lunes, 25 de junio de 2012

Los Tres Tenores



No me queda la menor duda de que ellos son conscientes. No sé hasta qué punto, pero, cuando aquel 7 de julio de 1990, José Carreras, Plácido Domingo y Luciano Pavarotti unieron sus voces en las romanas Termas de Caracalla, el mundo de la ópera dio un giro de 360 grados.

Nunca antes un acontecimiento operístico había tenido la repercusión que tuvo el laureado concierto en el que, por primera vez en la historia de la lírica, tres voces de tenor se juntaban al unísono y elevaban sus voces hasta lo más alto, y si nos hubiéramos encontrado en la época de pleno apogeo del Imperio Romano, los Dioses, podemos estar seguro de ello, hubieran bendecido aquel encuentro.

Ellos cambiaron el mundo de la ópera presentando un espectáculo para una gran cantidad de público, y rompieron con el tópico de que la ópera lo es solamente para algunos pocos afortunados que pueden permitirse el lujo de pagar precios desorbitados para escuchar las voces que, por un breve espacio de tiempo, hacen que nos estremezcamos y olvidemos nuestros problemas cotidianos.

Esas gargantas, cuyas cuerdas vocales Dios se las besó cuando nacieron, marcaron el inicio de una nueva generación operística: la de “los Tres Tenores”.



La generación de los Tres Tenores
Muchos de nosotros éramos niños cuando este póquer de tenores entró en nuestras vidas. Con fuerza, con pasión, con ilusión, con música. En definitiva, con ópera.

Con sus voces en plenitud de facultades, las ruinas romanas temblaron de miedo cuando aquellos tres hombres, enfundados en sus elegantes fracs, emitieron las primeras notas.

Y es que cómo dice el famoso bolero: “Pasarán más de mil años, muchos más…” y éstas aún se tenderán en pie, se recordarán como los baños romanos más grandes y modernos de la milenaria y antigua Roma pero también como la cuna del nacimiento de un fenómeno cultural y operístico sin precedentes.

Estoy segura que si antes del inicio del concierto se hubiera preguntado a cada uno de los tenores si esperaban el fenómeno mediático en el que se iban a convertir, la respuesta hubiera sido, con toda probabilidad, un rotundo no.

Nadie, ni ellos mismos, podían imaginar que el disco del concierto (que se editó también en las ya difíciles de conseguir, cintas de casette) y su correspondiente VHS vendería más de 20 millones de copias en todo el mundo, una cifra del todo insólita y a la par infrecuente en el mundo de la ópera. Nunca jamás la ópera había llegado a cotas tan altas y con tanta excelsitud, y lo más sorprendente es que, casi 22 años después, el concierto se sigue vendiendo y conservando intacta toda su frescura.

Un acontecimiento único e irrepetible, puesto que los conciertos posteriores y las denominada “Gira de los Tres Tenores”, llenaron estadios y elevaron a las casas discográficas a los más altos rankings de venta, pero en ningún caso, lograron “destronar” al primer triunvirato.

Ni en Los Ángeles (1994), ni tan siquiera en París (1998) a los pies de un marco tan inmejorable como es la Torre Eiffel se coció lo que se estaba cocinando en las ruinas de Caracalla. Aquello fue algo irrepetible. Mágico.




A capa y espada

¿Cómo podría yo despreciar o criticar a quienes me han alimentado musicalmente en los últimos 22 años?

Se habló de “fenómeno de masas”, de que lo que hacían “no era ópera”… ¿A no? ¿No era un concierto de arias de ópera con un tono más desenfadado como entrante a la final del Mundial de Italia ´90? “Oh Paradis”, “Recondita Armonia”, “L´improvviso”, “E lucevan le stelle” o el “Nessun dorma”, ¿no son arias de ópera? ¿Pues entonces, qué son?

Si tenemos que entender y analizar ,a estas alturas, la ópera encuadrada únicamente dentro de las paredes del Metropolitan o del Liceu, estamos apañados. ¿Emociona más escuchar la “Tosca” en la Scala de Milán que a Plácido Domingo cantando “E lucevan le stelle” bajo las estrellas del cielo romano, en la ciudad donde, precisamente se desarrolla esta ópera?

Es sin duda cuestión de sensibilidad.

Está claro y demostrado que uno puede emocionarse con las dos propuestas, y la una no debe, o no tiene porque quitar a la otra. Ahora quizás estemos más acostumbrados con el tema, y no nos parece una cosa tan horrorosa, pero la diferenciación entre ópera y ÓPERA en los años 90 dio mucho de sí, y ríos y ríos de tinta en los periódicos e intercambios de variopintas opiniones entre diferentes personalidades del “mundillo” palabras que encendieron gran cantidad de piras, pero la balanza se ha inclinado, con el tiempo hacia ellos tres, han tenido más peso, y el fenómeno “Tres Tenores” está, aun a día de hoy, muy presente en la lírica hasta el punto que no puede entenderse la ópera sin hacer mención a ellos.

Y por qué no añadirlo también, que se les echa de menos.

Y retomando las palabras que dan título a este separador, yo me siento en el compromiso vocal de bendecir y defender, bajo cualquier concepto, a los Tres Tenores en pro del arte, de la cultura y sobretodo de la ópera.

¿Cuántos de nosotros la viviríamos tan intensamente si no les hubiéramos conocido, si no les hubiéramos escuchado y si no se hubieran unido?

¿Nos podemos imaginar el mundo de la ópera sin el fenómeno Tres Tenores? Para la generación de aficionados surgida post-Caracalla se nos hace difícil, ¿verdad?

Es cierto que se les achacó su afán de enriquecimiento personal por encima de contribuir, o, cómo se decía en aquellos entonces, de “popularizar” y acercar la ópera al gran público.

Ellos defendieron siempre lo segundo.

Se les criticó por sus elevados y desorbitantes cachés que contenían muchos ceros a la derecha, pero nadie se paró a pensar que tras esos tres hombres había una gran familia y gran despliegue de gente anónima que trabajaba mucho para que todo estuviera dispuesto. Gentes a las cuales no les faltó trabajo mientras duró su “Gira” y por no hablar de las ciudades organizadoras, con cuya afluencia de turistas y de “viejos” y “nuevos” melómanos que acudían desde los lugares más remotos del planeta para escuchar aquellas privilegiadas voces, dejaron un buen fajo de dinero en las arcas de esas ciudades, entre ellas Barcelona en 1997 y Madrid en 1998.




22 años después

¿Tendría hoy en día la repercusión qué tuvo? Lo dudo.

En un momento en que la tecnología nos invade por doquier, la ópera se convierte en un acto más superfluo. Tenemos tanto acceso a ella en la propia red que hay gente que olvida la magia de la música y no todo el mundo la espera con la misma ilusión.

Pero no puedo darle toda la culpa a la tecnología, sería totalmente injusto. Que el mundo de la ópera ha cambiado, a la vista está, y que las voces y la interpretación han cambiado, sobra la aclaración.

Me temo que la gloria alcanzada por aquellos tres hombres, que recordemos, ya eran famosos y grandes figuras de la lírica antes de unirse en Roma, no se volverá a repetir jamás.

Ellos estaban en el momento adecuado, en el año adecuado allí, en una noche mágica como no podía ser de otra manera en la ciudad eterna.

Todo lo posterior no podrá compararse con ellos. Nunca.

martes, 19 de junio de 2012

Escalofríos en verano

Es verdad. Oficialmente el verano aún no está aquí, pero el calor acecha ya desde hace algunos días con algún episodio de nubes que no hacen sino que aportar más calor y desestabilidad en nuestros cuerpos.
¿Se pueden tener escalofríos en verano? Dependerá de cada persona, es evidente, pero yo sí tengo.


¿El culpable? Pues la voz de este Sr.


¿La ópera? Una de mís preferidas sin duda: “Manon Lescaut”… y es que quien puede resistirse ante un dúo tan bien cantado y una orquesta tan brillante de sonido como el que consigue el tristemente fallecido Gisuseppe Sinopoli…


Qué voz, qué pasión, qué timbre más bello. Plácido Domingo en estado puro. Y son estas óperas, mís reliquias grabadas hace 20 años las que continúan emocionándome, aún más, que el primer día, porque ahora, como decía 20 años después, puedo disfrutarlas y apreciarlas mejor que cuando me introduje en el maravilloso mundo de la ópera.


domingo, 10 de junio de 2012

La tercera juventud de Plácido Domingo

Decía en el anterior post que grácias su legado discográfico y audiovisual, Plácido Domingo será siempre eternamente joven.

Allí, en las estanterías, armarios y cajas de nuestras casas, las grabaciones acumuladas del madrileño nos permitirán gozarle una y otra vez, haciéndole para siempre inmortal, que ya lo es, en el mundo de la ópera.



Hablar a estas alturas de su figura y enumerar sus muchas virtudes, y sus también defectos, es algo que no aportaría nada al lector que se acerque a este rincón que dedico a su figura.

Sin lugar a dudas, Plácido es un ejemplo a seguir para todos los cantantes y dudo que haya alguien en el mundo de la ópera que llegue a hacer la mitad de lo que Domingo ha hecho en todos estos años encima de un escenario.


Y Plácido se mantiene fresco, activo, ilusionado y con un entusiamo digno de envidia por cualquier humano. Un fenómeno sobrenatural, irrepetible.

Ya lo dijo hace muchos años Birgitt Nilson “Dios tuvo un día inspirado cuando creó a Plácido Domingo”, y con esta afirmación, señoras y señores está todo dicho.



Quien diría, viendo este vídeo grabado a principios de junio de este año en la Arena de Verona que nuestro tenor más universal lleva a sus espaldas 71 años. ¿Increíble verdad? Parece un chaval encima del escenario.
Más delgado y con este traje negro que estiliza su figura, Plácido continúa siendo la pesadilla de muchos tenores.

Siempre hemos dicho, y no hace tanto de ello, que al igual que Faust en la ópera homónima de Gounod, Plácido había hecho un pacto con el diablo para mantener su voz fresca y su timbre bello e inconfundible por propia naturaleza.
El pacto con el propio Satán no ha expirado aún sin duda, a la vista está, porque Domingo vive ahora su tercera juventud.  Basta ver este vídeo y comprobarlo.

Sí señor. 71 años cumplidos y excelentemente llevados, y a pesar de su edad sigue siendo el que más me emociona de todos.

¡Grácias Maestro!

sábado, 9 de junio de 2012

Plácido Domingo, padre

Nuestros oídos se han acostumbrado a escucharle de barítono, y nuestros ojos a verle como padre.
Aquél que en su día fue el impetuoso y amante héroe, ahora es el apacible y amoroso padre. Pero por fortuna nuestra, y gracias a la magia de los soportes audiovisuales y a la tecnología, Plácido Domingo será siempre eternamente joven. Por años que cumpla. Por años que pasen.

Repasando, a estas alturas de su carrera un poco lo que nos ha venido ofreciendo en los últimos años, nos damos cuenta que precisamente el role de padre está cada día más presente en su agenda.
El pistoletazo de salida fue con “El primer emperador” de la cual poco puedo hablar por desconocimiento de la obra, y quizás me deje alguna de por medio, pero si hay alguna ópera donde el papel de padre cobre especial interés, estas son sin duda “Rigoletto” y “Simon Boccanegra”.
Mientras que la primera nos muestra a un padre protector por encima de todo, en “Simon” nos presenta a un personaje con ecos de guerrero, más tortuoso y complicado que el primero.
Con 71 años nadie duda de ver reflejada, operísticamente hablando, la figura paterna en el tenor. Y Plácido Domingo ha sido inteligente en sus elecciones.
Se le puede criticar que las mismas sean o no acertadas. Siempre habrá el que diga que su voz no se adecúa a estos roles baritonales, porque la voz de tenor está fresca y presente aún en su adorable timbre, pero aún así, lo que importa es el grado de sensibilidad, de expresión y credibilidad que otorga, en sus actuaciones, a cada uno de sus personajes, independientemente de todos los cánones operísticos fijados y toda clase de estereotipos.
Basta con escuchar la segunda escena del primer acto de “Rigoletto” y comprobarlo. La carne de gallina no me abandona en los 20 minutos que puede durar su dúo con Gilda. Realmente brutal el grado de expresión que logra. Único.
Con Simon es diferente, sí, es padre, pero en el enfoque de su personaje encuentro reminiscencias de su “Otello”. Su “Moro de Venecia” supura en la piel de Simon, pero el héroe veneciano de antaño tiene ya las sienes plateadas, y su ímpetu e impulso han dado paso a un sosegado Doge que consigue estremecerte en la escena final de su muerte, al igual que años ha, hiciera con su “Otello”.
Pero sin duda lo más soprendente es escucharle en su todos aquellos pasajes baritonales, preciosos de origen, que me fascinaban en las voces de barítono y que siempre pensé, qué lástima que Plácido no sea barítono porque me encantaría escucharlo en su voz.

La magia del cine
En este momento, me viene a la mente una escena de “Un americano en París”, en la que el músico amigo de Gene Kelly sueña despierto que, en una sala de conciertos, él es quien toca el piano, quien dirige, quien toca el violín… todo absolutamente todo lo hace él.
Bien, el caso de Domingo no es exactamente así, pero no deja de tener quizás un cierto paralelismo.
Tenor y barítono en una misma obra. Ello solo sería posible en el cine… pero en la ópera filmada, dicha circunstancia ya se dio aquí:

Realmente impresionante y divertido.
Y todo ello viene a caso a partir de un concierto que escuhé en el que Plácido, junto a la soprano Sondra Radvanovsky interpretaba el dueto del 4º acto de “Il Trovatore” dando vida al malvado Conde de Luna.
Este dueto es uno de mís preferidos de la obra, y aún estoy con la boca abierta, sorprendida de habérselo escuchado y tan en buena forma. Sin duda, Plácido Domingo, nunca dejará de sorprendernos.
Este es el vídeo del concierto íntegro. Disfrutadlo tanto como he hecho yo.

jueves, 7 de junio de 2012

¡Feliz cumpleaños, Roberto!



El tenor francés cumple hoy 49 años.

Y pensar que hace tan solo tres días que ha recibido el caluroso y efectivo aplauso del público barcelonés por su interpretación del personaje de Maurizio en la ópera “Adriana Lecouvreur”...
Se le espera con ganas otra vez en Barcelona...
¡Muchas felicidades!


martes, 5 de junio de 2012

Giusto ciel ! Qué Adriana en el Liceu...

Adriana está de moda. 
Esta ópera, injustamente olvidada, cuyo título es tan sugerente que rememora las viejas noches de gloria operística vividas en el teatro de las Ramblas, y para aquellos que, como yo, no las hemos vivido, nos ayuda a imaginar cómo deberían ser aquellas veladas.
“Adriana Lecouvreur” no se había representado en el Liceu desde 1989, y en parte poque es una obra que requiere cuatro grandes voces para dar vida a los cuatro personajes principales.
Sin duda, “Adriana Lecouvreur” es una perla que ha quedado enterrada en el fondo de un cofre durante muchos años, y que, afortunadamente, parece que va asomando la cabeza en los grandes teatros.
Desde principios de mayo se ha desempolvado esta ópera de Cilea en Barcelona, y los amantes del verismo y de las buenas voces hemos ido desfilando a lo largo de este mes, concluyendo precisamente, el domingo por la tarde, toda la serie de representaciones que los tres repartos alternativos nos han ido ofreciendo.
Cuando se tiene en mente un título grande como lo es el citado, tienes realmente unas expectativas: tan solo su nombre ya nos da una pista de obra de gran repertorio, olvidada, pero que en el corazón de los aficionados está presente. Son títulos, y “Adriana” es uno de ellos, de los cuales hay ganas de gozar y ver en directo, precisamente por su escasa divulgación en los teatros pero también por el bajo número de grabaciones oficiales existentes.

 La producción, co-producción realmente, del Liceu, de la Staatsoper de Viena, de la Ópera de San Francisco, de la Ópera de París y de la Royal Opera House que se apreció ayer tarde fue estrenada en noviembre de 2010 en Londres con las sublimes voces de Angela Gheorghiu y Jonas Kaufmann en los papeles protagonistas, y de la cual acaba de salir a la venta un flamante DVD o Blu-Ray para gozar de una gran “Adriana” y hacerse a la idea de lo que se ha visto estos días en Barcelona.
He visto la citada grabación, varias veces, bueno, muchas veces para ser sincera, y lo primero que me chocó cuando se alzó el telón del Liceu fue el tamaño de la producción: si bien por la televisión me daba la sensación de una gran enormidad, la impresión que me llevé ayer tarde fue completamente diferente, pues encontré la escenografía pequeña, y si no me equivoco, comparándola con la del Covent Garden, los intérpretes cantaban mucho más adelante, lo cual no me disgustó en absoluto, pues me permitió ver perfectísimamente la cara de los intérpretes. Todo un lujo.
Creo que a estas alturas, no debo entrar en el análisis de la puesta en escena, por la mayoría conocida, pero sí que tengo que destacar algo negativo de la misma, ya que en el cuarto acto, mientras Adriana agoniza en los brazos de Mauricio se oye el ruido del teatro que está montado en el escenario y que va girando poco a poco, destrozando toda la escena final tan llena de dramatismo y distrayendo sin piedad a los oyentes concentrados en la música y completamente entregados a ella y a la historia que se nos cuenta. Realmente penoso.
Pero ello, a pesar de ser un problema técnico que hubiera podido solucionarse durante las representaciones que se han ido ofreciendo, no quita la magia vivida el domingo por la tarde.
De entrada destacar el trabajo de la Orquestra Simfònica del Liceu por el gran trabajo realizado en estas funciones.
Y el éxito de la orquesta se debe sin duda al gran trabajo del director italiano MAURIZIO BENINI, que propone una dirección italianísima de la ópera de Cilea desplegando un abanico de detalles que son difíciles de apreciar y de escuchar habitualmente en esta ópera.
Todo en su dirección rezumaba matices: qué gran tratamiento le da al arpa de la que se distingue el más mínimo detalle. El arpa, instrumento más propio de las óperas románticas, adquiere en este tejido musical verista un papel casi protagonista.
Benini pone la más pura pasión en el intermezzo del segundo acto, quizás una música más propia del genio de un Puccini (hay un momento que me recuerda al preludio del tercer acto de “Madame Butterfly) que de Cilea, cuya música es intermitente en la ópera, pero que pone toda su piel y sentimiento en todos los dúos y arias de los protagonistas principales, ello sin tener en cuenta el pequeño desliz en el tercer acto en forma de aria titulada “Il russo Mencikoff” que no aporta nada a la obra ni musical ni argumentalmente hablando.
Y el final del cuarto acto, la orquesta es casi un suspiro que acopaña la desgracia de Maurizio es un hilo de notas que se van desvaneciendo a medida que va bajando el telón, lástima que el mismo fuera interferido por el ruido del giro del teatrino del escenario.
De todas maneras, es un autentico lujo haber contado con la batuta de este gran director en el Liceu. Bravo merecidísimo para Maurizio Benini.
Su entrega fue además recompensada por el público hasta en dos ocasiones durante la representación obligando a levantar a la orquesta, por dos veces, por un lejano “bravo orquesta” en el inicio del tercer y cuarto acto.
En la ronda de aplausos el Liceu estalló de nuevo.


Los intérpretes principales
Qué difícil es, llegado a este punto, hacer una valoración de los cantantes sin caer en la tentación de compararlos con otros que has escuchado anteriormente. Ya lo dice el refrán, “las comparaciones son odiosas”, y en efecto, así es, pero es inevitable hacerlas. Aún así no quiero entrar en este juego e intentaré centrarme en lo que escuché a través de la radio, y sobretodo, el domingo por la tarde.
Si se me permite, me tomo la licencia de reservar mis comentarios acerca del tenor para el final.


El difícil “ròle” de Adriana Lecouvreur fue encomendado a la soprano milanesa BARBARA FRITTOLI.
La suya es una voz bastante robusta que sabe encontrar momentos de sutileza y contrastarlos con momentos más dramáticos, como demostró en el cuarto acto, donde su “Poveri fiori” fue escandalosamente aplaudido y con un “bravo” inicial que resonó en toda la sala.
Sin embargo, y aunque tiene una voz adecuada para este papel me da la sensación de que cuando la voz asciende a las notas más altas adolece un poco de “vibrato” que no hace sino que afear su proyección haciendo sonar su voz con un poco de estridencia.
Su aria de entrada, la bellísima “Io son l´umilie ancella” fue bien ejecutada y fue valedora de los primeros bravos de la tarde, aunque no fue nada antológica. Algo similar ocurría en sus dúos con Maurizio o con la Principessa, en los cuales quedaba un poco a segundo plano (opinión personal).
Donde realmente me gustó más fue en el recitado del tercer acto: “Giusto ciel, che feci in tal giorno”, un momento en que se permite a la soprano que se luzca hablando y no cantando, y ella lo hizo realmente muy bien, sin coquetear demasiado con el exagerado dramatismo y desespero que otras antecesoras suyas ponen de manifiesto en este momento. Realmente dio en ese instante una gran credibilidad como la actriz de teatro a la cual estaba dando vida.

El caso de JOAN PONS como Michonet es un punto y a parte. Hacía un par de años que no le escuchaba en directo y corroboré la sensación que en aquel entonces ya me dio: y es que – permitidme que acuda otra vez a nuestro prolijo refranero- pero debo decir que “quien tuvo… retuvo”.
Su voz ha perdido el esmalte que tenía y aunque cuando abre la boca y empieza a emitir notas, su inconfundible timbre continúas identificándolo, lo cierto es que la voz suena hueca, sin aquel terciopelo oscuro tan característico del barítono menorquín.
Su Michonet es serio y contenido y, aunque enamorado de Adriana, sus ojos y movimientos no delatan ese amor que sufre en silencio. ¿Tierno?, no, tampoco, pero si correctísimo en todas y cada una de sus intervenciones.
Además, el público del Liceu lo quiere. Y de qué modo. Quedó perfectamente demostrado en los aplausos finales.


Objeto de numerosos bravos y griterío desenfrenado fue la reacción del público barcelonés cuando la mezzosoprano DOLORA ZAJICK salió a recibir sus más que merecidos aplausos.
Era la primera vez que le escuchaba en directo y me hacía particular ilusión. La conocí gracias a un video de “Aida” grabado en el Metropolitan de finales de los años ’80 en el que compartía reparto con Plácido Domingo, Aprile Millo y Sherril Milnes. Y me entusiasmó aquel poderío vocal que exhibe y sus grandes dotes dramáticas junto con la capacidad de combinar, en un mismo fragmento, notas agudas para regresar a las tan bien ejecutadas notas bajas. En fin, para mí fue un gran descubrimiento de una cantante que me ha acompañado a lo largo de todos estos años que llevo escuchando ópera. Y por esto tenía especial interés en escucharla en vivo.
Lástima que el papel de la Principessa de Bouillon no es lo suficientemente largo, pero bastaron tan solo dos palabras, dos únicas palabras para que me pusiera la carne de gallina: “Acerba voluntà”. Todos sus recursos, todo su portentosidad vocal estaban puestas en ellas, y eso tan solo era el principio. Faltaba aún el dueto con Maurizio y el final del acto con Adriana, donde la Principessa despliega toda su furia con la que ya ha descubierto que es la nueva amante de Maurizio.
Dolora Zajick estuvo a la altura de mis expectativas y no me defraudó en absoluto: genio y temperamento brutales en su enfrentamiento al final del segundo acto con Adriana, y aunque no dotó su dúo con Maurizio de elegancia propia de una mujer de alta alcúrnia, su intervención fue extraordinaria.
Quizás lo único que le podría reprochar es una dicción pésima en la que apenas se distinguían las palabras si no fuera porque conozco bien el papel. Pero aún así, qué gran cantante. Toda una leyenda pisando el escenario del Liceu.


Il gran Maurizio, voi?

ROBERTO ALAGNA. Creo que tan solo escribiendo su nombre ya es aval suficiente y sinónimo de garantía y de gran tarde operística.
Sin duda el tenor francés está en un momento muy dulce de su carrera, y eso nadie lo puede poner en duda.
Su timbre bellísimo está. Y de qué manera. Profeso que soy una de sus muchísmas admiradoras, desde hace mucho tiempo, desde mediados de los años ’90 en los que empecé a leer su nombre en revistas de ópera y a escuchar su voz a través de programas radiofónicos. En aquellos momentos su voz ya me subyugó.



Alagna es un cantante que sabe comunicar perfectamente con el público. Éste le quiere y él se deja querer. Casi en la franja de los 50 su voz suena redonda, segura, bella, como siempre.
Quizás pueda pensarse que el estilo verista escape un poco a sus características vocales, pero él se lleva al personaje a su terreno dotándolo de dulzura e italianidad. Su Maurizio no es para nada frío, es prudente cuando canta con la Principessa y apasionado, muy apasionado, cuando lo hace con Adriana.
Además cuenta con una gran baza: encima del escenario interactúa siempre y se mueve con facilidad, libre.
Había escuchado la retransmisión radiofónica y me había encantado. Su “No, che giova” del segundo acto me hizo poner la carne de gallina, y en el teatro pasó lo mismo.
Ya su entrada con “La dolcissima effigie” presagiaba lo que podría ser el resto de la tarde, una de aquellas tardes que nunca se olvidan.
Su “L´anima ho stanca”, sin prisas, bien fraseada intensificó aún más los bravos del teatro en comparación con los recibidos en su aria de entrada y toda la mediterraneidad de su cálido timbre quedó reflejado en el juguetón dueto con Adriana casi al final del segundo acto.




Pero si hubo un momento de genialidad por parte de Alagna (¿más aún?) durante la tarde fue en la ejecución del dueto del cuarto acto su “la mia gloria sen va tra le ruine” manteniendo las palabras, matizando cada una de ellas, envolviendo con su voz el aura de un amor imposible, trágico, sin vuelta atrás. Magnífico.
Tras el dúo se oyó un lejano “bravi” que afortunadamente no rompió la magia del momento y, los cantantes y orquesta, continuaron hasta el delicado final, hecho trizas por el ruido del escenario. Parece increíble que un teatro, un gran teatro como el Liceu adolezca de estos problemas y que no haya sabido solventarlo a lo largo de todas las funciones que se han ofrecido.
Cuando Alagna salió a recibir los aplausos los “bravos” del público eran atronadores, incesantes, una y otra vez, una y otra vez. A Alagna se le quiere en Barcelona y se le demostró. Bravo Roberto, qué gran Maurizio.


La anécdota

Siempre está presente en todas y cada una de las representaciones que se ofrecen en el Gran Teatre del Liceu, y aunque los cantantes nunca se olvidan de él, el público muchas veces ni es consciente de que está.
Me estoy refiriendo, claro está, al maestro-apuntador JAUME TRIBÓ, que se llevó una de las sopresas de la tarde cuando Barbara Frittoli, Roberto Alagna y Maurizio Benini lo estiraron, literalmente, de la concha y le hicieron aparecer en el escenario. Esto nunca lo había visto, y aunque no deja de ser aparatoso para el mismo Sr. Tribó, fue un acto emotivo, simpático y de agradecimiento de los cantantes.