Domingo causó locura y aglomeraciones por verlo actuar.

Curiosamente, cuando los medios y la gente se preguntaba cuál de los tres tenores es mejor, generalmente Pavarotti ganaba.

Sin embargo, en círculos de entendidos operáticos, el que ganaba era Carreras, puesto que a pesar de que su carrera fue corta y su voz no duró mucho, fue el más intenso, el más perfecto en la interpretación de roles.

Pavarotti, por su parte, aportaba con su bella voz, pero aparte de un puñado de roles en los cuales su creación era perfecta, el resto de los que interpretaba, no eran acabados y sólo destacaba por su bellísima voz.

Carreras en cambio fue un actor innato, poseedor de la más bella voz al inicio de su carrera y por falta de inteligencia y prudencia, la estropeó abordando roles que no le correspondían.

El caso de Plácido Domingo es distinto. Nunca tuvo una bella voz al nivel de los otros dos. Sin embargo, es el más inteligente, el que abordó muy correctamente una infinidad de roles –y lo sigue haciendo ahora como barítono- con una entrega muy pareja.

No podríamos decir de Domingo que destacó especialmente en un rol, puesto que cantó de todo y todo lo hizo bien, salvo ahora como barítono que resulta lamentable, ya que su inteligencia no le alcanzó para retirarse en gloria y majestad y lo vemos tratando de aferrarse a los escenarios dando un mediocre espectáculo, lejos de lo que en su gloria logró.

En la época en que brillaban los tres tenores, existía un cuarto tenor que no andaba en giras ni hacía espectáculos mezclados de ópera y música popular, era Alfredo Kraus, español, poseedor de la voz y la escuela más perfecta hasta entonces. Su inteligencia era superior y sólo abordó roles que le permitieron cantar en perfectas condiciones su difícil repertorio de tenor lírico hasta el dia de su muerte en 1999.

Si juntamos a los tres tenores, probablemente recién hagamos el peso a Kraus, muy superior a los tres por su maravillosa escuela que le permitió cantar en perfectas condiciones durante 50 años, por su entrega sobre los escenarios y su musicalidad a toda prueba.

Sin embargo, si Ud. le preguntaba al público masivo por Alfredo Kraus, pues nadie lo conocía, así es el marketing.

Si todo lo anterior lo dejó un poco perdido, pues ahora viene lo mejor, si juntamos a los tres tenores y a Alfredo Kraus, recién le podremos hacer el peso a la maravilla que actualmente brilla en el mundo de la ópera, Jonas Kaufmann, un alemán flaco y desgarbado que cuando se sube al escenario se transforma en el mejor tenor de las últimas décadas. Su voz es obscura y tiene tintes de nuestra gloria nacional Ramón Vinay. Sin embargo, aún no se atreve a cantar Otello, lo que demuestra su inteligencia infinita, puesto que está dispuesto además a cuidar su voz y no estropearla como Carreras. Curiosamente aún se mantiene cantando roles hechos para tenores más livianos, lo que hace que su voz no se destroce y por otro lado le agrega a sus roles esa morbidez y virilidad poco usual que ocasiona un timbre oscuro en un rol de tenor más liviano.

Como actor es por lejos el mejor que hayamos visto en la historia de la ópera visual. Cada rol que aborda es una nueva creación que echa por tierra todo lo que antes habíamos visto, además de bajar del trono a nuestros ídolos en determinados papeles.

El colmo ocurrió con la ópera Werther de Massenet, cetro indicutido de Alfredo Kraus, quien por más de 30 años fue el rey y re-creador del rol. Sin embargo, Kaufmann, en una función lo destronó. Quienes pudieron ver su Werther, no pudieron dejar de soltar algunas lágrimas.

Afortunadamente Kaufmann anda por los 40 años y le queda cuerda para rato, su repertorio es bastante amplio y va desde roles líricos, Mozart, Verdi y llega hasta Wagner y lo más increíble es que todo lo ha hecho con una perfección inigualable.

Sin duda que estamos ante el gran tenor del presente y del futuro, un verdadero re-creador del rol, algo así como fue la Callas en su época. Ella re-creó cada nuevo rol que abordó. Kaufmann es lo mismo, es un fenómeno poco usual, un gran artista que trae aires nuevos a la ópera y del cual seguiremos oyendo por muchos años más y que para desgracia de muchos, ha derribado los mitos de aquellos grandes cantantes de los últimos 60 años que hasta ahora eran los dioses arriba del pedestal

 

Empiezo por el principio y en el mismo orden que el autor sigue.

Luciano Pavarotti


 
 
Uno de los más grandes tenores italianos que ha dado la historia de la ópera. Poseedor de una voz bellísima y de una potencia insultante para el resto de mortales.
El gran Luciano fue uno de los integrantes del fenómeno “Tres Tenores”, pero recordemos que antes de unirse con los otros dos tenores españoles, Pavarotti era conocido a diestro y siniestro por todo el mundo.
Una gran campaña de marketing avaló y acabó de realzar, a mediados y finales de los 80, de una forma incisiva, una voz que llevaba muchos años de carrera.
La edición del “Tutto Pavarotti” por cuenta de su casa discográfica, la DECCA, acrecentó las arcas de la compañía y el bolsillo del italiano.
De aspecto sencillo, cordial, y siempre con su carismático pañuelo blanco en la mano, que abandonaría a finales de los años 90, Pavarotti y sus agentes supieron aprovechar el filón de la publicidad, convirtiéndole en uno de los más grandes. Tal fue el eco de este disco en el mercado que había gente que creía que su verdadero nombre era “Tutto” y no Luciano.
Pero sería injusto atribuir todos sus méritos a una simple operación de publicidad, porque Pavarotti poseía una voz de timbre bellísimo, que se identificaba nada más emitir las primeras notas. Con él y con sus interpretaciones siempre estaba uno tranquilo, sabías que siempre llegaba y llegaba bien, sin sufrir. Una garganta realmente privilegiada.
¿Supo Pavarotti escoger bien sus personajes?
Aquí ya se entra en el terreno movedizo de los gustos. Sus “fans” más fervientes responderían al unísono que sí (respuesta común aplicable a todas aquellas gentes que sienten especial predilección por un determinado intérprete, claro está).
Es difícil delimitarlo, pero sí hay algo que siempre he pensado de las interpretaciones de Pavarotti, sin quitarle méritos porque no sería justo cuando nos estamos refiriendo a una voz como la suya, es que nunca, y fuera con el rol que fuera, jamás logró aproximarse a la psicología del personaje.
Pavarotti siempre era Pavarotti y siempre sonaba a Pavarotti. Su Rodolfo de “La bohème” siempre era Pavarotti o su Radamés, o su Turiddu, o su Nemorino o tantos otros. Nunca supe ver en ellos a Radamés conductor de las tropas egipcias, o al visceral Turiddu o al inocente tontrrón de Nemorino.
Y no me estoy refiriendo, obviamente a nivel escénico, puesto que por todos es conocida la limitación de movimiento del cantante de Módena, sino a nivel expresivo.
Es cierto que lo “cortés no quita o valiente”, pero en mí opinión, que busco en la ópera infinidad de matices expresivos acorde con la personalidad del personaje interpretado, y que además esta expresividad va variando en función de la edad de su intérprete, nunca lo obtuve con él.
Pero es de justicia que me quite el sombrero ante semejante artista.

 

José Carreras



 
El más joven del trío. Dotado también de una voz bellísima y un exquisito gusto en cualquier estilo que haya abordado. Y para comprobar esto no es necesario rescatar alguna grabación operística de sus primeros años de carrera, basta con el simple hecho de escuchar una sencilla canción napolitana para darse cuenta de ello.
¿Cuándo empezó realmente el barcelonés a ser conocido?
Pues desgraciadamente, y a pesar de llevar bastantes años sobre los escenarios, Carreras pasó a ser famoso de la noche a la mañana cuando le diagnosticaron una leucemia a mediados de los años 80.
La enfermedad no hizo sino que acelerar el ocaso de una carrera, poco inteligente, que hacía años que ya acariciaba el declive vocal.
Un declive que vino al afrontar un repertorio no adecuado para su vocalidad, “Andrea Chénier”, “Radamés” o “Don Carlo” fueron algunos de sus verdugos, pero si alguien fue el impulsor de la caída, casi en picado de Carreras fue, en mí humilde opinión, Herbert Von Karajan, con el cual abordó alguno de los anteriores roles (recordemos el “Don Carlo” de Salzburg).
Mal consejero para el bello material que el joven Carreras poseía. Y ello, junto con la leucemia, y el inexorable paso de los años, dejaron a Carreras en el más flojo, vocalmente, de los Tres Tenores.
¿Era más bella la voz de Carreras que la de Pavarotti? Debemos recurrir otra vez al gusto personal de cada oyente. De lo que no hay duda es que, al igual que la de Pavarotti, la de Carreras fue también una de las más bonitas voces que ha dado España.

 

Plácido Domingo




Tenor, director de orquesta, padre de Operalia -uno de los más prestigiosos concursos internacionales de ópera- asesor artístico de teatros, y ahora, también, flirtea con el repertorio de barítono. Un artista con un curriculum de auténtico vértigo que llega hasta los 140 personajes y con unos números que jamás van a ser superados en el mundo de la ópera. La lista se ampliará en breve cuando debute en el Covent Garden con “Nabucco” y en el MET de Nueva York con el Giorgio Germont de “La Traviata”, ambas de Verdi y ambas tendrán cita durante el curso del mes de marzo.
Muy amado. Pero también muy criticado por su manera de hacer, por tocar una infinidad de teclas, pero todas bien tocadas. Gustará más o gustará menos, pero de lo que no hay duda es que el madrileño forma parte, desde hace ya muchos años, de la leyenda de la ópera.
Plácido Domingo ha sido un verdadero fenómeno musical y su insaciable curiosidad y gran capacidad de trabajo, hacen que, con 71 años siga aún en los escenarios y reclamado por los grandes coliseos operísticos. Algo sin parangón en el mundo de la ópera.
Pero como todo genio ha tenido – y sigue teniendo- muchos detractores, nunca voy a comprender por qué, entramos de nuevo claro está, en los gustos, pero si hay algo por lo cual no puedo pasar ni admitir es que se diga que su voz no es bella. Estoy absolutamente en desacuerdo con esta afirmación. Y para tener una muestra de ello, escuchen cualquier bolero que hay cantado, no es necesario recurrir a ningún personaje operístico suyo, observen la dicción, el fraseo, la expresión, y dejénse cautivar por la belleza única de su timbre. Este es un punto indiscutible.
Plácido goza, aún a su edad, de un timbre precioso, rico en centros donde la voz adquiere un color chocolate inigualable. Artista sensible y expresivo hasta lo insospechable ha sabido ganar la batalla a los años, y si bien, con el tiempo, la voz ha perdido aquella flexibilidad de los años 70, 80 y 90, la expresión continúa estando allí. Ésta unida a una excelente dicción en cualquier idioma que hay cantado hacen de él un caso único, irrepetible e incopiable en la ópera.
Dicen los expertos en la materia que Domingo lo ha abordado todo, pasando por todos o casi todos los estilos: tango, canción ranchera, boleros, copla, opereta, pop, ópera barroca, clásica, romántica, verista y contemporánea, y todo lo ha hecho bien.
 
En mí sincera opinión, algunos roles o estilos más que otros, pero la inteligencia y la sensibilidad del cantante le ha llevado a afrontar papeles, en primera instancia inadecuados a su vocalidad, cuyos resultados han sido gratamente extraordinarios.
 
Así pues puedo pensar en su “Werther”, en su “Elisir d´amore” o en su “Romeo y Julieta” o tantas otras, y basta tan solo tener ganas de hacer el experimento para gozar de tres grandísimas interpretaciones del madrileño, porque él se lleva la ópera a su terreno, juega sus cartas, aplica sus recursos, y el resultado siempre es óptimo.
Yo me he emocionado muchas veces escuchando su Romeo o su Werther, quizás un tanto alejados del estilo propiamente romántico, pero el poderío y la belleza de su voz, y el dominio del personaje es tal que estas nimiedades acabas dejándolas de lado para poder disfrutar de ese gran don que tiene: una bellísima voz y una expresividad innata que no se adquiere a base de experiencia, sino que se nace con ella.
 
Si comparamos a Plácido Domingo con Pavarotti o José Carreras, en el escenario, Domingo les gana por goleada, porque de los tres es el mejor actor. Además siempre le ha acompañado una buena presencia escénica (aunque hay tenido sus más y sus menos con la báscula).
 
Siempre habrá gente que no encuentre bella su voz. Pues una verdadera lástima para ese colectivo que se priva de gozar de las maravillosas grabaciones que nos lega.

 

 
Alfredo Kraus

 
 
 
 
Injustamente el gran tenor por muchos olvidado. El canario fue siempre un artista inteligente, cuya longeva carrera avaló este adjetivo.
 
Triste y prematuramente fallecido víctima de un cáncer, Kraus escogió un camino diferente al de los Tres Tenores, amaba la ópera dentro del teatro y así la defendía, aunque en alguna ocasión también se le vio cantar en espacios abiertos y multitudinarios.
 
La publicidad no fue una de sus prioridades y por ello no era demasiado conocido por la gran masa que se acerca a la ópera, pero sin embargo era y continúa siendo una de las voces más queridas y añoradas.
 
De una técnica perfecta y sin mácula, mucho más que la de los Tres Tenores juntos, y dotado, como decía de gran inteligencia, el maestro canario paseó su voz por todos los escenarios más importantes y siempre con los mismos personajes. Si tuvo ofertas tentadoras para abordar roles inadecuados tuvo la suficiente frialdad y cabeza para rechazarlas en pro de su salud vocal, y el resultado fue el que todos sabemos.
 
Se le acusaba de ser un cantante frío interpretando. Frío para quienes no conocían o amaban o comprendían su manera de cantar, pero lo cierto es que fue un tenor de expresión infinitiva con el cual o conectabas de entrada o era muy difícil hacerlo a posteriori.
El timbre de su voz, quizás la parte más discutible de su vocalidad, pues no poseía gran belleza pero si que gozaba de una perfecta dicción -en todos los idiomas, sobretodo en francés- y una sensible expresión acallaban y suplían, sin lugar a dudas, este punto de inflexión.
 
Al igual que Domingo, fue un tenor muy querido fervientemente por sus más radicales admiradores, pero a la vez muy criticado, por esas ideas tan conservadoras acerca de la ópera, las cuales mantuvo y defendió hasta el día de su muerte.
 
Encuestas y popularidad
¿Que si a pie de calle se hubiera preguntado a la gente por el nombre de un tenor hubiera ganado Pavarotti? Pues probablemente daría la razón al Sr. Francisco Javier Bernales, no me cabe la menor duda.
 
Si la pregunta se hubiera hecho en Italia, pues tampoco me sorprendería. Pero lo realmente grave del asunto es que si esa misma cuestión se hubiera formulado en España y el ganador hubiera sido el italiano, me parecería preocupante.
 
¿Quién era el mejor de todos?
 
¿El que era más popular? ¿El que tenía una mejor campaña de marketing? Si era así, ¿dónde queda el artista, en qué plano queda la voz y el talento?. En los teatros, me imagino.
 
¿Realmente es adecuado el calificativo de “el mejor”? Siempre tenemos tendencia a etiquetar, pero de este escrito creo que puede desprenderse que el mejor no existe, va a gustos personales, todos tienen virtudes y todos defectos, por lo tanto lo mejor es gozar de toda esta variedad de voces que la naturaleza nos ha brindado.

 

Jonas Kaufmann

 
 
 
 
El tenor bávaro es, actualmente, el más emergente tenor en el mundo de la ópera, aunque de todas maneras, y a pesar de que el artículo no lo cite, me gustaría, porque es de justicia, nombrar también al tenor francés Roberto Alagna, que aventaja al alemán en unos cuantos años de edad y de carrera. Ambos pues, hoy en día, y con el permiso aún a estas alturas de Don Plácido, son los que cortan y reparten el pastel operísticamente hablando.
 
Intentar comparar a Kaufmann con 4 gigantes de la ópera me parece bastante osado, pero si que es cierto que tiene características comunes con todos ellos, que hacen de Kaufmann un artista interesante que despierta pasiones allí donde va y contribuye a dar continuidad a la cuerda de tenor, de tenores buenos, que en los tiempos que corren, la escasez de ellos es realmente abundante.
 
Kaufmann es un cantante inteligente, lo ha demostrado. Hace muchos años que canta, pero su nombre se ha conocido como aquel que dice de forma reciente. Es un artista que ha se ha formado en teatros alemanes y concretamente fue en Zürich donde el cantante fue adquiriendo experiencia y estrenando roles que a día de hoy pasea con absoluto descaro por los más grandes teatros.
 
Su voz, en la primera escucha, no es atractiva al oído, es más, choca escuchar un tenor con unas notas tan oscuras en el centro, pero sus brillantes e incisivos agudos descentran al oyente que se acerca a él por primera vez. ¿Es barítono? ¿Es tenor? ¿Qué es exactamente?
 
Kaufmann es un tenor de una voz con timbre oscuro, pero dotada de flexibilidad y de contención cuando el personaje lo requiere, por ello, se permite el lujo de apianar la voz casi hasta lo inaudible para regresar de nuevo a toda potencia. Sin duda el efecto es atronador.
 
Otra de sus bazas principales es la expresividad, en cualquiera de los idiomas que cante, especialmente, a mi gusto, mucho mejor en francés que en italiano, basta con ver su genial “Werther” grabado durante enero de 2010 para darse cuenta de ello y además es un buen actor, sensible al gesto y a la palabra.
 
Que nos encontramos ante un gran tenor, no me cabe la menor duda. Estamos ante el prototipo del tenor moderno que viste de “sport” y que ha enterrado el traje y la corbata. Los tiempos han cambiado, las modas han cambiado, los divos (palabra que no me gusta en absoluto) se han humanizado.
 
Sólo espero que tenga la suficiente inteligencia para digerir la fama para mantenerse en este mundo, que no es fácil. Y hasta ahora, inteligencia no le ha faltado.
 
 
 
 
 
 

lunes, 5 de noviembre de 2012

Floja "Tosca" en Sabadell

 
 
 
 
Oh Scarpia, avanti a Dio!!
 
Con esta última frase y con la orquesta ahogando los últimos compases de la obra, Floria Tosca, descubre el engaño del barón Scarpia y termina la celebérrima ópera del compositor Giacomo Puccini mientras ella se arroja desde el Castel Sant´Angelo de Roma. Scarpia ha ganado la partida.
 
Precisamente, “Tosca” era el título con el cual quedaba inaugurada el pasado día 31 de octubre la presente temporada de ópera en nuestra ciudad, el primero de los tres títulos operísticos que se representarán en esta temporada, a parte de la esperada tercera edición del Concierto Homenaje a la Zarzuela, que viene a sustituir la zarzuela representada con la que la A.A.O.S empezó a hacer hueco en las temporadas sabadellenses al tan, por mí querido, género español.
A pesar de ser un domingo por la tarde y del atractivo que tiene esta ópera para todos los aficionados, el Teatre de La Faràndula no presentaba un lleno total a pesar de que desde la A.A.O.S se ha asumido el incremento del IVA y no se ha tocado el precio de las entradas que ya se había fijado en el mes de julio.
 
 
Escenografía y dirección de escena
 
El presupuesto es reducido, conscientes somos de ello, y los medios son los que son y se aprovechan casi siempre bien gracias a la inteligencia de CARLES ORTIZ y JORDI GALOBART, aunque no siempre se consiga el efecto deseado.
Aún tengo en mente la genial “Aida” que montaron en febrero del año pasado y ante la cual, continúo sacándome el sombrero.
 
Con algún que otro elemento reciclado de otros montajes, se presentó una “Tosca” completamente de corto clásico, muy a mí gusto, donde todo, acción y libreto, debe cuadrar al céntimo con lo que se ve encima del escenario. El vestuario también, acorde, recurría al tópico “los de blanco son los buenos” y “los de negro son los malos”, colores que se rompen tan solo con el vestido de fiesta de color rojo que Tosca luce en el segundo y tercer acto.
Por lo tanto, en este sentido, no se puede pedir más.
 
Bien resuelto el primer acto que sitúa la acción dentro de la iglesia de Sant´Andrea della Valle, con un gran cuadro de María Magdalena que pinta Cavaradossi, y menos acertada la puerta de la Capilla de la Marquesa Attavanti.
 
Sin lugar a dudas, el segundo acto fue el más lucido escenográficamente hablando. Varios elementos sin cargar el escenario y los justos para imaginar el acogedor salón donde Scarpia urde su trama para gozar de los favores de Tosca y eliminar, de paso, a Cavaradosi.
 
El tercer acto, que se desarrolla en la terraza del Castel Sant´Angelo, fue quizás el menos espectacular y sin el ángel que amenaza con su espada, pero no hubo nada en él que rozara la incoherencia.
 
Si bien la escena funcionó, no puedo decir lo mismo acerca de la dirección de escena en la que se palpaba la fría relación entre la pareja protagonista. Tosca y Cavaradossi son amantes, no debemos olvidar esta premisa, así es que lo lógico es que haya un juego cariñoso entre ambos en el primer acto. Sé que es muy difícil concentrarse en el canto y actuar a la vez, pero cuando estás acostumbrada a ver tanta realidad entre la pareja protagonista, cuando has visto tanta química entre tenor y soprano, resulta notorio frío y decepcionante encontrar que no hay ni una pizca de chispa en su interpretación.
En esta ocasión, creo que la tripleta central Cavaradossi-Tosca-Scarpia no estuvo, escénicamente, bien dirigida: ni Cavaradossi tenía ni tan siquiera carácter para aguantar el peso de su relación con Tosca, ni ésta jugueteaba a su antojo con el pintor creyéndose que él simplemente es un títere en sus manos, ni Scarpia fue el malo malísimo de la tarde que todos esperamos.
 
Y lo que para mí es más grave es precisamente que Scarpia en ningún momento de la ópera produjera al espectador asco o terror, puesto que el personaje dibujado ayer por la tarde era de la de un señor bonachón con el cual te irías a cenar, porque no cae mal, porque no es lascivo ni cruel en ningún momento.
 
Por esto creo que CARLES ORTIZ, el director de escena, debió haber perfilado mucho más la personalidad y psicología de cada uno de ellos.
 
Y no solamente debió haber cuidado esto, sino también pequeños detalles de escena que, cuando te encuentras con voces sumamente extraordinarias, estas nimiedades carecen de importancia porque los cantantes hacen llegar al público la magia de su interpretación, pero cuando éstos no logran este efecto, todo, absolutamente todo, adquiere relevancia.
 
Detalles como hacer escapar a Cavaradossi y Angelotti por la capilla de la Marquesa Attavanti y dejar la puerta cerrada no hace sino que contravenir el propio libreto, porque el Sacristán, sorprendido, observa que la capilla está abierta: “Aperta!!! Arcangeli… È un’altra chiave” dice su personaje, pero sin embargo, Cavaradossi en su fuga con Angelotti, la deja cerrada, y si estuviera cerrada, no sería motivo de sorpresa para él.
 
 
 
Dirección musical
 
Pequeñeces, las anteriores, que malbaratan una gran ópera como es la “Tosca”, pero lo peor es observar cómo el personaje se prepara para reaccionar ante una determinada palabra o ante un determinado momento musical, porque está esperando siempre a la orquesta, y no al revés.
 
La orquesta siempre debe de estar al servicio del cantante y no al revés. No me cansaré nunca de decirlo, la orquesta acompaña al intérprete y el director debe ser consciente de ello. Nunca puede primar su protagonismo en detrimento del cantante. Es la orquesta quien debe esperar y mimar al cantante.
 
Ello produjo que en muchas ocasiones el cantante, ante los ojos del público, preparara la reacción ante su siguiente frase musical, precisamente porque estaba esperando a que la orquesta acabara de lucirse en algún compás.  Y el efecto resultó feo, y más en una ópera como “Tosca”, una de las reinas del verismo, en la que el gesto es importante, pero siempre tiene que parecer espontáneo ante un determinado compás, ante un determinado “leitmotive” o ante una determinada palabra.
Al revés no puede funcionar porque se palpa la artificialidad del teatro y no la naturalidad.
 
Por ello, y porque la orquesta sonaba atronadora sobretodo en la parte del metal, no me gustó la dirección del maestro GIL DE TEJADA, el cual alargó y ralentizó a la Simfònica del Vallès de manera descarada en el momento en que Scarpia entra en la capilla de la Marquesa Attavanti y encuentra el abanico con el cual inducirá la, de su ya por sí celosía, a Floria Tosca.
Estas alargadas, y otras durante la función, hacían notorios los silencios de los intérpretes, y no hacían sino que afear la expresividad del cantante.
Quizás el maestro Gil de Tejada tenía motivo para hacerlo, y lo desconozco, pero no me gustó.
 
El verismo se canta, sí, pero lo que se canta es como si se estuviera hablando, y alguien que está teniendo una conversación resolutiva no hace estas largas pausas.
 
 
Los intérpretes
 
El papel protagonista y que da título a la ópera fue encarnado por la soprano madrileña SAIOA HERNÁNDEZ, habitual de la casa desde hace ya algunos años, y que se va reafirmando como una soprano de gran carácter.
Tiene voz, agudos y centro, y Tosca es un personaje difícil y lleno de matices. Reprocharle quizás tanta seriedad en su personaje, era una Tosca que no se relajaba ni en los momentos en que debe juguetear con Cavaradossi, pero lo cierto es que es una voz importante y de efecto, sobretodo cuando de los extremos agudos pasa a la zona central.
Estoy segura que a medida que vaya rodando el personaje puede llegar a ser una gran Tosca, y en la función de ayer por la tarde, fue muy regular en su interpretación.
 
Con Saioa sabes que ascenderá al agudo, y que lo hará sin problema, pero hay más cosas además del agudo: está la expresividad, los matices, el saber respirar donde se debe y no cuando se quiere, temas todos ellos a corregir y que, a pesar de ello, visto el resto de la representación y los aplausos del público, Saioa, junto al Scarpia del barítono Ismael Pons, fueron los triunfadores de la tarde.
 
 
Sin duda ayer no fue el día del tenor JAVIER AGULLÓ, con una voz completamente nasal hasta el hastío del oyente, insegura en la zona aguda y para nada interesante en el centro que sonaba, siempre, valga la redundancia nasal.
Pasó muchos apuros en el primer acto, sobretodo en el temido “La vita mi costasse, vi salverò” en la que se hizo patente lo que se adivinaba ya en el aria “Recondita armonia” y el subsiguiente dueto con Tosca.
Más enérgica fue su “Vittoria, Vittoria” en el segundo acto, pues había podido reposar ya la voz, pero todos los problemas que ya habían aparecido en el primer acto, como fiato al límite e inseguridad en los agudos, y notas casi rascadas rozando la afonía volvieron a manifestarse en el tercer acto, en el que cantó un discreto “E lucevan le stelle” y dueto final con Tosca.
 
No sé si cantaba resfriado o qué le pasaba, pero lo cierto, es que de las tres veces que le he escuchado (Madame Butterfly y Los cuentos de Hoffmann) es en la representación en que ha estado peor, y sinceramente desde la A.A.O.S deberían plantearse si es una voz adecuada para presentarlo ante el público de Sabadell y del resto de localidades catalanas en que se representará esta Tosca.
 
 
ISMAEL PONS, cumplió como siempre con su cometido. No posee una voz de timbre bellísimo, pero es un cantante solvente y sabes exactamente lo que dará y lo que puedes esperar de él.
En algún momento, y no es solamente en el caso de Pons, sino con el resto de intérpretes, el gran volumen de la Orquesta Simfònica del Vallès velaba las voces de los cantantes, haciéndoles, casi inaudibles en las primeras filas de platea.
Lo único que debo reprochar a Pons es la caracterización del personaje, pero esto es cuestión de una mala dirección de escena y de profundización del personaje.
Me gustaría destacar, de los personajes secundarios, especialmente la intervención de XAVIER AGUILAR una voz a seguir que dotó de la gracia a un personaje como es el Sacristán, y lo hizo a la antigua usanza, con un ligero toque de comicidad que hace simpático a este entrañable papel. El público sabadellense lo recompensó con un gran número de aplausos, que compartió con Saioa Hernández e Ismael Pons.
 
 
En definitiva una flojísima tarde de ópera en Sabadell, en medio del dulce momento por el cual atravesaba la A.A.O.S. Una piedra en el camino para ellos que les obligará a ponerse rápidamente las pilas, a reflexionar, a trabajar y a cuidar una infinidad de detalles para que en “Nabucco”, que se representará en febrero, salgo todo redondo.