viernes, 29 de abril de 2011

Plácido Domingo, 19 años después, regresa al Festival de Peralada

Pues sí, por fin.

Después de 19 años de ausencia (la última vez que apareció fue el 11 de agosto de 1992 con un programa dedicado a la Zarzuela Andaluza), Plácido Domingo regresa al Festival de Peralada que celebre su edición nº XXV tirando la casa por la ventana.




En esta ocasión, el programa estará dedicado a la zarzuela y será secundado por la soprano argentina Virginia Tola.
Esta vez la cita será el próximo 1 de agosto a las 10 de la noche en los jardines del Castillo. Junto a ellos el maestro David Giménez Carreras dirigiendo a la Orquestra de la Comunitat Valenciana.

Esta es una gran notícia que motivaría a más de uno a desplazarse hasta la localidad ampurdanesa, pero temo que cuando sean conscientes del precio de las entradas, más de uno retroceda.

No es para más, el importe oscila entre 85 y 250€, ni más ni menos.

Y es que cada vez son más caras las entradas para escuchar a Plácido Domingo. Además repasando losprecios fijados para el resto de los artistas operísiticos que actuarán este verano el el festival me doy cuenta que, las de Domingo, son las entradas más caras, seguidas de las del concierto de Montserrat Caballé con Al-Bano que ascienden a un máximo de 165€, dejando a Roberto Alagna en el tercer puesto, con 130€ ( a parte de los 140€ para “Orfeo y Euridice”).

Sí, la voz de Plácido Domingo se merece estos precios y más, pero en los tiempos que corren es realmente un abuso, pero no me queda la menor duda de que el Audiorio de los jardines estará lleno hasta la bandera.


lunes, 18 de abril de 2011

Descafeinada “Cavalleria” y mejores “Pallasos”

Con las vacaciones de Semana Santa… iba a decir casi a la vuelta de la esquina, pero lo cierto es que son muchos ya los que las están disfrutando… así es que…, en plenas vacaciones de Semana Santa, qué mejor obra podría programar el Liceu que la “Cavalleria rusticana” acompañada de su inseparable hermana gemela verista “Pagliacci” de Leoncavallo.
Hacía tiempo que estas dos obras no se representaban en el Gran Teatre del Liceu, y, por veces que las hayamos visto y escuchado, no por eso pierden su fuerza e intensidad dramática. Se congenia rápidamente con la disortada Santuzza o con el brutal Canio.

Mascagni y Leoncavallo. Leoncavallo y Mascagni. El orden de factores, en este caso, no altera el producto. Ambas obras, son por separado grandes joyas de la historia del verismo. Juntas, son el binomio verista más representado. Así es que no se puede hablar de una sin que se asocie el nombre de la otra.


Con un Liceu repleto de gente, ávidos de una tarde emocionante donde los sentimientos y pasiones de los personajes afloran ya desde la primera nota, el director DANIELLE CALLEGARI alzaba su batuta y los primeros compases de la “Cavalleria” empezaban a llenar la gran sala del teatro barcelonés.


Nada más alzarse el telón, se adivina un escenario ideal para esta primera obra: el decorado de DANTI FERRETI nos propone una puesta en escena clásica, quizás un poco alejada (en vestuario) de la época de la misma, detalle que sin embargo no entorpece la narración de la historia. Montaje sobrio donde predominan los grises y algún azul, pero efectista. Poco “atrezzo”, el justo y necesario para dar sentido al drama de Santuzza y Turiddu.




Destacar, en ambas obras el gran trabajo realizado por el maestro CALLEGHARI, puesto que la orquesta del Liceu sonaba muy bien, con grandes detalles, sobretodo en la cuerda y en los metales, sin olvidar la percusión. Mantuvo un volumen adecuado sin llegar a ahogar al cantante, excepto en algún momento de “Pagliacci”, aunque fueron tan solo en un par de compases.


Respecto al CORO, pecaron de estáticos en la “Cavalleria” que propone la cineasta italiana LILIANA CAVALLI, carencia –sin embargo- suplida a la perfección en “Pagliacci”. Sonó equilibrado, y con un volumen generoso y adecuado en ambas obras.
En la sala se respiraba un silencio de esos que no se acostumbran a dar, la típica tos se vio, generosamente, mitigada. Se cortó esa armonía en un par de ocasiones, cuando a alguien de público le dio un repentino e inoportuno ataque de hipo.


La primera de las grandes protagonistas en aparecer en escena fue LUCIANA D´INTIMO que se ponía en la piel de Santuzza, una mujer enamorada (y embarazada, además) que es despreciada por su amante, Turiddu, que a la vez ama y desea a Lola, la flamante mujer del carretero Alfio.
El timbre de voz no es desgradable, pero sin embargo le faltó una pizca más de dramatismo, de desesperación y desgarro, adjetivos todos, que necesita una buena Santuzza. En cambio, su “Innegiamo” resultó efectista, ya que lo empiezó con poco volumen, como si se tratara de un rezo dentro de una iglesia, y no en un paso de procesión.

La Mamma Lucia de JOSEPHINE BARSTOW estuvo marcada por la insuficiencia de todo: volumen, fraseo, expresión… cierto es que es un personaje que no requiere grandes características, pero sí un poco más de autoridad.


VITTORIO VITELLI, dio vida a Alfio, y fue de menos a más durante la representación. Su entrada “Il cavallo scalpita”, discreta donde las hayan – pero correcta- y mejor en el dueto con Santuzza y poco lucido en su desafío con Turiddu.


Y hablando de Turiddu, me da la sensación que JOSÉ CURA reservó lo mejor de sí mismo para la representación de “Pagliacci”. Hacía dos años que no lo veía en directo, y la verdad, los años no pasan en balde para nadie, y menos para los cantantes.  No se reconocí a José Cura en Cavalleria.
Discretísimo en “Cavalleria” ofreció al respetable barcelonés un Turiddu estático e inexpresivo (estático, ya que apenas se movió durante el curso del primer acto). Además su condición física actual no le permite hacer los movimientos de antaño.
Recuerdo esta misma producción, con el mismo Cura y Waltraud Meier, dirigidos por el maestro Muti, con un José Cura pletórico y bellísimo… ¿qué Santuzza o qué Lola se podían resistir al muchacho…?
Evidentemente, no es ya aquel cantante que me deslumbró hará la friolera de 17 años…




GINGER COSTA-JACKSON cumplió con su escueto papel de Lola mermado quizás de picardía como otras Lolas acostumbran a ofrecer.
Pero uno de los mejores momentos de esta Cavalleria, fue sin duda la ejecución del melódico “Intermezzo”, donde la Orquestra Simfònica del Liceu capitaneada por el maestro Callegari salió triunfadora.


Tras treinta minutos de descanso, se alzaba nuevamente el telón y aparecía GEORGE GAGNIDZE como Prólogo, con una voz que no acabó de cumplir las expectativas para un personaje del calibre de Tonio (Prólogo y Taddeo). En algún momento forzado en cuanto al volumen y con pequeños desajustes de “tempo” con la orquesta.


Fue entonces cuando me reencontré de nuevo con JOSÉ CURA, el Cura a que nos tiene acostumbrados, con su particular manera de emitir las notas,… con su timbre de voz inconfundible,... con su dramatismo y con su histrionismo que le caracteriza. Sin duda, fue la mejor aportación de la tarde de cuantos cantantes desfilaron por el escenario.Agudos atacados “a lo Cura”, pero agudos efectistas.
Estuvo muy bien en su “Vesti la giubba” y en su “No, Pagliaccio non son”: era Cura en estado puro, con sus gestos y con su carácter.
A nivel escénico estuvo más acertado, y quizás también deberíamos decir mejor dirigido.
Igualmente me gustó que apostara por una “La commedia è finita” de resignación y no “a grito limpio”. Sí, me convenció en su papel del Canio atormentado.



La Nedda de INVA MULA fue correcta sin rozar aunque el delirio. Y es que en dicho papel es muy difícil no acariciar la estridencia, el grito. Mula lo consiguió pero su timbre de voz no es de los más bellos que haya escuchado.


Debo confesar que tengo debilidad, después del personaje de Canio, por el papel de Silvio, bombón musical para cualquier barítono. Él es el galán, role que siempre asume el tenor, y aquí el tenor es el hombre entrado en edad, el que no espera pasión, pero si afecto.
Silvio es la pasión, el amor desenfrenado, la aventura… Su parte musical es bellísima y su texto no puede expresar mejor el ardor de la juventud.

Me gustó la interpretación, en este ròle, de JEAN-LUC BALLESTRA con una voz bien timbrada y con buena presencia escénica, sin rozar lo espectacular. Daba el personaje, y aunque me hubiera gustado un poco más de énfasis en el papel y algún que otro adorno en su parte, su aportación del joven amante fue convincente.


Buena línea el Beppe (que no Peppe, como a veces se ve sobreimpreso) del tenor DAVID ALEGRET.


Respecto a la puesta en escena, simplista pero funcional, también movida un poco temporalmente, pero con unos resultados excelentes y con mejor movimiento escénico de coro y solistas.


En definitiva una tarde notable con claro triunfo del “Pagliacci” y en un entorno excepcional, con la compañía de muchos desconocidos, y un encuentro con dos personas a las que quiero y aprecio mucho. Sin duda, el mejor momento de la tarde.

Próximo Liceu, ese “Tamerlano” que no llega nunca....

sábado, 16 de abril de 2011

Día mundial de la voz

Hoy, además de ser el primer día en que se juega el famoso "póquer de clásicos" entre el Real Madrid y el Barcelona, además es el día mundial de la voz.

Ese don del cual todos disponemos, pero pocos son los privilegiados que viven de ella y que hacen que nos emocionemos cuando sus cuerdas vocales vibran.
Por esto mismo creo que los aficionados  a la ópera hoy debemos rememorar y celebrar este día de la mejor manera posible, con, para mí, la mejor de las voces:






lunes, 4 de abril de 2011

“M´ama, si m´ama lo vedo”...




Con qué palabras más idóneas podía decir Rolando Villazón que quiere al público del Liceu…

Y lo dijo por dos veces, en italiano primero y luego en español.

Con gritos de “Viva México”, “Maco”, “Bravo”… el tenor mexicano regresaba, triunfal, a Barcelona en medio de un delirio general.

No hay teatro, por pequeño y remoto que sea, que no quiera a Rolando Villazón –de eso no me cabe la menor duda-, pero el romance que el mexicano mantiene con el público de Barcelona, es algo de lo que muy pocos y grandes artistas pueden presumir.

Un teatro rebosante, lleno hasta la bandera, con gentes de casa y muchas venidas de fuera. El ambiente respiraba cariño y emoción. Rolando lo captó - ¡y cómo no! y supo con su arte, correspondernos. Su fuerza, su carisma, su arrolladora personalidad… todas ellas se pusieron ayer por la tarde al servicio de la música y brindó uno de aquellos momentos que se mantienen en la memoria de los aficionados durante muchos, muchos años.

Rolando Villazón en el Liceu es sinónimo de éxito, como no puede ser de otro modo. Se sintió querido, arropado por todo un ejército de melómanos que acudían a una de la “citas” más especiales de la temporada.
Los aficionados nos sentimos queridos por él, también.

El tenor no se olvidó de nadie, desde la primera fila de platea hasta la última del 5º piso, todos en pie aplaudiéndolo. Fue realmente impresionante. Una sensación que sólo he tenido la gran suerte de vivir dos veces en el coliseo de las Ramblas: en 2008 con “La Walkyria” que protagonizaba Domingo, y ayer por la tarde – con su “hijo artístico”- Rolando Villazón.

Antes de empezar el concierto, se anunció por megafonía que el director previsto sufría una indisposición y tuvo que ser substituido. Aún así, la tarde discurrió sin ningún tropiezo.

El programa estaba divido en dos partes, la primera íntegramente dedicada a Mozart, y en la que Rolando paseó por el teatro un sinfín de coloraturas y alardes de fiato que, sin ser todo lo adecuadas a su vocalidad, defendió y con nota.
Evidentemente, no voy a extenderme en esta parte ya que no puedo valorar justamente un estilo que se encuentra muy alejado de lo que a mí, operísticamente hablando, más me emociona.

Por lo tanto, para mí el concierto empezó en el momento en que la Orquestra Simfònica del Liceu entonó las primeras notas del “Intermezzo” de la “Cavalleria Rusticana”, una ejecución que produjo escalofríos. Los primeros en toda la tarde después de la primera entrada de Rolando al escenario y de la calurosa y – de paso- ruidosa bienvenida al teatro por parte del público asistente.

Qué ganas tenía de escuchar las dos arias de la “Adriana Lecouvreur”: “La dolcissima effigie” muy bien cantada y fraseada. Aquí es donde salía ya el auténtico Villazón, aquí es donde se podía apreciar su “verdadero yo”, su personalidad. Era Rolando en estado puro, más suelto y más cómodo – para mí- que en toda la primera parte.
Me gustó más en ésta que en “L´anima ho stanca”, cantada quizás con un demasiado exceso de dramatismo, un poco lo que le pasó en el “Quando le sere al placido”, pieza que interpretó inmediatamente después de que la orquesta ejecutara la obertura de “La forza del destino” de Verdi.

El público enfervecido, aplaudía y aplaudía sin dar tregua. Los suelos del Liceu retumbaban con los zapatazos que daba algún sector del público, a mí muy próximo.

Y de nuevo salió Rolando con su simpatía y cariño, auténtico sello de su forma de ser. Salió el Rolando que nos tiene acostumbrados, más la persona que el artista, aquel Rolando al que todo el mundo quiere, y al que todos desean estrecharle la mano o compartir dos segundos con él.

¿Y cómo no iba a cantarnos “Una furtiva lagrima” del “Elisir d´amore”, ópera con la cual el tenor se ganó, para siempre, los corazones de todo el público barcelonés?
De nuevo se vino abajo el teatro. El griterío era monumental y la gente que se agolpaba delante mismo del artista iba “in crescendo” cada vez más con cada uno de los bises que iba ofreciendo.

¿Cómo debe sentirse un artista en esos momentos al ver las multitudinarias y constantes muestras de cariño que se le brindan? Rolando era la máxima expresión de la felicidad.

Continuó con “Ya mis horas felices” de la zarzuela “La del soto del parral” para meterse de nuevo al público en el bolsillo –por si alguien aún estaba fuera de él- con la famosa y querida “Rosó” de la zarzuela “Pel teu amor”, con un catalán loabilísimo.

Aplausos, estruendosos aplausos, sin cesar en ningún momento. Y Rolando iba y venía una y otra vez para recibirlos. Llegó el momento de los chistes – en aquellos momentos a Villazón se le permitía todo-.

Pero ya no cantó más.
Un gran éxito cosechado por el mexicano. Una tarde que se tardará en olvidar.

Grácias Rolando, grácias por compartir su arte con nosotros.